XVII

LA ÉPOCA DEL DESPOTISMO ILUSTRADO: LOS FLAVIOS

Y LOS ANTONINOS

El poder que ejercieron los sucesores de Augusto era puramente personal y su manera de vivir algo más que objetable; la atmósfera estaba cargada de intrigas, crímenes y escándalos. De ahí que surgiera entre las clases dirigentes del Imperio una fuerte oposición al principado como institución. Los predicadores de la moral estoica, cuya influencia sobre el sector ilustrado de la sociedad aumentaba incesantemente, lanzaron una teoría que chocaba con los puntos de vista de los emperadores que sucedieron a Augusto. Cada uno de esos gobernantes consideraba su autoridad como un derecho personal, fundado en su parentesco con Augusto. Pero de acuerdo con los estoicos, era falso considerar al principado como una cosa que tuviera por única misión satisfacer la ambición personal o como un despotismo basado en la violencia y la fuerza. El poder, decían, había sido confiado por Dios al hombre que fuese moral e intelectualmente superior al resto de la comunidad, y el debido ejercicio de sus atribuciones era un deber que Dios había impuesto al hombre elegido, una pesada obligación personal. Se­gún la enseñanza estoica, el gobernante, príncipe o rey, no era el dueño, sino el servidor de la humanidad. Debía trabajar por el bienestar de todos, no en interés propio ni para mantenerse en el poder.

Esta teoría no era nueva. Creada y sostenida por los cínicos, había pasado a los estoicos y era compartida por gran número de gobernantes de la época helenística. Era también, en cierto modo, el fundamento de la nueva moralidad que Augusto dictó por boca de Horacio a sus contemporáneos y, en particular, a la clase que servía al Imperio que él mismo creó. Poco a poco, la fue adoptan­do casi toda la sociedad romana y sus partidarios obligaron a los gobernantes a prestarle atención. Esas opiniones fueron defen­didas con valentía por muchas víctimas que perecieron en el pe­ríodo de terror que provocó Nerón.

Sin embargo, los acontecimientos que siguieron a la muerte de Nerón demostraron que la monarquía era inevitable, de un modo o de otro, que el ejército y una buena parte del pueblo solo reconocían esa forma de gobierno y que una campaña para restau­rar el antiguo sistema senatorial además de inútil resultaría infi­nitamente dañina porqué solo podría conducir al resurgimiento de la guerra civil con todos sus horrores. Por ese motivo, la so­ciedad romana no protestó al aparecer una nueva dinastía en el trono, aunque su elevación a la suprema magistratura se debiera en gran medida al azar. Los hombres confiaban en que el prin­cipado regenerado mostraría al mundo un ejemplo del poder en manos de "el mejor", ejercido con el debido respeto a las formas constitucionales establecidas y sin perjudicar los privilegios de las clases superiores.

Esas esperanzas no quedaron, en general, defraudadas en los reinados de Vespasiano y de su hijo mayor, Tito. Hemos visto que Vespasiano consideraba a su gobierno, en teoría al menos, como una continuación del principado de Augusto y que Tito se aproximó verdaderamente al ideal estoico. Pero, de hecho, el poder de Vespasiano descansaba por entero en su relación con el ejército. Como Augusto lo había hecho con anterioridad, Ves­pasiano tomó el título de imperator como nombre personal, para afirmar de ese modo su mando sobre los soldados y también la naturaleza hereditaria e ilimitada de su autoridad. Tal cosa se puede inferir de sus persistentes intentos para limitar la sucesión a su propia familia. Toda la oposición combatió con vigor sus planes; sostenían que el heredero al trono debía ser "el mejor de los mejores", o, dicho de otro modo, el mejor entre los senadores, sin tener en cuenta el parentesco con el gobernante del momento. Esa aspiración engendró tirantes relaciones, incluso en vida de Vespasiano. Pero él y su hijo gobernaron únicamente por espacio de doce años. Ambos estuvieron muy ocupados con el restableci­miento del Estado y, en particular, de sus finanzas, que habían quedado tambaleantes por las absurdas extravagancias de Nerón y los gastos de la guerra civil de los años 69 y 70 d. C. Por esa razón, se abstuvieron de llevar el problema de la sucesión hasta sus últimas consecuencias y se mantuvieron, en la medida de lo posible, dentro de los límites de la constitución de Augusto.

Domiciano, hijo menor de Vespasiano y tercer gobernante de los Flavios, hizo imposible toda avenencia. Rechazó la teoría de "el mejor hombre" como gobernante del Estado y, más aún, dedujo las conclusiones lógicas e inevitables de ese rechazo. Tomó el ca­mino trazado por César y seguido por Antonio y Calígula, hasta poner de relieve en todos sus actos la naturaleza absoluta de su poder y el carácter sagrado de su persona. Domiciano exigía una sumisión ciega y se apoyaba únicamente en el ejército, al que sobornaba añadiendo a la paga sumas considerables, tanto para los oficiales como para los soldados. Sin embargo, como luego veremos, no solo había razones militares sino también políticas para  esos aumentos en  las soldadas.

La tentativa de convertirse en un autócrata de tipo helenístico estaba en contradicción con las esperanzas y las opiniones de la sociedad romana, y tropezó con una fuerte oposición por parte de todas las clases. La deslealtad del Senado se suprimió con gran crueldad, so pretexto de encauzar a los "filósofos" o, dicho de otro modo, a los que sostenían y predicaban la nueva teoría de la justa relación entre el gobernante y sus subditos. Pero la oposi­ción no quedó limitada a Roma; también se extendió a las pro­vincias. El descontento bullía en el mundo helenístico y en Ale­jandría, su capital intelectual. Cierto número de filósofos griegos, algunos de los cuales, como Dión Crisóstomo, habían sido expul­sados de Roma, atacaban con elocuencia a la "tiranía", para de­fender la verdadera teoría del poder real según los estoicos. Apolonio de Tíana, filósofo y profeta, clarividente y milagrero, se convirtió en su ídolo. Por último, Domiciano cayó víctima de una intriga palaciega. Aunque la ocasión de su muerte fue acci­dental, es indudable que tuvo por origen el creciente resenti­miento contra su política.

Como sucesor de Domiciano, el Senado y los ejércitos procla­maron a Cayo Cocceyo Nerva, que pertenecía a una antigua y noble familia romana. El cambio de gobernantes se realizó sin derramamiento de sangre. Nerva, hombre muy respetado, pero de edad avanzada, reinó del 96 al 98 d. C. Comenzó por hacer con­cesiones a la opinión pública. Uno de sus primeros actos fue adoptar a Marco Ulpio Trajano, miembro de una familia romana residente en España, umversalmente reconocido como general há­bil y experto, y considerado también como un sincero creyente en la teoría estoica de gobierno. Con Nerva y Trajano se inicia un nuevo capítulo de la historia del principado, cuyo aspecto fundamental es el buen entendimiento entre la autoridad suprema y la comunidad. Ésta reconocía, de una vez para siempre, que el principado era indispensable y estaba dispuesta a servirlo. A su vez, el princeps aceptaba la teoría estoica relativa al poder im­perial en toda su amplitud y, tácitamente, se comprometía a res­petar los sentimientos y mantener los privilegios de las clases di­rigentes; también decidía respetar las antiguas formas constitu­cionales y actuar, en apariencia al menos, no como un monarca con poder ilimitado, sino como el primero y el mejor ciudadano libremente reconocido como tal por el Estado.

No hubo en el principado cambios esenciales surgidos de esas concesiones. Por el contrario, el poder del princeps aumentó gra­cias a su reconciliación con la comunidad: se volvió menos restringido y más autocrático. Agradecidos por conservar sus privi­legios de clases y su elevada posición en el Estado, los senadores estaban dispuestos, a su vez, a someterse ante la necesidad y a convertirse en un mero cuerpo consultivo del Emperador. Sin em­bargo, los emperadores habían adquirido un compromiso moral ante la opinión pública por haber aceptado la teoría estoica del deber del gobernante; tanto más comprometidos cuanto que todos ellos aceptaban esa teoría sin reservas y adaptaban su conducta personal a tales principios. Esto se advierte con claridad en el hecho de que renunciaran a la idea de un imperio hereditario, transmitido dentro de la misma familia. Esa renuncia era tanto más fácil de realizar cuanto que varios emperadores carecían de descendencia directa. La adopción sustituyó a la herencia y los emperadores trataron honestamente de escoger como sucesores a los hombres mejores o a los jóvenes más prometedores de la aris­tocracia.

El sistema de adopción produjo excelentes resultados. Roma nunca había tenido una sucesión de gobernantes capaces, honestos, duros en el trabajo, patriotas y conscientes, como los que se su­cedieron en el trono en. los primeros setenta y cinco años del siglo II. Los emperadores diferían en carácter, temperamento y origen, algunos pertenecían a la nobleza itálica, otros a la provincial, pero todos se guiaron por el mismo principio y pusieron en primer término su deber de trabajar por el Estado y el Imperio, de actuar en provecho de todos sus subditos.

Después del corto reinado de Nerva, su sucesor, Trajano, que gobernó del 98 al 117 d. C, echó los cimientos de la nueva política. Trajano es el más extraordinario de todos los sucesores de Au­gusto. Era un gran genio militar y un estadista de grandes miras, que advirtió con claridad los problemas inmediatos del Imperio y los peligros que lo amenazaban del exterior. Además fue un excelente administrador, que se ocupaba de todos los detalles del gobierno y dirigía en persona a sus subordinados, elegidos cuida­dosamente entre los miembros de la aristocracia. Su correspon­dencia con Plinio, hombre de buena cuna, muy educado y concienzudo funcionario imperial, nos da un ejemplo notable de honesta colaboración entre un gobernante y sus subordinados pa­ra el bienestar del Estado.

Trajano fue sucedido por Publio Elio Adriano, español tam­bién, pero gobernante de un tipo diferente. Aunque pertenecía a una familia de ciudadanos romanos residente en España, Trajano fue siempre un rígido defensor de las antiguas tradiciones; como-Augusto, fue ante todo y sobre todo, el gobernante de los ciuda­danos romanos. Adriano, que gobernó del 117 al 138 d. C, re­presentaba una tendencia diferente. Era un emperador cosmopolita. Representaba a la civilización bilingüe del Imperio, basada en la evolución paralela y, a veces, indistinguible, del Oriente y el Occidente durante muchos siglos. Era un gran viajero y visitó todos los territorios de su imperio. Dondequiera que llegó, estu­diaba los restos de la Antigüedad con suma atención; trató de dominar los misterios de Egipto, cuna de la civilización; vivió muchos años en Atenas y en Asia Menor, en donde se relacionó con los mejores representantes de las clases educadas de Grecia; se inició en los misterios eleusinos y mostró un profundo interés en lo más  selecto del arte  griego. Pero  a  pesar  de todas  sus simpatías cosmopolitas e intereses de anticuario, fue, por sobre todas las cosas, un emperador romano y un jefe del ejército ro­mano, con el cual compartía las asperezas de la vida del campa­mento y al cual exigía una rigurosa disciplina y un elevado nivel profesional. Era  también el  jefe  del  servicio  civil: dirigía  sus actividades y las vigilaba durante sus viajes; administraba con cuidado los bienes públicos y se interesaba profundamente por la condición económica de sus subditos en general. En todos sus actos tuvo en cuenta al Imperio en su conjunto y procuró au­mentar los derechos y mejorar las finanzas de la población pro­vincial, sin rebajar la condición social de los ciudadanos romanos ni minar su superioridad teórica.

Sabemos  mucho  menos   de   su   sucesor, Antonino  Pío, que reinó del 138 al 161 d. C. Pero sabemos que la población en ge­neral le tenía en gran estima y, por consiguiente, es de suponer que su política era la de un hombre dedicado  al bienestar del Estado. Tenemos mejor información acerca de su sucesor, Marco Aurelio, que gobernó del 161 al 180. En las difíciles condiciones de su reinado, con peligros exteriores en las fronteras, que amena­zaban arrasarlo todo, y una plaga terrible que debilitó el poder de resistencia de Roma, Marco Aurelio se presenta ante nosotros como el más auténtico representante de la teoría estoica de que el cargo imperial es un deber y, algunas veces, algo parecido a un martirio. Poco interesado en la política, en la guerra o en la administración, este  emperador  estaba  absorbido  por las  obras de su propio intelecto. Su verdadera atención se reservaba para los problemas de la filosofía y, en particular, para los que atañían a la moral y a la religión. En estas cuestiones se siente como en su propia casa; enseña, adivina la verdad y trata de convencer de ella a los demás. Pero sacrifica sus propias  inclinaciones y se dedica a salvar y fortalecer al Imperio Romano. Nos ha dejado en sus Meditaciones, un cuadro de su vida interior, sus ansias y sufrimientos, y las decisiones que le dieron fuerza para vivir; su reinado prueba con qué sinceridad y coherencia sacrificó sus in­tereses y gustos de filósofo a los deberes de jefe y gobernante.

Débil físicamente y con poca fuerza de voluntad, Marco Au­relio era accesible a las influencias extrañas y concibió una falsa opinión acerca de los que lo rodeaban como, por ejemplo, su es­posa, su necio e indolente colega Lucio Vero y, en particular, su hijo Cómodo. Su mayor error fue entregar el poder a su hijo, que no simpatizaba en absoluto con los ideales de su padre ni con los de sus predecesores. Cómodo, que reinó del 180 al 192, repitió los excesos de los malos tiempos pasados: el despotismo del siglo I y el absolutismo militar de Domiciano.

La época de los Antoninos, como la llamamos, se destaca en especial por una ruptura en la política extranjera de Roma. Du­rante todo ese siglo, esa política había sido defensiva sin llegar a la pasividad y, más de una vez, se aprovecharon las oportunidades para rectificar las fronteras mediante la anexión de distritos que se incorporaban a provincias ya existentes o bien se creaban nue­vas provincias. El objetivo era encontrar una línea fronteriza cuya defensa fuera más fácil y conveniente. Al mismo tiempo, había tendencia a incorporar al imperio a todos los pueblos ca­paces de recibir la civilización grecorromana. Aunque sin perder su carácter defensivo, esa política no vacilaba en anexar nuevos territorios, cuando era inevitable, o hacer la guerra preventiva en el país enemigo.

Al mismo tiempo, llegaba a su fin la obra de organización que comenzaron Sila, Pompeyo, César y Augusto, y que tendía a convertir a Roma en un Estado mundial dividido en distritos militares y administrativos. El Imperio Romano estaba rodeadc de una serie de fortalezas militares en Bretaña, el Rin, el Danubio y el Eufrates, en Arabia, Egipto y África. Cuando se completó el proceso de organización, pasó a primer plano el problema de las relaciones entre Roma y sus vecinos, los germanos y los partos. Un siglo de cercanía con el Imperio Romano había influido mucho sobre ellos. Los germanos habían aprendido enormemente de los romanos, habían asimilado, en parte, sus tácticas militares y sa­bían dónde estaban los puntos débiles, así como los fuertes, en el sistema romano de una frontera armada. Los partos se habían convencido de que Roma no era en absoluto invencible y de que el Eufrates no constituía una barrera insuperable. No es, pues, de extrañar que las tribus germanas del Rin y del Danubio aumenta­ran su presión durante el reinado de Domiciano. La prolongada lucha con esos germanos explica, en gran parte, el trato que ese emperador daba a sus ejércitos. El servicio se había hecho más difícil y peligroso; los voluntarios habían disminuido en número, de modo que era necesario abandonar el principio de llenar las legiones únicamente con la población urbana o, al menos, con nativos de Italia, y dar un mayor atractivo al servicio militar me­diante un aumento en la paga.

Las campañas de Domiciano en Germania, aunque no fueron desafortunadas en su conjunto, mostraron a sus sucesores la na­turaleza complicada e inquietante de esa tarea. Había dos caminos abiertos: volver a la política puramente defensiva o bien continuar la obra de César y Augusto, demostrando de nuevo a los vecinos el poder de las armas romanas. El momento parecía propicio para un movimiento ofensivo, tanto en Oriente como en el Da­nubio. El Imperio Romano era próspero, sus recursos parecían inagotables. En cambio. Partía estaba sufriendo los efectos de disputas dinásticas y, al helenizarse, iba perdiendo su primitiva solidaridad y fuerza militar. Los germanos estaban desunidos y todas sus tentativas para llegar a una amplia unidad política se deshicieron con facilidad. En Tracia, Dacia constituía una buena cuña en el corazón de Germania y, por consiguiente, se la consi­deró como una base natural y adecuada, desde la cual se podía renovar la política de ataque combinada con la defensa. La polí­tica extranjera de Trajano se inspiró en esas consideraciones. Sus campañas en Dacia y Partía representaban el comienzo de un nuevo avance; su objetivo era extender las fronteras del Imperio hasta sus límites máximos. Sus operaciones se vieron coronadas por el éxito; en dos campañas, destruyó el poder de Dacia y la convirtió en provincia romana; en el Oriente, anexó al Imperio la Arabia Pétrea y logró dos grandes victorias sobre los partos, que no solo destrozaron a Partia, sino que le permitieron con­quistar Armenia, Asiría y Babilonia. Pero una rebelión en Me­sopotamia, un alzamiento de los judíos en Siria y Egipto, y otras complicaciones en África y Britania le impidieron llevar su obra más adelante. Su muerte repentina dejó en suspenso toda su po­lítica en Oriente.

Adriano siguió una línea muy diferente en la política ex­tranjera. Pensaba con seguridad que las fuerzas del Imperio no eran lo bastante fuertes para llevar a cabo los proyectos de Tra­jano en Oriente y Occidente. Adriano prefirió la defensa al ataque y trató de utilizar la diplomacia con los pueblos vecinos. Devolvió a Partia casi todos los territorios que Trajano había conquistado, salvo Arabia. Construyó para la defensa fortalezas armadas en casi todas las fronteras y distribuyó detrás de ellas las legiones y tropas auxiliares. Resulta difícil decir cuál de los dos emperado­res tenía razón. Es posible que Trajano sobreestimara las fuerzas del Imperio y pasara por alto la inmensa dificultad de la misión que les imponía. Tal vez no vio claramente los riesgos que llevaba consigo la extensión del Imperio hacia el norte y el sureste. La conquista de Germania hubiera conducido sin duda alguna a una colisión con eslavos y finlandeses, y la conquista de Partia habría enfrentado a Roma con los demás iranios y los mongoles. Es posible que Adriano midiera mejor la dificultad de la tarea y la incapacidad de Roma para llevarla a buen término. Acaso fue el primero que observó los síntomas de decadencia en la fuerza creadora del mundo antiguo; es posible que su política defensiva demorara la catástrofe eme amenazaba a Roma. Sea lo que fuere, lo cierto es que esa política aseguró al Imperio otro intervalo do paz. un período que cubrió todo su reinado y el de su sucesor, Antonino Pío.

Pero los mismos problemas resurgieron en forma más aguda en tiempos de Marco Aurelio. El objetivo de Trajano no se rea­lizó plenamente con la anexión de Dacia; a esa primera etapa debía seguir la conquista de Germania y activas medidas contra los sármatas, quienes, desde el sur de Rusia, presionaban en direc­ción del Danubio. Germanos y sármatas interpretaron con seguri­dad la política de paz de Adriano y Antonino Pío como sismo de debilidad y una invitación para los invasores. Y eso ocurrió real­mente en el reinado de Marco Aurelio. Los germanos y los sár­matas cayeron sobre la frontera del Danubio con una fuerza terrible y una verdadera oleada llegó hasta la frontera itálica, hasta alcanzar Aquilea, el gran centro de comercio romano en el Adriático. La invasión se produjo inesperadamente. Los ejércitos romanos estaban ocupados en el Eufrates, repeliendo un ataque de los partos en las provincias del sureste del Imperio, una tarea, difícil que llevó a cabo con éxito Avidio Casio, hábil general aso­ciado con Lucio Vero, hermano del Emperador, que era jefe no­minal de la expedición. Los ejércitos trajeron consigo una plaga que hizo estragos durante varios años en Italia y en algunas pro­vincias; esto fue un nuevo inconveniente en la campaña del norte.

Ante estas difíciles condiciones, Marco Aurelio echó sobre sus hombros la carga de la campaña y se dirigió personalmente contra los germanos y los sármatas. Ganando batalla tras batalla, pudo arrojar a los enemigos más allá de la frontera y les infrigió una serie de golpes en el Danubio y en Dacia. No pudo completar su obra debido a complicaciones militares que surgieron en África y Egipto, y también a una formidable rebelión encabezada por Avidio Casio en Siria. Antes de que Marco Aurelio pudiera supe­rar esos peligros, estalló de nuevo la guerra en el Danubio, para comenzar una lucha larga y agotadora. Pero Marco Aurelio no pudo terminarla porque murió en el Danubio (cerca de Viena) en el año 180 d. C. Es muy probable que la fuerza de las cir­cunstancias le hubiera obligado a volver a la política de Trajano, extender las fronteras del norte y del este del Imperio. Pero su hijo Cómodo renunció a esta ardua empresa y prefirió sacrificar los intereses de su país y hacer la paz con Germania, una paz que solamente aplazaba por un corto tiempo la renovación de la contienda.

Salvo el convulsionado gobierno de Marco Aurelio, el Imperio Romano, bajo los Antoninos, disfrutó de una profunda paz, solo interrumpida por distantes guerras fronterizas. Dentro del Im­perio, la vida parecía ser lo que había sido en el siglo I, un cons­tante movimiento progresivo para la difusión y enriquecimiento de la civilización. La pujanza creadora de Roma parecía haber alcanzado su punto culminante. Había, sin embargo, un síntoma inquietante; tras la brillante época de los Flavios, observamos una esterilidad casi completa en la literatura y el arte. Después de Tácito y de los artistas que trabajaron para Trajano (los esplén­didos artesanos que esculpieron los relieves del monumento que corona su tumba, los de la famosa columna que todavía se alza en Roma, cuyos relieves conmemoran sus campañas en Dacia, y otros, que adornan monumentos similares, tales como el arco triunfal de Benevento), las décadas siguientes no produjeron un solo gran escritor o un monumento artístico realmente notable.

Es indudable que Adriano era un entendido, gran amante del arte. Hizo una gran labor de construcción en Roma y en las pro­vincias. Atenas, en particular, le debía cierto número de esplén­didos edificios. Algunos monumentos en honor de Trajano, su padre adoptivo, los llevó a término Adriano, durante su reinado. Todos conocen su templo de Venus y Roma en el Foro y su mag­nífica quinta en Tívoli. Pero el arte de su tiempo no contiene ideas originales ni novedades en el estilo. Su perfección técnica está marcada por un Clasicismo frío y un arcaísmo ecléctico.

Incluso antes del período de guerra y peste, en el reinado de Marco Aurelio, observamos en el conjunto de la vida intelectual no solo una pausa, sino un movimiento de retroceso. La única excepción es un resurgimiento de la prosa retórica griegra, per­fecta en la forma pero monótona en el fondo. Su representante máximo es el retórico y sofista Arístides, cuya mejor obra es el Panegírico de Roma. Los Diálogos de Luciano son cáusticos e in­teresantes; era un escéptico y un humorista que se burlaba de to­dos los ideales, fueran antiguos o nuevos. En el Occidente, solo hay dos nombres dignos de recordar: el satírico Juvenal, pesimista y amargo observador del lado negativo de la vida humana, y Plinio el Joven, orador insípido y brillante ejemplo del estilo epistolar. Los demás, tanto en Grecia como en Italia, son escritores de ma­nuales, libros de texto y de colecciones de misceláneas con me­nudas historias para divertir e instruir a los lectores. Encontraremos el mismo movimiento regresivo en la vida económica, de la que hablaremos en otro capítulo. En ese hecho encontramos la explicación de la catástrofe, aparentemente sorpresiva que sacudió al Imperio Romano en el siglo III.