XV

RELIGIÓN Y ARTE EN LA ÉPOCA DE AUGUSTO

Por más de cuarenta años, Augusto fue el jefe indiscutido del Imperio Romano, el princeps de la población civil y el imperator del ejército. Durante ese lapso se aquietó el encrespado mar de las conmociones civiles. Volvieron la paz y la prosperidad, y se asentaron de modo permanente en el Imperio. Pero el período cruel de las guerras civiles no había pasado sin dejar profundas huellas en los romanos. La actitud mental de las clases dirigentes había sufrido un cambio completo; los hombres dejaron de interesarse en el Estado y en los asuntos públicos, que habían sido de importancia vital para ellos en los pasados siglos. Tras los horrores de las guerras civiles, la idea de la libertad civil —una idea que los romanos relacionaban íntimamente a la idea del Estado— se había hecho inseparable, en la mente de la mayoría de los hombres, de la anarquía y la confusión, tan frescos todavía en la memoria de la generación contemporánea de Augusto. La antigua noción de libertad política no halló nada para sustituirla. Cuesta trabajo creer que el evangelio predicado por Horacio en sus odas "romanas" —el evangelio de la sumisión y el silencio y del constante trabajo por el Estado— pudiera satisfacer a los ciudadanos y llenar el vacío que había dejado el viejo ideal. El funcionario y el subdito constituían aspectos nuevos y no bien acogidos de la vida diaria, y no resultaba fácil idealizarlos. Es natural, pues, que un velo sombrío, impregnado de pesimismo, cubriera toda la producción intelectual y literaria de este período.

En el mundo antiguo, la masa de la población nunca alcanzó, ni en Oriente ni en Occidente, una manera de pensar racionalista y científica. Tal posición mental era rara incluso en el sector educado de la sociedad grecorromana: la religión seguía inspirando su concepción general de. la vida. Ya he dicho anteriormente cómo la filosofía, en particular el estoicismo se adapta a la religión. De esta relación, surgen nuevas doctrinas, tales como el neopitagorismo, con su misticismo y su interés predominante por la vida futura. Poco a poco, esas doctrinas, incluso el epicureismo racionalista, se transformaron en sistemas, con todos los detalles elaborados con rigor y aceptados por sus partidarios como verdades absolutas. La investigación filosófica tendió, cada vez más, a con­vertirse en lo que llamamos "dogma". Además, tanto el estoicismo como el neopitagorismo dieron una forma abiertamente religiosa a sus dogmas y redujeron la filosofía a un sistema religioso más que filosófico. Poco a poco, el dogma se transformó en teología.

De los dos sistemas antedichos, el estoicismo era el más ampliamente difundido -en la época de Augusto. La doctrina estoica era en extremo flexible y se podía adaptar con facilidad a las nuevas condiciones; era clara, lógica y fácil de dominar. Los romanos estaban ya familiarizados con este sistema, el cual, a su vez, se había adaptado a la creencia de este pueblo en la perfección de su constitución, o, dicho de otro modo, en la perfección del sistema por el que la oligarquía de la ciudad-Estado gobernaba sobre el mundo entero. Pero ahora, bajo la influencia de las mudanzas que habían tenido lugar en el Imperio Romano, el estoicismo reconstruyó su enseñanza política y volvió a los principios de Zenón y Crisipo, fundadores de la escuela. Esa doctrina dejó de interesarse en el Estado. Trató como cosas baladíes a las formas de gobierno, pero sostuvo que la monarquía ofrece la máxima libertad interior al individuo, si el monarca es el mejor hombre de un Estado en el cual se incluye la humanidad entera. Pero el Estado es una cosa de importancia secundaria; lo que verdaderamente importa es el mejoramiento moral del individuo, con una autodisciplina perseverante y sin flaquezas, un sólido sentido del deber hacia sí mismo y hacia el prójimo, y la mayor indiferencia hacia los asuntos corrientes de la vida como cosas de poca monta. El ideal estoico era la ataraxia, el perfecto equilibrio del espíritu. Si puede alcanzar ese ideal, el hombre no teme ni siquiera a la muerte. En caso de necesidad, el hombre es libre de refugiarse en el suicidio. La suprema guía de la vida personal del hombre es la deidad, la encarnación de la razón universal, única a pesar de sus múltiples formas, que gobierna y penetra el mundo entero.

Esta teoría religiosa, moral y filosófica, profundamente racionalista en su esencia, tuvo gran difusión en particular entre las clases superiores de la sociedad romana, pero no podía satisfacer a la mayoría de los que buscaban consuelo en la filosofía. Tanto los encumbrados como los humildes habían sufrido por igual conmociones de tal envergadura que no podían encontrar fácilmente la paz en la abstracta ataraxia de los estoicos; durante muchos años, todos los ciudadanos habían visto, cara a cara y casi a diario, el espectro de la muerte violenta. Por eso, las mentes de esos hombres se volvieron hacia el misterio de la vida futura pidiendo a la religión y a la filosofía una respuesta a sus interrogantes. Pero el estoicismo estaba sordo. No es sorprendente, pues, que un gran número de personas dirigieran los ojos hacia el neopitagorismo, con su escatología mística y su preocupación por el más allá. Relacionadas con esto había corrientes puramente religiosas, de origen griego y poco afectadas por la filosofía. Me refiero a los misterios eleusinos, que estaban impregnados por las doctrinas órficas, en las que ocupaba lugar destacado la revelación de una vida futura. La decoración de muchas tumbas romanas, en la época de Augusto y aún más tarde, muestra la influencia del neopitagorismo y de las ideas órficas. Virgilio fue el más típico y mejor dotado intérprete del espíritu de su tiempo y es importante observar cómo su poesía está saturada de fantasías escatológicas abrevadas en esas fuentes. Tampoco es sorprendente que muchos hombres sintieran atracción por la astrología, con sus pretensiones de ciencia, su doctrina de la "simpatía" universal y las posibilidades que ofrecía de asomarse hacia el futuro.

En forma paralela a esas tendencias filosóficas y religiosas, encontramos una actitud diferente en hombres que no estrujan sus mentes con graves problemas y que se limitan a gozar de la vida; Augusto hizo posible ese disfrute de la vida. Este punto de vista materialista se contenta con ampararse en las frases y términos del epicureismo, pero está tan lejos de la verdadera enseñanza de Epicuro como de la posición científica y racionalista que, a veces, adopta a manera de disfraz. Ovidio y otros muchos poetas de la época de Augusto constituyen típicos ejemplos de ese hedonismo y a ese mismo espíritu responde Trimalción. un liberto rico y analfabeto del sur de Italia, héroe de una narración que Petronio escribió durante el reinado de Nerón.

Todas esas corrientes de opinión revelan un impulso instintivo para volver a una posición religiosa pura, a una fórmula, sea la que fuere, que respondiera a todas las dificultades y calmase todas las dudas y temores. Esto es verdad incluso en el caso del materialismo que se cubre con el nombre de Epicuro. Una ola religiosa, que asciende gradualmente, se apodera, cada vez con mayor fuerza, de los corazones y gana victoría tras victoria sobre el racionalismo y la ciencia. Este proceso se puede ver con más claridad en el incremento del culto divino a los emperadores. Dos1 corrientes se encuentran aquí, una que viene de arriba y la otra, de abajo. He hablado ya de las ideas fundamentales corrientes en el mundo antiguo que condujeron al culto de los hombres deifica­dos, en especial de Alejandro Magno y de sus sucesores. Ni la religión ni la filosofía antiguas habían trazado una linea divisoria bien definida entre lo humano y lo divino. De ahí la creencia en un Mesías, en la encarnación de un poder divino en una forma humana, para salvar y regenerar a la agonizante humanidad. Hér­cules y Apolo eran legendarios salvadores de ese tipo. Los libros sibilinos, estrechamente relacionados con el culto de Apolo e in­fluidos por las ideas mesiánicas del Oriente, hablaban de la posi­bilidad de que esos dioses volvieran de nuevo. Se creía que en un momento crítico aparecería el hombre-dios, el salvador o Soter. Podría presentarse en la forma de un dios que sufre por el hombre o, tal vez, como el divino vencedor del Mal, para inundar de luz las tinieblas en que la humanidad estaba hundida. La famosa égloga cuarta de Virgilio y algunas odas de Horacio prueban con cuánta firmeza creían los hombres en la posibilidad de tal aconte­cimiento y cuan profundamente había calado en la mente de los hombres educados esa idea, combinada con las fantasías astroló­gicas y neopitagóricas.

En medio de tales ideas se habían criado los contemporáneos de Augusto que, con él, habían sobrevivido a los horrores de la guerra civil. Parecía natural que se considerara un milagro, una inferencia del poder divino en los asuntos terrenales, esa paz que vino de pronto e inesperadamente, tras décadas de anarquía y de luchas intestinas, y de sucesivas victorias de un aventurero sobre otro. ¡Cuántos de éstos había visto esa generación! Era fácil rela­cionar ese milagro con la persona de Augusto y mirarlo como la encarnación del poder divino, el Mesías, el salvador. La figura de Augusto, tan prosaica, tan opuesta a lo divino, quedaba oculta a los ojos de los hombres tras un velo de misticismo y de hechizo. Nuevo Apolo, venció a los poderes de la oscuridad, y restauró la paz y la civilización. Las nebulosas profecías sibilinas se habían convertido en una verdad: el Mesías había aparecido trayendo consigo una nueva era en la historia humana, una nueva Edad de Oro (saeculum novum aureum). Augusto, el Salvador se aseme­jaba a Apolo, conquistador del Mal, más que los martirizados dio­ses Hércules y Dionisio. Algunos vieron en Augusto, creador de la paz y la prosperidad, los rasgos del buen dios Mercurio, promotor de riqueza y civilización, el mensajero divino que proclama ante el mundo la nueva era; pero Apolo fue el preferido, por ser uno de los antepasados del que la familia Julia se consideraba descen­diente, y aliado de Augusto en su victoria sobre Antonio.

No sabemos, ni es probable que lo lleguemos a saber, si el propio Augusto se creyó una encarnación de la divinidad o si creía en la divina protección de Apolo. Pero lo cierto es que se dio per­fecta cuenta de la opinión corriente al respecto, tan visible en la sociedad de su tiempo y, con plena conciencia, dirigió esa corriente Por una vía bien determinada. El templo. de Apolo en el Palatino, al lado de su propia residencia, el templo de Venus Genetrix, en el foro de César, que recordaba el origen divino de la familia, el templo de Marte el Vengador en el foro de Augusto, cuya leyenda iba unida al origen de la historia de Roma y de la casa Julia, la ceremonia de los Juegos Seculares, para significar el fin de la con­fusión y el comienzo de una nueva era, los altares de la Paz y de la Fortuna Favorable, en el Campo de Marte, todo lo antedicho encajaba a la perfección con las ideas y esperanzas de Roma e Italia en la época de Augusto.

En todas partes, al lado de la deidad, vemos la figura de Au­gusto. La religión y el Estado se combinaban en su persona. Hacía ya mucho tiempo que los ciudadanos romanos y los provinciales se habían acostumbrado a rendir culto al poder divino del Estado bajo la forma de la gran diosa "Roma" que se representaba en el arte a la manera de Atenea, la gran diosa de la civilización griega y de la sociedad organizada. Al lado de "Roma" se alzaba la mis­teriosa figura de Vesta, símbolo del corazón de la gran "casa" romana y del eterno fuego del hogar. Ahora, se agrega un símbolo más y una fuente de la grandeza romana, el genius, el divino poder creador (numen) que pertenece a Augusto, jefe de la gran familia romana. Esta combinación armonizaba plenamente con las con­cepciones religiosas del ciudadano romano; él seguía fiel al primi­tivo credo de su raza, la creencia en los dioses del hogar doméstico, en el genio de la casa, en los genii de hombres unidos en sociedades religiosas y en el genius de la gran familia victoriosa del Estado romano.

De esas dos fuentes, la creencia mística en un Mesías y la creencia en un genius divino que mora en el hombre, nació el culto de Augusto, un culto combinado de un modo inseparable con el culto al Estado. En Oriente, pronto se extendió la creencia en que Augusto era la encarnación de la divinidad y su imagen se colocó al lado de la diosa Roma, a la que se rendía culto desde mucho tiempo atrás. En Italia y entre los ciudadanos romanos residen­tes en las provincias, el culto al genio de Augusto se incluyó de modo natural entre los otros cultos de las familias, corporaciones y comunidades y, por último, en las uniones de esas comunidades en las provincias romanizadas de España, Galia y África. En todas partes, prevaleció la misma idea: la identidad del Estado y de su jefe en su divina esencia. Augusto no podía dejar de advertir y de utilizar esa actitud mental. que forjó una base religiosa para el trono que había usurpado. Pero ni él mismo ni los poetas que patrocinaba inventaron esa creencia, ni la impusieron a Italia y las provincias. En lo esencial, no se hallaba en contradicción con las formas del pensar filosófico y religioso más difundidas entre las clases elevadas e inteligentes de la sociedad romana; ade­más, se encontraba arraigada con firmeza en la población de Italia y de las provincias.

Sin embargo, la disposición de ánimo que prevalecía, en parti­cular entre las clases dirigentes, era de profundo pesimismo. Nadie tomó la nueva era por un cielo en la tierra. Los contemporáneos de Augusto se inclinaban a situar la edad de oro en el pasado, más que en el presente o en el futuro. Este pesimismo corre a lo largo de la literatura imaginativa de la época de Augusto; también se ma­nifiesta en toda la restauración que emprende Augusto, en especial en la esfera de la religión. La poesía de Virgilio y de sus contemporáneos despliega su imaginación para idealizar el lejano pasado en que Roma era realmente sana y la literatura histórica de la época, sobre todo la gran historia de Tito Livio, obra lite­raria e histórica a la vez, está impregnada del mismo espíritu. Hasta en las obras sobre la Antigüedad que tratan de la primera constitución y de la primitiva religión de Roma aparece ese mis­mo desaliento.

La acción de Augusto, que restaura antiguas reliquias de la ruina y salva del olvido ritos primitivos, armoniza cabalmente con ese movimiento literario. El mismo sabor de arcaísmo se des­prende de su restauración de la moralidad pública, de sus leyes suntuarias y de sus disposiciones sobre el matrimonio. ' Lo vemos hasta en la educación de los jóvenes nobles: el entrenamiento físi­co y militar necesario para los que habían de servir al Estado se revestía de formas que Augusto descubrió en la olvidada lejanía del tiempo. Los muchachos muestran su habilidad en la equitación mediante el "Juego Troyano", una antigua diversión semimilitar semirreligiosa. Se pasaba revista a los jóvenes en la plaza ante el templo de Marte el Vengador, el protector del ejército en la an­tigua Roma, y los ejercicios militares de los jóvenes y de los adolescentes se realizaban en el Campo de Marte. En las -ciudades provinciales, se formaban cuerpos juveniles similares, bajo la advocación de los dioses de la antigua Roma y de Italia.

Pero esta resurrección del pasado encubre también nuevos desarrollos. Paralela a la restauración, hay un construir renovado, que se expresa creando un nuevo arte para el Imperio, un arte cuyo máximo triunfo es la propia ciudad imperial. Se introdujo sistema y orden en el caos de las construcciones, algunas de ellas espléndidas, pero erigidas al azar por los jefes revolucionarios. Roma se convierte en la verdadera capital del mundo, en la que se combinan su pasado republicano con su presente monárquico, la ciudad de un pueblo soberano con una residencia para el jefe de este pueblo. Augusto prestó especial atención al corazón de la ciudad antigua, el Foro y las partes adyacentes. El Capitolio, con sus templos, se alzó como antes por encima del Foro, pero, a su lado y, por ende, dominando el Foro, se construyó una residencia en el Palatino para que el princeps viviera en ella, en la proximidad del templo de Apolo y del santuario de Vesta. También allí se preservaron cuidadosamente las reliquias de la Roma de los reyes, relacionada con el Palatino desde tiempos inmemoriales: la cabana de Rómulo, el más antiguo lugar de adivinación y la cueva del Lupercal. En el Foro. Augusto no se contentó con la restau­ración, sino que perpetuó su propia memoria y la de su padre deificado en una serie de nuevas construcciones. El templo del Divino Julio y la basílica que lleva su nombre agregaron un aspec­to personal y muy nuevo a lo que había sido un centro de los asuntos políticos y comerciales de la Roma republicana. Se añadió un segundo Foro, consagrado al deificado padre de Augusto y en el que se hallaba el templo de Venus Genetrix; luego se trazó un tercer Foro, que llevaba el nombre del propio Augusto, cons­truido en torno al templo de Marte el Vengador, que había casti­gado a los asesinos de César y de este modo había creado el nuevo orden de cosas.

Pero el lugar principal de las actividades constructoras del Emperador fue el Campus Mariius, que era en sí una nueva y espléndida construcción. Aquí también predominaban las construc­ciones sagradas, pero no hubo restauración; las edificaciones eran nuevas y dedicadas al culto relacionado con el principado. Entre todos ellos, se destaca un gracioso altar de la Paz, otro a la Fortuna y el Mausoleo del Emperador y su familia rodeado de un parque; junto a ellos había pilares majestuosos erigidos por sus amigos y colaboradores y por su familia; el Panteón de Agripa, en donde la estatua de Augusto, modestamente colocada en el vestíbulo, se asociaba con las imágenes de los dioses supremos en el propio templo; baños palatinos para el pueblo, obra también de Agripa; el palacio de Marcelo, sobrino del Emperador, no lejos del espléndido teatro de Pompeyo; un gran edificio construido para las reuniones popularos y dedicado a la memoria de César. Estas edificaciones y muchas más. ejemplos clásicos de la nueva arquitectura y escultura, glorificaban a Augusto de un modo u otro; conmemoraban sus servicios al Estado, su patriotismo, su munificencia, su piedad y sus magníficos actos. Una larga ins­cripción, escrita por el propio Augusto en un lenguaje simple y preciso, servía para referir la misma historia. Todos los romanos podían leerla después de la muerte del Emperador, al entrar en el Mausoleo, su monumento y templo. El mismo tema se repite en los relieves (todavía existentes) en el altar de la paz y en la escultura de otros monumentos contemporáneos dedicados a la glorificación y culto de Augusto o al de su familia y otros parientes. La calidad artística de esos monumentos está en consonancia con su objetivo: siguen el verdadero estilo del arte imperial, frío, solemne, majestuoso. Por todas partes campea una idea única: la gran­deza de Roma y de Augusto.

No nos puede sorprender de ninguna manera este cúmulo de arte. No hay que olvidar que ya se habían hecho muchas obras, incluso bajo las desfavorables condiciones de la era republicana, y que los mejores artistas griegos y helenísticos habían encon­trado refugio en Italia. Tampoco es extraño que, en el terreno literario, el genio romano no diera signos de agotamiento. La época de Augusto produjo valiosos rivales de Cicerón y Catulo. Los más eminentes son los grandes poetas relacionados con Augus­to a través de Gayo Mecenas, un amante apasionado de la litera­tura y el arte, amigo y consejero del Emperador.

Se suele considerar a ese grupo, en el que sobresalen Virgilio y Horacio, como poetas palaciegos cuyo objetivo era el de glorifi­car a Augusto. La mayoría de ellos habían sido arruinados por la revolución y despendían de la ayuda de Augusto y de sus ami­gos. Pero no es probable que Augusto les obligara a aceptar sus puntos de vista. No deben a su protección el hecho de que ya en vida se les reconociera como clásicos por todos los que hablaban latín. También en este asunto, como en los otros, Augusto dio pruebas de su conocimiento de la naturaleza humana y de su receptividad ante los sentimientos dominantes. Él sabía que tanto Virgilio como Horacio no tendrían más salida que escri­bir en su favor; comprendió que esos genios expresarían, en una serie de imágenes inolvidables, las ideas fundamentales de su rei­nado. Es imposible que Augusto sugiriera a Virgilio las ardientes palabras que leemos en muchas páginas de la Eneida; esas pala­bras brotaban del propio corazón del poeta y hallaron oyentes y lectores no solo en Augusto y su familia, sino en todos los romanos sin excepción. El tema principal del poema es la grandeza de Roma y de Augusto. Esa grandeza fue sentida por otros y no solo por Virgilio: el temperamento de Horacio es más frío y más sobrio; sin embargo, también reconoce a Augusto como salvador y creador de una nueva era y, de buen grado, le rinde tributo de agradecimiento y reverencia. Es de notar que ninguno de esos poetas, salvo Virgilio, dedica una gran obra ai propio Augusto. Cuando éste les sugirió que celebrasen sus hazañas en verso, todos se negaron cortésmente y en casi idénticos términos todavía podemos leer esa negativa. Incluso en Virgilio es preciso leer entre líneas para encontrar el nombre de Augusto: su héroe es una per­sona diferente: un romano piadoso y consciente, Eneas de Troya.

La mayoría de los poetas de esta época esquivan la redacción de poemas largos y serios sobre temas políticos. Prefieren los detalles personales; se interesan en sus propias experiencias emocionales o en incidentes que les han ocurrido a ellos o a sus amigos.

Su actitud frente al resto del mundo es condenatoria y un tanto despectiva o, al menos, irónica, como vemos en las Sátiras y las Epístolas de Horacio. Se cuidan muy poco de la religión; ninguno de ellos escribió algo que pudiera parangonarse con el himno que el escéptico Lucrecio dirigió a Venus. Este asunto lo tratan de un modo fantasista y, algunas veces, como en los Fastos de Ovidio, como una cosa arqueológica. Las únicas excepciones a esta regla las constituyen Virgilio, con sus ideas neopitagóricas, y Horacio, que refleja en sus odas algunos aspectos de las creencias primitivas de Italia. Todos los poetas, con la excepción de Virgilio, repiten la misma frase: "Vive y disfruta de tu vida". Pero esta frase ha perdido el placer de vivir que se respira en la primitiva poesía griega; se siente, en el trasfondo, el pesimismo que impregna todo este período. Ovidio, el más joven del grupo, es también el más ligero y desenfadado. Pero él se desliza por la superficie de la vida como si temiera adentrarse demasiado en ella, Ni siquiera las calamidades le hacen sentir con seriedad la terrible tragedia de la vida. La Roma de Augusto parece vivir con plenitud y una gran actividad creadora, pero los poetas mismos parecen entrever que su canto no es un preludio, sino la última nota de un himno triunfal en honor de la Edad de Oro.