XII

LA DICTADURA DE CÉSAR. LA TERCERA ETAPA DE LA GUERRA CIVIL: ANTONIO Y OCTAVIO

Después de la victoria sobre el Senado, conseguida en África el año 46 a. C, César se convirtió en jefe del Estado romano y mantuvo su función directora hasta su muerte, ocurrida el 15 de marzo del 44 a. C. César no juzgó necesario fortalecer su posición recurriendo a los métodos de Mario y Sila, ni tampoco se dedicó a destruir a los que habían luchado contra él o a los que aparecían como sospechosos o desafectos. Tales procedimientos le repugnaban. Probablemente, César creía que el terror no era un medio adecuado para sostener ningún tipo de poder. Por el contrario, César llamó a colaborar con él a todos los de la facción hostil que consideró capaces de servir al Estado, incluyendo un buen número de políticos activos, tales como Cicerón, Casio, Marco y Bruto. No se consideró ligado por su pasado al partido demócrata. Nunca pensó en devolver el poder al Senado, ni en reconocer la soberanía del populacho romano. Su actividad, como máximo dirigente del Estado, duró menos de dos años y fue interrumpida por la penosa campaña de España del 45 a. C.

Debemos recordar que tampoco había dado por terminada su tarea militar. César estaba convencido de que era preciso asegurar las fronteras contra los enemigos de fuera, antes de que se pudieran echar los cimientos definitivos de un nuevo sistema de gobierno. Los problemas más apremiantes y que exigían una solución inmediata eran justamente esos. Grecia, Macedonia y Epiro debían ser protegidos contra los asaltos de sus vecinos tracios, ilirios y celtas; también debían asegurarse las fronteras de las nuevas provincias orientales anexadas por Pompeyo, esto es, las fronteras de Siria, Palestina y Bitinia con el Ponto. Las provincias, próximas o lejanas, corrían gran peligro. En el Da­nubio, un poderoso reino tracio estaba surgiendo bajo el mando de Burebista, que amenazaba anexar, en primer término, las ciu­dades griegas de la costa occidental del Mar Negro. En Mesopotamia, las armas romanas habían sufrido una vergonzosa derrota a manos de los partos y los conquistadores, no contentos con su victoria, se preparaban para caer sobre Siria y Asia Menor y, de esto modo, suscitar el gran imperio persa, del cual eran herederos. Roma no podía detenerse a medio camino en su política imperia­lista; vio que sus fronteras naturales, en tanto potencia mundial, se extendían hasta el océano y el desierto. Por esa razón, César planeó una campaña en Oriente, en primer lugar, contra Tracia y, después, contra Partía y, para ello, concentró en Iliria un gran ejército de diez y seis legiones. César fijó la fecha definitiva de su marcha inmediata para unirse al ejército y eso fue, tal vez, lo que apresuró su fin.

Dada la situación existente, no fue necesario que César en­carara de inmediato el problema fundamental de su relación con las fuerzas militares del Estado. Era el jefe del ejército, el único jefe que éste reconocía como tal, y su ejército se hallaba todavía en el campo y en vísperas de una campaña. No sabemos qué forma hubiera asumido su relación con el ejército una vez terminada la gran expedición que él planeaba. Lo que es evidente es que, en lo que respecta a la composición del ejército romano, César es­taba dispuesto a llevar adelante el plan de Mario. Es indudable que César no juzgaba que su ejército debería componerse única­mente de ciudadanos romanos. En su calidad de fuerza armada de un Estado de alcance mundial, el ejército debía contener re­presentantes de toda la población capaz de llevar las armas. Tal fue el ejército que César legó a sus sucesores. Esa fuerza armada se componía de ciudadanos romanos y también de muchos nativos de la Galia, España y hasta del Asia Menor. Sus ejércitos estaban destacados fuera de Italia, en las provincias; en Roma, César solo conservó un pequeño destacamento de su guardia pretoriana, es decir, de guardias personales que le protegían como portador del poder supremo e, incluso, disolvió ese destacamento poco antes de su asesinato. En Roma, Italia y las provincias occidentales, su poder se apoyaba en sus veteranos, algunos de los cuales habían recibido ya concesiones de tierras y otros confiaban en recibirlas. Entretanto, estos últimos vivían, en grandes grupos; en Roma y en ciudades itálicas.

Pero los asuntos internos de Roma requerían algún tipo de organización, aúneme solo fuera provisional. La máquina del Es­tado debía seguir funcionando durante la ausencia de César. Como ya he dicho anteriormente, todos los actos de César prueban que él consideraba a la constitución existente, inútil y anticuada. Su persistente lucha con el Senado mostraba claramente su hostilidad hacia esa institución. La asamblea popular, formada por el popu­lacho de la ciudad, era un mero y oportuno instrumento para llevar a cabo esa lucha. No cabe duda de que César pensaba hacer reformas radicales en la constitución y, aunque nunca completó sus reformas, sus líneas directrices son inequívocas. Se dejaban incólumes las formas externas y las denominaciones, pero el Es­tado romano, tal como él lo dirigía, era esencial y radicalmente diferente del que había gobernado el Senado.

Su primera medida fue asegurarse el control supremo sobre todos los asuntos públicos y hacerlo de tal manera que no se manifestase exteriormente. César siguió un plan que ya había sido adoptado mucho antes por los tiranos griegos en Grecia. Co­mo ellos, César mantuvo los viejos nombres e instituciones in­corporándoles un nuevo elemento que los modificaba hasta desfigu­rarlos completamente. Este nuevo elemento era su propio poder, el poder personal del propio César. Ese poder era una especie de mosaico formado por diferentes piezas. Cada una de esas piezas era romana por su origen y llevaba un nombre romano, pero, en la mayor parte de los casos, ese nombre cubría algo nuevo. Su poder supremo, sin parangón con el de otros magistrados, encon­tró su expresión en el título de "dictador" que él sustentó por algún tiempo en el 49 y 47 a. C; ese título, que el Senado y el pueblo le otorgaron en el 46 a. C. por un período de diez años, le fue conferido de por vida en el año siguiente. Una dictadura permanente era contraria a los principios de la constitución ro­mana. Es indiscutible que en este caso el título de "dictador" era una máscara de lo que los griegos llamaban "tiranía" y las naciones orientales "monarquía".

Al ejercer simultáneamente el cargo de cónsul en Roma y procónsul en Galia (59 a. C), César introdujo en la vida pública el principio de que un hombre podía desempeñar varias funciones a la vez. Pompeyo había dado ya el precedente, puesto que, en el año 52, había sido, al mismo tiempo, cónsul en Roma y procónsul en España; César convirtió en una práctica regular el ejercicio de varios cargos simultáneos. Desde el 48, se lo eligió anualmente cónsul; desde ese año, recibió del pueblo el "poder tribunicio", es decir que, sin ser tribuno, gozaba de todos los derechos de los tribunos, incluso el de la inviolabilidad, que el pueblo le otorgó el año 47 a. C. por resolución especial. En el año 63 se lo eligió Pontífice Máximo y en el 48 a. C. pasó a ser miembro de todos los colegios sacerdotales patricios. Esta acumulación de títulos y de atribuciones era contraria a todas las tradiciones políticas romanas, pero se ajustaba a la teoría de que el pueblo posee el derecho soberano de crear nuevas formas de poder. En este sen­tido, César era un demócrata consecuente.

Muchas otras atribuciones se agregaron a las anteriores, a pesar de que no había precedentes en la. historia constitucional de Roma. Una ley especial transfirió a César la vigilancia de las costumbres (praefectura morum), que había sido primariamente una de las obligaciones del censor, y César hizo uso de ese cargo para amenazar con la expulsión del Senado o del orden ecuestre a todos los que no le agradaban, bajo protexto de que su conducta deshonraba a su clase. Otras leyes especiales confirieron a César el derecho a nombrar magistrados para las provincias y a reco­mendar al pueblo la designación de la mitad de los magistrados que aquél debía elegir; el derecho a concluir la paz o a declarar la guerra (concedido en el año 48 a. C. ); el derecho perpetuo a emitir edictos, confirmados de antemano y sin discusión por el Senado, mientras que los magistrados debían jurar obediencia a esos edictos, al tomar posesión de su cargo.

La gran acumulación de diversas atribuciones, acompañada por una larga lista de desproporcionados títulos honoríficos, creó para César una posición enteramente excepcional en el Estado. El Senado, lleno de partidarios suyos, era su consejo; la asamblea popular se reunía únicamente para votar leyes que ya habían sido aceptadas con antelación y jamás intentó participar activamente en los asuntos públicos. El tribunado del pueblo no daba ninguna señal de vida. De hecho, César era un monarca, por encima de todos los controles, de cualquier índole que fuesen. No es seguro que pensara en aceptar el título de rey. Sus enemigos así lo afir­maban y sus más decididos partidarios, como M. Antonio, al parecer lo deseaban. El propio César nunca manifestó su opinión sobre este punto de un modo definido; sus acciones y alusiones accidentales son contradictorias, y se pueden explicar de diferentes maneras. También se creía generalmente que pensaba trasladar la capital desde Roma al Oriente. Se murmuraba que César tenía la intención de casarse con Cleopatra, la reina de Egipto y adoptar a Cesarión, el hijo que con ella había tenido. César la sacó de Ale­jandría y le dio una residencia en Roma.

Cualquiera que sea el juicio que nos merezcan esos rumores que pertenecen a la clase de murmullos presentes siempre en todas las crisis políticas, lo cierto es que César consideraba que su poder era hereditario. A punto de partir para Oriente, César hizo testa­mento por el-cual adoptaba a su sobrino Cayo Octavio y le legaba la mayor parte de su fortuna. Tal disposición mostraba clara­mente que consideraba a Octavio como sucesor y heredero de su posición, Octavio había estado con César en España y luego fue enviado a Iliria para completar su educación general y su entrenamiento militar.

César no solo encontró apoyo para su poder autocrático en su ejército, en sus veteranos y en las atribuciones que el pueblo le concedió; las masas, fascinadas por su personalidad, lo miraban con una especie de temor religioso. Para ellas, César no solo era el favorito de la fortuna, el genio militar, sino también un ser superior. Las ideas religiosas de la Antigüedad no habían trazado deslindes bien definidos entre lo divino y lo humano. Por eso, esas masas estaban dispuestas a reconocer a César como un super­hombre, un héroe en el antiguo sentido religioso de la palabra. Lejos de refrenar esa actitud, César la alentó. César no protestó cuando el Senado aprobaba decretos que tendían a su deificación. Así, esa institución creó un colegio sacerdotal especial de Luperci Julianos, edificó un templo a César y a la diosa Clemencia, con un sacerdote especial para este nuevo culto, y cambió el nombre del mes Quintilis por el de Iulis (Julio).

Aparte del establecimiento de su propia autocracia personal, nos es difícil distinguir las líneas fundamentales de la transfor­mación que César pensaba hacer en el Estado. Pero hay un punto que no es dudoso: pensaba extender la ciudadanía romana y latina tanto cuanto fuera posible entre los habitantes de las provincias. Las Galias Cisalpina y Narbonense formarían parte de Italia; se fundó un cierto número de colonias romanas en España y África; se concedió la ciudadanía latina a muchas comunidades provinciales, por ejemplo Sicilia. Es notable que el mismo plan se siguió también en el Oriente: se enviaron colonias de veteranos a Sínope y Heraclea, los principales centros comerciales del Mar Negro. Es posible, empero, que esa medida, así como su política de amistad hacia Crimea, se inspirasen en la necesidad de asegurarse la reta­guardia durante su próxima campaña en Oriente. Es más ex­traordinaria todavía la restauración de Cartago, en África, y de Corinto, en Grecia, los dos grandes centros mercantiles que habían sido destruidos por los oligarcas romanos; en ambos lugares se determinaba que los nuevos colonos romanos debían dejar lugar para los nativos. La mayoría de los colonos corintios eran griegos manumitidos.

Todo eso indica que César pensaba borrar la aguda distinción entre Italia y las provincias, y crear en todas las partes del Imperio una clase que gozaría de los mismos derechos que los ciudadanos romanos en Italia. El Senado se reformó en el mismo sentido; ahora tenía que llegar a ser un cuerpo representativo no solo de Roma e Italia, sino de todo el imperio y, en consecuencia, César llevó a esa institución a sus amigos y partidarios, haciendo caso omiso de su origen o de su actuación anterior. Las otras medidas que tomó eran de una naturaleza más o menos secundaria. Su corrección del calendario tuvo importancia; la reforma parcial de los tribunales civiles y criminales la tuvo menos. Hay una ley llegada hasta nosotros, que lleva su nombre, y que consiste fundamentalmente en reglamentaciones para la organización del go­bierno local en las comunidades itálicas. Estos reglamentos debían formar parte de un código que establecería la forma de las instituciones municipales en las diversas ciudades. Mi impresión personal es que César pensaba llevar a cabo, en primer lugar, su gran expedición militar que tendía hacia la creación de un imperio universal y, luego, ocuparse de los problemas relativos a los cambios permanentes de la constitución. Es posible que pensara cambiar por entero la naturaleza de su propia posición una vez terminada su misión en el Oriente.

Pero César no advirtió una cosa: la fuerza de la clase sena­torial, que todavía no estaba convencida de que ya había llegado a su fin su actividad social y política. La designación de hombres de fortuna para integrar el Senado, la profusa distribución de la ciudadanía romana, la negativa a reconocer los privilegios de las clases dirigentes, todas esas cosas contribuyeron indudablemente, en no poca medida, al fin de César. Los senadores nobles no ha­bían de renunciar sin batalla alguna a los privilegios que su clase había disfrutado durante largos siglos. Y, como ya veremos más adelante, la lucha en defensa de sus privilegios acabó en una victoria para esa institución. Cuando, en el año 44 a. C, un grupo de senadores planeó una conspiración, el éxito de ésta no fue puramente accidental. Si recordamos que el partido senatorial ganó un gran número de adherentes y que, aun derrotado, todavía pudo obligar a Octavio, hijo adoptivo de César, a tener en cuenta sus deseos, entonces debemos conceder que César fue más lejos de lo que el momento permitía, ya que la situación no estaba todavía madura para una transformación del Estado romano.

En los Idus (el día 15) de marzo del año 44. César fue ase­sinado en una reunión del Senado por una banda de conspiradores encabezados por Marco y Décimo Bruto y por Casio. Tenían de su parte a la mayoría del Senado, pero no consiguieron la simpatía que esperaban por parte del ejército y del populacho romano; ni siquiera de la población itálica. La transferencia automática del poder al Senado, que evidentemente esperaban los conspiradores después de la muerte de César, no tuvo lugar. El cónsul Antonio y el jefe de la caballería Lépido, poseían una fuerza militar adicta que les permitió suprimir cualquier movimiento amenazador por parte del Senado. La posición de los conspiradores se hizo todavía más crítica cuando se vio claramente que el populacho de la capital estaba contra ellos. Esas gentes habían sido conquistadas por el legado que César les había dejado en su testamento y que Antonio dio a publicidad de inmediato.

Pero tampoco la posición de los partidarios de César era muy estable. ¿Quién iba a ser el sucesor de César? Nadie pensó seria­mente en Octavio, el muchacho de dieciocho años a quien César había dejado su fortuna y su nombre, y que se hallaba en el ejército de Iliria. La situación era aproximadamente la misma que la que se presentó a la muerte de Alejandro Magno. Pero pronto se vio que Antonio tenía más energía y visión política que ningún otro en Roma. Él insistió en llegar a un acuerdo con el Senado. El Senado, a su vez, estaba dispuesto a confirmar, en general, todos los actos de César y sus disposiciones para el inmediato futuro, en particular, incluso la distribución de provincias entre ex magistrados. A cambio de esta concesión, Antonio estaba dispuesto, a su vez, a tratar el reciente acontecimiento como un lamentable equívoco y echar un manto sobre la muerte de César. Pero esta amnistía no era un arreglo definitivo; ambas partes buscaban los medios de fortalecer su posición o, dicho de otro modo, el apoyo del ejército.

Con esta finalidad, Antonio, que había logrado la posesión del tesoro y los papeles de César, hizo votar una ley en contravención con las disposiciones de César. De acuerdo con ellas, Antonio tendría la provincia de Macedonia y Dolabella, el otro cónsul, la de Siria; pero la nueva ley, aunque dejaba sin cambio la provincia de Dolabella, daba a Antonio la antigua provincia de César, la Galia, salvo la Narbonense: Décimo Bruto, uno de los conspiradores, sería transferido de Galia a Macedonia, pero- sin ejército, porque Antonio hizo volver a Italia las tropas que estaban apostadas allí. Contra las intenciones de César, los períodos de mando de Antonio y Dolabella se extendían de dos a seis años. Antonio procuró la seguridad de España, en su retaguardia, en­viando a esa provincia a Lépido para que hiciera la guerra contra el hijo sobreviviente de Pompeyo, Sexto, el cual se había estable­cido en ese país. La entrada en posesión de esos puestos debía ser inmediatamente antes de que expirase el período del consulado de Antonio y Dolabella. A los ex pretores Marco Bruto y Casio se los dejó a un lado; el Senado los envió a organizar el suministro de cereal en Italia y Sicilia. Al terminar su período de pretores, se les mandaría a Creta y Cirene, provincias sin importancia alguna. Parecía que el Senado había perdido la partida.

Pero el triunfo de Antonio era prematuro. Bruto y Casio encontraron los medios para. dirigirse a Oriente, donde lograron poner de su lado a una parte del ejército destacado en Macedo­nia, sometieron por la fuerza a toda la oposición del Asia Menor y acabaron con Dolabella. En Italia, los planes de Antonio se vieron frustrados por la aparición de Cayo Octavio. Este joven había aceptado la herencia de César con todas sus obligaciones y ahora pedía a Antonio que devolviera todo el dinero del que se había apoderado; también pedía como Cayo Julio César Octavio, nom­bre que llevó después de su adopción, participación en el gobierno del Estado. Antonio rechazó esas peticiones y Octavio se vio obli­gado de mostrar  que era  capaz  de  defender  sus  derechos. La situación se complicó más aún cuando gran número de veteranos de César se unieron en torno a Octavio, así como dos de las cuatro legiones que Antonio había hecho venir de Macedonia. La con­fusión aumentó cuando Octavio ofreció sus servicios al Senado en la disputa con Antonio, quien estaba tratando de expulsar por la fuerza a Décimo Bruto del norte de Italia. El entendimiento entre Octavio y el Senado recibió el apoyo activo de Cicerón, que se había convertido en jefe del partido senatorial. Antonio aceptó el reto y bloqueó a Décimo Bruto en Mútina, pero fue derrotado por las fuerzas senatoriales mandadas por Hirtio y Pansa, los cónsules del año 43 a. C, y por un considerable ejército mandado por Octavio, a quien el Senado había conferido las atribuciones de propretor. Es evidente que Cicerón y su partido creían que Octavio sería un dócil instrumento en sus manos y que, después de ayudarles a derrotar a Antonio, resultaría fácil eliminarlo. Cicerón ni siquiera se tomó el trabajo de ocultar su intención y Octavio lo comprendió perfectamente.

Fue una gran desgracia para el Senado que ambos cónsules cayeran en las dos batallas de Mútina y que la mayoría de sus soldados se pasaran a Octavio, ya que solo una pequeña minoría se sumó a las filas de Décimo Bruto. En lugar de conducir su ejército contra Antonio, Octavio marchó sobre Roma; el Senado se había negado a concederle el consulado y un triunfo, así como recom­pensas pecuniarias para sus soldados. La aparición del ejército ante las murallas de Roma rompió toda oposición. Octavio fue elegido cónsul juntamente con Quinto Pedio. En primer lugar, hicieron votar una ley por la que los asesinos de Casar fueron convocados ante la justicia y condenados en ausencia. Entre­tanto, Décimo Bruto marchaba contra Antonio; Bruto esperaba el apoyo de Lépido, al que se había ordenado volver de España, y de Planeo, gobernador de la Galia Narbonense. Pero Lépido se sumó a Antonio, Planeo se negó a apoyar a Bruto, los ejércitos de éste se redujeron a la nada y él mismo huyó y fue asesinado por los bárbaros en su marcha hacia el este. El sueño del Senado de gobernar a Italia se desvaneció para siempre. El choque que todos esperaban, entre Octavio y Antonio, no tuvo lugar. Los tres jefes cesáreos, Antonio, Lépido y Octavio, se reunieron cerca de Bolo­nia, en el norte de Italia, y concluyeron un convenio según el cual los tres jefes se encargarían de reorganizar el Estado (tresviri reipublicae constituendae) con poderes ilimitados. Las provincias occidentales se dividían entre los triunviros: Octavio y Antonio debían ajustar cuentas con Bruto y Casio, mientras que Lépido defendería Italia. Todos los puntos de este acuerdo recibieron forma de ley en virtud de un estatuto del tribuno Ticio, el 27 de noviembre del 43 a. C. El triunvirato debía conservar el poder por cinco años.

La reorganización del Estado se inició con un reinado de terror que repitió, en peores términos, todos los horrores perpe­trados por Mario y los demócratas y, posteriormente, por Sila. Con tal procedimiento se querían lograr dos objetivos: la destrucción de todos los opositores y la obtención de medios para llevar a cabo una campaña contra Bruto y Casio. No se logró el primero de esos objetivos; aunque hubo un gran número de víctimas, entre las cuales se hallaba Cicerón, gran cantidad de adversarios pudo escapar dirigiéndose a Oriente, para unirse a Bruto y Casio, o bien junto a Sexto Pompeyo, que se había apoderado de Sicilia y había creado una flota poderosa. Ni siquiera en su segundo objetivo tuvieron los triunviros un éxito mayor. La confiscación dio lugar a salvajes especulaciones sobre la tierra, pero las grandes sumas que se esperaban no se consiguieron, debido a la  grave caída del valor de las propiedades confiscadas. El último episodio de la lucha del Senado contra la tiranía militar se realizó en suelo griego. En el año 42 a. C, Antonio y Octavio se encontraron con el fuerte ejército de Bruto y Casio en Filipos, Macedonia. Allí se repitió la historia de Farsalia. Antonio logró provocar una batalla y sus adversarios fueron incapaces de rehuir el choque y de cercar por hambre al ejército de Antonio. La  entereza de los veteranos de César y la maestría militar de Antonio prevalecieron sobre el  entusiasmo republicano  de  sus  antagonistas. Bruto y Casio cayeron. Es notable el hecho de que ambos se suicidaran; Casio, al menos, no tenía motivo alguno para acabar con su vida, porque la victoria de Antonio no estaba clara, ni mucho menos, en el primer día de la batalla.

Así, la lucha con el Senado terminó, pero la guerra civil toda­vía continuaba. Era evidente que no podía haber tres dueños de los dominios romanos, aun en el caso de que esos dominios se ha­llaran, como ocurrió realmente después de Filipos, divididos en tres porciones. Sin embargo, la división era incompleta. Italia tenía que ser gobernada por los tres triunviros conjuntamente y el Oriente no estaba incluido en el convenio. El asunto más apre­miante era contener a los ejércitos que habían obtenido la victoria. Era preciso encontrar dinero y tierra para 110. 000 soldados, y los triunviros no tenían a su disposición ni una cosa ni la otra. Además, Sexto Pompeyo, sólidamente establecido en Sicilia, interceptaba el transporte de granos de África a Italia. Se convino entonces que Antonio se quedara en Oriente para conseguir fondos y Octavio volviera a Italia para encontrar tierras. Octavio llevó a buen término su misión; confiscó tierras que pertenecían a los ciudadanos de dieciocho florecientes comunidades de Italia y las entregó a los soldados. Los propietarios desposeídos se convir­tieron en arrendatarios de los nuevos- poseedores, o bien se trasladaron a las ciudades o emigraron a las provincias. Entre ellos, había muchos que aguardaban la oportunidad que les pudiera ofrecer una nueva guerra civil para recuperar sus propiedades o apoderarse de las de otros. La misión de Antonio era más espinosa. El Oriente había sido totalmente despojado por Bruto y Casio. Solamente Egipto le ofrecía algunas posibilidades. Des­pués de entrevistarse con Cleopatra, reina de Egipto, en Tapso, Antonio prefirió extraer riquezas del país por medios pacíficos más bien que violentos. Contrajo nupcias con la reina. Es probable que ese matrimonio no se debiera únicamente a los encantos de Cleopatra; se trataba de disponer de la riqueza de Egipto sin dar un golpe y, aun más, de convertirlo en posesión personal y no en provincia romana.

Mientras tanto, la situación de Octavio en Italia no era muy brillante, Pompeyo era el dueño de Sicilia y se sospechaba que Lépido estaba en buenas relaciones con él. Italia estaba resentida por la ruina que le había causado la confiscación de tierras; los amigos de Antonio, temerosos del aumento de poder de Octavio, mantenían vivo ese resentimiento. Finalmente, las cosas acabaron en. un conflicto dirigido por Fulvia, esposa de Antonio, y por Lucio Antonio, su hermano. Algunas ciudades itálicas participaron en la disputa y Octavio tuvo bastante dificultad para derrotar a Lucio y obligarlo a someterse, después del largo asedio de Perusia, en el año 40 a. C. La esposa y su hermano no recibieron ayuda de Antonio. Una invasión de los partos, que se apoderaron del Asia Menor, vino a complicar aún más la situación en Oriente. En tales circunstancias, resultaba indispensable la ayuda de Italia; pero Octavio no estaba dispuesto, inmediatamente después de los acontecimientos de Perusia, a admitir a Antonio en Italia para hacer reclutamientos. Cuando ya parecía inevitable una ruptura abierta, los amigos de los dos triunviros y los veteranos de la guerra civil obligaron a los rivales a encontrarse en Brindis, el 40 a. C, en donde llegaron a un nuevo acuerdo. Se incluyó a Sexto Pompeyo en este arreglo mediante un tratado que se celebró en Miseno, al año siguiente. A Pompeyo se le dejó Cerdeña, Sicilia y Grecia; Antonio quedó como gobernador del Oriente y Octa­vio del Occidente, salvo África, que pasó a Lépido. Italia debía ser gobernada conjuntamente por los cuatro magnates, aunque ninguno de ellos, salvo Octavio, residía en la península. Para confirmar esta alianza entre los rivales, Antonio se casó con Octavia, hermana de Octavio. Fulvia había muerto antes del acuerdo y nada se dijo de Cleopatra.

Las condiciones que se fijaron en esos pactos no se cumplie­ron. La guerra con Pompeyo continuó. Una nueva disputa entre los dos rivales hubiera podido surgir, pero Antonio, ocupado en su proyecto de' expulsar a los partos de Asia Menor, estaba dispuesto a no inmiscuirse en la lucha contra Pompeyo e incluso a ayudar a Octavio, a condición de que se le permitiera reclutar un ejército en Italia. ' Un nuevo pacto, celebrado, en Tarento, con­firmó el acuerdo y renovó los poderes de los triunviros por cinco años más.

En el año 37 a. C, los acontecimientos tomaron un sesgo de­cisivo. Con gran esfuerzo, Octavio infligió una serie de duros golpes a Pompeyo y lo obligó a retroceder hasta el Asia Menor, en donde perdió la vida; al mismo tiempo quitó a Lépido el poder y el ejército. Cuando Lépido desembarcó en Sicilia, sus tropas lo abandonaron y se pasaron al victorioso Octavio. Lépido pasó el resto de sus días como digno desterrado en una ciudad itálica. Octavio había llegado a ser el dueño indiscutible de Occidente. Sus manos quedaron libres y el tiempo de los acuerdos había pa­sado. Tampoco Antonio deseaba nuevos convenios; en el 36, rompió con Octavio definitivamente y declaró a Cleopatra como esposa legal. Desde ese momento se presenta como señor y dueño de Oriente, aunque conservando siempre sus pretensiones sobre Oc­cidente. La alianza con Cleopatra era una consecuencia natural de su política, ya que eso le aseguraba una fuerte base económica y estratégica. La campaña parta le había de ofrecer gran gloria en Oriente y en Italia, y probar al mundo que era él y no Octavio, el verdadero sucesor de César; la misma campaña había de formar un ejército bien adiestrado y experimentado, y también darle Tos medios para guerrear con Octavio. De hecho, Partía había de hacer por él lo que Galia hizo por César.

Pero Antonio no había tenido en cuenta la complicada natu­raleza de su tarea y la insuficiencia de su propia fuerza. Aunque consiguió escapar de la suerte que cupo a Craso, sin embargo, sus dos campañas en Partía le costaron una considerable parte de su ejército romano y debilitaron mucho su pretensión de ser un general invencible. Se apoderó alevosamente de Armenia y la devastó, pero ese hecho le dio muy poca gloria. Más perjudicial para su influencia sobre el ejército fue su complacencia ante las demandas de Cleopatra, demandas que no podía rechazar porque hubiera sido un golpe mortal para su carrera que la reina se pa­sara a Octavio. Antonio dio a los hijos de aquélla una parte de las provincias romanas del Oriente. Es posible que Antonio diera una forma legal a esa transferencia en el testamento que hizo llegar a las vestales en Roma para su custodia y seguridad. Pero no podemos excluir la posibilidad de que ese testamento, publicado por Octavio, fuera una falsificación. Sin embargo, es seguro el hecho de que las provincias romanas se transferían a los hijos de Cleopatra. Anteriormente, jefes romanos como Sila, Pompeyo y César habían convertido provincias en reinos tributarios o viceversa; pero ninguno de ellos había usado de su poder con tanta osadía ni con tal menosprecio por los intereses romanos. Es evidente que Antonio comenzaba a actuar como los reyes helenísticos y estaba probando a Roma que no era una novedad en él el plan de llevar el centro del Imperio Romano, desde Italia al Oriente.

Octavio explotó al máximo las equivocaciones y fracasos de su rival. Ingenioso, tenaz y sin escrúpulos, trató de probar a Italia, a Roma, que Antonio era un miserable esclavo de Cleopatra, un hombre sin voluntad propia, sin sentido del honor y un traidor a las ideas romanas, de las cuales Octavio se proclamaba a sí mismo paladín. Si Antonio resultaba victorioso, Roma sería esclavizada por el Oriente. Italia se convertiría en una provincia de Egipto y el orgullo del conquistador se trocaría en la humillación del vencido. Para probar sus aseveraciones, Octavio publicó el testamento de Antonio y parte de su correspondencia privada. No podemos decir si realmente creía él mismo en los cargos que imputaba a Antonio; no sabemos si éste quería en realidad encadenar a Roma e Italia. Es muy improbable. Como experto general, conocía el valor del soldado romano y su superioridad sobre las tropas orientales y sabía que su posición en Oriente dependía por completo de los ejércitos formados en Italia. De ahí que sea difícil creer seria­mente que Antonio pensara gobernar el imperio romano sin poseer una sólida base en la península itálica.

Pero, por otra parte, las aseveraciones de Octavio resultaban eficaces; las creían en Italia y, además, muchos oficiales y soldados romanos del ejército de Antonio. El Senado se puso también del lado de Octavio. Es muy probable que en sus tratos con esa institución, Octavio hiciera algunas promesas. En todo caso, la horrible perspectiva de un conquistador extraño en suelo itálico despertó una vez más el antiguo espíritu de las guerras púnicas. Ahora se terminaba el segundo quinquenio del triunvirato y debía restaurarse el gobierno constitucional. Los cónsules del 32 a. C, partidarios de Antonio, pidieron al Senado que los triunviros dimitieran y prometieran, en nombre de Antonio, el restablecimiento de la vieja constitución. Amenazado de este modo, Octavio hizo un llamamiento a Italia y las provincias para que jurasen fidelidad a su persona como jefe de Italia y de todo el Estado contra Cleopatra. Este juramento, en el que Octavio basaba su autoridad, fue tomado en Roma, Italia y las provincias. A su vez, Antonio hizo lo mismo con su ejército, los ciudadanos romanos residentes en el extranjero y los nativos de las provincias que él gobernaba.

La guerra comenzó el año 32 a. C. Ambas partes reunieron numerosas fuerzas. Antonio tenía una flota poderosa y acechaba una oportunidad para cruzar de Iliria a Italia. Pero Octavio se adelantó. Su enorme flotilla de barcos ligeros le permitió desembarcar un ejército en Accio, cerca del lugar en donde estaban acam­padas las tropas de Antonio. Para romper el bloqueo y, en caso de victoria, aislar a Octavio de Italia, Antonio decidió combatir en el mar. Son muy dudosos los detalles de esa batalla. ¿Es verdad que Cleopatra traicionó a Antonio retirando la flota egipcia jus­tamente en el momento crítico? ¿Es verdad que Antonio la siguió, abandonando sus barcos al capricho de la fortuna? ¿Se trata más bien de fantasías maliciosas que Octavio hizo circular en descrédito de su rival? Ignoramos la verdad. La versión oficial de los hechos colorea tanto los relatos históricos como la poesía; no sabemos, ni probablemente tampoco lo supieron sus contemporáneos, lo que tenían que decir d, e todo eso los amigos de Antonio. Sea lo que fuere, lo cierto es que el intento de destruir la flota de Octavio fracasó. La propia flota de Antonio fue aniquilada y con su destrucción se desvaneció toda esperanza de victoria por tierra. Los dos ejércitos se enfrentaron en Grecia. Hubiera sido una empresa muy arriesgada retirarse hacia el interior del país sin seguridad en las comunicaciones; la destrucción de la flota los había des­alentado y gran parte del ejército se pasó al lado del conquistador, mientras que el resto se dispersó. Antonio y Cleopatra buscaron un refugio final en Egipto, con una parte de la flota, después de romper el bloqueo. No tuvo éxito el intento de reclutar un ejército en Egipto. Cuando Octavio estaba cerca, Antonio se suicidó. Y Cleopatra, después de una tentativa desafortunada de ganar el favor de Octavio, siguió el ejemplo de Antonio. Cuando el ejército romano tomó Alejandría el año 30 a. C, Octavio quedó solo, dueño único del Imperio Romano.