XI

POMPEYO Y CÉSAR: LA SEGUNDA ETAPA DE LA GUERRA CIVIL.

Los sufrimientos de Italia en los primeros diez años de guerra civil, aunque terribles, no fueron sino el comienzo de un conflicto todavía más largo y más sangriento; esas penalidades sirvieron para inflamar, más que para mitigar, el encono de las facciones en Roma y en Italia. Si bien el partido popular fue derrotado y casi todos sus dirigentes eliminados, conservó fuerza para recuperarse. Algunos aristócratas, jefes del partido, habían logrado sobrevivir; esos hombres odiaban al Senado más que nunca y estaban dispuestos a emplear cualquier medio para arrojarlo del poder. Se dejaba a un lado las diferencias esenciales de opinión, así como el empeño en mejorar la condición social y económica de los ciudadanos. Todo lo que quedaba era el odio personal entre los jefes de los dos sectores en que se había dividido la comunidad. Ambos bandos estaban bien provistos de partidarios; pero los descontentos superaban con mucho a los satisfechos. El Senado y la constitución de Sila tenían muchos enemigos: los hijos de los jefes a quienes había condenado a muerte, los propietarios cuyas tierras habían sido confiscadas para entregarlas a los veteranos de Sila y los soldados de los ejércitos demócratas que nunca recibieron las parcelas con las que contaban. Ni siquiera los veteranos de Sila eran partidarios del Senado; ellos habían luchado únicamente por Sila y estaban dispuestos, después de la muerte de éste, a servir a cualquier otro que les permitiera, a ellos y a sus hijos, enriquecerse de nuevo con poco esfuerzo. Muchos de ellos habían disipado ya los bienes mal habidos y sus parcelas iban pasando a otras manos. No había, pues, tranquilidad en Italia después de la muerte de Sila y existían pocas esperanzas de una paz duradera.

En Italia y en Oriente abundaban los disturbios entre la mul­titud de esclavos; habían tomado conciencia de la debilidad de sus dueños durante las vicisitudes de la guerra civil. Algunos esclavos se escaparon y fueron a engrosar las filas de esos audaces piratas que, una vez más, habían logrado el dominio del Mediterráneo y habían formado algo parecido a una liga organizada con Cilicia y Creta como centros principales; otros esclavos cons­tituyeron bandas de salteadores que arrasaban las propiedades de la nobleza y acechaban a los viajeros en los caminos de Italia y Asia Menor. Tampoco era mejor el- estado de cosas en las fronteras. En España, los restos del partido demócrata y de sus ejércitos se habían unido a Sertorio, que gobernaba España en interés de su partido y además recibía refuerzos de las belicosas tribus de Portugal, irritadas por la opresión del gobierno provincial romano. En el Oriente, Mitridates estaba restableciendo y en­sanchando su reino, había reclutado un nuevo ejército y construía una poderosa flota. Aliado con los piratas de Anatolia y Creta y con Sertorio en España, Mitridates alentaba nuevas esperanzas de realizar su ambición: crear un imperio greco-oriental independiente de Roma. En esos momentos había disturbios en la propia Roma. Los demócratas, capitaneados por Lépido, confiaban en que la muerte de Sila les permitiría volver al poder; pero la tentativa de restablecer el tribunado y, de este modo, renovar en el foro el conflicto con el Senado, terminó en un fracaso. Lépido trató después de reanimar la llama de la guerra civil. Cuando 'expiró el año de su consulado, llevó a Roma fuerzas armadas de su provincia de la Galia cisalpina, o sea el norte de Italia, con el objeto de apoderarse de la capital. Pero volvió a fracasar una vez más. Su ejército fue derrotado por las fuerzas del Senado y los sobrevivientes embarcaron primeramente rumbo a Cerdeña y, de allí, hacia España para unirse a Sertorio.

El Senado no pudo superar todas esas complicaciones y peli­gros empleando procedimientos ordinarios, es decir, mediante el envío de uno de sus magistrados anuales al frente de una milicia alistada en Italia. La época para tales medidas había pasado. Sila lo comprendió así cuando puso el poder militar del Estado en las manos de magistrados extraordinarios, los procónsules y propretores nombrados por el Senado. Pero incluso este recurso falló en los casos más graves y difíciles. Los soldados no combatían bajo las órdenes de ningún jefe, a menos que lo conocieran bien y que lo hubieran servido por largo tiempo y que, además, confiasen en que obtendrían recompensas iguales a las que habían conseguido los veteranos de Sila. Por eso, después de hacer algunas vanas tentativas para resolver las dificultades por medios ordinarios, el Senado se vio forzado a crear mandos extraordinarios que serían ocupados por determinadas personas, aun a costa de violar la constitución, por un largo período. Esos puestos de mando se disputaban acaloradamente a la muerte de Sila, porque cualquier general victorioso podía así adueñarse de Roma y llenar la vacante de Mario o Sila. El problema del Senado consistía en hallar entre los aspirantes al mando hombres que no tuvieran intención de destruir el ascendiente senatorial. Era un problema que difícilmente tenía solución.

Entre los que aspiraban a ocupar el sitio de Sila había uno que ya se había colocado en primer plano en vida de aquél. Era Cneo Pompeyo, joven, hábil, muy rico y desmedidamente ambicio­so. Debía enteramente su posición al papel que había desempeñado en los tiempos revolucionarios. A la cabeza de un ejército reclu­tado por élvmismo entre sus propios clientes y arrendatarios, Pompeyo se adiestró al lado de Sila durante la guerra civil, aunque no tenía atribuciones conferidas por el Estado. Brillantemente victorioso en Italia fue enviado a Sicilia y a África para luchar con los restos de los ejércitos demócratas. A su vuelta, recibió el sobrenombre de "el Grande" (Magnus) y los honores de un triunfo. La última distinción era ilegal, por dos razones: en primer lugar, no era un magistrado romano y, por consiguiente, no estaba calificado para celebrar un triunfo; en segundo lugar, un triunfo se concedía únicamente a un general que hubiese vencido a un enemigo exterior en "guerra legal" (bellum iustum), pero el mutuo exterminio de ciudadanos no era una guerra ni la ley la reconocía como tal. Cuando Sila murió, Pompeyo estaba en Italia al mando de un ejército. El Senado lo utilizó para aplastar la intentona revolucionaria de Lépido. Pero esa institución tuvo que pagar un gran precio por sus servicios: Pompeyo pidió un mando ex­traordinario en España para luchar contra Sertorio y no era posible negarle esa petición. La guerra en España se prolongó durante siete años, del 78 al 72 a. C. Pompeyo logró terminarla; pero su éxito se debió fundamentalmente a disensiones internas entre sus enemigos, que sucedieron después de una serie de derrotas: los generales romanos Sertorio y Perperna se disputaron entre sí y los españoles, a su vez, con los romanos.. Las disensiones acabaron con el alevoso asesinato de Sertorio, que había sido el alma de la guerra desde el comienzo hasta el fin.

Entretanto, los asuntos de Oriente tomaban mal cariz. El Senado no estaba en condiciones de contrarrestar el creciente poder de Mitridates empleando los medios usuales. Cuando Ni­comedes HE murió y dejé a Roma el reino de Bitinia, Mitridates ignoró audazmente el legado y se apoderó del reino. El Senado se vio obligado, una vez más, a crear un mando extraordinario. Entonces envió a L. Lúculo y a Aurelio Cotta, los cónsules del año 74 a. C, al Asia Menor con un fuerte ejército y una flota, mientras M. Antonio, investido de extensas atribuciones sobre toda la costa mediterránea, debía combatir contra los piratas, aliados de Mitridates. La guerra transcurría lentamente. Antonio no tuvo fortuna; Lúculo lo hizo mejor: logró desalojar a Mitridates de Asia Menor hasta Armenia e infligió una terrible derrota a Ti­ granes, rey de Armenia y aliado de Mitridates.

Apenas comenzaba la guerra en Oriente y estaba muy lejos de su término en España, cuando Capua, en Italia, se convirtió en centro de unión de todas las bandas de esclavos que merodea­ban por el país y de otros sectores descontentos de la población. Un grupo de gladiadores, dirigidos por un tracio, llamado Espar­taco, salió de sus cuarteles de Capua y se estableció en las laderas del Vesubio en donde ese grupo se transformó rápidamente en una fuerza organizada y bien armada. Celtas y tracios, excelentes luchadores por naturaleza, formaban la columna vertebral de ese ejército. Esos hombres no eran simples bárbaros; sabían muy bien que sus compatriotas del lejano norte eran fuertes y, además, libres. Por eso, no les faltaban razones para confiar en que podrían luchar para volver a su propio país. Si perdieron la partida no fue porque el Senado se mostrase capaz de dominar la revuelta. Al lograr victoria tras victoria, Espartaco despejó el ca­mino hacia el norte, pero gran parte de su ejército prefirió que­darse en Italia robando y matando a sus antiguos dueños, y así, la fuerza de los esclavos rebeldes se fue debilitando poco a poco. Aún así, el Senado solo pudo terminar con esas hordas de bandidos creando otro mando extraordinario: el año 71 a. C. el Senado comisionó a M. Licinio Craso, pretor y uno de los oficiales de Sila, para que diera fin a la guerra.

En el año 70 a. C, se había superado la crisis en los asuntos extranjeros. Se restableció la paz en España y las garras de Mi­tridates habían sido cercenadas; en Italia, los esclavos rebeldes habían sido muertos sin piedad y solo los piratas se burlaban del poder de Roma. Pero, en el interior, existía un gran descontento, en especial entre los caballeros, los negociantes y los capitalistas. Las depredaciones que hicieron los esclavos en Italia fueron tan sentidas por ellos como por los senadores, pero los éxitos de los piratas y la prolongación de la guerra en Oriente resultaban aún más perjudiciales para sus intereses. Además, tenían otro motivo de queja y era que Sila les había privado de toda participación en la vida pública al devolver al Senado las funciones judiciales. Tam­bién el partido demócrata volvía a levantar cabeza. Pompeyo y Craso, cada uno de ellos a la cabeza de un ejército victorioso, estaban acampando bajo las murallas de Roma; uno y otro pedían que las leyes de Sila debían ser anuladas en su favor. Ambos querían un triunfo y el derecho a presentarse a las elecciones consulares del 70 a. C. sin entrar en la ciudad, para no verse obligados a licenciar a sus tropas.

El Senado se oponía a esas demandas, no porque fueran ile­gales, sino porque temía volver a ser una vez más un instrumento en manos de soldados ambiciosos. A pesar de su rivalidad y mu­tua desconfianza, Pompeyo y Craso se dieron cuenta de que nin­guno de los dos podría luchar contra el Senado separadamente; creían que podrían obligarlo a satisfacer sus demandas si unían sus fuerzas y lograban que caballeros y demócratas se pusieran de su parte. Pero el único. medio de atraerlos era sacrificar la constitución de Sila. Resulta sumamente instructivo el hecho de que esos dos partidarios de Sila se aliasen con los hombres contra los cuales habían desplegado todas sus energías. Eso muestra con claridad de qué manera los programas políticos y la idea del bien común habían sido puestas a un lado por la ambición personal de unos jefes militares. El Senado se vio forzado a ceder. Pompeyo y Craso fueron cónsules el año 70 a. C. La constitución de Sila quedó casi enteramente abrogada y la anarquía política que aquél había conseguida dominar, volvía a reinar una vez más en Roma.

Pompeyo y Craso rechazaron los usuales mandos proconsu­lares; prefirieron esperar otras posibilidades. Querían algo más grande, alguna comisión nueva y extraordinaria. Pompeyo se adelantó. Apoyado por los caballeros y los tribunos, recibió, en el año 67, poderes extraordinarios para aniquilar a los piratas del Mediterráneo. Pompeyo cumplió su misión con fortuna y los tribunos presentaron, al año siguiente, una nueva ley por la que ese general debía sustituir a Lúculo en el mando contra Mitridates. Los caballeros estaban descontentos con Lúculo; no les agradaba el lento método de hacer la campaña ni la honradez excepcional con que gobernaba el Oriente. Sus soldados también protestaban por la larga estancia en Oriente. Después de alguna oposición, se concedió a Pompeyo el control absoluto y completo sobre todo el Oriente por un período ilimitado. Pronto acabó con Mitridates y Tigranes; luego dio satisfacción a los caballeros agregando a las provincias orientales de Roma no solo los dominios de Mitridates, sino también porciones del reino de Siria, incluidos Judea y Jerusalén. También el ejército estaba satisfecho: Siria, que se ha­bía librado hasta entonces de los saqueadores romanos, les ofreció amplias oportunidades para enriquecerse. Además, Pompeyo les prometió tierras en Italia en un futuro próximo.

Entretanto, en Roma había una intensa agitación. Los demócratas habían utilizado a Pompeyo para abrogar la constitución de Sila. El Senado también desconfiaba de Pompeyo; ya le había traicionado una vez y no era probable que ahora consintiera en ser un simple instrumento de esa institución.

Los demócratas hicieron febriles preparativos para la vuelta del conquistador. Su jefe político era Cayo Julio César, pariente de Mario y yerno de Ciña. Gracias a su juventud y a su dudosa reputación, había sobrevivido a la proscripción de Sila, aunque el propio general reconocía el carácter peligroso del joven César. Craso, uno de los romanos más ricos, suministraba dinero a César para las intrigas políticas. Craso envidiaba profundamente a Pompeyo, su antiguo aliado, y sentía que la gloria de éste podía haber sido su propia gloria. Pero los demócratas -tenían una posición diferente. Los optimates los vigilaban de cerca y evitaban que los mandos militares y las magistraturas recayeran en cualquiera de sus jefes: y en Oriente descendía ya la nube amenazadora del ejército de Pompeyo. De ahí que los años de ausencia de Pom-peyo fuesen años de afiebradas tentativas por parte de los demócratas para adueñarse de Roma, por las buenas o por las malas. Antes ya habían utilizado a un aristócrata para conseguir sus objetivos y estaban dispuestos a repetir el mismo juego. En aquel momento, encontraron un instrumento adecuado en la persona de L. Sergio Catilina, aristócrata arruinado, hombre muy ambicioso, que poseía no poca influencia entre los jóvenes nobles empobre­cidos, así como en el populacho de Roma. Se había peleado con el Senado y estaba dispuesto a servir a César y a su partido, si éstos le allanaban el camino hacia el consulado.

El plan fracasó. El Senado descubrió ese movimiento de los demócratas y los caballeros no deseaban una nueva revolución en el preciso momento en que Pompeyo les abría amplios horizontes en Oriente. El mediador entre los caballeros y el Senado fue M. Tulio Cicerón, conciudadano de Mario y abogado brillante y am­bicioso, que había iniciado su carrera política al lado de los demócratas, atacando los jurados y el desgobierno senatorial de las provincias. Su habilidad en la causa contra Verres, que había saqueado a Sicilia del mismo modo que otros senadores lo hicieron en sus provincias respectivas, mostró al Senado que este "hombre nuevo" podía llegar a ser peligroso. Como todo romano, Cicerón aspiraba a alcanzar la máxima posición en el Estado; quería fundar una nueva familia noble, ser el primer cónsul de una familia hasta entonces oscura. Su inteligencia y patriotismo le llevaron a temer la revolución con todos sus horrores. Como profesional y miembro del orden ecuestre, Cicerón soñaba en una reconciliación entre las dos clases más altas de la sociedad romana. Por eso, estaba dispuesto a pactar con el Senado y, frente a Catilina, un desertor de los aristócratas, el Senado puso a Cicerón, un desertor de los demócratas.

Catilina hizo varias tentativas para obtener el consulado con el apoyo de César y Craso, los jefes demócratas, pero siempre sin conseguirlo. En el año 64 a. C, volvió a intentarlo, con el apoyo de los mismos sostenedores. Éstos lo necesitaban, porque espe­raban que se aprobara, por ese medio, una ley, propuesta por el tribuno Servilio Rullo, que reafirmaba, en mecha mayor escala, la ley agraria de Cayo Graco. Esa ley proponía, ante todo, el establecimiento de un inmenso fondo con el cual se comprarían tierras en Italia y esas tierras, junto con el territorio de Campa­nia, que pertenecía al Estado, debían distribuirse, en lotes entre los veteranos y el proletariado de la capital. Ese plan sería lle­vado a cabo por una comisión compuesta de diez miembros, con poderes ilimitados y nombrados por cinco años; el primer deber de los comisionados era reunir ese fondo, del que podrían disponer a voluntad. El dinero provendría de la venta de las propiedades raíces en Italia y las provincias, en especial las adquiridas desde el año 88 a. C.

Se concederían plenas atribuciones a los comisionados para confiscar y vender todo lo que considerasen propiedad del Estado. Según esta cláusula, podrían tomar todos los distritos de Grecia y Asia Menor que Sila devolvió a Roma después de la derrota de Mitridates; asimismo, caerían dentro de ese control el territorio y otras posesiones que Pompeyo logró para Roma en Oriente. Como los demócratas insistían en que también Egipto había pasado a Roma como donación, aunque en aquel entonces ocupaba el trono un rey con pleno derecho, resulta claro que también preten­dían que Egipto fuera tomado y utilizado por los comisionados, cosa que no se podía hacer sin recurrir a la fuerza militar. En las otras provincias, los comisionados, animados del mismo espíritu, procurarían examinar de nuevo el título de todos los propietarios y gravar con impuestos, fijados a discreción, las tierras que que­daran en manos de sus poseedores; tal medida tenía por objeto asegurar un continuo suministro de fondos para la comisión.

Cuando se completara esa operación, los comisionados comenza­rían a comprar tierras en Italia, fundamentalmente de poseedores cuyos títulos de propiedad fuesen dudosos, es decir, de los que hubieran adquirido fundos en la época de la proscripción de Sila. Es probable que esa medida hubiera sido precedida por una dis­tribución de tierras en Campania, en donde se formarían colo­nias de ciudadanos romanos elegidos entre los que la comisión quisiera favorecer. Indudablemente, la ley tenía un objetivo polí­tico. Para contrarrestar el poder de Pompeyo, César trataba de crear una gran fuerza política y un ejército. César tendría el control absoluto de las provincias; gozaría del apoyo de colonias formadas por sus propios partidarios en Italia, de la misma mane­ra que Sila fue apoyado por sus libertos y sus colonias de veteranos. Es cierto que las actividades de esas comisiones no enriquecerían al Estado y que, más bien, lo arruinarían. Se proponía sacrificar las provincias en aras de un beneficio dudoso para el pueblo ro­mano y, con el mismo fin, se sacrificaría a los pequeños propie­tarios de Campania que, en realidad, eran excelentes cultivadores.

Para combatir esa proposición, el Senado presentó a Cicerón como candidato al consulado contra Catilina. Cicerón fue elegido y la primera disposición de su consulado fue la de oponerse a la ley de Rullo (año 63 a. C). César y Craso, al advertir que, por el momento, les había fallado el juego y, ante la duda de que Catilina pudiera llegar a ser un instrumento aprovechable, le retiraron su apoyo. Pero Catilina no quiso cejar en su empeño y decidió continuar por cuenta propia. Derrotado una vez más en la elección consular del año 63 a. C, hizo un llamamiento a una banda de aventureros políticos como él mismo y comenzó en Roma una vigorosa campaña en favor de la anarquía. Al mismo tiempo, alistó partidarios en Etruria entre los veteranos de Sila, algunos de los cuales ya habían perdido sus lotes de tierra por sus extravagancias, mientras otros recibían con beneplácito cualquier aventura que prometiera ganancias.

El plan de Catilina consistía en levantar el estandarte de la revolución en Roma y Etruria simultáneamente. Sus partidarios en Roma debían iniciar una matanza de senadores y de magis­trados, poner fuego a la ciudad, tomar el control y organizar el nuevo gobierno. Gracias a la vigorosa actuación de Cicerón, se descubrió a tiempo la conjuración. Catilina se vio forzado a irse de Roma apresuradamente para formar su ejército. Los demás conspiradores fueron detenidos en Roma y ejecutados sin previo juicio, de acuerdo con una proposición de Escipión el Joven, de­fendida por Cicerón y aprobada por el Senado. El pequeño ejército de Catilina fue derrotado y él mismo cayó en la batalla.

De esta manera, los planes de los demócratas se habían frustrado. El regreso de Pompeyo era inminente y era creencia general que retornaría como dictador. Sin embargo, ante la gran sorpresa de Roma, Pompeyo entró en la ciudad a fines del 62 a. C. como un ciudadano particular y sin su ejército. No se puede saber cuáles fueron los motivos que indujeron a Pompeyo a licenciar a sus soldados. Era excesivamente ambicioso: estaba obli­gado ante sus soldados por las promesas que les había hecho; deseaba obtener una sanción legal para el ordenamiento que dis­pusiera en Oriente, en donde había formado dos nuevas provincias, Siria y Bitinia con el Ponto, y también un cierto número de nuevos reinos tributarios. Hubiera podido realizar todos esos objetivos haciendo lo que ya había hecho más de una vez anteriormente, y presentándose en Italia a la cabeza de un ejército. Pero, por una vez, prefirió dar un ejemplo' de rigurosa conformidad con la ley. Es posible que estuviera convencido de su propia e irre­sistible autoridad y del apoyo que sus hombres licenciados le darían. Tal vez comparase su propia situación a la de Sila, cuando ya había pasado la proscripción y el dictador renunció a su cargo.

En todo caso, Pompeyo sufrió una grave decepción. En Roma, ambos partidos le eran hostiles, senadores y demócratas por igual. Cierto es que celebró su triunfo con una magnificencia sin pre­cedentes, pero hasta ahí, no más, llegó su fortuna. No se concedie­ron tierras a sus veteranos; sus colonias provisionales de Oriente no se regularizaron. Pompeyo se dio cuenta de que no podía evitar nuevas alianzas políticas y nuevas concesiones a los demócratas y a sus jefes rivales, Craso y César.

César, cuyas relaciones con Catilina no eran un secreto para nadie, juzgó conveniente desaparecer de Roma por algún tiempo, después del fracaso de la conspiración. Como había desempeñado el. cargo de pretor en el año 62 a. C. pasó a España al año si­guiente en calidad de propretor; allí guerreó contra algunas tribus que desde la época de Sertorio continuaban insumisas y pudo satisfacer las demandas de la multitud de acreedores que había dejado en Roma. Al volver a la capital, el año 60 a. C, hizo inmediatamente un pacto con Pompeyo y Craso, pacto conocido con el nombre de "primer triunvirato". El mismo, elegido en el año 59 para el cargo de cónsul, fue el miembro más activo de la coalición. Contra la oposición del Senado y de su colega Bíbulo, César llevó a cabo todas las medidas que los tres habían deter­minado de antemano. Los veteranos de Pompeyo obtuvieron tie­rras en los dominios estatales de Campania o bien tierras itálicas compradas con el dinero que Pompeyo había traído de Oriente; las colonias de Pompeyo en Oriente fueron confirmadas por la Asamblea; para contentar a los caballeros se condonó un tercio de la suma adeudada por los contribuyentes y a Clodio, jefe del populacho romano y firme partidario de Craso, se le permitió acusar judicialmente a Cicerón y mandarlo al destierro.

Para sí mismo, César solo tomó el gobierno, por cinco años, de la Galia cisalpina y transalpina. Esto parecía una inocente aunque insólita distinción, pero., para César, era una cuestión de gran importancia. Eso le permitía ganar una refutación militar, un ejército fiel a su persona e ilimitados recursos materiales. Además, le confirió una aureola ¡de sucesor de Mario en la gran tarea de destruir a los bárbaros occidentales que amenazaban a Roma. César fijó su plan de acción cuando tomó posesión de su provincia. Frente a las nuevas provincias que Pompeyo adquirió en el Oriente, César pretendía conquistar nuevas provincias en Occidente. El "nuevo Dionisio" y "nuevo Alejandro" se había internado profundamente en Oriente y había sido glorificado por los historiadores griegos de la época. César tenía su propio y duro trabajo en Occidente: terminar el conflicto con esos celtas que, ya una vez, se habían apoderado de Roma y que hacía muy poco habían sido  arrojados  de Italia, junto  con  los  germanos, no sin pocas dificultades. El propio César emprendió la tarea de explicar al pueblo romano el significado de su misión en Galia. Era un excelente escritor y sabía cómo hablar directamente a sus lectores. Sus Commentarii o informe militar, siempre terso y preciso, nunca vago o exagerado, escrito de mano maestra, refe­ría año tras año las vicisitudes de sus campañas en Galia, Ger­mania y Bretaña.

La anexión de Galia exigió nueve años de acciones bélicas difíciles y peligrosas. César dirigió sus armas, en primer lugar, contra los helvecios o nativos de Suiza y contra los germanos próximos al Rin; estos últimos trataban de repetir sus intentos de tiempos de Mario, es decir, apoderarse de territorio galo y esta­blecerse allí. En esta contienda, César recibió la ayuda de las tribus de la Galia central y salió de ahí como protector, si no como dueño. Esta relación de dependencia no satisfizo a las tribus semisalvajes del norte y del oeste, belgas, armóricos y aquitanos y, cuando César ya los había sometido, aunque con dificultad, co­menzó un movimiento nacional entre los pueblos de la Galia cen­tral, quienes vieron que la amistad de Roma significaba escla­vitud para la Galia y el término de su libertad. Conducidos por Vercingetórix, reunieron todas sus fuerzas e intentaron expulsar de la Galia central al extranjero. Mediante un extraordinario des­pliegue de actividad y una serie de maniobras bien planeadas, César consiguió cercar a los galos en Alesia, en donde les infligió una derrota decisiva. Su misión en Galia se había acabado y todo lo que Galia le podía dar, él lo tuvo: reputación militar, un ejér­cito y dinero.

Los años que César pasó en, Galia fueron años de violentas perturbaciones políticas en Roma. Sus victorias eran tan inquie­tantes para sus viejos enemigos, el Senado y el partido constitu­cional, como para sus nuevos amigos, Pompeyo y Craso. Si sus amigos y sus enemigos se ponían de acuerdo, César corría grave peligro; o bien, Pompeyo y Craso podían enemistarse y entonces el triunvirato se disolvería. Cuando Pompeyo recibió plenos poderes en el año 57 a. C, nominalmente para suministrar cereal a Roma pero, de hecho para aplastar los motines en las calles, el triun­virato estuvo al borde de la disolución. Craso estaba dispuesto a llegar a un acuerdo con el Senado, pero, en el año 56, César logró, después de un gran esfuerzo, la celebración de una confe­rencia en Luca, al norte de Italia, en donde logró que se recon­ciliaran los dos rivales y se renovara el pacto.

En Luca se acordó que Pompeyo y Craso, deseosos ambos de comandos militares superiores, serían cónsules en el 55 a. C. y, al terminar el año de consulado, gobernarían las provincias de Es­paña y Siria, respectivamente, por un período de cinco años y que César conservaría la provincia de Galia por cinco años más. Pero la realización de este convenio no sirvió para aliviar la situación política. Es cierto que Craso desapareció para siempre de la es­cena política. Una gran campaña que organizó en Siria contra los partos terminó desastrosamente. Craso fue derrotado en la batalla de Carras, sus soldados fueron muertos o hechos prisio­neros y él mismo fue asesinado alevosamente. Este hecho vino a complicar las relaciones de Pompeyo y César. Además, en el año 54 murió Julia, hija de César y esposa de Pompeyo; ella había ejercido una fuerte influencia sobre su padre y su esposo, y su muerte allanó el camino de los enemigos de César para acercarse a Pompeyo. En lugar de marcharse a su provincia, Pompeyo se quedó en Roma, sin hacer nada por terminar con los motines hasta que el Senado le autorizase a actuar. Finalmente, en el año 52, cuando el estado de cosas se había hecho intolerable y el ver­dadero gobierno de la ciudad estaba en manos de rufianes armados que usurpaban los nombres de los partidos, el Senado se vio obli­gado a sancionar la elección de Pompeyo, único cónsul, con los poderes de dictador. Entonces, él llevó las tropas a la ciudad y restableció inmediatamente el orden.

No era claro que con los métodos de Pompeyo se pudiera restablecer el orden en Roma y en Italia. Era imposible conciliar el poder militar de uno o varios jefes con la constitución existente. Si el poder militar se mantenía dentro de sus propios límites, cosa que deseaba Pompeyo, la lucha entre los partidos y las am­biciones personales llevarían a la anarquía en Roma. Pero, si ese poder trataba de restablecer el orden, tenía que entrar inevi­tablemente en conflicto con la oligarquía gobernante y, entonces, sobrevendría una lucha armada. Si se respetaba la constitución y se mantenía la influencia tradicional del Senado, no había esca­patoria ante el dilema que se presentaba. El error fundamental de Pompeyo fue la intención de conciliar algo que no había medio alguno de poner en armonía. Era simplemente imposible ser, en Roma, el primer hombre y gobernar la ciudad, sin destruir el andamiaje de la vieja constitución. La posición de Pompeyo se hacía aún más difícil ante la necesidad de compartir su poder con César, con el constante recelo de que éste quisiera algún día arrebatarle su primer puesto en el Estado.

Cuando hubo terminado la misión de César en Galia, el pro­blema de las relaciones entre los dos rivales se agudizó. César no quería una ruptura; estaba dispuesto a volver a Roma y conti­nuar sus maniobras políticas sin desenvainar la espada. Pero como deseaba garantizar su seguridad personal, insistía en que se le permitiera presentarse a las elecciones consulares sin apare­cer en Roma y sin renunciar a sus atribuciones como procónsul.

Eso significaba, naturalmente, una continuidad del poder militar de César porque su primer cuidado como cónsul sería asegurarse un nuevo mando en condiciones excepcionales. Pero si César man­tenía su ejército y además era elegido cónsul, Pompeyo dejaría de ser el primer hombre del Estado. Pompeyo tenía conciencia de su inferioridad, en tales circunstancias porque los laureles de César estaban aún frescos y los suyos, en cambio, los había mar­chitado el tiempo. Además, el ejército de César estaba en el norte de Italia, y el suyo en la lejana España.

El Senado no veía con menos inquietud la vuelta de César. Sabía que César en el poder significaba la ruina de esa institución. En su primer consulado, César se había declarado abiertamente contra él y se había negado a reconocer las restricciones consti­tucionales. No había esperanza alguna de que su segundo con­sulado fuera menos peligroso que el primero. Pero, sin aliados, el Senado estaba indefenso. Y, sin embargo, ninguno de sus miembros era realmente popular entre los soldados y no se podía encontrar otro Sila en sus filas. El Senado se vio forzado a recu­rrir a Pompeyo. Éste había tratado de impedir los flagrantes ultrajes a la constitución y era posible esperar que se pudiera llegar a un acuerdo ventajoso con él, si derrotaba a su rival. Por eso se hizo toda clase de esfuerzos para separar a Pompeyo de César. Pompeyo vaciló durante mucho tiempo. Cuando, al final, el 49 a. C, se decidió por una ruptura, la ventaja militar estaba de parte de César. Apenas tenía Pompeyo algunas tropas en Ita­lia y, por eso, cuando César cruzó el Rubicón, frontera de su provincia, con una pequeña fuerza, y marchó sobre Roma, se hizo inevitable abandonar a Italia.

Pompeyo tenía dos caminos abiertos ante él: unirse a su ejército en España o crear un nuevo ejército, llevarlo a Oriente, adiestrarlo y volver luego a Italia. "En cuanto a la primera solución, había el inconveniente de que, en España, quedaría sin acceso a los abundantes recursos de Oriente. En cambio, si se movía hacia Oriente, colocaría a César entre dos fuertes ejércitos y podía esperar que se hallaría en condiciones de cortar el suministro, de víveres a Italia y reducir por hambre a César, por medio de-la gran flota que controlaba el Senado en Italia y Oriente. Pero el plan de campaña de Pompeyo, aunque era excelente, resultó des­afortunado. Su fracaso se debió principalmente a la asombrosa actividad, rapidez y resolución de su rival. Los movimientos de Pompeyo eran lentos y obstaculizados por la presencia de gran número de senadores en su cuartel general. Esos hombres criti­caban constantemente y se inmiscuían en las decisiones del pene-ral pidiendo reuniones para discutir sobre la situación. Los lugartenientes asignados a Pompeyo no fueron capaces, de ponerse a la altura de la situación. En el otro lado, César ejercía el poder absoluto dentro de su propio partido; no dio gran importancia a los pocos senadores que quedaron en Roma y escogió a sus sub­ordinados con mucha habilidad. No pudo evitar que Pompeyo y sus fuerzas cruzaran el mar, ni tampoco pudo intervenir mientras se formaba y adiestraba un gran ejército cerca de Dirraquio, el puerto principal del oeste de Grecia. César no tenía una flota y hacía falta mucho tiempo para crearla. Pero utilizó ese inter­valo para caer sobre el ejército de Pompeyo en España y destro­zarlo. En cambio, fracasó en África al intentar una operación semejante.

En otoño del 49, la ventaja era de Pompeyo. Tenía un inmenso ejército a su disposición, grandes recursos pecuniarios y una flota poderosa. César tenía hombres, pero disponía de poco dinero. Sin embargo, decidió no esperar la vuelta de Pompeyo sino transferir la guerra a Grecia. Logró desembarcar de inme­diato una parte de su ejército y, luego, el resto, en Apolonia; entonces hizo una tentativa desafortunada para bloquear a Pom­peyo cerca de Dirraquio. Pompeyo cruzó sus líneas 'y César sin acceso a sus suministros, se vio obligado a retirarse a las fértiles llanuras de Tesalia. En este lugar Pompeyo, a su vez, bloqueó a César en Farsalía y éste habría perdido todo su ejército, si el Senado no hubiese insistido en aceptar el combate decisivo al que César trataba de arrastrar a su rival. La batalla se dio y Pompeyo sufrió una tremenda derrota. Pero aún tenía un ejército y una flota en África. También contaba con el apoyo de Egipto, cuyo rey, Ptolomeo XIV, estaba en deuda con él. Pero sus esperanzas de una buena acogida le fallaron; el rey temeroso de complicacio­nes, lo mandó matar alevosamente.

Sin embargo, la guerra no terminó con la muerte de Pompeyo. César siguió a su rival a Alejandría. Necesitaba dinero y Ptolomeo estaba en deuda con Roma. En Egipto, César escapó por milagro de la muerte. Tomó parte en una contienda dinástica local entre el rey y su hermana y esposa, Cleopatra. César se puso de parte de Cleopatra y es de suponer que confiaba en una recompensa, no solo de caricias reales sino de suministro de cosas vitales para la guerra. El ejército y el pueblo de Alejandría estaban del lado del rey y cercaron a César en el palacio. Los refuerzos que llegaron apresuradamente de Asia Menor vinieron justo a tiempo para salvarlo. Después, se vio obligado a salir rápida­mente hacia el Asia Menor para arreglar cuentas con Farnaces, un hijo de Mitridates, que trataba de aprovecharse del desorden ge­neral para restablecer el reino de su padre en Oriente. Entretanto, los restos del ejército de Pompeyo y la flota senatorial se reunían en África, en donde se llenaban las filas con nuevos reclutas y unidades de los aliados africanos. César se enfrentó con esa imponente fuerza cuando finalmente condujo su ejército a África, el año 47 a. C. Una vez más, su genio militar decidió el resultado de la batalla de Tapso, que tuvo lugar al año siguiente, y la re­sistencia del Senado quedó finalmente deshecha. Un nuevo intento por parte de los hijos de Pompeyo para reclutar un ejército en España obligó a César a luchar una vez más contra los pompeya­nos en Munda (año 45 a. C), en donde fueron derrotados y aniquilados los últimos sobrevivientes de las fuerzas senatoriales. César quedó solo, sin rival alguno, con un nuevo Senado que él mismo escogió, enteramente sometido a su control; además, contaba con un ejército admirablemente adiestrado y absolutamente fiel a su jefe.