VIII
ROMA E ITALIA DESPUÉS DE LAS GUERRAS PÚNICAS Y ORIENTALES
Aunque las guerras en África y en Oriente dieron lugar a un cambio radical en las estructuras económicas y sociales de Roma e Italia, sin embargo, la constitución romana continuó inconmovible. Como en el siglo IV y comienzos del III a. C, la institución política principal era el Senado, un cuerpo cuyas filas se cubrían fundamentalmente con personas que pertenecían a la aristocracia romana; ese núcleo estaba formado por patricios, grandes terratenientes que disfrutaban del tiempo y los medios adecuados para dedicarse por entero a los asuntos de gobierno. Roma seguía siendo una ciudad-Estado gobernada por una aristocracia. Esa antigua aristocracia fue incorporando en su seno a los representantes más ricos y hábiles de los plebeyos, y también a los más influyentes y acomodados ciudadanos latinos y aliados a quienes se les había concedido la ciudadanía. De esta manera, se formó una clase que representaba la riqueza y la distinción; el pueblo elegía sus magistrados entre los miembros de esa clase y el Senado cubría con ella sus puestos vacantes. La historia de su familia determinaba la elegibilidad de un hombre para la clase senatorial, para la nobleza (nobilitas). Si cualquier otro, por su habilidad personal o buenos servicios, conseguía entrar en el Senado o era elegido magistrado —cosa que ocurría raramente— se le llamaba un "hombre nuevo" y las antiguas familias aristocráticas lo trataban con cierto desprecio y recelo.
La tendencia hacia la democracia, que afloraba en e! siglo IV a. C, se detuvo en el siglo III y comienzos del II a. G. Difícilmente se celebraban reuniones de plebeyos sin la presencia de los patricios. Es verdad que la posición social de un ciudadano no se definía por el simple hecho de pertenecer a una familia plebeya, ya que muchas de éstas se habían, incorporado a la nobleza dirigente. A fines del siglo III, la asamblea de los plebeyos por tribus se combinó con la asamblea del pueblo por centurias y así se creó una forma mixta de asamblea popular con los dos primeros cuerpos. Los tribunos que antes eran jefes de la plebe, aunque continuaban siendo elegidos por los plebeyos, ya no desempeñaban un papel importante en la vida pública; pertenecían a la nobleza senatorial, eran el contacto con las masas. El verdadero control de los asuntos internos y externos correspondía al Senado. Los magistrados eran casi sus servidores. Sus decretos sobre puntos no legislados por la asamblea tenían la misma fuerza de ley que las disposiciones de aquélla. El Senado conducía la política extranjera, administraba las finanzas públicas, controlaba a los generales en campaña y solía dirigir las actividades legislativas de la asamblea popular. Además, los senadores, como clase, tenían una vasta autoridad judicial, ya que las sentencias en los tribunales presididos por pretores eran pronunciadas por jurados escogidos exclusivamente entre miembros del Senado. Éste era casi omnipotente.
La explicación es simple. En aquellos tiempos difíciles en que las guerras con el exterior eran casi continuas, los ciudadanos se dieron cuenta instintivamente de que se necesitaba un soló gobierno fuerte. Tal gobierno no podían darlo ni los magistrados ni los tribunos del pueblo. Los primeros se elegían por un año y estaban demasiado ocupados con los asuntos corrientes, civiles y militares, como para dirigir firme y sistemáticamente el Estado. Tampoco la asamblea popular era más competente para realizar esa tarea. Los mejores ciudadanos, los más maduros y experimentados, estaban luchando en las filas del ejército, año tras año. Siendo esto así, el gobierno de la asamblea popular hubiera significado la entrega de los destinos de Roma a un grupo de ciudadanos, una pequeña minoría dentro de la totalidad de ese cuerpo. Por otra parte, existía el Senado, la única institución que estaba en sesión permanente y que gozaba del respeto general, un cuerpo familiarizado desde hacía tiempo con los asuntos públicos y constituido por hombres que habían pasado por un largo y variado entrenamiento en los asuntos de gobierno. El Senado mostró sus cualidades en la dirección de los asuntos del Estado. No tenemos razón alguna para suponer que los senadores poseyeran una perspicacia excepcional o que siguieran un sistema infalible en la dirección de los asuntos; frecuentemente cometían errores, a menudo se mostraban irresolutos y poco firmes en su política extranjera, pero, al menos, se les debe acreditar intenso patriotismo y una firmeza y fortaleza de ánimo sin precedentes a toda prueba contra todas las derrotas y desastres. Conscientes de ello, los ciudadanos dejaban al Senado el control casi absoluto de los asuntos públicos.
También correspondía al Senado el control del ejército. Las legiones romanas, es decir, la milicia de ciudadanos romanos, hombres acomodados y, en la mayoría de los casos, propietarios de tierras, junto con la infantería y la caballería (cohortes et aloe) que formaban la milicia de los aliados, constituyeron el arma que permitió a Roma la unificación de Italia y la edificación del Imperio romano, el Estado universal de Roma. Esos mismos hombres lucharon a bordo de los barcos del pueblo romano cuando fue necesario hacer la guerra por mar como, por ejemplo, en la contienda con Cartago y, más tarde, en Oriente. La milicia estaba mandada por cónsules y pretores, elegidos anualmente en Roma, y por tribunos militares que desempeñaban su cargo por un año si eran elegidos por el pueblo o hasta el fin de la campaña, si los nombraba el comandante en jefe. Pero la verdadera fuerza del ejército no se basaba en esos funcionarios de buena cuna que iban y venían; su fuerza se debía a los centuriones de las diversas categorías, que mandaban las centurias y los manípulos, unidades móviles en que se dividía cada legión; ellos mantenían la disciplina y las tradiciones militares romanas; eran grandes maestros en la ciencia de la construcción de esos campamentos fortificados en los que siempre confiaba el ejército romano. Gracias a ellos y también a los grandes generales y al Senado, que mantenía con firmeza la estabilidad del ejército y recibía favorablemente los perfeccionamientos técnicos, la milicia campesina se transformó rápidamente, en lo recio de la pelea, en una fuerza eficaz de ciudadanos en armas que mostró su superioridad sobre los ejércitos de Cartago y los soldados mercenarios de los reyes helenísticos.
Pero las terribles luchas de las guerras púnicas pasaron, y a ellas siguieron años de victoria en el Oriente, victoria de suficiente alcance como para embriagar a los hombres y trastornarles la cabeza. Los efectos de ambos períodos se hicieron visibles, en primer término, en la vida social y económica de Roma. Las grandes pérdidas que sufrieron los romanos y aliados a lo largo de estas largas guerras detuvieron el aumento de la población: antes de la segunda guerra púnica, había 270, 000 ciudadanos adultos; ese número bajó a 137. 000" en el año 209 a. C. Este inmenso descenso en la población masculina se debe atribuir, en primer lugar, a la guerra y, en segundo lugar, a la secesión de Capua. En el año 203 a. C, el número de hombres adultos era de 214. 000. Pero incluso cuando se restableció la paz, el incremento en el número de ciudadanos fue lento e irregular. El punto culminante se alcanzó en el año 163 a. C, con 337. 000: después, fue bajando gradualmente hasta llegar a 217. 000 en 130 a. C. No tenemos estadísticas del resto de Italia, pero es de suponer que también allí ocurrió el mismo proceso. Hubo, pues, un cambio en la distribución de los ciudadanos. El Lacio dejó de ser su cetatro principal y la pequeña propiedad fue decayendo poco a poco en beneficio de la grande.. Un buen número de ciudadanos estaba ahora diseminado por toda Italia como pequeños propietarios, agrupados en colonias o en haciendas aisladas. El norte de Italia, el fértil valle del Po estaba densamente poblado con esos ciudadanos, mucho más aún que el sur. Había mucha tierra en Italia para los ciudadanos que quisieran instalarse en ellas. Vastos espacios se habían despoblado en el sur debido a la matanza de samnitas en las guerras samnitas y cartaginesas y, en el norte, por el exterminio de los galos en la segunda guerra púnica. Pero los que estaban dispuestos a aceptar y cultivar esas tierras eran relativamente pocos.
Durante este período, el campesinado romano, junto con los otros pequeños propietarios que pertenecían a las comunidades itálicas aliadas, todavía constituía la base militar y social del Estado. Estos ciudadanos formaban una clase numerosa, pero otras clases surgían al lado de ella, clases que aumentaban más rápidamente y cuyo desarrollo estaba favorecido por las nuevas condiciones económicas. El peso de las guerras púnicas recayó fundamentalmente sobre la clase de los labradores. Más aún que los otros, ellos tenían que soportar la carga del tributum o impuesto de guerra, que se imponía cada vez con mayor frecuencia; sus pérdidas en hombres eran muy cuantiosas y los miembros más fuertes y sanos de la comunidad fueron desapareciendo. Los grandes propietarios sufrieron menos. La naciente clase de los negociantes, que se hizo rica mediante contratos de suministros, construcción de barcos, caminos u otros servicios, fue la menos afectada por la guerra, a la vez que la que más prosperó por su causa.
A las guerras púnicas siguió una serie de victoriosas campañas en Oriente, en los ricos países del mundo helenístico. La guerra en el mundo antiguo no era una pura empresa política; era también un asunto comercial. Una contribución de guerra impuesta por el conquistador podía llegar intacta a Roma, pero una considerable parte de los despojos de guerra, legales e ilegales, quedaba pegada a los dedos de los generales, oficiales y soldados, en forma de oro y plata, ganado o esclavos. De ahí que hiciera su aparición en la Roma de aquellos días una gran cantidad de capital en forma de monedas acuñadas, algunas en manos de generales y oficiales, es decir, en manos de miembros de la clase senatorial, y otras en poder de contratistas del ejército y compradores del botín de guerra. Ese capital buscaba inversión; por otra parte, el Estado, cuya fuente permanente de ingresos era la tierra pública, buscaba inversionistas. La inversión más segura era la tierra, y los esclavos que afluían incesantemente a Italia desde Oriente y Occidente suministraban abundante mano de obra. Durante las guerras púnicas, muchas porciones del sur de Italia y de Apulia, que habían pertenecido a comunidades aliadas a Aníbal, habían pasado a ser propiedad del Estado. En el estado de devastación en que se encontraban, esas tierras no ofrecían ningún atractivo para los pequeños propietarios y fueron pasando paulatinamente a poder de los capitalistas, en particular de la clase senatorial, a los que el Senado concedía en arriendo, con gran facilidad, esas tierras; muchos las ocupaban sin título legal alguno o las compraban a precios bajos a sus poseedores arruinados por la guerra.
Pero la guerra creó también una nueva clase de ciudadanos que no pertenecían a la clase de los senadores. He hablado ya de los contratistas del ejército, comisionistas y aprovechadores. Negocios de esta índole eran impropios de un senador y contrarios a las tradiciones de la aristocracia; tampoco los aprobaba el Estado, el cual, de acuerdo con la ley Claudia del 220 a. C, prohibía a los senadores tener actividades comerciales o hacer contratos. Pero, a medida que se enriquecía, el Estado tenía necesidad de personas duchas en negocios. Después de las guerras púnicas y orientales, Roma había acumulado una inmensa cantidad de propiedades raíces; tanto dentro como fuera de Italia: bosques, minas, canteras, pesquerías, salinas, pastos. Tales bienes debían usarse y el único método era darlos en arriendo o por contrato. La ciudad-Estado, con su sistema de magistraturas anuales, no poseía los medios de desarrollar sus recursos salvo indirectamente. Por consiguiente, tales arriendos o contratos caían naturalmente en las manos de hombres que no pertenecían a la clase senatorial y que, habiendo sido atraídos a los negocios por las necesidades de la guerra, habían amasado algún capital. Esos hombres trabajaban separadamente o en grupos, formando sociedades y compañías para explotar en común las diversas clases de propiedades del Estado. Como su riqueza los calificaba para el servicio militar en la caballería, la clase de negociantes ricos se fue identificando, poco a. poco, con la parte de los ciudadanos que respondían a la convocatoria de las armas con un caballo; dicho de otro modo, con los equites, que habían formado antes las primeras dieciocho centurias de la primera clase.
El nacimiento de una numerosa clase de capitalistas que deseaban invertir su capital en tierras dio como resultado el tratamiento del suelo de una manera nueva en Italia, aunque ya se había practicado desde hacía mucho tiempo en el Oriente helenístico y en Cartago. Bajo el viejo sistema, el ciudadano campesino vivía en su tierra y la cultivaba personalmente con ayuda de su familia o, tal vez, con unos pocos esclavos que formaban, parte de la familia, desde el punto de vista económico: según las ideas romanas, la familia incluía no solo a los miembros de la familia, sino también a los clientes y esclavos que participaban en las actividades de la hacienda. Este sistema se hallaba todavía en vigor en Italia; pero ahora aparece un nuevo sistema basado en el capital y el trabajo servil, y dirigido por un señor ausente, el cual vivía en Roma o en alguna otra ciudad itálica dedicando su tiempo a otros asuntos. Estos señores consideraban la tierra como una simple inversión y, por eso, tenían interés en descubrir los métodos de cultivo más provechosos.
Tales métodos habían sido descubiertos mucho antes por los griegos. Aristóteles y sus discípulos, en sus estudios de botánica, siempre habían prestado la máxima atención a las plantas útiles a los hombres y los animales domésticos eran el objeto principal de sus investigaciones zoológicas. Las observaciones de los botánicos y de los zoólogos eran utilizadas por una serie de propietarios de tierras que poseían sentido práctico. Combinando la teoría científica con los resultados de la experiencia, ellos componían sus textos sobre agricultura, en los que indicaban con precisión los métodos más convenientes para las diferentes localidades. Esos textos no estaban destinados a los pequeños campesinos, sino únicamente a los grandes propietarios, los cuales disponían de capital y de abundante mano de obra formada por esclavos o siervos; el objetivo que perseguían no era el del sostenimiento de la familia, sino el de producir para el mercado. Desde este punto de vista, la cosecha de cereales era la menos provechosa de todas. Desde tiempos inmemoriales, los griegos obtenían sus granos del extranjero —de Italia, Sicilia, Egipto, el norte de la península balcánica y las vastas estepas del sur de Rusia— y habían pagado el cereal importado con el producto de la exportación de vino, aceite, frutas, lana y lino, objetos de metal y de lujo. Por eso era natural que los cultivadores que trabajaban para la exportación pusieran su máxima atención en los viñedos, olivos, árboles frutales, cría de ganado, en especial, el de lana fina. Éstas eran las ramas de la agricultura que se estudiaban con más cuidado en los textos sobre la materia. La producción de cereal se dejaba a los pequeños campesinos, que no poseían capital suficiente para mayores empresas, o a los cultivadores de lejanos países del mundo que se basaban fundamentalmente en el trabajo de esclavos.
Esas condiciones se repitieron en Italia en el período que estamos estudiando. Desde hacía tiempo, el sur de la península había producido no solo cereales, sino también vino, aceite y una fina calidad de lana. Con la tierra, los romanos heredaron de los griegos sus métodos de obtención de esos productos. La creciente acumulación de capital en las manos de los ciudadanos romanos llevó su atención, cada vez más, a esas ramas especiales del campo. De los griegos del sur de Italia, Roma heredó también las relaciones comerciales, juntamente con sus métodos de cultivo; el resultado de las guerras púnicas fue la extensión de esas relaciones. España y Galia, los mercados principales de Cartago, se convirtieron en mercados itálicos. Era, pues, natural que los capitalistas romanos incrementaran el cultivo científico de viñas y frutales en sus tierras, plantaran amplios olivares y utilizaran el excelente pasto de la Italia central y del sur para la cría científica del ganado. Todo lo que así se producía era exportado por los griegos del sur y oeste de Italia a Occidente y, más tarde, también a Oriente, cuando los vinos, aceites y objetos manufacturados pudieron competir con los de Grecia.
A medida que el sistema capitalista empleado en la agricultura se iba extendiendo, y que se invertía mayor capital en plantaciones y ganados, la cantidad de esos productos se convirtió en un problema que exigía urgente solución. Ya hemos visto de qué manera la política extranjera se vio afectada por los intereses agrícolas de los políticos romanos. Fue Catón, el autor del primer tratado latino sobre agricultura, quien insistió en la destrucción de Cartago, una medida que solo se puede explicar como el medio de supresión de un rival en la producción de aceite y vino para el mercado occidental. Roma quería que el territorio cartaginés, como el de Sicilia o Cerdeña le suministrara alimentos y produjera especialmente cereal, como principal cultivo. La misma política se llevó a cabo en España y Galia.
Los cambios económicos antedichos fueron de gran importancia social y política. Los habitantes del sur de Italia, cuyas tierras habían sido compradas por los especuladores, emigraron en creciente número hacia el este y el oeste. La población campesina de Italia dejó de crecer. Los más activos miembros de la clase campesina se convirtieron en terratenientes; los menos hábiles, que seguían trabajando a la vieja usanza, repartían sus tierras entre sus hijos en porciones cada vez más pequeñas, se endeudaban y acababan por irse a las ciudades, o bien se quedaban en el país y engrosaban el proletariado rural como asalariados o como arrendatarios de grandes propiedades. De ese modo, la política remana se vio cada vez menos influida por los pequeños propietarios y cada vez más, por los terratenientes. Estos últimos vivían en Roma, en donde sus riquezas les daban gran influencia sobre la población de la ciudad. El proletariado desocupado, que afluía de todas partes de Italia, se hacía cada vez más prominente y no tenía otros medios de existencia que los que podía obtener de su ciudadanía. Cada familia eminente de Roma e Italia mantenía un cierto número de clientes que dependían de ella social y económicamente; el número de esos adherentes aumentaba sin tregua.
Esos cambios económicos y sociales iban acompañados de una notable transformación de la vida en Roma. Los romanos querían que los griegos los reconocieran como Estado civilizado y parte constituyente del mundo civilizado griego, y no solo como una fuerza política superior. Muchos políticos eminentes aprendían el griego, inspirados, en un principio, por razones prácticas. El conocimiento del griego era la puerta de entrada en la literatura griega y esa literatura, en particular sus partes mitológicas e históricas, sugería a los patricios romanos la idea de completarlas con narraciones propias que debían iluminar la parte representada por Roma en la historia del mundo. Ya hemos visto que las primeras tentativas de escribir una historia completa de Roma a partir de los tiempos primitivos y de relacionarla con la de Grecia fueron realizadas por miembros de las familias nobles romanas, que escribieron en griego y para lectores griegos.
Sin embargo, encontramos al mismo tiempo otra corriente que tiende a crear una literatura nacional según los modelos griegos. En el período de las guerras púnicas se vieron las primeras versiones de Hornero hechas por Livio Andrónico, las primeras comedias y tragedias latinas, y las primeras tentativas de una épica nacional: la historia de Nevio, en verso, de la primera guerra púnica y la historia de Roma desde sus comienzos por Ennio, en hexámetros. Hacia la misma época, Plauto escribió comedias grecorromanas y Pacuvio y Accio, tragedias romanas. Las representaciones teatrales se convirtieron en entretenimientos favoritos en Roma. Los niños de las familias aristocráticas eran educados por tutores y maestros griegos. El conocimiento del griego y de la literatura griega se hizo casi indispensable para todo el que quería aparecer como persona bien educada. La multitud de esclavos griegos que obtuvieron su libertad y la ciudadanía importaron un nuevo elemento de cultura en las clases bajas y medias. Debemos recordar, asimismo, que constantemente había embajadas griegas en Roma, que allí permanecían largo tiempo y que se las recibía calurosamente en las grandes casas en donde se estimaba el griego.
Tanto Roma como Italia recibieron el impacto de la presencia de los rehenes aqueos ya mencionados, alrededor de un millar dé hombres altamente educados e instruidos procedentes de las ciudades de la Liga. El más eminente fue Polibio de Megalópolis, un hombre de gran cultura, distinguido en la vida política y famoso como historiador. La suerte le puso en contacto con Escipión el Joven conquistador de Numancia y Cartago y uno de los más grandes romanos de su tiempo. Escipión, personalmente muy instruido, era uno de los que abrían sus brazos a las letras griegas. Polibio fue huésped en su casa y el triunfador de Cartago lo consultaba constantemente. Polibio estuvo presente en el asedio y toma de Cartago. Durante su larga permanencia en Roma, aprendió latín y se familiarizó con los escritos históricos y la constitución romana. Fruto de ese conocimiento fue su Historia Romana, que comienza con la segunda guerra púnica, después de una breve introducción dedicada a la primitiva historia de Roma. Este libro fue la primera obra científica sobre la materia; fue escrito en el espíritu de Tucídides y de acuerdo con su método. Polibio utilizó todo el material disponible con buen juicio. También fue el primero en dar un bosquejo, breve, pero científico, de la constitución romana, su organización civil y militar y, al mismo tiempo, explicó sus puntos de semejanza y de superioridad con las constituciones de las ciudades-Estado griegas. Polibio atribuye la grandeza de Roma a la perfección de su constitución, al hecho de que esa constitución realizaba aquel Estado ideal que los pensadores griegos, a partir de Platón, habían ideado a menudo. Vio a Roma como un Estado en cuya constitución se habían combinado armoniosamente los elementos monárquicos democráticos y aristocráticos; de hecho, como la encarnación del Estado que Platón y Aristóteles habían considerado como un ideal.
Cierto es que no faltaron protestas contra la tendencia favorable a las influencias griegas. Hombres públicos como Catón vieron el terrible peligro que representaba para Roma la marcha victoriosa de la cultura griega y su actitud frente a los griegos era de desprecio. Sin embargo, tampoco ellos pudieron escapar de su influencia Aunque Catón se vanagloriaba de ignorar el griego, sus obras Sobre la agricultura, La lengua latina y Antigüedades romanas e itálicas (Origines), prueban que el escritor o, al menos, sus secretarios, tenían algún conocimiento de los escritos griegos sobre esas materias.
También en la esfera de la religión fue grande la influencia griega. Los horrores de la segunda guerra púnica habían producido un gran trastorno religioso en la sociedad. El carácter estrictamente formalista de la religión del Estado no satisfacía los sentimientos religiosos de la población, en particular los de las mujeres, estimulados por los espantosos golpes que infligió Aníbal. Las formas del ritual y las imágenes de los dioses griegos, menos rígidos, tétricos y lejanos, satisfacían más las exigencias del pueblo. Dos hechos contribuyeron a extender el conocimiento de la religión griega. En primer lugar, el número de griegos en Roma, procedentes, sobre todo, del sur de Italia, aumentaba incesantemente; en segundo lugar, la literatura nacional de Roma, tragedia, épica, e incluso comedia, estaba constituida fundamentalmente por traducciones del griego y, de ese modo, todos los romanos se familiarizaron con las imágenes de los héroes y dioses griegos y también con el ritual de su culto. Cierto es que los poetas romanos daban nombres latinos a los dioses griegos, pero nadie podía dejar de reconocer a Zeus- bajo el nombre de Júpiter en las tragedias latinas, o Hera en Juno, Atenea en Minerva y Dioniso en Baco. Algunos dioses griegos, Apolo, por ejemplo, recibían culto en Roma desde hacía tiempo y poseían sacerdotes y templos propios. El Senado no se opuso a la expansión de los cultos griegos; por el contrario, durante la segunda guerra púnica, esa institución decidió tomar las medidas para combinar las dos religiones en la religión oficial del Estado. Se erigieron templos a las deidades griegas dentro de las murallas de Roma y muchos ritos griegos se incluyeron en las prácticas del Estado. Tal fue el caso del lectisternium introducido entonces en honor de Júpiter y repetido con frecuencia; en ese festival se preparaban lechos para él y otros dioses en la suposición de que las deidades reclinadas en ellos se interesaban en el banquete sagrado ofrecido en su honor.
Roma también fue invadida entonces por las religiones orgiásticas de Grecia y Oriente. El culto de Dionisio o Baco, conocido de mucho antes en él sur de Italia, encontró entusiastas prosélitos en la ciudad y el Senado se vio obligado a tomar disposiciones (año 186 a. C. ) para mantener dentro de los límites de la decencia los desenfrenados excesos de sus festivales nocturnos. Es notable el hecho de que el Senado entrase en negociaciones diplomáticas, durante la segunda guerra púnica, con el reino de Pérgamo para llevar a Roma la piedra negra de la Gran Madre de los dioses asiáticos. Se erigió un templo en honor de esa diosa en el Palatino, por consejo de los libros sibilinos, una colección de profecías hechas por la Sibila de Cumas. Esa colección se había trasladado a Roma y figuraba en el culto de Apolo, cuyo templo siempre estuvo asociado con un lugar oracular. Para explicar esos libros y velar por los cultos griegos, el Senado creó un colegio especial de sacerdotes, que constaba de dos y, más tarde, de diez miembros llamados decemviri sacris faciundis.
La influencia griega se notó también en otros aspectos y produjo cambios en la vida privada y en los gustos populares. El arte griego y la producción artística griega se pusieron de moda. A menudo escultores griegos esculpían, según modelos también griegos, las estatuas de los dioses romanos; el aspecto de los templos se iba modificando. El amueblamiento de las casas privadas empezó a hacerse con objetos de estilo griego, muchos de los cuales procedían de Grecia. La propia ciudad fue tomando cada vez más un aspecto griego. La habilidad práctica de los griegos permitió introducir más comodidades en las condiciones de vida de Roma. A fines del siglo TV a. C, la ciudad tuvo su primer acueducto, gracias a Apio Claudio; hacia la misma época, se construyó, por primera vez, un puente de piedra sobre el Tíber. Por último, Apio Claudio unió Roma con Capua mediante la primera vía pavimentada.