II
ITALIA DEL 800 a. C. AL 500 a. C; ETRUSCOS, SAMNITAS, LATINOS
Sabemos que los etruscos aparecieron en la costa occidental de Italia central, que allí se establecieron y que penetraron en el corazón mismo del país, hasta el valle del Po y el Adriático, pero ignoramos los detalles de este proceso. Las excavaciones llevadas a cabo en sus poblaciones nos dan un buen cuadro de su vida, especialmente entre el siglo VI y el III a. C; cierto número de monumentos nos lleva aún más lejos, hasta el siglo VIII a. C. Todavía no podemos descifrar los textos etruscos grabados en piedra, con excepción de algunos nombres propios y palabras aisladas, aunque utilizaban el alfabeto griego. Sin embargo, la cantidad de monumentos etruscos que se conservan en las tumbas y las ruinas de sus ciudades es tan grande, y los monumentos mismos son tan variados, que podemos forjarnos una idea de las condiciones sociales y políticas de ese pueblo, de su religión, costumbres, arte e industrias.
En los siglos V y IV a. C, el imperio etrusco era una liga numerosa y de grandes ciudades, algunas de las cuales eran puertos marítimos. La solidaridad de esta liga fue disminuyendo con el tiempo, pero debió ser grande cuando se creó el Imperio. La estirpe etrusca formaba la clase superior de la población y vivía en ciudades fortificadas y bien delineadas. Esta clase obtenía sus recursos de varias fuentes: cultivaba el fértil suelo del país y criaba ganado, explotaba las minas de cobre de Etruria y las de hierro de la isla de Elba, mantenía una industria activa, en especial metalúrgica y textil y, finalmente, comerciaba intensamente con el mundo griego y con Oriente, por intermedio de las colonias griegas del sur de Italia y de Cartago. En los antiguos tiempos, todo el - comercio marítimo en el Mediterráneo difícilmente se podía distinguir de la piratería y tal carácter se conservó en Etruria hasta épocas muy tardías. En los siglos V y IV a. C, un comerciante etrusco era para los griegos sinónimo de pirata. La clase superior se componía de terratenientes, comerciantes e industriales. El trabajo lo hacían los ligures e itálicos conquistados, y también, probablemente, los esclavos capturados en las constantes guerras y en sus acciones de piratería. Es indudable que esos propietarios, comerciantes-piratas e industriales formaban la fuerza guerrera de la liga etrusca, reclutada a veces en una sola ciudad y otras en todas.
Sabemos poco acerca de la constitución de la liga y del gobierno de las ciudades. Es probable que, en tiempos primitivos, cada ciudad estuviese gobernada por un rey, cuyo lugar fue ocupado posteriormente por magistrados electos pertenecientes a las familias nobles. Su religión y su civilización eran de tipo mixto. Aunque sin duda procedían de Oriente y se asemejaban a las instituciones que prevalecían en Anatolia hacia el año 1000 a. C, sin embargo, la estrecha relación con Fenicia y Grecia desfiguró los orígenes de la civilización etrusca y le dio un carácter heterogéneo y variado. Es muy posible que, en muchos sitios, los conquistadores etruscos admitieran en sus filas a la aristocracia nativa, la cual ya poseía, en el momento de la conquista, una cultura bien desarrollada, un lenguaje propio y tal vez algunas nociones de escritura. Es muy probable que en las ciudades más populosas y ricas hubiera residentes griegos, principalmente artistas y artesanos originarios de Jonia.
La vida de la aristocracia en las ciudades era muy semejante a la de sus contemporáneas griegas, en especial, a las del Asia Menor y del sur de Italia. Podemos ver cómo empleaban su tiempo gracias a las escenas que adornan las tumbas etruscas y a las vasijas de estilo griego pero hechas en Etruria. Guerreaban, practicaban todos los deportes comunes en Grecia: carreras, boxeo, lanzamiento de disco y jabalina, lucha en la palestra, carreras de carros, caza y pesca; celebraban festivales acompañados de ceremonias religiosas. También las mujeres, ricamente adornadas, participaban en esas ceremonias. No sabemos con exactitud si la vida de las ciudades etruscas se desenvolvía de la misma manera que las de Asia Menor y el sur de Italia, aunque hay fundadas razones para creer que probablemente era así. Debemos suponer, asimismo, que debió haber dificultades políticas entre las diversas comunidades y una división social en cada una de ellas. Presumimos que justamente por eso acaeció la gradual degeneración de la liga etrusca.
Las fructuosas excavaciones de ciudades y cementerios etruscos, realizadas por los arqueólogos italianos, nos permiten seguir muy exactamente el desarrollo del arte etrusco desde el siglo VIH a. C. Al principio, encontramos el estilo geométrico característico de Italia; más tarde ese estilo deja sitio a las influencias orientales. Al mismo tiempo, Etruria se convierte en un mercado para los comerciantes de Grecia y de Oriente, en especial de Fenicia; y, combinando todos esos elementos, se crea en esa época on arte etrusco original e independiente. Lo encontramos en arquitectura, escultura, pintura y también en la producción industrial, en particular en la fundición del bronce, en la fabricación de joyas y en el grabado de metales. No podemos decir, empero, que el arte etrusco alcanzó una gran calidad. Su arquitectura continuó siendo por mucho tiempo de estilo arcaico y no pasó de simples modificaciones de los modelos griego y oriental. Su escultura, que muestra una gran habilidad técnica, no llegó nunca a la altura de la griega. Durante mucho tiempo mantuvo una inclinación arcaica por los colores brillantes. Solo en un aspecto produjo una obra extraordinaria: en el del retrato, de un gran realismo. Su pintura es, tal vez, el lado más atrayente de su arte. En este género, aunque seguía el estilo y los métodos de los artistas griegos, consiguieron expresar sus ideas en asuntos tomados de la vida diaria, de la historia o de la religión. Las horribles figuras que ellos inventaron de dioses infernales y demonios, de la muerte y de los futuros castigos, les sobrevivieron y ejercieron una gran influencia en el arte romano así como en la pintura medioeval italiana. En el dibujo y el arte industrial, los etruscos alcanzaron un alto grado de habilidad técnica. Pero su orfebrería se preocupa más del tamaño, peso y elaboración que del refinamiento de la forma y el ornato.
La actividad política de los etruscos se encaminó en dos direcciones. Por mar, eran fieles amigos de los fenicios y de los cartagineses, los cuales aceptaban de buen grado los servicios de esos piratas aventureros y audaces, siempre y cuando se dedicaran a saquear a los rivales griegos de Cartago y respetaran a los países que dependían de ellos. Para Fenicia y, más tarde, para Cartago, Etruria era un buen mercado, en donde obtenían metales y materias primas, al mismo tiempo que le vendían estaño de España e Inglaterra, plata y cobre de España, oro y artículos manufacturados del Oriente. Indudablemente, los etruscos eran piratas más que comerciantes y, por eso, Cartago no abrigaba ningún temor ante una posible competencia; no tenemos noticias de que poseyeran ni una sola colonia o factoría. Pero entre Grecia y Etruria existía una gran hostilidad. Los pirata» etruscos, actuando de acuerdo con la flota cartaginesa, impedían que Grecia extendiera su influencia al norte o que pusiera el pie en Cerdeña y Córcega. Casi les cortó totalmente el acceso a sus colonias de Galia y España. La acción más notable de los etruscos fue la destrucción de Alalia, una colonia fundada en Córcega por los focenses (año 538 a. C. ); Marsella, el centro griego más importante de la Galia, se vio precisada durante ese siglo a concluir convenios con Roma. Gracias a los etruscos, los cartagineses pudieron obstaculizar la expansión de Grecia hacia el Occidente y el norte. Es verdad que los esfuerzos unidos de estos aliados no lograron ahuyentar definitivamente a los griegos de las aguas occidentales. Pero aunque los griegos alcanzaron repetidas victorias por mar, de hecho tuvieron que renunciar a toda esperanza de suprimir radicalmente la piratería etrusca y tuvieron que conformarse con abastecer a las ciudades de los enemigos de mercancías que necesitaban. A propósito de esas victorias griegas de que hemos hablado, mencionaremos la hazaña de Hierón de Siracusa, que derrotó a los etruscos en Cumas, el año 474, y el envío por parte de esa ciudad de una expedición contra la costa de Etruria, hecho que tuvo lugar el año 453 a. C.
Éste era el panorama que se presentaba en los asuntos marítimos. Por tierra, el dominio de Etruria fue aumentando firmemente hasta la segunda mitad del siglo VI a. C. En cambio, no mostró una actividad expansionista especial. No codiciaba la posesión de las montañas itálicas; su ambición se limitaba al valle de Po, en el norte, y la Campania, en el sur. Los etruscos ocuparon por entero la primera y la mantuvieron en su poder hasta que aparecieron los celtas, en el siglo V a. C. Por cierto tiempo, su movimiento hacia el sur se vio coronado por el éxito. Las dinastías etruscas reinaron en Roma y, con toda probabilidad, en otras ciudades del Lacio; en Campania, Capua se convirtió en un baluarte del poder etrusco y en un peligroso rival de Cumas y Ñapóles, extendiendo su dominio sobre una serie de pequeñas ciudades semigriegas, tales como Ñola y, acaso, Pompeya. Pero este movimiento hacia el sur fue detenido por la oposición griega y también por una nueva e importante situación que surgió en la historia de Italia.
Esta nueva situación se debía al progreso en la organización política y económica, así como en la cultura, de dos grupos que pertenecían a la población itálica de la península: los samnitas y los latinos. Los primeros habían vivido en estrecho contacto con las colonias griegas del sur y, desde hacía mucho tiempo, se esforzaban en adquirir la parte de la costa en donde los griegos estaban establecidos; codiciaban, en especial, la riqueza de Campania. En el este, las poderosas y civilizadas tribus que vivían en Apulia, conservaban sólidamente el dominio de la costa y mantenían a los samnitas fuera de su país. Suponemos que éstos estaban divididos en tribus montañesas separadas y que la mayoría de ellas se componía de pastores sin conocimiento alguno de la vida urbana. Algunas de esas tribus se hallaban unidas mediante ligas las que alcanzaban, de vez en cuando, una gran fuerza. Una de sus instituciones, llamada "Primavera Sagrada", fomentaba poderosamente su expansión. De acuerdo con la institución mencionada, la generación más joven de un clan era enviada por sus padres, bajo el estandarte del tótem sagrado —lobo, cervatillo, buey o cuervo— para que conquistaran para sí nuevos campos de pastoreo y más tierras.
En el transcurso de los siglos V y IV, los samnitas aprendieron mucho de sus vecinos griegos; perfeccionaron sus armas, adoptaron métodos griegos para guerrear, organizaron sus clanes y ligas sobre sólidas bases y comenzaron a edificar ciudades propias y a fortificarlas. Así estuvieron en condiciones de apoderarse, una tras otra, de las colonias griegas, más indefensas. El comercio con los griegos los enriqueció y desarrolló sus gustos; en sus tumbas del siglo IV, encontramos excelentes pinturas y muchos objetos de oro, plata y bronce, con vasijas que ellos mismos fabricaban según los modelos griegos. Cuanto más próximos se hallaban de Campania, mayor era la influencia de la civilización griega. Por último, lograron expulsar a los etruscos de Campania, se apoderaron de la mayoría de sus ciudades e hicieron de Capua su capital en el año 438 a. C. De este modo, creció y floreció una nueva rama del helenismo, que podría denominarse grecosamnita o campaniense. Conocemos muy bien esa cultura gracias a los antiguos monumentos y tumbas que se han encontrado en muchas ciudades suyas.
Los samnitas pusieron un límite a la expansión hacia el sur de los etruscos. Pero no estaban lo bastante consolidados como para sustituir aquella expansión por la suya propia. Sus fuerzas estaban divididas y cada clan, por separado, estaba empeñado en continuo conflicto con las ciudades griegas de la costa. Las más grandes de esas ciudades se mantuvieron firmes hasta el fin: Tarento y Ñapóles nunca dejaron de ser centros fuertes y florecientes de la vida y la política griegas. Los samnitas tropezaron con otro obstáculo formidable en los tiranos griegos de Sicilia, en especial, los gobernantes de Siracusa, los cuales siempre estaban dispuestos a extender su influencia sobre las colonias griegas de Italia y también a apoyarlas en sus luchas con los samnitas.
El Lacio fue el otro ariete que aplastó el poderío de Etruria. Solamente en este distrito tenían los itálicos acceso al mar: Tarracina, Ando y la desembocadura del Tíber todavía pertenecían a los latinos. Ni los griegos ni los etruscos disputaban su posición; sus únicos rivales eran los volscos, una tribu montañesa que ocupaba las estribaciones de los Apeninos que separan el Lacio de Campania; la lucha entre ambos era feroz y continua. La posesión del mar. determinó el destino futuro del Lacio, y el hecho de que los latinos no quedasen nunca aislados de la costa se debe explicar por la acción de dos causas.
En primer lugar, el Lacio no ejercía una atracción especial para los etruscos y los griegos desde el punto de vista comercial. La llanura que limita el Tíber inferior hacia el sur era un valle pantanoso entrecortado por quebradas escarpadas que hacían difícil la comunicación. Al sur de esta planicie corre una franja bastante estrecha llena de colinas, más adecuada para el cultivo de cereales, viñedos y cría de ganado, pero de muy limitada extensión. Más allá de esa franja se yerguen montañas inaccesibles, habitadas por volscos, ecuos y sabinos, que pastoreaban sus rebaños y eran poco mejores que ladrones. A los habitantes de las colinas Albana y Sabina les costó un esfuerzo largo y penoso conquistar la llanura latina para la labranza; todavía podemos ver la red de drenajes subterráneos que dio la posibilidad de practicar la agricultura. Es probable que esas obras de drenaje se debieran a la influencia de los etruscos, quienes habían aprendido todo lo concerniente al drenaje e irrigación en su antigua morada en Asia Menor. La segunda causa de la independencia del Lacio y su control de la costa la encontramos en la rivalidad entre griegos y etruscos, que convirtió al Lacio en una especie de Estado tapón entre dos esferas de influencia divergente.
Esta independencia y su conexión con el mar, que conservó durante un buen número de siglos,. fueron de inmensa importancia para el desarrollo del Lacio y del pueblo latino. La corriente civilizadora que venía de Grecia, Etruria y Cartago, le ayudó a elevar el nivel de vida económico y social. Al mismo tiempo, el constante peligro de verse atacado por tres si no por cuatro lados distintos, enseñó al pueblo a considerarse como una unidad formada por lazos de sangre y religión. Finalmente, la dura lucha con este suelo hostil de la llanura, templó el espíritu de los primeros moradores y labradores, y lo pegó a la tierra que habían logrado dominar después de un esfuerzo ininterrumpido.
Es indudable que las primeras fundaciones y las primeras asociaciones políticas se constituyeron en las colinas del Lacio y no en la llanura. Las ciudades que surgieron en las colinas eran ricas y prósperas, mientras la vida en la planicie apenas comenzaba a desarrollarse. En las colinas se fundaron las instituciones que, más tarde, veremos en Roma. Es muy probable que la sede de Roma, defendida por quebradas y por el río que corría a sus pies, fuese ocupada en los comienzos por pastores procedentes del Lado y de las colinas sabinas. También es fácil de creer que hubo dos fundaciones; una, la de los latinos, en la colina Palatina, y otra, la de los sabinos, en el Quirinal. Ambas alturas estaban defendidas por quebradas profundas y escarpadas. La tradición local conservó la creencia de que el Palatino o, dicho de otro modo, la primitiva Roma, fue una colonia de dos ciudades latinas de la vecindad: Alba y Laviniom. Podemos suponer que se escogió ese sitio porque dominaba el único punto del bajo Tíber que ofrecía facilidades para cruzar de la orilla izquierda a la derecha, del suelo latino al etrusco. Frente al Palatino existe una pequeña isla en el Tíber que hacía fácil construir allí un puente de madera.
No sabemos cuándo ni cómo esas colonias latinas y sabinas de las márgenes del Tíber se transformaron en una comunidad fuerte y unida. Los relatos que encontramos en los historiadores antiguos proceden, sin duda alguna, de diversas fuentes, todas ellas igualmente sospechosas. Muchas de esas informaciones se tomaron de los historiadores griegos, los cuales, como ya hemos dicho anteriormente, se esforzaban en relacionar la historia de Roma con la de Grecia y, en particular, con la guerra de Troya. No podemos decir hasta qué punto se complementaba ese material literario con tradiciones locales semimíticas, ni tampoco en qué medida esas tradiciones representaban hechos reales. La tradición principal que los, historiadores romanos aceptaban es que Roma debía su origen a Eneas, un inmigrante de Troya, y que Rómulo y Remo, sus nietos o remotos descendientes, fueron, los fundadores de la ciudad. Del hermano mayor, es decir, de Rómulo, descendían, de un modo u otro, los siete reyes que habían gobernado Roma hasta el advenimiento de la República. La tradición fijaba el establecimiento de la República en el año 508 a. C. Es digno de notar que la tradición insiste en el hecho de que algunos reyes de la antigua Roma eran de origen sabino y que este último elemento era prominente en la vida de la ciudad. Esta teoría está confirmada por el gran numero de ceremonias sabinas que se practicaban en la religión romana y, tal vez, sirva de apoyo a la creencia de que comenzó una nueva era en la historia de Roma cuando los latinos y los sabinos se combinaron para formar una sola comunidad en las orillas del Tíber. Los historiadores posteriores dieron diversas fechas de la fundación de la ciudad: 814,. 753, 751, 748 y 729 a. C. No sabemos si la determinación de estas fechas se basa en datos documentales o bien solo era producto de cálculos artificiales, cuya finalidad era crear la impresión de que Roma era tan antigua como su rival, Cartago, y la mayoría de las ciudades griegas de Italia. Es de observar que los siglos VIII y VII a. C. fueron tiempos de gran prosperidad para muchas ciudades del Lacio como, por ejemplo, Preneste.
Nuestro conocimiento de la historia de Roma en los siglos VIII y VII e incluso en la primera mitad del VI a. C. es muy imperfecto. Todo este período constituye una época en donde solo es posible la conjetura y los historiadores actuales lo presentan de modos diversos. Por el material fragmentario y poco digno de fe que poseemos, podemos suponer que durante ese período Roma llegó a ser una comunidad poderosa en las llanuras del Lacio y que fue aumentando su territorio a expensas de los vecinos que habitaban en las colinas. Ese conflicto de Roma con sus vecinos asumió la forma de una leyenda que describe su guerra con Alba Longa —la principal ciudad del Lacio y acaso la ciudad-madre de Roma— y la destrucción de esta rival. La victoria sirvió para consolidar la unión de la llanura del Lacio bajo el mando de Roma y también para reforzar la posición religiosa y militar del rey que condujo las fuerzas romanas en la lucha contra sus vecinos.
Tampoco sabemos gran cosa de la constitución de la Roma antigua ni de sus actividades políticas. De lo que no cabe duda es que, en sus primeros tiempos, fue gobernada por reyes. Tenemos dos pruebas fragmentarias de eso. En primer lugar, durante el período histórico, como en Atenas, uno de los sacerdotes llevaba el título de rey (rex sacrorum) y, en segundo lugar, cuando ocurría que la ciudad no tenía magistrados electos en sus cargos, un funcionario llamado interrex presidía las elecciones de nuevos magistrados y se ocupaba de los asuntos del gobierno. Otro hecho bien establecido es que la población de la ciudad se dividía en grupos religiosos y militares llamados curiae, en los que se incluía a todos los habitantes con la excepción de los esclavos. Es posible que esa primitiva clasificación fuera artificial, como la división en phratriae y philae de Grecia, y que tuviera por objeto principal responder a objetivos militares. También es posible que aumentase el número de curiae a medida que crecía la ciudad latina del Pala-tinado. Esa división en curiae se conservó hasta tiempos muy tardíos, en los que esos grupos eran treinta, con un sitio de reunión para cada uno y ritos religiosos propios. Las curiae conservaron también algunas funciones políticas: estaba dentro de sus prerrogativas investir con el poder ejecutivo a un magistrado mediante una ley especial (lex curiata de imperio).
Debemos suponer también que el Senado existía desde tiempo inmemorial, como un consejo de ancianos asesores del rey; sus miembros eran representantes de las más nobles y ricas familias (gentes). Probablemente a tales personas se les llamaba "padres" (patres) y a sus descendientes "patricios". Desde una fecha muy temprana, los patricios gozaron de cierto número de privilegios, de los cuales uno de los más importantes era el derecho de actuar como intermediarios entre el rey y los dioses; los colegios sacerdotales continuaron siendo exclusivamente patricios hasta los últimos tiempos. Los más eminentes de esos sacerdotes eran los flamines o "quemadores de ofrendas", cada uno de los cuales supervisaba el culto de un dios particular; los augures, que adivinaban el futuro mediante el vuelo de las aves; los salii o danzantes, que invocaban la protección del dios Marte con danzas sagradas en las que ellos iban armados; y los luperd, o hermandad del lobo, que corrían alrededor del pomerium, límites sagrados de la ciudad y, de este modo ahuyentaban a los malos espíritus y aseguraban la fertilidad de las mujeres y rebaños de la comunidad. Pero los pontífices (el origen de esta palabra se desconoce) eran los más altos coadjutores del rey en los asuntos religiosos; ellos componían el calendario religioso de la comunidad y aconsejaban al rey sobre asuntos de ritual; eran, asimismo, guardianes del fas y el tus, el derecho religioso y civil.
El ejército consistía en el conjunto de toda la población, de todo el pueblo romano (populus Romanus et Quintes o Populus ro-manus Quiritium; el significado de la palabra Quintes está en discusión). Los patricios actuaban como cuerpo de caballería (céleres) en la campaña o, tal vez, conducían carros de guerra. Como cosa normal, los reyes eran comandantes supremos y también tenían la máxima jerarquía como jueces y sacerdotes. No sabemos si su poder era hereditario o solo vitalicio. Comunicaban sus decretos al pueblo en reuniones especiales convocadas al efecto (co-mitia).
Sabemos muy poco acerca de sus instituciones económicas y sociales. Más adelante, en Roma, la vida de la comunidad se basaba en la familia, en la que el padre tenía el poder absoluto; incluía no solo a la mujer y a los hijos, sino también a los clientes u "oyentes" y a los esclavos que dependían de ella. Sin embargo, debemos recordar que, junto con el sistema patriarcal, sobrevivían restos de otro sistema, llamado "matriarcal", en el que la madre se consideraba de mayor importancia que el padre. La riqueza de la familia consistía especialmente en ganado (pecus) y, por eso, el dinero se denominaba pecunia. Sin embargo, en la primitiva religión romana, los dioses que velaban por la agricultura y los espíritus malos que la dañaban son tan importantes como los dioses y espíritus malos que controlaban los rebaños; esto prueba que la agricultura llegó a ser pronto una base fundamental de la vida económica de Roma.
El rápido crecimiento de Roma se debió a dos causas: la proximidad con Etruria y el acceso a la desembocadura del Tíber. Gracias a la segunda de esas condiciones, Roma llegó a ser pronto un centro de intercambio donde las mercancías entraban y salían en barcos griegos y fenicios. Pero, por eso mismo, se convirtió en un competidor de las ciudades etruscas adyacentes y Etruria se vio obligada a pensar seriamente en la conquista del Lacio. (Vale la pena recordar que los etruscos penetraron en Campania en la misma época. ) Es indudable que los etruscos ocuparon una buena porción del Lacio en el siglo VI a. C. Es posible que se establecieran en algunas de las ciudades, tales como Preneste y Tusculo en ese siglo e incluso antes. Con seguridad Roma fue un centro de predominio etrusco en el Lacio y allí reinó por algún tiempo la poderosa dinastía semietrusca de los Tarquinos. En todas partes, como en Roma, los etruscos formaron la casta dominante, de la que se excluía a toda la población nativa, salvo la aristocracia, rica en tierra y ganado. Sin embargo, no es probable que fueran capaces de dominar todo el Lacio y, desde luego, no pudieron imponer su cultura a los habitantes latinos de Roma. De ahí que se pueda inferir que la nación latina poseía ya en aquel tiempo una cultura propia y, tal vez, un sistema de escritura particular, ambas de procedencia griega. Pero el dominio etrusco fue beneficioso para Roma, la cual dejó de ser asiento de pastores armados, labradores y comerciantes para convertirse en una ciudad como las otras ciudades etruscas y latinas, sus vecinas.. Se rodeó de un terraplén y extendió y consolidó sus relaciones comerciales, en especial con Cartago. Como centro principal del predominio etrusco en el Lacio, Roma aspiraba, por primera vez, a llegar a ser el poder dominante, no solo de la llanura del Lacio, sino también de todo el país.
Hay que suponer que se produjeron algunos cambios en la constitución durante el periodo de supremacía etrusca. La aristocracia se fortaleció y se hizo más exclusiva; se enriqueció y parte de la población pasó a depender económicamente de las grandes familias. Al parecer, a Etruria se debía el nombre de Roma, derivado de la palabra etrusca ruma, y también la división de la comunidad en tres tribus gentilicias con nombres etruscos: Titien-ses, Ramnenses y Luceres, al mismo tiempo, las curiae se convirtieron en subdivisiones de las tribus. También por influencia etrusca se definió con más precisión el poder del rey. Ese poder consistía en el imperium o suprema autoridad civil y militar, fundada en el derecho del rey para determinar por medio del auspi-cium la voluntad de los dioses. El símbolo de esta absoluta autoridad, que daba al rey poder de vida o muerte, era un hacha doble insertada en un haz (fascis) de varas. El rey iba siempre precedido por seis o doce de esas hachas, llevadas por ayudantes especiales llamados lictores. Este ceremonial real fue traído por los etruscos de Asia Menor en donde el hacha (labrys) había sido desde tiempo inmemorial símbolo de la autoridad suprema. Es probable que corresponda a este tiempo el derecho exclusivo de la aristocracia a servir en el ejército. A esa clase le interesaba que en el ejército hubiera muy pocas personas que no estuvieran dentro de las tribus aristocráticas.
En realidad, no se puede decir que la supremacía etrusca en Roma se hundió por un golpe de fuerza, ni que fue expulsada del Lacio con la consiguiente guerra. Nuestra tradición solo habla de una revolución interna en Roma, por la cual la aristocracia local destruyó el poder de los reyes. La tradición cuenta a Tarquino como el último rey etrusco y no tenemos razón alguna para poner en tela de juicio esa afirmación. El derrocamiento de Tarquino por los nobles etruscos y latinos no tiene nada de sorprendente; tales hechos debieron dé ser bastante comunes en las ciudades etruscas. La información de que los nobles habían hecho una guerra después contra uno de. sus vecinos etruscos es muy probable. Se puede creer que se evitó una segunda conquista del Lacio por la intervención de Cumas, en Campania, que se puso de parte del Lacio.
Así, desde fines del siglo VI a. C, Roma vivió bajo una constitución creada durante el dominio etrusco y la clase dominante fue la aristocracia local, compuesta de etruscos y romanos; algunos cientos de familias que eran grandes propietarios, comerciantes y ganaderos. Esta aristocracia no era puramente etrusca ni tampoco romana. Sin embargo, cualquiera que fuese su origen, hablaban y escribían en latín y se sentían más próximos a las ciudades latinas que a las etruscas. Si esto ocurría con los nobles, no hay duda de que la población en general era puramente latina, tanto en el territorio de Roma como en los pequeños poblados y aldeas de la planicie latina que Roma había ido absorbiendo antes y, aún más, después de la dominación etrusca.
El derrocamiento de los reyes etruscos no representó un cambio radical en la constitución de Roma, en sus relaciones comerciales ni en su influencia sobre las tribus vecinas. Incluso bajo los últimos reyes etruscos, el poder de los Tarquinos se podía considerar como el de una sola familia etrusca fuerte y rica cuyos miembros gobernaban diversas ciudades latinas y el mayor de esa familia a Roma misma. La constitución continuó aproximadamente sin variaciones después de la expulsión de la dinastía, debida quizás, en parte, a la negativa del sector latino de la nobleza romana a dar prioridad a los etruscos. Sabemos que no mucho después de la caída de los Tarquinos, otra distinguida familia, la de los Fabios, gobernó continuamente en Roma durante siete años, del 485 al 479 a. C. y, más tarde, los magistrados superiores se elegían casi exclusivamente entre un limitado grupo de grandes familias "principescas". En lo que respecta a las relaciones comerciales de Roma, apuntaremos que inmediatamente después del derrocamiento de los Tarquinos, Roma concertó un tratado comercial con Cartago, en el que aparece como la ciudad más importante del Lacio. La relación con Cartago era una herencia de los etruscos. Pero la tendencia general de su política extranjera era diferente; sus relaciones con sus vecinos etruscos se hicieron más tirantes y Roma se dedicó a desarrollar su influencia en el Lacio. La tradición da testimonio de la formación de una liga religiosa y política entre siete ciudades latinas, liga que se formó en tiempos de la dominación etrusca. Roma no era miembro de esa liga y su posterior adhesión es prueba palmaria de la firme consolidación de fuerzas que permitió al Lacio competir con sus vecinos. La colonización de las tierras que se tomaban a estos últimos servía para extender los límites de la liga.
Estos acontecimientos del Lacio detuvieron finalmente el movimiento hacia el sur de los etruscos, que perdieron el dominio de Campania tan pronto como el Lacio inició una política extranjera independiente; sus ciudades más importantes, incluso Roma, dejaron de ser miembros de la liga etrusca. Es probable que lo que había ocurrido en Roma haya ocurrido en otras partes de la nación etrusca. La relación entre las diferentes partes de la liga se debilitó y, en los lugares más alejados, los habitantes nativos se rebelaron y expulsaron a sus conquistadores, como ya se había hecho en el Lacio. Así, en el valle del Po, en Bononia (hoy Bolonia) y en Umbría, el elemento local asumió él papel preponderante. Esto sirvió para ayudar al éxito de la invasión del norte por los celtas o galos, los últimos emigrantes de estirpe indoeuropea. Los celtas aparecieron en Italia no más tarde del siglo V a. C. y fueron ocupando gradualmente todo el valle del Po, salvo el territorio de los vénetos y una parte considerable de Umbría. Su aparición en escena limitó las operaciones políticas de Etruria en Italia a muy modestas dimensiones; los latinos le impedían el paso hacia el sur y, hacia el norte, los galos. Era muy probable que ambas naciones no tardaran en atacar a Etruria.