Sexta Parte

EL FIN DEL ESTADO

HISPANOVISIGODO

28               Wamba y la rebelión del duque Paulo. El reinado de Ervigio

El primer día de septiembre del año 672 fallecía Recesvinto en su villa de Gérticos. Por entonces parecía que, conseguida al fin la unidad jurídica y religiosa, y desaparecidos los obstáculos legales que se oponían a los matrimonios entre miembros de las comunidades visigoda y romana, el Estado hispanovisigodo había alcanzado una solidez interna que le permitía mirar hacia el futuro con cierta tranquilidad. Las últimas victorias conseguidas sobre los bizantinos y el hecho de que los francos, antes tan peligrosos, no osasen ya intervenir en España eran factores que, unidos al desarrollo del sentimiento nacional hispano que caracterizó la obra de San Isidoro y de los demás autores de su época, podían hacer suponer que España se había transformado en un Estado sólido. Los acontecimientos que se iban a producir en los años inmediatamente siguientes pondrían claramente de relieve que ello no era cierto y que, en último término, las rencillas internas serían algo que llevaría, a la postre, a la desintegración del Estado godo.

En la misma residencia en que acababa de fallecer el rey, los magnates del Aula Regia que se hallaban presentes eligieron como sucesor de Recesvinto al noble llamado Wamba (672-680); de esta forma cumplían con las dos condiciones que imponía el VIII Concilio de Toledo para la legítima designación del nuevo monarca: que ésta se hiciese por los miembros del Aula Regia, y que se llevase a cabo en Toledo en el lugar en que hubiese fallecido el anterior rey. Parece que Wamba opuso ciertas objeciones a su elección como sucesor de Recesvinto, no sabemos por qué motivos, aceptando, al fin, sólo ante la insistencia de los magnates del Aula Regia; según San Julián, cronista de la época, fue preciso que uno de los nobles de aquel organismo amenazase a Wamba con su espada para que éste se decidiese a aceptar el nombramiento. Diecinueve días después, el nuevo monarca era proclamado en Toledo rey de los godos, siendo ungido por el metropolitano de la ciudad, Quirico, en la iglesia de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.

Los acontecimientos que iban a producirse a continuación pondrían de relieve que la elección había sido acertada. Así, hallándose el nuevo rey en Cantabria, donde estaba sofocando una sublevación de los insumisos vascones, llegó la noticia de que en la Septimania (es decir, en la Galia gótica) había estallado una sublevación encabezada por el conde de la ciudad de Nimes, llamado Hilderico, que, probablemente, actuaba siguiendo órdenes de los francos. Habiendo apresado al obispo de la ciudad, Aregio, que se mantenía fiel a Wamba, había designado para el desempeño del cargo a un abad llamado Ranimiro, amigo suyo; con la ayuda del obispo de Magalona (Villeneuve-le-Maguelonne) se había hecho con el control de gran parte de la región. Las tropas enviadas para sofocar la sublevación, mandadas por el duque Paulo, lejos de cumplir su misión, se unieron a la rebelión, siguiendo las órdenes de su jefe que, con la complicidad del dux de la provincia tarraconense, Ranosindo, se hizo proclamar rey en Narbona por sus seguidores, anulando la elección hecha meses antes en Gérticos a favor de Wamba.

Contando con el apoyo de francos y vascones el rebelde duque Paulo consiguió hacerse rápidamente con el control de gran parte de la provincia tarraconense, así como con el de la totalidad de la Septimania y, según parece, sólo estaba esperando la llegada de refuerzos francos, que ya estaban en camino, para comenzar la conquista del país. En tan trágicas circunstancias, Wamba actuó, como era imprescindible, con asombrosa rapidez: en siete días consiguió terminar con los núcleos más peligrosos de los rebeldes vascones y a continuación, tras obtener un voto de confianza de sus magnates miembros del Aula Regia, trasladó su ejército, a través de Calahorra y de Huesca, a la provincia tarraconense, donde tomó Barcelona y Gerona, penetrando después en la Septimania tras aplastar la resistencia opuesta, en varias fortalezas pirenaicas, por los sublevados dirigidos por Hilderico y Ranosindo, que fueron hechos prisioneros. A continuación el rey reconquistó Narbona y casi todas las ciudades de la Galia gótica. El primero de septiembre del año 673 tomó Nimes, último núcleo de resistencia rebelde donde aún se mantenía el duque Paulo auxiliado por gran número de francos.

Convocada una gran asamblea, a la vieja usanza visigoda, de magnates gardingos y miembros del Oficio Palatino para juzgar al jefe de la rebelión vencida, Wamba decidió no aplicar con toda severidad las leyes de Chindasvinto destinadas a reprimir los movimientos sediciosos; en consecuencia, el rey, de acuerdo con la asamblea, decidió sustituir la pena de muerte para los principales rebeldes por la de decalvación y perpetua prisión e infamia, poniendo en libertad a los prisioneros francos. Fuese por la impresión causada por la rapidez del triunfo de Wamba, o por el hecho de que fracasada la rebelión quedaban rotos sus compromisos con los rebeldes, la cuestión es que el ejército franco que, mandado por un tal Lupo, venía a toda prisa hacia la Septimania, se retiró sin presentar batalla. Hacia el mes de noviembre el monarca visigodo volvía a Toledo, capital del reino, llevando consigo a los detenidos que, para escarmiento general, hizo pasear, descalzos y decalvados, por las calles de Toledo en un carro tirado por camellos.

El fracaso final de la rebelión no fue óbice para que ésta hubiese puesto de manifiesto, de forma bien clara, el poco arraigo que entre los visigodos había por el respeto de las instituciones políticas: no sólo eran varios y destacados los miembros de la nobleza (entre ellos el dux de la provincia tarraconense) que se habían sumado al movimiento sedicioso, violando el juramento de fidelidad al rey, sino que lo más grave era que aún habían sido muchos más los que, vulnerando el cumplimiento de las leyes que regulaban la movilización en caso de guerra o sedición, alegando razones más o menos dignas de crédito se habían abstenido de acudir en ayuda del rey cuando éste lo había ordenado, con el encubierto propósito de no definirse claramente hasta que no se viese el cariz que iba a tomar el curso de la sublevación. Ello había puesto de relieve claramente el poco arraigo que entre la nobleza tenían las leyes dictadas en el seno de los concilios. Por ello el 1 de diciembre del año 675 Wamba se decidió a reformar la legislación sobre reclutamiento y movilización, a fin de agravar las penas que se impondrían a los que faltasen a sus deberes militares. Al hablar de la organización del ejército en la España visigoda ya se ha hecho referencia a estas reformas.

Durante el reinado de Wamba ya hizo su aparición en España el peligro árabe que, unos años más tarde, acabaría con el Estado visigodo; efectivamente, parece que por entonces ya intentaron los árabes un desembarco en algún punto del litoral español que pudo ser evitado gracias a la oportuna intervención de la flota visigoda, que quemó las naves adversarias.

El reinado de Wamba se caracterizó por ser prácticamente el último durante el cual se asistió al engrandecimiento del Estado; a lo largo de los reinados siguientes se va a asistir a una serie continuada de discordias internas que acabarán, a la larga, por facilitar la caída del aparato estatal visigodo en manos de los musulmanes. La primera de estas conspiraciones internas sería la que iba a provocar la deposición de Wamba.

Efectivamente, este rey se había ganado la enemistad de muchos —e influyentes— sectores de la nobleza y del clero por los castigos impuestos a estos estamentos sociales a raíz de su inadmisible conducta durante la rebelión del duque Paulo. En el año 680, concretamente el 14 de octubre, los enemigos del rey consiguieron hacerle ingerir un brebaje [20] que lo dejó como muerto, circunstancia que aprovecharon los conjurados para imponer al rey la tonsura clerical (pues con ésta se solía enterrar a los monarcas visigodos); cuando Wamba recobró el conocimiento ya no reunía las condiciones para continuar reinando, ya que el canon 17 del VI Concilio de Toledo prohibía que fuese rey quien hubiese recibido la tonsura clerical; a continuación se le forzó a redactar un documento según el cual él, libremente, a causa de las circunstancias sobrevenidas a raíz de su adormecimiento, que le impedían continuar reinando, se retiraba al convento de Pampliega y designaba sucesor a Ervigio, uno de los conjurados. Aunque a nadie engañó la maniobra de los sediciosos, como entre éstos se encontraban los miembros más influyentes de la nobleza goda, se aceptó como válida la declaración de Wamba y, en consecuencia, se proclamó a Ervigio (680-687) nuevo rey, aceptando la Iglesia, según declaración del XII Concilio de Toledo, la versión oficial de los hechos, a pesar de que posiblemente algunos miembros del alto clero también estaban complicados en la conjura.

El reinado de Ervigio fue, precisamente, lo contrario de lo que había sido el de Wamba. Bien fuese por su temperamento débil o porque el monarca sabía que había sido llevado al poder por los sectores de la nobleza y el clero que se habían visto perjudicados por la política de su antecesor, el hecho es que la labor del nuevo rey se caracterizó por las concesiones a la Iglesia y a los magnates; no cabe duda de que fue esta política lo que permitió a Ervigio el no verse obligado a hacer frente a revueltas nobiliarias.

El 21 de octubre del año 681 el monarca promulgó una versión reformada del Liber iudiciorum en la que se incluían ciertas leyes promulgadas anteriormente por él contra los judíos; pero lo más importante de esta revisión del cuerpo legal básico de la nación era la puesta en vigor de una nueva legislación sobre los deberes militares, con respecto a las exigencias del rey, del clero y de la nobleza, así como una dulcificación de las penas impuestas a los contraventores, con lo que quedaba derogada toda la legislación de Wamba sobre esta materia que, como se indicó antes, era tan lesiva para los intereses de aquellos estamentos. Poco después, el 1 de noviembre del año 683, un edicto de Ervigio perdonaba todas las deudas que con el fisco tenían contraídas muchos nobles desde tiempos de su antecesor; a fin de confirmar esta trascendental medida, se reunió tres días después el XIII Concilio de Toledo que, como era de esperar, aprobó el edicto que tantos beneficios iba a reportar a la nobleza a la que, además, obsequió con la promulgación del canon segundo, en el que se establecían una serie de garantías procesales para los miembros de la nobleza que, de hecho, les permitía quedar a cubierto de cualquier medida de la justicia real.

En consecuencia, el reinado de Ervigio, un instrumento de los nobles descontentos con una monarquía lo suficientemente fuerte como para atentar contra sus privilegios, supuso una serie de concesiones al alto clero y a la nobleza que dejaron al país en manos de las distintas facciones de ésta y, en todo caso, desprovisto de un órgano de poder eficaz frente al exterior. En adelante, la historia del Estado visigodo será la historia de las luchas entre las distintas familias nobles rivales.


29            Los últimos reyes visigodos y los comienzos de la Invasión musulmana

En noviembre del año 687, Ervigio, sintiéndose morir y deseando proteger a los miembros de su familia de las posibles violencias que contra ellos pudiesen llevar a cabo, como venganza, los parientes de Wamba, decidió recomendar a los nobles que eligiesen como nuevo rey a Egica (687-702) como, efectivamente, así lo hicieron, siendo, en consecuencia, proclamado como nuevo rey el 15 de noviembre del año 687. Egica era, a la vez, sobrino de Wamba y yerno de aquél, por estar casado con su hija Cixilona; el hecho de que perteneciese a ambas familias era una garantía, a juicio de Ervigio, de que no fomentaría las luchas entre ellas; pero, para asegurarse de ello, había hecho jurar a Egica, cuando le entregó como esposa a su hija Cixilona, que protegería y defendería a todos los miembros de su familia (es decir, de la familia de Ervigio) contra cualquier peligro que les viniera.

No obstante, los hechos iban a demostrar que el nuevo rey se consideraba muy poco obligado por el juramento que había prestado a su antecesor. El anciano Wamba, que aún vivía en su retiro de Pampliega, convenció a su sobrino de que, en atención a los vínculos de sangre que los unían, debía empezar a proceder contra su mujer y toda la familia de Ervigio, recomendación que el nuevo rey puso en práctica rápidamente: apartó de su lado a su mujer Cixilona y reunió, el 11 de mayo del año 688, al XV Concilio de Toledo a fin de que los miembros más influyentes de la Iglesia le librasen del juramento prestado a Ervigio de proteger a la familia de éste por estar, según decía, en contradicción con otro juramento prestado anteriormente: el de obrar con justicia (lo que, para él, suponía actuar contra los miembros de la familia de Ervigio, que se habían enriquecido injustamente a costa de los de la suya). Como era de suponer, los miembros del Concilio desligaron al nuevo rey del juramento prestado a su predecesor, si bien le recomendaron no guiarse por el odio ni proceder arbitrariamente contra los parientes de éste.

La política llevada a cabo por Egica tomó un cariz similar al que había caracterizado a la de Wamba y, en consecuencia, opuesta a la de Ervigio: empezó a atacar los privilegios de la alta nobleza y los del alto clero, es decir, los de aquellos estamentos sociales que habían encumbrado a Ervigio y que, como era de esperar, se habían visto favorecidos por su forma de proceder. Esta postura tan contraria a los intereses de los magnates hizo que se tramase una conspiración entre éstos dirigida por el titular de la sede toledana, llamado Sisberto, que tenía por objeto deponer al monarca, no obstante, los agentes de éste descubrieron a los implicados en la conjura y, en consecuencia, hicieron fracasarla. Para prevenir nuevos intentos de este tipo, Egica reunió en Toledo un nuevo Concilio de la Iglesia española —el XVI— cuyas sesiones se inauguraron el 2 de mayo del año 693 y en el que se establecieron —como ya era habitual— nuevas penas para los que se sublevasen contra el rey. También se promulgaron en este Concilio ciertas reformas legislativas que, sin embargo, no alteraron en lo esencial el contenido del Liber iudiciorum tal como había quedado en tiempos de Ervigio.

Mayor trascendencia tuvo el siguiente Concilio —el XVII— cuyas sesiones se inauguraron el 9 de noviembre del año 694 en la iglesia de Santa Leocadia, ya que en él, a raíz de las noticias recibidas con respecto al hecho de que los hebreos del norte de África estaban llegando a un acuerdo con los árabes para facilitar la entrada de éstos en España, se decidió tomar serias medidas contra los judíos del país: se acordó que el Estado confiscaría los bienes de éstos que, además serían sometidos a esclavitud.

Parece que las duras medidas llevadas a cabo por Egica contra la alta nobleza hizo que ésta, no escarmentada por el fracaso de la sublevación de Sisberto, intentase una nueva conspiración, cabeza visible de la cual era un hijo de Chindasvinto, niño aún cuando murió su padre, llamado Teodofredo y que, posiblemente, era dux de la provincia bética: Egica, enterado de lo que se estaba tramando contra él, no dudó en mandar cegar a Teodofredo para privar a la conjura de su jefe.

De lo anteriormente dicho se desprende que, a fines del siglo VI el Estado visigodo no era más que un organismo en el seno del cual se ventilaban las diferencias entre dos clanes familiares rivales: el de la familia de Chindasvinto (al que había pertenecido Ervigio, que representaba los intereses de la alta nobleza y del alto clero, y el de la familia de Wamba (al que pertenecía Egica), enemigo de estos estamentos sociales. El Estado visigodo no era, por esta época, una institución representativa —y comúnmente aceptada— de la sociedad española de la época, sino el campo de batalla de dos facciones nobiliarias lo que, en último término, explicará el poco afán que, en su conjunto, ponga la sociedad española por evitar que el control del aparato estatal pasase de manos de aquellos clanes familiares a las manos musulmanas.

Por entonces agravaba la situación de la España visigoda una serie continuada de malas cosechas que habían provocado el hambre en el país, y a raíz de eso, una epidemia de peste inguinal que, partiendo de la Galia gótica y de la provincia tarraconense se había extendido por toda España.

Relieves decorativos de Mérida (según Bevan)

Hacia el año 698, deseando Egica que a su muerte el poder pasase a manos de su hijo Vitiza y no a manos de algún miembro de la familia de Chindasvinto, el rey asoció a aquél al trono, encargándole del gobierno de la provincia de Gallaecia para que fuese acostumbrándose a la gestión política. Un hecho vino a aumentar el odio entre los familiares del clan de Wamba y los del clan de Chindasvinto: en Tuy, donde había fijado su residencia Vitiza, había un noble del clan de Chindasvinto llamado Fáfila (el padre de don Pelayo), de cuya mujer se enamoró el hijo del rey, lo que le impulsó a dar muerte al marido de ésta (es decir, a Fáfila), lo que no hizo sino aumentar aún más el rencor entre las dos facciones rivales. El 15 de noviembre del año 700 Vitiza fue ungido como rey, a pesar de que su padre, ya enfermo, también continuaba siéndolo, hasta que dos años después murió y Vitiza pasó a reinar como único monarca.

Aunque Vitiza (702-710) pertenecía al clan familiar de Wamba, tradicional enemigo de los privilegios de la alta nobleza, a fin de limar las diferencias que separaban a las facciones rivales trató de llevar una política relativamente conciliadora, perdonando a gran parte de los miembros del Oficio Palatino y del Aula Regia que habían sido desposeídos de sus cargos por su padre. Ello no evitó que se insinuasen ciertas tendencias subversivas, llevadas a cabo por parte de los miembros del clan de Chindasvinto, que fueron reprimidas pero, al parecer, no con excesiva dureza, como lo demuestra el hecho de que el hijo de Teodofredo (el noble mandado cegar por su padre), Roderico, el futuro rey, vivía tranquilamente en su residencia de Córdoba, siendo quizá gobernador de la provincia bética.

Durante el reinado de Vitiza se fue insinuando de forma clara el peligro árabe: hacia el año 682 los árabes habían ocupado casi todo el norte de África: sólo resistía la ciudad de Ceuta, defendida por el legendario conde Julián, del que no se sabe si era un gobernador bizantino, si era un gobernador visigodo o si bien un caudillo berebere que actuaba por su cuenta; lo que sí es seguro es que la resistencia de la ciudad era sólo posible mediante los continuos suministros que desde la península los visigodos le enviaban.

Por lo demás, el reinado de Vitiza se caracterizó por cierta actividad legislativa, fruto de la cual fue la incorporación al Liber iudiciorum de ciertas prácticas del derecho germánico, como eran las de las «ordalías», en virtud de las cuales se probaba la inocencia de un acusado en función de que pudiese o no soportar el dolor del agua hirviendo. También data de tiempos de Vitiza, aunque puede también que datase de tiempos de su padre, la promulgación de una ley en virtud de la cual la composición o multa a pagar por la muerte de un hombre libre, que hasta entonces era de 500 sueldos, se redujo a 300 si el hombre libre no era noble.

A fines de febrero del año 710 moría Vitiza dejando varios hijos, uno de los cuales actuaba ya, asesorado por distintos nobles, como gobernador de la provincia tarraconense. Los miembros de la familia de Chindasvinto y Ervigio vieron la posibilidad de que el poder volviese a sus manos; aprovechando que eran mayoría en el Aula Regia de Toledo, proclamaron como nuevo rey a uno de sus miembros, Roderico (el que luego pasaría a la Historia como Don Rodrigo), el hijo de Teodofredo que Egica mandó cegar.

Roderico (710-711) trató inmediatamente de someter bajo su control a las regiones que estaban dominadas por los partidarios de los hijos de Vitiza (especialmente numerosos en la Galia gótica y en la provincia tarraconense, regiones éstas que parece que nunca llegaron a estar bajo control del último rey godo). Estas intrigas internas consumían las energías del país que, evidentemente, hubo de suspender los auxilios que enviaba a la plaza de Ceuta que, en consecuencia, no tardó en caer en manos del jefe árabe Musa (el Muza de la Historia posterior).

Como fue corriente a lo largo de toda la monarquía visigoda, los miembros del partido derrotado no dudaron de llamar en su apoyo a extranjeros, concretamente, en este caso, a los musulmanes sin que, seguramente, pudiesen calcular el resultado que en el futuro iba a tener su acción. Así, viéndose impotentes los hermanos del difunto Vitiza —el obispo de Sevilla, Oppa, y un tal Sisberto— y sus hijos Olmundo, Ardabasto y Akhila (que en la provincia tarraconense y en la Galia gótica actuaba como rey, acuñando monedas a su nombre en Narbona) acudieron al norte de África para solicitar la ayuda de Muza. El «conde Julián» instó a Muza para que no desaprovechara la oportunidad que se le brindaba de intervenir en la península; Muza envió a su lugarteniente Tariq para que hiciese un desembarco en España y viese las posibilidades que habían de conseguir algo positivo inmiscuyéndose en las rencillas internas de los visigodos; en el verano del año 710 Tariq desembarcó en Tarifa (que de él lleva el nombre) y, poco después, volvía a su base de partida para informar a su jefe, Muza, con respecto a la situación existente en España. Mientras tanto, Rodrigo había conseguido imponer su autoridad, al menos aparentemente, sobre los hijos y demás familiares de Vitiza que, secretamente, continuaban sus tratos con los musulmanes a fin de conseguir su intervención en la península, para defender la causa de los enemigos del rey Rodrigo.

A fines de abril del año 711, Tariq regresaba a España para «ayudar» a los vitizanos, cumpliendo las órdenes recibidas del wali o gobernador del norte de África, Muza; con cuatro barcos trasladó su ejército, compuesto en su mayor parte de bereberes, a la península, fortificándose en el cerro de Calpe, es decir, en el «monte de Tariq» (Chabal-el-Tariq, el actual Gibraltar). El monarca visigodo, que por entonces se encontraba en el norte combatiendo a los vascos, tuvo que dirigirse hacia el sur rápidamente para hacer frente al nuevo peligro, que iba agravándose en la medida en que Muza continuaba enviando refuerzos a su lugarteniente Tariq, animado por la falta de resistencia de las guarniciones godas de la provincia bética.

El día 19 de julio del año 711 (sin que la fecha sea totalmente segura) el ejército musulmán se enfrentó con el de Don Rodrigo, cuyas alas estaban al mando de los hermanos de Vitiza, Oppa y Sisberto, ya que el monarca confiaba en que, al fin, habían abandonado la causa de los hijos de aquél y que, en todo caso, no le traicionarían ante el enemigo común ignorando, seguramente, los tratos de los vitizanos con Tariq. La batalla se produjo a orillas de) río que, por pasar por la ciudad de Lacea (posiblemente la actual Arcos de la Frontera), los musulmanes llamaron «Wadi-Lakka», es decir, Guadalete. Al comienzo de ésta, Oppa y Sisberto se pasaron al campo árabe con lo que la batalla quedó reducida al exterminio del resto de las fuerzas visigodas que, mandadas por el rey, resistieron durante varios días. Se desconoce el fin que tuvo Don Rodrigo: concluido el combate sólo se encontró su caballo y parte de su equipo, pero parece probable que Rodrigo pereciese durante el mismo, siendo su cadáver trasladado por algunos de sus hombres a la ciudad de Viseo, pues en el siglo IX se encontró en una iglesia de esa ciudad una lápida en la que se leía: «Hic recquiescit Rudericus ultimas Rex Gothorum»


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[20] Según parece, se trataba de un narcótico hecho a base de esparteína, que se extraía de una planta del Campo Espartano, en Cartagena.