Segunda Parte

EL REINO DE TOLEDO

8        La intervención ostrogoda

En el capítulo sexto se había visto cómo, en el año 510, el poder visigodo en las Galias había desaparecido por completo ante la acción conjunta de francos y burgundos, que habían obligado a Gesaleico, hijo natural de Alarico II (484-507), a refugiarse en Barcelona, donde estaba a punto de verse de nuevo a merced de sus enemigos, dispuestos ya a irrumpir en la Península Ibérica para concluir definitivamente con el poder visigodo. En estas circunstancias, el rey ostrogodo Teodorico, a fin de defender los intereses de su nieto Amalarico, hijo legítimo de Alarico II, se decide a intervenir en el conflicto franco-visigodo, intervención que iba a alterar sustancialmente la marcha de éste. Así, en el mismo año 510, las tropas ostrogodas, al mando del duque Ibbas, limpiaban de francos y burgundos la provincia narbonense y, a continuación, atravesando los Pirineos, se dirigían contra el rey visigodo Gesaleico, pues no en vano, al rey ostrogodo Teodorico le interesaba tanto salvar al reino visigodo de los ataques francos como conseguir que sobre él reinase su nieto. Gesaleico se vio obligado a huir al reino vándalo de África del Norte, siendo proclamado rey de los visigodos Amalarico (510-531) que era todavía un niño.

Durante su minoría o, mejor dicho, hasta la muerte de su abuelo Teodorico, el poder real lo iban a desempeñar, en el reino visigodo, los generales ostrogodos enviados al efecto. Estos habían conseguido salvar a España de la invasión franca, así como mantener bajo dominio visigodo una pequeña parte del sur de Francia (la provincia de Narbona que, en adelante, recibiría el nombre de Septimania); pero no habían conseguido evitar la restauración del poderío que en Francia tuviera el reino visigodo cuando, radicando su corte en Tolosa, casi toda la Galia le estaba sometida. En adelante, el reino visigodo sería esencialmente hispánico, pues sobre casi todas sus regiones (salvo las ocupadas, hasta unos años más tarde, por los suevos y bizantinos) se extendería en tanto que sus regiones situadas más allá de los Pirineos no desempeñarían más que un papel secundario en la vida de la monarquía visigoda: serán las ciudades romanas de Hispania como Barcelona, Sevilla, Mérida y Toledo aquellas que van a polarizar la vida política de los visigodos.

Los gobernadores ostrogodos que, en nombre de Teodorico, ejercieron la regencia de Amalarico hasta la muerte de su abuelo, en el año 526 (entre los que destacaron Ibbas, Ampelio, Leuvorito y, sobre todo, Teudis) consiguieron asegurar el reino visigodo contra nuevas intentonas de los francos, y aun recuperaron algunas de las plazas conquistadas por éstos en los años anteriores. Igualmente desbarataron una intentona de Gesaleico encaminada a recuperar el trono. Tras su huida ante la llegada del ostrogodo Ibbas a Barcelona en el 511, Gesaleico había peregrinado por las cortes de los reyes de los vándalos y de los francos, esperando encontrar ayuda; con dinero, que quizá le fue entregado secretamente por el rey de los francos, temeroso de que una ayuda oficial disgustase al rey ostrogodo Teodorico, organizó un ejército de mercenarios con el que se encaminó hacia Barcelona dispuesto a recuperar el trono; la suerte le fue adversa y sus tropas fueron derrotadas a doce millas de aquella ciudad por el gobernador ostrogodo Ibbas, cuyos soldados consiguieron capturar y dar muerte al propio Gesaleico cuando atravesaba el río Durance en su huida hacia el reino borgoñón donde esperaba encontrar ayuda para una nueva intentona.

La muerte del rey ostrogodo Teodorico, que había sido el más firme sostén de su nieto, contra el afán expansionista de los francos, acaecida en el año 526, iba a obligar a éste, en adelante, a hacer frente por sí solo a este peligro. Así, ese mismo año empezó a actuar al margen de los consejos del último gobernador ostrogodo nombrado por Teodorico, Teudis (que más tarde se convertiría en rey de España), con lo cual comenzó a enemistarse de nuevo con sus vecinos francos. Parece que el motivo de ello fueron los malos tratos que dispensaba a su esposa Clotilde, católica y hermana del rey de los francos, por no querer hacerse arriana. Según cuenta la crónica de San Gregorio de Tours, el rey visigodo mandó arrojar estiércol sobre su mujer cuando iba a la Santa Misa, procediendo luego a golpearla con frecuencia, hasta que ella decidió pedir ayuda a su hermano el rey franco Childeberto, enviándole un pañuelo manchado de sangre para que éste se percatase de los malos tratos de que era objeto.

La veracidad de esta relación dista mucho de ser segura: evidentemente, San Gregorio de Tours tenía que buscar una excusa que justificase la intervención franca en España, lo cual permite apuntar la hipótesis de que los referidos malos tratos fuesen una mentira (o una exageración) que diese cierta base moral a aquélla; por otra parte, tampoco está claro el motivo por el que Amalarico maltrataba —si así lo hizo— a su mujer; que la maltratase por su religión, daría un carácter de pseudocruzada a la interven­ción de su hermano, que sería vista con buenos ojos, en consecuencia, por el clero galo e incluso hispanorromano; pero tampoco es seguro que los hipotéticos malos tratos no le fueran propinados a Clotilde por su esposo a causa de sus maquinaciones en favor de que su hermano consiguiese ocupar la parte del sur de las Galias que aún seguía en poder de los visigodos. Sea como fuere, lo cierto es que el rey franco Childeberto se lanzó a la guerra en el año 531 con la idea de liberar a su hermana y, quizá, de recuperar la Galia visigótica y aun de conquistar España. El encuentro sostenido contra Amalarico en Narbona fue desfavorable para éste, que, derrotado, huyó hacia Barcelona, donde fue asesinado cuando pretendía refugiarse en una iglesia católica, por un individuo, que quizá era un franco enrolado en sus propias fuerzas, denominado Besón. No obstante, la victoria de Childeberto distaba mucho de haber sido fácil y total: si la resistencia, finalmente vencida, había sido dura en Narbona, lo era todavía mucho más en varias plazas de la Septimania, y por otra parte, parecía que los visigodos de las regiones españolas más alejadas del escenario del combate se estaban movilizando para tomar parte en él. Fuese por ello, o bien porque el rey franco sólo pretendiese liberar a su hermana (lo cual ya había conseguido), la cuestión es que Childeberto se retiró hacia su reino sin intentar siquiera la invasión de España.

Parece que uno de los que más habían contribuido a organizar la resistencia contra los francos (no pareciendo tampoco completamente descabellado pensar que estuviese complicado en el asesinato de Amalarico), fue el último gobernador ostrogodo que tuvo Teodorico en España antes de su muerte, llamado Teudis. Ya fuese por el prestigio que entre los visigodos le proporcionó su actuación frente a los invasores francos, o ya fuese a causa de la potencia económica que le proporcionaba su afortunado matrimonio con una acaudalada latifundista de origen romano, Teudis (531-548) fue elegido rey de los visigodos, dirigiendo las últimas fases de la guerra defensiva sostenida contra los francos, en las que consiguió recuperar varias plazas de la Septimania, entre ellas Arles, lo que le proporcionó gran prestigio.

En el año 541 una nueva invasión franca vino a poner en peligro el reino visigodo. En este caso, los francos no iban a recuperar sólo el sur de las Galias, sino que pretendían hacerse con el control de la Península Ibérica. En esta ocasión, el cronista San Gregorio de Tours no consigue encontrar ninguna justificación a la agresión franca, de lo que se deduce que el único móvil de ella era proporcionar prestigio, y posiblemente dinero, al rey franco Clotario (falto de ambas cosas ante la creciente oposición que sufría dentro de su propio reino). Los invasores penetraron en esta ocasión en España, saqueando casi toda la Tarraconense y poniendo sitio a Zaragoza, que permaneció durante cuarenta y nueve días bloqueada, tras los cuales los francos tuvieron que levantar el sitio y retirarse apresuradamente hacia Francia.

El motivo de ello fue (según San Gregorio de Tours, que, como de costumbre, trata de justificar los fracasos de los reyes francos) que los habitantes de la ciudad hicieron pasar la túnica de San Vicente Mártir por las murallas. Pero la explicación más verosímil es la de que Teudis envió a uno de sus generales —y futuro rey—, Teudisclo, a tomar con su ejército todos los pasos de los Pirineos, lo que realizó tras derrotar a la mayor parte del ejército franco, pasando luego a cuchillo a casi todos los prisioneros, salvo a unos pocos (entre ellos al rey Clotario) a los que permitió regresar a Francia a cambio de un cuantioso rescate. Gracias a este éxito, durante los años siguientes el reino visigodo se vio libre de incursiones francas.

Uno de los aspectos más importantes de la política exterior de Teudis fue el hecho de empezar a preocuparse del peligro africano, en la medida en que el débil reino vándalo allí establecido podía caer en cualquier momento, como así sucedió, en manos de los bizantinos. Por ello, como medida preventiva y sin la oposición del rey vándalo Gelimero, los visigodos ocuparon Ceuta, a fin de tener bajo control el estrecho de Gibraltar, hacia el año 533; pero ese mismo año las tropas del general bizantino Belisario acabaron con el reino vándalo y tomaron la ciudad de Ceuta (Septem).

En el año 540, los ostrogodos de Italia, carentes del poderío de los tiempos del gran Teodorico, decidieron elegir como rey a un tal Idibad por el hecho de que era sobrino del rey visigodo, esperando de esta forma que éste les ayudaría a resistir la presión que sobre su reino estaban ejerciendo los bizantinos. Si a principios de siglo eran los visigodos los que sólo resistían a los francos gracias a qué el rey ostrogodo les ayudaba por ser abuelo de Amalarico, treinta años más tarde eran los ostrogodos los que, invocando igualmente el parentesco existente entre su rey y el de los visigodos, solicitaban de éstos su ayuda contra los bizantinos. Esta, sin embargo, fue muy escasa y, realmente, más vinculada a los intereses visigodos en el norte de África que a los ostrogodos en Italia; si bien la oposición al avance bizantino en el antiguo reino vándalo aliviaba indirectamente la presión de los mismos bizantinos en su simultáneo avance por Italia. La acción visigoda, en este aspecto, se limitó a saquear Ceuta en el año 547; parece que las tropas de Teudis llegaron a establecerse en la ciudad; pero rápidamente la perdieron al ser tomada por sorpresa por los bizantinos rompiendo el pacto que habían concluido con sus enemigos de respetar la paz durante el domingo. A partir de ese momento, la monarquía visigoda nunca más volvería a ejercer el control del norte de África, lo que, a la larga, le costaría muy caro.


9        Suevos, bizantinos e hispanorromanos

Teudis (531-548) no sobrevivió mucho al fracaso de sus tropas en Ceuta, siendo asesinado en Sevilla en el año 548 cuando el peligro bizantino empezaba a ser algo relativamente próximo. En el trono le sucedió Teudisclo (548-549), su antiguo general que tanto había contribuido a la victoria sobre los francos y que, a su vez, pereció durante un banquete cuando aún no hacía un año que había sido elegido rey de los visigodos. Los nobles eligieron, para sustituirle, a uno de ellos, llamado Agila (549-554). No obstante, parece que la elección no cayó especialmente bien en la Bética y, al poco tiempo de realizada, varias ciudades de esta provincia se alzaron contra el poder real. Particularmente grave fue la sublevación de Córdoba, que la crítica moderna aún no acierta a clasificar como una sublevación contra Agila o contra la monarquía visigoda. Ante esta situación, el rey marchó contra esta ciudad, siendo derrotado en sus cercanías por los habitantes de ésta —hispanorromanos en su inmensa mayoría— unidos a varios nobles visigodos descontentos con Agila, que, en esta ocasión, perdió, además de la batalla, a su hijo, la mayor parte de su tesoro y casi todo su ejército, viéndose obligado a refugiarse en la provincia lusitánica, concretamente en Mérida, donde eran más numerosos sus partidarios.

La revuelta contra Agila, que en un principio había sido llevada adelante casi exclusivamente por los hispanorromanos, fue adquiriendo cada vez mayor resonancia entre muchos nobles visigodos, destacando entre ellos Atanagildo (551-568) que fue proclamado rey por los enemigos de Agila, A fin de poder acabar con la presencia de éste y, de esta forma, colocar bajo su autoridad aquellas zonas —especialmente en Lusitania— que aún reconocían como rey a su rival, Atanagildo entró en tratos con el emperador de Bizancio, Justiniano (527-565), a fin de conseguir su ayuda en la guerra civil. Parece que en el año 552 quedó acordado el pacto en virtud del cual el Imperio de Oriente ayudaría a Atanagildo, si bien se ignora si, a cambio de este auxilio, el visigodo se comprometía a entregar parte de su reino a los bizantinos; lo que sí parece evidente es que, aunque no se hubiese llegado a este acuerdo, Justiniano, en un momento en que trataba de hacerse con el control de las antiguas regiones del Imperio de Occidente, debía tener el proyecto de no abandonar la península al concluir la guerra civil que, de esta forma, él habría aprovechado para establecer una cabeza de puente en la antigua Hispania y, más adelante, incorporarla de nuevo al Imperio. Cumpliendo este pacto, a fines de junio o principios de julio del año 552, parte de las fuerzas bizantinas de Sicilia, al mando del octogenario patricio Liberto, desembarcaron en España y se unieron a las tropas de Atanagildo, con las que marcharon contra la Lusitania, donde aún se mantenía Agila; las fuerzas de éste fracasaron en los distintos encuentros mantenidos con sus rivales, y hacia el año 554, ya no contaba prácticamente con partidarios.

De estas luchas internas es evidente que los que más provecho sacaban eran los bizantinos; efectivamente, los proyectos que tenían para acabar asentándose en España estaban claros, y se iban a ver en muy gran medida facilitados por el debilitamiento mutuo de las facciones visigodas. Mostrando una clara conciencia de ello, los mismos partidarios de Agila, a fin de concluir con la guerra civil, asesinaron a éste en marzo del año 555, reconociendo como rey a Atanagildo, que, concluida la guerra, no pudo conseguir que los bizantinos abandonasen la península, quedando establecidos en parte de la Bética y de la Cartaginense, en la zona comprendida entre la desembocadura del Júcar y la del Guadalquivir, penetrando, hacia el interior, hasta bastante lejos; en esta zona quedaron comprendidas, en un principio, ciudades tan importantes como Sevilla y Córdoba, si bien la primera ya fue ocupada en tiempos del propio Atanagildo por los visigodos; la estancia de los bizantinos en la España visigoda se prolongó hasta el siglo VII, si bien los ataques contra las zonas ocupadas para reintegrarla en la monarquía visigoda fueron constantes.

A la vista de que el peligro bizantino se había vuelto más próximo que el franco, y para estar en un lugar aproximadamente equidistante de ambos y del reino de los suevos, Atanagildo estableció su corte en Toledo. A fin de poder dedicarse por completo a la lucha contra las tropas del Imperio de Oriente, el rey visigodo casó a sus dos hijas —Brunechilda y Gelesvinta— con dos reyes francos —Sigiberto, rey de Austrasia, y Chilperico, rey de Neustria—. No obstante, no por ello iban a mejorar las relaciones con los vecinos del norte. Así, en el año 567 moría Atanagildo de muerte natural y, tras un espacio de cinco meses en que los distritos conti­nuaron gobernándose sólo por sus autoridades locales, resultó elegido rey de los visigodos un noble de la Septimania, posiblemente gobernador de Narbona, llamado Liuva (558-572). Con ello parecía que el centro político de la monarquía visigoda volvía a desplazarse hacia las Galias. Sin embargo, es posible que la elección de Liuva I como rey visigodo se llevase a cabo sólo por los nobles de la Septimania, habida cuenta de que, ante las acometidas de los reyes francos Sigiberto y Gontran contra Arles, el inminente peligro aconsejaba la elección de un rey.

Sea como fuere, la cuestión es que Liuva decidió asegurarse el control del centro de la península mediante la asociación al trono de su hermano Leovigildo (569-586), que, posiblemente, era el dux o gobernador de Toledo, y que desde la muerte de Liuva (año 572) pasó a ser el único rey de los visigodos.

La trascendencia de la labor llevada a cabo, en el aspecto político, por Leovigildo hace que se estudie de forma más detenida en el próximo capítulo. Pero sí será conveniente dejar en éste planteados los principales problemas con que hubo de enfrentarse el nuevo rey en su labor unificadora.

En primer lugar estaban, como ya hemos dicho, los bizantinos, cuyo control se extendía a una amplia zona del sudeste de la península. En segundo lugar, se acababa de poner claramente de manifiesto a comienzos de su reinado cómo la frontera del nordeste, la que lindaba con los francos, distaba mucho de poder ser considerada como segura. Ello era, con todo, un peligro que podía ser considerado como exterior. Pero, por lo que a las fuerzas que se oponían a la unificación política del país se refiere, hay que contar con el reino suevo, independiente aún, con los cántabros, independientes de hecho desde el siglo III d. C, y, por último, con las trabas legales que aún se oponían a la fusión de las poblaciones visigoda y romana, agravadas por la cuestión de las diferencias religiosas, pues si una era arriana la otra era católica.

El reino suevo, que seguía extendiéndose, más o menos, por toda la Gallaecia es desconocido, en su evolución interna, desde tiempos de su rey Remismundo (460469) hasta la época de Teodomiro (559-570) y, en parte, de su predecesor Kharriarico. Parece que durante el reinado de uno de estos dos (según San Gregorio de Tours durante el de Kharriarico) los suevos se convirtieron al catolicismo, quizá hacia el año 550, si bien la crítica moderna apunta, como más probable, una fecha comprendida entre los años 559 y 563, ya durante el reinado de Teodomiro, como consecuencia, también según San Gregorio de Tours, de la acción evangelizadora de un clérigo canónico llamado Martin Dumiense, fundador y abad del Monasterio de Dumio, y más tarde metropolitano de Braga —ciudad que se incluía dentro del reino suevo— donde se llegó a reunir un concilio. No parece que el cambio de religión de los suevos empeorase las relaciones de éstos con los visigodos; pero sí era evidente que, en adelante, serían vistos con mejores ojos por la población romana que encontraba en el arrianismo de los visigodos un serio obstáculo para integrarse plenamente en la monarquía; ello era algo que, sin duda tendió a agravar el peligro que contra la unidad de la península suponía la existencia del reino suevo, y al que iba a hacer frente, según veremos, Leovigildo.

Escultura arquitectónica en la cisterna de Mérida (según Argües)

Si la existencia en el norte de la península de pueblos independientes no suponía un peligro serio para la monarquía visigoda, es evidente que constituían un obstáculo casi insalvable para que ésta pudiese aprovechar estas tierras y controlar de facto las regiones que de derecho le correspondían. La mayor parte de estos pueblos apenas habían sido romanizados, pues su resistencia contra Roma había durado, en muchos casos, casi hasta tiempos de Augusto, en tanto que se habían sustraído al poder del Imperio desde la crisis del siglo III d. C, para no volver a ser dominados por ninguno de los pueblos germánicos entrados en la península desde comienzos del siglo V. Entre estos pueblos hay que señalar los cántabros, que se extendían desde Llanes hasta Santoña, aproximadamente, llegando por el sur hasta Villarcayo, incluyendo la ciudad de Amaya; los sappos, entre el Duero y el Sabor, por la actual comarca de Sanabria; los autrigones, situados entre Santoña y el Nervión, llegando por el sur hasta los montes de Oca; los caristos, entre los cursos del Nervión, Deva y Zadorra; los várdulos en la actual Guipúzcoa; y, por último, los vascones en la actual Navarra, Rioja al sur del Ebro y Aragón, hasta el Gallego. Muchos de estos pueblos nunca llegaron a ser dominados por los visigodos, pero fue en tiempos de Leovigildo cuando se comenzó a hacer algo serio en ese sentido.

Si el peligro que representaban suevos, bizantinos, los pueblos antes citados, e incluso los francos, podía ser considerado como peligro que atacaban a la monarquía desde fuera, los mayores problemas que, con respecto a la posibilidad de conseguir una auténtica unidad política de la Península Ibérica, se planteaban eran de carácter interno. Efectivamente, las diferencias religiosas entre visigodos y romanos y las prohibiciones legales de matrimonios mixtos suponían un obstáculo, en el camino de la unidad política de España, mucho mayor que el que pudiesen suponer todos aquellos peligros exteriores juntos. Y ello es de lamentar desde el momento en que la política religiosa llevada a cabo por Leovigildo iba a ser, con mucho, la parte menos afortunada de su labor, por más que, en último término, pueda suponerse que fue durante su reinado cuando se sentaron, en la práctica, las bases para la unificación religiosa llevada a cabo en tiempos de su sucesor Recaredo.

Por lo que respecta a las disposiciones legales que prohibían los matrimonios mixtos entre visigodos e hispanorromanos, no cabe duda de que suponían una grave dificultad para la fusión de ambos. Esta prohibición databa de fines del siglo IV, por sendas constituciones (leyes) de los emperadores Valentiniano y Valente, fechadas, respectivamente, en los años 370 y 373, que declaraban ilegales los matrimonios entre provinciales y bárbaros; por parte visigoda, esta misma prohibición se hallaba contenida en el Código de Eurico, así como en el Breviario de Alarico que, aunque estaba destinado a la población romana, había recibido su fuerza legal del rey visigodo del que recibía el nombre. En todo caso, hay que tener en cuenta, en relación con la cuestión de los matrimonios mixtos, que la cada vez más íntima convivencia de ambos pueblos hizo que aquéllos, aun a pesar de la ley, se fueron haciendo cada vez más frecuentes.

Todos estos problemas constituyeron, en esencia, los principales puntos en que se cifró la actuación política de Leovigildo, de la que a continuación se va a tratar.



10               Leovigildo y la unificación política del país

Leovigildo (569-586) consagró su vida a la lucha contra todos aquellos obstáculos que, en el camino de la unificación política del país, podían constituir una barrera infranqueable, y que han sido expuestos, en sus líneas generales, en el capítulo anterior. Fue, sin duda, el rey visigodo más poderoso y el que llevó a cabo una labor más trascendental y duradera, al menos entre los de la religión arriana.

Afortunadamente, la mayor parte de los hechos de este rey han podido ser conocidos gracias a una crónica que sobre los mismos escribió un godo convertido al catolicismo, natural de Santarem (Scallabis), en la Lusitania. El autor, por haber sido fundador y abad del monasterio de Biclarum, de lugar no identificado, pasó a la Historia con el nombre de Juan de Biclara. El hecho de que este personaje sufriese, en varias ocasiones, el destierro por orden de Leovigildo no fue óbice para que su crónica sea muy favorable al monarca, si bien tampoco sería descabellado pensar que el buen monje trató de dejar bien parado al rey visigodo para no aumentar el número y rigor de las penas que éste le impuso. Ante la importancia de la obra de Juan de Biclara, la crónica de San Isidoro de Sevilla, única que relata el reinado de otros reyes, pierde en este caso gran parte de su trascendencia.

Aún vivía su hermano Liuva I cuando Leovigildo ya inició sus campañas contra el mayor enemigo que en aquellos momentos tenía la unificación de España: la presencia bizantina en el sudeste del país. En el año 570 realizó devastadoras incursiones por las tierras dominadas por los bizantinos y saqueó las comarcas situadas en torno a Baza y a Málaga, aunque no pudo recuperar de forma definitiva ninguna ciudad. Pero a lo largo de la campaña sostenida durante los años 571 y 572 consiguió tomar Medina Sidonia y Córdoba, si bien se abstuvo de aprovechar el éxito inicial en esta zona debido a que su atención tuvo que dirigirse inmediatamente hacia el noroeste. Allí el nuevo rey de los suevos, Miro (570-583), había comenzado la ocupación, quizá de acuerdo con los bizantinos y a sueldo de éstos, de las comarcas neutrales, habitadas por los rucones, que se extendían entre su reino y el de los visigodos.

Trasladado al nuevo teatro de operaciones, Leovigildo no olvidó, sin embargo, atender a problemas políticos de orden interno. Entre ellos se encontraba, como más inmediato, el de asegurar la continuación de su obra mediante una sucesión adecuada; a tal efecto, decidió asociar al trono a sus dos hijos, habidos de su primer matrimonio (pues en segundas nupcias había casado con Gosuinda, la viuda de Atanagildo, de la que no tuvo descendencia), llamados Hermenegildo y Recaredo; ante la oposición de un gran sector de la nobleza goda, y a pesar de ella, el rey nombró al primero de sus hijos nada menos que gobernador (dux) de la provincia bética, lo que demostraba la confianza que en él tenía depositada. En el año 575 Leovigildo sofocó la rebelión que en las montañas cercanas a Orense había organizado un noble romano llamado Aspidio, apoyado posiblemente por los suevos, después de dos años de continuas campañas por las regiones cantábricas, sublevadas contra el poder visigodo. De esta forma quedaron pacificadas todas las comarcas fronterizas con el reino suevo que, ante las victorias de Leovigildo, se aprestó a firmar con él la paz, con lo cual, desde el año 576 en que se selló el pacto, el monarca visigodo quedó libre de conflictos en esta zona. En consecuencia, pudo prestar más atención a otros problemas que en la península tenía planteados el poder visigodo.

Era especialmente grave la sublevación estallada entre los habitantes de las montañas de la Orospeda, posiblemente apoyada por los bizantinos que, además, apoyaban igualmente a otra rebelión estallada en casi todas las ciudades del litoral levantino y dirigida contra el poder de Toledo. Estas resistencias al dominio visigodo no podían poner en peligro, a corto plazo, a la monarquía visigoda. Pero, a plazo medio sí podían conseguir su debilitamiento, lo cual supondría, a la larga, su destrucción por los suevos o bizantinos. Por ello Leovigildo no escatimó esfuerzos para acabar con ellas. Así, apenas firmada la paz con los suevos, el rey visigodo se encaminó, atravesando la península de noroeste a sudeste, hacia la Orospeda Penetró por Sierra Morena y destruyó las ciudades más importantes de las comarcas sublevadas contra él, luego dejó a sus generales la labor de completar la pacificación de la zona y de asegurar en el futuro el dominio godo en la misma. Después sometió las ciudades, numerosas, de la cos­ta de levante, en que la oligarquía romana trataba de independizarse del poder de Toledo. Hacia el año 578, y después de emplear toda la dureza que había hecho falta, toda la península estaba de nuevo bajo el control de los reyes visigodos, salvo el sudeste, que seguía bajo dominio bizantino, el noroeste, que formaba el reino suevo, y algunas comarcas vascas.

Iban a ser los problemas de índole religiosa los que, suscitados en el seno de la propia familia del rey visigodo, pusieran más gravemente en peligro la obra unificadora llevada a cabo por Leovigildo. Su hijo Hermenegildo, que como ya se ha indicado antes había sido nombrado gobernador de la provincia bética, casó en el año 579 con una princesa franca, y en consecuencia católica, llamada Ingundis, hija de Sigberto I y de Brunequilda, siendo por tanto nieta por vía materna, de Atanagildo.

Era frecuente en los enlaces entre miembros de la realeza visigoda y franca que las princesas visigodas abjuraran de su religión, la arriana, para aceptar la de sus esposos francos, es decir, la católica, pero las princesas francas casadas con visigodos no solían someterse a abjurar de la religión católica para aceptar la arriana de sus maridos. Y en este caso, Ingundis no sólo no iba a aceptar la religión arriana, sino que iba a atraer a su marido a la religión católica. Efectivamente, ya en su viaje hacia España, la princesa franca fue advertida por el obispo de la ciudad visigoda de Agde, Fronimíus, de las presiones que sobre ella se ejercerían para que cambiase de religión, y la conminó a que se resistiera a ello y a que, además, convirtiera al catolicismo a su marido. La madrastra de su esposo, Gosuinda, empezó pronto la labor encaminada a arrastrar a la esposa del futuro rey hacia el arrianismo, recurriendo, en vista de su obstinada resistencia, a métodos violentos que no consiguieron nada. Quizá lo único que consiguieron estas violencias fue exacerbar el espíritu católico de la princesa franca que empezó a influir en el ánimo de su esposo para que se hiciera católico en cuanto se trasladó a Sevilla con éste, por haber sido nombrado, como ya se ha dicho, gobernador de la provincia bética. Su labor se veía facilitada porque en la ciudad, muy romanizada, la religión católica era, con mucho, la más predominante, y así porque un monje de la misma que, si aún no era obispo de la ciudad lo fue más tarde, San Leandro (hermano de San Isidoro) se mostró un eficaz colaborador de Ingundis en la tarea de convertir al catolicismo al futuro rey visigodo. Al principio éste se mostró reacio al cambio de religión. Pero al cabo de un tiempo, Hermenegildo se convertía a la religión de San Leandro, bautizándose y tomando el nombre de Juan, que nunca utilizaría. Los motivos que le impulsaron a ello no están claros; serán expuestos a la hora de plantear la problemática de esta rebelión así como cuando se haga referencia a los roces suscitados por la dualidad de religiones existente entonces en el reino visigodo (la arriana para los visigodos y la católica para los hispanorromanos). En todo caso, baste por ahora señalar el hecho de que los móviles políticos no debieron estar ausentes en esta conversión.

Ante la situación creada por la conversión al catolicismo de su hijo, el rey visigodo adoptó una postura conciliadora. Intentó llegar a un acuerdo pacífico con su hijo, pero éste no sólo había cambiado de religión, sino que, tomando ello por excusa, se había levantado contra la autoridad del padre en una provincia de vieja raigambre católica, romana y, sobre todo, enemiga del poder central de Toledo. De esta forma, aprovechó un motivo religioso para recoger las viejas aspiraciones políticas de la región al frente de la cual se hallaba y tratar de suplantar la autoridad de su padre.

Para asegurar sus ambiciones, el neófito Juan, es decir, Hermenegildo, no dudó en apelar al auxilio de los bizantinos que, como se recordará, desde su asiento en el sudeste de la Península, constituían el mayor peligro para la unidad de España; les prometió, según parece, diversas plazas a él sometidas, a cambio de su ayuda en la lucha que sostenía contra su padre. Hermenegildo se hizo proclamar rey. Después pasó a ocupar gran parte de la provincia lusitánica (incluida su capital, Mérida) y ciudades muy importantes de la provincia bética que, como Córdoba, no se habían sumado a la rebelión. A fin de comprometer a su padre, Hermenegildo entró en tratos con los suevos, con la intención de que éstos atacasen a aquél por el noroeste y le impidieran concentrar sus fuerzas contra su hijo rebelde.

Gracias a todo ello, éste pudo llegar a hacerse con el control de gran parte del reino, especialmente cuando, en el año 581, Leovigildo tuvo que acudir con sus fuerzas hacia el norte, donde había estallado la guerra contra los vascos; pero, aun así, nunca llegó a amenazar seriamente Toledo. En el año 582, el rey visigodo había conjurado el peligro vasco, el cual nunca llegó a revestir auténtica gravedad, pues, por extensas que fuesen las zonas a las que llegó a afectar, era evidente que los primitivos habitantes de las montañas vascas no sabrían organizar la resistencia de las zonas por ellos ocupadas. En ese mismo año fundaba Leovigildo la ciudad de Victoriacum (probablemente Vitoria), en pleno territorio de los vascos, para conmemorar su victoria, así como para tener bajo control, en adelante, a esa región.

Nave central de San Juan de Baños (según Camps)

Sin pérdida de tiempo, también en el mismo año 582, el rey visigodo descendió nada el sur y se dirigió contra las comarcas que se habían sumado a la rebelión de su hijo. Tomó Mérida, la capital de la provincia lusitánica (donde acuñó, para celebrar el acontecimiento, una serie de monedas).

Al año siguiente, Leovigildo, después de derrotar al rey suevo Miro que, en cumplimiento de lo pactado con Hermenegildo acudía en socorro de éste, puso sitio a Sevilla, donde se hallaba su hijo y la esposa de éste. Comenzó el sitio de la ciudad con la toma de Osset (San Juan de Aznalfarache, en la orilla del Guadalquivir opuesta a aquella en que se asienta Sevilla). Durante el invierno correspondiente a los años 583-584 las fuerzas de Leovigildo ocuparon Itálica y otros pueblos cercanos a Sevilla, que también fue bloqueada por la parte del río. Por último, el rey visigodo consiguió privar a su hijo del apoyo de los bizantinos, a los que apartó del conflicto entregándoles más de treinta mil sueldos de oro. Privado de ayuda, Hermenegildo no pudo evitar que las tropas de su padre tomasen al asalto la ciudad de Sevilla en junio o julio del año 583. El consiguió escapar llegando a tierras de los bizantinos, y desde allí intentó continuar la resistencia contra su padre, haciéndole frente en Córdoba (antes había enviado a Bizancio a su mujer —que murió durante el camino— y a su hijo). En febrero del año 584 las tropas de Leovigildo tomaron también Córdoba. Hermenegildo se refugió en una iglesia católica, de la que salió después que su hermano Recaredo lo convenciera para que se entregara al padre de ambos.

Leovigildo no procedió contra el hijo rebelde como solía hacerlo con los que se sublevaban contra él. Se limitó a despojarlo de los distintivos reales de que se había investido y a desterrarlo a Valencia. Las circunstancias en que, un año después, murió, no están claras. Según San Gregorio de Tours y también según el papa Gregorio el Grande, Hermenegildo fue decapitado en Tarragona por el visigodo Sisberto, por órdenes del padre de aquél, en vista de que su hijo se negaba a comulgar según el rito arriano. Sin que esto sea seguro, es evidente que alguna consigna oficial siguió Sisberto, teniendo en cuenta que no fue castigado por su acto.

Las repercusiones internacionales de estos hechos se tradujeron en la invasión de la Septimania por el rey Gontram de Borgoña, en tanto que los otros dos reyes francos (los de Metz y Soissons) se mantenían neutrales. Como en esos momentos Leovigildo estaba combatiendo en el noroeste de la península a los suevos, el encargado de hacer frente a la agresión fue el segundo hijo de éste —y su futuro sucesor— Recaredo, gobernador, como se recordará, de la provincia invadida. Los borgoñones llegaron a tomar Carcasona, donde murió su rey, pero al poco tiempo fueron derrotados, cuando trataban de volver a sus tierras, por las huestes de Recaredo, el cual pasó a la contraofensiva y devastó zonas cercanas a Tolosa, conjurando definitivamente el peligro de una intervención franca.

La actuación de Recaredo al rechazar la invasión franca, aseguraba la unificación política de la península que, en esos momentos, y después de reprimir la sublevación de su hijo Hermenegildo, estaba completando Leovigildo. Este, por entonces, acababa con el reino suevo de la Gallaecia que, desde el siglo V, constituía un islote independiente en la antigua Hispania. A la muerte de Miro, fue proclamado rey de los suevos su hijo Eborico (583-584), el cual, al año siguiente de su proclamación como rey, fue depuesto por un usurpador llamado Andeca (584-585), quien, poco después, fue vencido por el rey visigodo en Braga y Oporto y obligado a entrar, como monje, en un monasterio. Así se transformó el reino suevo en una provincia visigoda.

De esta forma, en vísperas de la muerte de Leovigildo y de la proclamación como rey visigodo de su hijo Recaredo (586-601), la unificación y pacificación de la península eran casi totales: sólo en el sudeste continuarían manteniéndose, durante algunos años aún, los bizantinos. Las tierras del reino suevo y las de los vascos se habían integrado en el reino de Toledo; el peligro franco había sido conjurado. Por lo demás, el mayor peligro que, durante los años anteriores, había sufrido el reino visigodo no había provenido tanto de sus enemigos exteriores como del debilitamiento que, en lo que respecta a la capacidad de resistencia frente a éstos, había provocado la rebelión de Hermenegildo. En cuanto a ésta es evidente que, dejando al margen la motivación que, en un principio, hubiese podido tener desde el punto de vista religioso, las consecuencias fatales que para la unidad política de la península estuvo a punto de tener hizo que los mismos católicos partidarios de un incipiente nacionalismo hispano superador del dualismo romano-visigótico, condenasen esta sublevación o, cuando menos, la silenciasen y se abstuvieran de exaltarla. Ni San Isidoro se refiere a ella (ni habla de la muerte de San Hermenegildo), ni se habló del asunto en el III Concilio de Toledo, cuando, ya canonizado el hijo rebelde de Leovigildo, se aceptó el catolicismo como religión oficial en toda España.

La guerra civil pudo haber tenido unos inicios que permitirían calificarla como un conflicto religioso; pero es evidente que, junto a Hermenegildo, habían luchado muchos visigodos arrianos enemigos de Leovigildo, en tanto que éste había contado con el apoyo de muchos hispanorromanos católicos pero partidarios del incipiente nacionalismo hispano que no perdonaban a Hermenegildo, por más que luego ingresase en el martirologio católico, el que con su sublevación hubiese expuesto a España a los peligros de la intervención extranjera, por más católica que ésta fuera.

Ello demostraba que, a finales del siglo VI, más concretamente del reinado de Leovigildo, el mayor problema que podía debilitar la unidad de la península era el religioso. Ello era tanto más de lamentar si se tiene en cuenta que Leovigildo, a pesar de haber mostrado tanto acierto y energía en otros aspectos de su política, había fracasado lamentablemente en su política religiosa; fracaso que había estado a punto de costarle, con la sublevación de su hijo, el trono y, al reino, su unidad. En este sentido, Leovigildo se había limitado a dictar unas medidas que facilitasen la conversión de la inmensa mayoría de la población de la península (romana y católica) a la religión de la minoría visigoda. El fracaso había sido total; quizá escarmentado por la rebelión de su hijo, en los últimos momentos de su vida recomendó a su otro hijo y sucesor, Recaredo, que intentase la unificación religiosa del país por la vía de la conversión de la minoría arriana a la religión de la mayoría romana y católica. Este va a ser el principal cometido de Recaredo, como veremos en el próximo capítulo: el de acompañar a la unificación política del país, conseguida casi totalmente por su padre, la unificación religiosa.



11               Recaredo y la unificación religiosa.

El III Concilio de Toledo

En una fecha comprendida entre el 13 de abril y el 8 de mayo del año 586, Recaredo, muerto su padre, era proclamado único rey de los godos, pues, como se recordará, desde hacía bastante tiempo había sido asociado, junto a su hermano, a la corona, a fin de facilitarle la sucesión, habida cuenta de las dificultades que en este sentido planteaba la falta de una ley sucesoria. Su reinado iba a durar hasta el año 601, y durante el mismo, se iba a conseguir, como ya se indicaba en el capítulo anterior, la ansiada unificación religiosa del país, gracias a la cual éste iba a adquirir la suficiente fortaleza como para acabar, no mucho tiempo después, con los bizantinos que aún continuaban en el sudeste de España, así como para no temer, en adelante, a las hasta entonces peligrosas incursiones francas. La política religiosa de Recaredo ha sido sin duda, y muy justificadamente, la que más ha caracterizado a su reinado. Sin embargo, a la hora de hacer un estudio global de éste será conveniente tener en cuenta otros aspectos importantes del mismo, estén o no ligados a la cuestión religiosa, como son la política llevada a cabo con respecto al peligro franco así como la relativa a la represión del nacionalismo godo, dolido por la conversión del rey.

Parece, como se desprende de un documento redactado al efecto, que Recaredo se convirtió al catolicismo hacia febrero del año 587, manteniéndose la conversión en secreto. Quizá el rey se había atrevido a dar este paso siguiendo los consejos que, poco antes de morir, le diera su padre. Si se decidió a ello en virtud de la influencia que sobre su espíritu ejerció el obispo de Sevilla, San Leandro (que, como se vio, fue el que había ejercido un peso decisivo en la conversión de San Hermenegildo), si lo hizo impresionado por la muerte de su hermano o si, simplemente, lo hizo porque creyó que de esta forma se evitaría, en el futuro, problemas de tipo religioso, es algo difícil de determinar. Sea como fuere, Recaredo no se atrevió a hacer inmediatamente pública su conversión, y antes de anunciarla decidió calcular el impacto que la noticia produciría entre la opinión arriaría y entre la católica, intentando que las diferencias que separaban a ambas religiones se fuesen acortando o que, al menos, se fuese creando un ambiente de mutua tolerancia. A fin de conseguir esto, convocó una reunión de obispos arríanos, a los que animó para que, en una próxima reunión, discutiesen, conjuntamente con los obispos católicos, los puntos dogmáticos que los separaban en un clima lo menos intransigente posible.

Esta segunda reunión se llevó a cabo, en efecto, y durante ella el rey pareció mostrarse, aun sin confesar abiertamente su abjuración de la religión arriana, partidario de la postura de los católicos. Su posición durante esta segunda reunión disgustó profundamente a los sectores más intransigentes del clero arriano y de la vieja nobleza goda. Viendo el cariz que tomaban las cosas, Recaredo comprendió que si perdía el apoyo de las fuerzas godas más tradicionalistas y reaccionarias debía, para compensar esta pérdida, ganarse el del clero hispanorromano que, aunque halagado por el espíritu abierto del monarca en materia religiosa, dudaba aún de sus intenciones.

El rey decidió entonces poner las cartas boca arriba lo más rápidamente posible, pues si ello representaba un peligro indudable, el continuar en una situación ambigua podría decirse que era auténticamente suicida, teniendo en cuenta los pocos reparos que la vieja nobleza goda tenía en eliminar a un rey y sustituirlo por otro. Recaredo reunió inmediatamente una asamblea de obispos católicos y ante ella, manifestó estar convencido de que la verdad estaba en el catolicismo, empezando a devolver a la Iglesia Católica los bienes y templos que en años anteriores le habían sido confiscados por el Estado o transformados en templos arrianos, entre ellos la iglesia de Santa María de Toledo; para no dejar lugar a dudas, decidió, igualmente, ordenar la ejecución de Sisberto, el verdugo de San Hermenegildo.

Para consagrar de forma clara y definitiva su toma de postura en materia religiosa, el 8 de mayo del año 589 se reunió el III Concilio de Toledo (de la Iglesia Católica, por supuesto), en el que anunció públicamente su conversión, que confesó haber realizado a continuación de la muerte de su padre. Escribió personalmente una declaración en la que anatematizaba la doctrina arriana, reconociendo como válida la católica, tal y como se había establecido en los Concilios de Nicea, Constantinopla, Efeso y Calcedonia. El documento era firmado también por la reina, llamada Baddo. Recaredo escribió al Papa informándole de su conversión; éste le contestó (cuatro años más tarde, pues por una serie de circunstancias el escrito de Recaredo tardó en llegar a Roma) manifestándole su alegría por su conversión.

Muchos nobles y obispos arríanos declararon su aceptación —más o menos libre y sincera según los casos— de la religión católica. Igual hicieron la mayor parte de los suevos que, como se recordará, habían abandonado el arrianismo hacía muchos años, pero que habían sido obligados a aceptar el clero arriano de nuevo por el padre de Recaredo cuando incorporó toda la Gallaecia, donde se asentaba el reino suevo, al reino visigodo. A tal efecto, suscribieron un escrito que, en sus veintitrés artículos, condenaba la religión arriana y, más concretamente, las afirmaciones y conclusiones a que había llegado el Concilio arriano reunido por Leovigildo en el año 580 (y que entonces casi todos ellos habían aceptado).

En el III Concilio de Toledo se redactaron varios cánones de disciplina eclesiástica, tendentes casi todos ellos a divulgar entre los godos las conclusiones por el que su autoridad aseguraría el cumplimiento de las decisiones de la asamblea. Por último, pronunciaron sendos discursos Recaredo y el metropolitano de Sevilla, San Leandro, en los que se tuvo buen cuidado de no hacer alusión al martirio de San Hermenegildo, pues era evidente que, a pesar de haber entrado éste en el santoral católico, había puesto en peligro con su acción la unidad del reino visigodo, así como que el mismo Recaredo, en aquella ocasión, había tomado parte activa en la captura de su hermano mártir.

En adelante, gracias a lo establecido en el III Concilio de Toledo, la Iglesia Católica jugaría un papel en la vida del Estado visigodo muy superior al que había desempeñado la arriana, hasta el punto de que se permitiría legislar sobre multitud de materias que escapaban al ámbito meramente eclesiástico, aprovechándose del edicto promulgado por Recaredo en virtud del cual el poder real apoyaría el cumplimiento de las decisiones conciliares, estableciendo determinadas penas, muy duras en general, para los infractores de las mismas: confiscación de la mitad de los bienes para los nobles y de la totalidad de los bienes y destierro para las demás personas.

Los obispos arrianos que aceptaron la religión católica, pero no rebautizados según el rito católico, siguieron al frente de sus diócesis, si bien, en la mayoría de los casos, se puso junto a ellos a un obispo católico de siempre a fin de que fiscalizase su actuación. A partir del año 633 se prohibió ya la posibilidad de que fueran obispos los clérigos bautizados siendo arrianos.

En otro capítulo se examinará con cierto detenimiento el papel que en la vida política del Estado visigodo jugaron los concilios de la Iglesia Católica (cuya periodicidad se estableció en el III de Toledo). No obstante, conviene ver aquí la problemática que planteó la conversión masiva de nobles y religiosos arríanos. Según Abadal —autor que estudió detenidamente el tema—, el III Concilio de Toledo supuso «la integración en el Estado visigodo de la comunidad hispanorromana, especialmente representada por la jerarquía eclesiástica, y la Iglesia Católica quedó reconocida como autoridad religiosa y moral que podía dictar las normas éticas de la actuación del poder público [7] . Teniendo en cuenta el peso que tenía la población hispanorromana en el conjunto de la población total de la España de la época, parece que sería más lógico decir que fue el Estado visigodo el que se convirtió en un instrumento de la población romana, superior por su cultura, por su economía y por su capacidad para organizar y hacer funcionar el Estado.

Cuando, en el siglo V, los godos llegaron a la Península, se limitaron a llenar el vacío de poder dejado por el colapso del Imperio de Occidente; pero un grupo relativamente escaso de bárbaros —por más romanizados que estuviesen— no podían vivir al margen del país real: con funcionarios romanos hacían funcionar la administración, y vivían del trabajo de la mayoría —inmensa mayoría— hispanorromana En estas condiciones, el poder político que suponía la comunidad goda no tenía más remedio que, a más o menos largo plazo, acabar reconociendo de derecho lo que constituía un hecho: la superestructura política de la sociedad romana del Bajo Imperio en España, tal como lo había sido el Imperio de Occidente. Por ello, puede resultar equívoco que, cuando el Estado visigodo aceptó la religión romana, consiguió integrar en su seno a la sociedad hispanorromana; más bien hay que afirmar que ésta se integró a aquél. Ello era una necesidad histórica. De ahí el éxito de la conversión, que, rápidamente, se extendió a la mayoría de la nobleza y clero arriano, es decir, a los que nueve años antes aún anatematizaban a su nueva religión, es decir, al catolicismo, que ahora aceptaban por convicción propia o, lo más probable, por reconocimiento de que no cabía ir contra la fuerza del hecho de que la sociedad romana era la que constituía el país real. Ciertamente no faltaron godos intransigentes que pretendieran ir contra corriente, bajo la apariencia de un falso puritanismo arriano, en un anacrónico intento de mantener su status de clase dominante al margen del poder real de la sociedad hispanorromana.

Ya durante el reinado de Recaredo, algunos godos intransigentes intentaron acabar con Recaredo por lo que de claudicación tenía su política religiosa frente a los romanos. No escatimó medios el soberano para acabar con estos intentos, ya fuese por la autenticidad de su conversión o por lo que de desacato tenían a la autoridad real. Ya antes de la reunión del III Concilio de Toledo, un tal Sunna, obispo arriano de Mérida, encabezó una rebelión de godos (en la que, no obstante, se hallaban involucrados numerosos romanos desafectos al poder central, por más católico que éste fuese); la rebelión fue aplastada y Sunna obligado a exiliarse, si bien uno de sus colaboradores, y auténtica alma de la sedición, Segga, no tuvo tanta suerte, sino que sufrió el destierro... previa amputación de manos. Otras dos sublevaciones contra la nueva fe del Estado, encabezadas por la viuda de Atanagildo y por el obispo arriano Uldila una, y por varios godos de la Septimania y el obispo arriano Athaloc la otra, fueron igualmente desbaratadas. Ya después de celebrado el III Concilio de Toledo, una cuarta revuelta, dirigida por el noble godo Argimundo, trató de destronar a Recaredo, tanto por el hecho de que era el rey, como por el de que era católico; el complot fracasó y Argimundo sufrió la infamante pena, entre los visigodos, de la decalvación, y además, a fin de que en el futuro tuviese problemas para encabezar otra revuelta, con la cabellera se le cortó la mano derecha. Con estas duras medidas represivas se acabaron, por el momento, las protestas arrianas, comenzándose la quema de los libros contrarios al credo católico y la expulsión de todo cargo oficial de los godos que aún no se habían convertido.

En cuanto a la política exterior llevada a cabo por Recaredo, el objeto central de la misma fue la de repeler las incursiones francas, que, habida cuenta de la política religiosa del rey, ya no pudieron camuflar sus motivos expansionistas bajo un ropaje religioso. Como se recordará, Leovigildo tuvo que sufrir los ataques del rey Gontram de Borgoña, continuándose éstos cuando Recaredo fue proclamado rey, por más que éste tratase de llegar a un acuerdo con él similar a los que le garantizaban el pacifismo de los otros dos reyes francos (Childeberto y Chilperico), sobre la base de su conversión; los emisarios enviados a tal efecto ni siquiera fueron recibidos por el rey borgoñón que, en el mismo año en que se estaba celebrando el III Concilio de Toledo (589), rompió las hostilidades y comenzó la invasión de la Septimania. Para hacerle frente, Recaredo envió un ejército al mando del gobernador (dux) de Lusitania, Claudio, que a orillas del río Aude consiguió una aplastante victoria sobre los francos invasores mandados por un caudillo llamado Boso: los visigodos mataron a 5.000 francos e hicieron prisioneros a otros 2.000. Este fracaso fue tan rotundo que quitó las ganas a los francos, durante más de cuarenta años, de volver a intentar nada contra el reino visigodo. Por lo demás, en la política exterior de Recaredo hay que anotar alguna esporádica intervención contra los vascos y contra los bizantinos, llevadas a cabo antes de su muerte, acaecida en el año 601.



12     Los sucesores de Recaredo y la expulsión de los bizantinos de España

En diciembre del año 601 Recaredo era sucedido por su hijo Liuva (601-603), cuya madre no era la reina Baddo. Como se recordará, no existía ninguna ley que estableciese que al padre debía suceder, en el trono, el hijo; al contrario, la tradición goda disponía que el cargo real era electivo entre todos los nobles (por más que, como ya se ha visto, en muchos casos un rey era sucedido, como tal, por su hijo).

Ello dio pie a que, con esta excusa, un noble encabezase una revuelta contra el rey —apoyada por los sectores arríanos y más tradicionalistas del pueblo godo— que consiguió la deposición de éste, cuando apenas habían pasado dieciocho meses de su proclamación. Efectivamente, en el año 603, Viterico —tal era el nombre del jefe de los rebeldes— era proclamado rey. Para evitar que el hijo de Recaredo pudiese recuperar el trono, apoyado por el clero y la nobleza católica, le amputó la mano derecha y, no contento con esto, poco después le mandó ejecutar.

Viterico (603-610) no ha sido muy agraciado por la historiografía, principalmente porque ésta ha sido escrita por católicos, no conformes con su política proarriana. Hay que aclarar, no obstante, que de su política religiosa no se sabe casi nada; los cronistas católicos (habida cuenta de que todos lo eran, no cabe esperar testimonios favorables a Viterico) la han criticado siempre por su supuesta tendencia a volver al arrianismo, ya fuese por propia convicción o por presión de los sectores de la nobleza que le habían ayudado a tomar el poder. Sin embargo, nunca han podido aducir, en apoyo de lo que dicen, ninguna disposición real que estuviese dirigida contra la religión católica; en consecuencia, parece que su supuesto proarrianismo se limitó al hecho de no dispensar un apoyo tan declarado como en tiempos de Recaredo a la Iglesia Católica.

Por lo que a su política exterior se refiere, Viterico realizó serios esfuerzos por expulsar a los bizantinos de la Península y por poner bajo control al territorio de los vascos, pero no consiguió ni una cosa ni otra. En este sentido sus éxitos se limitaron a la toma de la plaza de Gisgonza (Sagontia), en poder, hasta entonces, de los bizantinos.

En otro orden de cosas, Viterico intentó casar a su hija Ermenberga con Teodorico II de Borgoña, a fin de evitar en el futuro las peligrosas incursiones de los borgoñones por la Septimania; las negociaciones, en este sentido, concluyeron con un rotundo fracaso, y Viterico estuvo a punto de lanzar contra el rey de Borgoña a los otros dos reyes francos y al rey lombardo de Italia; sin embargo, a última hora la coalición se deshizo.

Ya fuese por su poco efectiva política exterior, o ya por el disgusto de la nobleza procatólica ante su política religiosa, la cuestión es que Viterico fue asesinado en el curso de un banquete, en abril del año 610. Los cronistas católicos vieron en ello —o quisieron hacer ver a los demás— el justo castigo por la forma como Viterico se había hecho con el poder, sin reparar ellos en que el regicidio fue una de las formas más usuales de sucesión en el trono. Con referencia a esto, San Isidoro escribirá en su crónica que «quien a hierro mata a hierro muere», sin echar luego en cara a otros reyes más favorables a la Iglesia Católica el que hubiesen conseguido el poder de la misma forma.

Los conjurados eligieron por rey a Gundemaro (610-612), que durante el reinado de Viterico, y como gobernador de la Septimania ya se había caracterizado por el trato de favor que dispensaba a las personas enemistades con el rey. Con respecto a su antecesor, mostró un vivo interés por los asuntos de la Iglesia. Reunió en Toledo un Concilio provincial en el que se debatió el problema referente a cuál de los obispos de la provincia cartaginense debería ser el metropolitano de la misma. Hasta entonces lo había sido el de Cartagena, pero el hecho de que esta ciudad estuviese bajo el poder de los bizantinos hacía que el de Toledo resultase más adecuado para el cargo. El 23 de octubre del año 610, el de la proclamación de Gundemaro como rey, el Concilio decidió, y el rey apoyó tal decisión, la primacía de Toledo.

Al margen de estos problemas internos, Gundemaro llevó a cabo, en el mismo año 610, una expedición punitiva contra los vascos, por haberse éstos sublevado y asolado, en sus correrías, parte del valle del Ebro. Al año siguiente llevó a cabo una campaña contra los bizantinos.

Por lo demás, este rey tomó parte muy activa en los problemas internos de los reyes francos. Efectivamente, fue avisado por el gobernador de la Septimania, Bulgar, de que el rey de Borgoña pretendía enfrentar a la tribu oriental de los avaros contra el rey Teudeberto II de Austrasia, viejo aliado —a pesar de ser franco— de los visigodos, y Gundemaro se dispuso a concluir una alianza con su aliado amenazado, para socorrerle si fuese preciso. De todas formas, y para no verse obligado a usar de la violencia en defensa de Teudeberto, el rey visigodo envió dos emisarios al rey de Borgoña para hacerle desistir de sus proyectos con respecto a los salvajes avaros. Habiendo sido éstos detenidos por el rey borgoñón, así como otros representantes de Gundemaro que se hallaban en la corte de aquél, Gundemaro ocupó las plazas de luviniacum y Cornelianum y las devolvió a cambio de la libertad de sus súbditos detenidos. Parece que gracias a ello se consiguió la devolución de éstos poco antes de la muerte del rey visigodo, acaecida a comienzos del año 612 (hacia febrero o marzo).

A Gundemaro sucedió Sisebuto (612-621), elegido por una asamblea de nobles godos. Su reinado se caracterizó por la intensa labor en el orden religioso interno, donde destacaban las medidas antisemitas. En el orden externo consiguió exterminar casi totalmente a los bizantinos del sudeste de España.

A pesar de que su antecesor había dejado pacificado el norte de la Península, Sisebuto tuvo que hacer frente, apenas proclamado rey, a una sublevación de vascos y cántabros: en el año 613 redujo al pueblo de los rucones, habitantes de las montañas de Asturias y se dirigió luego contra los vascos. No obstante, la campaña no pudo ser concluida por el empeño del rey en trasladarse al sudeste para acabar de una vez por todas con el peligro bizantino.

Gracias a una serie de incursiones llevadas a cabo a lo largo de los años 614 y 615, los bizantinos estuvieron a punto de ser exterminados. Según parece, al menos por lo que dice San Isidoro al respecto, fueron los piadosos sentimientos del rey los que le impulsaron a no dar cima a su obra. Perdonó la vida a numerosos bizantinos y no prosiguió el ataque contra los pocos que aún estaban en su poder. Quizá influyó en ello la carta que envió el gobernador bizantino, Caesarius, al rey visigodo recordándole los horrores y miserias de la guerra, a la vez que liberaba, como prueba de buena voluntad, a la mayor parte de los prisioneros visigodos que tenía en su poder, entre ellos el obispo de Montiel, llamado Caecilius. Gracias a ello se mantendría aún durante unos pocos años el enclave bizantino, el cual sobrevivió a las campañas de Sisebuto. Pero es evidente que es a este rey al que se ha de atribuir el mérito de haber expulsado a los bizantinos de la península, ya que, tras su reinado, la presencia de éstos en España fue sólo nominal, y los pocos que quedaron carecían de fuerza para amenazar al Estado visigodo o, al menos, para mantenerse en sus posiciones indefinidamente.

Fue grande el interés que se tomó Sisebuto por los asuntos de la Iglesia. Durante su reinado se celebraron varios sínodos provinciales y se interesó mucho por el desarrollo de los mismos, así como por la labor que, a diario, realizaba el clero. En numerosas ocasiones se dirigió personalmente por escrito a obispos o abades para indicarles lo que, a su juicio, había de poco aconsejable en su actuación. Por ello, en el año 614, encontró tiempo para escribir al obispo de Tarragona para indicarle que no creía oportuna... su excesiva afición al teatro.

Su celo religioso o, quizá, su afán por mantener la unidad religiosa del país, que tanto había costado alcanzar, o ambas cosas a la vez, le impulsaron a tomar una serie de medidas. En este sentido siguió la política que iniciaba Recaredo contra los judíos. Parece que las medidas antisemitas adoptadas por este último rey no habían sido aplicadas por sus sucesores, lo cual impulsó a Sisebuto a promulgar una nueva legislación al respecto, que actualizaba lo que al respecto legisló Recaredo y permitía evitar que el proselitismo de los judíos hiciese abandonar a algunos la religión católica. Efectivamente, la serie de medidas adoptadas no tuvieron por objeto tanto la conversión de los judíos como el deseo de evitar que éstos propagasen su religión.

Hacia marzo o abril del año 612 se publicó una ley en virtud de la cual ningún judío podría tener esclavos cristianos; el fin que perseguía no era tanto el de empobrecer a los judíos como el de impedir que éstos atrajesen a su religión a las personas a ellos sometidas. Antes del mes de julio de ese año, los hebreos deberían haber vendido sus siervos (y los bienes de éstos si los tuvieran) a cristianos que vivieran en un lugar próximo al de residencia del esclavo, a fin de evitar trastornos a ambos y para evitar que los esclavos fuesen vendidos en África o Francia a otros judíos. También contempló esta ley la posibilidad de que el judío se limitara a manumitir al siervo, que, de esta forma, se transformaba en ciudadano romano. Los negocios simulados (es decir, las ventas simuladas que permitiesen al vendedor hebreo continuar siendo el propietario efectivo del esclavo) serían severamente castigadas. A todo judío que, después del uno de julio del año 612 se le descubriese un esclavo, le serían confiscadas la mitad de sus propiedades, dándose la libertad a éste. Por otra parte, Sisebuto puso de nuevo en vigor una ley que databa de tiempos de Alarico II, por la cual se ejecutaría a todo judío que convirtiese a su religión a otra persona, y sus bienes pasarían a engrosar los del fisco. Igualmente, estableció que los hijos de matrimonios mixtos serían considerados como católicos y obligados a observar, en consecuencia, la conducía religiosa correspondiente.

Parece que, además, Sisebuto, llevado de su celo católico, facilitó masivas conversiones, según San Isidoro, a partir del cuarto año de su reinado, es decir, a partir del 616. Esta postura violenta no fue compartida por el clero, aunque no se opuso, de momento, a ella. Sería en el IV Concilio de Toledo, en el año 633, ya muerto Sisebuto, cuando se criticó a fondo, por parte de San Isidoro entre otros, aquella violenta política religiosa contra los hebreos.

La obra literaria de Sisebuto es la más importante que haya realizado ningún rey bárbaro; aunque de ella se tratará más adelante, no estará de más consignar que sus escritos, a primera vista literarios o hagiográficos, no estuvieron exentos de un fondo, hasta cierto punto, propagandístico con respecto a su política. Así, en su Vida de San Desiderio, el hecho de que este santo, cuya figura idealiza, fuese ejecutado por orden del rey borgoñón Teuderico -—tradicional enemigo de los visigodos— le permite presentar a los ojos del lector, a éste como a un tirano.

En febrero del año 621 murió Sisebuto, siendo sustituido, como rey de los visigodos, por uno de sus generales, Suintila, tras el breve reinado del hijo de aquél, Recaredo II, que, según San Isidoro, no reinó más que tres meses, al cabo de los cuales murió de muerte natural.


13               La evolución política hasta mediados del siglo VII

Suintila (621-631) inició su reinado con una campaña contra los vascos que, habiendo asolado extensas regiones de la provincia tarraconense, trataban de mantenerse en algunas de las zonas por ellos saqueadas. El nuevo monarca —que, como se recordará, ya se había distinguido como general de su predecesor Sisebuto en la represión de los rucones y otros pueblos de las montañas asturianas— supo reprimir con energía la incursión de los vascos. Habiendo capturado a gran número de ellos, les obligó a construir, en su propio territorio, la fortaleza de Ologicus, de emplazamiento desconocido (pero que podría ser la Olite actual), que, en adelante, serviría —o al menos eso se perseguía— para evitar nuevas incursiones. Peco después, hacia el año 624, Suintila acabó, por medio de una batalla campal en la que capturó a dos patricios, con la presencia bizantina en España. Aunque ésta era insignificante desde los tiempos de Sisebuto, este hecho dio pie a que San Isidoro, en su crónica Historia de los Godos pusiese de relieve, tal vez para adular al rey, que él fue «el primero que obtuvo la Monarquía de toda España» [8] . Este rey, como ya habían hecho otros también, a fin de evitar problemas sucesorios, asoció al trono a su hijo Ricimiro.

Una serie de nobles descontentos con su gobierno, aún no se sabe por qué, encabezaron en el año 631 una rebelión que, contando con el apoyo del ejército del rey franco Dagoberto de Neustria, consiguió destronar a Suintila; después de que los rebeldes y sus aliados extranjeros consiguiesen ocupar Zaragoza y ante la imposibilidad del rey de encontrar apoyo entre sus leales, pues hasta su mismo hermano, Geila, se había pasado a los sediciosos. Los motivos de la rebelión no parecen estar claros.

Una vez destronado Suintila, San Isidoro, a fin de congraciarse con los vencedores, escribió una nueva versión de su Historia de los Godos en la que suprimía sus alabanzas a Suintila por su caridad y buen gobierno; igualmente, a lo largo de las sesiones del IV Concilio de Toledo, no dudó en criticar la política del rey que, cuando estaba en el poder, había aprobado totalmente. Un prestigioso autor, como García de Valdeavellano [9] , desorientado por e] giro copernicano que el santo de Sevilla dio a su crítica del reinado de Suintila, habla de un posible cambio radical en su forma de actuar a fines de su reinado que le granjearía el odio de muchos. En todo caso, no hay que descartar también la posibilidad de que la distinta enjuiciación que de la actuación de Suintila hizo San Isidoro, antes y después del destronamiento de aquél, respondiese además al deseo de estar a buenas con el que en cada momento ocupaba el poder. De todas formas a la nobleza goda no le hacían falta razones muy sólidas para animarse a destronar a un rey para sustituirlo por otro. Un cronista franco llamado Fregedario, no hace referencia al hecho de que, a fines de su reinado, Suintila hubiese perdido el carácter caritativo para con los pobres que caracterizó los primeros años del mismo, pero sí hace referencia a un progresivo endurecimiento del poder real con respecto a la nobleza goda; quizá fuese eso lo que Impulso a ésta a derrocarle.

Hebilla visigoda en forma de águila (según Argües)

La asamblea de nobles vencedores proclamó rey, el 26 de marzo del año 631, a Sisenando (631-636), mostrándose relativamente benevolente con el rey destronado: se limitó a desterrarle y a confiscar sus bienes, así como a eliminar a sus hijos de cualquier cargo oficial. Iguales medidas se tomaron contra el hermano de Suintila, Geila, que también había participado en la sedición, quizá por haberse descubierto que pretendía utilizar el movimiento en su propio beneficio.

El reinado de Sisenando no es muy conocido habida cuenta de que la Historia de los Godos de San Isidoro no llega hasta él y, por otra parte, el escritor que la continuó hasta el año 754 no la recomienza hasta el año 657. Por ello, la mayor parte de la información que poseemos sobre este reinado procede de las actas del IV Concilio de Toledo, en el que se trató con mucha frecuencia de cuestiones políticas.

La primera labor del nuevo rey fue conseguir que los francos que le habían encumbrado abandonasen, a ser posible por las buenas, el país, ya que aún permanecían en él; como recurrir a la violencia para conseguir este objetivo era algo muy difícil y peligroso, pues igual que le habían ayudado podían los francos volverse contra él, prefirió hacer un esfuerzo económico y, con la liquidación de los bienes confiscados al anterior rey y a sus partidarios posiblemente, consiguió reunir unos 200.000 sueldos de oro, con los que los francos se contentaron a cambio de su evacuación de los territorios que aún controlaban.

El resto del reinado de Sisenando se vio marcado por el afán de establecer, con el apoyo moral de la Iglesia, unas leyes que imposibilitasen la deposición violenta de los reyes, es decir, que no permitiesen usar los medios que él había usado para alcanzar el poder. A tal efecto, el rey intentó reunir en el año 632 un concilio en Toledo; sin embargo, parece que en aquellos momentos la celebración de éste fue imposible por haber estallado una rebelión en el sur de la península con la intención de derrocar al rey; esta rebelión, de la que apenas se sabe nada parece que estaba encabezada por un tal Iudila, como se deduce de las monedas acuñadas por los rebeldes en Granada y Mérida. No obstante, su existencia parece segura por varios hechos. En primer lugar, porque algo impidió la reunión del concilio cuando el rey lo pretendía; en segundo lugar porque una sublevación dirigida contra él debió ser la causa de que Sisenando hiciese tanto hincapié a lo largo de sus sesiones para que, en lo sucesivo, se castigase severamente todo intento de rebelión contra el rey; no cabe duda de que no habría tenido tanto interés en esto si la última rebelión contra el poder real hubiese sido la que provocó la caída de Suintila y le encumbró a él.

Por otra parte, parece que los rebeldes debieron ponerse en contacto con los bizantinos para conseguir la ayuda de éstos, ya que luego, a lo largo del concilio, cuando, al fin, éste pudo celebrarse, se intentó que en sus conclusiones se castigase particularmente las sublevaciones contra el poder real que contasen con el apoyo de extranjeros (aunque eso fuese, ni más ni menos, lo que había hecho el propio Sisenando). Por último, lo único que cabe decir con respecto a esta sublevación, y esto sí que es seguro, es que fracasó, pues a fines del año 633 el rey pudo reunir el IV Concilio de Toledo, cuyas sesiones inauguró el mismo Sisenando en la basílica toledana de Santa Leocadia el 5 de diciembre del año 633.

Las conclusiones a que en él se llegaron fueron de variada índole. Se aprobaron veintinueve cánones sobre disciplina y administración de la Iglesia. Pero, sin duda, los que más trascendencia tuvieron fueron los referentes a los judíos y, sobre todo, el canon setenta y cinco, referente a cuestiones relativas a la sucesión real y represión de movimientos sediciosos. Con respecto a los hebreos, los diez cánones aprobados en el IV Concilio de Toledo tendieron a poner al día, y en su caso a dulcificar, las medidas antisemitas adoptadas por Recaredo y Sisebuto. En este sentido, se desaprobaron las conversiones forzosas, que durante el reinado de este último rey habían sido relativamente frecuentes; se mantenía, no obstante, la prohibición de que los judíos desempeñasen cargos públicos, ya que se temía que, aprovechando la fuerza que éstos les prestasen, intentarían realizar proselitismo entre las masas. Con respecto a la posesión, por parte de hebreos, de esclavos cristianos, se reformaban las disposiciones de Sisebuto al respecto en la medida en que se actualizaba la pena de perderlos, pero no la de sufrir, además, la pena de confiscación de bienes. Como antes, se prohibieron los matrimonios mixtos, y se condenó a los cónyuges católicos de los matrimonios mixtos existentes (lo que prueba el frecuente incumplimiento de estas disposiciones, pues de hecho, matrimonios mixtos se habían venido contrayendo a pesar de la legislación que los prohibía) a que abandonasen al otro cónyuge, llevándose a los hijos, si los hubiere, sí aquél no se avenía a aceptar la religión católica. Del cumplimiento de todas estas disposiciones se hacía responsables a los gobernadores romanos, pues, con respecto a la ley visigoda, los judíos figuraban como ciudadanos hispanorromanos. Especialmente se insistía en que si un judío convertido al cristianismo mantenía relaciones con sus antiguos hermanos de fe, éstos serían vendidos por el Estado, como esclavos, a cualquier católico, en tanto que el convertido sería públicamente azotado. Se esperaba así conseguir que los judíos conversos no pudiesen mantener contactos con los que aún no habían abrazado el catolicismo, evitándose así que se corriese el peligro de que volviesen a su antigua fe. También se estableció que los obispos y demás autoridades que no pusieran el necesario celo en el control del exacto cumplimiento de estas disposiciones serían excomulgados. Parece que con ello se pretendía evitar el trato de favor que, ilegalmente, muchas autoridades prestaban a los judíos, a causa de la potencia económica de éstos, y que les permitía evitar el cumplimiento de las disposiciones que con respecto a ellos se promulgaban.

El canon setenta y cinco de los aprobados por este concilio fue el que mayor trascendencia revistió desde el punto de vista político, pues en él se reguló la forma de sucesión real y la represión a los movimientos que tuviesen por objeto el derrocamiento del rey. Efectivamente, se estableció que la persona que debería desempeñar el poder real sería, en lo sucesivo, designada por una asamblea de obispos y nobles godos. De esta forma se excluían, a sensu contrario, aquellas personas que pudiesen estar apoyadas por provinciales hispanorromanos (cosa que, por lo demás, no parecía del todo inoportuna, ya que durante esos años se registró algún conato de levantamiento por parte de algún aspirante de origen romano a la realeza); también quedaba, en consecuencia, descartada la posibilidad de que al padre le sucediera el hijo, siempre y cuando éste no fuese elegido por la asamblea correspondiente.

Durante este IV Concilio de Toledo se hizo pronunciar, por tres veces consecutivas, a los obispos asistentes al mismo los terribles anatemas que se lanzaban, según lo acordado en el mismo, contra los que tratasen de conseguir el poder real por la violencia. Paradójicamente, a continuación, los obispos criticaron la actuación de Suintila, el rey últimamente depuesto, en tanto que reconocían a Sisenando, que perseguía con la promulgación de estos cánones evitar que nadie hiciese con él lo que él había hecho con el desdichado Suintila. Se establecía también en el canon setenta y cinco el deber de los súbditos de prestar juramento de fidelidad al rey, si bien no se reglamentaba la forma en que éste debería realizarse.

En conjunto puede decirse que, por lo que a la vida política se refiere, el IV Concilio de Toledo tuvo por objeto conseguir, con el apoyo moral de la Iglesia, una mayor estabilidad de la institución monárquica. Sisenando murió, de muerte natural, el 12 de marzo del año 636; pero el tiempo se encargaría de demostrar que las amenazas lanzadas por la Iglesia no bastarían para cambiar las ancestrales y violentas costumbres de la nobleza visigoda a la hora de sustituir violentamente a unos reyes por otros, por lo que, en el futuro, no todos los monarcas visigodos tuvieron, a pesar de las disposiciones del IV Concilio de Toledo, la misma suerte que Sisenando.

Chintila (636-639) sucedió a Sisenando, sin que hoy pueda saberse si fue elegido por una asamblea de la nobleza goda y del clero católico, tal como establecían los acuerdos del IV Concilio de Toledo, o si llegó a ser rey por otros caminos y contando con el apoyo de otros medios. Muy poco se sabe de su reinado, aparte de lo que se dijo a lo largo de las sesiones de los Concilios V y VI de Toledo, por él convocados.

Efectivamente, el 30 de junio del año 636, cuando no llevaría más de tres meses como rey, Chintila reunió en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo el V Concilio de la Iglesia española celebrado en esa ciudad. Parece ser que el objeto que el rey perseguía con ello era el que el clero se reafirmase en las conclusiones a que se llegó en el IV Concilio, en lo referente a las penas, de orden material y moral, que serían impuestas a los que intentasen derrocar al rey. De ello se deduce que, por entonces, alguna rebelión debía estar en marcha, o en gestación; en todo caso, el hecho de que el rey reuniese con ese objeto a los sectores más influyentes del clero español demuestra que no se sentía demasiado seguro. Corrobora esta suposición el hecho de que a lo largo de las sesiones del V Concilio se esforzase en que se promulgasen medidas tendentes a asegurar los bienes y vidas de los familiares y fideles del rey caído.

No pasaron más de dieciocho meses desde que el rey clausuró las sesiones del V Concilio de Toledo, cuando Chintila ya estaba reuniendo el sexto, cuya primera sesión se celebró el 9 de enero del año 638, sin más objeto que volviesen a insistir sobre las graves consecuencias que tendría una sublevación que tuviese por objeto deponer al rey. Es lástima que no se sepa más sobre este reinado porque, a juzgar con la frecuencia con que Chintila recurrió al apoyo del clero para asegurar su posición, parece que distó mucho de ser tranquilo. El hecho de que al V Concilio no acudiesen los obispos de la Septimania parece hacer suponer que, al menos cuando aquél se reunió, esta región estuviese revuelta o, quizá, acosada por los francos; otro hecho ilustrativo al respecto es que hasta la fecha no se han descubierto monedas acuñadas, en la época de Chintila, en esa región, de lo que se puede deducir que algunos de los movimientos sediciosos que estallaron durante el reinado ocurrieron en esa zona.

Poco después Chintila era sucedido por su hijo Tulga (639-642) a quien, al margen de lo dispuesto en el IV Concilio de Toledo y en los siguientes por él mismo convocados, había nombrado sucesor. Esta designación no fue del agrado de extensos sectores de la nobleza goda, que veían burlado su derecho a la elección; en el año 642 una sublevación, a pesar de todos los anatemas lanzados por los últimos concilios contra los rebeldes del rey, deponía a Tulga, al que se obligaba a ingresar en el clero, lo que le excluía en el futuro, según la ley —que dicho sea de paso, no tenía, como se ve, gran fuerza vinculante—, de recuperar el poder real. En lugar de Tulga se proclamó como rey al octogenario Chindasvinto (642-653).

Parece que el movimiento que llevó al poder, en abril del año 642, a Chindasvinto estaba apoyado por gran parte de la nobleza goda, pues gran número de sus miembros se reunieron en Pampalica (ciudad de ubicación no identificada, posiblemente cerca de Burgos), donde se originó el movimiento subversivo. No obstante, Chindasvinto había vivido lo suficiente como para tomar clara conciencia de lo poco seguro que estaba como rey de los visigodos, por más apoyos que se tuviera y por más anatemas que la Iglesia Católica lanzara contra los sediciosos.

En consecuencia, decidió llevar a cabo una labor de depuración de la nobleza visigoda que le permitiese ver el futuro con una cierta tranquilidad. Sus ochenta años le habían permitido conocer el curriculum vitae de todos aquellos posibles elementos levantiscos. Decidido a acabar con ellos, ejecutó a no menos de setecientas personas (nobles o funcionarios vinculados a éstos) como medida preventiva, envió al destierro a muchas más, y confiscó los bienes de unas y otras, con los cuales recompensó a sus sicarios. No sin razón, pensó por la tendencia levantisca de la nobleza goda, que estas medidas serían mucho más convenientes para su seguridad que apelar de nuevo a la autoridad moral de la Iglesia Católica. Por ello, a diferencia de sus predecesores, no tuvo ninguna prisa en convocar un nuevo concilio de Toledo. Promulgó, eso sí, en el segundo año de su reinado, una ley que le permitía proceder, apoyándose en el derecho que él mismo creaba, contra todos aquellos que hubiesen atentado contra el poder real, con apoyo de fuerzas extranjeras, desde el reinado de Chintila; y contra todos los que hubiesen atentado contra el poder real, sin el apoyo extranjero, desde comienzos de su propio reinado. Porque si los efectos de esta ley, al referirse a los que participaron en movimientos sediciosos sin ayuda de los extranjeros, los hacía retroactivos hasta los tiempos de Chintila, resultaría que él mismo resultaba culpable por su participación en el derrocamiento de Tulga.

Poco después, en fecha no conocida en la actualidad, se sabe que obligó a la nobleza y a muchos miembros del pueblo a prestarle juramento de fidelidad. Como la aplicación de las leyes por él promulgadas contra los movimientos sediciosos pasados presentes y hasta futuros daba lugar, en la práctica, a numerosas acusaciones falsas, Chindasvinto promulgó otra ley en virtud de la cual el que levantase falso testimonio en perjuicio de otra persona sería entregado a ésta para que le aplicase la pena correspondiente al delito que aquélla le imputaba.

Como se ve, Chindasvinto supo crearse una serie de disposiciones legales que, aplicadas en la práctica con unas increíbles dosis de dureza, le permitieron sentirse lo suficientemente seguro como para no tener necesidad de convocar un concilio en que la Iglesia lanzara dudosas condenas morales contra los que conspirasen contra el poder real. No obstante, en el año 646 sí se decidió a reunir el VII Concilio de Toledo, cuyo objeto fue, simplemente, el dar una sensación de orden moral a las leyes promulgadas por el rey para prevenir y reprimir los movimientos sediciosos. También versaron los acuerdos de este concilio sobre la forma en que, a los miembros del clero, afectarían aquéllas y se establecieron las penas que impondrían a los religiosos que prestaran auxilio moral o material a los rebeldes contra el rey.

Por último, hay que señalar cómo Chindasvinto estuvo a punto de promulgar un nuevo código de justicia —concebido ya quizá bajo el principio de territorialidad— que renovase el de Leovigildo que, como ya se dijo, hoy es desconocido. No obstante, la muerte le impidió llevar adelante este proyecto, que se plasmó en una realidad durante el reinado de su hijo.

Recesvinto (653-672), hijo y sucesor de Chindasvinto, había sido asociado al trono el veinte de enero del año 649, para poder, según se dijo, auxiliar a su anciano padre en sus obligaciones militares, que ya no podía cumplir a causa de su avanzada edad. Apenas asociado al trono tuvo que hacer frente a una sublevación contra su padre y él, encabezada por un tal Froya que, ayudado por los vascos y por numerosos miembros de la nobleza goda, llegó a dominar gran parte del valle del Ebro, puso sitio a Zaragoza, consiguiendo resistir esta ciudad gracias al ánimo de su obispo llamado Tajón. Al fin llegó Recesvinto y los rebeldes fueron derrotados, siendo Froya muerto.

Poco después, el 30 de septiembre del año 653, moría Chindasvinto, y Recesvinto quedaba como único rey de los visigodos. Ya fuese por su carácter bondadoso o simplemente porque se vio sometido a menos peligros que su padre, el nuevo rey decidió mitigar el rigor de las medidas represivas de aquél. A tal efecto reunió el 16 de diciembre del año 653, en las iglesias de San Pedro y San Pablo de Toledo, el VIII Concilio de la Iglesia española que hubo en dicha ciudad. A lo largo de sus sesiones el rey trató de llegar a la conclusión de que el juramento de nobles y clérigos para castigar los intentos de sublevación, según había establecido su padre, pudiera ser sustituido por otro. Según este juramento aquellas autoridades se comprometerían a hacer lo preciso para evitar las rebeliones contra el poder real, pero no a castigar, con el rigor que establecían las anteriores leyes, a los que en ellas hubiesen participado una vez hubiera fracasado el movimiento sedicioso. Se partía de la base de que el juramento dado al rey de reprimir los movimientos sediciosos podía ser alterado si esto se hacía por cuestiones de misericordia para los participantes en sublevaciones fracasadas. Durante el resto de su reinado, se reunieron de nuevo en Toledo dos concilios (el noveno y el décimo) en los años 655 y 656 respectivamente El primero de ellos fue de carácter provincial y el segundo de carácter nacional, pero no se trató en ellos cuestiones de especial interés, salvo las referentes a la labor legislativa que por entonces realizaba el monarca, así como las referentes al hecho de que muchos clérigos no aplicaban las medidas que, en anteriores disposiciones, sé habían establecido contra el proselitismo de los judíos.

No cabe duda de que el aspecto más importante del reinado de Recesvinto fue él correspondiente a su actividad legislativa. Ya se ha indicado antes cómo en tiempos de su padre, se trabajó en un proyecto de cuerpo legal que sustituyera al de Leovigildo, hoy desconocido, aplicable para los visigodos, y al Breviario de Alarico que, como se recordará, era aplicable sólo para los hispanorromanos. El nuevo cuerpo legal tendría carácter territorial al ser aplicable para visigodos y romanos, es decir, para todos los que viviesen en las tierras del reino visigodo. Parece que se empezó a trabajar en el nuevo código hacia el año 650 o 651, siendo promulgado en el año 654. Su contenido está compuesto por 500 leyes agrupadas, en función de la materia sobre la que versan, en doce libros (siguiendo el ejemplo dado, en este sentido, por la labor legislativa justiniana). De estas leyes, unas provienen del código de Leovigildo, en cuyo caso van precedidas de la palabra antiqua o de las palabras antiqua emendata si, proviniendo de aquel cuerpo legal (o incluso de otros anteriores, como el Código de Eurico) fueron posteriormente reformadas. Las que no llevan indicación ninguna proceden de los reinados de Chindasvinto o del propio Recesvinto por lo general y, en todo caso, de épocas posteriores al reinado de Leovigildo. Como ya se ha indicado, la importancia que tuvo la promulgación de este código difícilmente puede ser sobrevalorada, en la medida en que supuso, al fin, la unificación jurídica de la península. Así informada de un concepto territorial y no personalista del Derecho, sería aplicada a todos los habitantes del reino visigodo, fuesen visigodos o romanos, y desaparecería la dualidad de jurisdicciones hasta entonces existente. La promulgación del código de Recesvinto excluía la aplicación, en el futuro, de más leyes que las contenidas en él y deberían remitirse al rey, por los jueces, todas las causas que fueran difícil juzgar con arreglo al articulado del código. Se hacía especial hincapié en la prohibición de aplicar cualquier ley no incluida en el mismo:

«Que no se atienda por los jueces ninguna causa no regulada en las leyes.»

«Ningún juez pretenda entender en una causa no contenida en las leves [se entiende las contenidas en el código de Recesvinto], sino que el conde de la ciudad o el juez, bien personalmente, bien por un agente suyo, cuiden de presentar ambas partes al príncipe [rey], a fin de que el asunto sea resuelto más fácilmente, y la potestad regia vea de qué manera la cuestión planteada deba insertarse en las leyes» [10] .

Como se ve, el código de Recesvinto, más conocido con el nombre de Líber Iudiciorum, es decir, libro de los jueces, se transformaba en la única legislación aplicable en España para todos sus habitantes, al margen de cualquier otra.

De los últimos años del reinado de Recesvinto poco se sabe, pues las actas del X Concilio de Toledo constituyen casi la última información que al respecto se posee, por lo que son muchos los años que nos son desconocidos, ya que aquél se celebró en el año 656 y la muerte del rey acaeció en el año 672. Sólo se sabe que, a lo largo de las sesiones de un concilio, de carácter provincial, celebrado en Mérida en el año 666, se hicieron rogativas por la victoria del rey, de lo que se deduce que debía estar en guerra con alguien.


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[7] Citado por GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L.: Curso de Historia de las Instituciones españolas, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1968, pág. 199.

[8] GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L.: Historia de España, V. I, pág. 302.

[9] GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L.: Historia de España, I, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1968, pág. 302.

[10] «LÍBER IUDICIORUM», lib. II, tit. 7, ley 13 Antiqua. 105