Quinta Parte

LA RELIGIÓN EL ARTE Y LA CULTURA

25               La Iglesia romana y el problema arriano.

Los concilios de Toledo y su trascendencia política

El papel que la Iglesia —tanto la romana como la arriana— jugó en la vida sociopolítíca del Estado visigodo difícilmente puede ser sobrevalorado, pues no sólo tuvo la exclusiva dirección de la vida espiritual del país en sus manos, sino que, además, el peso específico que tuvo en los medios políticos fue enorme. En otro capítulo veremos cómo también en el campo cultural su labor fue trascendental, convirtiéndose en la salvadora de muchos de los valores del saber antiguo.

El establecimiento de los visigodos en España planteó un grave problema religioso si se tiene en cuenta que éstos, aunque cristianos, profesaban el arrianismo y no la religión católica. Ello era debido a que, en el siglo IV, cuando se hallaban en los Balcanes, habían sido convertidos al cristianismo por misioneros arríanos; la diferencia esencial que separaba al clero arriano —llamado así por haber sido su fundador un obispo de Alejandría, muerto en el año 336, cuyo nombre era el de Arrio— del católico estribaba en el hecho de que mientras aquél consideraba que el Padre y el Hijo no eran consubstanciales —y, por tanto, Cristo no era Dios—, éste sí. El arrianismo había sido condenado en el Concilio de Nicea del año 325, con lo cual la tesis de Arrio pasaba a situarse en el campo de la heterodoxia; a pesar de ello, gran parte del clero oriental lo aceptó y en su actividad misional entre los pueblos bárbaros de los Balcanes —paganos por entonces— difundió la idea de la no consubstancialidad del Padre con el Hijo que fue aceptada por aquéllos con el ardor del neófito.

Entre estos pueblos se encontraba el visigodo que, cuando tras su largo peregrinar por las tierras del Imperio romano, se estableció en las Galias y en la Península Ibérica, se encontró con que la religión de la población provincial romana era la católica. Ello provocó ciertos conflictos si bien los reyes visigodos supieron, en general y dejando al margen a Leovigildo, sobrellevar el problema mediante una tolerante política con respecto a la Iglesia romana. Dos motivos les impulsaban a ello. Por un lado su concepción eminentemente personalista del Derecho y de la religión en virtud de la cual la religión debía ser algo uniforme para cada pueblo, pero no para un determinado ámbito territorial. En segundo lugar, los visigodos, como ya se ha visto en Otro capítulo, no constituían más del cinco por ciento de la población total de España; en consecuencia, hubiera resultado ilógico y hasta peligroso forzar a la mayoría a aceptar el credo religioso de la minoría, por más dirigente que ésta fuera.

Detrás de las luchas que los visigodos mantuvieron, dentro y fuera de España, por cuestión de su religión, es evidente que algo se escondía. Efectivamente, sería ilógico pensar que el pueblo godo fuese tantas veces a la lucha por un credo religioso basado en un problema teológico que la inmensa mayoría de sus miembros —analfabetos casi todos— no entendían; pensar que los visigodos (y más concretamente un sector de ellos que, con el tiempo, se individualizaría claramente) iban a enfrentarse con francos, bizantinos e hispanorromanos simplemente por defender la idea de la no consubstancialidad del Padre y del Hijo —idea que, repetimos, casi ninguno de ellos entendía—, es absurdo. El problema del arrianismo hay que plantearlo en función de que el credo arriano era el que, en el plano religioso, representaba al más exacerbado nacionalismo godo y antirromano. Por ello, fue el sector más reaccionario de la nobleza visigoda el soporte más firme que tuvo el credo religioso basado en las elucubraciones teológicas de Arrio. Así, cuando el tradicionalismo godo luchaba por la no consubstancialidad del Padre y del Hijo, en el fondo estaba luchando por el mantenimiento de formas de vida antirromanas, por el mantenimiento de un modo de vida (basado en el nomadismo y en el pillaje) al que debía su potencia económica, es decir, la potencia económica de las familias nobles que mantenían ese nacionalismo godo.

Cuando la dinámica socioeconómica de la España de los tiempos siguientes a la caída del Imperio hizo que la mayor parte de la nobleza visigoda se integrase en la sociedad hispanorromana no es extraño que fuese un rey visigodo, Recaredo, el que se encargase de declarar a la Iglesia romana como la oficial de España. Como era de esperar, sólo se opusieron a tal medida los sectores de la nobleza goda que aún no habían conseguido mezclarse con la nobleza hispanorromana —ya fuese de una forma directa o no— y que, en consecuencia, trataban, anacrónicamente, de mantener unas formas de vida de las que sacaban su potencia económica y que se traducían, en el plano político, por un acentuado nacionalismo godo y antirromano y, en el plano religioso, por su defensa del arrianismo.

Desde la conversión de Recaredo, la Iglesia romana adquirió gran importancia en el seno del Estado visigodo; esta importancia, no se derivaba exclusivamente de la influencia moral que sobre la población tenía aquélla, sino también de su influencia política. Esta influencia política, causa y consecuencia a la vez del poderío económico del clero romano, se debía a la presencia de numerosos miembros del clero en el Aula Regia, que, de esta forma, tomaban parte en los debates en que se exponían los puntos de vista de las distintas fuerzas sociales con respecto a cada asunto y que, lógicamente, determinaban la decisión que, con respecto a los mismos, adoptaba el rey y que, por otra parte, no podía ir contra los intereses de las fuerzas «reales» del país, que en último término eran las que habían encumbrado al soberano.

El otro gran medio de influencia política de la Iglesia romana en la España visigoda fue la celebración de los Concilios de Toledo. Fueron asambleas que reunían en la capital del reino a representantes del clero de todo el país, si bien algunos tuvieron un carácter meramente provincial. Estas asambleas eran, a la vez, organismos consultivos, legislativos y judiciales, ya que en el seno de ellas no sólo se debatían problemas que tenía planteados la Iglesia romana sino que también se promulgaban disposiciones legales que en el futuro deberían regular su actuación y, por último, se juzgaban conductas delictuosas llevadas a cabo por religiosos.

La trascendencia política de los Concilios de Toledo, que en principio eran asambleas meramente religiosas, estribó en el hecho de que con frecuencia los soberanos visigodos solicitaron de estas asambleas la aprobación de determinadas conductas polí­ticas a fin de que éstas se viesen respaldadas por el apoyo moral (que en el fondo implicaba el apoyo ma­terial) de la Iglesia. Por ello, los monarcas asistieron con tanta frecuencia al desarrollo de las sesiones de los Concilios (al menos al desarrollo de las sesiones en que se iban a tratar asuntos de su incumbencia). Fue muy frecuente que reyes que habían alcanzado el poder de forma ilegal reuniesen un Concilio para que se le reconociese el derecho al trono y, a la vez, estableciese todo tipo de penas de orden material y espiritual para aquel que quisiera hacer con él lo que él mismo había hecho con su predecesor en el trono.

En general, cuando el rey convocaba el Concilio, una vez que se reunían los miembros del clero representantes de las distintas diócesis en el templo de Toledo que al efecto se determinaba, entraba el rey acompañado de su séquito y, acto seguido, leía el mensaje real (denominado thomus regias) en el que se hacía referencia a los principales problemas a tratar a lo largo de las sesiones del Concilio. A continuación comenzaban las deliberaciones, que eran presididas por el metropolitano más antiguo (aunque, con el tiempo, se tendió a que las deliberaciones fueran presididas por el metropolitano de Toledo, fuere o no el más antiguo de los presentes); primero se trataban los asuntos meramente religiosos y después los que tenían trascendencia política. Los acuerdos que por fin se tomaban solían revestir la forma de decretos conciliares y eran confirmados por el rey so pena de nulidad.


26               La cultura en la España visigótica,

San Isidoro y el saber antiguo.

La vida cultural de la España visigótica careció, en líneas generales, de originalidad y profundidad; puede decirse que fue el último exponente de la cultura clásica. Ello no es extraño si se tiene en cuenta las condiciones objetivas en que se vio obligada a desarrollarse: si la crisis del siglo III ya había hecho que la cultura del mundo romano descendiese con respecto a las metas alcanzadas años antes, es lógico que el desorden originado por la penetración de pueblos germánicos en el Imperio agravase este proceso. Ya hemos visto cómo las características fundamentales de la vida de la España visigoda estuvieron en función, generalmente, de la ruina de la vida económica y de la más o menos completa desaparición de la vida urbana. Harto sabido es que son los medios urbanos y las épocas de auge económico los lugares y los momentos en que con más facilidad florece la cultura en todos sus aspectos, y, desde luego, estas condiciones no se daban en la Hispania de los siglos siguientes a la caída del Imperio de Occidente; en consecuencia no es de extrañar que la cultura de la España visigoda —como la de los otros reinos— no destacase precisamente por su brillantez a pesar de que llegó a producir las figuras más importantes en su tiempo en el aspecto cultural.

La penetración de los pueblos germánicos en la Península había acabado o, en todo caso, había dañado seriamente los centros que aún quedaban de cultura clásica. El historiador Paulo Orosio (discípulo de San Agustín, con el que había estado en Hipona en los años 413 y 414) se había visto obligado a huir ante los invasores; el poeta Merobaudes, que vivió en la Bética a mediados del siglo V, fue el último cultivador de la poesía clásica propiamente dicha. Pero en medio de todos estos avatares, algún autor supo hacer la historia de los acontecimientos del momento: concretamente el cronista Idacio (¿395-470?), que fue obispo de Aquae Flaviae (Chaves, en Galicia), dejó escrita una Historia de España, que abarca el lapso de tiempo comprendido entre el año 379 y el 468 y que constituye la mejor fuente para el estudio de las invasiones en España. En aquellas circunstancias, la cultura se refugió en las iglesias y monasterios ya que el clero fue el único estamento social que continuó manteniendo cierto interés por la cultura clásica y por su enseñanza.

Por ello no es extraño que fuesen abades y obispos las máximas figuras de la vida cultural de la época. Ya en el siglo VI destacan, entre otros, San Martín de Braga [18] , autor de obras sobre las costumbres de su tiempo como la titulada De correctione rusticorum, de obras filosóficas como Formula vitae honestae, De ira, De paupertate, etc.; Juan de Biclara, obispo de Gerona, escribió una crónica sobre la evolución política entre los años 567 y 590; a San Leandro, obispo de Sevilla, desde el año 578, se deben —aparte de la labor educadora de su hermano, San Isidoro, del que luego hablaremos— obras tan importantes como la titulada Libro de la institución de las vírgenes y del desprecio del mundo así como la organización en aquella ciudad de una escuela en que se impartía la enseñanza de las siete artes de la educación clásica: Gramática, Retórica y Dialéctica (trivium), y Aritmética, Geometría, Música y Astronomía (quadrivium).

Fue en este ambiente de renacer cultural, debido, sin duda, a la relativa pacificación de la vida que siguió al fin de las invasiones y, en consecuencia, al ligero renacer económico y urbano que por entonces se experimentó, donde hay que enmarcar la obra de las grandes figuras de la cultura de la España visigoda. El «renacer» cultural del siglo VII llegó a dar sus frutas incluso en la corte: el mismo rey Sisebuto (612-621) fue autor de una interesante correspondencia con el gobernador bizantino de España y con la reina de los lombardos, en la que, con frecuencia, trata sobre temas teológicos y morales; cultivó, igualmente, la hagiografía, escribiendo una Vida de San Desiderio.

Pero, sin duda, la cultura de la España visigoda tuvo su más alto exponente en la obra de San Isidoro de Sevilla. (560-636), sucesor, en la sede episco­pal de esta ciudad, de su hermano San Leandro. No aportó nada nuevo a la cultura clásica pero, eso sí, su obra sirvió para transmitir a las generaciones futuras y salvar del olvido las obras más importantes de aquélla. Sus trabajos estuvieron basados en un saber enciclopédico; en su biblioteca figuraron libros de Teología (de autores como Orígenes, Tertuliano, San Agustín, San Gregorio Magno, etc.), de Filosofía (Aristóteles, Platón, Séneca, etc.), de Gramática y Retórica (Cicerón, Quintiliano), de Historia (Salustio, Tito Livio, San Jerónimo, Orosio, Idacio), de Derecho (Ulpiano, Paulo, autores de las compilaciones justinianas), de Arquitectura (Vitruvio), de Ciencias (Hesíodo, Demócrito, Plinio, Varrón, Columela), etc. Su polifacética formación le permitió escribir obras sobre los temas más dispares: teológicas {Del orden de las criaturas, Libri Sententiarum, De fidei catholica contra iudeos, Soliloquios), históricas (Liber de viris illustribus, Cronicon, Historia Gothorum, que alcanza hasta el año 627, etc.), científicas (De natura rerurn, dedicada al rey Sisebuto, que trata sobre Física y Cosmografía). Pero su obra cumbre fue, sin duda, la constituida por sus Etimologías, en la que recogió lo más importante del saber antiguo. Efectivamente, en esta obra se encuentran, extractados y clasificados, los conocimientos más importantes que en la Antigüedad se habían tenido sobre las siete artes liberales, sobre la Historia, Ciencias Naturales, Filosofía, Cosmografía, Física, Literatura, costumbres, etc. Las Etimologías fueron el principal vehículo para el conocimiento, en la Edad Media, del saber antiguo.

Digno de hacer notar es el nacionalismo hispano que se aprecia en las obras históricas de San Isidoro. Concretamente, su Historia de los Godos se inicia con un canto entusiasta a su patria {De laude Spaniae): el autor de las Etimologías se interesa por el saber clásico, pero se sabe hombre de otra época y, por tanto, no siente la misma afición por la forma política del mundo romano, es decir, por el Imperio; sino que se siente vinculado a España como tal, como parte diferenciada de otras regiones que, en el pa­sado, habían sido partes de un todo unificado.

La influencia cultural que ejerció la Sevilla de San Leandro y de San Isidoro halló eco en otras ciudades de la Península, especialmente en Zaragoza y en Toledo. En la primera, su obispo Braulio (585-646) completó la obra de San Isidoro y le dio su estructura definitiva, dividida en veinte libros; en Toledo, el metropolitano de la ciudad, San Ildefonso (607-667), discípulo del autor de las Etimologías, propagó los conocimientos contenidos en esta obra; en adelante, ambas ciudades se convirtieron en importantes focos divulgadores de la cultura clásica tal como la expuso el santo sevillano. Así, San Braulio, además de completar las Etimologías isidorianas, escribió una obra hagiográfica titulada Vida de San Millán (Vita Sancti Emiliani), y su sucesor en la sede episcopal de Zaragoza, el abad Tajón, fue el autor de unos Libri Sen­tentiarum que versaban, completándola, sobre el mismo tema que la obra isidoriana del mismo título. En Toledo, especialmente en las escuelas de la Iglesia Mayor y del monasterio de Algali, floreció la cultura en la segunda mitad del siglo VII. Figuras máximas de este florecimiento fueron los dos obispos metropolitanos llamados Eugenio: uno, formado en la escuela del monasterio de Algali, destacó en el estudio de la Astronomía; el segundo, que sucedió al anterior en el año 646, formado en la otra gran escuela toledana, destacó por su obra poética que culmina en su Lamento por la llegada de la vejez en que se rompe con la unidad métrica de la poesía clásica. Ya se ha hecho referencia al sucesor de éste en la sede toledana, en el año 649, San Ildefonso, autor de obras teológicas como De perpetua virginitate beatae Mariae, y De cognitione baptismi.

Otra gran figura de la cultura visigótica de] siglo VII es el diácono, de nombre desconocido, de la basílica de Santa Eulalia de Mérida, autor de varias obras hagiográficas referidas a diversos santos obispos de la ciudad (Vitae Patrum Emeritensium). Tam­bién son dignos de mención, en este sentido, el noble godo de Gallaecia, San Fructuoso, amigo del rey Recesvinto, San Valerio del Bierzo, autor de una biografía del santo anterior. Por último, en el crepúsculo del renacer cultural que caracterizó a la España del siglo VII hay que mencionar al metropolitano de Toledo, San Julián, que ocupó la sede de la ciudad entre los años 680 y 690, ya que fue el historiador de la rebelión contra el rey Wamba (672-680) del duque Paulo.

Por lo que respecta a la ubicación social de aquéllas personas que, en la España visigótica, fueron las que se dedicaron al estudio y enseñanza de la cultura clásica, ya se ha dicho que el clero romano, por supuesto, fue el que monopolizó, casi en exclusiva, la práctica de tales actividades. Como era de esperar, los guerreros visigodos, cuyo nivel cultural era mínimo y que a su llegada a España en muchos casos ni sabían hablar el latín con soltura, no fueron los protagonistas del relativo renacer cultural del siglo VII que, repetimos, fue obra de hispanorromanos, en general miembros del clero regular o secular, ya que, tras la caída del Imperio de Occidente (e incluso bastante antes), la cultura se refugió en las escuelas monacales y episcopales. Ciertamente, con la progresiva mezcla de ambas razas y la desaparición, más o menos completa, de la vinculación a los miembros de cada una de determinadas funciones sociales, muchos miembros de la comunidad goda accedieron a la cultura como, por ejemplo, el mismo rey Sisebuto, o San Fructuoso; pero ello fue efecto, sobre todo, de la romanización del pueblo godo; no cabe, en consecuencia, negar el carácter romano de la cultura de la España visigoda.

El lenguaje utilizado en las obras en que se plasmó el renacer cultural de la España visigoda fue, evidentemente, el latín, concretamente el latín del Bajo Imperio. No obstante, el lenguaje hablado por el pueblo empezaba a ser algo distinto del latín: empezaban a surgir las lenguas romances por evolución de aquél, sin que quepa ver en esta evolución el impacto de la lengua visigoda sobre la lengua de los romances [19] , García de Valdeavellano, en su Historia de origen visigodo, son muy pocas y no pueden hacer pensar en que la lengua de los invasores (que, no hay torre de defensa), guardián (de wardja), guerra (de la población, y, precisamente, la parte más inculta), alterase profundamente la de los hispanorromanos. Entre las palabras de origen visigodo, de las lenguas romances, García de Valdeavellano, en su Historia de España, cita las siguientes: burgo (de burgas, o torre de defensa), guardián (de wardja), guerra (de werra), escanciar (de skanja), ropa (de raupa), etc. Para concluir con esta breve visión de la cultura en la España visigoda, no estará de más poner de relieve cómo los valores de la cultura clásica pasaron a la España de aquel tiempo como elementos propios de otra civilización, que se aceptaban por ser ésta considerada como superior y, en todo caso, como más próxima a la de los hispanorromanos que a la de los germanos invasores, pero que, evidentemente, no ha­brían podido jamás ser generados por la sociedad hispanogoda. Los valores humanos y antropocéntricos de la cultura clásica correspondían a la época de auge económico y de «libertad intelectual» del mundo mediterráneo; pero las condiciones socioeconómicas del Bajo Imperio —y con más razón las de la España visigoda— no eran las adecuadas para que continuaran germinando valores de este tipo: se aceptó la cultura clásica por considerarla superior, pero no se renovó como tal.


27               El arte visigodo. Origen e influencia

A la hora de estudiar el arte visigodo conviene hacer algunas precisiones terminológicas. Es algo corriente denominar «arte visigodo» al arte que, en sus distintos aspectos, se desarrolló en la España visigoda. Pero la expresión «arte visigodo», por más utilizada que sea, no deja de ser, hasta cierto punto, impropia, ya que en la génesis de las formas artísticas que alcanzaron su desarrollo en la España de fines del siglo V y durante las dos centurias siguientes, los visigodos tuvieron muy poco que ver. Fueron los hispanorromanos los que, partiendo de los modelos del Bajo Imperio, de influencias exteriores (especialmente bizantinas) y de las necesidades causadas por las condiciones objetivas de la época, crearon el arte de la sociedad hispanogoda.

No es preciso hacer hincapié en que el abismo cultural que separaba a las tribus godas que en el siglo IV empezaron a ponerse en contacto con el mundo romano de la sociedad bajoimperial hizo que las influencias artísticas de éstas sobre aquéllas fuesen muy importantes, en tanto que las influencias inversas fuesen prácticamente nulas. Así, cuando los visigodos entraron en la Península Ibérica a comienzos del siglo V, su largo peregrinar por las tierras del Imperio les había puesto en contacto con los modelos artísticos de éste; pero, por lo que se refiere a su arte original germánico, sus aportaciones al arte español fueron mínimas. Las únicas muestras de unas ideas estéticas propias, al margen de la influencia romana, se reducían, por aquel entonces, a las representadas por la decoración de algunas armas, por joyas, broches, hebillas, etc.; no nos debe extrañar si se tiene en cuenta que el carácter nómada y primitivo de la sociedad goda hacía que las manifestaciones artísticas de ésta fuesen muy rudimentarias. Al carecer de una arquitectura, de una pintura, de una escultura propias, difícilmente podían los visigodos influir en la arquitectura, pintura y escultura —o en cualquier otra manifestación artística— de los países por los que pasaron o en los que se establecieron definitivamente, es decir, Francia y España.

Por otro lado, la poca —o nula— influencia que los visigodos ejercieron sobre el arte paradójicamente llamado visigótico fue consecuencia, también, del papel jugado por este pueblo en la sociedad española de la época: ya se ha indicado anteriormente cómo, en el conjunto de la sociedad hispanogoda, los visigodos sólo representaron, aproximadamente, un cinco por ciento de la población total y precisamente, no está de más el insistir en ello, el sector más inculto. El hecho de que en la España de los años posteriores a la caída del Imperio los pueblos germánicos invasores detentasen el poder político que había quedado vacante por el colapso del poder imperial, no ha de hacernos olvidar que la clase económicamente dominante fue, como lo había sido antes del año 476 (fecha de la deposición del último emperador de Occidente), la de los latifundistas hispanorromanos, vinculados, en general, a la nobleza senatorial del Bajo Imperio. Fue para los miembros de esta clase para los que continuaron trabajando los artistas, y eso tanto antes como después de la llegada de los visigodos. Sus élites no tardaron en integrarse, por lo que se refiere a modos de vida, recursos económicos, ideas políticas, gustos artísticos, etc., con las capas más altas de la sociedad romana. Todo ello hace innecesario continuar insistiendo sobre los motivos de que los visigodos jugasen poco papel en la génesis y evolución del llamado arte visigodo.

Excluidas las influencias germánicas que hubiesen podido traer los pueblos invasores, el arte que en España se desarrolló desde mediados del siglo V hasta comienzos del siglo VIII fue resultado de la evolución de los modelos oficiales artísticos del Bajo Imperio. Esta evolución se vio matizada por la influencia del desarrollo del cristianismo, por la del arte bizantino y, quizá, por el desarrollo de ideas estéticas indígenas de la Península Ibérica que, en los siglos anteriores, se habían visto ahogadas por el uniformismo artístico que el Imperio imponía. Hasta fines del siglo VI la influencia de los estilos imperiales es aún muy fuerte. Es a partir de fines de esta centuria y de comienzos de la siguiente cuando se empieza a desarrollar de forma ya clara y autónoma un arte, ciertamente relacionado, pero distinto al del Bajo Imperio.

Por lo que a la arquitectura se refiere (especial, mente a la arquitectura religiosa), el Bajo Imperio, desde la difusión ya libre, e incluso oficial, del cristianismo, se caracterizó por la construcción de basílicas de tres naves y atrio o patio exterior. En los siglos posteriores se desarrolla en España la construcción de templos —las iglesias visigodas— caracterizados por ciertos aspectos que dieron un sello especial a la arquitectura visigótica; fueron, entre otros, la utilización de la sillería, con el uso de piedra tallada, la preferencia por el empleo de estructura (planta) en forma de cruz, el uso frecuente del arco de herradura y el gusto por el abovedamiento. Quizá sea el uso del arco de herradura lo que más haya caracterizado a la arquitectura visigótica: con un peralte sobre la línea de su centro que no suele pasar del tercio del radio, su empleo fue sistemático durante el siglo VII; aunque su uso se había ya dado en la arquitectura romana, de forma ocasional, así como en ciertos lugares del Asia Menor, entre los siglos III y VII, África del Norte y algunos lugares del Occidente europeo (Francia e Italia) fue un elemento típico de las iglesias construidas en España durante el siglo VII.

Entre las principales muestras de la arquitectura visigótica de los siglos V y VI, es decir, cuando la influencia de los modelos del Bajo Imperio es aún intensa, hay que destacar, como más importantes, la iglesia de Cabezo del Griego (en la provincia de Cuenca), que data de mediados del siglo V y de la que sólo se tienen noticias por el plano de sus ruinas, realizado en el siglo XVIII; se caracteriza por su ábside en forma de arco de herradura y su planta en forma de cruz. El baptisterio de Gabia (en Granada) construido a comienzos del siglo V. La iglesia y el baptisterio de Alcaracejos, cerca de Córdoba, que data del siglo VI. El puente de Pinos, situado entre Granada y Córdoba, así como restos de templos construidos en aquellas centurias en Córdoba, Toledo y Mérida principalmente y que nos son parcialmente conocidos porque algunos de sus elementos fueron utilizados en la posterior construcción de mezquitas árabes

Los ejemplos más típicos de arquitectura visigoda se construyeron durante el siglo VII cuando, libres ya de la influencia directa de los modelos arquitectónicos del Bajo Imperio, en la España unificada de la época cristaliza un arte original. Hay que destacar, en este sentido, la iglesia consagrada a San Juan Bautista en el año 661, cerca de Baños de Cerrato (Palencia), cuya planta, que se aparta ya de la típica basilical, es de tres naves formadas por arcos de herradura sobre columnas, acabadas, en el testero, en tres ábsides (de los que hoy sólo se conserva el central); los fustes, basas y dos capiteles son clásicos, en tanto que los demás capiteles son visigodos (es decir, toscas imitaciones de los capiteles clásicos). Otro ejemplar interesante de la arquitectura de esta época es la iglesia de Santa Comba de Bande, erigida hacia el año 672, en la que la estructura cruciforme de la planta es ya clara, tendencia que se acentúa en las iglesias de San Pedro de la Mata (Toledo) y, sobre todo, en la de San Pedro de la Nave (Zamora), donde la planta cruciforme alcanza su pleno desarrollo. De fines del siglo VII data la iglesia de Quintanilla de las Viñas (Burgos), de la que sólo se conserva la parte de la cabecera.

Otros restos arquitectónicos del siglo VI son los correspondientes a ciertos elementos de templos que no han llegado a nosotros. Así, se conserva una rica colección de elementos pertenecientes a templos que por entonces se construyeron en Mérida; destacan las pilastras y los pilares aprovechados en la construcción de templos posteriores, donde se aprecia una clara influencia bizantina, debida quizá al hecho de que por entonces hubiesen en Mérida obispos de origen griego.

Corte longitudinal y planta de San Pedro de la Nave (según Camps)

Por lo que a la escultura visigoda se refiere, su desarrollo fue escaso a juzgar por los pocos restos que de ella nos han llegado. Parece que no se desarrolló la escultura de bulto redondo, al menos ningún ejemplo ha llegado hasta hoy. La labor de los escultores de la España visigoda se limitó a la decoración de los templos; particularmente interesantes son, en este sentido, las iglesias de San Pedro de la Nave y de Quintanilla de las Viñas; en la primera de ellas aparecen dos escenas muy interesantes referidas al sacrificio de Isaac y a Daniel con los leones; en la segunda los relieves con ángeles volantes.

Si poco es lo que se sabe de la escultura visigoda, menos es lo que se conoce de la pintura de la época. Dejando aparte el que durante los primeros tiempos de la España visigoda se continuara practicando la costumbre romana de cubrir suelos y paredes con mosaicos, nada sabemos de la pintura visigoda en cuanto a tal (es decir, al margen de la pintura romana continuada en época posterior). El único vestigio que de la misma se conserva es un manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de París denominado Pentateuco Ashburham, en el que aparecen curiosas ilustraciones miniadas, aunque su filiación visigótica tampoco es segura.

La orfebrería alcanzó gran desarrollo en la España visigoda; quizá sea en las artes industriales en las únicas en que se puede rastrear cierto germanismo importado por los pueblos que en la Península se establecieron en el siglo V. La afición de los visigodos por depositar sobre los altares cruces, coronas, candelabros, etc., influyó en este desarrollo de la orfebrería, cuyos ejemplos más logrados son los que forman parte de los denominados «tesoros» de Guarrazar (Toledo) y Torredonjimeno (Jaén), así como de las colecciones de las necrópolis de Castiltierra (Segovia), Carpió del Tajo (Toledo) y Deza (Soria).


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[18] También llamado San Martín Dumiense por haber sido, antes que obispo de Braga, abad del monasterio de Dumio, por él fundado, en Galicia, región que, en gran parte, fue convertida al cristianismo por este monje procedente de Panonia.

[19] Algunos datos curiosos sobre el lenguaje hablado en la España visigoda pueden encontrarse en MENENDEZ PIDAL, Ramón: El idioma español en sus primeros tiempos, Ed. Espasa Calpe, Col. Austral n.» 250, Madrid, 1968, págs. 114 y ss.