El marco político de Hispania durante el Bajo Imperio
El Bajo Imperio en Hispania no puede estudiarse ni comprenderse aisladamente. Hispania, como parte del Imperio Occidental, estaba sometida a las mismas disposiciones que el resto de Occidente y con problemas muy parecidos. Por lo mismo también su destino fue semejante. No obstante, la marginalidad geográfica de Hispania respecto al centro del Imperio (el Mediterráneo había dejado de ser el eje económico y político) hizo que las convulsiones políticas, especialmente duras en Italia y en otras provincias del Imperio durante el siglo IV, tuvieran aquí una menor repercusión hasta los comienzos del siglo V en que se libró la guerra entre los partidarios del emperador Honorio y el usurpador Constantino III, con desastrosas consecuencias, y que concluyeron con la invasión de los pueblos bárbaros y su asentamiento en más de la mitad de la Península.
Los antecedentes de los cambios que, en todos los niveles, se aprecian durante el Bajo Imperio hay que buscarlos en el siglo III e incluso antes. Ya hacia el año 200 una seria recesión económica había afectado a todo el mundo mediterráneo. A mediados del siglo III, las legiones sufrieron grandes derrotas a manos de los persas, godos y otras tribus germánicas y la violencia de las guerras civiles colocó al gobierno imperial al borde de la desintegración. En Hispania, las ciudades habían entrado en una fase de decadencia en cierto modo ligada a la crisis de la ideología que sustentaba el sistema municipal y el concepto de ciudadanía.
La historiografía romana concede poca importancia a los asuntos de Hispania durante esta época. Sólo ocasionalmente toma una relevancia en función de su posición geográfica para la resolución de determinados conflictos.
Hispania en la sucesión imperial: de Diocleciano a los comienzos del siglo V
El ascenso al poder de Diocleciano (emperador entre 284‑306, muerto en 316) supuso la restauración del Estado romano y la construcción de un nuevo sistema de gobierno. Poco después de ser aclamado por las tropas ‑hasta entonces era comandante de la guardia imperial en el ejército de Numeriano‑, se encontró con un vasto Imperio lleno de amenazas internas y externas: los cuados y marcomanos amenazaban la frontera danubiana ‑su victoria sobre los mismos le valió el título de Germanicus Maximus‑, invasiones en el Rin de alamanes y francos, los sajones saqueaban las orillas del mar del Norte, los bagaudas asolaban las Galias y saqueaban sus ciudades, Para afrontar tales peligros, Diocleciano asoció al poder a un oficial, oriundo de Panonia, Maximiano, al que primeramente otorgó el título de César y, poco después, el de Augusto. Las relaciones entre ambos Augustos eran concebidas en un plano de igualdad en el terreno político, si bien la superioridad jerárquica de Diocleciano era evidente. No hubo una partición del Imperio, sino una división de funciones en campos de operaciones diferentes: Diocleciano se encargó de Oriente y Maximiano intentó resolver los problemas de Occidente. La autoridad de los emperadores se reforzó asentándose en una base ideológico‑religiosa que, en cierto modo, establecía un parentesco ‑religioso‑ de Diocleciano con Júpiter y de Maximiano con Hércules.
En el 286, Carausio, un general galo al que Maximiano había encargado organizar la guerra contra los piratas (francos y sajones) que asolaban las costas nórdicas, se había hecho proclamar Augusto por los soldados y, apoyado por los propios enemigos a los que hubiera debido combatir, se estableció como señor de Britania. La complejidad de una campaña de reconquista de Britania sin duda influyó en la decisión de asociar al poder a dos nuevos asistentes que estarían subordinados a los Augustos y a los que se concedería el título de Césares. Su función sería la dirección de los asuntos militares más urgentes. El 1 de marzo del año 293 fueron proclamados Césares Galerio, asociado a Diocleciano, y Constancio Cloro, asociado a Maximiano. Así se estableció la tetrarquía o gobierno de cuatro.
El sistema tetrárquico resultó sumamente eficaz en el terreno político. Pero la existencia de cuatro príncipes implicaba la necesidad de una reorganización administrativa. La reforma de las provincias, multiplicadas desde ahora, y la creación de las diócesis, cada una de ellas sometida a un vicario, dotaron de una nueva estructura a la administración general. Por otra parte, si el reparto jurisdiccional entre los cuatro emperadores podía entenderse en apariencia como una descentralización, en la realidad Diocleciano creó un aparato burocrático mucho más complejo y estructurado de lo que había sido antes: los officia u oficinas centrales del emperador eran el último eslabón de una cadena en la que, de más a menos, cada cargo constituía un eslabón hasta conseguir controlar todos los rincones y facetas de la administración de todo el territorio imperial, como veremos en el siguiente capítulo.
Así, el Occidente quedó bajo el control de Maximiano. El César Constancio Cloro se ocupó de las Galias y Britania, mientras la acción de Maximiano se extendió a Hispania, Italia y la diócesis de Africa, con capital en Cartago. En Hispania tuvo lugar una de las primeras intervenciones militares de Maximiano para reducir a los francos que habían colaborado con el usurpador Carausio. Después de que Constancio hubiera reconquistado Britania en el 296, estos piratas francos invadieron las costas atlánticas de Hispania. Su derrota a manos de Maximiano es ensalzada en el panegírico del Emperador. En el 297 se dirigió a Mauritania Tingitana, donde los mauri -que como en otras ocasiones probablemente habrían invadido la Bética- fueron reducidos. Maximiano recorrió toda el Africa romana hasta Cartago, orlado de gloria -según informa el panegírico- para dirigirse después a Milán.

Cuando a comienzos del 306 Diocleciano decidió retirarse y obligó a Maximiano a hacer lo mismo, Hispania pasó a depender de Constancio Cloro, nuevo Augusto de Occidente, quien eligió como César a Severo (elección impuesta por Galerio, sucesor de Diocleciano en Oriente y hombre fuerte de esta segunda tetrarquía). La muerte de Constancio Cloro pocos meses después complicó la situación. Severo no tenía en Occidente ni el prestigio ni los apoyos suficientes para mantener una situación sólida, al contrario que Constantino, hijo de Constancio Cloro, y que Majencio, hijo de Maximiano. No obstante, Severo pasa a ser Augusto y Constantino se aviene a la orden de Galerio y acepta ser César. Se desconoce el reparto territorial que durante ésta época establecieron. Es probable que Constantino asumiera el control de Britania y las Galias que habían correspondido a su padre siendo César, mientras que el resto de Occidente (incluida Hispania) quedaría bajo la jurisdicción de Severo.
En el otoño del 306 Majencio es proclamado Augusto por los pretorianos de Roma, derrotando a Severo. Hispania debió quedar bajo el control de Majencio al igual que Italia y la diócesis de Africa. Sabemos que en el 309 tuvo lugar la sublevación de esta última -sin duda instigada por Constantino- contra Majencio. En cualquier caso, el nuevo Augusto de Occidente, Licinio, proclamado tras la conferencia de Carnuntum del 308, no debía tener un control efectivo en ninguna de las zonas occidentales. Los árbitros eran Constantino y Majencio. Tras la derrota de este último en Saxa Rubra, en el año 312, Constantino se hizo con el control de todo el Occidente.

A la muerte de Constantino, se reparte el Imperio entre sus tres hijos. Hispania queda bajo el control de Constantino II. Este se hace cargo del gobierno de Hispania, las Galias y Britania, al tiempo que ejerce una tutela sobre los territorios asignados a su hermano menor, Constante, que eran Italia, Panonia y la diócesis de Africa. En el 340 se desata la guerra entre los dos hermanos y Constantino II muere cerca de Aquileia. Constante asumió entonces el control sobre todo el Imperio Occidental. Las guerras dinásticas alentaron de nuevo las usurpaciones y en el 350 un soldado germano llamado Magnencio se proclama Augusto. Juliano, emperador varios años más tarde, nos dice que la prefectura de las Galias se situó bajo el control de Magnencio (Or. I, 26 ; II, 55). Esto suponía que la diócesis de Hispania estaba también incluida, puesto que dependía de la prefectura de las Galias. Así parece también indicado por el hallazgo de varios miliarios ‑en la Gallaecia‑ tanto de Magnencio como de su hermano Decencio, al que el primero había proclamado emperador.
No obstante, parece que la sumisión al usurpador no era muy firme, pues otra vez Juliano nos informa de que el emperador Constante halló refugio en la Tarraconense, donde debía contar con lealtades muy estrechas ya que cuando Magnencio comenzó a perder apoyo entre sus partidarios, éste intentó pasar a Africa, pero no pudo atravesar los Pirineos al estar los pasos defendidos por los partidarios de Constante (Or. I, 33). Schlunk cree que es el emperador Constante el que se encuentra en el mausoleo de Centcelles, muerto en la Tarraconense en el 350.
Cuando Constancio II derrotó a Magnencio en el 353, se encontró en situación de restablecer la unidad del Imperio, como había hecho su padre Constantino. No obstante, Constancio nombra César a su sobrino Juliano, sin que este título implicara un reparto territorial preciso, pero sí una función muy concreta: salvaguardar la frontera occidental del Imperio de los ataques bárbaros, mientras el propio Constancio hacía lo propio en Oriente frente a los eternos Sapor del Imperio persa, quienes en tres ocasiones a lo largo de diez años habían invadido la ciudad romana de Nísibe. Sabemos que la desconfianza de Constancio frente a la lealtad de su sobrino le había llevado a reforzar la vigilancia de las costas de Italia y Africa y, probablemente, también de Hispania a fin de impedir cualquier intento por parte de Juliano de hacerse con el control de todo el Occidente (Amm. Marc., 21, 7).
Durante el período de estos últimos descendientes de Constantino, la vida en Hispania no parece sufrir ningún tipo de sobresalto. Su alejamiento del eje del Imperio la convierte en una zona poco relevante pero bastante segura. Ni siquiera parecen llegar aquí las disposiciones anticristianas del emperador Juliano. Tampoco la época de Valentiniano, emperador de la parte Occidental del Imperio, tras el efímero mandato de Joviano, parece que afectara a la diócesis hispana. Graciano, hijo de Valentiniano I, es designado emperador en el 361. La situación no representó ningún cambio, al menos inicialmente, puesto que el nuevo emperador actuó bajo la tutela, de su padre Valentiniano. Durante el reinado de Valentiniano había destacado como general el hispano Teodosio, llamado el Mayor o el Antiguo para diferenciarlo de su hijo, el futuro emperador Teodosio. Este general había reducido a los pictos y sajones en Britania y había actuado como pacificador en una revuelta africana. En el 375 fue condenado a muerte por oscuros motivos, no bien conocidos. Graciano, emperador poco capacitado militarmente, llamó al servicio, en calidad de magister equitum o jefe de caballería, al hispano Teodosio que, tras la ejecución de su padre, se había retirado a sus posesiones españolas voluntariamente. En el 379 es proclamado Augusto y Graciano le confía la parte Oriental del Imperio, quedándose él con la parte Occidental.

En el 383 Graciano (en uno de los frecuentes arrebatos provocados por la presión que el papa Dámaso y Ambrosio de Milán ejercían sobre él y que a menudo provocaban en Graciano el deseo de contradecirles y adoptar sus propias decisiones) participó en las vicisitudes de la secta priscilianista que, en aquellos tiempos, había convulsionado la Iglesia hispana. Graciano ordena les sean restituidas a Prisciliano y sus seguidores las iglesias que les habían sido confiscadas en Hispania y en el sur de las Galias por la Iglesia ortodoxa. En el mismo año 383 tiene lugar la sublevación del español Magno Máximo, pariente lejano y antiguo compañero de armas de Teodosio. Máximo es proclamado Augusto por las tropas de Bretaña y, durante algún tiempo, entre la ejecución de Graciano en el 383 y el 388 en que es derrotado por Teodosio, comparte el poder en Occidente con Valentiniano II, hermanastro de Graciano. Hispania es controlada por Máximo ya que éste se hace con la prefectura de la Galia desde el 384. Una prueba de su reconocimiento en Hispania es la inscripción hallada en Siresa (Huesca) que recuerda la creación de la Nova Provincia Maxima, tal vez creada por el emperador Máximo. Su delimitación geográfica es absolutamente desconocida y probablemente tuvo tan escasa vida como su creador.
Otra intervención de Máximo en los asuntos ‑religiosos en este caso‑ de Hispania fue la condena a muerte que dictó contra Prisciliano y varios de sus seguidores. Es el primer caso en que una autoridad secular cristiana condena a la pena capital a otro cristiano por divergencias religiosas. Sin duda, el que Máximo, como hispano, conociera y fuera presionado por algunos de los enemigos de Prisciliano, pudo inducirle, entre otras razones, a tomar esta decisión.
En el 388, Máximo es derrotado por Teodosio quien sitúa al frente de la prefectura de la Galia a Valentiniano II. Ni Valentiniano ii, ni el emperador Flavio Eugenio parecen haber prestado atención alguna a los asuntos de Hispania. Desde el 393 Occidente dependía del emperador Honorio, aunque quien realmente sostenía al joven Honorio era el general Estilicón. A partir de ese momento, los acontecimientos políticos en Hispania se suceden ininterrumpidamente hasta que en el 473 desaparece el poder político romano en Hispania como en el resto de la parte occidental.
Hispania y los acontecimientos políticos del siglo V
El punto de partida es el levantamiento, en el 407, de Constantino III, proclamado emperador por sus legiones en Britania. Esté se hace en poco tiempo con el dominio sobre la Galia y a continuación intenta extender su control a Hispania. El hecho de que en Hispania hubiera numerosos familiares del emperador Honorio, hijo de Teodosio y por tanto de origen hispano, aconsejaron probablemente a Constantino III evitar todo riesgo de que la Galia sufriera un pinzamiento, entre los ejércitos imperiales de Honorio en Italia y los de Hispania. Así, envía allí a su hijo Constante ‑investido por él como César‑ y a Geroncio, avezado general. El conflicto que estalla a continuación no puede explicarse por el hecho de que la mayoría de hispanos adoptara la causa del emperador Honorio frente al usurpador. Ni siquiera la existencia de dos partidos enfrentados, si excluimos a los familiares de Honorio, que son los únicos que sabemos opusieron una férrea resistencia al ejército del usurpador. Estos parientes de Honorio defendían también sus propios intereses y la posición de poder que el parentesco con el Emperador les confería. Conocemos a cuatro de ellos: Lagodio, Teodosíolo, Dídimo y Veriniano, si bien sólo los dos últimos decidieron la solución militar, en tanto que los otros dos abandonaron el país.
A través de las noticias de Zósimo y Sozomeno, principalmente, sabemos que Dídimo y Veriniano reclutaron un ejército en Lusitania, donde debían tener sus posesiones, integrado por sus propios siervos y esclavos. Con él se dirigieron hacia los Pirineos a fin de impedir el paso al ejército invasor. La importancia de este ejército de campesinos ‑testimonio de la riqueza y extensión de sus propiedades se demuestra por el hecho de que lograran causar tantas pérdidas al ejército de Constante que éste se vio obligado a solicitar refuerzos a su padre. Algo sorprendente por cuanto se enfrentaban un ejército improvisado, no profesional ni adiestrado en las artes de la guerra, y las tropas del ejército oficial del Imperio destacadas en Britania y las Galias.
La derrota de Dídimo y Veriniano decidió la sumisión de Hispania a Constantino III, quien dejó a su general Geroncio como representante suyo en la diócesis. Este personaje se estableció en Caesaraugusta (Zaragoza) y llevó a cabo una serie de acciones que no hicieron sino precipitar los acontecimientos hacía una situación sin salida. Sabemos por Orosio (VII, 40, 9) que permitió a sus tropas saquear los campos palentinos, donde había ricas villae. Su depredación ha dejado huellas arqueológicas ‑como ha demostrado Palol‑ en Saldaña, Dueñas, Valdearados, etc.
A continuación Geroncio se rebeló contra Constantino III, proclamó la independencia de la diócesis de Hispania y puso a su frente como Augusto a un tal Máximo, que debía pertenecer a la aristocracia local hispana. El relato de los acontecimientos es confuso, así como las razones de esta designación. Tal vez el hecho de que el Augusto así designado fuera hispano le hacía suponer una mayor aceptación por parte de los hispanos. Pero hispano o no, el resultado sería el mismo: Constantino III no aceptó tal situación y en el 409 decidió acabar con ella. El césar Constante concluyó un acuerdo con los bárbaros acantonados en Aquitania a fin de obtener su ayuda contra Geroncio. En contrapartida prometió entregarles la parte occidental de la Península. Así es como los suevos, vándalos y alanos franquearon los Pirineos en otoño del 409 y sembraron la devastación y el horror, según los relatos de Hidacio. Poco después de la caída de Geroncio y Máximo, murió Constantino III y la Tarraconense quedó bajo el control del emperador Honorio, en 411. Mientras, en la parte occidental y en el Sur, los bárbaros se repartían por sorteo las zonas sobre las que establecerse: los alanos se asentaron en Lusitania y parte de la Cartaginense, los vándalos silingios en la Bética y la Gallaecia fue dividida en dos partes: el Oeste para los suevos y el resto de la provincia para los vándalos hasdingos.
En el 416, los visigodos penetraron en Hispania y mediante una alianza, foedus, con Constancio, que les permitía instalarse en Aquitania, lograron liberar casi toda la Península, excepto Galicia, del control bárbaro. Los vándalos pasaron a Africa y los alanos fueron casi exterminados.
Desde el 438 hasta el 456, los suevos decidieron la conquista sistemática de las regiones del sur y oeste de la Península. Las operaciones de conquista venían acompañadas de saqueos y pillajes en la Cartaginense y la Tarraconense, en connivencia con las bandas de bagaudas. En el 455 comienza de nuevo la ofensiva goda en Hispania.
En el 469, Eurico, rey godo, decide separar la Península del desfallecido Imperio Romano y en el 472, la Tarraconense, que había sido el último vestigio imperial en Hispania, pasa al control del rey godo.