La iglesia oficial y las sectas

Las primeras comunidades cristianas se constituyeron en grupos (ecclesiae), dentro del marco de las asociaciones romanas como colegios o asociaciones eclesiásticas, enmarcados en la ley de las asociaciones religiosas romanas, las cuales podían poseer bienes en común (res communes). Posteriormente, Constantino concedió a la Iglesia la plena capacidad jurídica para poseer, adquirir y concertar cualquier negocio jurídico-patrimonial. Puesto que las líneas generales del nacimiento, desarrollo y expansión del patrimonio de la Iglesia son mucho más conocidas en el resto del Imperio que en Hispania, podemos suponer que, pese a la falta de fuentes, las condiciones generales de la Iglesia hispana serían similares a las de otras provincias ya que su situación jurídica, basada en la legislación imperial, era la misma.

El poder económico y social de la Iglesia en Hispania

Los bienes eclesiásticos se nutrían principalmente de las donaciones de los fieles, que podían revestir formas variadas. Las oblaciones manuales o colectas durante las celebraciones litúrgicas, los diezmos y primicias, los derechos de estola, las donaciones de bienes muebles o inmuebles, los legados y las herencias.

En el Concilio de Elvira encontramos cinco cánones que aluden a cuestiones patrimoniales de la Iglesia. En el canon 19 se permite a los clérigos ganarse su propio sustento mediante la negotiatio (dedicación al comercio), siempre que no acudan personalmente a las ferias y mercados extraprovinciales. Esta actividad aparece bastante extendida en otras provincias y sin duda debió reportar sustanciosos beneficios a muchos clérigos, sobre todo a partir de Constancio II, que los exoneró del impuesto exigido a los comerciantes (collatio lustralis). Esta disposición no sólo liberaba del impuesto a los clérigos, sino también a las mujeres -de los clérigos-, a sus hijos y a sus servidores (C. Th. XVI, 2, 14 y 16). Sin duda fue una grave capitulación del emperador ante las exigencias de un clero ávido de enriquecerse. Así, se comprende que a partir de entonces se desencadenase una oleada de vocaciones religiosas entre los tenderos y artesanos. El propio Constancio expresa pocos años después su contrariedad ante tal situación y se ve obligado a reducir las exenciones (C. Th. XVI, 2, 15).

El Concilio de Elvira limita este comercio, bien de los productos de las tierras de las iglesias o de las de los propios clérigos, al marco provincial, probablemente para que los clérigos no dejasen abandonada la iglesia durante mucho tiempo, pero sí se les autoriza a realizarlo en otras provincias a través de agentes. En el canon 20, se prohibe a los clérigos el préstamo con interés. Esta es otra de las actividades que también aparecen atestiguadas en otras provincias imperiales e incluso en la propia Roma. Sabemos de la existencia de una banca que dirigía el entonces diácono y posteriormente obispo de Roma, Calixto. El desastre que parece resultó dicha banca debió acarrear la pérdida de bienes de muchos clientes, según se desprende del conflicto que esta quiebra generó.

Los préstamos con interés continuaron siendo una actividad nada ajena a muchos clérigos a juzgar por la frecuencia con que tal prohibición aparece en muchos concilios de esta época. Una actividad relacionada con este tipo de préstamos era la que consistía en hacer entrega de los bienes a la Iglesia a cambio de que ésta le pagara al donante el usufructo de sus propios bienes. Esta práctica -que en cierto modo era una especie de seguro de vida- aparece atestiguada en el caso de muchas viudas. En el Ambrosiaster (Comm. 1, Tm. V, 3-11 P.L. 17, col. 504) se alude a la protección que los obispos ejercían sobre los bienes de las viudas y, en concreto, se menciona la concedida por el obispo de Pavía. Ambrosio de Milán (Ambr. Ep. LXXXII), nos dice que había logrado librar de las exigencias del fisco a una viuda que pertenecía a una distinguida familia. La salvación consistió -tal como él nos relata- en la entrega a Ambrosio por parte de la mujer de todo su patrimonio. Otra ilustre mujer colocó sus bienes bajo la tutela del Papa Gelasio (Gel. Fragm. 35, ed. de Thiel, p. 501) y aun hay más ejemplos como éstos. En Hispania también se dio este compromiso financiero, aun cuando la noticia pertenece a comienzos del siglo VII. En el Concilio IV de Toledo, canon 38, se dice que todos -no sólo viudas- cuantos hubieran colocado su dinero o patrimonio en los monasterios o iglesias, obtendrían a cambio un subsidio en la vejez, o antes, en caso de invalidez. Puesto que las tierras de la Iglesia estaban libres del impuesto obligatorio y de otros munera o cargas fiscales, la conclusión es evidente: la Iglesia engrosa su patrimonio y la caridad individual sustituye a la justicia fiscal.

Los cánones 28 y 29 del Concilio de Elvira rechazan las ofrendas de los excomulgados y de los energúmenos, respectivamente. Eran estos últimos aquellos que se consideraban poseídos por un demonio; en la práctica, la mayoría de ellos epilépticos, enfermedad que no sólo se consideraba tenebrosa, sino además contagiosa. Hay prescripciones contra estos enfermos en sínodos y obras de autores cristianos de otras provincias del Imperio. En el caso de los excomulgados, probablemente se tratara de evitar toda ocasión de que éstos comprasen el perdón por medio de dinero, ya que las ofrendas se entregaban durante el acto de la comunión.

Por último, en el canon 48 del mismo Concilio, se establece que no se reciban ofrendas con ocasión del bautismo. Alude esta prohibición a los llamados derechos de estola que, si bien no fueron admitidos, en la práctica eran casi exigidos. La reiteración de dicha prohibición en numerosos concilios demuestra la ineficacia de la misma y la continuidad de la práctica. En el Concilio II de Braga (canon 48) se acaban tolerando estas ofrendas sólo como voluntarias y se prohibe que sean violentamente arrancados a los pobres. Al tolerarlas como voluntarias quedó abierta la puerta al abuso, ya que la presión y el ambiente moral las establecieron como costumbre y, a partir de ahí, como obligación. Por otra parte, tales ofrendas no sólo se limitaban al bautismo, sino a la bendición del crisma y a la administración de los demás sacramentos.

Beneficencia, caridad e Iglesia

Gracias a las donaciones de todo tipo y exenciones fiscales, las iglesias se fueron configurando como una fuerza patrimonial que, en una época de quiebra económica en la que las masas de indigentes proliferaban, ejercía un poder determinante. La caridad y el amparo de la poderosa Iglesia constituía a menudo el único camino para estos hombres empobrecidos. En otros casos la Iglesia y sus obispos aparecían como opresores y los indigentes, organizados en bandas armadas (los bagaudas) saqueaban y mataban tanto a los grandes propietarios laicos como a las iglesias y obispos. En el año 449, un ejército de desesperados asoló la ciudad de Tarazona, matando a su obispo. El escenario principal de las actuaciones bagáudicas era el alto y medio valle del Ebro.

El poder económico y social de la Iglesia atraía todo tipo de conversiones clericales. Es sugestiva la conversión de Theodoro, un judío de Iamona (Ciudadela) que era patrono de la ciudad y pater patrum (equivalente a jefe de la asociación religiosa) de la sinagoga de la ciudad. La presión de los cristianos para conseguir su conversión es elocuente: Si quieres ser rico, honorable y vivir seguro, cree en Cristo. Su aceptación a tan tentadora propuesta fue seguida por la conversión de otros altos personajes de la ciudad, entre ellos Cecilianus, defensor civitatis, y su familia. Es un testimonio elocuente de que el orden clerical se había convertido en una categoría social en la que el enriquecimiento y la estabilidad del patrimonio estaban sólidamente garantizados.

A partir de Constantino, la Iglesia se constituyó en la canalizadora de las donaciones no sólo del emperador, sino de los homini novi, la nueva aristocracia de funcionarios que rodeaba al emperador y, en menor medida, de la vieja aristocracia puesto que ésta estaba vinculada en su mayoría -sobre todo en Roma la religión romana. Las múltiples disposiciones a favor de la inmunidad fiscal de los bienes, tanto de las iglesias como de los clérigos, que aparecen durante el período de Constantino y Constancio en el Codex Theodosianus, les confirió no sólo un poder económico sino una gran capacidad de influencia social. La Iglesia pasó a detentar el monopolio de la asistencia social, siendo asignada a esta actividad, en teoría, una cuarta parte de los beneficios que las iglesias tuviesen. En el año 468, Simplicio, obispo de Roma, ordenaba dividir los beneficios de las iglesias en cuatro partes: una para mantenimiento del obispo, otra como salario de los clérigos, otra para el culto y, el cuarto restante, para la asistencia social. El mismo principio fue decretado por el papa Gelasio en el 494. Sin embargo, en España las rentas se dividían en tres partes, correspondientes al obispo, al clero y a la fábrica de la Iglesia (G. Martínez Diez) sin constituir probablemente una excepción, pues tal debía ser en la práctica el reparto en muchas otras iglesias.

No obstante, el derecho al asilo eclesiástico o, dicho de otro modo, el derecho a la protección del obispo a todo aquel que siendo sospechoso de haber cometido delito alguno se hubiera refugiado en un edificio sagrado así como la manumissio in eclesia o capacidad jurídica para conceder la libertad a los esclavos siempre y cuando éstos accedieran a convertirse en colonos del dominus o gran propietario, si éste así lo decidía, y sobre todo la acción de muchos obispos como patronos de hecho de las ciudades, les confirió una gran influencia social y reforzó sus estructuras de poder. En Hispania se encargó a Hidacio, obispo de Aquae Flaviae (Chaves), llevar una embajada ante el general Aecio, responsable de la defensa de Hispania, solicitando que pusiera fin al pillaje y saqueo de los suevos sobre los galaicos. La embajada (que aceptó a instancias de los ruegos de sus conciudadanos) tuvo como resultado el envío del Conde Censorio a Hispania, quien inicia -junto al propio Hidacio- unas negociaciones con los suevos que sabemos concluyen con el establecimiento de la paz.

La crisis provocada por las invasiones y la desorganización del poder civil de los hispanorromanos, refuerza la autoridad y el poder de los obispos. La tutela de éstos era la esperanza más segura para defenderse tanto de los saqueos de los bárbaros como de los llevados a cabo por los recaudadores de impuestos. La protección judicial -asentada sobre la capacidad jurídica otorgada a los clérigos para actuar como jueces de todo tipo de delitos, excepto los crímenes capitales- es entendida en el I Concilio de Tarragona, en su canon 10, no a la manera de los jueces de oficio, previo pago, sino por pura devoción. El agradecimiento por la protección dispensada sólo podría revertir en el beneficio del prestigio de la Iglesia. No obstante, los emperadores tuvieron que intervenir repetidamente contra la parcialidad con que la justicia era aplicada por los clérigos que defendían a los acusados cuando las pruebas por delitos graves -en gran medida de carácter fiscal- eran manifiestas, En una disposición del emperador Arcadio se nos dice que muchos clérigos arrancaban al culpable del suplicio merecido justamente (C. J. I, IV, 6 y C. Th. IX, XL, 16). A este tipo de defensa debieron dedicarse activamente en Hispania algunos obispos, entre ellos Rufino y Gregorio, a los que el papa Inocencio I insta a fin de que atemperen tales prácticas.

Así, la Iglesia bajoimperial, tanto en el occidente del Imperio como en Hispania, llenó en cierto modo el vacío institucional dejado por las oligarquías municipales y por las propias autoridades imperiales. Lo cierto es que el ejercicio de estas funciones de carácter asistencial, si bien debilitaron al fisco y por consiguiente al Imperio, contribuyó al fortalecimiento político de algunos obispos y, en consecuencia, al de la Iglesia.

Las sectas en Híspania

A partir de la promulgación por Constantino en el 313 del Edicto de Milán, el cristianismo se divide en innumerables sectas y disidencias lo que sin duda influye en la disgregación del Imperio, ya que con Constantino los destinos de la Iglesia y del Imperio se habían unido. La Iglesia había empezado proporcionando al Imperio el consenso que todo poder político precisa. Ya se vio cómo la Iglesia había tomado en muchas ocasiones el relevo de las antiguas instituciones ciudadanas (como la del patronato municipal o la asistencia social, por ejemplo). El propio Constantino juzgó oportuno servirse de las instituciones implantadas por la Iglesia episcopal, ante la imposibilidad de sustituir y revitalizar las antiguas instituciones. Pero la Iglesia fracasó en su intento de extenderse y unificar a los pueblos del Imperio. El reclutamiento local del clero los convertía en defensores de los privilegios de sus regiones pero, salvo raras excepciones, carecieron de miras más universales. Desde el año 314 al 316, el movimiento disidente de la Iglesia africana, el donatismo, marcó las dificultades de la colaboración Iglesia-Estado. Los mismos obispos que habían solicitado la intervención del emperador sólo pensaban aceptar su sentencia en caso de que les fuera favorable. Como no lo fue, volvieron a sus antiguas posiciones de resistencia al gobierno.

Tras el Concilio de Nicea (año 325), Eusebio de Nicomedia y los demás obispos perdedores solicitaron al emperador el recurso de casación. Una vez reintegrados, llegaron incluso a deponer y exiliar a los jefes del partido contrario. Como la victoria de los arrianos se debía al emperador, éste, Constancio II, pasó a detentar un enorme poder en materia de dogma y disciplina. Desde entonces se perfilan dos posiciones: los arrianos admiten posiciones cesaropapistas y los trinitarios defienden el poder espiritual y la infalibilidad de los concilios de los obispos.

Los años que siguieron a la muerte de Constancio II y el pagano Juliano, fueron años victoriosos para el partido católico,

que aprovechó para impulsar sus ventajas y asegurarse el monopolio de la religión. Después del fracaso y el descrédito del cesaropapismo, el Estado (en alianza con la Iglesia católica) estaba condenado a seguir la misma suerte que sufriera la unidad de esta Iglesia. Puesto que las decisiones conciliares eran infalibles, la Iglesia católica fue apartando y condenando a todos aquellos grupos cristianos que disentían de ellos. Es significativo que, una vez condenados por la Iglesia, el propio emperador -principalmente Teodosio- los condenaseee mediante disposiciones jurídicas, prohibiéndoles reunirse, confiscando sus bienes, etc. Las escisiones fueron múltiples: el novacianismo, los arrianos, el pelagianismo, el donatismo, los luciferianos, etc.

En Hispania conocemos la existencia de obispos arrianos, entre ellos Gregorio de Elvira y Potamio de Lisboa -quien primero fue trinitario, luego arriano y posteriormente luciferiano-. No eran raros en los ambientes cristianos de esta época los casos de defección, conversión y reconversión. Estos cambios de actitud obedecían casi siempre a no poder resistir las presiones del ambiente, del pueblo, de las autoridades civiles y eclesiásticas y aun del propio emperador.

Un personaje destacado en la Iglesia de esta época fue Osio de Córdoba, que jugó un papel fundamental en el Concilio de Nicea defendiendo los postulados trinitarios. Cuando Constancio II, arriano, accedió al poder logró que el anciano obispo escribiese un documento en el que abjuraba de sus anteriores creencias y se adhería al credo arriano. También conocemos la existencia de grupos montanistas y maniqueístas, aunque estas pequeñas comunidades disidentes nunca llegaron a un grado de expansión preocupante para la Iglesia hispana.

El priscilianismo

La secta hispana más importante y cuyo fin trágico marcó un grave precedente, no sólo para la iglesia de este país sino para toda la iglesia occídental, fue el priscilianismo. La primera noticia documental de la existencia de priscilianistas es una carta del año 378 ó 379 en la que Higinio, obispo de Córdoba, denuncia la propagación de este movimiento a Hidacio, obispo de Mérida. De esta denuncia se desprende que el movimiento religioso fue descubierto durante el período de su expansión por la provincia de Lusitania. A esta provincia debían pertenecer también los obispos Instancio y Salviano, protectores y seguidores de Prisciliano. También se desprende que la difusión del priscilianismo había comenzado varios años antes, permaneciendo hasta entonces en la oscuridad. Tal vez al expanderse en Lusitania, el movimiento hubiera ido radicalizándose y ostentando comportamientos más llamativos que hasta entonces no habían sido percibidos.

Sobre la figura de Prisciliano pesan muchas incógnitas. La primera de ellas es la de su origen. Dados la extensión y el arraigo que el priscilíanismo alcanzó en Galicia (sobre todo tras su muerte) la mayoría de los autores le suponen un origen gallego, aunque no sea un hecho comprobado. Sulpicio Severo escribe en su crónica que Prisciliano pertenecía a una familia aristocrática, muy rica, lo que le había permitido alcanzar un alto nivel cultural. Efectivamente, en la propia obra escrita que conservamos de Prisciliano, sus Tratados y Cánones, se observa un estilo erudito y cultivado. También la mayoría de sus seguidores eran gente culta. Además, de la misma descripción de Sulpicio Severo se desprende que Prisciliano tenía unas cualidades muy señaladas para constituirse en líder de un movimiento, pues era: Muy ejercitado en la declamación y la disputa. agudo e inquieto, habilísimo en el discurso y la dialéctica, nada codicioso, sumamente parco y capaz de soportar el hambre y la sed. Pero al mismo tiempo, muy vanidoso y más hinchado de lo justo por su conocimiento de las cosas profanas.

Aunque en el momento en que se da a conocer la mayoría de los priscilianistas y el propio Prisciliano eran laicos, de sus propios escritos parece desprenderse que su objetivo era la renovación de la Iglesia desde dentro y que su aspiración era acceder al episcopado: Elegidos ya para Dios algunos de nosotros en las iglesias, mientras otros procuramos con nuestro modo de vivir ser elegidos. La base textual de su enseñanza son el Antiguo Testamento y los apócrifos. De la utilización de estos escritos apócrifos se desprenden algunos errores doctrinales en los que no consideramos oportuno entrar por alejarse del tema. Los rasgos más sobresalientes de su comportamiento son un notable radicalismo ascético con exhortaciones al abandono de las cosas mundanas, la renuncia a la carne y al vino, la virginidad a ultranza, la consideración de igualdad entre el hombre y la mujer y una condena tajante al lujo y al poder secularizado de los obispos. Estos son los planteamientos de vida que pueden extraerse de las múltiples controversias que los priscilianistas suscitaron. Así, por ejemplo, el Apologético de Itacio de Osonoba, uno de sus más encarnizados acusadores (junto con Hidacio de Mérida) es una sarta de acusaciones injuriosas, acusándole de artes maléficas, infamias sexuales e incluso afirmando que el maestro de Prisciliano había sido un tal Marcos de Menfis, muy entendido en el arte de la magia y discípulo de Manes. Que tales acusaciones implicaban un odio exagerado lo demuestra el hecho de que San Martín de Tours reprochara a Itacio su desmedida saña lo que, por cierto, hizo que los detractores de Prisciliano sumaran a San Martín al grupo de herejes. También San Arribrosio, obispo de Milán, hizo parecidos reproches a Itacio, así como otros muchos personajes nada sospechosos de connivencia con el priscilianismo.

Algunos autores, sobre todo A. Barbero, han considerado que el priscilianismo era una expresión religiosa del malestar social de la época. Ciertamente hay un trasfondo social innegable. Tal vez no fuera el planteamiento de Priscíliano expresar por medio de la ideología religiosa el malestar social de la población campesina, pero muchos de sus seguidores -fundamentalmente después de su muerte--- sin duda encontraron en el priscilianismo un vehículo de expresión de su rechazo a una Iglesia secularizada, fácilmente identificable con el Estado que les oprimía.

Pero volvamos al relato de los avatares de Prisciliano y sus seguidores. En esos momentos Prisciliano había atraído a sus convicciones a mucha gente noble y también de la clase popular. Sobre todo, dice Sulpicio Severo, que acudían a él catervas de mujeres, sin duda por sus planteamientos más justos hacia ellas que los de la Iglesia oficial.

Formulada la denuncia de Higinio de Córdoba a Hidacio de Mérida, a la que ya nos referimos, de nuevo Sulpicio Severo nos dice que Hidacio atacó a Instancio y sus socios -priscilianístas- sin medida y más allá de lo que convenía, dando pábulo al incendio incipiente y exasperando más que apaciguando. Sin duda estos ataques abrieron una distancia aún mayor entre los priscilianistas y el clero oficial.

En el 380 se celebra un Concilio de Zaragoza al que asisten, entre otros obispos, Itacio de Osonoba e Hidacio de Mérida, así como Delfín, obispo de Burdeos y un tal Fitadio -que Sotomayor considera se trata de Febadio Agen-, puesto que la secta había penetrado también en las Galias. No asiste ningún priscilianista. El objeto del Concilio se resume en pocas palabras: acusar a Prisciliano y a sus seguidores. Itacio de Osonoba fue encargado de dar a conocer la sentencia del Concilio. Tras este acontecimiento se produjeron tumultos en la sede de Mérida contra Hidacio y muchos clérigos se separaron de él.

El proceso civil contra Priscifiano

Prisciliano fue ordenado por Instancio y Salviano como obispo de Avila, cuya sede había quedado vacante. A continuación Itacio hace una acusación formal inventando una historia falsa de los hechos y reuniendo ciertas escrituras comprometedoras. Sin duda se trataba de los apócrifos. Esta denuncia la dirigió al emperador Graciano. La respuesta de éste fue el destierro de todos los herejes no sólo de sus iglesias y ciudades, sino de todo el territorio.

Instancio, Salviano y Prisciliano deciden dirigirse a Roma y procuran la intervención del papa Dámaso. Según el relato de Sulpicio Severo, se dirigieron primeramente a Elusana (Euze), en Aquítania, donde hicieron muchos prosélitos. En Burdeos intentan entrevistarse con el obispo Delfín -que había asistido al Concilio de Zaragoza- pero éste se niega a recibirlos. Entre los numerosos adeptos que hicieron, destacan Eucrocia, mujer del retórico Delfidio, y su hija Prócula. Acompañados de muchos de estos nuevos prosélitos se dirigen a Roma, pero el papa Dámaso no los recibe. Tampoco Ambrosio de Milán accedió a entrevistarse con ellos. Como última alternativa se dirigen a las autoridades civiles y es Macedonio, magister officiorum, quien logra la revocación de la condena de Graciano y ordena que les sean restituidas sus sedes. De este modo, en el año 382, vuelven a instalarse en ellas, excepto Salviano, que había muerto durante la estancia en Roma.

Una vez en sus sedes, Prisciliano y los suyos consiguen que el procónsul Volvencio mande detener a su acusador, Itacio de Osonoba, por calumnias e injurias, pero Itacio logra escapar a las Galias y obtiene la protección del prefecto Gregorío. Posteriormente, se refugia en Tréveris, amparado por el obispo Britanio. Entre tanto, Máximo se había hecho proclamar emperador en Britania y, como hemos visto anteriormente, consiguió hacerse con el control de las Galias e Hispania.

Itacio acusa nuevamente ante el emperador Máximo a Prisciliano y sus seguidores. Máximo ordena que sean llevados a Burdeos, donde se celebra, en el año 384, un concilio compuesto principalmente por obispos de Aquitania para juzgarlos. Hidacio e Itacio eran los acusadores ante el Concilio y Prisciliano e Instancio los acusados. Entre los presentes se encontraba san Martín de Tours. La condena fue que a Instancio se le despojara del obispado, pero Prisciliano no consintió en ser juzgado por los obispos y apeló al emperador. De este concilio, que como se puede ver es nuestra principal fuente para el conocimiento de la vida de Prisciliano, dice Sulpicio Severo: En mi opinión, me desagradan tanto los reos como los acusadores y al menos a Itacio lo defino como quien no tuvo peso alguno ni nada de santo; pues era osado, parlanchín, desvergonzado, suntuoso, demasiado proclive al vientre y a la gula. Hasta tal punto había llegado su estulticia que llegó a acusar como compinches o discípulos de Prisciliano a todo santo varón cuyo afán consistiera en la lectura o cuyo propósito fuera ayunar. El desgraciado se atrevió incluso por aquel tiempo a echar públicamente en cara la difamación de herejía al obispo Martín, un hombre plenamente comparable a los apóstoles. Pues Martín, establecido por aquel tiempo en Tréveris no dejaba de increpar a Itacio para que retirase la acusación y de rogar a Máximo que se abstuviera de la sangre de unos infelices.

El proceso se mantuvo en suspenso mientras Martín de Tours estuvo en Tréveris, incluso parece que obtuvo buenas promesas de Máximo. Pero los obispos Magno y Rufo, cuyas sedes se ignora, convencen al emperador para llevar adelante el proceso. La causa la pone Maximo en manos del prefecto Evodio, hombre violento y severo, según Sulpicio. En el proceso se halló a Prisciliano convicto de los siguientes cargos: magia, doctrinas obscenas, conciliábulos nocturnos con mujeres y de orar desnudo. Vista la causa, el emperador Máximo decretó que Prisciliano y sus amigos fueran condenados a muerte.

La lista de los ejecutados, según Sulpicio Severo, es la siguiente: Prisciliano, jefe de la secta; Felicísimo y Armenio, clérigos; Latroniano (del que Jerónimo en su De viris illustribus dice que era un varón erudito y comparable en la poesía con los antiguos) y Eucrocia.

En el mismo juicio Instancio fue desterrado a la isla Scilly. En subsiguientes juicios también fueron sentenciados los diáconos Asarbo y Aurelio a la pena de muerte; Tiberiano a la confiscación de bienes y destierro a la isla Scilly; Tértulo, Potamino y Juan, por ser gente humilde y haberse reconocido culpables, al exilio en las Galias. También el obispo Higinio de Córdoba (que dio a conocer la existencia del priscilianismo, al que posteriormente él mismo se adhirió) fue condenado al destierro.

La gravedad de éstos procesos ha sido vista por algunos autores como un preludio de la futura Inquisición, pues ciertamente nunca antes se habían dictado sentencias capitales por motivos religiosos. Sabemos que después de su ejecución, los cuerpos de Prisciliano y sus seguidores fueron traídos por sus fieles a Hispania, tal vez a Galicia, dado el fervor priscilianista que continuó durante dos siglos más. Las insinuaciones de Mons. Duchesne, luego repetidas por otros estudiosos, Hauschild entre ellos, han dado cierta base para suponer que los restos venerados desde el siglo IX del apóstol Santiago, en Compostela, no son otros que los de Prisciliano y sus compañeros únicos personajes de cuyo culto hay constancia en Galicia hasta el siglo VII.

La conmoción por estas sentencias sin duda fue muy grande en la Iglesia, no sólo hispana. sino occidental. Sulpicio Severo nos describe esta situación: Por lo demás, al morir Prisciliano. no sólo no se reprimió la herejía que irrumpiera bajo sus auspicios, sino que se afirmó y propagó más. Pues sus seguidores, que antes lo habían honrado como santo, comenzaron a venerarlo como mártir. Ahora bien, entre nosotros se había encendido una continua guerra de discordias que, agitado ya durante quince años con desagradables dimensiones, no había manera de sofocar. Y ahora, cuando especialmente gracias a las discordias entre los obispos todo se veía perturbado y confundido y depravado todo por su mediación, a causa del odio, el favor, el miedo, la inconstancia, la envidia, el partidismo, las pasiones, la arrogancia, el sueño y la desidia, a la postre la mayoría rivalizaba con planes podridos y afanes contumaces contra los pocos que tenían buenos intenciones. Todas estas razones habían llevado a la condena a muerte de Prisciliano y sus compañeros.

La Iglesia ante el fin del Imperio Romano

La posición de la Iglesia ante el final del Imperio Romano y la invasión de los pueblos bárbaros ha sido objeto de multitud de reflexiones desde que Gibbon planteara su tesis sobre la influencia decisiva del cristianismo en la caída del Imperio Romano. Tesis que, incluso considerada por algunos estudiosos un tanto simplificadora, nunca ha sido rebatida del todo.

Es cierto que desde el siglo IV la poderosa Iglesia atraía a muchos hombres que encontraban en ella la posibilidad de acceder a un poder mayor que el que podían adquirir dentro del aparato del Estado. Ya nos hemos referido a las palabras que un obispo dirigía a un judío, patrono (y por tanto hombre rico e influyente) de la ciudad de Iamona (Ciudadela): Si quieres vivir seguro y ser honrado, cree en Cristo. Sabio consejo que nos consta aprovechó pasando, poco después, a ser obispo de la ciudad. Las mentes más sobresalientes y difusoras de la ideología bajoimperial eran hombres de la Iglesia como Ambrosio de Milán, Jerónimo, Agustín, Atanasio, Juan Crisóstomo y un largo etcétera. Muchos de estos hombres cultos que reunían en sí la habilidad política y los poderes espirituales, eran considerados por Gibbon como hombres perdidos para el Estado, puesto que muchos de ellos hubieran podido llegar a ser excelentes generales, gobernadores provinciales u otros altos cargos.

Iglesia fuerte, Estado débil

Pero la Iglesia había ido consolidando sus posiciones, cada vez más fuertes, ante un Estado cada vez más débil. El celo por preservar su creciente supremacía frente al Imperio es una idea recurrente en Agustín y sobre todo en su obra La ciudad de Dios. Resulta sorprendente, por ejemplo, el empeño demostrado por Agustin y Paulino de Nola para lograr que un conocido común, llamado Licentius, que aspiraba a la carrera senatorial, abandonase estas ambiciones mundanas. En palabras de Paulino: La distancia entre el cielo y la tierra no es mayor que la que separa el Imperio del César y el de Cristo. Hay implícita una condena hacia el Imperio, cristiano por otra parte, y una sola vía de salvación, la Iglesia.

Ante las invasiones de los bárbaros la impresión dominante es que la Iglesia -según Momigliano- después de haber contribuido al debilitamiento del Imperio fue propensa a aceptar una colaboración con los bárbaros y también una sustitución de las autoridades romanas por los jefes bárbaros. Al pagano culto los bárbaros le aterrorizaban. No había posibilidad alguna de adecuar mínimamente los ideales tradicionales aristocráticos y la violencia primitiva de los invasores germánicos. Pero la Iglesia católica tenía otra actitud: siempre podía convertirlos. Muchos de ellos ya se habían hecho cristianos, aunque desafortunadamente para la Iglesia católica, los evangelizadores hubieran sido arrianos. Sólo este hecho alteraba a la Iglesia y la predispuso al enfrentamiento con los bárbaros. El rechazo a la herejía era entonces mucho mayor que el rechazo al paganismo. Mientras en Oriente la Iglesia estaba casi totalmente identificada con el Estado romano de Constantinopla, en Occidente se tenía la impresión de que la Iglesia iba sustituyendo poco a poco al desfalleciente Imperio Romano en las relaciones con los bárbaros. Su rechazo a éstos parece debido más a su condición de arrianos que a su condición de amenaza para el Imperio. En adelante será la Iglesia quien asuma, al margen del Imperio, la tarea de civilizarlos y cristianizarlos. El hispano Orosio se congratula de los éxitos alcanzados en este aspecto: En Oriente y Occidente, las iglesias de Cristo estaban llenos de hunos, suevos, vándalos y burgundios y de pueblos incontables, de creyentes. Es preciso Pues, y alabar la misericordia de Dios puesto que, aunque fuera a costa de la ruina de nuestro pueblo, de tan grandes naciones recibían el conocimiento de la verdad que no habían podido encontrar de otra forma que no fuera así. La ruina del Imperio en cierto modo se ve compensada. para Orosio, con las adhesiones al cristianismo de tantos bárbaros.

Pese a las crónicas en las que Hidacio describe, con horror. el primer momento de la irrupción de los bárbaros en Hispania y especialmente de los suevos en Gallaecia, pronto sus críticas hacia ellos adoptarán un carácter distinto. Ya no son los enemigos del Imperio, sino un pueblo de herejes sin respeto alguno a la Iglesia católica. Así, destaca cómo el vándalo Genserico, después de tomar Cartago, expulsa al obispo y al clero de la ciudad y los sustituye por otros arrianos.

Los obispos, mediadores entre los bárbaros y el Impenio

De las incursiones que los suevos hicieron en la Bética, le preocupaba sobre todo que hubieran expulsado al obispo Sabino a las Galias porque, sospecha él, que hay una alianza entre suevos y priscilianistas. Según Hidacio, esta secta aprovecha la llegada de los suevos para ocupar el asiento episcopal. Cuando los suevos, aprovechando la marcha de los alanos a Africa, intentan apoderarse del sur de Lusitania, destaca que su jefe Heremigarius había hecho injuria -en palabras suyas- a la santa mártir Eulalia, por lo que tiene como justo castigo haber perecido ahogado en el Guadiana. De la cruel entrada de Teodosio II en Braga es el hecho de que mancillara los lugares consagrados lo que realmente le preocupa, puesto que éste había convertido en cuadras para sus caballos las iglesias de la ciudad.

Podríamos continuar con otros muchos ejemplos semejantes, pero en medio del laconismo de sus crónicas, destaca el hecho de que el jefe suevo Requiario se había convertido al catolicismo, pese a la oposición de su familia. El mismo Requiario que invadió después las regiones de la Bética saqueándolas.

Los obispos son quienes actúan entre los bárbaros y el Imperio. El propio Hidacio había formado parte de una embajada de este tipo y Simposio, obispo de Astorga, fue encargado de ir a Rávena -entonces sede del emperador occidental- para que se reconociesen las cláusulas del acuerdo impuesto por los suevos a los galaicos. Este obispo había actuado como representante y emisario del jefe suevo Hermerico.

Así pues, la Iglesia, tanto en Hispania como en el resto de las provincias occidentales, se constituyó muy pronto en el eslabón que hizo posible que el Imperio sucumbiera definitivamente y que los nuevos dueños pasasen a ser sus nuevos protectores.