PRÓLOGO

El libro de P. E. Cleator, el distinguido especialista inglés en lenguas antiguas, ofrece al lector aficionado a los temas lingüísticos varios alicientes: entre ellos, no solamente el conocimiento de los diferentes sistemas de escritura de algunas importantes lenguas perdidas -dentro de los límites que permite un libro de esta naturaleza-, sino también la lucha realmente dramática en que consistió su descubrimiento.

El lector sabrá perdonarme si, aprovechando la oportunidad que me han brindado al encargarme de este prólogo, me extiendo en algunas consideraciones que, aunque no afectan directamente al tema del libro, me parecen del más alto interés en relación con los estudios lingüísticos en general. En primer lugar, es lamentable el poco interés que estos temas suscitan entre nosotros, con la excepción importantísima, desde luego, de los históricos dentro del marco tradicional: lenguas clásicas, semíticas y románicas especialmente, los de dialectología peninsular, los normativos y, en parte, los que se aplican al estudio de la literatura. Sin embargo, la gran bibliografía lingüística de carácter general aparecida en los últimos años, especialmente la orientada sobre bases estructurales, permanece prácticamente desconocida de nuestro público estudioso. Algo parecido puede decirse de los estudios que afectan a otros grupos de lenguas que no sean los citados más arriba. Creo, sinceramente, que debemos ir pensando en una renovación de nuestros sistemas de enseñanza universitaria en este sentido. El paso más urgente me parece, de momento, conceder una mayor atención a los estudios de lingüística en general. Nuestros estudiosos, por ejemplo, apenas tienen modo de orientarse o informarse sobre un movimiento científico tan importante como el de la lingüística moderna norteamericana, tan fecundo a pesar de sus indudables excesos formalistas. Es verdad que el estructuralismo europeo es más conocido, sobre todo en algunas de sus más logradas manifestaciones, como la escuela de Praga y la de Copenhague, gracias, de modo particular, a los conocidos libros de E. Alarcos.

Precisamente, ya que el libro comentado trata de sistemas de escritura, me parece oportuno aludir a la aceptación cada vez más general que ha obtenido la fonología en el sentido de la escuela de Praga, análogo al de la «Phonemics» americana. La transcripción fonológica -o, si se quiere, «fonémica»- constituye, ciertamente, un perfeccionamiento de los sistemas alfabéticos. Por algo se ha dicho que las letras son precursoras, dentro de dichos alfabetos, de los fonemas o, mejor dicho, de su adecuada expresión fonológica. No ocurre lo mismo con los alfabetos fonéticos, pues, para ellos, lo único importante es la expresión detallada de la parte acústica del lenguaje, sin la relación que los fonemas, como unidades funcionales mínimas sin significación, tienen, no obstante, con dicha significación. En castellano, por ejemplo, la ortografía fundada en el alfabeto y la transcripción fonológica presentan grandes puntos de contacto por motivos bien conocidos. Es muy diferente, por el contrario, el caso de lenguas como el francés y el inglés, debido a la acentuada discrepancia que ofrecen dichas lenguas entre sus sonidos y su expresión ortográfica.

Atravesamos unos momentos de indudable renovación en la lingüística y, como suele ocurrir en todos los procesos que implican grandes cambios de orientación, las nuevas doctrinas se muestran, a veces, demasiado exclusivistas y poco comprensivas por la labor realizada de acuerdo con métodos más antiguos. Así, a pesar de las grandes perspectivas que ofrece el estructuralismo en sus diversas manifestaciones europeas y norteamericanas, a partir, respectivamente, de las obras fundamentales de Saussure y Bloomfield, no puede dejar de reconocerse que los resultados prácticos obtenidos no han sido siempre valiosos, sobre todo fuera del campo de los sonidos. Por el contrario, la lingüística histórica tradicional, a partir del movimiento llamado de los neogramáticos y con las rectificaciones y adiciones aparecidas antes de la revolución saussuriana, ha aportado, dentro de sus límites, resultados rotundos y seguros que de ningún modo pueden echarse en olvido. Pero es indiscutible, sobre todo, que la gramática tradicional, de base normativa y lógica, se halla necesitada de una profunda renovación. Todos nos hemos dado cuenta alguna vez de sus numerosas contradicciones, de los problemas que deja sin resolver, de su falta de rigor metodológico, etc. Las tendencias modernas deben ser bien acogidas, precisamente, por el afán de rigor y de método adecuado que ofrecen, pero no hay que pensar tampoco en una sustitución total, sino más bien en corregirlos errores e impurezas metodológicas de las antiguas especulaciones gramaticales, que se han ido repitiendo desde los tiempos de la antigua Grecia. Pero la gramática tradicional se ha mostrado particularmente ineficaz al ser aplicada, según los moldes de las lenguas clásicas y afines, a lenguas totalmente desconectadas de ellas.

Pero, volviendo al tema específico de la obra que nos ocupa, debemos señalar todavía otras cualidades que vienen a realzar su mérito. Uno de ellos, la relación que el autor sabe explicar entre los sistemas de escritura y su desarrollo y los pueblos que hablaban las lenguas expresadas por dichos sistemas.

Uno de los temas que también nos sugiere la lectura del libro de Cleator es el de la primacía de la lengua hablada. Este interés por la lengua hablada, que puede observarse de una manera creciente en la evolución de los estudios lingüísticos realizados bajo inspiración positivista, ha sido puesto de relieve de modo tajante por las tendencias más modernas de la ciencia del lenguaje. Otro tema que se desprende casi inevitablemente es el del origen del lenguaje. Este problema, que el positivismo dejó de lado por considerarlo ajeno a su metodología e intereses inmediatos, ahora más que antes si cabe, continúa siendo objeto de especulación filosófica más que de investigación lingüística. Como dice Cleator en el primer capítulo de su libro, los procesos reconstructivos de las lenguas no nos han permitido hasta ahora remontarnos a una lengua única primitiva, base y origen de todas las demás. Los ensayos realizados en este sentido no pasan de ser fantasías más o menos ingeniosas.

Cleator dedica una extensión considerable, como podrá observarse, a la escritura jeroglífica del antiguo Egipto, así como a la cuneiforme del cercano Oriente, y nos hace seguir, con auténtico interés dramático, el camino que nos llevará a la escritura alfabética, presentida o en estado embrionario en los sistemas aludidos, pero llevada a su realización por los fenicios y, de un modo completo -incluidas ya las vocales-, por los griegos. A través de los etruscos la escritura pasó probablemente a Roma.

Para valorar en toda su importancia la invención de la escritura alfabética, piénsese solamente en los 40.000 signos necesarios para escribir una obra profunda y extensa en chino. Pero la culminación de la escritura alfabética la constituye, según hemos dicho, la moderna transcripción fonológica, que viene a ser, en cierto modo, la escritura alfabética ideal, sin las imperfecciones -tan difíciles de superar- que ofrecen los alfabetos empleados por las lenguas que utilizan este tipo de escritura. No quiero decir con ello que estos sistemas deban ser sustituidos, fuera del campo de la lingüística, por la aludida transcripción.

Quisiera terminar expresando mi deseo de que esta obra venga a incrementar entre nosotros el interés por la lingüística general y por las diversas lenguas esparcidas por el mundo o las que ya han desaparecido, como las estudiadas en este libro.

José Roca Pons

Profesor de la Universidad de Indiana


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