CAPÍTULO V

ALGUNAS ESCRITURAS INDESCIFRABLES

I

En el Segundo Congreso Internacional de Estudios Clásicos, que tuvo lugar en Copenhague (1959), I. J. Gelb describió el éxito logrado por Michael Ventris, al resolver el problema de la escritura Lineal B, como «el más afortunado esfuerzo individual en toda la historia del descifrado de escrituras y lenguas desconocidas».

Viniendo de una personalidad tan eminente es desde luego un gran elogio, y que tal proeza se llevara a cabo en 1952, fecha bien reciente, nos demuestra que no hay nada que impida ejercer su ingenio y su talento a aquellos que deseen emular a Champollion, siempre, desde luego, que posean un perfecto conocimiento del tema de su elección.

No pocos problemas quedan aún pendientes hoy en día, y muchos de ellos no son precisamente nuevos; así, por ejemplo, el que presenta la lengua de los etruscos (véase más adelante), la cual durante largo tiempo ha desconcertado a los investigadores y cuya solución está probablemente tan lejana hoy como lo estuvo hace dos mil años.

Otros problemas han surgido desde los comienzos del presente siglo; algunos de ellos, por lo menos, prometen ser de más fácil solución, y posiblemente para resolverlos sólo será necesario descubrir más cantidad de material adicional, monolingüe o de cualquier otra clase. En esta categoría puede colocarse probablemente una serie de inscripciones que fueron halladas hace unos años (desde 1929 en adelante) en la antigua ciudad fenicia de Biblos. Desde que fueron publicados por Maurice Dunand en Byblia Grammata (Beirut, 1945), estos textos han sido estudiados cuidadosamente por Dhorme, quien ha descubierto en ellos mas de cien signos distintos (fig. 13). Se supone que el lenguaje debe ser semítico. Las más antiguas de estas inscripciones son atribuidas a los siglos XIII a XI a. C., y fueron halladas en el macizo sarcófago que encargó el rey Itobaal para su padre Hiram.

II

El reciente descifrado de la escritura micénica Lineal B ha dejado sin resolver el problema presentado por las escrituras cretenses Lineal A y jeroglífica, que se supone expresan una lengua no griega, y tal vez ni siquiera indoeuropea.

Se sabe muy poco acerca de los habitantes prehelénicos de Creta, pero es evidente que durante la Edad del Bronce estuvieron relacionados comercialmente con Egipto, contacto que pudo haber llevado a la introducción de una forma de escritura jeroglífica, tal como la que se halla en las losas minoicas. Es casi seguro que esta escritura representa, en cuanto a sistema independiente, el comienzo de la escritura en la isla, y parece haber sido inventada durante el período minoico primitivo.

De igual modo que se hizo con la escritura lineal que se derivó de la jeroglífica, ésta fue dividida por Evans en jeroglífica A y B. Aparentemente, la jeroglífica A sirvió como un medio de identificación, mientras que la forma B, más evolucionada, llegó a ser de uso general durante el período MM II y una forma cursiva de esta última fue incisa sobre la arcilla de las tablillas. Una evolución posterior, que probablemente tuvo lugar en el período MM III, condujo a la aparición de la escritura Lineal A, de la que Evans halló cerca de una docena de ejemplares en Knossos. A comienzos del presente siglo, Halbherr halló otros textos, cuando descubrió cerca de ciento cincuenta pequeñas tablillas de arcilla en la llamada Villa Real de Hagia Triada. Estos documentos, todos en forma de página, contienen cada uno de cuatro a nueve líneas de escritura que progresa de izquierda a derecha. Como en todos los sistemas silábicos, se emplean tres clases de signos: ideogramas o palabras símbolo, silabogramas o signos-sílaba y signos auxiliares, tales como una marca de división de palabras, en este caso bajo la forma de un tilde. Igual que sucede en su paralela micénica Lineal B, todos los documentos parecen ser inventarios en los que las mercancías están registradas por medio de ideogramas, usados en conjunción con 75 signos silábicos (fig. 14).

III

El investigador italiano Luigi Pernier descubrió en julio de 1908, en Faistos (Festo), Creta, una tablilla de terracota inscrita. Tenía forma circular irregular, de unas 6 pulgadas (15 cm.) de diámetro; cada cara del disco llevaba marcas pictográficas que, de modo enteramente original e inusitado, seguían un curso en espiral. Cada curva está constituida por cinco roscas o adujas, subdivididas en secciones por medio de líneas verticales; cada una de estas secciones contiene probablemente palabras o frases

También la escritura presenta características especiales, ya que los caracteres no están incisos, sino que parecen haber sido estampados sobre el disco con la ayuda de un sello o tipo móvil.

Las pruebas estratigráficas sugieren que el hallazgo podría ser datado hacia el año 1700 a. C. (fig.15).

El recuento de los signos demostró que en total eran doscientos cuarenta y uno -118 (en 30 secciones) en una cara del disco y 123 (en 31 secciones) en la otra-. Los símbolos son pictográficos y representan figuras humanas y animales, edificios, enseres domésticos, etc. Pernier reconoció 45 caracteres distintos los males fueron agrupados en siete epígrafes que comprenden desde vegetación y plantas hasta armas y herramientas. Teniendo en cuenta que las criaturas vivientes tienen las cabezas dirigidas hacia la derecha, se supuso que la escritura progresaba de derecha a izquierda y que, por consiguiente, empezaba por la parte exterior y terminaba en el centro del disco.

Aunque algunas de las pictografías guardan un gran parecido con los símbolos de otras escrituras cretenses, las formas principales son distintas y parecen representar un desarrollo independiente. Uno de los caracteres, un tocado emplumado, repetido muy a menudo, se ha sostenido que sugiere que el disco fue traído de otro lugar y algunos investigadores lo han atribuido a los anatolios, aunque no se ha hallado nada parecido en Asia Menor ni en ningún otro lugar. Hasta que aparezca material adicional, las perspectivas de descifrado parecen ser muy escasas, puesto que sería temerario suponer que los 45 signos que aparecen sobre el disco constituyan la totalidad del sistema. En sus Documents in Mycenaean Greek, Ventris y Chadwick sugieren que, teniendo en cuenta la brevedad de la inscripción, el número total de signos es probablemente de unos 60 y que gracias a ellos, y teniendo en cuenta que las palabras individuales constan de dos a cinco signos, puede deducirse que la escritura es silábica y del tipo de la escritura egea.


IV

El duque de Luynes encontró en la isla de Chipre varios ejemplares de una escritura desconocida que más tarde fue descifrada, en gran parte gracias a los esfuerzos de George Smith. La escritura constaba de 56 signos, cada uno de los cuales representaba una sílaba que terminaba en vocal; más de 500 inscripciones conocidas demostraron que la lengua en que estaban escritas era un dialecto griego. Databan de unos 700 años a. C. y era evidente que el silabario estaba mal adaptado al griego, y que originariamente había sido proyectado para ajustarse a una lengua indígena. Esta lengua nativa, que también se hallaba en alguna inscripción, no pudo ser comprendida y se le dio el nombre de eteo-chipriota.

Más tarde, en Enkomi (la antigua Salamis) y en otros lugares de la isla, se descubrió una serie de cortas inscripciones escritas en caracteres desconocidos. Esta escritura, perteneciente a la Edad del Bronce, era evidentemente mucho más antigua que la descubierta anteriormente y se supuso que correspondía a los años entre 1500 y 1150 a. C.

Muchas de estas antiguas inscripciones fueron descubiertas entre 1952 y 1953, durante las excavaciones llevadas a cabo en nombre del «Department of Antiquities», en tres tablillas de arcilla cocida. Dos de estas tablillas estaban muy estropeadas, pero la tercera contenía 22 líneas de texto ininterrumpido en una cara y un pequeño número en la otra. Había 57 signos distintos probablemente silábicos, y las palabras individuales estaban separadas por una marca divisoria en forma de un corto trazo vertical.

Los análisis han demostrado que, de las 22 líneas, cada una contiene de cuatro a cinco palabras; que una misma palabra de cinco letras está repetida en las líneas tres y diez; que otra de tres letras aparece en las líneas 5, 8 y 11; y que una palabra de dos letras se halla en las líneas 4, 10 y 18. La escritura progresa de izquierda a derecha y, según una teoría, esta escritura desciende de la minoico-micénica, aunque un intento por leerla en griego no fue muy convincente, en gran parte a causa de la insuficiencia de material. Una posible fuente exterior de inscripciones adicionales ha sido revelada por Schaeffer, quien descubrió un ejemplo fragmentario de esta escritura entre las ruinas de una residencia privada en Ras Shamra (fig. 16).


V

Aunque se conocen unas diez mil inscripciones en lengua etrusca, cuatro quintas partes de ellas son de carácter funerario y, suponiendo que hubiesen existido textos literarios, no se ha conservado ninguno. Los intentos realizados por traducir los fragmentos conocidos se han sucedido desde los tiempos del historiador griego Dionisio de Halicarnaso (siglo I a. C.), el cual describió la lengua desconocida como distinta a cualquier otra.

La evidencia arqueológica sugiere que el hogar ancestral de los etruscos fue Asia Menor, y esto añade color a la teoría del origen lidio propuesto por Herodoto. En cuanto a las posibles filiaciones lingüísticas, la última palabra de Trombetti acerca de este importante problema fue que la lengua pertenece a un grupo intermedio entre el caucásico y el indoeuropeo, si bien B. de Nogara se inclina por la opinión de que se trata de una lengua mixta con conexiones itálicas. Lo único cierto es que dicha lengua no podrá ser comprendida hasta que se le encuentre una filiación segura (fig. 17).

Las investigaciones basadas en el análisis interno, y realizadas con la ayuda de treinta textos bilingües etrusco-latinos, breves y no muy útiles, han hecho posible que se realizaran traducciones de algunos de los textos más cortos, en los que se repiten las mismas palabras varias veces. Para estas interpretaciones ha sido una gran ayuda que las interpretaciones consistan casi exclusivamente en epitafios, y sea previsible la aparición de palabras tales como avil (año), tin (día), alpan (ofrenda), puia (esposa), ati (madre), lautn (familia) y ril (edad). Una guía útil, aunque un tanto problemática, para la obtención de los nombres de los seis primeros números fue facilitada inesperadamente al examinar una tumba hallada en Toscanella, la cual contenía un par de dados de marfil, que llevaban inscritas las palabras mach, zal, thu, huth, ci y sa. Sin embargo, la distribución de los números sigue siendo una mera conjetura, y la presunción de que siga la tradicional disposición 1-6, 2-5 y 3-4 puede ser falsa. Otras pistas probables han sido encontradas por pinturas fáciles de reconocer, junto a nombres como Clutmsta (Clitemnestra) y Elina-i (Elena). Pero textos más largos, tales como los hallados sobre los vendajes de lino de algunos restos momificados (que contienen hasta quinientas palabras distintas), todavía esperan una traducción satisfactoria.


VI

El conocimiento de los glifos mayas se perdió para el mundo a causa del desdichado celo de Diego de Landa, segundo obispo de Yucatán, quien alcanzó este cargo no mucho después de que los españoles descubriesen el Nuevo Mundo en los últimos años del siglo XV. En un intento por borrar toda traza de la religión nativa, este torpe clérigo ordenó la total destrucción de los textos mayas, y tan celosamente fueron cumplidas sus instrucciones, que de los varios centenares de manuscritos precolombinos, iluminados, escritos sobre papel de agave enlucido, solamente tres han llegado hasta nosotros. Y con la irreparable pérdida de estos documentos también desapareció toda posibilidad de conocer y comprender una cultura que, aunque sólo fuera en un aspecto, el del cómputo del tiempo, era en algunos aspectos superior a la de su destructor.

Se tuvo noticia de esto cuando, por un extraño viraje del destino, fue descubierta en la Biblioteca Real de Madrid una obra olvidada del padre Landa, escrita en 1566. El hallazgo fue hecho cerca de tres siglos más tarde. Esta obra daba detalles de los glifos que habían utilizado los mayas para designar los días y los años y también contenía un supuesto alfabeto de 27 letras. Cuando esta información fue aplicada al contenido de algunas de las numerosas inscripciones monumentales que existían entre las ruinas de las antiguas ciudades mayas, los datos del calendario probaron que eran fidedignos. Sin embargo, el supuesto alfabeto era totalmente inútil, lo cual podía achacarse a que el obispo Landa no comprendió bien a sus informantes, o bien a que fue deliberadamente engañado por ellos.

Actualmente se conoce el significado de cerca de un tercio de los signos, y de ellos se deduce que el sistema maya parece ser predominantemente ideográfico (fig. 18). Muchos investigadores han proclamado la existencia de elementos fonéticos; los más recientes defensores de esta teoría han sido el profesor americano Benjamin Whorf y el lingüista ruso J. V. Knorozov. Pero I. J. Gelb se muestra muy escéptico respecto a ello, basándose en que una escritura fonética, si se conoce el lenguaje que representa, no puede tardar mucho en ser descifrada. La lengua maya todavía es hablada por unas 360.000 personas, que habitan en la península del Yucatán, y por consiguiente es casi imposible que la escritura maya se base en un sistema fonético, aunque sólo sea por el hecho de haber resistido todos los esfuerzos hechos para dilucidarla.


VII

Hace más de cien años, en Harappa, en el distrito Montgomery del Punjab (India), se hallaron pruebas de la existencia de una civilización, hasta entonces ignorada, que había florecido en el valle del Indo, durante el tercer milenio antes de Cristo; los exámenes detenidos de este yacimiento no fueron emprendidos hasta 1920. En esta época se halló y examinó otro montículo, unas 450 millas más allá, en Mohenjo-Daro, encontrando las ruinas de una gran ciudad, que había ostentado casas de ladrillos de varios pisos, equipadas con baños y vertederos.

Se ha sugerido que la notable ausencia de otras inscripciones fuera de las que aparecen en los sellos indica el uso de material perecedero para sus archivos. En cuanto a los sellos de cobre o piedra, se han hallado unos 800; cada uno de ellos contiene por término medio unos seis signos (fig. 19). Los cálculos acerca del número total de signos varían -G. R. Hunter ha distinguido 253, S. Langdon 288 y C. J. Gadd 296 caracteres distintos, siendo evidente el origen pictórico de algunos de ellos-. La escritura, que parece ser principalmente, pero tal vez no enteramente, ideográfica, normalmente se lee de derecha a izquierda, pero en ocasiones se hallan cambios de dirección y a veces es bustrófedon.

Desde el punto de vista de su descifrado, la escritura presenta un problema insoluble. No sabemos absolutamente nada del pueblo que la utilizó; su raza, su lengua, los nombres de sus jefes, todo ha sido olvidado. La única clave es la hipotética posibilidad de establecer conexiones con las culturas de Mesopotamia, sugerida por ciertas significativas semejanzas, por ejemplo, la existencia de sellos cilíndricos. Entre tanto, Meriggi ha intentado una interpretación puramente ideográfica; Langdon y Hunter han ensayado en vano explicar la escritura en términos del alfabeto Brahmi; Hrozony ha abogado por los méritos de una posible solución hitita y M. G. Hevesy ha buscado la respuesta en la lejana isla de Pascua. Pero si se confirma la identidad de la escritura del valle del Indo y la escritura rongo-rongo, como lo preconiza Langdon, esta semejanza sería el resultado, tal como él mismo sugiere, de un asombroso accidente histórico. En todo caso, su relación con la isla de Pascua puede ser considerada geográficamente como muy inverosímil y desde el punto de vista cronológico como altamente improbable.


VIII

En 1722, el holandés Jacob Roggeveen, en el transcurso de un viaje a través del Pacífico de este a oeste, descubrió Rapanui o isla de Pascua, una isla de 45 millas cuadradas de superficie en la cual se hallaron varios centenares de figuras de piedra de gran tamaño. Tan misteriosas como estas figuras eran unas tablillas de madera, algunas de ellas de seis pies (1,82 m) de largo, cubiertas de una escritura pictográfica, no existiendo nada parecido en toda Polinesia (fig. 20). Los nativos daban a estas extrañas tablillas el nombre de Koau-rongo-rongo, pero al establecerse una misión en la isla, en 1864, muchos de los textos fueron destruidos a manos de sus poseedores, con el resultado de que hoy en día tan sólo se conoce la existencia de una veintena.

Algunos de estos símbolos consisten en representaciones de seres humanos, pájaros, peces y plantas, mientras que otros adoptan diseños geométricos.

Al ser interrogados acerca de los propósitos y significados de la escritura, los isleños más ancianos afirmaron que las tablillas eran de varias clases. Los contenidos de algunas de ellas se suponía que aseguraban la fertilidad de los campos, mientras que otras, tales como las kohan o te ranga, contenían conjuros poderosos, realizados con la intención de provocar la derrota de un enemigo. Pero los intentos realizados para persuadir a los nativos de que leyesen las tablillas en voz alta fracasaron. Un hombre interrogado al respecto dio tres versiones distintas de una misma tablilla en el transcurso de unos cuantos días y otro se limitó a entonar algo así como «ésta es la figura de un hombre, después viene el perfil de un pájaro...». Y, aunque ya demasiado tarde, se advirtió que habían perdido por completo los conocimientos indispensables para leerlas.

En esta escritura se invierte la dirección cada dos líneas y se ha convenido en que proviene de otro lugar. Según el investigador vienes Robert von Heine-Geldern, la fuente originaria fue China, mientras que De Hevesy, como ya se ha indicado, se inclina por el valle del Indo. Sin embargo, la tradición local sugiere que la escritura fue traída a la isla por doscientos guerreros y sus familiares, más o menos en el siglo XII d. C., y además que fue imaginada en principio para ser usada por una especie de juglares que leían las tablillas mientras cantaban. Esto presta apoyo a la tesis de Th. S. Barthel, que sostiene que dicha escritura es tan sólo una forma embrionaria de escritura, que consiste en un simple sistema de signos mnemónicos.


IX

La versión elamita de las inscripciones aqueménidas trilingües iba precedida por una inscripción en una escritura que ha sido denominada protoelamita. Esta escritura fue desarrollada hacia el tercer milenio antes de Cristo en Susa (Shushan), una ciudad a orillas del río Karkhev, unas 150 millas al norte de la cabecera del golfo Pérsico, que fue capital del antiguo reino de Elam. Parece que existen formas primitivas y tardías de esta escritura. El ejemplo más reciente consiste en un número de signos comparativamente pequeño (han sido reconocidos y fechados unos 50 ó 60). Por otra parte, la escritura primitiva contiene varios cientos de signos, todos aparentemente ideográficos (fig. 21). Usualmente, aunque no invariablemente, progresan de derecha a izquierda y, con pocas excepciones, la escritura se reduce a tablillas de arcilla, cuyo contenido parece circunscribirse a temas económicos, aunque hasta ahora ninguno de los signos puede leerse sin tropiezo. Sin embargo, se ha deducido que el sistema numérico que les acompaña es probablemente decimal.

Todavía no se ha podido dilucidar si las escrituras protoelamitas se inventaron independientemente. Pero, en vista de su estrecha relación con los sumerios, por los que fueron vencidos, esto debe ser considerado inverosímil, sobre todo porque, tal como antes se ha referido, los elamitas abandonaron finalmente este sistema de escritura y adoptaron una forma simplificada del cuneiforme babilónico. Esto sugiere que la escritura protoelamita puede haberse originado de modo parecido y tal vez pueda hallarse en esta posibilidad una ayuda para su descifrado.


 


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