I
Uno de los mayores éxitos de la investigación arqueológica en el siglo XIX fue el inesperado descubrimiento de que, durante un período de varios cientos de años, floreció en el norte de Siria y de Asia Menor (Anatolia) un poderoso y hasta aquel momento desconocido imperio que, en su día, rivalizó con los de Egipto y Babilonia. Sus fundadores parecían ser los descendientes de emigrantes que hicieron su camino hacia Armenia y Capadocia unos dos mil años antes de Cristo. Estos precursores, identificados con los luwianos, estaban estrechamente relacionados -según sugiere su lengua- con un grupo tribal aun más poderoso que más tarde siguió sus pasos y llegó a absorberlos. En cuanto al pueblo de los hatti -o protohititas [4] -, los habitantes indígenas de la región así ocupada fueron completamente subyugados por los recién llegados, pero lograron ejercer sobre ellos una gran influencia en el aspecto lingüístico y en otros muchos.
Lo que ahora denominamos Imperio Antiguo del reino establecido por los intrusos está asociado con el nombre de Labarnash (o Tabarnash), 1650 a. C.; el nieto de este gran jefe, Mursil I, transfirió la capital a Hattushash, la principal de las ciudades hititas -ahora Boghaz-Koei = George Village- y muy probablemente la Pteria de Herodoto. Gracias a la conquista de Alepo, Mursil I extendió su esfera de influencia por todo el norte de Siria y, como resultado de un atrevido raid sobre Babilonia, consiguió provocar la caída de la famosa dinastía de Hammurabi. Mursil fue asesinado por uno de sus cuñados, y su muerte fue seguida por un período de inquietud que se extendió por todo el reino. El orden fue restablecido por el rey Telepinush, quien logró triunfar sobre los nobles revoltosos e introdujo una legislación para regular la sucesión al trono.
Respecto a los sucesos que debieron acaecer en los siguientes ciento cincuenta años, sabemos muy poco, excepto que, durante este período, el Imperio Antiguo se desintegró y durante un tiempo el pueblo de Hatti -nombre que le dan los textos babilónicos y asirios- parece haber permanecido bajo el dominio del reino de Mitanni y haber pagado tributo a Tutmosis III de Egipto.
El Imperio Nuevo fue inaugurado por Tuthalija II (alrededor de 1430 a. C.), pero su desarrollo se vio al comienzo frenado por la presencia del reino de Mitanni en el este y por la ocupación de Siria por los egipcios en el sur, y los sucesores de este monarca tuvieron que hacer frente a distintas revueltas en uno u otro distrito.
En realidad, la situación no estuvo plenamente dominada hasta que subió al trono el enérgico Shubiliuluma, lo cual fue logrado por este monarca mediante la adopción de enérgicas medidas en el interior y la realización de astutas maniobras en el exterior. Entre sus vecinos se hallaban los ameritas, cuyo territorio estaba enclavado entre el reino de Mitanni y las ciudades-estado de Fenicia, países que en aquel entonces eran leales a Amenofis III de Egipto. Shubiliuluma persuadió al jefe amorita Abdashirta para que realizase un ataque de diversión contra los fenicios, mientras él dirigía un ejército a través del Eufrates contra el reino de Mitanni. Pero a continuación, Shubiliuluma atacó a los desprevenidos amoritas, quienes, habiendo servido sus propósitos, permitieron que Shubiliuluma se convirtiese en el más poderoso monarca del Asia occidental, ya que pudo añadir a su Imperio la reciente conquista amorita de Fenicia.
Ya se tenía considerable información acerca de estos acontecimientos gracias a los textos egipcios, en donde hay numerosas referencias a un pueblo de un país denominado HT (la habitual versión española es hitita), con el que los egipcios entraron en contacto como resultado de las actividades expansionistas de Tutmosis I, faraón que penetró mucho más allá de los confines tradicionales del valle del Nilo y llegó hasta las terrazas del Eufrates. Esta incursión fue consolidada por Tutmosis III, quien en el transcurso de diecinueve años realizó no menos de diecisiete campañas, gracias a las cuales conquistó Palestina -batalla de Meggido (1479 a. C.)-, Fenicia y Siria.
La historia de cómo fueron perdidas estas conquistas territoriales fue revelada gracias a las cartas de Tell-el-Amarna, verdadera acumulación de correspondencia oficial que fue desenterrada accidentalmente en 1887 por una campesina egipcia. Los documentos, bajo la forma de varios centenares de tablillas de arcilla, estaban escritos en caracteres cuneiformes y en lengua acadia en su mayor parte; el acadio era la lengua de la diplomacia de aquellos tiempos.
Pronto se comprobó que se trataba de una serie de informes de carácter administrativo y político que habían sido intercambiados entre los faraones Amenofis III y Amenofis IV (Akenatón) y varios príncipes extranjeros, unos vasallos de Egipto y otros independientes, entre los que se hallaban los de Babilonia, Asiria y Mitanni. Las cartas demostraron que, mientras Amenofis III, gracias a sus amistosas relaciones con Tushratta, rey de Mitanni -con el cual estaba emparentado por matrimonio con una hija de aquel monarca-, había logrado mantener su control sobre las posesiones asiáticas que había heredado de sus predecesores, en cambio su hijo Akenatón, el reformador religioso, a causa de su política de estudiado desinterés y negligencia, permitió que aquellas conquistas, adquiridas en arduas campañas, escapasen del dominio de Egipto. En el transcurso de unos desastrosos años, no sólo fueron abandonadas una tras otra todas las dependencias de Egipto, sino que se llegó al punto de que Artatama, el hermano del rey de Mitanni, animado sin duda por la evidente falta de un jefe enérgico en Egipto, se unió a un grupo antiegipcio y entró a formar parte de un complot tramado por Shubiliuluma. Este paso provocó la muerte de Tushratta y motivó la pérdida de la independencia de Mitanni.
En el transcurso de los siguientes años, los faraones Seti I y Ramsés II lucharon valientemente, pero en vano, para recobrar el territorio perdido, pero sólo lograron reconquistar Palestina y el sur de Fenicia. La pugna condujo a la batalla de Kadesh, y, aunque públicamente Ramsés declaró que el resultado había constituido una gran victoria para Egipto, privadamente parece haber apreciado la situación de modo más realista.
De todos modos, tras tres descorazonadores años de lucha sofocando una serie de ininterrumpidas rebeliones en Palestina, pudo por fin firmar un tratado de paz y alianza con el enemigo; la esencia de este tratado era que el faraón, como vencedor, recibía otra novia extranjera para ser añadida a su ya impresionante colección de esposas, mientras que el rey hitita, como vencido, retenía la soberanía sobre Siria. A pesar de todo, a partir de este momento comenzó a decrecer el poderío del Imperio hitita, y finalmente Anatolia sufrió la invasión de tracios, frigios y otros pueblos del mar (egeos), aunque los textos asirios siguen refiriéndose a Siria como país de los hatti; en efecto, su capital oriental, Carquemish, resistió hasta el 717 a. C., momento en que fue conquistada por Sargón II. A partir de entonces, el Imperio hitita y su pueblo desaparecieron de las páginas de la Historia.
Gran parte de esta información pudo ser reconstruida gracias a las inscripciones halladas en las regiones circundantes, pero además, en aquella misma región del Asia occidental, se obtuvieron pruebas adicionales que señalaban la existencia en el pasado de un poderoso reino que se había extendido por Asia Menor y Siria.
En 1812, J. L. Burckhardt, un intrépido viajero suizo que arriesgó su vida explorando los países árabes, disfrazado de devoto seguidor de Mahoma -lo cual constituía en aquellos tiempos la única garantía de salvoconducto-, llegó a la ciudad siria de Hama -la antigua Hamath-. En la pared de una casa, en el bazar, observó una piedra cubierta de inscripciones que parecían constituir una forma de escritura jeroglífica, aunque los signos guardaban muy poco parecido con los familiares caracteres egipcios. A su debido tiempo, Burckhardt comunicó su descubrimiento en un relato acerca de sus viajes que publicó años más tarde (Travels in Syria and the HolyLand, Londres, 1822), pero pasó más de medio siglo antes de que el asunto llamase la atención de los investigadores. Finalmente, J. A. Johnson y S. Jessup, dos americanos que visitaban Hama, observaron algunas de estas piedras con inscripciones, embutidas asimismo en los muros de los edificios. La hostilidad de los nativos les impidió realizar copias minuciosas. Este problema se resolvió cuando William Wright, un misionero establecido en Damasco, llegó a Hama acompañado por el gobernador turco de Siria. Este distinguido oficial hizo frente al desagrado del pueblo y ordenó el traslado de las piedras a Constantinopla, aunque Wright obtuvo antes el vaciado de las inscripciones, una copia de las cuales fue enviada por él mismo al Museo Británico.
En distintos lugares de Asia Menor, muy distantes entre sí, habían sido descubiertos asimismo otros ejemplares de aquella extraña escritura, frecuentemente en asociación con piedras esculpidas, o en los alrededores de las ruinas de las antiguas ciudades: en Boghaz-Koei por C. Texier y W. Hamilton, en Ivriz por E. J. Davis y en Bor, Euyuk, Bulharmaden, Sipylos y otros lugares por diferentes observadores. En 1874, Wright se aventuró a adscribir esta escritura a los Hittim (hititas) mencionados por los hebreos, sugerencia que fue recogida por A. H. Sayce, quien más tarde anunció el descubrimiento de lo que él creía era un imperio largo tiempo olvidado.
A la luz en cierto modo incierta de las referencias del Antiguo Testamento, la identificación presentaba, sin embargo, numerosas dificultades, ya que, mientras por una parte indicaban que Siria era la patria de los hititas, por otra este pueblo era localizado junto a los horitas, perizitas, amoritas y jebusitas como otro más de los desdichados grupos tribales que tuvieron el infortunio de residir en la codiciada tierra de Canaán.
Por otra parte, ciertas ideas preconcebidas acerca de diversas afinidades raciales estaban destinadas asimismo a ser transformadas. En efecto, durante largo tiempo se había considerado como un hecho garantizado el origen semita de los hititas -«los hijos de Heth», que habitaron en Hebrón en los tiempos de Abrahán-, y desde luego así parecían afirmarlo los nombres propios mencionados en los relatos hebraicos: Ahumelech, Ephron, Uriah.
Entre las cartas de Tell-el-Amarna había dos documentos dirigidos a Tarchundaraus, rey de Arzawa -un dominio del litoral mediterráneo-, escritos en una lengua desconocida, y significativamente esta misma lengua fue hallada más tarde en algunos fragmentos de textos aparecidos en los alrededores de Boghaz- Koei. Esta prueba lingüística fue estudiada por el investigador noruego J. A. Knudzton, quien, en 1902, anunció que en el transcurso de su examen de aquellos textos creía haber hallado en ellos características indoeuropeas, teoría que fue saludada con tantas expresiones de duda e incredulidad por parte de los más importantes filólogos que su autor, avergonzado, se vio obligado a retractarse.
A pesar de todo, se reconoció la importancia y posibles implicaciones del texto hallado en Boghaz-Koei, y Hugo Winckler consiguió una concesión para hacer excavaciones en aquella localidad en nombre de la Germán Oriental Society. Se realizó una primera campaña de excavaciones en 1906-1907 y otra en 1911-1912, cuyo resultado fue la recuperación de más de diez mil tablillas cubiertas de escritura cuneiforme, la mayoría de las cuales estaban escritas en la lengua desconocida hallada previamente en las cartas de Tell-el-Amarna, la cual así quedó demostrado que era la lengua oficial de los hititas. Otro de los documentos, redactado en acadio, puso de manifiesto que Boghaz-Koei había sido la principal ciudad de aquel imperio y que los Kheta de los egipcios, los Hatti de los babilonios y los Hittim de los hebreos eran un mismo pueblo. Asimismo era evidente que los hititas habían utilizado dos escrituras distintas -cuneiforme para las necesidades cotidianas y jeroglífica para propósitos monumentales- y dos lenguajes distintos: acadio e hitita.
Respecto a esto, la situación era que la escritura cuneiforme -adquirida evidentemente, de forma directa o indirecta, de los babilonios- podía ser leída y comprendida en acadio, y leída, pero no comprendida, en hitita; mientras que la escritura jeroglífica -posiblemente una invención independiente, inspirada en su contrapartida egipcia- no era ni legible ni inteligible. En tales circunstancias era obvio que no existía posibilidad inmediata de descifrar el hitita cuneiforme.
Al morir Winckler en 1913, el estudio de los textos de Boghaz-Koei fue confiado a un grupo de asiriólogos, y casi inmediatamente el investigador checoslovaco Bedrich Hrozony consiguió resultados sensacionales, ya que entre 1914 y 1916 no sólo descifró la lengua, sino que demostró que ésta era esencialmente indoeuropea, tal como ya supuso Knudzton.
Al principio, Hrozony, por falta de textos bilingües, tuvo que luchar con una colección de signos silábicos e ideográficos que podía leer -partiendo de la base de que la escritura pertenecía a la familiar variedad mesopotámica- pero no podía entender. En su trabajo se vio auxiliado, aparte de la aparición fortuita de nombres propios, por el hecho de que los escribas hititas hubiesen usado muy a menudo palabras babilónicas, como hace un escritor occidental en la actualidad, cuando utiliza expresiones latinas tales como viceversa o in situ. De este modo pudo obtenerse el significado de algunas palabras, aunque no la pronunciación hitita. Este proceso se vio asistido por el hecho de que estas palabras sustitutivas estaban colocadas irregularmente; de tal modo la comparación entre los distintos textos permitía obtener mayor información.
Una de estas palabras signo que descubrió Hrozony fue el ideograma NINDA, que significa «pan», que aparecía en una sentencia cuya transliteración era:
Nu NINDA-an ezzateni, vadar-ma ekuteni.
Gracias a distintas pruebas facilitadas por otros ejemplos, había buenas razones para creer que la terminación an de NINDA-AN denotaba el acusativo singular. Por otra parte podía suponerse que la palabra «pan» pudiera estar acompañada por un equivalente de la expresión «comer», significado que fue acordado al ezza de ezzateni, cuyo final, por concurrencias asimismo ya anotadas, sugería la frase «tú comes, tú comerás». Además, como las palabras vadar-ma ekuteni eran la contrapartida de ninda-an ezzateni, parecía probable que vadar se refiriese a alguna clase de bebida y en tal coyuntura la palabra «agua» se prestaba a ser considerada. En tal caso ekuteni debía significar «beber» o «beberá», y así la frase completa podría ser:
«Ahora comerás pan, luego beberás agua.»
Aceptando que tal interpretación fuese correcta, era evidente la afinidad de la lengua hitita con lenguas bien conocidas:
Hitita Alemán Inglés
Nu Nun Now
Ezzateni Essen Eat
Wadar Wasser Water
Una vez establecidas estas importantes relaciones, fue relativamente fácil detectar otras semejanzas muy estrechas con formas familiares indoeuropeas:
Hitita Latín Inglés Español [5]
Uk Ego I Yo
Kwis Quis Who Quién
Kwiskwis Quisquis Whoever Quienquiera
Ésta fue, pues, la base del procedimiento utilizado por Hrozony para descifrar la lengua de la escritura cuneiforme hitita y en estos datos se basó asimismo para afirmar que, tanto por su estructura como por su vocabulario, esta lengua era esencialmente indoeuropea. Pero, llevado por su entusiasmo inicial, el investigador le atribuyó bastante más de lo que los hechos justificaban, pues como luego se descubrió, aunque el hitita era, sin duda, básicamente indoeuropeo, la lengua de los textos cuneiformes había sido considerablemente influida por diversas lenguas extrañas a la familia indoeuropea que habían dejado en ella sus huellas.
Dadas estas diferencias, los filólogos se vieron incapaces de aceptar muchos de los significados que Hrozony asignó a las palabras hititas, basándose en el parecido con sus supuestos equivalentes indoeuropeos; y no pocas autoridades, precipitándose no menos inconscientemente de un extremo al otro, rechazaron la totalidad de sus hallazgos.
Sin embargo, la solución de Hrozony era fundamentalmente acertada, según fue demostrado por investigaciones más profundas llevadas a cabo en la siguiente década. Hacia 1925, la mayoría de los más importantes investigadores ya tenían conocimiento de este hecho. A partir de entonces, la comprensión del lenguaje fue progresando de un modo paulatino y razonablemente satisfactorio, y en 1936, E. H. Sturtevant pudo publicar un glosario que incluía más de tres mil palabras hititas y sus correspondientes significados.
Gracias a esta información, se llegó a una total apreciación de la complicada naturaleza de las afinidades raciales de los hititas, puesto que, ya en 1919, Emil Forrer había declarado que entre las tablillas de Boghaz-Koei se hallaban por lo menos ocho lenguas distintas. Entre estas lenguas parecía que sólo el hitita y el acadio habían gozado de estado oficial, puesto que eran las lenguas que predominaban. Pero también había tablillas escritas en la lengua hurriana del pueblo de Mitanni y en la lengua ayra hablada por sus jefes; también había otras tablillas escritas en armerio -lengua que probablemente era estudiada pero no hablada-, en luwiano -lengua relacionada muy estrechamente con el hitita-, en palaico -también de origen indoeuropeo- y hattiano -la lengua de los habitantes aborígenes-. A esta serie de lenguas, actualmente debemos añadirle una novena, puesto que a pesar de las esperanzas puestas en la tesis contraria, es evidente que la lengua de los jeroglíficos hititas, aunque emparentada con la del cuneiforme hitita, no era idéntica.
Entre tanto se habían hecho diversos intentos por descifrar la escritura pictográfica hitita, que se iniciaron casi inmediatamente después del hallazgo de las piedras de Hamath, en 1872, aunque con poco éxito. Un examen preliminar demostró que las líneas de la escritura estaban dispuestas para ser leídas por el sistema llamado de «bustrófedon», y que progresaban alternativamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. También parecía que la primera línea de una inscripción podía comenzar por cualquier extremo, aunque se observó que la palabra inicial usualmente se encontraba a la derecha. Desde luego, nunca existió duda acerca de la dirección de la escritura, puesto que las cabezas y otras representaciones gráficas similares invariablemente estaban dirigidas hacia el comienzo de la línea. Pero en estos caracteres había una cosa insólita: en una primitiva forma monumental estaban cuidadosamente esculpidos en altorrelieve, mientras que en un estilo cursivo simplificado, que se desarrolló más tarde, los signos eran incisos (fig. 7).
Ya en 1863, A. D. Mordtmann proporcionó una posible pista acerca del significado de algunos de estos signos, cuando publicó una descripción de un sello o colgante de plata que se decía había sido adquirido por un comerciante de Esmirna. Era un objeto en forma de moneda, en cuyo centro aparecía una figura que enarbolaba un bastón; la figura estaba rodeada de pictografías en miniatura y el conjunto estaba encerrado en un recuadro marginal que contenía signos cuneiformes.
Antes de la aparición del relato de Mordtmann, el sello había sido ofrecido en venta al Museo Británico, en donde fue sometido a examen crítico por Henry Rawlinson y Samuel Birch, los cuales llegaron a la conclusión de que era falso -Birch supuso que se trataba de una copia, seguramente un vaciado de un original en piedra; Rawlinson llegó a la conclusión pura y simplemente de que se trataba de una falsificación absoluta-. Ante tan desfavorables opiniones, el Museo declinó la compra, pero se aprovechó la oportunidad para hacer una serie de impresiones en cera.
En 1880, A. H. Sayce, tras un detenido examen, llegó a la conclusión de que las figuras centrales eran jeroglíficos hititas, que estaban rodeados de su equivalente cuneiforme; es decir, que el sello era bilingüe.
Sin embargo, y a pesar de sus méritos, el tan disputado sello Tarkondemos, aun en el mejor de los casos, facilitaba escasa ayuda a los descifradores, puesto que la supuesta contrapartida jeroglífica de sus diez signos cuneiformes contaba tan sólo con seis símbolos, muy poco en relación con los 200 signos y pico con que cuenta esta escritura.
Aunque muchos de los jeroglíficos fueron reconocidos fácilmente, puesto que representaban claramente partes del cuerpo humano, cabezas de animales, artículos de adorno, etc., no constituían gran ayuda cuando se debía determinar los valores exactos, es decir, cómo debían ser leídos, e inevitablemente se cayó en el peligroso campo de las conjeturas. Se llegó al extremo de intentar más de una docena de sistemas distintos y R. H. Thompson, al explicar los resultados alcanzados en un estudio hecho sobre algunos nuevos textos hallados en Carchemish en 1911, como la cosa más natural empezó por explicar lo poco en común que tenían sus descubrimientos con los otros investigadores, incluyendo a A. H. Sayce, R. Rush, P. Jensen, C. R. Conder y A. Gleye.
Finalmente, los investigadores empezaron a darse cuenta de que poco o ningún progreso se estaba realizando, y, en 1924, Jensen expresó su convencimiento de que, mientras no se descubriese un texto bilingüe extenso, la empresa parecía imposible.
Evidentemente, lo que hacía falta era que se dedicasen a la tarea del descifrado gentes nuevas, limpias de ideas preconcebidas. Necesidad que a su debido tiempo fue solventada por los esfuerzos de cinco investigadores de nacionalidades diversas: H. T. Bossert (Alemania), P. Meriggi (Italia), B. Hrozony (Checoslovaquia), E. Forrer (Suiza) y I. J. Gelb (EE.UU.).
Trabajando al principio independientemente, estos cinco hombres lograron llegar a un acuerdo casi completo acerca de los valores fonéticos de muchos de los signos. La obra de Gelb Hittite Hieroglyphs I-II-III (Chicago, 1931-1935-1942) nos proporciona un instructivo atisbo de los métodos empleados. Gracias a los trabajos de sus predecesores, publicados durante los anteriores cincuenta años, Gelb consideró que tan sólo podía aceptar la lectura de doce signos, que se atribuían a Sayce, F. E. Peiser, Jensen, A. E. Cowley y Carl Krak. Entre los signos cuyos significados eran casi seguros estaban:
Aunque Gelb se inclinaba a aceptar la autenticidad del sello Tarkondemos, y también de otros varios sellos bilingües, del mismo modo que hicieron otros autores antes que él, halló una fuente de información más manejable en los nombres geográficos que aparecían en los monumentos. Tanto más cuanto que la presencia de estos nombres estaba indicada por un determinativo apropiado -uno o dos picos de montaña- y por lo tanto no había ninguna dificultad en encontrarlos, aunque su identificación correcta era ya desde luego otra cosa. Por ejemplo, el emplazamiento preciso de Carchemish, ciudad que tenía fama de ser el más importante establecimiento hitita sobre el Eufrates, era desconocido hasta que George Smith descubrió que se trataba de la moderna Jerablus. Por otra parte, aunque era razonable suponer que, si el nombre de un lugar determinado aparecía frecuentemente en un grupo de inscripciones, éstas muy probablemente se referirían a aquella localidad, la referencia no servía de gran ayuda, a menos que se supiese algo acerca de la historia de la ciudad por otras fuentes; por ejemplo, en relatos griegos o asirios que la mencionasen por su nombre.
Cinco ciudades cumplían las necesarias condiciones, respectivamente las de Haleb, Hamath, Tunni, Gurgan y Carchemish. Entre éstas, Carchemish -cuyo nombre fue leído en primer lugar por Jensen ya en 1894- era la más importante. Su nombre aparecía con gran frecuencia y ofrecía 14 formas distintas, de las cuales la siguiente puede ser considerada como un ejemplo típico:
Gelb observó que el primer signo iba seguido regularmente por un símbolo (ka), pero este signo en ocasiones era omitido, de lo que dedujo que debía servir como complemento fonético. En tal caso, el primer signo debía ser ideográfico. Además, se sabía que aparecía sólo en el nombre de este lugar y en el nombre de un dios que también era exclusivo de Carchemish, de lo que se deducía que el nombre de la ciudad incorporaba el de una deidad patrona. Con la ayuda de la traducción asiria de Carchemish (Karkames), la forma hitita resultaba ser Karka (ka) me-sa-wa-si.
Por este procedimiento fueron establecidos en total los valores de unos veinte signos silábicos. Pero pronto resultó evidente que el método tenía sus limitaciones, y como suplemento a este método, Gelb intentó la pesada tarea de establecer una completa concordancia de todas las palabras (según indicaba la palabra divisora) y grupos de palabras que aparecían en las inscripciones, tarea que determinó una revisión previa de cada signo individual y de sus variantes. A partir de aquí, y trabajando sobre la base de que los jeroglíficos hititas, como forma de escritura, eran divisibles en dos categorías: ideogramas y fonogramas, se esforzó por distinguir unas formas de las otras. En esta tarea le sirvió mucho su lista de palabras, pues mediante un simple examen demostraba que ciertos signos aparecían tan sólo al principio de las palabras y nunca como terminaciones gramaticales. Así consideraba que en una palabra, pongamos de cinco signos, el primero y el segundo, y tal vez también el tercero de estos símbolos, podían ser ideográficos, mientras que los caracteres cuarto y quinto debían representar valores fonéticos, cuya función era ayudar en la lectura de los signos precedentes.
El resultado de este razonamiento fue que Gelb llegó a la importante conclusión de que la escritura jeroglífica hitita contenía más de sesenta signos fonéticos, número demasiado grande para que fuesen alfabéticos e insuficiente para que fuesen silábicos. Pero, si la escritura no era alfabética, forzosamente tenía que ser silábica, paradoja para la que ofrecían una respuesta plausible los silabarios japonés y chipriota, en los que el número de signos -respectivamente 47 y 56- es muy reducido, debido a que, por lo menos en la escritura, estos sistemas no distinguen entre consonantes sonantes y asonantes y están reducidos al uso de signos que expresan bien una vocal sola, o una consonante más una vocal. Partiendo de esta base, Gelb concluía que en los jeroglíficos hititas no había signos que empezasen por vocal -por ejemplo ap-, ni sílabas cerradas -por ejemplo pam- y que tan sólo había sílabas acabadas en vocal -por ejemplo pa- y que las sílabas cerradas tan sólo podían ser representadas mediante el uso de dos sílabas, cada una de ellas terminada en vocal -por ejemplo, pam: pa y me-.
En total pudo asignar valores a cerca de cincuenta signos silábicos, más de la mitad de los cuales consideró como razonablemente seguros (fig. 8.). En general, los resultados que obtuvo han sido más tarde plenamente justificados por los hallazgos realizados por otros investigadores, quienes, naturalmente, han aportado sus propias conclusiones -la adscripción por los cuatro del valor wa al más común de todos los signos, la identificación de la letra u por Bossert y Meriggi, gracias a su aparición en el nombre de un rey de Hamath, U(ra) hi-li-na-sa; el reconocimiento de la letra i por Meriggi y Hrozony; la identificación del pronombre relativo y otras formas por Forrer, etc.
Hubo varios puntos sobre los que inevitablemente diferían los cinco investigadores; así, un signo que Hrozony y Gelb estaban convencidos de que representaba la letra e era leído como ra por Bossert y Meriggi. A pesar de todo, en 1949, los cinco especialistas habían logrado establecer una lista de valores fonéticos sobre los que estaban en completo acuerdo. Ahora bien, mientras se hacían tan grandes progresos en el descifrado de la escritura, el problema del lenguaje seguía sin resolver. Así, a pesar de poder leer parcialmente las inscripciones, en gran parte seguían ininteligibles. En tal coyuntura se anunció el hallazgo del extenso texto bilingüe tanto tiempo esperado.
El descubrimiento inicial fue hecho en 1946, cuando Bossert, que se hallaba explorando el terreno al pie de las colinas de los montes del Tauro, en compañía de Halet Cambel, descubrió las plazas fortificadas, enclavadas en la cima de las colinas, de Domuztepe y Karatepe, situadas a ambos lados del río Jeyhan -el Pyramos de los antiguos-. La campaña de excavaciones comenzó en 1947, y, aunque se realizaron algunas prospecciones en las ruinas de la más pequeña de las fortalezas, Domuztepe, las excavaciones más importantes se llevaron a cabo en Karatepe.
El acceso a esta fortificación consistía en dos entradas en forma de T, flanqueadas por dos losas esculturadas e inscritas. En cada una de ellas, la parte izquierda de las inscripciones estaba realizada en lengua fenicia antigua, mientras que la de la derecha eran jeroglíficos hititas. Más tarde se descubrió que, aunque la versión semita contenía por lo menos una línea que había sido omitida en su réplica hitita, las dos versiones eran casi idénticas, de suerte que los investigadores tenían por fin en su poder un único texto bilingüe repetido dos veces, texto que además tenía la longitud suficiente como para permitir concebir esperanzas de que se pudiera alcanzar, gracias a ello, una mejor comprensión de la escritura jeroglífica hitita.
Se facilitaron copias de la inscripción semita a diversos especialistas en lenguas semíticas, en espera de que una interpretación conjunta permitiese contribuir a la futura aclaración de la sección hitita. Gracias a las inscripciones se descubrió que la fortaleza de Karatepe fue mandada construir por un jefe local denominado Zwdt (Asitavandas), cuyo nombre recibió la fortaleza, y que el mismo fue secundado en su intento de apoderarse del trono por un tal Wrk (Avaritus), rey de Dnnjm (Adana). El texto acababa con una imprecación dirigida contra los que violasen la inscripción; pero la maldición no impidió que la ciudadela fuese destruida por el fuego. Diferentes consideraciones permitían deducir que la ciudadela debió de ser construida alrededor del año 700 a. C.
El primer avance en el descifrado de la versión hitita lo marcó la interpretación realizada por Bossert de las diez primeras líneas, que contenían cincuenta y cinco palabras, dando asimismo una traducción; después de lo cual Gelb publicó un análisis detallado, usando líneas cuádruples de impresión que daban: 1.°) una correspondencia signo por signo; 2.°) su trascripción; 3.°) una traducción al inglés, basada en el conocimiento que se tenía de la escritura jeroglífica hitita, y 4.°) una segunda traducción realizada a base del material recién adquirido.
Los puntos tres y cuatro se hallaban muy próximos a un total acuerdo, aunque una comparación con la traducción hecha por Bossert era mucho menos satisfactoria. La conclusión de Gelb fue que, mientras las versiones bilingües de Karatepe confirmaban en general el conocimiento existente de la gramática y la escritura jeroglíficas, parecía muy poco probable que añadiesen grandes pruebas adicionales, si bien prometían facilitar una muy útil ampliación del vocabulario. Pero, como indicaba J. Melink, era indiscutible el gran impacto de tales descubrimientos.
Gracias a los textos de la escritura cuneiforme hitita se han descubierto cosas realmente interesantísimas. La mayor parte de este material fue recuperado en las ruinas de Boghaz-Koei, y gracias a él se supo que la destrucción de la ciudad acaeció mucho antes de 1200 a. C. En ciertos casos, y en virtud del contenido de las tablillas, se les pudo asignar fechas precisas. Así, entre un montón de correspondencia se halló una carta relativa a una solicitud hecha por Ramsés II (1292 a 1225 a. C.) pidiendo el embarque de un metal muy apreciado y realmente maravilloso, el hierro, el secreto de cuya fabricación era, en aquel tiempo, monopolio hitita.
Según J. B. Pritchard, los documentos pueden ser clasificados como históricos, invocaciones, mitología, rituales y de carácter legal.
El material histórico contiene la versión hitita del famoso tratado entre Hattushilish III y Ramsés II de Egipto, cuyos detalles eran ya conocidos gracias a las inscripciones grabadas en las paredes del templo de Amón en Karnak. Teniendo en cuenta que el acadio, según revelaban las cartas de Tell-el-Amarna, era la «lingua franca» de aquella época, era evidente que la versión egipcia, con su referencia a una tablilla de plata enviada por Hattushilish a Ramsés -quien «había colocado los mojones de sus fronteras en donde quiso, en todos los países»- era una simple traducción. Y gracias al original cuneiforme se supo que la versión egipcia había sido sutilmente enmendada, de modo que pareciese que había sido el faraón quien había conseguido la paz; por lo demás, las dos versiones del tratado eran esencialmente idénticas, estando de acuerdo en que se había renunciado a la agresión, sustituyéndola por una alianza defensiva.
También facilitó información de gran interés histórico otro tratado establecido entre Shubiliuluma y Mattiwaza de Mitanni; en este tratado se describe cómo el rey de los hititas cruzó el Tigris y conquistó una tras otra todas las provincias de Mitanni. Asimismo es interesante desde el punto de vista histórico una narración hallada entre los Anales de Shubiliuluma, luego compilados por su hijo Mursil, gracias a lo cual se supo que, cuando el rey se hallaba en el país de Karkamis (Carchemish), envió parte de sus tropas al distrito de Amqa, en las cercanías de Líbano. Esta expedición causó muchas preocupaciones en Egipto, puesto que en aquel momento el país se hallaba sin rey, ya que el faraón había muerto recientemente. Sin duda para evitar mayores daños, y tras madura reflexión, la desconsolada reina viuda -cuyo nombre en la versión hitita es Dakhamun- mandó un enviado especial a Shubiliuluma, pidiendo en matrimonio a uno de sus hijos. Al principio, el monarca hitita se inclinó a considerar esta proposición sin precedentes como un engaño, y dejó pasar el tiempo sin contestar. Pero la reina le reprochó sus sospechas y Shubiliuluma ya no dudó.
La secuela de esta historia, que, desgraciadamente, no tuvo un final feliz, salió a la luz gracias a una referencia hallada en otro texto. Entre varias plegarias que incluyen una «plegaria diaria por el rey» y una «plegaria para ser formulada en caso de peligro», se descubrió la denominada Plegaria por la peste, de Mursil. En esta plegaria, Mursil pide perdón a las alturas por sus muchos pecados, entre los que se mencionan el ya citado ataque que hizo su padre contra territorio egipcio. Esta expedición parece que tuvo como resultado la captura de muchos prisioneros y como justo castigo -por lo menos así se lo parecía a Mursil- los dioses hicieron que los cautivos egipcios llevasen una terrible peste al país de los hititas, cuyo pueblo ya había sido afligido por un azote semejante en los pasados veinte años. Y en este relato de dolor se revela asimismo que, aunque Shubiliuluma, actuando de buena fe, había respondido a la petición hecha por la reina de Egipto, enviándole uno de sus hijos para que se casase con ella, el joven fue víctima de una asechanza en el camino, siendo traidoramente asesinado, probablemente por instigación de un rival egipcio aspirante al trono.
No se nombra al culpable, pero el difunto marido de la reina egipcia es denominado en los anales Bibhururiyas -un texto paralelo da la variante Nibhururiyas-. Los modernos investigadores consideraron al principio que este Bibhururiyas pudiese ser el mismo faraón Akenatón, pero luego ha sido identificado, con muchas probabilidades, como uno de los yernos del faraón. En efecto, Akenatón fue padre de seis hijas, pero no dejó heredero masculino y, tras su muerte, el trono fue ocupado durante breve tiempo, y sucesivamente, por dos juveniles herederos, el segundo de los cuales fue el tan conocido Tutankamón, y se cree que fue su consorte, la tercera hija de Akenatón, Enkhosnepaatón, quien escribió ofreciendo el trono de Egipto y su persona a un hijo de Shubiliuluma. En cuanto al conspirador a quien no detuvo ni el asesinato para impedir la intención de la reina de casarse con un príncipe extranjero, tal vez revelase su identidad al ocupar el trono después. Sea como fuere, el siguiente faraón fue el sacerdote Ay, un allegado de Akenatón.
Entre los numerosos, aunque bastante mal conservados, textos mitológicos hallados en Boghaz-Koei, hay copias de la leyenda de Gilgamés escritas en diferentes lenguas, entre las que se incluyen el acadio y el hitita. Series de relatos épicos locales, en los que también intervienen los dioses, se refieren a La luna que cayó de los cielos, La canción de Ullikummis, un ejemplo típico es la titulada Monarquía de los cielos, en la que se habla de los tiempos antiguos, en los que Alalus gobernaba en lo alto. Durante el noveno año de su reinado le fue disputada la jefatura por una deidad poderosa que respondía al nombre de Anus -nombre que a los oídos latinos o anglosajones resultaba bastante raro-. En la lucha por el poder, Alalus fue derrotado y tuvo que refugiarse en el interior de la tierra. Anus gobernó en su lugar hasta que a su vez le fue arrebatado el trono por un tal Kumarbis. Reconociendo la superioridad de su adversario, Anus intentó escapar para salvarse, del mismo modo que hizo Alalus, pero Kumarbis le cogió por un pie, le sacó de los cielos y luego, siguiendo el eufemismo del cronista, «le mordió las rodillas». Habiendo privado al desventurado Anus de su masculinidad, Kumarbis añadió el insulto a la injuria, comiéndose el despojo. La víctima de este ultrajante asalto advirtió solemnemente las horrendas consecuencias que tal acto acarrearía, diciendo que como resultado de esta acción se había desarrollado en el interior de Kumarbis una pesada carga, la cual estaba constituida en realidad por tres dioses: el poderoso dios de la tormenta, su servidor Tasisus y el rey Aranzahas (el río Tigris)... A partir de aquí, el texto está muy estropeado, pero parece que el dios de la tormenta, debidamente desarrollado en el interior de Kumarbis, logró escapar de su involuntario huésped, al que derrotó en una batalla. El dios-tormenta asumió entonces el gobierno de los cielos y se convirtió en la principal deidad de los hititas.
Entre los varios rituales que enumeran los textos se hallan algunos destinados a combatir la brujería y la impotencia. Uno de los que se refieren a esta última calamidad comprende procedimientos que exigían ingredientes tales como hogazas de pan, higos, uvas, hierbas y grano y la utilización del vellón de un cordero inmaculado, para no mencionar los servicios de una doncella virgen y de un eunuco.
También había rituales contra la peste y las discusiones hogareñas, y las plegarias que había que formular antes de erigir un nuevo palacio. Asimismo se trata con bastante extensión el modo de anular los efectos de un augurio adverso. La esencia del procedimiento consistía en llevar a un prisionero de guerra a un santuario, en donde un sacerdote le ungía con el óleo real; tras varias ceremonias, el sacerdote oficiante declaraba: «Este hombre es el rey»... y, dirigiéndose a los poderes del mal, decía: «Perseguid a este sustituto». El prisionero era puesto en libertad y se le enviaba a su propio país. Su alivio ante esta inesperada buena fortuna, sin duda se vería penosamente ensombrecido por la maldición que había sido lanzada sobre él.
Las leyes y regulaciones que gobernaban a los representantes debidamente acreditados de los dioses inmortales sobre la tierra comprenden desde edictos acerca de la limpieza hasta las precauciones que había que tomar contra el peligro de incendio. Según parece, los incendios accidentales de templos se sucedían con tan alarmante frecuencia, que no se consideraba suficiente medida preventiva contra sus devastadores efectos un simple castigo nominal. De aquí que, para prevenir un accidente de esta índole, todos aquellos que se hallasen en el interior del templo en el momento de producirse el siniestro eran condenados a muerte junto con sus familias.
También hay reveladoras referencias acerca del destino que seguían las ofrendas que se hacían a los dioses. Se recordaba a los servidores de los templos, por ejemplo, que eran tan sólo los custodios de los objetos de plata u oro que les fuesen entregados. De modo semejante, cuando se ofrecían a los dioses bueyes cebados como alimento, estaba estrictamente prohibido que los sacerdotes seleccionasen los mejores ejemplares y los sustituyesen por bueyes flacos de su propiedad...
Había disposiciones dirigidas a los oficiales de la guardia y a los miembros del personal del palacio real. Las instrucciones destinadas a estos últimos estaban destinadas a «asegurar la pureza del rey». Hay una referencia a la falta de cuidado en la preparación de las comidas reales, en la que se advierte que «el dios del rey, si no el rey en persona, siempre estará vigilando»; los portadores de agua son requeridos para que mantengan limpio el contenido de sus cántaros, y se cita una ocasión en la que el ojo real observó un pelo en la bebida, descubrimiento que provocó la muerte del culpable de negligencia, un tal Zuliyas. Los zapateros son conminados a usar tan sólo las pieles de los becerros procedentes de la cocina del palacio. Todos los que formaban parte del personal de palacio, desde los cocineros hasta los panaderos, y desde los coperos hasta los servidores de la mesa real, debían prestar juramento de lealtad al rey cada mes.
Al pueblo en general se le aplicaba un cuerpo de leyes que estaba inspirado evidentemente en el antiguo Código de Hammurabi. La colección de leyes está representada por dos tablillas; parece que hubo una tercera que se ha perdido, conocida por Si alguno... a causa de la frase que inicia muchos de sus puntos. Según la costumbre de aquel tiempo, se hace en estas leyes una clara distinción entre el hombre libre y el esclavo, y las compensaciones monetarias que debían ser pagadas a este último usualmente eran la mitad de lo que se debía dar al primero. Así, la multa que había que pagar a un esclavo por morderle la nariz era de quince shekels de plata -el precio de un caballo-, mientras que si la persona herida era un hombre libre la suma que recibía era doble. De modo semejante, la mutilación de una oreja estaba multada con seis o doce shekels, según la categoría social de la víctima. Inexplicablemente, un mordisco en la nariz parece haber sido considerado un daño mucho mayor que la pérdida de los dientes -por un puñetazo- o de un ojo. Estos daños menores (?) costaban al agresor de diez a veinte shekels, respectivamente. Las multas impuestas a los ofensores variaban asimismo de acuerdo con su categoría social. Un hombre libre que mataba una serpiente, mientras pronunciaba el nombre de otro hombre, era condenado a una multa de una mina de plata (cincuenta shekels), mientras que si un esclavo cometía esta grave falta era condenado a muerte. Otras disposiciones se referían a una larga serie de situaciones familiares probables e improbables y a las relaciones entre los sexos. Pero la más importante causa de inquietud, a juzgar por las muchas leyes que a ella se refieren, era la enorme cantidad de robos. De los doscientos y pico de delitos detallados en las dos tablillas, más de una cuarta parte se refiere a hurtos de una u otra clase. La naturaleza de estas leyes puede ser deducida de una disposición que enuncia que, si un perro devora una cantidad de manteca de cerdo y el propietario de la manteca lo advierte, éste está legalmente autorizado para matar al perro y recuperar de su estómago la manteca robada.
II
Desde el extremo norte del golfo Pérsico, extendiéndose por un amplio arco que se prolonga a lo largo del valle del Tigris y el Eufrates hasta Carchemish, incurvándose a partir de aquí hacia el mar y siguiendo la zona costera del Mediterráneo en dirección a Egipto, hay una amplia zona cultivable que forma un gran semicírculo al que J. H. Breasted, contrastándolo con la barrera de montañas y desiertos que lo bordea por ambos lados, aplicó muy acertadamente el nombre de Creciente fértil. Desde el 3500 a. C., aproximadamente, en adelante, se cree que se fueron filtrando en esta ubérrima región, desde las inhospitalarias tierras de la península arábiga, una sucesión de pueblos emparentados entre sí lingüísticamente, pero no racialmente.
Entre los primeros de estos pueblos emigrantes se hallaban los predecesores de los acadios y los babilonios, que con intervalos de más de mil años fueron seguidos por los amontas, de los que surgieron los cananeos, los arameos -de cuya familia los hebreos constituían una rama- y los nabateos. Inevitablemente, los llegados en último lugar tendían a usurpar las adquisiciones de los que les precedieron, y así sucedió que los nabateos desposeyeron a los edomitas -quienes previamente habían despojado a los horitas-, mientras que los israelitas ocuparon violentamente la mayor parte del país de Canaán -según todas las versiones, basándose en la razón bastante endeble de que les había sido prometida, al parecer sin preocuparse por el triste destino de sus anteriores habitantes-. Los cananeos supervivientes, que no fueron absorbidos por los intrusos, retuvieron tan sólo una estrecha zona del país, a lo largo de la costa mediterránea -lo que constituye actualmente Líbano y Siria-, que más tarde fue denominada Fenicia por los griegos.
Las fronteras de esta región no estaban definidas de un modo preciso y su longitud costera varió a través de los siglos desde 150 a 200 millas, según los avatares de la situación política del momento. En esta fluctuante y restringida área, los cananeos pronto agotaron los posibles recursos agrícolas y para evitar la muerte por inanición se vieron obligados a explotar el mar tanto como la tierra. Afortunadamente, los montes del Líbano estaban bien provistos de cedros, y esta riqueza en madera proporcionaba un material inmejorable para la construcción de barcos. Además, desde las alturas de aquellas montañas podía verse la distante línea de la costa de la isla de Chipre, y tras las primeras visitas a la isla establecieron en ella una colonia.
Lanzados a una existencia de navegantes, los fenicios emprendieron la exploración de los países adyacentes y realizaron intercambios de mercancías con los habitantes indígenas. De este modo, de simples mercaderes se convirtieron en fabricantes; uno de sus productos más reputados era un bellísimo tinte purpúreo, que extraían de ciertos moluscos y con el que solían teñir los tejidos que hacían con la lana proporcionada por los corderos de las tribus vecinas. Más tarde, en su doble papel de productores y mercaderes, crearon un gran imperio comercial y sus productos y servicios llegaron a ser conocidos por todo el ámbito del Mediterráneo. Finalmente, los intrépidos marineros fenicios se aventuraron más allá de las columnas de Hércules -estrecho de Gibraltar- y se enfrentaron con las enormes olas del Atlántico y observaron el inexplicable fenómeno de las mareas. En ese nuevo mundo que se abría ante ellos fundaron la ciudad de Gades (Cádiz) en España y visitaron las islas de Scilly -si no fue Cornualles, como suponen algunas autoridades- para abastecerse de estaño. Pero su mayor éxito como marinos lo lograron a instigación del faraón egipcio de la 26.a dinastía Necao (609 a 593 a. C.), quien se dice que había hecho abrir de nuevo un antiguo canal que unía al Nilo con el mar Rojo. Desde este punto de partida, los fenicios navegaron en dirección sur, costeando y desembarcando cada otoño para plantar y recoger grano que les permitiera subsistir. En el tercer año de este viaje sin precedentes, vieron por fin ante ellos las familiares columnas de Hércules y alcanzaron de nuevo Egipto, tras haber circunnavegado el continente africano.
Herodoto expresó ciertas dudas acerca de tal empresa, sobre la base de que los viajeros declaraban que en el curso de sus viajes observaron que el Sol se veía a su derecha, detalle que se suponía increíble, que difícilmente habría podido ser inventado y que actualmente nos confirma la veracidad del relato y de su proeza.
No menos importantes fueron las actividades culturales engendradas por las peregrinaciones de los fenicios. Es de suponer que, en los países extranjeros en donde establecieron sus factorías, los habitantes locales fueron empleados en calidad de agentes y, como tales, iniciados en los misterios de la lectura, la escritura y el cálculo; de esta manera sin duda, y no por medio del legendario Cadmo, recibieron los griegos la escritura semítica, si no en la forma de un alfabeto consonántico -como se sostuvo durante mucho tiempo-, por lo menos como un silabario sin vocales -como sostiene Gelb-.
Hasta la segunda década del presente siglo, el más antiguo ejemplo de esta escritura era el hallado sobre la Piedra Moabita; la línea 34 de esta inscripción conmemora el éxito que coronó la rebelión del rey Mesha contra Ahab de Israel (869-850 a. C.). Desde entonces se han hallado nuevas inscripciones -por ejemplo, la existente sobre el sarcófago de Ahiram- que hacen retroceder la denominada escritura alfabética varios cientos de años; lo cual sugiere que, desde el 1550 a. C., los cananeos estuvieron muy atareados haciendo experimentos con media docena de sistemas de escritura distintos, los cuales incluían el cuneiforme.
Antes de 1930, poca cosa se había hallado en cuanto a relatos históricos, o de otra clase cualquiera, que pudiesen ser atribuidos a los cananeos, y, aunque a regañadientes, se llegó a la conclusión de que los documentos perdidos debían haber sido escritos sobre materiales deleznables -tales como papiro o pergamino- y que habían desaparecido. Esta supuesta pérdida era particularmente lamentada por los investigadores bíblicos, que, recordando los paralelos de Babilonia y Egipto que se encuentran en el Antiguo Testamento, habían alimentado la esperanza de que, al narrar la conquista de la tierra de Canaán, alguno de los libros posteriores, por ejemplo los de Job, Ezequiel e Isaías, pudiesen proporcionar pruebas acerca de la influencia ejercida por los cananeos sobre los hebreos, y que un estudio de la fuente de tales préstamos podría facilitar aclaraciones posiblemente acerca de algunos pasajes bíblicos oscuros o de difícil interpretación.
Por otra parte, ya se habían hallado numerosas referencias a Fenicia en textos extranjeros, sobre todo en los de Egipto. La denominada «Piedra de Palermo» -parte de una estela egipcia de tiempos de la quinta dinastía- relata que el faraón Snefru (hacia 2650 a. C.) envió una expedición por mar hacia un puerto de la costa del Líbano, en donde sus representantes adquirieron 40 cargamentos de troncos de cedro para la construcción de barcos y otros usos. A partir de este momento, él y sus sucesores mantuvieron un interés de propietarios sobre el área fenicia, hasta que, con el advenimiento al trono de Tutmosis III, casi la totalidad de Fenicia fue conquistada por Egipto. A partir de entonces, el territorio estuvo bajo el dominio de los faraones durante más de cuatro siglos, hasta que fue perdido por el Imperio a causa de la indiferencia de la metrópoli, y por las intrigas exteriores, según nos revelan las cartas de Tell-el-Amarna.
Esta famosa y muy informativa correspondencia nos pone de manifiesto asimismo que hacia el 1200 a. C., la costa de Fenicia, desde el monte Carmelo hacia el norte, estaba cubierta de ciudades-estado que poseían ciudades y puertos de considerable importancia -Acco, Sidón, Tiro, Beritus, Biblos, Simyra, Arvad y Ugarit-.
Con una sola excepción, los enclaves de aquellos puertos, una vez famosos, fueron prontamente identificados. Acco, la moderna Acre, se hallaba mencionada en la lista de las conquistas de Tutmosis III, mientras que en las cartas de Tell-el-Amarna su rey es acusado por Burraburiash II, rey de Babilonia, de saquear sus caravanas. Como escala hacia el rico llano de Esdraelón y hacia el sur de Galilea, la ciudad tenía una gran importancia estratégica y era uno de los objetivos asignados por el alto mando hebreo a la tribu de Asher -que no consiguió conquistarla-.
La fabulosa Tiro, ahora conocida por su nombre árabe Sur -roca-, fue construida sobre una isla adyacente a tierra firme, localización que la hacía difícil de asediar -resistió el ataque de Nebuchadrezzar durante más de trece años (585-573 a. C.)-. Su reputación de ciudad inexpugnable fue hecha añicos cuando Alejandro el Grande, en su ruta hacia Egipto, después de haber derrotado a los persas en la batalla de Isos, solventó el problema del asalto militar mediante la laboriosa construcción de un espolón desde la orilla hasta la isla y tomó la ciudadela por asalto en sólo siete meses, después que 8.000 tirios pagaron con sus vidas su temeridad y otros 30.000 fueron vendidos como esclavos.
La no menos célebre Sidón, proclamada como la madre de Tiro, alcanzó tal fama, en el tiempo de Hornero, que dio su nombre a la totalidad de Fenicia, cuyos pobladores fueron conocidos como sidonios. La actual Saida es una de las más antiguas poblaciones costeras, y ya en la primera centuria después de Jesucristo su reputación era tan grande, que Josefo adjudicaba su fundación a un nieto de Noé. Su larga y tormentosa historia tuvo un período de oscuridad, como resultado de una rebelión contra Artajerjes, levantamiento abortado en cuyo transcurso la ciudad entera fue pasto de las llamas y 40.000 de sus habitantes perecieron abrasados en sus hogares; después de lo cual, el apesadumbrado monarca se consoló a sí mismo vendiendo el montón de cascotes calcinados por el valor de la plata y el oro fundidos que contenía.
En cuanto a los tres puertos mencionados en los textos egipcios, Beritus ha sido identificada con la moderna Beirut, Biblos es la actual Jebail, Simyra ha sido reconocida como la moderna Sumra y Arvad o Aradus -que, como Tiro, estaba situada en una isla- es ahora Ruad. Solamente Ugarit y su posible localización permanecían desconocidas y ocultas; a pesar de los muchos esfuerzos realizados por parte de arqueólogos y de otros investigadores, todos los intentos hechos para determinar su emplazamiento habían fracasado, y, cuando finalmente el misterio fue resuelto, lo fue por accidente.
Unas millas al norte de Latakia -la antigua Laodicea-, frente a Chipre, en la costa de Siria, está Minet-el-Beida, el Puerto Blanco de los griegos. En sus cercanías, el 25 de abril de 1928, mientras se hallaba labrando sus campos, un nativo encontró una losa y al levantarla descubrió que cerraba la entrada de un pasadizo subterráneo.
El pasadizo conducía a una cámara mortuoria que el descubridor procedió a saquear como de costumbre. Pero ciertos rumores acerca del hallazgo llegaron a los vigilantes oídos del gobernador local, quien comunicó las noticias al Departamento de Antigüedades de Beirut. El resultado de esta gestión fue la inmediata visita a la tumba de C. Virolleaud, quien tan sólo halló en ella algunas cosas desprovistas de interés. Pero cuando René Dussaud estudió más tarde en París un plano del sepulcro, observó inmediatamente un estrecho parecido entre esta tumba y las tumbas abovedadas de Micenas, mientras que entre los mencionados restos encontraron fragmentos de cerámica egea pertenecientes al segundo milenio antes de Cristo.
En vista de estas pruebas de influencia ultramarina, que indicaban la existencia de un antiguo puerto de mar por aquellas cercanías, el «Institut de France» envió una expedición arqueológica a aquella zona, bajo la dirección de C. F. A. Schaeffer, con Georges Chenet como colaborador y compañero.
Los trabajos de excavación fueron iniciados exactamente un año después del descubrimiento inicial; al principio, en las cercanías de lo que se comprobó era una necrópolis, y luego junto al montículo de Ras-Shamra («Colina de los hinojos»), un montículo de unos 18 metros de altura cubierto de la aromática planta de la que toma su nombre. En esta colina, que era en realidad una enorme acumulación de escombros, hecha por el hombre, se descubrió lo que resultó ser el emplazamiento de la antigua ciudad a la que pertenecían la necrópolis y el puerto de Minet-el-Beida; es decir, Ugarit, la ciudad tan largamente buscada.
Las cosmopolitas relaciones de esta ciudad cananea fueron demostradas por la variada naturaleza de los hallazgos que se realizaron. Además era evidente que estas relaciones habían variado según los tiempos. Se hallaron, por ejemplo, fragmentos de una gran esfinge hecha de piedra verde, que llevaba inscripciones jeroglíficas que demostraban que la escultura era un regalo hecho a la ciudad por el faraón Amenofis III. Pero esta y otras estatuas egipcias habían sido rotas deliberadamente, sin duda por instigación del rey amorita Abdashirta, o por los seguidores del intrigante Shubiliuluma, cuyos tortuosos designios respecto a Fenicia sirvió el incauto Abdashirta. Sea como fuere, también se desenterró una estatua de la deidad hitita Teshub.
Gracias a estas y a otras pruebas, lentamente fue reconstruyéndose algo de la historia de la ciudad. El nivel inferior del montículo mostraba signos de ocupación durante el período neolítico -tercer milenio a. C.-. Entre 3000 y 2000 a. C., señales de un cambio étnico demostraban la llegada de los cananeos, quienes más tarde establecieron estrechos lazos con Egipto. Desde 1750 a 1500 a. C., esta asociación fue interrumpida por la invasión del valle del Nilo por los hicsos, pero prosiguió más tarde ininterrumpidamente hasta el período de Tell-el-Amarna. Como resultado de las incursiones hititas, el rey de Ugarit reconoció a la fuerza la soberanía de Shubiliuluma, según nos lo demuestran las copias de su correspondencia con aquel poderoso monarca. Más tarde, la ciudad volvió a estar una vez más bajo el control de Egipto y así continuó hasta que fue invadida por aqueos procedentes de Micenas. El golpe final cayó sobre la ciudad a mediados del siglo XII a. C., cuando fue invadida por los asirios, bajo el rey Teglatfalasar I, en el curso de cuya campaña Ugarit fue totalmente destruida. Lo curioso del caso es que, gracias a esta destrucción total, quedó preservado para la posteridad el más importante de todos los hallazgos que facilitó la ciudad: fragmentos de la literatura cananea que aparecieron inesperadamente, bajo la forma de tablillas de arcilla inscritas con caracteres cuneiformes. El primero de estos preciados textos fue descubierto en el segundo mes de prospecciones arqueológicas (mayo 1929) y condujo al descubrimiento de una habitación dividida por tres pilastras, que evidentemente había servido de biblioteca. El examen de los documentos produjo otra sorpresa. Aunque algunos estaban escritos en la conocida escritura acadia, la mayoría presentaba una escritura desconocida, que parecía consistir en no más de veintisiete caracteres cuneiformes, aparentemente alfabéticos, número que más tarde aumentó hasta treinta.
Muchas de estas inusitadas tablillas se hallaron bastante más tarde. Las primeras, unas cincuenta, en su mayoría simples fragmentos, fueron publicadas con loable rapidez por Virolleaud, quien simultáneamente se interesaba en el problema de su descifrado. También se ocupaban en ello Hans Bauer, de la Universidad de Halle, y el sabio francés P. Dhorme, que en aquel entonces se hallaba en la «École Biblique» de Jerusalén. Los tres eran especialistas en lenguas semíticas -como veremos, éste era un requisito indispensable- y además Bauer y Dhorme poseían un considerable conocimiento de lenguajes cifrados -Dhorme había sido condecorado por el Gobierno francés por cierto trabajo de este género, realmente notable, que realizó durante la Primera Guerra Mundial-.
Al principio, el problema se presentaba mucho más difícil de lo que ahora pueda parecer, puesto que no se conocía ni la lengua ni la escritura. El hecho de que hubieran sido utilizados los caracteres cuneiformes sugería que los inventores de tal escritura debían haber estado influidos por la convencional escritura acadia. Pero aquí terminaban las similitudes, aparte del hecho de que ambas escrituras progresaban de izquierda a derecha. Sucedía algo así como si las familiares letras romanas de hoy en día hubieran sido adoptadas para su uso en un nuevo alfabeto, en el cual los valores fonéticos aceptados hubiesen sido cambiados, y que además en la nueva refundición hubiesen añadido algunos símbolos nuevos. Por otra parte, el corto número de signos sugería que la escritura debía ser alfabética o, en todo caso, fonética. Con lo cual, y según el principio cardinal de la teoría del descifrado, una escritura de tal clase es susceptible de ser interpretada si puede determinarse el lenguaje subyacente.
¿Cuál era este lenguaje? Al considerar esta importante cuestión, los descifradores llegaron independientemente a la conclusión de que la respuesta más probable, teniendo en cuenta las condiciones geográficas y otras circunstancias, era que debía ser una lengua semítica, con toda probabilidad un dialecto cananeo (fenicio). Esta presunción básica estaba sostenida por una serie de consideraciones, por ejemplo, por una evidente tendencia al triliteralismo -muy convenientemente las palabras estaban separadas en algunas tablillas por trazos verticales-, por lo que parecían ser ciertas características gramaticales y por el descubrimiento de una palabra hebrea grzn (garzen) sobre un hacha.
En una herramienta de bronce similar a la mencionada halló Virolleaud media docena de caracteres, que consideró debían ser el nombre del propietario o del artesano que la hizo -en realidad, los símbolos representaban el título rb khnm, como más tarde demostró Dhorme-. Los mismos seis caracteres aparecían asimismo al principio de una de las tablillas, en donde estaban precedidos por tres trazos verticales. Virolleaud supuso audazmente que el texto era una especie de carta, o comunicación similar, dirigida a una persona que llevaba el nombre -o título- que había descubierto ya en otro lugar, y que los tres trazos representaban la preposición «a»; así, por ejemplo, las palabras iniciales de la carta mencionada eran leídas por él como: «A rb khnm», y de acuerdo con ello identificó los tres trazos verticales como el lamed semítico, «a», y dio al signo en cuestión el valor «1». Compiló una lista de todas las palabras que pudo encontrar que contenían este signo e investigó entre los posibles equivalentes semíticos, en particular entre las expresiones y títulos más comunes. Pronto dio con la palabra trilítera M L K:
que sugería la palabra hebrea mlk (rey), significado que parecía muy probable y que fue confirmado por una palabra similar de cuatro letras que evidentemente era su plural M L K M:
Otra palabra que contenía la letra indicadora «l» se descubrió que era el nombre del dios Baal:
otras palabras fueron identificadas como correspondientes a los números «3» y «30».
Virolleaud había hallado, pues, las letras 1, m, k, b, a, s y t (de B'lt); cuando se hallaba en tal punto encontró una tablilla que parecía ser una cuenta detallada, y que contenía una columna de cifras. Consiguió distinguir las palabras h m s (5), s s (6), s b' (7), s m n (8), 's r h (W), h m s 's r h(15) y s m n 's r h (18), y tras esto el descifrado fue casi automático; g fue dado por D g n (Dagon) y confirmado por g p n (vino); z fue obtenida de z t (oliva) y la prueba demostrativa de que este valor era correcto la facilitó a r z (cedro), z m r (cantar) y 'z ( fuerza). De modo similar t fue revelada por ht (cetro), t b (bueno) y s p t (juez); la s por k s e (trono), etc.
Entre tanto, Dhorme y Bauer trabajaban sobre pistas similares, aunque durante un tiempo este último estuvo perplejo ante el uso en una docena o más de ocasiones de la s como un sufijo, hasta que finalmente comprendió que esta letra era una abreviatura de la palabra «cordero». Bauer había comenzado por determinar la relativa frecuencia con que aparecían los diferentes signos, y luego intentó identificar ciertos sufijos, prefijos y palabras monosilábicas con la ayuda de su conocimiento de los probables equivalentes semíticos occidentales, y por el hecho de que en esta lengua las letras k, m y w pertenecían a tres categorías.
De este modo consiguió los siguientes valores alternativos para varios de los caracteres desconocidos, numerados aquí de 1 a 4.
1 ó 2 = w
2 ó 1 = m
3 ó 4 = n
4 ó 3 = t
De allí en adelante, usando la técnica de la palabra probable, Bauer buscó y halló la palabra «rey», verificando de tal modo que 2 = m y de aquí que 1 = w. También tuvo éxito al descubrir los números 3 y 4 y los nombres de las principales divinidades, entre ellas El, Baal y Astarté, y fue también el primero que publicó un descifrado preliminar en el Vossichen Zeitung, el día 4 de abril de 1930.
El investigador americano W. F. Albright, que casualmente se hallaba en Jerusalén en el verano de ese año, mostró una copia del informe de Bauer a Dhorme, quien enseguida observó que Bauer se había equivocado en dos de sus valores. En efecto, el investigador alemán, siguiendo a Virolleaud en su búsqueda de palabras que contuviesen la letra «1», había identificado correctamente Baal, y provisto de tal modo con la consonante «b» había leído en otra parte b n como b t y viceversa. Esta confusión de la «n» con la «t» y de la «t» con la «n», como puede fácilmente suponerse, había afectado de modo adverso sus propósitos de identificación de las palabras semíticas, en frases tales como la inglesa Not now but next month (no ahora, sino el mes que viene), que fueron transcritas por «Ton tow tub texn motnh».
Una vez corregido este error, simple pero capaz de inducir otros más profundos, Dhorme pudo realizar un rápido avance, elevando el número de símbolos identificados correctamente a 20. Bauer, a su vez, reconoció este importante avance y hacia el mes de octubre añadió cinco valores más al total; Virolleaud por fin redondeó la empresa. De este modo, entre los tres investigadores resolvieron el problema del lenguaje y la escritura de Ugarit en cuestión de pocos meses -los puntos esenciales de las investigaciones de Bauer fueron completados tan sólo en una semana-, uno de los casos más rápidos de descifrado que se conoce.
Unos veinte años después de esta hazaña, el contenido de una pequeña tablilla, desenterrada en el transcurso de posteriores excavaciones realizadas en Ras Shamra, vino a proporcionar nueva información. Este documento facilitó un abecedario completo de la escritura cuneiforme, que quedaba demostrado consistía en treinta signos, entre los cuales se incluían los veintidós caracteres convencionales fenicios, colocados en su orden correcto, interpolados con consonantes adicionales, algunas de las cuales se sabía que habían desaparecido de la lengua semítica occidental más o menos durante el siglo XII a. C. (fig. 9).
Además, la identidad de la ciudad de la colina de Ras Shamra, que Emil Forrer, poco después de la llegada de Schaeffer, había sugerido que podía ser Ugarit, fue establecida sin ninguna duda, por referencias contenidas en otras tablillas, una de las cuales daba el nombre de un jefe local N g m d (vocalizado como Niqmadda), entre cuyos títulos estaba el de M 1 k U g r t, rey de Ugarit.
Otros textos, tales como pizarras de escolares sobre las que una misma palabra había sido escrita numerosas veces, indicaban que había existido una escuela para escribas en la vecindad de un templo dedicado a Baal. Uno de los maestros, un sacerdote llamado Rabana, había compilado un diccionario para sus discípulos, y había escrito su nombre en el margen. También era evidente que en este colegio teológico se habían enseñado varias lenguas extranjeras, entre las cuales se incluía el sumerio (para propósitos eruditos y eclesiásticos) y el acadio.
Entre los documentos hallados, los de carácter legal estaban representados por un decreto ordenando el arresto de ciertos bribones contumaces y por el testamento de un digno ciudadano que dejaba todas sus posesiones terrenas -incluyendo sus servidores de ambos sexos- a su esposa Bidawa y requería a sus dos hijos Jaatlinu y Jaanhama que la obedecieran siempre, bajo la amenaza de ser arrojados del seno del hogar familiar y el pago de una multa de 500 monedas de plata al rey.
Otros datos ilustrativos sobre la existencia diaria en Ugarit fueron proporcionados por el contenido de un manual acerca del manejo de los caballos, incluyendo aquellos animales que mostraban cierta tendencia a relinchar o morder demasiado, y unas listas encabezadas por la palabra Ganba (precio) que revelaban el procedimiento establecido de regateo del mercado local. Esta lista daba no sólo el precio más alto -con el que empezaban las negociaciones-, sino también el precio más bajo -con el que terminaba el regateo- y también el precio bruto, el precio neto, el precio fijo, el buen precio, el precio mejor y el precio de la ciudad.
Pero el contenido de la mayoría de las tablillas era de carácter mitológico y religioso; un ejemplo representativo es la Leyenda de Keret. El relato comienza con la historia de Keret, uno de los primeros reyes de Sidón, trágico personaje que tuvo la desventura de perder a toda su familia: sus hermanos, su esposa y sus hijos. De éstos una tercera parte murió en salud, una cuarta parte de enfermedad, una quinta parte sucumbió a una peste indeterminada, una sexta parte fue víctima de una calamidad no especificada y una séptima parte cayó bajo el filo de la espada -es fácil advertir que el autor de este relato de desventuras no era un matemático-. En tan terribles circunstancias no es extraño saber que las lágrimas del desconsolado monarca caían sobre la tierra como si fuesen shekels y tan copioso era su fluir que el lecho real quedaba empapado cuando el infeliz soberano sollozaba en sueños. Pero durante su sueño apareció ante él el dios El y solícitamente inquirió -como si no estuviese ya enterado- la razón de tan lacrimoso desconsuelo. Tras haberse descargado de sus pesares, el rey recibió instrucciones para que realizase ciertos ritos y recluíase a continuación un ejército de 300.000 hombres armados. Una vez realizadas las órdenes, el rey debía marchar en cabeza de estas huestes durante seis días en dirección de Udum, cuyo rey Pabel tenía una bellísima hija denominada Hurriya; esta muchacha no sospechaba que estaba destinada a ser la esposa de Keret y a darle muchos hijos. Para lograr este preciado premio, Keret debía atacar Udum, cuyo rey en el séptimo día del asedio le enviaría dos mensajeros provistos de oro y plata, en un desesperado intento para que desistiera de su empresa. Pero la plata y el oro serían rechazados y en su lugar solicitaría la mano de la princesa Hurriya.
Al despertar, el rey Keret siguió estas instrucciones y a su debido tiempo obtuvo la mano de la bellísima Hurriya. Los dioses inmortales se reunieron y Keret y su novia recibieron la bendición de El y en los años siguientes la feliz pareja engendró una numerosa progenie. Finalmente, el rey cayó tan seriamente enfermo que se temía por su vida, pero de nuevo acudió en su ayuda el dios El. Durante esta crisis, el gobierno del reino fue descuidado, y el príncipe Yassib, el heredero del trono, algo temerariamente, intentó persuadir a su anciano padre para que abdicase en su favor, proposición que no fue en absoluto bien recibida. Pero desconocemos el resultado final de esta gestión, puesto que el resto de la historia se ha perdido.
La filiación lingüística de la antigua lengua semítica, en la que están escritos este relato y otros similares, ha sido tema de ciertas diferencias de opinión entre los investigadores. De acuerdo con Albrecht Goetze y sus seguidores, la lengua de Ugarit debe considerarse como un lenguaje distinto, relacionado con el acadio por una parte y con el cananeo por la otra. Según Albright y otros, tanto la lengua de Ugarit como el hebreo son dialectos semitas occidentales a los que puede aplicarse, con las debidas limitaciones, el término cananeo. De todos modos, la comparación entre la lengua de Ugarit y las Sagradas Escrituras de los hebreos revela extraordinarias, y tal vez de otro modo inexplicables, semejanzas en la lengua, el estilo y el contenido ideológico.
Como sus paralelos hebraicos, la mayoría de los textos de Ugarit son poéticos y hacen amplio uso del artificio literario denominado paralelismo, que determina la reiteración de un pensamiento similar o de uno antitético:
«Aceite llueve de los cielos,
por los torrentes corre la miel.»
Ambas literaturas, en términos inconfundiblemente parecidos, mencionan un monstruo denominado Leviatán, vencido por el dios Baal en los textos de Ugarit y por Yahvé en los hebreos. La versión de Ugarit dice que la extraordinaria criatura estaba dotada de siete cabezas.
Hay asimismo referencias a ciertas prácticas sacrificiales de los cananeos que reaparecen en el Antiguo Testamento, en donde se describen con los mismos términos técnicos usados en los rituales de Ugarit «la ofrenda de paz», «la ofrenda de reparación», «la ofrenda de primicias», «la ofrenda sin mácula», «el pan de los dioses».
De modo semejante, muchas expresiones que se suponían hebreas se encuentran en su forma más antigua en Ugarit: «Cual desea la cierva las corrientes del agua» (Ps. 41, 2), «Con arroyo divino» (Ps. 64, 10), «...de la grosura de la tierra y del rocío del alto cielo» (Gn., 27, 39); mientras que otras frases, aunque menos literales en su empleo, muestran evidentes signos de adaptación: «El que cabalga sobre las nubes», «He aquí que Yahvé cabalga sobre nube ligera» (Is., 19, 1), «Yo dividiré el mar», «El que en dos partes dividió el mar Rojo» (Ps., 135, 13) y «Yo sé que Aleyn, el hijo de Baal, vive», «Yo ya sé que mi Redentor vive» (Jb., 19, 25).
Ante estas y otras muchas correspondencias, algunas de ellas asombrosas -en Ugarit se hallan referencias a un Sancta Sanctorum en el templo, a un héroe popular llamado Daniel, «quien decide la causa de la viuda y juzga el caso del huérfano», y a Baal, quien como hijo de dios (bn elm) es muerto y luego resucita-, es ineludible la conclusión de que muchas de las creencias y prácticas religiosas de los cananeos fueron adoptadas por los hebreos y fueron vertidas en el Antiguo Testamento.
Aunque la religión de los cananeos, como la de los antepasados de los hebreos, fue indudablemente politeísta, se ha sugerido que hacia la época de la conquista del país de Canaán sus creencias habían comenzado ya a evidenciar inclinaciones monoteístas, siendo sus dos deidades principales El y su hijo Baal. En una estela hallada en Ras Shamra, El es representado como un hombre anciano, con barbas, sentado sobre un trono y en el acto de recibir una ofrenda del rey de Ugarit. Se le denomina «Padre de los años» (compárese con «El Padre Eterno» de Isaías y el «Viejo de días» de Daniel [Dn., 7, 9]), y se habla de él como de un Señor poderoso, remoto y trascendente, es decir, como poseedor de los mismos atributos con los que los israelitas describieron a su Dios, concebido originalmente como una divinidad lunar, cuyo hogar era una tienda. Ciertamente es muy significativo que El sea el nombre con que es denominado Yahvé en el Génesis (a menudo en el plural mayestático Elohim).
Desde luego parece posible que una parte de la literatura de los cananeos, que se considera perdida, haya sido en realidad preservada en las Sagradas Escrituras de los hebreos, aunque es imposible precisar la extensión de tales préstamos. Entre tanto el hallazgo de ejemplares aislados de la escritura de Ugarit en Beth Shamesh, y también en el Mons Tabor en Galilea, sugiere que tal vez puedan esperarse nuevos descubrimientos de otras extensas acumulaciones de estos interesantes documentos en localidades alejadas de Ras Shamra.
III
Durante largo tiempo se consideró que el más antiguo de los textos hallados en territorio griego era una inscripción sobre un vaso de estilo dipilón, procedente de Atenas. Pero este hallazgo, fechado en 750 a. C., no podía ser considerado de gran significación histórica, puesto que este mensaje del pasado decía tan sólo: «Reciba esto aquel de los danzantes que más graciosamente nos divierta.»
Hasta hace poco, los comienzos de la historia de los griegos estaban asociados con el final de la Edad del Bronce, hacia el año 1100 a. C.; acontecimiento que fue precedido por la llegada al área egea de los dorios, pertenecientes a una supuesta nueva raza, los griegos, conocedores del hierro. Pero actualmente se reconoce que, por el tiempo en que apareció en la escena este particular contingente helénico, el país había sido ya griego durante cerca de mil años.
Sin embargo, antes de 1870, aun admitiendo estos hechos, los relatos homéricos eran considerados meros entes de ficción, y el bien conocido historiador George Grote se limitaba a manifestar el sentir de su época cuando declaraba que a los ojos de la investigación moderna la guerra de Troya constituía tan sólo una leyenda; punto de vista que apenas formulado tuvo que modificarse, como resultado de las actividades arqueológicas de Heinrich Schliemann.
En contra de todas las suposiciones, Schliemann logró localizar el emplazamiento de la que suponía mítica ciudadela de Troya, y, tras haber efectuado en aquel lugar extensas excavaciones, identificó nueve estratos o ciudades superpuestas, la sexta de las cuales consideró que era la Troya homérica. Tras haber confundido de tal modo a los expertos, Schliemann dirigió su atención a la misma península helénica, en donde, una vez más, sus ideas anticonvencionales produjeron resultados sorprendentes. De acuerdo con una antigua tradición, de la que se había hecho eco el gran geógrafo griego Pausanias (siglo II d. C.), las ruinas de la fortaleza de Micenas contenían la tumba de Agamenón y de otros guerreros que al regreso del sitio de Troya habían sido traidoramente asesinados por Egisto y Clitemnestra. Siguiendo este relato, Schliemann comenzó a excavar en Micenas y silencio rápidamente a sus críticos -quienes consideraban su intento como una pérdida de tiempo y de esfuerzos- al localizar lo que denominó «círculo de tumbas reales», que contenían una serie de sepulcros de cúpula, tallados en la roca a unos 8 metros de profundidad. En conjunto se hallaron los restos de diecinueve personas -hombres, mujeres y niños- junto con numerosas armas y adornos de oro.
De este modo se descubrieron pruebas indicadoras de una civilización micénica, que retrocedía en la Historia hasta la primera mitad del segundo milenio a. C. y tal vez aún más allá, si bien nada sugería que estos precursores fuesen ya griegos.
A estos descubrimientos pronto vinieron a añadirse los realiza dos por Arthur Evans en la isla de Creta. Junto con la península y el archipiélago griego constituye Creta una de las tres regiones principales del área egea, y el interés de Evans por sus posibilidades arqueológicas se despertó en 1880; Evans era entonces conservador del Ashmoleum Museum de Oxford en cuya calidad recibió una losa de piedra, procedente de Creta, que había sido enviada por Greville Chester, en la que se hallaban inscritas marcas jeroglíficas desconocidas. Con la intención de seguir esta pista hasta el final, ya que creía podía conducir al descubrimiento de textos escritos pertenecientes a los más remotos habitantes de la región, Evans se dirigió a Grecia en 1893 y en el siguiente año, tras realizar un intento de exploración en Creta, descubrió y adquirió en Knossos una parte de una ciudad en ruinas. Compró el resto de la ciudad en 1900 y en este mismo año comenzó las excavaciones; casi inmediatamente descubrió una gran colección de tablillas de arcilla.
Estos documentos llevaban grabados, no los jeroglíficos hallados en la losa de piedra, sino una escritura totalmente distinta. En total se hallaron tres clases de escrituras: la que se descubrió en primer lugar y dos más; una de ellas parecía probable que fuese una simple modificación de la otra, y su descubridor las denominó Lineal A y Lineal B. Desde luego no se conocía ni la lengua ni la escritura de ninguna de las tres, y este estado de cosas perduró durante los siguientes cincuenta años.
Evans se hallaba, entre tanto, absorto en la inmensa tarea de excavar y reconstruir las ruinas de Knossos. La estructura principal de la ciudad estaba constituida por las ruinas de un gran palacio que ocupaba más de 2 Ha. y comprendía un verdadero laberinto de habitaciones, vestíbulos y corredores que en algunos sitios alcanzaban varios pisos de altura y se agrupaban en torno a un patio central. Este palacio constituyó una prueba evidente de que allí existió una civilización de un nivel inesperadamente elevado, que poseía refinamientos tales como cuartos de baño con accesorios provistos de agua caliente e incluso un precursor del moderno «water closet». Por deferencia a Minos, un monarca legendario de la isla, Evans dio a esta cultura el nombre de «minoica».
En la ciudad fueron hallados asimismo restos neolíticos, que constituían un depósito subyacente de unos 36 pies (unos 11 m) de espesor. Esta ocupación de aquella localidad durante la Edad de Piedra debió de tener una duración de varios milenios y probablemente terminó en el milenio IV a. C. Comenzó a continuación la Edad del Bronce, la cual, para facilitar su estudio, ha sido dividida en tres períodos, denominados: Minoico Primitivo, Minoico Medio y Minoico Último (MP, MM, MU). Cada uno de estos períodos ha sido subdividido en tres fases, numeradas I, II, III, que representan el comienzo, la madurez y el declinar final. Gracias al arte cretense pudieron obtenerse fechas absolutas, especialmente gracias a la cerámica y también por los sincronismos con Egipto; por ejemplo, un estilo de cerámica característico del MU I, exportado desde la isla a Egipto, fue hallado en el valle del Nilo entre otros restos pertenecientes a la 18.a dinastía (1570 a 1350 a. C.).
Se calculó que el gran palacio databa del período MM I (2100 a 1900 a. C.). Parece que durante el MM II la estructura fue destruida; más tarde fue diseñada de nuevo y reconstruida, pero luego fue de nuevo gravemente deteriorada. En MU I fue emprendida la reconstrucción final y esta obra sobrevivió hasta MU II. La ciudad fue entonces destruida y permaneció ya desierta, aunque existen indicios de una tentativa de reocupación en MU III. Después la ciudad fue abandonada a la ruina y la destrucción. Su laberinto de corredores y subterráneos dio lugar con el transcurso del tiempo a la leyenda griega del Laberinto de Creta y del terrible Minotauro -medio hombre, medio toro-que se suponía habitaba en él.
El fin de la civilización cretense parecía ser tan inexplicable como sus comienzos. De acuerdo con Tucídides, Minos fue un griego, aunque Herodoto opinaba de modo diferente; mientras que, si había que creer a Hornero, por lo menos cinco pueblos distintos habían vivido en la isla en otra época. Las opiniones modernas eran igualmente variadas. W. Dörpfeld, que había ayudado a Schliemann en Troya, se inclinaba por la teoría de que tanto el arte cretense como el micénico eran esencialmente fenicios. Eduard Meyer, un especialista en historia antigua, rechazaba como lugar de origen el Asia Menor, mientras que Evans estaba convencido de que la cultura de la isla, que concedía podía haber sido africana en su origen, se había desarrollado de un modo característico en su área egea. Apreciaba de tal modo las realizaciones cretenses que acabó defendiendo la tesis, a pesar de la abrumadora cantidad de pruebas adversas, de que los micénicos eran minoicos invasores de la península y que la civilización de la tierra firme era resultado de la civilización cretense. Evans mantuvo este punto de vista hasta su muerte en 1941, y tan grande era el peso de su autoridad, que durante largo tiempo impidió la verdadera apreciación de la vida de los egeos durante la Edad del Bronce.
Las pruebas facilitadas por la estratigrafía de la península llevaron al reconocimiento de tres períodos heládicos: primitivo, medio y último, correspondientes más o menos a los respectivos períodos minoicos, y hacia 1930 no pocos arqueólogos habían llegado a la conclusión de que la llegada de los primeros griegos a Grecia coincidió con el comienzo de la Edad del Bronce Medio, alrededor de 1900 a. C., y que su llegada se anticipó en unos ocho siglos a la llamada invasión dórica. Posiblemente, los recién llegados se mezclaron con los habitantes de aquella área del período heládico primitivo, los cuales constituían un pueblo que no era indoeuropeo y que había introducido nombres de lugares y cosas que acababan en -nthos, -assos, -ttos y -ene; por ejemplo Korinthos, Parnassos, Hymettos, Mykene. De este modo surgió una escuela de pensamiento que se oponía a Evans y a sus opiniones. Esta escuela sostenía que la civilización de la península, si bien pudo haber sido influida por la de Creta, en gran parte era totalmente independiente. En cuanto a las pruebas, tanto culturales como de cualquier otro tipo, que Evans consideraba como testimonios de la conquista y ocupación cretense de la península, se sostenía que en realidad debían ser consideradas de modo totalmente distinto; es decir, como indicadoras de un control de la península sobre Knossos.
La acrimonia de la situación fue acrecentada por el descubrimiento de cientos de tablillas de Lineal B en la península, concretamente en Pylos y Micenas. Como sus paralelos cretenses, estos documentos se ajustaban a uno u otro de dos tipos principales, siendo unos rectangulares -en forma de página- y otros largos y estrechos, a menudo con extremos redondeados -estilo hoja de palmera-.
Era evidente que después que la arcilla de estas tablillas había sido modelada e inscrita, las tablillas secas -no cocidas- habían sido colocadas en cajas de madera. Accidentalmente, su conservación había sido asegurada por el cocido que recibieron cuando los edificios en que estaban almacenadas ardieron hasta los cimientos, bien de modo casual, bien como resultado de un ataque enemigo. Incluso en tal caso, la suerte seguía desempeñando un importante papel, pues en Pylos, por ejemplo, se observó frecuentemente que las tablillas que habían caído con la cara hacia abajo estaban a veces muy estropeadas a causa de la acción de microscópicas raicillas, mientras que otras que habían caído con la cara hacia arriba estaban en mucho mejor estado.
Ahora sabemos que el material Lineal B estaba mucho más ampliamente distribuido en la península que en Creta, en donde -de modo muy distinto a lo que sucedía con el Lineal A- se circunscribía a Knossos.
Pero el significado de esta peculiar distribución de lo que se consideraban documentos minoicos siguió siendo susceptible de diversas interpretaciones, y Evans y sus seguidores adoptaron obstinadamente el punto de vista de que este dato confirmaba la dominación cretense de tierra firme. En tal litigiosas circunstancias, la cuestión del descifrado del Lineal B llegó a adquirir una importancia crucial, puesto que era evidente que la información que se obtuviese decidiría la cuestión.
Pero en tan vital asunto, poco o ningún progreso se había hecho, y en gran parte había que culpar de ello al propio Evans, ya que los investigadores sólo en raras ocasiones habían podido estudiar los documentos importantes. Finalmente apareció su obra Scripta Minoica (Londres, 1909), pero estaba dedicada casi enteramente al material jeroglífico y al Lineal A, y, de todo el importante material Lineal B que poseía, tan sólo se incluían catorce tablillas. Unos veinticinco años más tarde, Evans dio a conocer al mundo unas ciento veinte tablillas más en el cuarto volumen de su monumental obra The Place of Minos (Londres, 1935). Pero la gran masa de material, que constaba de unas tres mil tablillas, estaba todavía sin publicar en el momento de la muerte del negligente Evans.
Sir J. L. Meyer, su antiguo asociado y colaborador, comenzó a estudiar la enorme y desordenada acumulación de notas dejadas por Evans, y por fin, después de más de cincuenta años de su descubrimiento, aparecieron detalles de los documentos en Scripta Minoica II (Londres, 1952), pero para entonces poseían tan sólo un valor académico, en lo que concernía al problema del descifrado.
Los primeros investigadores hubieran tenido suficiente material, aunque no demasiado, para proseguir sus estudios. Desde el principio, Evans se dio cuenta de que las tablillas evidentemente eran inventarios, en los que se había utilizado un sistema numérico decimal. La naturaleza de su contenido parecía indicada por series de ideogramas, algunos de los cuales indicaban personas, animales y varias mercaderías de una u otra clase. Estos símbolos pictóricos, además, iban acompañados por grupos de dos o más signos distintos, de los cuales existían en total unos noventa, demasiado numerosos, pues, para ser alfabéticos, y que por lo tanto fueron considerados silábicos.
J. Sundwall, un infatigable investigador de esta escritura, que desde 1914 en adelante se dedicó a su estudio, empleó el método de la comparación interna, haciendo hincapié en la necesidad de identificar los objetos representados ideográficamente, lo cual era necesario para proceder al análisis de las medidas utilizadas. En cambio, A. E. Cowley dirigió su atención al hecho de que los totales que aparecían en las tablillas estaban precedidos invariablemente por uno u otro de una pareja de signos. En general se suponía que la escritura Lineal A era una forma primitiva del Lineal B, y que ambas expresaban el mismo lenguaje, si bien los intentos realizados por varios autores para identificar la lengua desconocida con el hebreo, finlandés, hitita, egipcio e incluso con el sumerio, acarrearon otros tantos fracasos. Otro procedimiento de acercamiento, realizado independientemente de las inscripciones, intentaba descubrir las posibles características de la lengua hablada por los habitantes del área egea en la Edad del Bronce, con particular referencia a los nombres de lugares no griegos antes mencionados; pista engañosa que conducía por una parte a Anatolia y por la otra a Etruria.
La situación estaba, pues, en estado estacionario, pero en 1939, C. W. Blegen localizó un gran palacio en Epano Englianos, en las cercanías de Pylos, y casi inmediatamente encontró una habitación-archivo en la que fueron hallados varios centenares de tablillas de arcilla. En vista de la creciente inestabilidad de la situación internacional, los documentos fueron limpiados, fotografiados y a continuación escondidos en lugar seguro. Unos cuantos textos, pocos desde luego, pero los suficientes para dar una indicación de su naturaleza, fueron inmediatamente publicados y gracias a ello se puso de manifiesto que la escritura era idéntica a la de las tablillas del Lineal B que Evans había hallado en Knossos; y, como por aquel entonces estaba ya ampliamente difundida la teoría de que la civilización micénica era griega, el hallazgo planteó problemas aún más arduos a los que todavía sostenían la teoría del origen minoico, si bien éstos resolvieron las dudas, aunque sólo fuera momentánea y provisionalmente, mediante el subterfugio de decir que los restos hallados en la península no eran autóctonos, sino de importación.
La tarea de editar el nuevo material fue confiada a Emmett L. Bennett, de la Universidad de Cincinnati, y sus trabajos culminaron -tras un retraso motivado por la guerra- en la publicación de The Pylos Tablets (Princeton, 1951), en donde los textos están agrupados según el contexto de los ideogramas.
Simultáneamente, Alice E. Kober, de Brooklyn, emprendió un cuidadoso examen de las tablillas; los resultados de sus penetrantes estudios aparecieron en varias series de artículos publicados entre 1943 y 1950, año en que murió.
Ambas contribuciones fueron de importancia fundamental, y el trabajo de Alice Kober demostró, entre otras cosas, no sólo que la lengua de las tablillas presentaba flexiones gramaticales -lo cual, desde luego, era inesperado-, sino que ciertas variaciones regulares eran análogas a los cambios que se observaban en otras lenguas de inflexión:
| Latín |
||
| ser-vus |
a-mi-cu-s |
bo-nu-s |
| ser-vum |
a-mi-cu- m |
bo-nu-m |
| ser-vi |
a-mi-ci |
bo-ni |
| ser-vo |
a-mi-co |
bo-no |
Dada la naturaleza silábica de los símbolos del Lineal B, ¿podría darse el caso de que, como sucede con los finales del ablativo -vo, -co, -no citados, las terminaciones de los signos equivalentes contuviesen la misma vocal, pero consonantes distintas? ¿E inversamente, que otras sílabas presentasen la misma consonante, pero distintas vocales, como -vo /-vu, -co /-cu, -no /-nu?
El resultado de este razonamiento fue la realización de una tabulación, descrita cautamente por Kober como «el comienzo de un ensayo de esquema fonético», esquema al que los descifradores denominan familiarmente «la rejilla»; en ella, los signos silábicos están agrupados de acuerdo con el contenido de su supuesta vocal y su posible consonante; la disposición está ideada de tal modo que puede extenderse en ambas direcciones, según las necesidades (fig.10).
Cuando se la utiliza, la rejilla asume la forma de un tablero erizado de ordenadas hileras de clavos, de los que pueden colgarse etiquetas que contienen los variados signos silábicos, etiquetas que pueden moverse, según lo requiera la situación. El método es muy útil, principalmente porque evita los experimentos al azar en la vocalización, puesto que ninguna alteración de un supuesto valor silábico tiene inmediatas repercusiones sobre los demás signos que comparten las mismas columnas verticales y horizontales.
| V1 |
V2 |
V3 |
||
| o |
u |
? |
||
| C1 |
v |
vo |
vu |
v? |
| C2 |
c |
co |
cu |
c? |
| C3 |
n |
no |
nu |
n? |
| C4 |
? |
?o |
?u |
?? |
| C5 |
? |
?o |
?u |
?? |
| C6 |
? |
?o |
?u |
?? |
| Fig. 10.- Lineal B: el origen de la rejilla. |
||||
Entre tanto, en Londres, en 1936, había sucedido un hecho de singular importancia. En este año, durante una exposición conmemorativa del jubileo de la British School de Atenas, Sir Arthur Evans pronunció una conferencia acerca de los asuntos minoicos; entre su auditorio se encontraba un estudiante, denominado Michael Ventris. El relato del conferenciante acerca de la indescifrable escritura de las tablillas de Knossos inflamó la imaginación del joven oyente, que decidió dedicarse a la resolución del problema. Aunque Ventris estudió arquitectura, todos sus momentos libres fueron consagrados a la tarea que se había impuesto. Al principio, Ventris se inclinó en favor de las supuestas afinidades de la lengua desconocida de las tablillas con el etrusco, y publicó lo que él mismo calificó más tarde de «un artículo adolescente» acerca de este aspecto del problema. Pero en 1950, animado por la eficaz ayuda del material procedente de Pylos y bajo el incentivo de las actividades de Sundwall, Bennett, Kober y otros investigadores, acometió una nueva serie de estudios analíticos, catalogando los signos fonéticos de acuerdo con la frecuencia de su aparición y anotando además aquellos que aparecían predominantemente al comienzo o al final, o que tendían a estar en parejas, o que nunca eran hallados en asociación con otros. También tomó buena nota de los varios grupos de signos e intentó una clasificación funcional. Sobre bases puramente comparativas ensayó la distinción entre cuatro categorías:
1. Nombres personales
2. Nombres de lugar y nombres de edificios
3. Nombres de negocios y de oficios
4. Vocabulario general.
En enero de 1951, y para atestiguar la validez de estos y otros hallazgos, Ventris comenzó un intercambio de notas e ideas con una veintena de investigadores que compartían su interés por el problema; entre éstos estaba Bedrich Hrozony, quien por esta época había llegado a convencerse a sí mismo -pero no a sus colegas- de que por fin había resuelto el enigma: aseguraba haber detectado semejanzas en la escritura cretense no sólo con el egipcio y el hitita jeroglífico, sino también con el proto-indio, sumero-babilónico, greco-latino y chipriota.
La octava de las comunicaciones de Ventris se refería al resultado de sus investigaciones estadísticas. En esta nota sugería que el frecuente uso inicial de tres de los signos indicaba con toda probabilidad que eran representativos de simples vocales, una de las cuales parecía tener el valor I y la otra el valor A -esta última identificación había sido ya sugerida por otros varios investigadores, entre los que se incluía Kober-. El valor del tercer signo podía ser E, según parecía sugerirlo el hecho de que apareciese numerosas veces en grupos de signos que se creía pudiesen representar nombres propios; en tal caso, a un cuarto signo, también considerado vocálico, podía serle atribuido el valor O. Aunque la identificación de consonantes era mucho más difícil, en febrero de 1952 el contenido de la rejilla se había ampliado considerablemente, gracias a unas pocas y débiles pistas y a mucho trabajo a base de razonadas conjeturas.
En este estado se hallaban las investigaciones cuando por fin apareció Scripta Minoica II. A la luz del material que se publicaba en esta obra era evidente que, mientras en su mayor parte los textos de Knossos tendían a confirmar la estructura de la rejilla, parecía existir cierta inconsistencia entre las distintas maneras de deletrear ciertas palabras. En un intento por subsanar esto, Ventris estudió el valor silábico jo para uno de los signos dudosos, valor que había rechazado previamente, y observó que, entre otras cosas, esta corrección tenía un marcado efecto sobre un grupo de signos previamente catalogados por Kober como susceptibles de aparecer en formas alternativas (con flexión). Incorporando a estos grupos los valores ja, jo, en asociación con la tercera vocal identificada provisionalmente como i, y colocando números donde aparecían consonantes aún desconocidas, Ventris obtuvo una serie de «esqueletos» de palabras incompletas que por su simple apariencia sugerían la sustitución de muchos de los números por determinadas consonantes.
Sucedía algo semejante como si, en las palabras incompletas que aparecen más abajo a la izquierda, los valores 1 = D, 2 = N, 3 = R, 4 = S, 5 = T y 6 = Y estuviesen dispuestos de tal modo que fácilmente revelasen el nombre de lugares tan familiares como los que aparecen a la derecha:
| LE-E 1-4 |
LE-ED-S |
|
| WE-E 1-O2 |
WE-ED-ON |
|
| 30-MI-LE |
RO-MI-LE-Y |
|
| 1O-VE-1 A-LE |
DO-VE-DA-LE |
|
| LE-IC-E4-5 E-3 |
LE-IC-ES-TE-R |
Gracias a este procedimiento, el asombrado Ventris obtuvo los nombres de cinco de las principales ciudades de Creta: AMNISSOS, KNOSSOS, TYLISSOS, FAISTOS Y LYKTOS; pero aun fue más asombroso el hecho de que esta identificación de seis consonantes produjese automáticamente el efecto de poder dotar de valores fonéticos a treinta y uno de los signos de la rejilla, y cuando éstos fueron aplicados a los contenidos de algunas de las tablillas, al parecer daban la palabra «cilantro» y la frase «provistos los reinos», ¡en griego!
Este trascendental descubrimiento fue anunciado en una nota, la vigésima de la serie, que Ventris envió a sus camaradas descifradores en junio de 1952, si bien se consideró que las supuestas palabras griegas pudiesen ser un espejismo. Pero, apenas dada la comunicación, Ventris se dio cuenta, tras haber aplicado los valores fonéticos recientemente deducidos a los contenidos de otras tablillas, de que, por increíble que pudiese parecer, era inevitable la conclusión de que el lenguaje de las tablillas del Lineal B era, indudablemente, una forma arcaica del griego.
Desde luego, quedaba mucho por hacer antes de que el valor de esta revolucionaria tesis pudiese ser establecido. Para lograrlo, Myers puso a Ventris en contacto con John Chadwick, de Cambridge, quien también había estado trabajando en el problema y cuyo talento de criptógrafo y amplio conocimiento de los dialectos griegos prometía ser particularmente útil. El resultado inmediato de esa colaboración fue la publicación de un comunicado conjunto, Evidence for Greek Dialect in the Mycenaean Archives (Journal of Hellenic Studies, vol. LXXIII, 1953), en el que se daba una tabla de valores (fig. 11), se proponían varias interpretaciones y se identificaba el lenguaje de los textos del Lineal B como un dialecto griego, semejante al arqueo-chipriota.
La acogida dispensada al hallazgo de Ventris por los principales arqueólogos y filólogos combinaba las frases de estímulo con la reserva. En 1952, Blegen había reemprendido los trabajos de excavación en Pylos y había recogido varios centenares más de tablillas en aquel yacimiento, y pronto otras muchas surgieron a la luz en Micenas y en otros puntos de la península. La cuestión era averiguar si el contenido de este material adicional confirmaría la solución propuesta.
Dio la casualidad de que fue precisamente uno de los textos de Pylos el que más convincentemente dio la deseada respuesta. Una vez visto por Ventris, este documento fue examinado por Blegen en los primeros meses de 1953; Blegen comunicó que, a juzgar por su contenido ideográfico, evidentemente el texto se refería a vasijas, unas con tres pies, otras con tres o cuatro asas y otras sin asas, y en términos de los valores fonéticos propuestos, los grupos de signos correspondientes se transliteraban como ti-ri-po (trípode), ti-ri-o-we (con tres asas), qe-to-ro-we (con cuatro asas) y a-no-we (sin asas). «Todo -escribía Blegen- parece demasiado bueno para ser verdad, si excluimos posibles coincidencias.»
El hecho, ahora ya generalmente aceptado, de que el lenguaje de las tablillas del Lineal B es una forma primitiva del griego plantea la cuestión de cómo esta escritura llegó a adaptarse a dicha lengua. La adopción de los signos minoicos fue, sin duda, una consecuencia del control que ejerció la península sobre Knossos durante el período MU II de la isla, el comienzo del cual, según Evans, fue acompañado por la emergencia de «una nueva dinastía de carácter agresivo». De todos modos, la escritura que debe ahora ser denominada micénico-Lineal B se deriva indiscutiblemente de una versión primitiva minoica, muy probablemente la que se designa como Lineal A, la cual puede derivarse, a su vez, de la escritura jeroglífica cretense. Y ésta, aunque egipcia en carácter, aparentemente constituye un sistema independiente.
En su amplia obra Documents in Mycenaean Greek (Cambridge, 1956), Ventris y Chadwick insertan una nota de cautela en relación con la amplitud del descifrado de la escritura Lineal B. Continúa sin resolver, por ejemplo, el problema formulado por muchos de los ideogramas. Bennett ha hecho una lista que incluye bastante más de 100 de estos símbolos (y tal vez existan otros aún no descubiertos) y, excepto en los lugares en que son claramente pictóricos -como es el caso cuando se trata de hombres, trípodes, carritos-, su significado es generalmente imposible de conjeturar, a menos que vayan acompañados por claves en el contexto.
Pero de igual modo que el descifrado de los signos fonéticos asociados con los ideogramas ayudaba en el reconocimiento de algunos de estos ideogramas, así la habilidad recientemente adquirida para leer y comprender muchos de los grupos de caracteres silábicos hizo posible determinar el significado de algunas de las otras palabras símbolo cuya identificación era imposible de otro modo.
A veces sucede que estos significados son dados fonéticamente en el texto -las palabras símbolo indicadoras del bronce, el aceite de oliva y vestidos, entre otras, fueron establecidas de este modo-. En ocasiones, los ideogramas aparecen con un signo silábico incorporado a ellos, y el elemento fonético representa claramente un adjetivo o un nombre griego en forma abreviada, como se muestra por el hecho de que en numerosas ocasiones la palabra en cuestión está repetida en toda su extensión. De modo semejante, cuando los signos de las sílabas Wi y Ko están colocados en medio del símbolo de piel, es evidente que su función es la de distinguir entre Wrinos (piel de buey) y Kiwos (piel de cordero). Pero, según demuestran otros ejemplos, cuando los signos silábicos son empleados ideográficamente del modo indicado, su significado puede variar de acuerdo con la naturaleza de los temas de que se trate. De modo semejante a lo que sucede en inglés con la abreviatura Bk, que puede ser leída como Bank (banco) o book (libro), según el contexto, así el símbolo micénico Ko añadido al establecido para Kôwos puede representar Koruthos (yelmo), cuando aparece entre palabras que indican armas de guerra, y Koriandna (semillas de coriandro) cuando se halla entre palabras indicadoras de condimentos.
El modo en que por diferentes razones se llegó a la elucidación de otros ideogramas queda claro al estudiar una serie de tablillas que se refieren al ganado. Aparte de los signos que se reconocen fácilmente que representan al ciervo (que aparecen muy raramente) y al caballo (el cual aparece en conexión con equipo militar únicamente), se nombraban cuatro animales domésticos, el signo de uno de los cuales, el cerdo, era también evidente. Acerca de la identidad de los caracteres restantes se hicieron numerosas especulaciones y se cruzaron numerosos argumentos en el pasado, ya que los tres estaban enormemente estilizados. Lo que en un tiempo se supuso era variante del signo de caballo es ahora considerado como una representación de buey. Así, mediante un proceso de eliminación, los investigadores se quedaron con dos símbolos que no podían ser otra cosa que corderos y cabras. El problema quedaba en este modo reducido a la cuestión de decidir cuál era cada uno de ellos, lo que parece haber sido satisfactoriamente resuelto adjudicando el valor cordero, el más común de los dos animales, al signo que aparece más a menudo -en ocasiones muy apropiadamente en asociación con el símbolo de lana-, pues el pelo del cordero es muy probable que fuese considerado como un elemento de textura más aprovechable que el de la cabra.
Al problema que presentaban la mayoría de los ideogramas se añade otra importante dificultad, que entorpece el descifrado total; se trata del relativamente pequeño número de textos de que se dispone en la actualidad y al hecho de que su contenido, sin excepción, consista en simples inventarios, que por lo tanto dan lugar a un vocabulario lamentablemente deficiente en verbos y adverbios, en pronombres y preposiciones. También es descorazonador el hecho de que entre la mitad y las tres cuartas partes de las palabras micénicas conocidas sean nombres propios, muchos de ellos nombres de personas, de los que se han recopilado bastante más de mil. Mientras que la identificación de palabras del vocabulario puede ser comprobada por su significado, determinado por el mismo contexto, los nombres propios no se prestan a ser identificados de tal modo, con el resultado de que a algunos signos silábicos no ha podido todavía asignárseles un valor. Además, incluso después que un texto ha sido trascrito, no debe por ello creerse que pueda leerse con exactitud, puesto que el silabario micénico está muy lejos de ser preciso en su versión del griego; griego que, debe tenerse en cuenta, presenta casi tanto parecido con la versión clásica de esta lengua como el que guarda el inglés actual con el inglés de Chaucer, o el castellano de hoy en día con el de las Partidas de Alfonso X.
Pero, pese a tales limitaciones, se han averiguado muchas cosas gracias a los textos micénicos, tanto directa como indirectamente, sobre temas tan variados como la propiedad de la tierra y los productos agrícolas (cereales, aceitunas, higos, condimentos), tejidos y adornos (vestidos, túnicas, mantas), mobiliario y utensilios caseros (mesas, sillas, hierros del hogar, lámparas, cacerolas, calderos) y equipo naval y militar (barcos, carros de guerra, yelmos, corazas). Además poseemos pruebas indiscutibles de que Pylos y Knossos conocían la jefatura real, a pesar de que el nombre de los reyes no se menciona en relación con este título, por lo que no es posible identificar con certeza a ninguno de los monarcas.
En cuanto a los súbditos de tales reyes, es evidente que disfrutaron de una considerable diferenciación de trabajos, según se desprende de la gran variedad de oficios que practicaron -hay referencias a pastores y cabrerizos, leñadores y cazadores, carpinteros y albañiles, fundidores de metales y arqueros, hiladores y tejedores, servidores de los baños y mujeres sirvientas-. Otras profesiones incluían las de médico, heraldo y mensajero, mientras que el acostumbrado ejército de sacerdotes y sacerdotisas se dedicaba a atender las necesidades de una no menos inevitable galaxia de dioses y diosas.
Teniendo siempre en cuenta que la identificación de los nombres personales se basa en parecidos superficiales, estas divinidades parecen incluir nombres bien conocidos, representativos de la mitología griega clásica, como Zeus, Hera, Atenea y Poseidón, por no mencionar las posibles referencias a Hermes y Dionisos. Las tablillas también mencionan personas que llevan nombres de más de cincuenta personajes homéricos; entre ellos Castor, Teseo, Héctor y Aquiles; pero, como faltan en absoluto las inscripciones monumentales, no se han podido realizar identificaciones de carácter histórico.
La aparente limitación de la escritura micénica a tablillas acerca de mercaderías y sellos de arcilla -aparte de algunas inscripciones halladas en las superficies de las jairas de Tiryns (Tirinto), Tebas y otros lugares- plantea el problema de la amplitud y desarrollo de la primitiva literatura griega y S. Dow se inclina a creer que el uso de la escritura Lineal B estaba circunscrito a unos pocos especialistas. Se ha argüido contra esto que alguno de los textos posiblemente fueron realizados por ciudadanos particulares y que la existencia de inscripciones sobre las jarras indica que otras personas, aparte los escribas profesionales, sabían leer y escribir. También se ha sugerido, a causa de sus rasgos, que los caracteres de las escrituras Lineal A y B pudieran haber sido ideados para ser escritos en tinta sobre papiro o sobre algún material equivalente, más bien que para ser grabados sobre tablillas de arcilla, y que, mientras estos últimos documentos con toda probabilidad fueron periódicamente destruidos o desechados, las llamas, que accidentalmente contribuyeron a su preservación, pudieron al mismo tiempo haber destruido lo que se deseaba fuesen textos imperecederos.
Sin embargo, persiste el hecho de que, tras la destrucción de Pylos y otros centros de cultura al final de la Edad del Bronce, sucedió un lapso de tiempo de casi tres siglos y medio en que no se hallan documentos de clase alguna y que, cuando reaparece finalmente la escritura griega, no es ya al modo micénico, sino en el fenicio, una modalidad enteramente distinta. ¿Debemos creer que con la llegada de los dorios, y la enorme destrucción que marcó su invasión, el arte de la escritura se perdió tan completamente que ya nunca fue recuperada su forma original? ¿O debemos suponer, como ha sugerido con esperanza A. J. Wace, que los griegos eran un pueblo demasiado inteligente para olvidar la escritura y que la aurora de la Edad del Hierro debe haber sido señalada por un período de transición, durante el cual el uso de la escritura Lineal B continuó, hasta que las manifiestas ventajas del sistema fenicio condujeron a un gradual abandono del primero y la gradual adopción del segundo? Wace considera incluso la posibilidad de hallar documentos que proporcionen la lista de la tripulación de los barcos de que se habla en la Ilíada y el orden de batalla de Agamenón y se hace eco de la ambiciosa especulación de Blegen de que en algún palacio puedan conservarse los archivos de algún departamento político o de asuntos exteriores.
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[4] En castellano se ha adoptado esta segunda denominación para evitar confusiones. (N. del T.)
[5] Nota del Traductor.