CAPÍTULO III

LA CLAVE DE LA ESCRITURA CUNEIFORME

I

La escritura cuneiforme fue denominada así por Engelbert Kämpfer y otros autores, independientemente unos de otros, a comienzos del siglo XVIII. Este nombre procede de la forma de sus caracteres, que es semejante a la de una cuña. Al principio, la escritura fue pictográfica y los diferentes objetos representados sugieren que sus creadores vivían en las tierras pantanosas existentes en el norte de lo que actualmente es conocido como Golfo Pérsico, en donde se daba la circunstancia de que existía una abundancia de arcilla, material apto para este tipo de escritura.

En el tercer milenio antes de Cristo aproximadamente, esta escritura fue adaptada por los semitas-acadios a su propia lengua y a continuación su utilización se difundió por el cercano Oriente, en donde fue empleada indistintamente por los anatolios, cananeos, hebreos e hititas.

Entre estas interpretaciones, el cuneiforme simplificado de los asirios -cuya lengua era un dialecto del acadio- consistía en unos 600 signos, muchos de ellos ideográficos; mientras que la versión predominantemente silábica de los elamitas contenía, en su forma final, poco más de 120 signos. Ahora bien, en manos de los persas, la escritura cuneiforme quedó reducida a 36 caracteres casi alfabéticos -las consonantes incluían el valor de una vocal breve-, 4 ideogramas y una palabra divisoria, en total 41 signos.

Este perfeccionamiento de la escritura cuneiforme (600 a. C.), sin el cual los esfuerzos de los investigadores actuales se hubieran prolongado sin duda considerablemente, fue anunciado por la llegada de grupos errantes de inmigrantes indoeuropeos a la tentadora meseta que ellos denominaron Irán; es decir, patria de los arios. Entre estos inmigrantes, formados por bactrianos, margianos, draugianos y partos, destacaban dos tribus: los medas (mada), que ocuparon la parte oeste de la meseta, y los persas (parsa), que se establecieron al sur de los medas.

Durante varias centurias después de su llegada, los invasores se vieron amenazados constantemente, y a veces subyugados, por los asirios, quienes en dos campañas sucesivas, bajo el reinado de Asurbanipal, devastaron completamente el vecino reino de los elamitas. Pero, al fin, la guerra incesante acabó por debilitar a los que se consideraban señores invencibles del Asia occidental, quienes no pudieron resistir el asalto combinado del rey de los medas, Cyaxares, y de Babopolasar de Babilonia, y en el año 612 a. C. Nínive, la famosa capital de los asirios, fue tomada por asalto y destruida. Los vencedores se dividieron el botín y así surgió un imperio meda que tuvo una vida muy breve y cuya capital fue Ecbatana (la actual Hamadán); su primer rey fue Cyaxares y el último, Astiages.

Entre tanto, los persas habían establecido un pequeño reino bajo el rey Teispes, que fue el primero de una sucesión de príncipes que consideraban que su linaje descendía de un antepasado epónimo llamado Aquemenes. Hacia mediados del siglo VI a. C., el clan de los Aqueménidas reconoció la jefatura de Ciro II, quien gobernó como una especie de virrey de los persas, bajo el dominio meda. Pero la ambición de Ciro el Grande (como estaba destinado a llamarse) no le permitió continuar en este puesto secundario, y, a los pocos años de su acceso al poder, instigó una revuelta que no sólo le permitió derrotar a los medas, sino que le proporcionó tal impulso que consiguió subyugar a los lidios y más tarde someter a los babilonios. Había fundado así el primer imperio mundial, un dominio que se extendía desde el Cáucaso hasta el océano índico y desde el río Indo hasta el mar Mediterráneo.

En esta vasta extensión de tierras se reconocían oficialmente tres lenguas: la de los conquistadores (conocida actualmente como persa antiguo), la de los babilonios (acadio) y la elamita (o susita). Las inscripciones reales eran inscritas casi siempre en forma trilingüe, colocándose las tres versiones una al lado de la otra. De este modo, los reyes Aqueménidas, además de proporcionar a los que estudian el cuneiforme una forma de escritura enormemente simplificada, les ofrecieron también textos equivalentes en otros dos lenguajes y formas de escritura desconocidas.

La primera de estas inscripciones conocida fue, con toda seguridad, la descubierta en Pasagarda, junto al río Kur, entre las ruinas de los edificios que Ciro hizo construir tras la derrota que infligió al meda Astiages. No parece que en aquel lugar hubiese existido ciudad alguna, pero en cambio las estructuras de las ruinas incluyen templos, una residencia real y la tumba del monarca. Originalmente, la tumba se alzaba en medio de un atrio abierto, rodeado por columnatas, pero éstas desaparecieron hace largo tiempo y del conjunto tan sólo subsiste la escueta estructura del mausoleo, colocado sobre una elevada plataforma formada por gradas. Estrabón nos cuenta que cuando Aristóbulo de Casandreia penetró en el edificio, siguiendo las órdenes de Alejandro Magno, halló en su interior, y sobre un lecho de oro, un sarcófago del mismo metal y gran número de ornamentos profusamente adornados con piedras preciosas -estos objetos, desgraciadamente, no pueden ser admirados por el visitante actual, pues desaparecieron, no se sabe cuándo-. Tampoco existe la inscripción que los griegos vieron sobre la entrada del mausoleo: «Extranjero, yo soy Ciro, el fundador del Imperio persa, el soberano de Asia; no me envidies, por lo tanto, este sepulcro.»

Sucedió a Ciro su hijo Cambises, quien en el año 525 a. C. derrotó al faraón Psamético III en Pelusium, victoria que permitió la anexión de Egipto al Imperio persa. Entre los preparativos hechos por Cambises para esta campaña se cuenta el asesinato a sangre fría de su hermano menor Smerdis, para prevenir que durante la permanencia del rey en el extranjero pudiese levantarse un rival reclamando el trono. No se conoce la fecha exacta de esta medida de precaución, puesto que el crimen se mantuvo en secreto, y el pueblo siguió creyendo que la víctima estaba confinada en sus habitaciones por razones de Estado.

Pero, gracias a los azares del destino, el merecido castigo no tardó en producirse, y de modo bastante irónico fue precisamente el deseo de mantener oculto su crimen lo que produjo la ruina de su autor. Tan pronto como Cambises entró vencedor en Egipto, el administrador de los bienes reales, Patizites el Mago, persuadió a su propio hermano, Gomates, para que personificase a Smerdis y organizaron una revolución en nombre del príncipe muerto, aprovechando que el pueblo desconocía aún la muerte del hermano del rey. Cambises se vio entonces cogido en la trampa de su propia maquinación, puesto que para desenmascarar al falso Smerdis forzosamente debería revelar la muerte del verdadero. No obstante, al recibir la noticia del alzamiento, dispuso un rápido regreso, pero murió en el camino -por accidente según unas fuentes o por su propia mano, si hemos de creer a otro informante- antes de que pudiese confundir a los conspiradores; después de lo cual Gomates asumió el poder.

Pero el triunfo del impostor fue de breve duración, pues entre aquellos que conocían la verdad de los hechos se hallaba Darío, el hijo de Hystaspes, enérgico miembro de una rama colateral de la familia real. Con el auxilio de media docena de nobles leales sorprendió y mató al usurpador y a su hermano, después de lo cual, y según nos cuenta Herodoto, la decisión de quién de los siete debía ser rey fue dejada a sus caballos, acordando que a la mañana siguiente se reunirían en las afueras de la ciudad y que obtendría la corona aquel de los jinetes cuya montura relinchase primero. En tal circunstancia, el vencedor debió su éxito a la astucia de uno de sus palafreneros, quien provocó la deseada respuesta con la ayuda poco deportiva del olor de los genitales de una yegua.

Sea como fuese, Darío obtuvo la corona e inmediatamente se vio enfrentado con una serie de rebeliones que se extendieron a través de todo el imperio, ya que una provincia tras otra intentaba adquirir ventajas de las incertidumbres del momento. Darío y sus generales lograron sofocar metódicamente estos numerosos disturbios, luchando, según él mismo nos cuenta, en 19 batallas y derrotando a nueve rivales, antes de que pudiese convencer a sus rebeldes súbditos de que era verdaderamente dueño de la situación.

Para conmemorar sus hazañas, y sin duda como advertencia a otros posibles perturbadores del orden, Darío hizo inscribir el relato de su triunfo sobre sus enemigos en la ladera de un escarpado risco en Behistun. Esta inscripción, la más ambiciosa de las hechas por los Aqueménidas, consiste en centenares de líneas de escritura cuneiforme, cinceladas sobre la superficie de la roca, en persa antiguo, elamita y acadio. El relato está ilustrado con relieves esculturados que representan a Darío enfrentándose con los confundidos rebeldes, ante la presencia de Ahura Mazda (Ormuz), el dios creador del universo y el supuesto hacedor de la grandeza aqueménida.

Darío celebró asimismo su victoria ordenando la realización de grandes construcciones en un lugar situado cerca de la confluencia de los ríos Kur y Polvar. Allí, en la ladera de una colina abierta sobre la llanura de Mervdasht, se levantó una inmensa plataforma rectangular de unas 5 Ha. de extensión, reforzada en tres de sus lados por un fuerte muro fortificado y protegida en su parte posterior por una serie de torres, unidas entre sí por un muro y situadas en la cresta de la montaña. Darío y sus sucesores se establecieron en una serie de magníficos edificios, entre los cuales se cuenta el Tachara -palacio de Darío-, el Apadama -palacio de recepciones, empezado por Darío y terminado por su hijo Jerjes-, el Hadish -palacio de Jerjes- y una gran sala cubierta, cuyo techo estaba sostenido por centenares de columnas, obra conjunta de los reinados de Jerjes y Artajerjes. Más de la mitad del área de la mencionada plataforma estaba ocupada por los citados edificios y sus dependencias. Gran número de inscripciones grabadas sobre las paredes de estos edificios proclaman ante el mundo la identidad de sus constructores y asumieron a principios del siglo XIX una importancia realmente desproporcionada con su contenido.

Se desconoce el nombre que dieron los persas a este apartado retiro, pero los escritores griegos le denominan Persépolis, y Diodoro lo consideraba la capital del Imperio -aunque probablemente los centros administrativos eran Ecbatana, Susa y Babilonia-. Pero como lugar de residencia fue tan apreciado por los Aqueménidas, que varios de aquellos monarcas decidieron prolongar su estancia allí indefinidamente -tres tumbas reales fueron talladas en las laderas de la colina situada a espaldas de la mencionada plataforma-, mientras que otros monarcas, entre los cuales se incluyen Darío y Jerjes, encontraron el lugar para su eterno descanso cerca de Naksh-i-Rustan.

Del mundo entonces conocido, sólo Europa permanecía fuera del dominio persa. Pero desde la época de Darío I en adelante todos los intentos por conquistarla fueron frustrados por los griegos, hasta que, finalmente, en 334 a. C., durante el reinado de Darío III, Alejandro Magno cruzó el Helesponto e infligió una gran derrota a los persas en la batalla de Isos. Entonces Darío intentó llegar a un acuerdo, pero Alejandro exigió una rendición incondicional y, tras haber sitiado Tiro, dirigió una expedición a Egipto, donde fue recibido como su liberador. Luego chocó con otro ejército persa y lo derrotó en Gaugamela. Más tarde halló mayor y más fuerte resistencia en Persépolis, cuyos palacios fueron saqueados e incendiados -según un bien conocido relato, el incendio fue provocado por soldados ebrios durante un festín realizado para celebrar la victoria-. El rey de Persia huyó al este, hacia la remota provincia de Bactriana, donde fue asesinado por su primo Bassus, quien, equivocadamente, creyó conseguir así el favor de Alejandro. Con su muerte, la dinastía aqueménida terminó sin gloria.

Fue reemplazada por la dinastía de los Seléucidas -el equivalente persa de los Ptolomeos egipcios-, quienes a su vez fueron sucedidos por los Arsácidas -período parto-, por los Sasánidas -nuevo imperio perca- y finalmente por los árabes -conquista musulmana-, que invadieron el país a mediados del siglo VII d. C. A partir de este momento la lengua de los vencidos fue ahogada por la de los vencedores, y no reapareció hasta unos 250 años más tarde y tan sólo bajo una forma puramente literaria. Pero, a pesar de que el persa moderno se escribe en caracteres arábigos, proporciona un enlace vital a través del persa medio -representado por el zenda y el pahlevi, tal como nos ha sido conservado en ciertas obras religiosas y en algunas inscripciones sasánidas sobre piedra- con el antiguo persa, la lengua de los Aqueménidas. Es evidente el valor potencial que tal vínculo posee para todos aquellos que desean elucidar la escritura cuneiforme.

II

De modo parecido a lo que hicieron los primeros cristianos, los prosélitos del Islam concedieron escasa importancia a las culturas que diferían de la suya propia, como bien lo demuestra la injustificable destrucción de la Biblioteca de Alejandría en el 642 d. C., después de la conquista de Egipto.

La actitud que adoptaron es bien explícita: si los escritores griegos estaban de acuerdo con el Corán, eran evidentemente superfluos, y si, por el contrario, estaban en desacuerdo con las santas palabras de Alá, eran indiscutiblemente perniciosos; por lo tanto, en cualquiera de los casos, debían ser destruidos. En tan funestas circunstancias no es sorprendente que los árabes no prestasen atención alguna a las inscripciones de los Aqueménidas, a pesar de que conocían la existencia de varias de ellas. A fines del siglo XI, Ibn Hankal manifestó que las figuras grabadas en el risco de Behistun representaban un maestro de escuela enfrentándose con una clase de alumnos recalcitrantes. Pero aun resulta más falta de imaginación otra conjetura sobre estas figuras, hecha 200 años más tarde. Se trata del relato de un geógrafo árabe, Yakuh, cuyo examen de los relieves, si es que se tomó la molestia de contemplarlos siquiera, debió de haberse realizado desde muy lejos, puesto que declaró que representaban al gran caudillo sasánida Khusru Parviz (Cosroes I), cabalgando sobre su famoso caballo Shasdiz en presencia de la reina Shirin.

No menos fantásticos fueron los relatos que surgieron acerca de las ruinas de las ciudades reales de los persas. En el lugar que ocupó la persa Persépolis se levantó una ciudad conocida por los árabes con el nombre de Istakhr, que en su día alcanzó considerable importancia como centro administrativo, bajo los Sasánidas; pero con la fundación de la capital árabe de Shijaz, unos 65 Km. más allá, declinó gradualmente la utilidad de Istakhr y sus restos de la época aqueménida fueron denominados indistintamente como Chelel Minar (los 40 minaretes), como la ciudad antigua (de Shiraz) o como Takht-i-Jamshid (el palacio de Jamshid). Este último nombre era un tributo a un legendario caudillo persa que se suponía había sido destronado por un árabe llamado Zohak, hacia el año 1000 a. C. Estas ruinas fueron también relacionadas con el rey Salomón, los restos de cuya madre, según un relato popular, se albergaban en una tumba situada en un lugar denominado Murghab, unas 30 millas al norte.

Uno de los primeros europeos que visitaron estos lugares fue Giosafat Bárbaro, quien llegó a Persia en 1472 como embajador de Venecia. En el transcurso de sus varios viajes por el país -el relato de los cuales fue publicado unos 70 años más tarde- examinó Takht-i-Jamshid, Murghab y también Naksh-i-Rustan, en donde, entre algunas piedras esculturadas, observó un gran relieve de un rey sasánida que él creyó era una representación del Sansón bíblico. Unos dos siglos más tarde, otro embajador en Persia, un fraile agustino llamado Antione de Guvea, decidió que las supuestas ruinas del Palacio de Jamshid (o Salomón) señalaban en realidad la localización de la antigua Shiraz, tal como sugería el rumor local. Esta identificación fue más tarde recusada por el embajador español don García de Silva Figueroa, quien supuso que las ruinas que se elevaban cerca de la confluencia de los ríos Kur y Polvar debían ser los restos de la famosa ciudad que se sabía había sido construida por Darío el Grande. Un artista que acompañaba a De Silva en sus viajes copió algunos signos curiosos que se supuso fuera alguna forma de escritura, aunque todo el mundo estaba de acuerdo en que aquello no era ni «caldeo, ni hebreo, ni griego, ni árabe, ni de ninguna otra nación conocida».

El siguiente en saltar a la palestra fue un viajero italiano, Pietro della Valle, heredero de una acaudalada familia romana, quien concibió la en aquel tiempo peregrina idea de hacer un prolongado viaje por el Oriente, como antídoto a los desastrosos efectos de un amor desgraciado, y como única alternativa posible al suicidio. Viajó por mar desde Venecia hasta Constantinopla en 1614 y después pasó algún tiempo en Egipto, visitó sucesivamente Jerusalén, Damasco, Alepo y Bagdad, y halló inesperado consuelo a sus pesares en una doncella siria, llamada Maani, con la que casó. No obstante estar Persia y Turquía en guerra, Della Valle consiguió viajar a través de ambos países beligerantes, realizando visitas a varios lugares de interés entre los cuales se hallaba Takht-i-Jamshid. Della Valle también observó esos grupos    de signos desconocidos, que consideró debían ser alguna forma    de escritura, copió algunos, aunque fue incapaz de decidir si la     supuesta escritura progresaba desde la derecha o -como él se inclinaba a creer- desde la izquierda.

       La visita de Della Valle fue seguida por la realizada por Sir Thomas Herbert, quien se hizo eco de la idea de que aquellas ruinas eran de la antigua Shiraz y anotó la existencia de «líneas de extraños caracteres... tan mística, tan extrañamente conformados...    que consistían en figuras, obeliscos, triángulos y pirámides en tal orden y simetría, que en modo alguno podían ser considerados obra de bárbaros»... Pero quedaba para J. S. Mandeslo el hacer el peregrino descubrimiento, unos pocos años más tarde, de que los misteriosos caracteres presentaban señales de haber sido embutidos con oro.

      En la segunda mitad del siglo XVII, el viajero y escritor francés J. Chardin realizó varios exámenes de las antiguas ruinas aqueménidas. Chardin había amasado una fortuna tratando en joyas en la India, Armenia y Turquía. Al regresar a su patria fue mal recibido a causa de sus inclinaciones protestantes, y en 1681, para eludir la intolerancia religiosa, se estableció en Londres. En pocos meses llegó a ser el joyero de la corte, fue elegido miembro de la Royal Society y el rey Carlos II le dio el título nobiliario de conde. Sir John Chardin, en un comunicado acerca de los descubrimientos que había realizado en Persia, dijo que, según su opinión, los signos desconocidos que había podido observar eran una forma de escritura y añadió que las inscripciones a menudo aparecían en grupos de tres. Suponía además -correctamente-que la escritura discurría de izquierda a derecha, aunque creía -erróneamente- que debía ser leída perpendicularmente. Esta idea equivocada procedía de la observación de series de inscripciones de una sola línea que adornaban la parte alta y las laterales de los huecos de puertas y ventanas; este examen parecía sugerir que los signos individuales podían discurrir en cualquier dirección. Y, para aumentar la confusión de los que intentaban extraer algún sentido de tales inscripciones, al principio no existía la más mínima sospecha de que se trataba de tres idiomas distintos: elamita -que ascendía por la izquierda-, persa antiguo -que corría horizontalmente- y acadio -que descendía por la derecha Era algo así como si un oriental que visitase Francia, desconociendo la existencia del alfabeto latino, y no poseyendo conocimiento alguno de las lenguas europeas, se encontrase con un grupo de símbolos desconocidos, colocados de tal modo que pareciese ser indiferente el que se mostrasen en la forma o ├─ o ─┤ o tal vez ┴.

Entre los copistas posteriores de las inscripciones se cuentan el viajero y físico alemán Engelbert Kämpfer -quien fue el primero en observar que su unidad fundamental era la cuna y de acuerdo con esto dio nombre a esta escritura-, Samuel Flower, un emprendedor agente de la Compañía de las Indias Orientales, quien introdujo la utilísima práctica de separar cada signo por medio de un tilde, y Cornelius le Brun, quien, colocando las tres líneas de la inscripción de un hueco de ventana horizontalmente, una después de la otra, demostró que los dos componentes laterales no estaban concebidos para ser leídos verticalmente En 1765 gracias al meticuloso trabajo emprendido por Carsten Niebuhr los investigadores lograron tener a su disposición por primera vez copias de inscripciones que no sólo eran casi completas, sino que además presentaban un grado de exactitud mucho mayor que las logradas hasta entonces.

La expedición de Niebuhr a Persia se realizó de modo indirecto- se inició con un aventurado viaje que comenzó en 1761, cuando Federico V de Dinamarca dispuso el envío de una expedición científica a Egipto, Arabia y Siria. Contrataron para ello a cinco personas y a cada una de ellas se le encomendó un aspecto particular de la expedición; Niebuhr, como miembro de este selecto grupo, se encontró en asociación con un naturalista, un filólogo un artista y un cirujano. Este grupo tan dispar partió de Copenhague, llegó sano y salvo a Constantinopla y desde allí prosiguió su largo viaje a través de Egipto, hacia el Yemen. Desde Jidda, el equipo se dirigió por tierra a Mokka, y finalmente a Sana la capital, pero en el camino murieron dos de los miembros que lo integraban. Cuando llegaron a Bombay murieron dos más siendo Niebuhr el único superviviente.

Decidió regresar a su patria vía Persia y Mesopotamia, y así el 13 de marzo de 1765 llegó a Takht-i-Jamshid, en donde permaneció tres semanas trabajando activamente en la tarea de transcribir las inscripciones.

Con la publicación de su obra Voyage en Arabie (Amsterdam, 1776-1780), los estudiosos pudieron disponer, por primera vez, de copias claras y completas de inscripciones cuneiformes y por fin pudo emprenderse un intento científico de descifrar el problema. Niebuhr puso de relieve el hecho de que generalmente las inscripciones estaban en grupos de tres, tal como aparecían en una serie de tablillas que él designó con las letras «B», «C», «D» y «E», «F», «G» (fig. 4), etc. La primera de las copias, «A», estaba escrita en una sola lengua; también observó que los signos pertenecientes a cada uno de los tres grupos no eran los mismos y que los tres sistemas distintos aparecían invariablemente en idéntico orden.

Para poder distinguir un símbolo de otro, Niebuhr facilitó también su lectura -como ya había hecho Samuel Flower antes que él- separando los signos por medio de un punto, aunque inexplicablemente no se dio cuenta de que un carácter que aparecía constantemente en una de las inscripciones actuaba como palabra divisoria. En cambio concedió gran importancia a dos versiones similares de una inscripción, en cuyo primer ejemplo la palabra final de la tercera línea aparecía en el segundo ejemplo como la primera palabra de la cuarta línea, lo cual proporcionaba una buena prueba de que la escritura debía leerse de izquierda a derecha. También confirmó el descubrimiento de Le Brun referente a los componentes verticales de las inscripciones de las ventanas, demostrando que, cuando éstos estaban colocados en los lados, los signos individuales se veía enseguida que correspondían a los ya conocidos de las inscripciones horizontales. Finalmente, Niebuhr ponía de relieve que los caracteres que aparecían al principio de las tres columnas eran mucho más simples que los de las otras dos y en número considerablemente menor. Añadía una lista que contenía 42 de estos signos, los cuales, según él creía, debían ser alfabéticos. El cuidado con que realizó su trabajo puede deducirse del hecho de que, de este total, sólo nueve signos, incluyendo la palabra divisoria, según se descubrió más tarde, no eran verdaderas letras.

Aunque, estrictamente hablando, Niebuhr no era un descifrador, puede decirse que puso los fundamentos sobre los que se basó el trabajo de investigadores posteriores. Sin sus utilísimas observaciones y sugerencias y la claridad y cuidado de las copias de inscripciones que él proporcionó, el descubrimiento de la escritura cuneiforme podía haberse retrasado varias décadas.

III

La tarea de descifrar la escritura cuneiforme presentaba un problema aún mayor del que ofrecían los jeroglíficos egipcios, ya que los egiptólogos tuvieron la gran ventaja de poseer una inscripción bilingüe, una de cuyas versiones aparecía en una forma de escritura y en un lenguaje bien conocido, es decir, en griego. Por otra parte, los caracteres cuneiformes mostraban tan sólo una confusa colección de complejos símbolos, cuya aparente falta de individualidad era por sí sola suficiente para provocar un sentimiento de desesperanza entre los investigadores; sentimiento que pudo haber contribuido a engendrar la difundida y largo tiempo mantenida teoría de que las supuestas inscripciones no eran en modo alguno una forma de escritura.

Contra esta teoría se levantaba la evidencia facilitada por las fuentes griegas y romanas, las cuales proporcionaban muchas y a veces contradictorias referencias acerca de las escrituras de los habitantes del occidente asiático. Así, mientras que los caracteres de una inscripción en la tumba de Sardanápalo (Asurbanipal), en Nínive, eran descritos por Estrabón como asirios, Ateneo decía que eran caldeos. Sin embargo, todos los escritores clásicos estaban totalmente de acuerdo en que los caracteres cuneiformes constituían una forma de escritura. La cuestión radicaba en saber hasta qué límite sus manifestaciones acerca de estos y otros asuntos podían ser tomadas en consideración, y aquí sí que había motivos para dudar de asertos tales como el de Diodoro de que los relieves de Behistun -que muestran 14 figuras, todas ellas indudablemente masculinas- representaban a Semíramis, una supuesta hija de la diosa Derceto, rodeada por cien lanceros, y que las inscripciones que describían la escena estaban escritas en caracteres sirios.

Por otra parte, en un tiempo en el que se ignoraba incluso la existencia de los millares de tablillas babilónicas con inscripciones, que estaban enterradas bajo las ruinas de las ciudades del valle de los ríos Tigris y Eufrates, no es extraño que surgiese la teoría de que las inscripciones cuneiformes eran puramente ornamentales, basándose en la circunstancia de que algunos ejemplares de la escritura persa se encontraban en lugares tan inopinados como los pliegues de las ropas que envolvían las figuras esculpidas, e incluso en torno a los huecos de puertas y ventanas.

Así, pues, desde el principio, los investigadores estuvieron divididos en dos grupos: el de aquellos que, en compañía del distinguido hebraísta doctor Thomas Hyde, sugerían que la pretendida escritura no tenía significado alguno, y aquellos que estaban convencidos de que tenía sentido. Entre los que compartían esta idea los había, sin embargo, que sostenían la opinión -expresada por Sir George Cornewall Lewis aún en 1862- de que el problema de descifrar la escritura cuneiforme, aun en el supuesto de que se tratase de una escritura, era insoluble; y así fue dejada a los restantes la tarea de resolver un problema que se consideraba insuperable.

Entre tanto, los investigadores recibieron considerable ayuda de dos obras recientemente publicadas: Anquetil-Duperron, Zend Avesta (París, 1771), y Sylvestre de Sacy, Mémoires sur diverses antiquités de Perse (París, 1793). Duperron había decidido en un principio seguir la carrera eclesiástica, pero en lugar de ello desarrolló una verdadera pasión por las lenguas orientales, realizando un viaje a la India en busca de seguidores del jefe religioso persa Zarathustra (el griego Zoroastro), quien vivió hacia el 660 a. C. En Surat encontró Duperron una comunidad parsi, cuyos miembros decían ser descendientes de unos persas que unos 1.100 años antes habían preferido exiliarse antes que someterse a la dominación musulmana y que todavía practicaban sus ritos ancestrales asociados con la adoración del fuego, al que consideraban una manifestación del divino Ahura-Mazda.

Duperron decidió que, para ganar la confianza de los sacerdotes nativos, sería mejor no mencionar su conocimiento de las lenguas zenda y pahlevi, logrando de esta manera traducir extractos del texto litúrgico Vendidad-Sade y de otros escritos sagrados, obteniendo una versión que, si bien presenta numerosos defectos, siempre es indiscutiblemente mejor que carecer de ella.

La obra de De Sacy concernía al período sasánida de la historia de Persia y daba la traducción de algunas inscripciones cortas en lengua pahlevi halladas en Naksh-i-Rustan -dichas traducciones se basaban en las versiones griegas que acompañaban a las inscripciones-. De Sacy señalaba que, en los lugares en que estos epígrafes aparecían bajo la figura de un monarca, invariablemente se hacía referencia a este príncipe y a su padre y contenía además el epíteto «rey de reyes».

El primer intento serio destinado a descifrar la escritura cuneiforme fue realizado por O. G. Tyschen, un notable investigador rabinio, nacido en 1734 en Tondern, en el Schleswig-Holstein, de padres de ascendencia noruega. Estudió en la Universidad de Halle, en donde reveló un particular interés por las lenguas orientales. En 1790, poco después de haber tomado posesión de la plaza de bibliotecario y conservador del Museo de Rostock, publicó una modesta obra sobre los jeroglíficos egipcios, que pocos años más tarde fue seguida por su obra De Cuneatis Inscriptionibus Persepolitanis Lucubratio (Rostock, 1798). Tyschen aceptaba la opinión de Niebuhr de que las inscripciones debían ser leídas de izquierda a derecha y que los grupos triples contenían escrituras de tres clases distintas. Sugería, además, que las tres escrituras probablemente debían representar tres lenguas diferentes, a las que denominó: parto, meda y bactriano. Asimismo prestaba gran interés a un grupo de siete signos que se repetía en numerosas ocasiones:

Indicaba que este grupo particular a menudo era seguido por otro formado por tres o cuatro signos:

Suponía que el primer grupo debía representar el nombre de un monarca y que el segundo debía ser un adjetivo encomiástico tal como «pío» u otro semejante. Pero cuando procedió a asignar arbitrariamente valores fonéticos a los caracteres componentes y luego tuvo que identificar las transliteraciones, en referencia con las palabras de varias lenguas semíticas o indoeuropeas, erró completamente el camino, a pesar de que muchas de sus especulaciones después resultaron correctas. Entre otras cosas se autoconvenció de que había descubierto una referencia a un tal Aksak, el cual creyó ingenuamente que se trataba de Arsaces I, fundador del reino parto. Esta presunción tuvo el desastroso efecto de llevarle a un período de la historia persa que era unos tres siglos posterior.

Entre tanto, la identificación de las ruinas de Takht-i-Jamshid y Murghab constituía un hecho de importancia capital para los futuros descifradores, para los que la solución de su problema dependía de los nombres reales que se podía esperar apareciesen en las inscripciones. Pero, en cuanto a esto, todas las conjeturas proferidas a lo largo del siglo XVIII podían ser consideradas con iguales posibilidades, y así se desarrolló una encarnizada controversia entre A. H. L. Heeren, que era partidario de atribuir la paternidad de aquellos edificios a los Aqueménidas, y J. G. Herden, quien no creía fuera así. El asunto fue dirimido a completa satisfacción de por lo menos uno de los observadores, F. C. C. Münther, en un informe que leyó ante los miembros de la Real Academia de Copenhague en 1798. El interés de Münther por las inscripciones cuneiformes surgió tras una lectura de Voyage, de Niebuhr, a continuación de la cual se puso en comunicación con Tyschen para discutir acerca de este tema. Como resultado de sus investigaciones, llegó a la conclusión de que Tyschen se había equivocado al asociar Takht-i-Jamshid con los partos y que Heeren estaba en lo cierto al atribuirlo a los Aqueménidas, y las pruebas que adujo en apoyo de su tesis ayudaron en gran manera a resolver las dudas de sus contemporáneos. En resumen, según él, el denominado «Palacio de Jamshid» era en realidad Persépolis, parte de cuya historia era conocida a través de los relatos de los historiadores griegos, incluyendo la historia del saqueo de Alejandro Magno -el cual, según Plutarco, proporcionó tan gran botín, que fueron necesarios cinco mil camellos y diez mil pares de muías para acarrearlo.

En cuanto a las inscripciones, Münther suponía que también pertenecían al período aqueménida y que al menos una lengua del grupo triple debía, por lo tanto, estar en estrecha relación con el zenda o el pahlevi, pero entonces se le ocurrió la posibilidad de que pudiese tratarse solamente de una lengua, y, como es lógico, concentró sus investigaciones sobre la más simple de las tres escrituras, siendo pronto recompensados sus esfuerzos al descubrir que uno de sus signos, una cuña diagonal que aparecía con gran frecuencia, tenía evidentemente la función de palabra divisoria. Habiendo eliminado este símbolo particular, emprendió un análisis estadístico del contenido de las inscripciones copiadas por Niebuhr, estudiando cuidadosamente aquellos signos que aparecían con mayor frecuencia, con la esperanza de que algunos de ellos pudieran ser vocales. Tres signos destacaron entre los demás, uno de ellos, el primero, el cual se hallaba en casi todas las palabras, aparecía 183 veces, el segundo 146 y el tercero 107 veces. Estos signos eran:

Al principio, naturalmente, Münther no tenía idea alguna acerca de su valor fonético. Para obtenerlo procedió a comparar los signos que él suponía pudiesen representar A, I o U con las formas vocálicas de las lenguas que él consideraba pudiesen estar relacionadas con tal escritura. El resultado final fue que logró equiparar el primero de los tres signos con el carácter zenda para la A, pero no consiguió hallar relación alguna para el segundo carácter, y se equivocó al encontrar una supuesta relación entre el tercer signo y el símbolo armenio de la O. En resumen, el resultado de sus trabajos fue que identificó erróneamente cinco vocales y media docena de consonantes y asignó valores correctos a dos signos, A y B.

Münther observó asimismo la frecuente presencia de siete símbolos, que su predecesor también había notado. Del hecho de que estos signos particulares se hallasen en ocasiones inmediatamente seguidos por el mismo grupo, pero esta vez con la adición de 3 ó 4 símbolos más, dedujo que los caracteres finales podían ser tal vez una flexión gramatical. Como él bien sabía, Tyschen había supuesto que significaban «pío», ya que consideraba que los siete signos precedentes representaban un nombre propio. Münther rechazó su idea, en parte debido a la gran frecuencia con que aparecía el mencionado grupo y en parte también debido a que no existía ningún nombre real que contase con el número de letras requerido por dicha inscripción. En lugar de eso supuso que la palabra desconocida podía ser un título, por ejemplo «rey», pero, si tal era el caso, la doble agrupación de signos debía representar casi con toda certeza la frase familiar «rey de reyes», en cuyo caso la palabra que precediese inmediatamente a estos grupos debía ser el nombre del monarca.

Su razonamiento era desde luego correcto, pero en este crítico momento, cuando estaba a punto de realizar lo que pudo haber sido un hallazgo importante, fue inducido a error, sin culpa por su parte, ya que, por la más infortunada de las malas suertes, la copia de la inscripción que él estudiaba contenía uno de los muy escasos errores de transcripción cometidos por Niebuhr, y, con gran desencanto, Münther encontró que lo que debía haber sido el nombre de un monarca estaba representado por una cortísima palabra de sólo dos signos. Éste fue el resultado de la inadvertida sustitución de un signo de separación por una letra.

IV

Tras los movimientos preparatorios o de exploración realizados por Tyschen y Münther, el primer paso decisivo hacia el descubrimiento de la escritura cuneiforme fue emprendido por Georg Frederick Grotefend, quien a la edad de 27 años era ya profesor de Göttingen.

Grotefend había nacido en Münden, Hannover, en 1775; estudio Filología en la Universidad de Göttingen; más tarde fue profesor en el Gymnasium de Frankfurt-am-Main y en 1821 llegó a ser rector del Lyceum de Hannover. Sus obras publicadas incluyen una gramática latina y libros sobre rudimentos de umbro y osco; pero, como él mismo admitía -y sus críticos nunca se cansaron de subrayar-, no poseía un verdadero conocimiento de las lenguas orientales ni calificaciones especiales para la obra que emprendió.

Existen varias versiones acerca de cómo y de qué manera llegó Grotefend a interesarse en el problema del descifrado de la escritura cuneiforme. Las inscripciones de Persépolis, consideradas por algunos investigadores como tales, y por otros como simples motivos decorativos, fueron atrayendo creciente consideración en los círculos filológicos. Según una versión, fue el bibliotecario Fiorillo quien persuadió al joven profesor para que intentase descifrar aquella extraña escritura, mientras que, según otra versión, el motivo de su interés inicial fue simplemente el deseo de ganar una apuesta. Fuera cual fuera el origen de su interés, Grotefend comenzó por hacer un cuidadoso estudio de las investigacienes realizadas por Niebuhr, Duperron y De Sacy. Aceptó, desde luego, la opinión de que las inscripciones de Persépolis eran aqueménidas y llegó a la conclusión de que muy probablemente habían servido como modelo de las inscripciones posteriores en lengua pahlevi, que De Sacy había logrado traducir. Si tal era el caso, parecía que Münther, a pesar de la falta de éxito de sus esfuerzos, había acertado en su identificación del grupo de siete signos, repetidos dos veces y seguidos por un pequeño grupo adicional.

Grotefend seleccionó dos copias de inscripciones entre las varias de que disponía; estas dos copias, de moderada longitud, eran las «B» y «G» de Niebuhr, y las escogió por el hecho de que la pretendida frase «rey de reyes» aparecía en ambas, estando además la más corta de las dos formas en la primera línea de ambas inscripciones, esta vez sin el apéndice «de reyes» y seguida en cambio por una palabra distinta, la misma en los dos casos. Recordando las analogías con el pahlevi sugeridas por De Sacy, Grotefend supuso que la palabra desconocida debía significar «grande», lo cual le proporcionaba una segunda frase provisional, «rey grande», es decir, «gran rey», título que a su vez también debía estar precedido por el nombre del rey, si es que el razonamiento era correcto. En tal caso, los dos textos anteriores debían referirse a dos reyes distintos, puesto que las palabras que precedían a estos atributos no eran iguales, aunque cada una de ellas constaba de siete signos.

En tal coyuntura. Grotefend observó que el nombre que aparecía en el comienzo de la inscripción «B» -llamando a este monarca «Y»- aparecía también en la tercera línea de la inscripción «G», si bien en una forma ligeramente más larga. Supuso que esta adición pudiera ser la terminación de una flexión nominal, que consideró pudiera ser indicadora del genitivo singular, tanto más cuanto que difería bastante del genitivo plural, muy probable mente representado por el «de reyes» El nombre en cuestión estaba acompañado por un grupo de signos que -siempre basándose en el modelo pahlevi- supuso pudieran equivaler a la palabra «hijo». En tal caso, el sentido de la inscripción sería que un monarca «Z» de la inscripción «G» era hijo del monarca «Y» de la inscripción «B». Un examen más detenido de la cuarta línea de la inscripción «B» revelaba la existencia de un tercer nombre, también en genitivo, aunque sin la compañía de la designación «rey»; este hombre debía ser el del padre del monarca «Y».

En este estadio de su investigación, Grotefend comprendió con toda claridad que había hallado los nombres de tres miembros de la dinastía real de los aqueménidas, cuya relación familiar entre sí era la de padre, hijo y nieto. El siguiente paso de la investigación debía ser, pues, la identificación de quienes pudieran ser; escoger, por así decirlo, los nombres apropiados entre una lista de una docena, sobre poco más o menos, de monarcas conocidos. Así, pues, los tres reyes en cuestión no podían ser Ciro, Cambises y Smerdis, porque los dos nombres de la inscripción «B» no comenzaban con la misma letra, y además Cambises y Smerdis eran hermanos, no padre e hijo; esta consideración excluía asimismo al trío Cambises, Smerdis, Darío. De modo parecido, tampoco Smerdis, Darío y Jerjes encajaban en las relaciones familiares requeridas. Pero, en cambio, Jerjes era el hijo de Darío, quien a su vez era hijo de Histaspes, y, como Grotefend sabía perfectamente, este último no recibía el título de rey en los textos de los escritores griegos. Por lo tanto, parecía muy probable que Darío fuese el autor de la inscripción «B» y Jerjes el de la inscripción «G». Así, pues, leídas en la parte objeto de tales conjeturas, las inscripciones debían decir:

Darío, gran rey, rey de reyes... hijo de Hystaspes.

Jerjes, gran rey, rey de reyes... hijo de Darío.

El problema se reducía ahora a acertar los valores fonéticos correspondientes a estos nombres propios. Aunque éstos eran conocidos solamente en su forma griega, Grotefend averiguó, por medio del Zend Avesta traducido por Duperron, que la pronunciación persa de Hystaspes era Goshtasp, Gustasp, Kistasp o Wistasp. Seleccionando la primera de estas versiones, y prescindiendo de la terminación de la flexión nominal cuneiforme, asignó una letra o varias a cada uno de los siete signos restantes, y basándose en esto examinó el grupo que él suponía debía representar el nombre de Darío. Muy significativamente la A descubierta por Münther era letra común a ambos nombres y aparecía en el lugar apropiado. Lo que se vio confirmado además por el signo sh, que asimismo aparecía en el lugar debido (grabado superior de la página siguiente).

Añadiendo cinco letras más, Grotefend obtuvo D A R H E U S H, y, aunque en el transcurso del tiempo se descubrió que la forma correcta era DARYAVUSH, por lo menos consiguió cuatro valores correctos (D, A, R y SH).

Admitida la validez de los resultados hasta aquí conseguidos, conocía ya la identidad por lo menos de seis o siete de los caracteres que componían el tercer nombre, en el que los signos para los sonidos SH y A se hallaban repetidos dos veces:

En cuanto al ignorado valor del primer signo, Herodoto, en un debate acerca del significado de los nombres persas -tema sobre el que, como bien sabemos actualmente, los historiadores griegos sostenían una serie de fantásticas ideas que incluían la errónea noción de que Artajerjes era un compuesto de Jerjes-, menciona que el nombre de Jerjes se derivaba de la palabra persa que significaba «guerrero», palabra que Grotefend prontamente equiparó con «rey», tanto más cuanto que los dos primeros caracteres del grupo de signos que él suponía representaban el título y el nombre de Jerjes eran iguales. Averiguó luego que la letra griega XI transliteraba el fonema del antiguo persa KHSK y llegó a la conclusión de que debía ser atribuido el valor KH al primer signo de las dos palabras. Así, pues, la forma persa del nombre griego Jerjes debía ser KH SH H A R SH A; esta desconcertante forma parecía hallarse apoyada por la versión de Champollion de una referencia jeroglífica «Jerjes el gran rey», descubierta sobre el vaso de Caylus; en resumen, el nombre resultaría ser KH SH H A R SH A. Por este ingenioso procedimiento, Grotefend obtuvo valores fonéticos para trece signos cuneiformes. El descubrimiento de uno de estos signos -la letra A- correspondía en realidad a Münther. Más tarde se comprobó que otros cuatro signos eran erróneos. A pesar de todo, las investigaciones de Grotefend constituyeron un extraordinario éxito, cuyas primeras noticias fueron dadas al mundo en 1802. Detalles más completos fueron publicados por De Sacy en un artículo del Magasin Encyclopédique de Millin, del año siguiente, si bien en esta comunicación la descripción del método seguido por Grotefend difería en cierto modo de la dada por el mismo autor.

La siguiente actividad de Grotefend se refirió en parte a una línea de escritura que aparecía repetida en varios lugares de las ruinas de Murghab. Inscripción que había sido copiada por diversos investigadores de la época, entre ellos Sir William Gore Ouseley. Este erudito orientalista, durante una visita a Persia, realizada en 1811, halló en Persépolis 18 ejemplares de la famosa leyenda inscrita en torno a los huecos de puertas y ventanas. Estas inscripciones estaban muy mutiladas, pero colectivamente permitían reconstruir el texto completo. Sin embargo, Sir William Gore suponía que Persépolis y Pasagarda eran un mismo lugar. Fue James M. Morier, que había visitado Murghab en 1809 y que más tarde acompañó a Ouseley como guía y compañero, quien advirtió la estrecha semejanza existente entre el pretendido sepulcro de la madre de Salomón y la tumba de Ciro, según la describía el historiador griego Arriano. Morier sugirió que Murghab debía ser la antigua Pasagarda, pero Ouseley no estaba conforme con tal idea, ya que se hallaba firmemente convencido de que Ciro había sido enterrado en Fasa.

En cambio, Grotefend admitió inmediatamente la identificación de Morier y comenzó a buscar el nombre de Ciro en la corta inscripción antes mencionada, de la que seleccionó un grupo de caracteres que parecía bastante idóneo. Pero su copia contenía un signo más, y, cuando procedió a sustituir los valores de los signos que ya conocía, el grupo quedaba trascrito bajo la forma Z U SCH U D SH, resultado que se aventuró a modificar -muy justificadamente, como ya veremos- basándose en las letras del nombre que suponía encerraba esos signos. Cambió la Z por una K, la SCH por SR y la D superflua por una E, obteniendo de esta forma la palabra K U SR O E SCH, de la que finalmente extrajo la forma K U R U S, consiguiendo de tal manera la versión casi exacta:

En 1815 se habían determinado correctamente los valores por lo menos de 14 signos, 12 de los cuales fueron descubiertos por Grotefend. Pero a partir de este momento sus esfuerzos progresaron muy lentamente y sus primeros intentos por realizar traducciones se basaron sobre conjeturas erróneas. Sus trabajos, entre tanto, no habían conseguido la más mínima consideración, habiendo sido rebatidos encarnizadamente desde el principio por muchas autoridades, hasta el punto de que se rechazó la publicación de varias de las comunicaciones presentadas por él a la Academia de Göttingen. En 1893, cuarenta años después de la muerte de su autor, fueron desempolvados por Wilhelm Meyer los manuscritos y, aunque con mucho retraso, fueron aclamados como un hito en la historia del descifrado de los caracteres cuneiformes.

V

En 1823, el orientalista francés J. S. St. Martin dirigió su atención hacia el hecho de que la inscripción que aparecía en el vaso de Caylus era bilingüe y, aunque fue un crítico acerbo del alfabeto de Grotefend, proponiendo que fuese sustituido por otro creado por él, es forzoso reconocerle a St. Martin el mérito de haber descubierto otros dos valores fonéticos. Obtuvo estos valores mediante la comparación de la versión cuneiforme del nombre Hystaspes con la forma de la lengua zenda Vyschtasp, prefiriéndola a la forma Goshtasp usada por Grotefend. El resultado de este método fue que consiguió asignar el valor correcto V al primer carácter y el de Y al segundo, aproximándose de este modo todavía más a la versión correcta, ya que el nombre en realidad era VISHTASPA. Pero, en los puntos en que la lista de sus signos difería de la de su predecesor, St. Martin se equivocaba.

Ahora bien, tal como el mismo Grotefend había descubierto, una cosa era identificar unos pocos nombres propios bien conocidos y otra muy distinta transliterar grupos de signos reconocibles sólo en parte; el caso era todavía más difícil cuando se trataba de traducir palabras y frases poco conocidas y a menudo incompletas de tal modo conseguidas. Por ejemplo, su versión del primer parágrafo de la inscripción «A» monolingüe de Niebuhr, cuyas veintidós líneas daban a entender que una escalera adyacente había sido construida por mandato de Jerjes, decía de este modo:

«Jerjes, el monarca, el valeroso rey, el rey de reyes, el rey de todas las gentes honestas, el rey de la más pura, piadosa y potente asamblea, el hijo del rey Darío, el descendiente del señor del universo Jamsheed.»

Esta referencia al legendario Jamshid (identificado con «absoluta seguridad» por Sir Robert Ker Porter ¡como Sem, el hijo mayor de Noé!) hizo que los más conspicuos investigadores no considerasen su intento como demasiado autorizado.

Como puede imaginarse, todavía estuvieron menos favorablemente impresionados por el intento de Lichtenstein de buscar algún sentido a la inscripción «C» de Niebuhr:

«El rey, el soberano, príncipe de todos los príncipes, el Señor Saleh, Jinghis, hijo de Armerib, gobernador general en nombre del Emperador de la China, Orkan Saheh.»

Pero teniendo en cuenta el hecho de que, en este ejemplo, el confiado traductor dirigió su atención a la versión babilónica, que era la más difícil -y que además, según parece, inconscientemente la leyó al revés-, hay que reconocer que el resultado podía haber sido todavía peor, aunque difícilmente hubiera podido reunir más errores.

En círculos cada vez más amplios se reconocía la importancia del zenda para aquellos que quisiesen estudiar la escritura persa cuneiforme; los estudios que señalarían el camino que debía seguirse, para el nuevo gran avance en este campo, fueron inaugurados por Rasmus Christian Rask, un distinguido sabio danés, pionero en el campo de la Filología comparada. Su interés lingüístico abarca desde el zenda, el pahlevi y el sánscrito hasta el árabe, el indostánico y el pali, por no mencionar el elu, el cingalés y el islandés. Fue Rask quien demostró que era errónea la idea, tan ampliamente difundida, de considerar que el Zend Avesta era de fecha comparativamente reciente -no anterior, en modo alguno, al siglo III d. C.- según algunas autoridades.

Tras hacer un detenido examen de los resultados obtenidos por Grotefend, Rask quedó convencido de que la lengua de la primera de las tres columnas de las inscripciones aqueménidas parecía ser muy semejante al zenda, aunque cautamente añadió que no debía suponerse que fuesen idénticas. A pesar de todo, consiguió demostrar que el genitivo plural que Grotefend había transliterado como A-TSCH-A-O debía leerse en realidad como A-N-A-M, corrección simplificatoria que añadía dos letras más a la lista de las ya conocidas.

La necesidad de un guía más digno de crédito que la defectuosa traducción que hizo Duperron del Zend Avesta fue solventada por Eugène Burnouf, quien a los 25 años de edad había adquirido ya una sólida reputación como conocedor del Oriente. En 1832 le fue ofrecida la cátedra de sánscrito en el College de France, situación que le permitió conocer una traducción del Yasna -una parte litúrgica del Avesta- al sánscrito, que había sido realizada por sabios persas muchos siglos antes. El resultado de este importante hallazgo fue la publicación de su Commentaire sur le Yaçna (París, 1834), que demostró ser de un valor inestimable para los que estudiaban la escritura cuneiforme.

Burnouf era el más importante conocedor del zenda de su tiempo, pero para nosotros su más importante realización fue la traducción de los textos persas, si bien también fue muy valiosa su participación en otros asuntos. Así en su Mémoire sur deux inscriptions cuneiformes trouvées près d'Hamadan (París, 1836), facilitó valioso material trilingüe procedente de Van (Armenia) y de Hamadán (Media), que había llegado a sus manos tras el asesinato de F. E. Schultz por los curdos en Jumalerk, en 1829.

La inscripción de Hamadán, esculpida sobre una roca cerca del monte Elvand, se creía en la localidad que se refería a un tesoro enterrado en la montaña. Consistía en dos losas de piedra, cada una de las cuales incluía tres versiones de un mismo texto, con la única excepción de que Darío se anunciaba como el autor de la una y Jerjes proclamaba ser el responsable de la otra; la triple inscripción de Van, en la cual aparecía también el nombre de Jerjes, era en parte una repetición de la de Hamadán, pero contenía un parágrafo final que no aparecía en las otras.

Al igual que los demás investigadores, Burnouf poseía una versión incompleta del silabario del antiguo persa, que comprendía valores fonéticos de cuya corrección estaba razonablemente seguro y de otros que aun en el mejor de los casos debían ser considerados como dudosos.

Partiendo de este supuesto, procedió a seleccionar todos los signos desconocidos y a asignar a cada uno de ellos los valores que todavía no habían podido ser aclarados. Necesariamente, el proceso debía conceder amplio margen al error, pero Burnouf confiaba en que su profundo conocimiento del zenda le ayudaría a reconocer todas las palabras legítimas que pudiesen ser obtenidas por este procedimiento. Uno de sus éxitos fue la rehabilitación de la A de Münther, que Grotefend, por razones propias, había transformado en V. Hay que advertir que esta tendencia a enmendar los descubrimientos ajenos era practicada continuamente por los descifradores, quienes naturalmente anteponían sus propias ideas, que ellos consideraban valiosas, a las distintas y a veces erróneas nociones de sus desencaminados contemporáneos.

Burnouf, además de estudiar las inscripciones trilingües de Van y Hamadán, concentró su atención en la inscripción «I» de Niebuhr, puesto que le pareció probable que contuviese muchos nombres propios. En realidad, la inscripción contenía referencias de veinticuatro provincias de Persia, de las que Burnouf consiguió identificar dieciséis, la mitad de ellas correctamente -Arabia, Babilonia, Bactria, Capadocia, Media, Persia, Saraugia y Sogdiana-. Pero, pese a este favorable resultado, su éxito como descifrador no fue en modo alguno tan grande como él creía. La lista de los signos que compiló contenía treinta y tres valores, de los cuales proclamaba haber descubierto doce. Sin embargo, más tarde se vio que ocho de estos doce signos eran incorrectos, mientras que otros dos ya habían sido determinados por otros autores, correspondiéndole tan sólo el descubrimiento de la K y la Z.

Quiso el destino que fuese Christian Lassen, amigo íntimo y colaborador de Burnouf, quien lograse los éxitos sobresalientes que no había conseguido su colega.

Lassen era noruego, había estudiado en Heidelberg y luego había viajado por Inglaterra y Francia. Durante una estancia en París conoció a Burnouf, junto con el cual colaboró en un ensayo sobre la lengua pali, la lengua sagrada de los budistas y de la India oriental. En 1826 dejó París y se trasladó a Bonn, en cuya universidad consiguió una cátedra cuatro años más tarde. Se mantuvo siempre en contacto con Burnouf por carta, y entre otros temas de interés común, sin duda los dos sabios discutieron acerca de los progresos hechos en el descifrado de la escritura cuneiforme. No obstante, fue una mera coincidencia que cada uno de ellos publicase el resultado de sus investigaciones el mismo año, Burnouf en su Mémoire y Lassen bajo el título Die altpersischen Keilinschriften (Bonn, 1836).

Las dos publicaciones eran en muchos aspectos similares, incluso en el interés demostrado por ambos autores por la inscripción «I» de Niebuhr. Lassen, por su parte, había recordado el relato hecho por Herodoto de cómo Darío había repartido las tierras del Bósforo y había hecho elevar dos columnas de mármol en las que hizo inscribir los nombres de todas las naciones representadas entre sus tropas; esta relación le dio la idea de que pudiese existir una colección similar de nombres propios entre las inscripciones persepolitanas. Dirigió su atención, como asimismo hizo Burnouf, hacia el catálogo de las veinticuatro provincias persas, de las cuales identificó por lo menos veinte -falló tan sólo en el caso de Arabia, Egipto, India y Susa-.

También se debe a Lassen la identificación de que la rígida aplicación de los valores dados por Grotefend a ciertos signos conducía a la producción de palabras de imposible pronunciación, tales como CPRD, THTGUS y KTPTUK. La falta de vocales le sugirió la idea de que algunos de los signos persas debían ser silábicos y no alfabéticos, y además anunció que el signo A tenía un uso restringido y que solamente era usado al principio de palabra o antes de una consonante o de otra vocal y que en los demás casos iba incluido en las mismas consonantes. Incluso así sus transliteraciones estaban lejos de ser perfectas, aunque la lista de sus signos contenía 23 valores correctos -siete más que Burnouf y diez más que Grotefend-; si, como parece probable, se le concede el derecho de serle acreditado el descubrimiento independiente de la K y la Z, le corresponde la identificación de ocho nuevos valores, siendo los otros seis D, G(A), G(U), I, M y T.

En conjunto se había conseguido identificar unas tres cuartas partes de todos los signos de la escritura de la primera columna y hacia 1845 quedaban sin identificar una media docena de caracteres. Por esta época podía considerarse resuelto el problema del descifrado del persa antiguo, lo cual quedaba demostrado por la relativa corrección de las traducciones que Lassen pudo aventurarse a realizar de todas las inscripciones aqueménidas de que se disponía. Tan sólo un factor notable de la colección había sido olvidado, el más inaccesible e importante: el relato dejado por Darío el Grande en la roca de Behistun, con sus mil líneas de escritura que contenían diez veces más palabras que todo el resto del material disponible.

Esta extensa inscripción y los relieves que la acompañaban eran conocidos desde hacía largo tiempo; en realidad, desde el siglo XVII en adelante fue vista y descrita por muchas personas que visitaron Persia: Ambrogio Bembo y Jean Otter entre otros, si bien al principio el significado de esta inscripción estaba lejos de ser comprendido. Gardanne dejó volar su imaginación hasta el extremo de ver la figura de Ahura Mazda como una cruz bajo la que aparecían los doce apóstoles. Sir Robert Ker Porter, no menos bíblicamente impresionado, llegó a la conclusión de que los relieves representaban la conquista de Israel por Salmanasar y que la línea de cautivos simbolizaba las doce tribus de Israel.

En cambio, pocos años antes, J. M. Kinneir asoció correctamente Behistun con Persépolis; cuando este punto de vista ganó aceptación, aquellas inscripciones hasta entonces indescifrables adquirieron una nueva e importante significación filológica.

El desafío que presentaba el problema de su transcripción fue resuelto gracias al ingenio y la decisión de un inglés a quien sus deberes profesionales lo llevaron a establecerse en aquellos contornos. Por iniciativa propia y actuando al principio enteramente solo, y sin ayuda alguna, no sólo se dedicó a la peligrosa tarea de copiar la escritura, sino que, siempre trabajando por su cuenta y riesgo, consiguió descifrarla.

VI

Henry Creswicke Rawlinson nació en Chadlington Park, Oxfordshire, en 1810; demostró desde la escuela un considerable talento para el latín y el griego, pero asimismo sobresalió por sus excepcionales dotes como atleta, gracias a su físico excepcionalmente robusto -medía 1,83 metros-. A los 16 años consiguió obtener un cargo en la Compañía de las Indias Orientales, y se embarcó rumbo a la India en 1827. En el barco tuvo la suerte de conocer a Sir John Malcolm, un distinguido orientalista recientemente nombrado gobernador de Bombay, quien logró infundir en su joven amigo un ávido interés por los asuntos persas. El resultado de esto fue que, al llegar a su destino, Rawlinson no sólo estudió árabe e indostánico, sino también la lengua persa, y con tan buen éxito que en 1835 fue uno de los pocos oficiales escogidos para un período de servicio en Persia, siendo destinado a Kermanshah con el cargo de consejero militar del hermano del Shah. En Hamadán, cuando se encaminaba hacia su destino, Rawlinson se enteró de que había dos inscripciones en el monte Elvand; se dirigió allí para verlas y las copió. Por aquella época, las dos inscripciones trilingües todavía tenían que ser publicadas por Burnouf, y Rawlinson las desconocía; tampoco conocía la lista de Grotefend de los valores de los signos del persa antiguo, aunque sabía, sin conocer detalles exactos, que habían sido identificados los nombres de tres soberanos aqueménidas.

Así, pues, en sus subsiguientes investigaciones acerca de las inscripciones de Hamadán, Rawlinson, sin saberlo, repitió la hazaña de su predecesor, y, como había hecho Grotefend antes que él, observó que, excepto en un cierto grupo de signos bien definido, los dos grupos de escritura eran idénticos. En cuanto a las diferencias, en la duodécima línea de una inscripción aparecía una palabra (llamémosle Y) que en la otra estaba sustituida por una palabra distinta (llamémosle Z), mientras que en la línea diecinueve de la primera inscripción había una tercera palabra (X) que en la segunda inscripción estaba reemplazada por la palabra Y.

 

Inscripción

 

1.ª

 

2.ª

12.ª línea ..................

Y

 

Z

19.ª línea ..................

X

 

Y

Exactamente, ¿qué se desprendía de todo ello? Siguiendo el mismo razonamiento empleado por Grotefend más de treinta años antes, Rawlinson llegó a la conclusión que los tres grupos de signos debían representar nombres propios, los cuales seguramente, y según se desprendía de su disposición, debían indicar la sucesión genealógica de tres generaciones consecutivas de la monarquía persa. En otras palabras, que un rey X era el padre de un monarca Y, quien a su vez era padre del soberano Z, y que los autores de la inscripción eran padre e hijo. Partiendo de esta base, el amplio conocimiento que poseía Rawlinson de la historia de la antigua Persia le permitió resolver el acertijo y los tres primeros nombres que seleccionó como más probables dieron la respuesta correcta. De este modo obtuvo los valores fonéticos de trece caracteres de la primera columna, los cuales presumió debían ser alfabéticos.

Entre tanto, se enteró en Karmanshah de la existencia de la gran inscripción que se hallaba en las cercanías de Behistún, a unas veinte millas de este lugar. Por aquel tiempo ya estaba convencido de que la escritura de las tablillas de Hamadán no contenía más nombres que los tres que ya había identificado; pero, recordando que Jerjes, en un parlamento dirigido a su tío Artabanus -fielmente recogido por Herodoto-, declaraba que era hijo de Darío, el hijo de Hystaspes, hijo de Arsames, hijo de Ariaramnes, hijo de Teispes, hijo de Ciro, hijo de Cambises, hijo de Teispes, hijo de Aquemenes, pensó que tal vez existía una declaración similar en la roca de Behistún y que con tales nombres podría identificar algún carácter adicional más.

Cuando se aproximaba a su destino, Rawlinson pudo contemplar la inscripción desde la carretera. Se hallaba unos 300 pies (unos 90 m) por encima de su cabeza, sobre la superficie casi cortada a pico de un aislado promontorio rocoso que se elevaba en el aire hasta cerca de 2.000 pies (unos 600 m). Sin embargo, pudo escalar la roca y, cuando se encontró al pie del monumento, quedó impresionado al comprobar que medía cerca de 150 pies (unos 50 m) de largo por 100 de altura (unos 30 m). Pero existía la ventaja de que la base descansaba sobre un estrecho reborde sobre el que era posible mantenerse en pie, y desde allí Rawlinson pudo contemplar la parte principal del texto persa, que comprendía cinco columnas y consistía en más de 400 líneas de escritura. A su izquierda había tres columnas más, que contenían unas 250 líneas en caracteres y lengua elamita -susiano-, y directamente encima de su cabeza, y más allá de su alcance, se hallaban los bajorrelieves que a través de los siglos habían sido descritos tantas veces y de tan variadas maneras por una larga sucesión de investigadores y curiosos.

De las catorce figuras, una evidentemente era un rey, ya que ostentaba una corona y estaba acompañado por dos figuras de servidores armados. El monarca sostenía un arco en su mano izquierda y tenía el brazo derecho levantado en actitud de reconocimiento y saludo a una divinidad que revoloteaba por encima de su cabeza y que a su vez estaba representada respondiendo graciosamente a este saludo. El pie izquierdo del rey estaba colocado sobre el cuerpo de un prisionero postrado en el suelo, cuyos brazos se levantaban pidiendo gracia; alineados a su lado había otros nueve cautivos de pie, con las manos atadas a su espalda y una cuerda en torno al cuello. Inmediatamente por encima y por debajo de estas figuras había una serie de cortos epígrafes -32 en total- (11 en persa, 12 en elamita y 9 en acadio) y a la izquierda del panel esculturado, ocupando dos caras de una roca que sobresalía por encima de las columnas en elamita, había más de cien líneas en la versión en lengua acadia de la principal inscripción. Un espacio equivalente, que se hallaba a la derecha de las inscripciones, estaba ocupado por cuatro columnas de textos suplementarios.

Ésta era, pues, la famosa inscripción de Behistun. Rawlinson calculó que solamente el trabajo preparatorio de su realización debió de requerir muchos meses de labor y que para su ejecución se necesitó contar con un complicado sistema de andamiajes. Un examen cuidadoso le reveló que en aquellos lugares en que los realizadores habían hallado fisuras en la roca, habían procedido a realizar un sistema de encastrado en el que usaron plomo fundido. Las inscripciones se habían grabado sobre la superficie preparada y tratada con una capa de barniz silíceo, aunque, pese a esta precaución, la escritura, en algunos puntos, había sido tan maltratada por la intemperie, que era prácticamente ilegible. Por otra parte, una porción de la primera columna de los textos suplementarios -versión elamita- había sido mutilada deliberadamente por el escultor, que necesitaba el espacio para una figura adicional, el último de una hilera de víctimas atadas, evidentemente el autor de un fracasado intento de rebelión.

El objetivo inmediato de Rawlinson fue la sección persa de la inscripción y felizmente una gran parte del cuerpo fundamental de ésta, una vez alcanzado aquel estrecho reborde, comparativamente seguro, se hallaba a su alcance. Y de este modo, con ese precipicio de 300 pies (unos 90 m) a sus espaldas y provisto de una libreta y un lápiz, comenzó a copiar la escritura. La tarea le ocupó la mayor parte de sus horas libres durante varios meses y requirió numerosos viajes de ida y vuelta de Kermanshah a Behistun. Pero el trabajo progresaba firmemente, y, ayudado por los trece valores que había obtenido en el monte Elvand, fue capaz de identificar cinco grupos de signos que aparecían en el primer párrafo de la inscripción de Behistun. Uno de estos grupos, consistente en cinco signos -de los que ya conocía cuatro-, era evidentemente una referencia al Arsames de los griegos:

Este nombre añadía la M al vocabulario, adquisición que le sirvió de ayuda en la identificación de una colección de ocho signos, de los cuales conocía ahora los siete primeros:

Aquí el último signo era evidentemente la N, que daba Ariaramnes. En un tercer grupo, los seis caracteres estaban ya en su poder y se leía claramente P E R S I A:

Una cuarta palabra contenía nueve signos, de los cuales sólo el primero era todavía desconocido, y reconoció en ella el término Aqueménida:

El quinto grupo no presentaba dificultad, pues de nuevo estaba familiarizado con todos los signos, excepto el primero, y se trataba evidentemente de una referencia a Teispes:

Estos cinco nombres le ofrecieron cinco caracteres adicionales y elevaron el total de sus identificaciones correctas a dieciocho signos. Tan grandes fueron sus progresos que, cuando a finales de 1835 consiguió al fin obtener información acerca de los trabajos de Grotefend y St. Martin, se dio cuenta inmediatamente de que ninguno de estos investigadores tenía nada que ofrecerle y que los resultados de sus esfuerzos habían sido ya sobrepasados por él.

A partir de entonces, Rawlinson fue identificando nombre tras nombre lo cual le proporcionó un constante flujo de símbolos -valores adicionales-: B de Babirush (Babilonia); K de Katpatuka (Capadocia); F de Ufraata (Eufrates), etc. En el otoño de 1837 no sólo había conseguido transcribir unas 200 líneas -cerca de la mitad- del texto persa, sino que, con el auxilio de su ya larga lista, había podido intentar traducir el primer parágrafo. Transmitió el resultado de estos trabajos a la «Royal Asiatic Society», de Londres, en un informe que contenía el texto, la transliteración y la traducción. Rawlinson se basaba en este documento, y en un suplemento escrito dos años más tarde, para reclamar el título de descifrador de la escritura cuneiforme del persa antiguo.

El documento fue recibido en Londres en 1838 y representó un verdadero problema, puesto que la singularidad de su contenido hacía difícil aquilatar su valor.

Siguiendo el consejo de Edwin Norris, el Secretario Consejero de la Sociedad, se envió una copia de este informe a París, donde provocó gran interés. Su autor fue nombrado inmediatamente Miembro Honorario de la Sociedad Asiática Francesa y se hicieron toda clase de gestiones para conseguir que Rawlinson estuviese al corriente de lo ya realizado en el campo de la escritura cuneiforme. Así, pues, por fin Rawlinson se puso en contacto con Burnouf, Lassen y otros investigadores europeos, cuyos estudios en conjunto habían logrado descifrar casi todos los signos del silabario del antiguo persa. En cuanto a su propio descubrimiento, aunque había requerido gran osadía y constituía una magnífica realización de investigación individual, no obtuvo el reconocimiento de la prioridad en el descifrado. De los cuatro caracteres que quedaban todavía sin que se les hubiese podido asignar valor fonético, Rawlinson consiguió identificar dos en 1838 y compartió con Edward Hincks, un clérigo irlandés, el descubrimiento del tercero en 1846, año en el que el cuarto y último de los signos fue determinado por Adolf Holtzmann (fig. 5).

VII

Una vez conocidos la mayoría de los signos del persa antiguo, los investigadores de la escritura cuneiforme pudieron dedicar su atención a la escritura encontrada en la segunda y tercera columna de las inscripciones aqueménidas. Un cuidadoso estudio del material disponible reveló enseguida la existencia de una sucesión de nombres propios en las posiciones que eran de suponer, hallazgo que estableció que los tres textos eran idénticos y que al mismo tiempo confirmó que la escritura discurría de izquierda a derecha. El supuesto de que las tres versiones estaban   escritas en el mismo lenguaje, pero con diferentes caracteres, fue   desmentido en 1824 por Grotefend. Preparó una lista de palabras correspondientes, en la que ya sostenía que se trataba de tres lenguas distintas, aunque no estaba seguro todavía para admitir que una de las tres lenguas fuese semítica. El investigador danés, especialista en sánscrito, Niels Louis Westergaard fue el primero que comenzó a trabajar seriamente sobre la versión elamita. En 1843 visitó Persia en busca de inscripciones, particularmente aquellas que habían sido olvidadas por los primeros transcriptores. Consiguió obtener copias de dos nuevos textos de gran importancia, uno procedente de un porche de Persépolis y el otro de la tumba de Darío el Grande, en Nash-i-Rustan. Este último contenía una extensa lista de países conquistados, y Westergaard comenzó sus investigaciones trabajando con los nombres propios (de reyes y provincias). Su método consistió esencialmente en identificar y comparar; así, en el curso de sus trabajos descubrió la versión elamita de Darío de Persia y luego analizó el contenido de aquella inscripción, comparándola con su equivalente en persa antiguo. Por este procedimiento obtuvo una lista de valores de signos que le permitieron transcribir palabras que le eran desconocidas, y más tarde logró traducirlas por deducción o por referencia a una traducción de la primera columna. Por fin llegó a la conclusión de que la escritura de la segunda columna era en parte silábica y en parte alfabética, y gracias al estudio de la relación entre vocales y consonantes calculó que el número de caracteres era superior a cien, de cuyo total teórico logró identificar entre 80 y 90.

Por este tiempo era imposible disponer de la versión elamita de la Roca de Behistun a causa del estallido de la guerra afgana de 1839, ya que Rawlinson había sido reclamado desde la India. Entonces el Shah convino en que la misión inglesa fuese reemplazada por una francesa, y el rey Luis Felipe envió como representante suyo al conde de Sarcey, con numeroso séquito que incluía al arquitecto Pascal Coste y al artista Eugéne Flandin. Pero, aunque Flandin realizó varias visitas a Behistun con la intención de copiar la inscripción y aunque incluso consiguió llegar al reborde de su base, decidió que la tarea propuesta era empresa demasiado arriesgada, y la idea fue abandonada.

Así Rawlinson se vio libre para continuar la tarea que tan brillantemente había comenzado y reanudó sus trabajos en 1844, cuando visitó el lugar con dos compañeros. Con su ayuda consiguió obtener copias completas de los principales textos persas y elamitas y también de todos los epígrafes, teniendo que vencer toda suerte de peligros y dificultades asociados.

Para alcanzar la parte alta de las columnas del texto persa tuvieron que utilizar una escalera. Pero el reborde que les sustentaba, de menos de dos pies (0,60 m) de ancho, era tan estrecho en relación con la altura de la inscripción, que no podían utilizarse escaleras de la altura adecuada. Y, aun después que la escalera fue acortada, adaptándola al ángulo del declive, era preciso mantenerse en pie en el último peldaño guardando el equilibrio con el cuerpo apretado contra la superficie casi vertical de la roca apoyándose en el brazo izquierdo, mientras sujetaba la libreta en una mano y el lápiz en la otra; así colgado sobre el abismo, Rawlinson, impasible, consiguió copiar las partes superiores del texto persa.

Alcanzar las tres columnas de texto elamita fue empresa todavía más ardua, ya que estaban colocadas en una especie de nicho en cuyo extremo había otro reborde que les serviría de soporte; este reborde estaba aislado del resto del monumento por un precipicio que sólo podía salvarse a un determinado ángulo; Rawlinson descubrió entonces que, por haber acortado la escalera antes para poder copiar las inscripciones persas, no alcanzaba para formar un puente de un lado al otro del precipicio. Intentaron superar esta dificultad colgando la escalera -que era de la variedad persa, muy ancha- del reborde opuesto, de manera que la parte K   superior quedase bien sujeta por ambos lados y la inferior se balanceaba en el espacio. Rawlinson empezó a subir, pero el peso de su cuerpo hizo que los travesaños en que apoyaba los pies se rompieran y cayeran dando vueltas al abismo, y quedó colgando de las manos, que por suerte tenía bien sujetas a los travesaños superiores. A pesar de este accidente, que fácilmente podía haberle costado la vida, Rawlinson consiguió copiar la totalidad de la versión elamita de la inscripción, lo que muestra en forma elocuente su gran valor y determinación.

       Pero en este mismo año 1844, Westergaard estuvo intensamente ocupado, esforzándose en descifrar la escritura de la segunda columna de las inscripciones, secundado por Luis Caignart, de Saulcy y también Hincks. Este último leyó un extenso    informe sobre «La primera y segunda clase de escrituras de Persépolis» a los miembros de la Real Academia Irlandesa, justamente cuando Rawlinson daba los últimos toques a su memoria sobre este tema. Al recibir noticias sobre los trabajos realizados por sus contemporáneos, Rawlinson advirtió que de nuevo se le habían anticipado. Sin más dilación puso todo el material que había recopilado en Behistun a disposición de Norris, el cual en 1852 consiguió descifrarlo casi totalmente.

A. D. Mordtmann denominó a aquella lengua susiano, en contraposición a Westergaard, quien, siguiendo a St. Martin, la denominó meda, y a A. H. Sayce, que proponía designarla con el término amardiano. Finalmente quedó establecido que dicha escritura en su forma definitiva comprendía un sistema de unos 96 signos silábicos -que representaban combinaciones consonante-vocal y consonante-vocal-consonante- junto con unos 20 ideogramas y determinativos. Además, gracias a las inscripciones halladas en Susa, se demostró que la lengua era producto de la evolución del lenguaje hablado por el pueblo de Elam, y en 1897 Hüsing rebautizó esta lengua con el nombre de Nuevo Elamita. Este lenguaje ha sido clasificado, algo vagamente, como Caucásico.

Entre tanto, las excavaciones emprendidas desde 1842 por P. E. Botta y Henry Layard en los yacimientos de las antiguas ciudades asirias de Mesopotamia comenzaron a ofrecer una rica cosecha de tablillas con inscripciones. Botta realizó una lista de signos asirios, y, aunque no pudo leerlos, logró asignar un valor correcto -SHAR- a la primera sílaba del hombre de Sargón (SHARRUKIN), lo que más tarde permitió a H. A. de Longperrier identificar al constructor del palacio de Khorsabad.

Estos descubrimientos dirigieron la atención de los investigadores una vez más hacia Behistun, en donde parecía pudiera hallarse la clave de las inscripciones en lengua asiria. Con esta idea, Rawlinson regresó una vez más a la escena de sus primeras actividades; en esta ocasión convenientemente provisto de escaleras, cuerdas, andamios y otros elementos esenciales.

El tercero y último de los textos importantes de Behistun ocupaba dos caras de una roca que sobresalía inmediatamente por encima de la versión elamita. Estaba en un lugar casi inaccesible, y si Rawlinson hubiese tenido que habérselas solo, a pesar de todo su equipo, habría fracasado en su empeño. Pero afortunadamente contrató los servicios de un ágil muchacho curdo, quien, sujetándose con manos y pies, ascendió por una estrecha hendidura de la roca y clavó luego una estaquilla de madera en la que sujetó una cuerda. Intentó balancearse de un lado al otro del farallón para alcanzar una hendidura del lado opuesto, pero vio frustrado su intento a causa de un saliente de la roca; así y todo prosiguió su camino palmo a palmo aferrado a la pared casi enteramente lisa, a una altura de casi siete metros.

Pudo por fin clavar otra clavija y sujetar en ella el otro extremo de la cuerda, y más tarde, suspendido de una especie de andamio provisional de pintor, y trabajando bajo la dirección de Rawlinson, tomó papel y lápiz y consiguió transcribir la totalidad del texto.

La inscripción, muy deteriorada por los agentes de la naturaleza, consistía en 112 líneas de escritura, a las que Rawlinson dedicó todos sus afanes durante el año 1848 y también durante el siguiente año. A medida que su trabajo progresaba, la similitud del lenguaje desconocido con los bien conocidos dialectos semitas se fue haciendo cada vez más evidente, ayudándole enormemente en la tarea de su elucidación. El sentido de la escritura ya era conocido, gracias a la versión persa; pero, mientras que la escritura de la primera columna contenía relativamente pocos signos, era evidente que su equivalente de la tercera columna estaba compuesto por cientos de caracteres, algunos de los cuales   representaban una sílaba y otros una palabra completa. Además, parecía como si a veces un signo dado pudiese representar distintas sílabas o palabras y que, inversamente, cierto número de signos distintos se usaran en otras ocasiones para indicar una misma palabra -principios de polifonía y de homofonía-. A pesar de todos estos inconvenientes, Rawlinson en 1850 había acertado los valores de unos 150 caracteres y, ayudado por el texto persa, había logrado determinar los significados exactos de unas 500 palabras.

Sin embargo, fue Hincks el primero que publicó una lista de caracteres identificados, los cuales incluían los que representaban las vocales A, E, I, U -no existe carácter asirio para la O-. Demostró además que muchos de los signos eran silábicos y estudió cuidadosamente los ideógrafos y los determinativos. Con esta información a su disposición, pudieron los investigadores estudiar las inscripciones trilingües de los Aqueménidas y las tablillas monolingües encontradas en Asiria y Babilonia, y aunque se reconocía que las lenguas de estos dos países eran indudablemente semitas, y que ambas estaban íntimamente relacionadas, también era evidente que ambos sistemas no eran en modo alguno idénticos, y, lo que aún era peor, parecía que en cada región hubiesen existido dos métodos distintos de escritura, lo cual multiplicaba por cuatro los cientos de signos que debían ser identificados y comprendidos.

Pero, a pesar de esta formidable complicación, los descifradores proclamaron que confiaban en poder leer los distintos tipos de escritura mesopotámica, aunque pese a esta aparente confianza había muchos escépticos que no estaban muy convencidos; entre otras cosas les costaba aceptar que para indicar una misma palabra fuesen utilizados signos distintos.

El matemático William Henry Fox Talbot proporcionó una prueba decisiva sobre este punto. Talbot presionó a Edwin Morris para que, por medio de la Royal Asiatic Society, invitase a cuatro investigadores bien conocidos y de probada solvencia para que tradujesen independientemente una inscripción de una tablilla de arcilla recién hallada del monarca asirio Teglatfalasar I, y para que luego sometiesen sus resultados bajo sobre sellado a un comité que debería juzgarlos. El mismo Fox Talbot intentó la traducción; los otros tres descifradores invitados fueron Jules Oppert, Edward Hincks y naturalmente Henry Rawlinson. Cuando se examinaron los trabajos se halló que todos estaban de acuerdo en los puntos esenciales.


VIII

A medida que progresaba la tarea de traducir los documentos babilónicos y asirios, aumentaba la convicción, entre los que se entregaban a esta tarea, de que el lenguaje de algunos de los textos no era semita. El asunto fue puesto en primer plano en 1855, cuando Rawlinson, tras haber examinado una tablilla procedente de Larsa, que le había enviado el arqueólogo W. Kennet Loftus, anunció que la escritura representaba una lengua desconocida. Al año siguiente, Hincks reconoció que esta lengua era aglutinante, pero todos sus intentos por descubrir afinidades con algún grupo lingüístico fracasaron. La situación no ha variado hasta la fecha, tal vez con razón, por tratarse con toda probabilidad de la lengua más antigua de la tierra.

Las perspectivas de descifrarla, que primeramente parecían tan poco esperanzadoras, crecieron repentina e inesperadamente. En Mesopotamia, Henry Layard, tras haber excavado las ruinas de Calah concentró sus actividades sobre la llamada colina de Kouynjik, donde se encontraban en realidad las ruinas de la antigua capital asiria, Nínive, y el arqueólogo Layard vio premiados sus esfuerzos con el descubrimiento de algo extraordinario: la biblioteca del rey Asurbanipal, que contaba con un total de más de 20.000 tablillas de arcilla. Cuando la primera consignación de este material fue revisado por Rawlinson y Norris en el Museo Británico, descubrieron que contenía un crecido número de léxicos y repertorios de frases que, evidentemente, habían sido compilados con la intención de ayudar a los estudiantes de lengua semita en el estudio de aquella lengua. Como puede imaginarse, esto sirvió mucho a los modernos investigadores y sus dificultades, en cuanto a los valores fonéticos y caracteres de esta escritura, desaparecieron. Sin embargo, los problemas inherentes a la estructura intrínseca del lenguaje subsistieron, y esto entorpeció enormemente los intentos realizados para entender su estructura gramatical; incluso ahora la interpretación de los textos monolingües sigue siendo insegura, aunque el sentido general pueda captarse con bastante claridad.

También quedó sin esclarecer el problema de los orígenes de este extraño lenguaje. De todos modos cabe considerar que una escritura tan complicada como la cuneiforme, difícilmente pudo coincidir con el advenimiento del Imperio babilónico. Por lo tanto, no es aventurado suponer que el nacimiento y desarrollo de esta escritura corresponda a otra época y a un grupo étnico distinto, tal vez a un pueblo que no pertenecía a la familia semita. Pudo darse el caso de que una comunidad de cultura comparativamente muy elevada fuese dominada por tribus semitas, cuyos miembros más tarde absorbieron muchos de los rasgos de la cultura ajena, llegando incluso al extremo de conservar el conocimiento de su lengua. En cuanto a la identidad de este hipotético pueblo, desaparecido desde hace muchos siglos, existe una clave ofrecida por cierta referencia, hallada en una inscripción, a un gobernante que se intitulaba «Rey de Sumer y Acad», a la luz de lo cual Rawlinson sugirió que se diese el nombre de acadios a esos primeros habitantes históricos de Mesopotamia. En cambio, Oppert argüía que debían ser considerados más apropiadamente como sumerios, punto de vista que finalmente prevaleció. Actualmente se denomina acadios a los posteriores conquistadores semitas y a su lengua, tal como la hablaron después sus sucesores los babilonios. En cuanto a los posteriores conquistadores de Babilonia, si bien la mayoría de las inscripciones están escritas en acadio clásico, hablaban -y a veces escribían- en un dialecto relacionado íntimamente con aquél, que ha sido designado con el nombre de asirio.

Transcurrieron muchos años antes de que la verdad de la hipótesis sumeria pudiese ser demostrada con cierta seguridad, puesto que, como pronto descubrieron sus autores, era mucho más fácil postular la existencia de un venero cultural prebabilónico y no semita, que proporcionar una prueba convincente de su existencia. El problema se veía agravado por los repetidos fracasos sufridos en la búsqueda de posibles lenguas emparentadas y hubo algunos investigadores que llegaron hasta a negar la existencia real de los sumerios y de su particular modo de hablar.

Uno de los principales exponentes de este punto de vista fue un hábil especialista en lenguas semíticas, Joseph Halévy. Este investigador hebreo estaba obsesionado por la idea de que los babilonios, a los que él consideraba los antepasados del pueblo judío, constituían los más antiguos orígenes de la civilización del occidente de Asia y se oponía tenazmente a la teoría que transfería el mérito de gran parte de los logros culturales a un pueblo no semita, los sumerios. Para explicar los libros de frases sumeroasirios tuvo que idear la teoría de que la supuesta lengua sumeria consistía meramente en un sistema de escritura secreta inventada por el sacerdocio local para engañar a sus ignorantes seguidores. La falta de pruebas para refutar tan ingeniosa teoría condujo a una argumentación tan inútil como ardua y prolongada.

En plena discusión acerca del lenguaje, surgió una nueva controversia acerca del modo como había evolucionado la escritura cuneiforme. Jules Oppert sostenía que en principio los signos habían sido pictográficos, mientras que el sabio alemán Friedrich Delitzsch mantenía que la escritura se había ido desarrollando a partir de un número de signos comparativamente pequeño, cuyas combinaciones habían dado origen a centenares de signos distintos.

Estas dos ingeniosas y tan contrapuestas opiniones fueron resueltas cuando se produjo el descubrimiento de textos sumerios, que no sólo eran más antiguos que los más primitivos textos babilónicos, sino que además proporcionaban indiscutible evidencia del origen pictográfico de la escritura cuneiforme. Los más antiguos ejemplares de esta escritura fueron hallados inscritos en cientos de tablillas desenterradas en Yarka -la antigua Uruk-durante los años 1928-1931 y se descubrió que consistían en dibujos de objetos fácilmente reconocibles. Teniendo en cuenta que cada signo parecía representar una sola palabra completa, esta criatura embrionaria era susceptible de ser leída en cualquier lengua, y ésta fue otra de las consideraciones que señalaban a los sumerios como sus probables autores.

Por esta época ya habían sido descubiertos algunos datos acerca de la historia de los sumerios, gracias a varios hallazgos arqueológicos por los que parecía que hacia el cuarto milenio antes de Cristo se hallaban ya ocupando el territorio situado entre los ríos Tigris y Eufrates, en las costas del golfo Pérsico, al sur de lo que fue la tierra de Acad, hogar del pueblo semita. Nada sabemos de la raza y la tierra de origen de estos intrusos. Se ha sugerido que, en sus construcciones en forma de altos zigurats piramidales, los nuevos invasores debían intentar reproducir, en cierto modo, en un terreno de llanuras aluviales, las formas de una región montañosa; esta teoría fue apoyada por B. Hrozony con pruebas filológicas, basándose en el hecho de que la palabra sumeria para indicar el Este, imkurra, parecía indicar la existencia de montañas en aquella dirección, de la cual probablemente procedían sus remotos antepasados.

Por otra parte, Berossos, un sacerdote nativo -siglo III antes Cristo-, y el Manetón de Babilonia, nos habla de una legendaria raza de monstruos medio peces medio hombres que emergieron de las aguas del golfo Pérsico y se establecieron a lo largo de la costa, llevando consigo el conocimiento de la agricultura, la escritura y la metalurgia.

Sea como fuere, los sumerios fundaron varias ciudades-estado entre las cuales fueron famosas las de Adab, Eridu, Lagash, Larsa, Uruk y Ur. Estas comunidades se enfrentaban a menudo en luchas encarnizadas, y de vez en cuando una de ellas dominaba a las otras. También se producían guerras con los vecinos pueblos extranjeros, por los cuales en ocasiones resultaban totalmente derrotados. Así, hacia 2450 a. C., la totalidad de la región fue dominada por el conquistador semita Sargón I de Acad, cuyo extenso reino llegó a incluir Elam y Asiria. Pero bajo su nieto Naram-Sin, el Imperio fue invadido por hordas bárbaras, conocidas por el nombre de Gutium o Guti, cuyos invasores fueron por fin expulsados. Después, los sumerios consiguieron una pasajera independencia, y entonces floreció la ilustre dinastía de Ur bajo Ur-Namm -rey de Sumer y Acad- y sus sucesores. Finalmente, Ur sufrió una completa destrucción a manos de los elamitas, quienes a su vez fueron derrotados por los amoritas -occidentales-, los fundadores semitas de la primera dinastía de Babilonia, cuyo sexto rey, el famoso Hammurabi, subyugó la totalidad de Mesopotamia. Por aquel tiempo -1900 a. C.-, los sumerios ya habían perdido su identidad nacional.

Entre tanto, su sistema de escritura había sido transformado completamente. Con la gradual eliminación de líneas curvas, las pictografías originales se habían ido estilizando cada vez más y haciéndose más difícilmente reconocibles.

El proceso se aceleró cuando el ángulo del borde inferior del estilo de caña, con el que se trazaban los signos, se hizo más ancho, y por esta causa la impresión hecha con la punta del instrumento asumió su característica forma semejante a una cuña. Otro cambio fundamental fue el de la dirección de la escritura. Originariamente, los caracteres se disponían en columnas verticales que se leían hacia abajo, progresando de derecha a izquierda; pero en un momento dado se descubrió que la escritura era seguida con mayor facilidad inclinando la tablilla hacia la izquierda, de modo que los ojos pudiesen seguir la escritura horizontalmente, y de acuerdo con ello se alteró la dirección de la escritura. De este modo, los caracteres experimentaron un giro de 90° y en lo sucesivo se leyó de izquierda a derecha (fig. 6). El paso a escritura fonética se vio favorecido por la estructura predominantemente monosilábica de las raíces de las palabras sumerias, hasta tal extremo que, en la época de la tercera dinastía de Ur, el número de signos se había reducido progresivamente desde cerca de 2.000 a menos de un tercio de este número. Además, lo signos individuales fueron combinados hasta formar innumerables caracteres compuestos; por ejemplo, los símbolos de agua y cielo, unidos, significaban lluvia:

En el transcurso del proceso de adaptación de la escritura sumeria a su propia lengua, los semitas acadios y sus sucesores dieron nuevos valores a muchos de los símbolos preexistentes; por ejemplo, los asirios adoptaron el carácter compuesto indicador de «agua de los cielos», pero lo usaron ideográficamente para indicar su propia palabra para lluvia -zunnu-. También se apropiaron de otros muchos signos que representaban sílabas, los cuales consistían bien en una vocal precedida de una consonante -di, nu-, bien en una vocal seguida por una consonante -ab, uz-, o en una vocal precedida y seguida por una consonante -gal, gap-.

Incluso después del completo sometimiento de los súmenos, su lengua continuó usándose con fines didácticos y usos sagrados, de modo semejante a lo que sucedió en Europa con el latín después de la caída del Imperio Romano.

No fue el arte de la escritura la única herencia de los sumerios que recibieron los acadios, los babilonios y los asirios; entre otras muchas realizaciones, los sumerios elaboraron un complicado código de leyes, establecieron métodos bancarios, idearon un sistema de pesas y medidas, introdujeron salarios estables y control de precios, emprendieron vastos planes de irrigación, establecieron los fundamentos de una arquitectura de características enteramente originales, estudiaron astronomía y matemáticas, dividieron el día en veinticuatro horas y el círculo en 360° y produjeron una literatura que se distinguió por sus narraciones acerca de la creación del orden en el caos, la perversidad innata del hombre y el intento hecho por los dioses inmortales para barrer al hombre de la superficie de la tierra por medio de un diluvio. Estos relatos épicos fueron transmitidos al acervo de la Historia Universal por sus sucesores semitas, entre los cuales se hallaban los hebreos, quienes se proclamaron a sí mismos como los verdaderos autores.

IX

A mediados del siglo XIX se desconocía incluso la existencia misma del antiguo imperio de los babilonios y, naturalmente, también se ignoraba, con mayor razón, la de sus predecesores los sumerios. Históricamente, el primer período de la civilización mesopotámica estaba en blanco, y el conocimiento de la región y de sus habitantes antes de la llegada de Alejandro Magno a aquellos escenarios se limitaba a extractos de no muy larga extensión de obras de Berossos y a algunos relatos de Herodoto y Ctesias, que se contradecían mutuamente, así como diversas referencias acerca de los caldeos (neo-babilonios) y los asirios en el Antiguo Testamento. Los primeros resultados del descifrado de la escritura cuneiforme no facilitaron tampoco ninguna idea acerca de los hallazgos que luego habrían de producirse. Cuando al fin pudieron leerse las inscripciones persas, se descubrió que en su mayor parte se limitaban a manifestar que Darío -o Jerjes-, verdadero rey de reyes, hijo de Histaspes -o de Darío-, era el autor de la construcción de aquel palacio -o de aquella escalinata-. La extensa inscripción de Behistun era más valiosa, puesto que facilitaba o confirmaba datos históricos que anteriormente eran desconocidos o dudosos. Por otra parte, las versiones acadias y elamitas de todas estas inscripciones repetían meramente lo que ya se sabía.

Tal era la situación cuando, gracias a las excavaciones hechas por Botta, Layard y otros, empezaron a surgir un creciente número de inscripciones monolingües, la mayoría de las cuales estaban escritas en los caracteres y lengua de la tercera de las columnas persas. Estos textos cuneiformes no sólo aparecían sobre las paredes de palacios y templos, sino también sobre ladrillos y piedras de los cimientos, sobre mojones fronterizos y sobre zócalos de puerta, prismas y cilindros. Asimismo, recubrían las tablillas de arcilla cocida, que al principio aparecían a centenares y luego a cientos de millares en todos los yacimientos. En ellas se había inscrito una interminable colección de documentos, hipotecas, contratos matrimoniales, pagarés, cuentas, códigos legales, comunicados oficiales, correspondencia real, etc., por no mencionar la superabundancia de mitos, hechizos, augurios, textos rituales, himnos, lamentaciones, obras litúrgicas, plegarias, y un largo etcétera.

Un examen cuidadoso de este material estableció finalmente que la cultura asiria era esencialmente babilónica y que los babilonios y los acadios, a su vez, estaban estrechamente relacionados con los sumerios. Los asirios, según demostraba el contenido de sus bibliotecas, eran grandes coleccionistas de las obras literarias de sus predecesores. Su propia contribución consistía casi exclusivamente en relatos oficiales acerca de sus reyes y de sus conquistas. La historia así descubierta se limita a pavorosos relatos sobre continuas matanzas y destrucciones, ciudades asediadas, asaltadas y entregadas a las llamas y poblaciones enteras empaladas en estacas, cegadas, descuartizadas y dejadas morir lentamente en horribles montones. Su lectura resulta espantosa y horripilante incluso en un siglo que ha presenciado la liquidación de los kulaks, o la exterminación de los judíos y aun la aniquilación de ciudades enteras bajo los efectos de las bombas atómicas.

Las denominadas listas limmu encontradas entre los textos asirios reflejan la costumbre asiria de dar el nombre de una alta dignidad a cada año, empezando generalmente por el nombre del rey y recordando los principales acontecimientos que tuvieron lugar durante la correspondiente época de reinado. Estas listas proporcionan en ocasiones datos de vital importancia cronológica, como adición a la información existente acerca del orden de los monarcas asirios y de la duración de sus respectivos reinados, como sucede en el caso de la siguiente anotación colocada junto al nombre de Pur-Sagail, gobernador de Gozan: «Rebelión en la ciudad de Ashur. En (el mes de) Sivan hubo un eclipse de sol.»

Esta referencia a un fenómeno astronómico permitió que el acontecimiento en cuestión fuese identificado con un total oscurecimiento del Sol, que fue visible en Nínive, el cual duró 2 horas y 40 minutos y tuvo lugar el día 15 de junio del año 763 a C. El resultado fue que la secuencia de fechas, puramente relativas, asociadas con tal acontecimiento, pudo ser establecida en términos de cronología absoluta. Un dato similar fue logrado por F. K. Kugler gracias a las denominadas tablillas de Venus de Ammi-Zaduga, décimo rey de la primera dinastía de Babilonia. Estas tablillas, que se referían a augurios astrológicos, se basaban en observaciones acerca del planeta cuyo nombre recibían, pero su utilidad está condicionada al hecho que los diversos fenómenos astronómicos involucrados se repiten aproximadamente cada 275 años, dejando al investigador la tarea de escoger entre las fechas más probables.

A causa de sus creencias astrológicas, los babilonios eran asiduos observadores de los cielos, y en una fecha no especificada y desconocida, su observación de las estrellas les llevó al descubrimiento del saros, un período de 223 meses lunares, a cuyo fin nuestro satélite ocupa de nuevo casi exactamente su posición original. Es decir, descubriendo las condiciones que determinan que los eclipses de Sol y Luna se repitan con intervalos de 18 años -más exactamente unos 6.585 días- y, a partir de este descubrimiento, los arúspices fueron capaces de predecir la aparición de los fenómenos celestes; éxito que sin duda acrecentó su reputación en el dudoso terreno de la astrología. En cuanto a esto, era tanta la importancia que se concedía a los oráculos que a ningún monarca se le ocurría emprender una guerra, o iniciar un viaje o tomar una nueva esposa, sin asegurarse previamente un buen resultado. De igual modo obraban sus súbditos, los cuales antes de emprender un negocio, o trasladarse a una nueva casa, o engañar a un amigo, se apresuraban a consultar la opinión de los dioses inmortales a este respecto.

Pero no eran los planetas la única fuente de información futura. Para los iniciados, el futuro podía revelarse también en las entrañas de los animales, en el vuelo de los pájaros y en los dibujos que se formaban cuando se derramaba aceite sobre la superficie del agua.

Las predicciones, no es preciso decirlo, estaban estrictamente en manos de los sacerdotes y, sin duda, la creencia en la eficacia indiscutible de tales procedimientos debió de ser artículo cardinal de fe. Pero, según demuestran ciertos textos, incluso en aquellos tiempos remotos hubo escépticos que no estaban dispuestos a aceptar ciegamente la doctrina de la revelación divina bajo la palabra de aquellos cuyo oficio consistía en dispensarla y disfrutar de ello. Además, su pretensión teológica estaba basada en fundamentos éticos, y contra esto se erguía el verdadero y real problema de la miseria y desigualdad humanas. Se preguntaban: ¿Por qué, si los dioses altísimos eran justos, todopoderosos y omniscientes y por lo tanto poseían completo control de los acontecimientos terrestres, permitían prosperar a los malvados a expensas de los buenos, los cuales tantas veces debían soportar injusticias y sufrimientos sin cuento?

Desgraciadamente, no existe respuesta para este grito que surge del corazón y que ha seguido resonando a través de los siglos; e incluso en estas épocas de cultura monoteísta existe la sospecha de que la cuestión sigue sin respuesta y nunca podrá ser contestada.

Los babilonios, gracias a las actividades astrológicas de sus sacerdotes, obtuvieron útiles conocimientos astronómicos; del mismo modo, gracias a su interés por las entrañas de los animales, adquirieron un amplio conocimiento de anatomía, que les proporcionó una considerable reputación por su destreza quirúrgica. Desde luego, los médicos babilónicos, que utilizaron el cuchillo en sus curas, no pudieron evitar cometer equivocaciones, y la ley que exigía la pena de muerte para los curanderos prescribía asimismo que deberían ser cortadas las manos de un doctor si, tras haber abierto una herida con un escalpo de metal, el paciente moría. Con esta y otras penalidades semejantes pendientes sobre su cabeza, lo sorprendente es que no se prohibiese incluso la práctica de la medicina; desde luego, los médicos babilónicos consiguieron remediar muchas enfermedades humanas por medio de masajes y emplastos y por la juiciosa administración de remedios vegetales y preparaciones minerales. Existen libros de texto que contienen listas de las medicinas apropiadas para aliviar los dolores de cabeza, dientes y ojos, para las mordeduras de serpiente y picaduras de escorpión; tratamientos que se combinaban con poderosos exorcismos destinados a arrojar a los demonios que causaban el daño.

Los textos que registran estos y otros conocimientos de los antiguos habitantes de Mesopotamia atrajeron la atención de un vasto público en los tiempos modernos, cuando George Smith, un miembro del cuerpo de investigadores del British Museum, anunció en 1872 que, mientras examinaba el material recogido por Hormuzd Rassam -el auxiliar y sucesor de Layard-, había hallado una referencia fragmentaria de un relato babilónico acerca del Diluvio. Tal fue la amplitud del interés popular que promovió esta declaración, que el Daily Telegraph adelantó la suma de mil guineas para que Smith pudiese visitar Nínive en busca del resto de la historia; y, en efecto, gran parte del material deseado fue recobrado. Más tarde surgieron a la luz otras copias y versiones y se dedujo que las referencias al Diluvio formaban parte de una historia épica que narraba los hechos de la vida de Gilgamés, el hijo semidivino de la diosa madre Nin-Sum, y que esta narración -que en su forma final ocupaba doce tablillas, cada una de las cuales relataba una aventura, en la que el héroe de la historia se hallaba de algún modo implicado- era evidentemente un relato múltiple, compuesto con lo que originariamente fueron una serie de mitos y leyendas desconectadas entre sí.

La historia comienza cuando Gilgamés, el quinto hijo y no muy popular rey de Erech, ordena que todos los hombres jóvenes de su reino coadyuven en la construcción de una muralla protectora en torno a la ciudad. La gente invoca a la diosa Aruru para que haga abandonar al rey tan opresivo propósito, y la diosa responde persuadiendo a un cazador llamado Enkidu para que vaya a Erech. El rey y el recién llegado se hacen amigos, y las tablillas de arcilla registran una serie de aventuras que sufren juntos. En el sexto relato, Ishtar, la diosa del amor, se enamora de Gilgamés, pero la víctima predestinada, dándose cuenta de que, si sucumbe a los encantos de la dama, perecerá, desdeña sus caricias. La diosa, al verse despreciada, invoca a su padre Anu para que la vengue y éste responde enviando un feroz toro para que ataque a Gilgamés, el cual, ayudado por Enkidu, consigue deshacerse del peligroso animal.

En la séptima tablilla, Enkidu contrae una espantosa enfermedad, a causa de la cual muere; muerte que nos es relatada en el octavo texto. Las dos partes siguientes de la historia relatan las peregrinaciones de Gilgamés, en busca de un tal Ut-Napishtim, quien goza de la estima de los dioses, y gracias al cual espera Gilgamés escapar del hado adverso que ha motivado la muerte de su amigo. En el transcurso de sus viajes encuentra leones y hombres-escorpión y a la diosa Sabitu, guardiana del mar de la muerte. Al principio Sabitu se muestra poco amistosa, pero por fin logra convencerla de que le permita hacer un viaje, que por fin le lleva a encontrar a Ut-Napishtim. En la undécima tablilla -el diluvio-, Ut-Napishtim revela la extraordinaria estratagema con la que, gracias a la ayuda de uno de los dioses, consiguió escapar de la ira de las alturas. Además, informa a su oyente de la existencia de una hierba que le puede devolver la perdida juventud; Gilgamés logra obtener alguna de las plantas dispensadoras de eterna juventud, pero antes de que consiga sus extraordinarios beneficios le es arrebatada por un genio maléfico en forma de serpiente. En el último episodio -el duodécimo-, el desconsolado Gilgamés recibe el favor de que se le permita ver de nuevo a su llorado amigo Enkidu, el cual le da una impresión poco animadora acerca de la sombría existencia que le espera en el país del que no se regresa.

La historia narrada a Gilgamés por Ut-Napishtim, según aparece en la undécima de las doce tablillas de que consta el poema, describe el modo como los dioses inmortales, reunidos en la ciudad de Shurippak, decidieron eliminar de la tierra a toda la humanidad por medio de una gran inundación. El exterminio debía ser total, pero Ea -en otros relatos Enki-, el dios de los abismos, dirigiéndose ostensiblemente a una cabaña de cañas, logró avisar por este subterfugio a Ut-Napishtim del inminente desastre y le instruyó para que evitase el peligro, mediante la construcción de un gran navío, de una altura de seis pisos, cada uno de los cuales contuviese nueve departamentos. Ut-Napishtim pone manos a la obra inmediatamente, impermeabilizando el barco con brea por dentro y por fuera. Luego lleva a bordo a su familia, junto con una representativa selección de la vida animal, y espera los acontecimientos. Estalla sobre la tierra una terrible tempestad, y tras seis días de lluvias torrenciales, que producen inundaciones sin precedentes, tan sólo siguen con vida Ut-Napishtim y sus compañeros. Al séptimo día termina la tempestad, y la inundación comienza a decrecer lentamente, por fin vuelve a verse la tierra. En el octavo día, la nave queda encallada en la cima del monte Nisir; a continuación Ut-Napishtim suelta una paloma, que no halla lugar alguno en donde posarse y tiene que regresar a la nave; lo mismo sucede con una golondrina enviada al siguiente día. Finalmente envían un cuervo, y, en vista de que no regresa, los náufragos salen del barco y dan gracias por haberse salvado del desastre.

Se han encontrado otras semejanzas entre las leyendas sumero-babilónicas y el Antiguo Testamento. La biblioteca de Asurbanipal contenía siete tablillas de arcilla en las que estaba inscrita una epopeya de la Creación, conocida por Cuando en las alturas... a causa de las palabras con que comienza el texto. El relato consta de unas 994 líneas en total; se refiere al origen del Universo, y describe cómo surgieron los dioses del caos. Las fuerzas del desorden, representadas por Apsu y el dragón Tiamat, fueron derrotadas por Marduck, hábilmente ayudado por Ea y los siete vientos. Tras matar a Tiamat, el triunfante Marduck partió el cuerpo del monstruo y con una de las partes formó el cielo y con la otra la tierra. Luego dispuso el curso de las estrellas y finalmente creó al hombre con una mezcla de barro y sangre. Significativamente la palabra hebrea (tehom) que designa el caos acuoso del que surgió el orden es una variante del nombre babilónico Tiamat.

En cuanto a los acontecimientos que siguieron a la creación del hombre, el nombre del jardín del Edén es una variante de una palabra babilónica (Edinu, llanura) y su supuesta localización en Mesopotamia nos es confirmada por la referencia hebraica a un gran río con cuatro brazos, uno de los cuales se llamaba Eufrates y el otro Hiddekel; es decir, Idigat o Tigris.

También es digno de tenerse en cuenta el descubrimiento de una inscripción sobre un cilindro sumerio que demuestra la existencia de una antigua narración acerca de una mujer hecha con una costilla; relata cómo Enki y Ninhursag, los primeros habitantes del paraíso terrenal, estaban rodeados de ocho frutos prohibidos y nos cuenta que su caída del estado de gracia fue provocada, no por la baja astucia de la serpiente, sino por las tretas de un zorro.

Las correspondencias no se limitan al libro del Génesis. A principios del presente siglo, la expedición de Morgan a Susa descubrió una estela de diorita negra -en tres piezas- cubierta con unas 3.600 líneas de escritura cuneiforme. Su examen reveló que el monumento había sido colocado originalmente en el gran templo de Marduck, en Babilonia, y que había sido trasladado a la capital elamita por una expedición guerrera. Sobre la estela estaban inscritas las leyes sumero-babilónicas que fueron codificadas por el gran rey Hammurabi, compilación que con sus regulaciones acerca del matrimonio y el divorcio, subida de alquileres y derechos de propiedad, difamación y adulterio, no sólo proporcionaba una vasta información acerca de los asuntos babilónicos, sino que también revelaba una serie de extraordinarios paralelismos con la ley mosaica, repitiendo en ocasiones las frases palabra por palabra.

Lo anteriormente expresado no debe ocasionar sorpresa, al considerar que el Antiguo Testamento incorpora una gran riqueza de material oral que durante un período de más de mil años fue escrito gradualmente por una serie de escribas hebreos, alguno de los cuales estuvo indiscutiblemente en estrecho contacto con los pueblos de Egipto y Babilonia, durante los años de cautiverio.

En cuanto a aquellos que todavía creen que las Sagradas Escrituras de los hebreos son originales, inspiradas e incapaces de error, la existencia de tan extensos textos tomados en préstamo, aunque sea difícilmente refutable, les resultará menos embarazosa que la lista de monarcas babilónicos y persas que se halla en el libro de Daniel, referencia que los relatos profanos demuestran es incompleta, confusa y en parte falsa.

 


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