CAPÍTULO II

LOS JEROGLÍFICOS EGIPCIOS

I

Sabemos que la lengua de los antiguos egipcios está relacionada no sólo con el árabe, el hebreo, el babilónico y otras lenguas semíticas, sino que también guarda ciertas afinidades con algunas lenguas africanas; lo cual presta valor a una tradición, sostenida desde tiempos remotos por los pueblos del Nilo, de que el hogar de algunos de sus antepasados era el misterioso país del Punt, que actualmente, tras muchas conjeturas y largas disputas, se identifica con Somalia.

Parece que la lengua hablada fue reducida a una escritura legible por la usual ruta de la pictografía ideográfica mucho tiempo antes de que los reinos rivales del Alto y el Bajo Egipto quedasen unidos bajo el rey Menes, el primero de los príncipes dinásticos. Este acontecimiento federativo constituye un notable hito filológico; ya Herodoto, cuando visitó Egipto en la primera mitad del siglo v antes de Cristo, hizo un intento por determinar la fecha de este remado, aunque naturalmente este intento no tenía razones lingüísticas. Habiendo sido informado por los sacerdotes de que no menos de 340 monarcas habían ocupado el trono de aquel antiquísimo país, el historiador griego, mediante un proceso de simple pero equivocada aritmética -Herodoto concedió un período de cien años para cada tres generaciones-, llegó a la conclusión de que la línea de las dinastías reales se remontaba a unos 12.000 años antes de Cristo. Más tarde, Manetón, sumo sacerdote de Sebenitos, proporcionó una información más precisa acerca de este punto. Según parece, Manetón recibió del faraón Ptolomeo II Filadelfo la orden de compilar una historia de su país nativo. Hasta nosotros han llegado tan sólo algunos extractos de esta obra monumental, pero una de las partes conocidas de esta empresa era la ordenación de los faraones -éste era el titulo que recibían los monarcas egipcios- en treinta casas reales o dinastías, empezando por la de Menes. Además se añadían detalles más o menos dignos de crédito acerca de la duración de cada remado individual, y basándose en esto la investigación moderna ha fijado en una fecha considerablemente posterior el comienzo de dicho período histórico. Flinders Petrie, después de tomar en cuenta la existencia de posibles co-regencias, calculó que el comienzo de esas dinastías se remontaba a unos 5.000 años a. C.; pero estudios más recientes muestran que esa fecha es excesivamente alta, e indican como probable unos 3.000 años a, C. Por otra parte, ahora, con el uso del carbono radiactivo, que permite determinar la antigüedad de los materiales encontrados, se han podido establecer fechas casi exactas. Así, por este método, se calculó que el visir Hemaka, un contemporáneo del rey Udi de la primera dinastía, vivió entre 2.850 ± 200 a. C.

El período dinástico de la historia de Egipto da testimonio del nacimiento del llamado Imperio Antiguo, época que terminó en una serie de desórdenes internos al final de la 6.a dinastía; luego, de los comienzos del Imperio Medio, época de restauración que comprende las dinastías 11.a y 12.a; más tarde, de la aparición del Imperio Nuevo, que floreció a lo largo de las dinastías 18.a a 20.a. Se inició después un colapso, anunciado por una serie de invasiones procedentes de Libia Nubia Asiria y Persia -dinastías 22.a a 30.a-, que culminaron en la incruenta conquista de Egipto por Alejandro Magno en el año 332 a. C.

Durante ese dilatado periodo -unos 3.000 años-, en Egipto se usó la escritura jeroglífica Al principio fue utilizada con carácter general, más tarde para usos especiales Pero como en Egipto no existía un sistema generalizado de enseñanza, pocos egipcios podían comprender «las palabras divinas» y tampoco se intentó que ocurriese de distinta manera. El conocimiento de los jeroglíficos estaba reservado a los sacerdotes, quienes establecían sus propias escuelas para la instrucción de los iniciados y de los múltiples escribas necesarios para desempeñar los quehaceres de secretaría, los cuales incluían la producción de trabajos de tipo religioso, tales como el llamado Libro de los muertos.

En asociación con la escritura jeroglífica existía una escritura cursiva, a la que los griegos dieron el nombre de escritura hierática. Este vástago de la escritura jeroglífica, que hizo su aparición asimismo en una época muy remota, surgió del uso de la pluma de caña y el papiro como auxiliar del cincel y la piedra. Gracias a la naturaleza de estos nuevos materiales para escribir, las formas angulosas de los caracteres jeroglíficos fueron haciéndose cada vez más redondeadas, hasta que fue imposible reconocer sus formas pictográficas originales. Además, la dirección de la escritura, que originariamente era vertical, se hizo luego horizontal, progresando de derecha a izquierda. Pero esto no fue todo; en la época de la dinastía 25.a -etíope- tuvo lugar una nueva evolución: de la escritura hierática surgió una escritura más rápida, manual y abreviada, denominada demótica.

Así, pues, durante el período grecorromano se emplearon en Egipto, simultáneamente, tres estilos distintos de escritura, cada uno de ellos con un uso más o menos limitado- el jeroglífico para las inscripciones de carácter sagrado grabadas en las paredes de los templos y monumentos, la hierática para usos sacerdotales, y la demótica para las necesidades de la vida cotidiana. De estas tres formas, el papel de la escritura jeroglífica -en la que todos los caracteres son dibujos- ha sido comparado con nuestra palabra impresa, la hierática -en la que sólo perduran los rasgos más sobresalientes de los primitivos dibujos- se ha equiparado con nuestra escritura cursiva corriente, y la demótica -en la que los caracteres han sido modificados de tal modo que guardan muy poco parecido con los jeroglíficos originales- ha sido considerada equivalente a nuestra moderna taquigrafía.

Tras la muerte de Alejandro Magno en Babilonia en el año 323 a. C., el mundo por él conquistado fue dividido entre sus generales, uno de los cuales, Ptolomeo. el hijo de Lagus, se hizo dueño de la provincia de Egipto donde tras haber gobernado como sátrapa durante casi 20 años, finalmente asumió el titulo real, fundando la dinastía 31.a, también llamada macedónica y que ahora lleva su nombre. La autoridad de Ptolomeo se basó desde el principio en sus tropas, pero la prudencia imponía que el antiguo lazo entre la jerarquía sacerdotal y el Estado fuese mantenido, y él y sus sucesores procuraron cultivar la amistad de la todopoderosa clase sacerdotal. Hacia el fin de su reinado se hicieron ricos donativos de cereales y dinero a varios templos y otros fueron restaurados o reconstruidos; se fundaron nuevos santuarios y altares y fueron suprimidos muchos enemigos de los sacerdotes. En tan favorables circunstancias no es sorprendente que los acreditados representantes de los dioses abrazasen entusiásticamente el partido de los intrusos, a los que procedieron a deificar de acuerdo con la venerada práctica ancestral. Por su parte, los nuevos príncipes correspondieron inmediatamente, adoptando la inmemorial costumbre egipcia de los matrimonios entre hermanos -la ley de sucesión faraónica era por línea femenina-, aunque esto no les impedía tomar otras esposas.

Las buenas relaciones existentes entre los líderes de los poderes espirituales y temporales del país quedan demostradas por las abundantes series de decretos oficiales, de los que poseemos numerosas copias. Así, en 238-237 a. C. fue proclamada por los sacerdotes la divinidad de Ptolomeo III Evérgetes I, cuyas numerosísimas virtudes eran largamente enumeradas; además, se concedía a la reina y a él mismo el título de Evérgetai -dioses benefactores-. Esta exaltación -Decreto de Canopo- fue inscrita sobre piedra en lengua griega y egipcia; esta última aparecía bajo las formas de escritura jeroglífica y demótica. En total eran, pues, tres versiones. En el año 196 a. C. se hizo una proclamación tripartita similar con ocasión de la coronación de Ptolomeo V Epífanes, en aquel entonces un niño de 13 años. Esta proclamación apareció a la luz unos 2.000 años más tarde en las cercanías de Rosetta, una localidad situada al oeste de la desembocadura del Nilo, y constituyó la clave que hizo posible descifrar los jeroglíficos egipcios, como referiremos en su debido lugar. Una segunda pista, no menos importante, fue facilitada por un discurso sacerdotal de encarecimiento de una acción de Ptolomeo VIII Evérgetes II.

Durante el reinado de un faraón de la dinastía 26.a (Amasis II, 569-525 a. C.), la lengua griega fue introducida en Egipto por grupos de mercaderes, aventureros y artesanos, los cuales se habían decidido a cruzar el Mediterráneo y a establecer factorías en Naucratis y otros puntos de la región del Delta. Con el advenimiento de los Ptolomeos, unos dos siglos más tarde, el griego se convirtió en la lengua de la corte, por lo cual fue inevitable que empezase a asumir una creciente importancia entre los mismos egipcios, como nos lo demuestran los decretos sacerdotales antes mencionados, en los que las inscripciones bilingües eran trazadas primero en griego; estado de cosas revelado asimismo por el hecho de que, si bien las inscripciones demóticas siguen el texto griego casi al pie de la letra, en cambio hay no pocas improvisaciones equivocadas en las versiones en caracteres jeroglíficos. En las últimas épocas del Imperio se hicieron varios intentos por adaptar la lengua egipcia a los caracteres griegos, y cuando se comprobó que éstos no satisfacían completamente las necesidades del lenguaje nativo, se tomaron siete signos adicionales de las escrituras demótica y hierática y así se impuso para uso general un alfabeto compuesto que poseía 31 letras.

Entre tanto, el creciente poderío de Roma había empezado a arrojar una sombra sobre el dominio de los Ptolomeos, aunque hasta el año 58 a. C. no tuvo Roma oportunidad de intervenir activamente en los asuntos internos de Egipto. En esta fecha, habiendo sido depuesto el rey Ptolomeo XII Auletes por el populacho harto de sus muchos excesos, solicitó aquél la ayuda de Roma y a cambio de un exorbitante soborno -que casi acarreó la ruina de sus desdichados súbditos- Aulo Gabino, el procónsul de Roma en Siria, recibió instrucciones para acudir en ayuda del monarca egipcio. El faraón fue restaurado en el trono y murió siete años más tarde, tras haber nombrado herederos conjuntos de su reino a sus hijos Cleopatra VII y Ptolomeo XIII, pero éstos se querellaron y Ptolomeo expulsó a su hermana. Roma intervino de nuevo, esta vez en la persona de Julio César. Tras la muerte de Ptolomeo XIII y en la lucha que siguió, César no sólo restauró en el trono a Cleopatra, sino que le dio un descendiente, Cesarión, como prenda de su aprecio, y luego gentilmente le encontró un marido. Parece que Cleopatra quiso mucho a su hijo, pero en cambio, tan pronto supo que César había sido asesinado, se apresuró a hacer matar a su marido -su hermano menor Ptolomeo XIV-. Frustrado más tarde un intento de ayudarla -obtenido gracias al hechizo que ejerció sobre Marco Antonio- y fracasado su intento de cautivar con sus encantos a Octavio, Cleopatra se dio muerte en el año 30 a. C., con lo que Egipto se convirtió en una provincia de Roma.

En los años subsiguientes, también los Césares fueron exaltados como faraones e hicieron inscribir largos relatos de sus actividades en los misteriosos jeroglíficos. Pero en esta época, el número de gentes que podían comprender la escritura antigua había empezado a declinar y es muy significativo que, en su relato de una visita hecha por Germánico César a Tebas, Tácito nos diga que fue llamado un sacerdote anciano para leer al real visitante las inscripciones de los monumentos; los cofrades más jóvenes, sin duda, estaban más familiarizados con el griego. Sin embargo, lo que finalmente motivó el abandono de la escritura tradicional fue el advenimiento del Cristianismo.

Tenemos pocos datos acerca de la conversión de Egipto, aparte de una tradición altamente improbable que nos habla de una supuesta visita hecha por San Marcos a Alejandría en la segunda mitad del siglo primero después de Cristo. Pero, en cambio, sabemos que la fe cristiana siguió ganando adeptos por el hecho de que, a fines del siglo cuarto, los cristianos se sintieron lo suficientemente fuertes para imponer el cierre de los antiguos templos y, con ellos, de las escuelas de escribas. La lengua egipcia, expresada con los 31 caracteres del alfabeto griego ampliado, continuó siendo utilizada en la forma copta, llamada así a causa de su uso por los egipcios cristianizados o coptos.

Incluso después de la conquista de Egipto por los árabes (639 a 642 d. C.), los cristianos consiguieron convivir junto a los mahometanos bajo el califato de los Omeyas, a pesar de los impuestos especiales que pesaban sobre ellos y otros no mahometanos. Más tarde, ante medidas opresivas aún mayores, muchos coptos decidieron abrazar la fe islámica; pero, pese a todo, una obstinada minoría siguió resistiendo, y hoy día residen en Egipto más de un millón de sus descendientes; sin embargo, su lengua ya no es el egipcio, porque hacia el final del siglo XVI el copto, como lengua hablada, fue sustituido por el árabe. En cuanto a las antiguas escrituras, no sobrevivieron al cierre de las escuelas de los templos, y el último ejemplar de escritura jeroglífica, hallado en Filé, está fechado en el año 392 d. C. Es de suponer que no mucho después de esta fecha los últimos supervivientes conocedores de este arte debieron descender a la tumba.

II

En total, el conocimiento de los jeroglíficos egipcios estuvo perdido durante unos 1.400 años (400 a 1800 d. C.), si bien su estudio en los tiempos modernos puede decirse que comienza con la publicación de la Hieroglyphica de G. V. P. Bolzani (Basilea, 1556), obra desde luego completamente absurda. En el siglo siguiente, Mercati y otros estudiosos de la época hicieron varios intentos por descifrar los jeroglíficos; pero durante más de 200 años, estos estudios y los que siguieron erraron el camino, a causa de los relatos a menudo contradictorios de los escritores griegos y de los nativos acerca de este tema, ya que muy pocos entre éstos parecen haber tenido un buen conocimiento de la escritura pictográfica.

Mientras ciertos autores se contentaron meramente con repetir las informaciones tal como las habían recibido, a menudo a través de un intérprete, otros parecen haber puesto excesiva confianza en su propia imaginación, y el resultado, en suma, fue una mixtura, profundamente errónea, de datos poco ilustrativos y de otros puramente ficticios; tal estado de cosas añadió una nueva dificultad a la investigación moderna, la cual se enfrentaba con el problema de decidir qué dato era válido y cuál no.

Como en las últimas etapas de la historia de Egipto, los jeroglíficos fueron empleados casi exclusivamente con propósitos religiosos, Herodoto y Diodoro justificaron por tal circunstancia la denominación de tales caracteres como «letras sagradas», en oposición a las «letras populares» de la escritura demótica, la cual en los últimos tiempos era empleada en los negocios y otras necesidades de la vida cotidiana. Sin embargo, es altamente improbable que alguno de estos dos historiadores se diese cuenta de que las dos formas de escritura, superficialmente tan distintas, eran esencialmente la misma. A este respecto parece que estuvo mucho mejor informado Chaeremon de Naucratis (s. I d. C.), que cuidaba de la Biblioteca de Alejandría: escribió un tratado sobre los jeroglíficos del que nos han llegado tan sólo algunos extractos. Tampoco ofrece gran ayuda para los investigadores y descifradores la obra de Plutarco sobre Isis y Osiris, en la que el autor subraya la misteriosa naturaleza de la escritura pictográfica y la compara con los aforismos de los pitagóricos. Un dato mucho más provechoso es proporcionado por Josefo, quien decía que entre las inscripciones de los monumentos debía de haber relatos históricos y además afirmaba que los famosos anales de Manetón habían sido compilados con la ayuda de dichas inscripciones. El teólogo griego Clemente de Alejandría, por otra parte, al hacer referencia en su obra Stromateis a la existencia de tres clases de escritura egipcia: epistolográfica -demótica-, hierática y jeroglífica, describía una vez más la nombrada en último lugar como «las letras sagradas esculpidas» y colegía que tenían un carácter puramente simbólico.

Aún sembraron mayor confusión las lucubraciones de un tal Horápollo, natural de Faenebitis, en el nomo de Panópolis, que en su tiempo constituyó un renombrado centro de actividad literaria. Horápollo es el supuesto autor de una obra en muchos volúmenes titulada Hieroglyphika, dos de cuyos volúmenes, que según parece fueron traducidos por un tal Filipo, han llegado hasta nosotros. Esta versión griega, que actualmente ha sido adscrita por algunas autoridades a fecha tan tardía como el siglo XV, contiene listas de símbolos pictográficos y de sus significados, completadas con ejemplos acerca de su uso; esta compilación, a la luz del actual conocimiento, aparece como una combinación de erudición, más o menos profunda y de indudable charlatanería. En cuanto a este punto, se ha sugerido que la información había sido formulada para ser utilizada por los fabricantes de amuletos y otros hechizos; lo cual ayudaría a explicar en cierto modo por qué Horápollo da el significado correcto de muchos jeroglíficos, junto con las interpretaciones más disparatadas en cuanto a otros; así, por ejemplo, dice que un ganso representa la palabra «hijo», a causa del gran cuidado que tiene este animal de sus hijos; que una liebre significa «abierto», porque los ojos de la liebre no se cierran jamás, etc. Interpretaciones como éstas atraían la mentalidad medieval, y Galtruchius y su traductor D'Assigny las utilizaron ampliamente en The poetic Histories (Londres, 1672) bajo el título «A Short Collection of the Famous Mysteries of the Egiptians named Hieroglyphicks». Este relato estaba entremezclado con narraciones acerca de maravillas tales como el río Sabbatius de Siria, llamado así porque, si bien durante los seis días de la semana discurría hacia el mar de modo normal, en el séptimo día sus aguas, reverentemente, se detenían; o aquel otro curioso torrente, conocido por el nombre de «Manantial de la Virgen», notable por su fama de poseer «una excelente y extraordinaria virtud sobre las doncellas que por su desdicha habíanse olvidado de sí mismas y habían perdido la virginidad». A estas desventuradas les bastaba con bañarse en la saludable «Virgo Aqua» y se pretendía que la doncella desflorada recobraba de inmediato la joya robada y volvía a ser tan virgen como antes. Tales eran algunas de las encantadoras insensateces que los estudiosos de los jeroglíficos egipcios del siglo XVII solían encontrar en el transcurso de sus investigaciones.

Sin embargo, desde el principio del siglo XVIII fue aumentando el deseo de que se estudiasen directamente las escrituras existentes en los monumentos egipcios y P. Lucas, R. Pococke, C. Niebuhr y otros osados viajeros de aquella época copiaron y publicaron ejemplos de muchas de las inscripciones que tenían la suerte de encontrar. Entre estos primeros visitantes de Egipto estaba F. L. Norden, quien intentó fechar la introducción de la escritura jeroglífica con referencia a las pirámides. Norden razonó -erróneamente, como más tarde se descubrió- que, puesto que los egipcios cubrieron invariablemente todos sus edificios con aquellos símbolos, las pirámides que, aparentemente, estaban desprovistas de inscripciones de ninguna clase debían de haberse construido antes de que fuese inventada la escritura jeroglífica. En realidad, la Gran Pirámide -la de Cheops- pertenece a la cuarta dinastía, mientras que los jeroglíficos son anteriores a Menes. Además, como ha demostrado el posterior descubrimiento de los denominados «Textos de las Pirámides», la obra de sillería de algunas de estas estructuras no estaba en blanco como Norden suponía.

En 1636, el jesuita Athanasius Kircher, que entre otros muchos títulos poseía el de profesor de matemáticas, publicó una obra sobre el copto, cuyo estudio le había convencido de que esta lengua había conservado, bajo la forma de la escritura alfabética, la lengua de los antiguos egipcios. Era, desde luego, una comprobación de gran importancia, pero cuando intentó utilizar el copto -al que él denominó «Lingua Aegyptiaca Restituta»- para sondear el significado de la escritura jeroglífica, los resultados logrados fueron tan inútiles como cómicos. Obsesionado por la creencia en la supuesta naturaleza sagrada de las inscripciones de los monumentos, tradujo los siete signos del título griego «Autocrator», que aparecía asociado con el nombre de Domiciano en el obelisco de Pamfilia, como «Osiris es el creador de la fuerza fecundativa y de toda la vegetación, su fuerza creadora fue llevada a su reino, gracias a los cielos, por medio del santo Mophta». Pero, en cambio, en otros terrenos Kircher demostró ser un eminente hombre de ciencia, y como tal fue respetado, y si lo absurdo de sus elucubraciones acerca de los jeroglíficos no fue descubierto por sus admiradores contemporáneos se debió a que su ignorancia estaba a la par con la suya.

De todos modos, desde 1650 en adelante, Kircher publicó varios volúmenes de sus fantásticos despropósitos, lo cual le granjeó la reputación de ser un egiptólogo de sobresaliente mérito, ilusión que persistió todavía largo tiempo después de su muerte, ocurrida en 1680.

Las erróneas interpretaciones de Kircher, si no sirvieron para nada positivo, por lo menos ayudaron a plantear la cuestión del problema de los jeroglíficos ante el mundo de la ciencia, y en el transcurso del siglo XVIII una larga sucesión de sabios e investigadores -A. Gordon, N. Freret, P. A. L. D'Origny, J. D. Marsham, C. de Gebelin, J. H. Schumacher, J. G. Koch, T. Ch. Tychsen y P. E. Jablonsky entre ellos- abordaron el problema y, llenos de esperanza, publicaron los resultados de sus esfuerzos y trabajos, los cuales, sin excepción, están desprovistos de base científica y resultan inútiles. Por una ironía, la predilección de estos nuevos investigadores por aquellas interpretaciones equívocas fue, precisamente, lo que les impidió realizar una traducción comparativamente correcta de la escritura jeroglífica hallada en el denominado obelisco de Flaminio, hasta el extremo de haber sido rechazada una interpretación autorizada, como indigna de merecer seria consideración.

Este obelisco, que tiene una altura de 2,65 metros y pesa unas 230 toneladas, fue erigido originariamente por el faraón Seti I (1300 a. C.) en Heliópolis. Octavio Augusto lo hizo transportar a Roma, en donde fue levantado en el año 10 a. C. en el Circo Maximus, en conmemoración de la conquista de Egipto. Con el transcurso del tiempo el obelisco cayó y quedó oculto bajo los fragmentos de las ruinas que lo rodeaban, hasta que fue descubierto de nuevo y puesto en pie bajo las órdenes del Papa Sixto V (Felice Peretti), en las últimas décadas del siglo XVI. Las inscripciones grabadas sobre el obelisco habían sido traducidas muchos siglos antes por un sacerdote egipcio denominado Hermapion. Una reproducción de dicha traducción había sido preservada para la incrédula posteridad por un historiador del siglo IV, Amiano Marcelino, quien la repitió en su totalidad. Pero mientras que, de acuerdo con Hermapion, el signo de rama y el de abeja significan «rey» (n-sw-bit), «el que pertenece al junco y a la abeja» (es decir, el príncipe del Alto y del Bajo Egipto), Kircher tradujo estos símbolos como «trampa para moscas».

De todos modos, aquella general ignorancia no estuvo totalmente desprovista de débiles rayos de luz. El orientalista De Guignes, si bien estaba de acuerdo con la teoría de que los chinos eran colonos egipcios, también manifestó la opinión de que los símbolos jeroglíficos eran determinativos análogos a las claves o radicales chinos. Y el terrible obispo William Warburton, en su Divine legation of Moses (Londres, 1731-1741), demostró, por medio de una serie de citas de escritores de la Antigüedad, que, contrariamente a la tesis de Kircher y su escuela, los jeroglíficos no siempre habían sido utilizados con fines exclusivamente religiosos. Pero la idea que más tarde se comprobó tenía un valor positivo fue la que hacía referencia a los anillos ovalados, o cartuchos, que aparecían frecuentemente en las inscripciones.

Actualmente sabemos que estos anillos eran la representación de un lazo formado por un doble cabo de cuerda, cuyos extremos estaban anudados de tal modo que parecían formar una sola línea. El área así determinada, que originariamente fue circular, asumió con el tiempo la forma oval; este gradual proceso de elongación fue motivado, sin duda, por un aumento en el número de signos jeroglíficos que era necesario acomodar en su interior. Significativamente, la palabra que usaban los egipcios para denominar tales cartuchos se derivaba del verbo «rodear» y se ha sugerido que su utilización fue introducida para que los príncipes pudiesen ser representados -en los términos de una frase faraónica familiar- como el monarca indiscutible de todo «lo que es circundado por el sol».

Sea cual fuere su origen, desde luego representaba una característica de la escritura jeroglífica que llamaba poderosamente la atención, y, al menos para algunos estudiosos del siglo XVIII, parecía razonable suponer que el propósito del recinto ovalado era dirigir la atención hacia algún ítem importante de la inscripción. Esta idea se les ocurrió sucesivamente a J. J. Barthélemy, a De Guignes y a G. Zoega, quienes conjeturaron que el contenido del cartucho podía ser alguna fórmula sagrada o un nombre real. A su debido tiempo, los hechos confirmarían la exactitud de este razonamiento, pero no antes de que el dogmático Kircher proclamase ante el mundo que su contenido significaba que «los favores del divino Osiris deben ser obtenidos por medio de ceremonias sagradas y del sometimiento de los genios, para que así puedan ser conseguidos los beneficios del Nilo».

A fines del siglo XVIII, la posibilidad de lograr una auténtica comprensión de los jeroglíficos parecía tan lejana como siempre. Pero, en tal coyuntura, Napoleón Bonaparte, persuadido de la imposibilidad de realizar la invasión directa de Inglaterra, decidió atacar las posesiones de este país en la India, pasando por Egipto, territorio que en aquel entonces era dominio turco. Llegó a Egipto Napoleón y temporalmente lo conquistó en julio de 1798. En agosto del siguiente año, un grupo de soldados franceses que se dedicaba a realizar excavaciones en las ruinas del Fuerte Rashid -que había sido rebautizado como San Julián por los invasores franceses- en las cercanías de Rosetta, en la desembocadura del Nilo, tuvo la suerte de desenterrar una losa de basalto negro, una de cuyas caras estaba cubierta por tres franjas de una escritura desconocida. Inmediatamente se comprobó que dos de las tres inscripciones eran ilegibles, pero que la tercera versión estaba escrita en griego.

III

La losa medía unos 81 centímetros de largo por 77 centímetros de ancho y 28 centímetros de espesor, y, a pesar de su mal estado de conservación, la importancia del hallazgo fue inmediatamente apreciada. De los tres textos, las 14 líneas de la escritura jeroglífica se hallaban en la parte superior, si bien cada línea había perdido el principio y el final y parecía faltar una gran parte; la versión central, escrita en una escritura similar a la que se veía sobre muchos papiros, contenía 32 líneas, cerca de la mitad de las cuales estaban incompletas; en la parte inferior aparecían las unciales griegas, y 26 líneas de las 54 que la componían tenían los finales mutilados.

Reproducciones de la inscripción fueron enviadas a París rápidamente como obsequio a los investigadores europeos; pero, antes de que la Piedra Rosetta (como fue denominada) pudiese ser transportada a Francia, la intervención británica en Egipto produjo el colapso de la campaña napoleónica, y el botín bilingüe cayó en poder de Inglaterra. Llegó a Deptford en 1802, permaneció durante un tiempo en el domicilio de la «Society for Antiquaries» y luego, por cortesía del rey Jorge III, fue transferida al Museo Británico, en donde permanece todavía en la actualidad.

El texto griego, que fue traducido inmediatamente, se refiere al permiso concedido por el faraón Ptolomeo V Epífanes para una reunión de sacerdotes que tuvo lugar en Memfis en el año 196 a. C., y entre otras cosas manifiesta que se había decretado que debían ser erigidas copias de la proclamación en todos los templos de Egipto de primera, segunda y tercera clases. Es bastante dudoso que esta penosa tarea fuese llevada a cabo en su totalidad, pero es interesante poner de relieve que más tarde fueron halladas otras copias de este edicto, una de las cuales, que consta de 31 líneas de texto jeroglífico, fue descubierta en Nubayrah, cerca de Damanhur, en el Bajo Egipto, en 1880.

Partiendo de la información proporcionada por la versión griega de la Piedra Rosetta, varios puntos parecían claros. En primer lugar era evidente que los tres textos eran sustancialmente el mismo y que la versión griega del edicto se repetía en la «escritura de la lengua de los dioses» y en «la escritura de los libros» -es decir, en caracteres jeroglíficos y en demóticos-, y de esto se deducía que, no sólo la escritura jeroglífica continuaba siendo utilizada y comprendida en el tiempo de los Ptolomeos, sino también que no podía seguir considerándose que había servido exclusivamente para fines religiosos.

Los primeros intentos para descifrar las inscripciones se concentraron sobre el texto demótico, cuyos signos cursivos eran considerados alfabéticos y en realidad no eran muy distintos de los arábigos. Además, esta parte de la inscripción presentaba otra ventaja: la de estar relativamente completa.

En 1802, el orientalista Sylvestre De Sacy, con la ayuda del texto griego, logró reconocer varios nombres, entre los cuales se hallaba el de Ptolomeo; pero, incluso habiendo logrado obtener varios grupos de signos por este medio de identificación, no consiguió establecer un alfabeto y finalmente declaró que el problema era insoluble, manifestando que siempre sería tan «inalcanzable como la Santa Arca de la Alianza».

El defraudado De Sacy pasó el problema al diplomático sueco J. D. Akerblad, quien en aquella época se dedicaba al estudio de lenguas en París. Akerblad, hombre de considerables méritos, prosiguió la tarea desde el mismo punto en el que la había dejado su predecesor y, mediante una razonada comparación con los dos textos, consiguió identificar en la versión demótica todos los nombres propios que aparecían en la versión griega, junto con unas pocas palabras más, todo lo cual comprobó estaba escrito alfabéticamente. Este éxito inicial le convenció de que era correcta la suposición de que la escritura demótica era alfabética en su totalidad, conclusión errónea que entorpecería el resultado de posteriores investigaciones.

A partir de este momento y durante más de una década, los esfuerzos positivos fueron casi enteramente sustituidos por inútiles especulaciones de los teóricos. Las más absurdas eran, sin duda, las del conde N. G. de Palin, quien sostenía que, basándose en los trabajos realizados para traducir los Salmos de David al chino, podría descifrarse el contenido de los papiros egipcios. En cuanto a la escritura de la Piedra Rosetta, proclamaba que había comprendido su significado a la primera ojeada, y al hacer públicos los resultados de su luminosa interpretación aseguró a su auditorio que la enorme rapidez de su método le había «preservado de los sistemáticos errores que surgían a causa de un estudio excesivo».

Por otra parte, el abate Tandeau de St. Nicolás estaba convencido de que los jeroglíficos eran un simple artificio decorativo y no un sistema de escritura; opinión que no fue compartida por un ingenioso investigador de Dresde, quien consiguió leer el mismo texto griego en una fragmentaria copia jeroglífica. Y, en 1806, el orientalista Barón von Hammer-Purgstall, que en otros aspectos demostró ser un valioso investigador, se tomó el trabajo de realizar una traducción de «Ancient Alphabets», obra que contenía una supuesta explicación de los jeroglíficos escrita por un mixtificador árabe que se hacía llamar Alimed Bin Abuker Wahsih. Mucho después de 1821, cuando la verdad comenzaba al fin a preponderar sobre la falsedad y el error, se anunció solemnemente que la lectura de las inscripciones del obelisco de Pamfilia había descubierto detalles de una victoria de los justos sobre los pecadores en el año 4000 a. C.

Entre tanto, el problema había atraído la atención de un personaje importante, el erudito de Cambridge Dr. Thomas Young, ya famoso por su tesis acerca de la teoría ondulatoria de la luz. Young había nacido en Milverston, Somerset, en 1773; y, según se decía, leía corrientemente cuando sólo tenía 2 años de edad y ya conocía una docena de lenguas, entre ellas el árabe, el etíope, el persa y el turco, antes de haber llegado a los veinte. En 1798 tuvo la suerte de recibir un espléndido legado de un tío, que le hizo económicamente independiente, con lo que pudo proseguir sus muchos y variados estudios, que incluían -como demuestran sus obras publicadas- desde las costumbres de las arañas y la atmósfera de la Luna a las curvas epicicloides, la teoría de las mareas, las enfermedades del pecho y los jeroglíficos.

Tuvo noticia de la Piedra Rosetta, y de los problemas con ella asociados, en 1814, cuando su amigo Sir W. E. Rouse Boughton le envió un papiro egipcio escrito en caracteres cursivos, que había sido encontrado en el sarcófago de una momia en Tebas. Young, provisto de una copia del decreto de Memfis, y con el relato de los esfuerzos de Akerblad por descifrarlo, fue a Worthing y empezó a estudiar el problema. Su primer paso consistió en cortar su copia de las tres versiones del Decreto en varios pedazos y pegar las 32 líneas del texto demótico en hojas de papel. Luego, teniendo en cuenta que la escritura egipcia, como ya se sabía, debía ser leída de derecha a izquierda, repartió cada grupo de signos en partes proporcionales a las palabras griegas que él consideraba podían ser sus equivalentes. Intentó repetir el proceso con la parte jeroglífica, pero tropezó con la enorme dificultad que presentaba el que fuese incompleta y no se supiese cuánto faltaba exactamente.

Como hicieron Akerblad y De Sacy antes que él, Young se guiaba por la existencia de palabras idénticas o similares en la versión griega; por ejemplo, las líneas cuatro y diecisiete contenían los nombres de Alejandro y Alejandría y éstos parecían estar representados por dos grupos de signos que se parecían enormemente a los de la segunda y décima líneas de la parte demótica. Por otra parte, la palabra «rey» aparecía en el texto griego unas 37 veces; por lo tanto, podía equipararse tan sólo con un grupo de caracteres demóticos que estuviesen repetidos unas 30 veces. De modo semejante había 11 menciones del nombre Ptolomeo, y su equivalente egipcio no podía ser más que un grupo muy particular de caracteres que aparecían 14 veces, aunque bajo más de una forma, así (leyendo de derecha a izquierda):

De aquí se desprendía que en la escritura demótica, aunque el cartucho no había desaparecido enteramente, quedaba tan abreviado y reformado, que era representado tan sólo por sus extremos [véase dibujo en página siguiente].

Disponiendo numerosos puntos de subdivisión, de tal modo que todas las partes demóticas se acomodasen lo más posible a los fragmentos correspondientes del texto griego, Young consiguió compilar un vocabulario griego-demótico que contenía 86 grupos, la mayor parte de ellos correctos, y más tarde, en 1814, intentó leer una traducción completa del texto central ante la Society of Antiquaries.

Este esfuerzo, sin embargo, estaba basado en gran parte en conjeturas, puesto que su autor difícilmente podía saber que la parte demótica contenía pasajes para los que no había equivalencia en griego. Tampoco es probable que Young advirtiese que el Decreto en su origen había sido redactado en griego y que las versiones egipcias eran meras paráfrasis, si bien el hecho de que los nombres propios no aparecían el mismo número de veces en los textos griego y demótico debía haberle sugerido que no podía tratarse de una versión literal. Del modo como se desarrollaron los acontecimientos, transcurrieron 36 años antes de que H. K. Brugsch pudiera demostrar que había logrado descubrir la verdadera esencia de la interpretación demótica, y hasta 1880 -época en la que los jeroglíficos estaban ya virtualmente descifrados- no publicó E. Revillout su Crestomathie démotique, obra en la que el texto íntegro era sometido a un análisis palabra por palabra, acompañado de su traducción griega y de su equivalente en francés.

Entre tanto, durante los dos años siguientes, Young se dedicó cada vez más al problema que planteaban los jeroglíficos, y finalmente se le ocurrió que, en un país en el que se utilizaba una escritura pictográfica, los escribas nativos, cuando necesitaban escribir el nombre poco familiar de algún conquistador extranjero, debían recurrir a los valores fonéticos de algunos de los caracteres, prescindiendo de cualquier significado ideográfico que pudiese adjudicársele. En otras palabras, si -según parecía casi seguro- los nombres de los reyes egipcios se distinguían por estar enmarcados en el óvalo real, y si el nombre «Ptolomeo» podía ser identificado en su forma jeroglífica sobre la Piedra Rosetta, sería posible descubrir los valores fonéticos de los signos en cuestión.

Que los jeroglíficos podían tener valores alfabéticos había sido ya conjeturado por varios investigadores, pero cupo a Young el honor de ser el primero que pudo demostrarlo en algunos casos concretos.

Sucedía que el nombre Ptolomeo era el único que aparecía íntegro en la dañada parte superior de la piedra, aunque en aquel tiempo no había modo de conocer esta circunstancia. Como el mismo Young explicó más tarde, experimentó grandes dificultades para identificar con este nombre algún grupo de jeroglíficos, puesto que no sólo variaban en distintos puntos de la inscripción, sino que, de modo totalmente inesperado, aparecían en lugares en donde no había ninguna palabra correspondiente en el texto griego.

En la sexta línea del texto jeroglífico, los símbolos siguientes aparecían encerrados en un cartucho (nos ha parecido más conveniente, tanto en éste como en los demás ejemplos, que la dirección de la escritura fuese invertida, para que pudiese leerse de izquierda a derecha):

Además, en la misma línea y otra vez en la línea 14 se repite este mismo grupo de signos, pero con algunas adiciones:

Aquí, como ya había notado Young, el nombre de Ptolomeo presentaba asimismo variaciones en el texto demótico, y la versión griega mostraba que el nombre estaba indicado en una forma más larga, porque el nombre estaba acompañado por títulos. De acuerdo con ello dedicó su atención al más corto de los dos cartuchos, transcribiendo así su contenido:

Esta equiparación del griego PTOLEMAIOS con su equivalente egipcio era el primer éxito prometedor logrado en el descifrado de una inscripción jeroglífica. Pero Young no advirtió la práctica egipcia de omitir las vocales, y esto le indujo a error. Se equivocó al considerar que el tercer signo no era esencial -durante los últimos tiempos en que estuvo en uso la escritura jeroglífica este signo fue utilizado en realidad con un significado secundario para expresar la vocal O-, el cuarto signo debía haber sido L y el último simplemente S, expresando PTOLMIS, esto es, PTOL(E)M(A)I(O)S. Pero, incluso a pesar de este error, Young consiguió reconocer el nombre Ptolomeo I Sóter en el texto del templo de Karnak y dedujo correctamente que el cartucho que acompañaba al de este faraón debía referirse a su esposa Berenice; pero en la interpretación de este nombre fue menos afortunado. Quiso la suerte que el único símbolo que fuese común a ambos nombres le indujese a error y, aparte de la lectura equivocada de B como BIR, lo único que logró fue la identificación de la letra N. Así, de un total de 13 signos entre los dos cartuchos, consiguió leer seis correctamente, tres parcialmente y cuatro mal. Pero, naturalmente, él desconocía esta circunstancia, y estos errores iniciales, aunque no particularmente graves en sí mismos, inevitablemente le llevaron a cometer mayores faltas, cuando intentó aplicar su rudimentario alfabeto a los contenidos de otros cartuchos; con el resultado de que se ingenió de tal modo que leyó ARSIONE en donde decía AUTOCRATOR y EVÉRGETES en donde decía CÉSAR.

A pesar de todo, fueron los hallazgos de Young, como él mismo indicaba en una colaboración especial a la edición de 1819 de la Enciclopedia Británica, los que señalaron el camino que debía seguirse para el correcto descifrado de los jeroglíficos. No sólo confirmó que los cartuchos contenían nombres reales y demostró que éstos comenzaban en el extremo redondeado del óvalo, sino que también halló la equivalencia de varias formas de la escritura egipcia, estableció que la escritura debía leerse en la dirección a la que los caracteres se enfrentaban y demostró el importante hecho de su naturaleza casi alfabética. También se dio cuenta de que los numerales estaban expresados por medio de rayas, que los plurales se formaban, o bien repitiendo el jeroglífico apropiado tres veces, o bien trazando tres rayas al final de la palabra, y que caracteres distintos podían representar en ocasiones idénticos sonidos (principios de homofonía), mientras que otros -como los dos símbolos utilizados en los textos tardíos como indicación del femenino- podían ser empleados como determinativos.

Planteado el problema de esta forma, Young abandonó la empresa, contentándose con advertir que una aplicación sistemática de sus métodos conduciría al descubrimiento de los restantes signos del alfabeto. Si realmente era ésta su opinión, se hace difícil comprender por qué no prosiguió las investigaciones, a menos que se diese cuenta de que en adelante ya no haría ningún progreso. De todos modos, el éxito que podía haber sido suyo fue pronto logrado por otro investigador, siendo por ello universalmente aclamado.

IV

Jean-Frangois Champollion, llamado el Joven para distinguirle de su hermano mayor, Jean-Jacques, nació en 1790 en Figeac, en el departamento del Lot (Francia); cuando tenía 12 años de edad daba ya muestras de un interés fuera de lo corriente por las lenguas orientales. Su hermano se lo llevó a Grenoble en 1801, donde conoció al famoso matemático Jean-Baptiste Fourier, uno de los miembros de la malhadada expedición científica de Napoleón a Egipto. Fourier invitó al muchacho a visitar su casa y le mostró su colección de antigüedades egipcias. Los ejemplares de escritura antigua fascinaron al joven visitante, y al saber que aquella escritura no podía ser leída, ni comprendida, se dice que Champollion se hizo el temprano propósito de dedicar su vida a la tarea de descifrarla.

Para lograr este fin, intensificó sus estudios lingüísticos e históricos y finalmente acompañó a su hermano a París, y allí, siendo discípulo de De Sacy, llegó a familiarizarse con las inscripciones de la Piedra Rosetta. En 1809, a la edad de 18 años, obtuvo el nombramiento de profesor de Historia del Liceo de Grenoble, pero poco después fue proscrito a causa de sus tendencias bonapartistas. Dejó Grenoble, pero pudo volver a esta ciudad en 1817, ejerciendo como bibliotecario en el local de la Academia de Ciencias, hasta que, enfrentado una vez más con una acusación de traición, huyó a París y buscó refugio junto a su hermano.

A través de estos años borrascosos, el interés de Champollion por Egipto y sus misteriosas escrituras nunca decayó. Aunque sabía que Barthélemy, Zoega y otros se inclinaban por la teoría de que las escrituras antiguas eran alfabéticas, él no podía aceptar este punto de vista. Aún en 1821, cuando publicó su obra De l'écriture Hiératique des Anciens Égyptiens, aunque demostraba que la escritura hierática era una mera modificación de la jeroglífica, también declaraba que en su opinión sus caracteres representaban cosas, no sonidos. En el siguiente año, en cambio, no sólo abandonó completamente su primitiva posición, sino que presentó a los miembros de la «Académie des Inscriptions et Belles-Letres» una tabla de signos fonéticos y leyó al Secretario Permanente de la Academia un informe que se hizo famoso, en el que enunciaba la naturaleza alfabética del contenido de los cartuchos y demostraba su habilidad para descifrarlos.

¿Cómo se produjo esta volte face? Resulta difícil contestar a esta pregunta, a causa de lo que muchos críticos de Champollion consideran su absoluta falta de confianza en la ayuda que podía hallar en el trabajo de otros investigadores. Desde luego, dañó grandemente su reputación -y de modo totalmente innecesario-el hecho de negarse a admitir que hubiese tomado jamás en consideración dato alguno de cualquier otro investigador. Pero, sin embargo, parece obvia la conclusión de que esta súbita conversión al «foneticismo» le había sido sugerida por una tardía lectura de la contribución de Young a la Enciclopedia Británica. Es posible que no sea ésta la respuesta correcta a la pregunta, ya que el mismo Champollion se esforzó más tarde en negar que su método estuviese inspirado en los hallazgos de su colega británico.

No existe, desde luego, la menor duda de que el investigador francés conocía desde hacía largo tiempo las dos versiones del nombre de Ptolomeo, en las escrituras demótica y jeroglífica, y es de presumir que, desesperando de hallar una solución puramente ideográfica, decidiese finalmente proceder como si los signos, después de todo, pudiesen ser fonéticos. Sea ello lo que fuere, la palabra Ptolomeo sola no era bastante; para comprobar la veracidad del hallazgo era preciso realizar la identificación de un segundo nombre que contuviese alguno de los signos de la palabra Ptolomeo, a fin de que un cotejo entre ambos pudiese demostrar si se habían usado o no caracteres similares para expresar los mismos sonidos. Pero para realizar este cotejo la versión jeroglífica de la Piedra Rosetta no ofrecía ayuda alguna; ahora bien, por aquellas fechas, según aseguran sus biógrafos, Champollion consiguió realizar un estudio del papiro Casad. Este documento estaba escrito en caracteres demóticos, y, al transcribirlo en jeroglíficos, encontró un nombre que, por varias razones, creyó pudiese ser el de Cleopatra. La veracidad de tal suposición fue pronto confirmada gracias al obelisco de Filé. La historia de este monumento empieza con el linaje de Ptolomeo V Epífanes, con la hija y los dos hijos que le dio su esposa, Cleopatra I. Dos de estos tres hijos le sucedieron en el trono: Ptolomeo VI Filométor y Cleopatra II. Habiendo muerto en una batalla Ptolomeo VI, Cleopatra le sustituyó por su otro hermano Ptolomeo VIII Evérgetes II, llamado Fiscón (el barrigudo). Cualquier afecto que el nuevo faraón hubiese podido sentir por los hijos de su difunto hermano se vio ensombrecido por su obsesión acerca de la presión que aquéllos pudiesen ejercer sobre la sucesión, y solventó el problema deshaciéndose de su joven sobrino Ptolomeo VII y tomando como segunda esposa a su sobrina Cleopatra III. Así, Cleopatra II se encontró en la poco envidiable situación de ser la esposa del asesino de su hijo y heredero y de tener que compartir su marido con su propia hija (Cleopatra III).

El reinado conjunto comenzó en el año 193 a. C. y fue a este triunvirato, «el rey Ptolomeo, la reina Cleopatra la hermana y la reina Cleopatra la esposa, dioses Evérgetai», al que los sacerdotes del templo de Isis, de la isla de Filé, tuvieron ocasión de dirigir una petición solicitando que se les librase de la inoportuna asiduidad de un ejército de oficiales del Estado y de sus seguidores, que iban en interminable procesión a Filé solicitando comida y alojamiento a expensas de los fondos del templo, ya seriamente mermados. A esta solicitud siguió la promulgación de un decreto real dando a conocer a los interesados que debían acabar las molestias, y para que la prohibición pudiese ser vista por los visitantes de la isla, los agradecidos sacerdotes erigieron un obelisco -se supone que existieron dos- en la entrada del templo; dicho obelisco estaba debidamente grabado en jeroglíficos y en griego.

En 1815, unos 2.000 años más tarde, fueron hallados en Filé una columna caída y su base, y W. J. Bankes, su descubridor, los envió a Alejandría, y desde allí fueron embarcados con destino a su casa en Kingston Lacy, en Dorset (Inglaterra), en donde erigieron de nuevo el obelisco. Gracias a la versión griega, se dedujo que en la parte en jeroglíficos debían estar mencionados los nombres de Ptolomeo y Cleopatra, deducción que fue en parte confirmada cuando se descubrió que uno de los cartuchos era casi idéntico al segundo óvalo de la Piedra Rosetta, que ya estaba reconocido, como referente a Ptolomeo: Bankes llegó a la conclusión acertada de que el cartucho que se emparejaba con aquél debía contener el nombre de Cleopatra, e hizo sacar copias de la parte de la inscripción en la que estaba inscrito el nombre de la reina, las cuales fueron profusamente distribuidas en beneficio de los investigadores interesados. De modo curioso, aunque Young fue uno de los primeros que recibieron la copia, nada hizo. Como más tarde explicó en An Account of Some Recent Discoveries, in Hieroglyphic Literature and Aegyptian Antiquities including the Author's Original Alphabet as Extended by Mr. Champollion (Londres 1823), en la litografía que le envió Mr. Bankes, el artista inadvertidamente expresó la primera letra del nombre de la reina con una T en lugar de una K, circunstancia que, aunque bastante trivial en sí misma, fue suficiente para hacer desistir a Young de proseguir con el asunto. Entre tanto, una copia de ese documento había sido ya enviada a J. A. Letronne, por medio del cual, en enero de 1822, fue transmitida a Champollion...

Las formas griegas de los nombres Ptolomeo y Cleopatra tienen varias letras comunes y la prueba crucial, que Champollion procedió a aplicar, estaba determinada por el deseo de demostrar si se observaban o no correspondencias en la versión egipcia de ambos nombres. Fue necesario hacer las debidas concesiones a la omisión por lo menos de algunas vocales, tanto más cuanto que las diez letras griegas de PTOLEMAIOS eran expresadas con sólo siete jeroglíficos, mientras que, de modo incongruente, el nombre de Cleopatra estaba representado por el mismo número de letras y signos, si se dejaba aparte el sufijo determinativo del femenino y su correspondiente huevo-símbolo. Así, pues, hizo una tentativa de comparación a lo largo de las siguientes líneas:

 y, como enseguida se comprobó, tres de los signos pertenecientes a Ptolomeo, los signos 1.°, 3.° y 4.°, se encontraron en sus lugares correspondientes en Cleopatra: 5.°, 4.° y 2.°, respectivamente. Además, la primera A de Cleopatra -signo 6.°- estaba , debidamente repetida al final del nombre -signo 9. °-, aunque, y correctamente, ni este signo ni los que representaban las letras K, E y R aparecían en Ptolomeo. Por otra parte, y no menos correctamente, los jeroglíficos M, I y S de Ptolomeo no se hallaban en Cleopatra. La única nota discordante era la introducción de la letra T, que en Ptolomeo -2.° signo- difería del de Cleopatra -7.° signo-, fenómeno que justificadamente fue considerado como un caso de homofonía.

Es fácil imaginar cuál sería la excitación de Champollion ante tal descubrimiento. No quedaba ya la menor duda de que los nombres griegos estaban expresados fonéticamente en los jeroglíficos. Además, ahora conocía los valores de una docena de signos, con ayuda de los cuales podría descubrir otros, tarea a la que se dedicó inmediatamente. Empezó con el contenido del cartucho siguiente:

De estos nueve signos conocía ya los numerados como 1, 2, 4, 5, 7 y 8, lo cual daba

1

2

3

4

5

6

7

8

9

A

L

 

S

E

 

T

R

 

Había un solo nombre griego que pudiese ser identificado con esta particular disposición de letras: A L K S E N T R S (Alejandro), y así pudo añadir a la lista tres signos más.

En cuestión de pocas semanas, Champollion descifró ochenta y tantos cartuchos, y consiguió leer uno tras otro los nombres de los príncipes griegos y romanos que habían dirigido los destinos de Egipto desde los tiempos de Alejandro Magno. Dilucidó también los nombres adoptados por estos monarcas, por ejemplo: Autocrátor y César, y, como estos títulos tendían a asumir formas distintas (el nombre César se encontraba deletreado en jeroglíficos en media docena de formas distintas), ayudaron enormemente en el acrecentamiento de la lista de signos, los cuales pronto pasaron de cien.

Por este tiempo era ya evidente que el problema, en cuanto a lo que concernía al período grecorromano, había sido resuelto, pero ¿qué sucedería con la escritura egipcia pre-alejandrina? Young ya había sospechado que los jeroglíficos fonéticos eran esencialmente una innovación de la época griega; sin embargo, hasta el 14 de noviembre de 1822 Champollion no pudo conseguir una prueba decisiva. En este día memorable recibió por medio del arquitecto Jean-Nicolas Huyot varias impresiones de bajorrelieves descubiertos en un templo egipcio, que eran indiscutiblemente anteriores al período griego. Entre este material había varios cartuchos, y uno de ellos, que contenía signos con los que estaba familiarizado, atrajo la atención de Champollion:

Enseguida advirtió que el carácter de la izquierda, formado por dos signos idénticos, era una doble forma de la letra S de Ptolomeo. El signo del centro era desconocido, pero estaba precedido por un emblema que representaba el sol -en copto RA o RE-. Así, pues, el nombre aparecía bajo la forma RA?SS, notación que inmediatamente trajo a su mente una famosa figura de la historia de Egipto, mencionada en la obra de Manetón, y que también aparecía en el Éxodo: Rameses o Ramesses. Además, con la ayuda de la inscripción de la Piedra Rosetta, Champollion

pudo asociar el signo central desconocido con la palabra griega para el natalicio, y, a partir de aquí, identificó esto con la forma copta «ser nacido» (ms) o «niño» (mas) y así obtuvo una posible explicación del significado del nombre Ramasses, que parecía dar a entender que «Ra le engendró» o que el monarca era «hijo de Ra». La probabilidad de que esta interpretación fuese correcta se robusteció al descifrar un segundo cartucho que contenía los signos siguientes:

En este caso, los dos caracteres hallados en el primer cartucho, identificados como MES, estaban acompañados por la figura de un ibis, que según los autores griegos era el símbolo del dios Toth; de donde el nombre debía leerse TOTHMSS, lo cual era una indudable referencia al faraón de la 18.a dinastía Tutmosis, es decir, «Hijo de Toth», también mencionado por Manetón.

A partir de este momento, Champollion comprendió claramente que los jeroglíficos no eran exclusivamente fonéticos, ni enteramente simbólicos, sino una combinación de ambos valores. Sin embargo, cuando una quincena mas tarde leyó ante la Academia su Lettre á M. Dacier relative a l'alphabet des hiéroglyphes phonétiques, no hizo referencia alguna a su último y más importante descubrimiento, el cual fue notificado al mundo en su magistral Précis du Systéme Hiéroglyphique (París, 1824), en donde anunció que la modalidad de escritura empleada por los antiguos egipcios constituía un complejo sistema que era a la vez «figurativo, simbólico y fonético en un mismo texto, en la misma frase e incluso en una misma palabra».

Desde 1824 hasta su muerte, ocurrida ocho años más tarde, 'Champollion trabajó incesantemente en el incremento de su comprensión de los jeroglíficos, primero visitando Turín y otras ciudades europeas, para estudiar en ellas diversas colecciones de papiros, y más tarde yendo a Egipto a petición del Gobierno francés. Pasó dos años en Egipto copiando inscripciones y a su regreso comenzó, pero no pudo completarla, la inmensa tarea de examinar y estudiar todo el material que había reunido. Se hallaba en pleno trabajo, cuando súbitamente enfermó y murió. Después de su muerte, su hermano prosiguió sus trabajos y a su debido tiempo aparecieron sus obras póstumas: Grammaire Égyptienne (París, 1836-1841) y Dictionnaire Égyptien (París, 1843).

El mérito de los descubrimientos de Champollion no fue debidamente apreciado durante su corta vida, y no se les dio el valor que merecían hasta mucho después de su muerte. Tan pronto como publicó su Piécis du Systéme Hiéroglyphique, F. A. W. Spohn creyó conveniente proclamar su convencimiento de que los jeroglíficos eran símbolos sagrados; este concepto equivocado fue sustentado asimismo por G. Seyfarth, mientras que J. Klaproth, que nunca fue amigo de Champollion, siguió atacando su memoria, después de su muerte. Y todavía en 1860 C. Simónides rechazaba como fantástica y absurda cualquier sugerencia de que los jeroglíficos encerrados en los cartuchos fuesen fonéticos, proclamando que, en realidad, representaban apotegmas de reyes, y en apoyo de su teoría dedujo una expresión de un óvalo real que decía: «El poder de la verdad es sempiterno».

Pero, si bien es verdad que Champollion tuvo grandes rivales y detractores, también tuvo apasionados amigos y defensores. Además, sus ideas tenían el gran mérito de ser en su mayor parte correctas, mientras que las de sus oponentes, en su inmensa mayoría, eran erróneas; así, pues, había de llegar, forzosamente, el día del triunfo de Champollion y sus seguidores.

Siguiendo el camino señalado por el libro de H. Rosellini Monumenti d'Egitto e della Nubia (Pisa, 1832), el eminente Richard Lepsius acometió una detallada valoración de la situación, tal como se hallaba en aquel momento. El resultado fue la publicación de su Lettre a M. le professeur Rosellini (Roma 1837), en la que sometía la obra de Champollion a un penetrante análisis y juzgaba que era fundamentalmente cierta.

Más tarde proporcionó apoyo a este asentimiento un equipo de sabios alemanes -del que casualmente formaba parte el mismo Lepsius- que en 1866 desenterró en las cercanías de Tanis una losa de piedra caliza con una inscripción bilingüe del Decreto de Canopo. La parte superior de la cara de la estela tenía grabadas 37 líneas de jeroglíficos y en la mitad inferior había 76 líneas de unciales griegas -la versión demótica estaba relegada al borde de la derecha-; este material adicional confirmó con abundancia de pruebas lo que ya se había supuesto acerca de la lengua y la escritura de los antiguos egipcios.

El Decreto, como ya se ha dicho, anunciaba la concesión de determinados honores a Ptolomeo III Evérgetes I por el agradecido sacerdocio. También revelaba que, 250 años a. C., el año egipcio de 365 días presentaba señales de un cierto retraso en las estaciones; para solventar este defecto se proponía enmendarlo mediante la adición de un día cada cuatro años. Quince años más tarde, G. Mayspero halló otra piedra en la que se había inscrito un duplicado de esta triple versión.

Por esta época, el conocimiento de los jeroglíficos había alcanzado ya rutas más científicas, gracias a los estudios gramaticales de Ludwig Stern y Adolf Erman, y siguió una sucesión de otras importantes obras, entre las cuales se hallan las de K. Sethe, W. Spiegelberg, Sir H. Thompson, H. Grapow y S. de Buck.

V

En el transcurso de más de cuatro mil años, la lengua egipcia experimentó inevitablemente considerables cambios. Los varios estadios lingüísticos atravesados han sido clasificados, bastante toscamente, como antiguo, medio y nuevo egipcio, demótico y copto. El antiguo egipcio fue absorbido de modo casi imperceptible por el medio, hacia fines de la novena dinastía, y el medio, con ligeras modificaciones, siguió siendo utilizado con fines literarios hasta los tiempos grecorromanos. El egipcio moderno, entre tanto, según está representado en la correspondencia de negocios y en las cartas particulares, quedó establecido como la lengua vernácula de las dinastías 18.a a 24.a, mientras que el término «demótico» queda reservado al lenguaje usado en los documentos escritos, con la escritura de este mismo nombre, desde la dinastía 25.a en adelante; el copto, la lengua egipcia en su forma final, se puede decir que data del siglo III después de C.

Necesariamente estos cambios quedaron reflejados en la escritura, cuya edad clásica es la del egipcio medio. La tercera y más reciente edición de la monumental Egyptian Grammar (Londres, 1957) de Sir A. H. Gardiner, que se refiere a este período, enumera unos 700 jeroglíficos y sus significados, bajo más de una veintena de epígrafes descriptivos, que abarcan desde las «partes del cuerpo humano» (63 signos), «el hombre y sus ocupaciones» (55 signos), «pájaros» (5 signos), «partes de los mamíferos» (52 signos) hasta «escritura», «juegos», «música» (8 signos cada uno). Así pues, es evidente que, aunque los antiguos egipcios profesaban la creencia de que el arte de la escritura fue un legado que les había sido concedido por el dios Toth, el dios de la sabiduría y del conocimiento, fueron más bien asuntos terrestres que etéreos los que inspiraron los dibujos de los jeroglíficos. La mayoría de los signos han sido actualmente identificados y aquellos dibujos a los que Young aludía vagamente como «un rectángulo» «un semicírculo», «una figura que parece una pluma» o «una línea no muy distinta a un cayado» han sido identificados como representaciones de un taburete, una hogaza de pan, la floración de un junco o una tela con pliegues.

La escritura está representada invariablemente con fines decorativos, y aparece de dos maneras, bien en columnas verticales, bien en líneas horizontales, y por regla general se lee de derecha a izquierda, aunque en ocasiones puede discurrir de izquierda a derecha. Así, por ejemplo, sobre los sarcófagos, las plegarias por los difuntos aparecen frecuentemente como una banda de escritura jeroglífica que discurre separadamente en dos direcciones, empezando en el casquete de la cabeza y uniéndose en el pie, de tal modo que la mitad de las invocaciones se leen en un lado y la otra mitad en el otro.

No hay separación entre las palabras, y los espacios antiestéticos son estudiadamente eludidos en las inscripciones: colocando los signos en dos renglones, si la escritura es horizontal, o en dos columnas, una junto a la otra, si la escritura es vertical, con el fin de utilizar lo mejor posible el espacio de que se dispone. Los signos superiores tienen preferencia sobre los inferiores, y los que tienen frente van casi siempre hacia el comienzo de la escritura de la que forman parte; de este modo no hay ninguna duda acerca de la dirección en que hay que leer la inscripción, aunque pueden estar colocados de cuatro maneras distintas (fig. 2).

Los jeroglíficos pueden catalogarse en dos grupos principales: ideogramas y fonogramas, cada uno de los cuales admite varias subdivisiones. En primer lugar, un ideograma (símbolo-palabra) indica el objeto que se representa, es decir, su valor-palabra, y es el nombre de este objeto; pero, además de esta interpretación literal, un ideograma puede ser empleado también para significar alguna idea estrechamente asociada con él; así, por ejemplo, un instrumento musical puede expresar alegría o regocijo.

Los fonogramas (símbolos-sonido) son ideogramas que adquirieron un valor fonético, cuando fue necesario escribir palabras imposibles de representar. Para este proceso se utilizó un rasgo morfológico de la lengua egipcia, que se caracterizaba por el fenómeno de la variación vocálica interna (en inglés: sang, sing, song, sung -cantar, canción, etc.-) En un sistema en el que las consonantes presentaban una relativa estabilidad fue bastante fácil sustituir un verbo como «heed» (atender) por un sustantivo como «head» (cabeza), palabra que no sólo proporcionaba la estructura consonántica esencial (hd), sino que además era susceptible de ser representada pictóricamente. En cuanto a la posibilidad de confusión, se confiaba en que, hasta cierto punto, el contexto ayudaría al lector, y la ambigüedad se evitaba mediante el uso de un número creciente de símbolos adicionales. Así, uno o más fonogramas podían estar seguidos de un ideograma final (es decir, de un determinativo), el cual indicaba el significado general del signo o signos precedentes.

Los fonogramas podían ser monoconsonantes o pluriconsonantes; dicho de otra manera, se los podía describir como uniliterales, biliterales o triliterales. De los signos biliterales (cerca de 75 en total), unos dos tercios eran de uso común. Los caracteres de una sola consonante eran menos numerosos, pero de gran importancia; originalmente fueron 24, pero más tarde la adición de varios homófonos aumentó el total hasta unos 30 (fig. 3). Las vocales, aparte de la presencia de las consonantes débiles W e Y, no eran representadas, y dos de los signos (aleph y ayin) no tienen equivalente en inglés (ni en castellano). El signo aleph ha sido comparado a la letra del árabe moderno hamza u obstrucción glótica (el click producido por una rápida compresión de la parte alta de la garganta -este sonido se encuentra en el alemán-) y se le representa por medio del acento suave del griego; el gutural ayin, que no posee equivalente en lengua europea alguna, se representa por medio del acento áspero griego. Otro de los símbolos expresa sonidos que en inglés sólo pueden ser reproducidos mediante combinaciones de dos o más letras -kh, sh, tsh- (y no tienen equivalente en castellano). Hay que hacer notar además que existe más de una forma para la H y la S.

Con tal colección de signos uniconsonantes a su disposición, los antiguos egipcios hubieran podido desarrollar fácilmente una escritura puramente alfabética. Del hecho de que en el transcurso de 3.500 años fuesen incapaces de realizarlo se puede deducir que, tal como sucede en nuestro tiempo, en que un conservadurismo innato -o una extremada pereza- impide la introducción de un sistema racional en el deletreo del inglés, así, en época de los faraones, la sutil pero poderosa fuerza de la costumbre sin duda determinó que no cambiara esta modalidad de escritura tan engorrosa y difícil. Por lo demás, en los cartuchos del período grecorromano, cierto número de caracteres -los de buitre, floración de junio, antebrazo y codorniz- pasaron a ser usados como vocales, corrupción que al principio dio lugar a que los investigadores modernos creyesen equivocadamente que ésta era su función normal. El principio de que la escritura representaba tan sólo estructura consonante no fue enunciado hasta 1857 por Brugsch, y el reconocimiento de este hecho añadió nuevas dificultades a los estudiosos de la lengua egipcia, puesto que, si bien se sabía que la palabra nfr significaba bueno, su pronunciación correcta, que evidentemente exigía el auxilio de vocales, seguiría siendo objeto de conjeturas. Él copto proporcionó cierta ayuda respecto a este punto, ya que en esta forma moderna del antiguo egipcio se hacen constar las vocales, pero el copto presenta la limitación de representar un estadio muy tardío en el desarrollo de una lengua que cuenta miles de años de vida, por lo que muchas veces proporciona una orientación equivocada y poco eficaz. Por otra parte, mientras que esta fuente nos indica que la palabra htp debería pronunciarse hotep, el adjetivo nfr aparece bajo las formas nafrev, nofra, nofre y nofri.

Los investigadores han dado pruebas de gran imaginación en la indagación de la probable pronunciación de las palabras egipcias, mediante las muy escasas referencias halladas en la escritura cuneiforme babilónica, una de las pocas escrituras semíticas en que la vocalización está indicada. También se ha obtenido cierta ayuda a través de otras fuentes extrañas, notablemente de las transcripciones de palabras egipcias en griego y en asirio, aunque tampoco éstas son muy numerosas, reduciéndose casi exclusivamente a nombres propios. Del hecho, por ejemplo, de que los griegos transliterasen MEN-KAU-RE, como MIQUERIN(OS) se ha deducido que para ellos el ayin sonaba como un sonido nasal.

El problema de la determinación de la posición, cantidad y cualidad de las vocales originales de las palabras egipcias está todavía lejos de haber sido resuelto satisfactoriamente, y en busca de una mayor exactitud se suelen dar sólo las consonantes; de modo que una frase tal como «el lugar en donde está» aparece en la forma impronunciable «BW NTY STIM». Pero, como en algunas ocasiones los que se dedican al estudio de esta lengua necesitan referirse oralmente a estas representaciones esquemáticas, ha tenido que establecerse un cierto tipo de pronunciación, y el procedimiento habitual consiste en acudir a la utilización por demás amplia de la e inglesa (i española), siendo la única excepción a esta regla el reemplazo de la e por la a francesa (i española) en donde aparecen las letras aleph o ayin. Como es lógico, nadie supone que el resultado de tal solución de compromiso sea otra cosa sino una especie de caricatura de la antigua lengua egipcia, pero esto es lo mejor que ha podido conseguirse dadas las circunstancias.

VI

En la época de los últimos emperadores romanos, Egipto fue considerado como el origen de las artes y las ciencias y se creía que los misteriosos jeroglíficos, que se veían por todas partes sobre los muros de templos y monumentos, contenían el resumen de todo el saber adquirido por aquel antiquísimo país desde el principio de los tiempos. Pero también se suponía que esta sabiduría acumulada había sido guardada tan celosamente por los sacerdotes, que su pérdida podía considerarse segura e irreparable.

En realidad, aunque las inscripciones jeroglíficas mantuvieron su secreto durante varios cientos de años, su contenido pudo por fin ser revelado y se vio que, tal como podía esperarse en un país tan férreamente dominado por los sacerdotes, predominaban los temas de carácter religioso. Uno de los más primitivos ejemplos de la literatura egipcia, conocido como «Textos de las Pirámides», que pertenece al Imperio Antiguo, consiste en más de 7.000 líneas de jeroglíficos, incisos en las paredes interiores de las pirámides, pertenecientes a cinco reyes de las dinastías 5.a y 6.a Estos textos, que vieron la luz cuando F. A. F. Mariette y Maspero descubrieron las tumbas enterradas en la arena, contienen sortilegios destinados a conseguir que cada uno de los monarcas difuntos obtuviese el lugar en los cielos a que tenía derecho y gozase después de su muerte de las prerrogativas que le eran debidas.

Otro grupo de ensalmos, a los que se les ha dado el título de «Textos de los Sarcófagos» (12.a dinastía), fueron compuestos en interés de la nobleza y personajes menores y aparecen pintados o grabados en la superficie de los receptáculos de los que han tomado el nombre. Consisten asimismo en fórmulas mágicas destinadas a proteger al viajero, que se dirigía al otro mundo, de los posibles peligros extraterrenos.

Una tercera colección, mal denominada «Libro de los Sarcófagos», pertenece a la 18.a dinastía, y proporciona también explícitas instrucciones acerca de cómo soportar la vida eterna con un mínimo de molestias e inconvenientes.

Pero, aparte de la preocupación de los sacerdotes por el más allá, otros temas reclamaron la atención de los escribas egipcios, temas que, especialmente durante la época del Imperio Medio y tiempos posteriores, fueron mucho menos espirituales, especialmente por haberse arraigado la costumbre de erigir monumentos oficiales, que a menudo llevaban inscripciones en las que el promotor del monumento se ensalzaba a sí mismo en los más laudatorios términos. Un ejemplo clásico nos lo ofrecen los interminables relatos de Ramsés II acerca de su intervención en la batalla de Kadesh, en la que los egipcios derrotaron a los hititas, en un intento por decidir el futuro de Siria; relatos que, aunque son de gran valor desde el punto de vista histórico, no deben ser tomados demasiado al pie de la letra, puesto que el resultado de la batalla fue incierto y, como suele suceder, cada una de las partes proclamaba haber infligido una derrota aplastante a su oponente.

También se hallaron algunos textos de interés científico; entre éstos hay tratados de medicina y matemáticas. Existe un documento de la 12.a dinastía de gran importancia sobre ginecología, y un manuscrito posterior (el papiro Eber) da una detallada descripción de cómo funciona el corazón, explica varios vocablos utilizados en medicina y bosqueja el tratamiento apropiado para una impresionante lista de enfermedades. En cuanto a tratados de matemáticas, existen copias de los dos más importantes en Londres y Moscú. El tema de estas obras no consiste en exponer teoría matemática, sino en dar ejemplos prácticos; entre otras cosas, los egipcios conocían la obtención del área del triángulo, mientras que la del círculo era obtenida, por aproximación, elevando al cuadrado ocho novenos del diámetro. A través de ésta y de otras fuentes de información es evidente que utilizaron una notación decimal, en la que el 1 era indicado por medio de una raya, el 2 con dos y así hasta 9; el 10 era representado por una U invertida, 20 por dos signos 10, 30 por tres y así hasta 90. Había signos particulares para 100, 1.000, 10.000, 100.000, 1.000.000 e incluso para 100.000.000. Pero el sistema, aunque bastante efectivo, era extremadamente enojoso (se necesitaban más de 27 signos para escribir 999) y, mientras que las operaciones de adición y sustracción podían realizarse con bastante facilidad, la multiplicación presentaba grandes dificultades. Se realizaba por medio de una tabla de duplicar, o de multiplicar por dos, de tal modo que la operación era en efecto una continua operación de duplicación, añadiéndose el multiplicando al final de la operación, si el multiplicador era un número impar.

La literatura adoptó la forma de historias cortas, fábulas, proverbios, poesía profana e himnos. Como es lógico, muy poco material del Imperio Antiguo ha llegado hasta nosotros. Hay un libro de proverbios que, aunque conocido a través de copias posteriores, se remonta a los tiempos de la 5.a dinastía y ha sido atribuido a un tal Ptahhopte, un gobernador de la ciudad de Memfis, que vivió durante el reinado del faraón Dadkere Isesi (Assa) alrededor del año 2650 a. C. Consiste en las usuales homilías de un padre a su hijo acerca de la necesidad de ser laborioso, diligente y de evitar el trato de las mujeres en general y en particular el de las mujeres de la familia de los amigos.

Otra colección de exhortaciones similares, conocida tan sólo a través de los fragmentos hallados en los libros de ejercicios de los escolares del Imperio Nuevo, recibe el nombre de Enseñanzas de Duauf. En esta obra, Duauf, en provecho de su hijo Pepi, expone las ventajas de ser escriba, contrastando la vida de un escriba profesional con la dureza de la vida que llevan un herrero en su fragua, un artesano manejando el cincel u otras muchas indeseables profesiones, que van desde el albañil que trabaja la piedra hasta el jardinero.

Las dificultades que presentaba la vida cotidiana durante los azarosos días que siguieron al colapso del Imperio Antiguo están claramente reflejadas en las Admoniciones de un sabio egipcio, obra en la que se lamenta la huida de los excelentes tiempos pasados y se proclama la miseria de los presentes; la falta de autoridad acarrea el robo, el asesinato; el hambre se extiende por todo el país, los pobres han logrado hacerse ricos a expensas de sus antiguos señores, de tal modo que «ahora las joyas rodean la garganta de las esclavas» y «los que antes dormían en blandos lechos yacen en el suelo, mientras el que dormía en el suelo posee mullidos almohadones».

Con la restauración de la ley y el orden, que señaló el advenimiento del Imperio Medio, comenzó la época clásica de la literatura egipcia. Precursora de ésta fueron los Consejos de Amenemhet, una nueva serie de admoniciones paternales que en esta ocasión reflejan las dificultades del período que se acababa de atravesar. El faraón Amenemhet, tras nombrar corregente a su hijo Sesusri I, se retira de la participación activa en los asuntos políticos, explicando que ya está cansado de hacer esfuerzos que no le han proporcionado más que ingratitudes y que incluso han motivado un atentado contra su vida. El faraón aconseja: «Guárdate de tus subordinados. No estés nunca solo. No confíes ni en tu hermano. No tengas amigos. Si duermes, hazte a ti mismo custodio de tu corazón, porque en el día de la adversidad un hombre no tiene a nadie a su lado.»

El anciano monarca fue asesinado, lo cual nos demuestra claramente que tenía buenas razones para abrigar tales recelos y temores. Su asesinato determinó, precisamente, otra obra maestra de la narración: La historia de Sinuhé. Este Sinuhé era un oficial de la corte cuyos deberes se referían a la custodia del harén real, eterno centro de intrigas y rivalidades. Hallándose el heredero del trono ausente de la capital del reino, en una expedición guerrera, Sinuhé averigua casualmente la noticia de que el faraón ha sido asesinado, y, aunque él no está complicado en el crimen, lleno de pánico huye al desierto, en donde es hallado por unos beduinos, cuando está a punto de perecer de sed. El jeque de la tribu reconoce en él a un oficial de elevada categoría y le ayuda a huir a Palestina, en donde es bien recibido por un príncipe local, quien le entrega tierras y la mano de su hija mayor. Tras muchos años de exilio y numerosas aventuras, que incluyen una lucha a muerte en combate personal, Sinuhé por fin regresa a Egipto, en donde es bien acogido por el rey. Sinuhé acaba sus días en paz en su patria.

Otras narraciones muy populares de este período incluyen El marinero náufrago, El rey Kheufy los magos. Esta última es una obra colectiva que contiene varios relatos que se supone son narrados al rey Kheuf por cada uno de sus hijos. Los personajes de la primera de estas historias son un mago, una esposa infiel y un fingido cocodrilo. Lo que ocurre, en resumen, es que por fin el saurio elimina al amante. El marinero náufrago, por su parte, es un relato dentro de otro relato, el cual, a su vez, contiene una tercera narración. Comienza con una referencia a un egipcio de alto rango que regresa con las manos vacías de un viaje hecho por encargo del rey; alberga ciertas dudas acerca de la recepción que le espera, y se consuela con la narración que le hace un compañero acerca de las pruebas y tribulaciones que tuvo que soportar en un viaje anterior: su navío naufragó durante una gran tormenta y él quedó como único superviviente; las olas le llevaron hasta la playa de una isla. Afortunadamente, el lugar estaba bien provisto de higos, vides y otros alimentos, y, agradecido por haber salvado la vida, hizo una ofrenda a los dioses. Tan pronto como hubo llevado a cabo esta piadosa obligación, se oyó el inesperado estallido de un trueno y, aterrado, vio ante sí una espantosa y desafiante serpiente barbuda de unos 50 pies de largo. Esta criatura -que por un feliz azar comprendía y hablaba el egipcio del Imperio Medio- demostró ser muy amigable y tras preguntar la razón de la presencia del intruso en la isla le predijo que un barco de socorro llegaría pronto en su busca, y luego procedió a contar al náufrago la historia de sus desventuras, explicándole que tiempo atrás había caído sobre la isla una estrella fugaz, la cual mató a toda la población de ofidios de la isla, con su única excepción.

Muy distinta de las anteriores narraciones es la obra poética titulada La disputa de un hombre con su alma. En esta epopeya filosófica, el Hombre, cansado de la vida, proyecta suicidarse, y aduce argumentos en pro y en contra del suicidio. El alma en principio parece aprobar la idea, sugiriendo incluso el mejor procedimiento para poner fin a la vida, pero en el último momento cambia de opinión, sobre la base de que no siente ningún deseo de ser enviada todavía al reino de la muerte. Sugiere que el Hombre debería contemplar la vida de modo más placentero, a lo que responde éste que, dadas las circunstancias, la vida no merece la pena de ser vivida, y así prosigue la argumentación, inspirada seguramente por los tormentosos tiempos que siguieron al colapso del Imperio Medio con la invasión de los hicsos.

La posterior instauración del Imperio Nuevo nos es relatada en la narración de carácter histórico del rey Apopi y Sekenere, y la historia del declinar del Imperio Nuevo se refleja en un relato titulado El viaje de Wenamon, en el que un mensajero egipcio, que intenta adquirir una partida de madera de cedro en el extranjero, es tratado con escaso respeto por los oficiales extranjeros.

La nueva era empezó cuando la autoridad de Apopi, rey de los hicsos, fue sustituida por la de Sekenere, príncipe de Tebas. El animoso Sekenere pereció en la guerra que siguió a este cambio, pero su hijo Amóse prosiguió la guerra y consiguió expulsar a los invasores; su reinado marca el comienzo de la 18.a dinastía. Siguió un período de renovado vigor y prosperidad, asociado a dos revolucionarias reformas: la una, literaria, y la otra, religiosa. El faraón Amenofis IV, también llamado Akenatón, intentó establecer una religión monoteísta, en la que tan sólo se adoraba a Atón, el Sol. Al obrar de tal modo consiguió atraerse el odio imperecedero de la jerarquía sacerdotal establecida del dios Amón-Ra, y, con la muerte del reformador, sus heréticas innovaciones fueron rápidamente anuladas. Pero las huellas de la nueva fe no fueron enteramente destruidas, puesto que grabada en las paredes de la tumba del suegro de Akenatón, Ay, se encontró una versión completa del magnífico Himno a Atón. Este texto pudo parecer vagamente familiar a sus modernos traductores, y ello se debe a que, como luego se ha descubierto, algún desconocido escritor hebreo, cuando compilaba alguno de los Salmos de David, incluyó el Himno a Atón como el 104. ° de sus muchos párrafos.

 


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