CAPÍTULO I

LA CONFUSIÓN DE LAS LENGUAS

I

El don natural de la palabra como medio de expresión se manifiesta en el lenguaje hablado, y en él se basa la escritura o lenguaje escrito, que, esencialmente, no es sino una forma secundaria de comunicación.

Los pedantes suelen considerar superior el lenguaje escrito al hablado, sosteniendo que este último es una forma más basta y adulterada del primero. Es indudable que la palabra escrita es siempre más conservadora que la palabra hablada, sobre la que ejerce una fuerte influencia depuradora; sin embargo, la humanidad posee desde tiempo inmemorial la facultad de hablar para expresarse, mientras que, incluso ahora, en esta época de mayor progreso e ilustración universal, unos dos tercios de la población mundial todavía son analfabetos. Parece evidente, pues, que lenguaje, intrínsecamente, es más bien lo que se habla, que lo que se escribe.

Sin embargo, aunque el lenguaje sea el mejor medio de comunicación, existen, desde luego, otros procedimientos con los que los seres vivientes se ingenian para hacer conocer sus sentimientos e intenciones a los demás; procedimientos que van desde los movimientos de las antenas de las hormigas a la variedad de actitudes que adoptan los pájaros para cortejar a sus hembras, o a los sonidos orales que emiten los monos antropoides; sin embargo, como no existe un verdadero vocabulario, no puede considerarse que los monos superiores posean la facultad de hablar.

Asimismo sería mucho suponer que el loro -aunque sea capaz de reproducir sonidos que no le son propios y que incluyen incluso el de la voz humana- pueda tener la más ligera comprensión de las cosas que repite mecánicamente, ni siquiera en el caso de que la voz premonitora de «¡Fuego!» coincida con la caída de un carbón encendido sobre la alfombrilla situada ante la chimenea.

Resumiendo, sólo el hombre puede ser descrito con propiedad como un animal parlante, y sólo él tiene derecho a denominarse «conversador».

Al considerar esta extraordinaria circunstancia, los antiguos se contentaron con explicar el fenómeno del lenguaje como un don de los dioses. La identidad del divino donante variaba según los lugares -Toth en Egipto, Indra en la India, Yahueh en Palestina, Hermes en Grecia, etc.-. No es necesario decir que la moderna investigación desprecia tan ingenuas e improbables ideas y deja sin respuesta el problema del origen del lenguaje, aunque esto no signifique, desde luego, que no se hayan emitido conjeturas a este respecto. Así, por ejemplo, y de acuerdo con lo que de modo humorístico ha sido denominado teoría «Pooh-pooh», las primeras palabras desprovistas de sentido del hombre fueron emitidas instintivamente, y más tarde llegaron a simbolizar la particular situación que las provocó. Por otra parte, la teoría onomatopéyica (también denominada teoría «Bow-bow») sostiene que el lenguaje primitivo fue el resultado de los intentos realizados por el hombre para imitar los sonidos emitidos por los animales, o los ruidos de la naturaleza. En cambio, los partidarios de la llamada teoría «Yo-ho-ho» creen que el excesivo esfuerzo muscular, al provocar una respiración pesada, motivaría una involuntaria vibración de las cuerdas vocales humanas...

Sin embargo, todas estas explicaciones han encontrado fuertes objeciones. Por ejemplo, la teoría «Bow-bow» tropieza con el hecho de que, incluso entre los pueblos no civilizados, las palabras de tipo imitativo, tales como «cucú» o «quiquiriquí», constituyen tan sólo una parte de su vocabulario relativamente pequeña. Además se ha planteado un problema aun más arduo: el de explicar de qué modo los movimientos del lenguaje y los sonidos que los acompañan llegaron a adquirir significado. También en este terreno nuestra ignorancia es a la vez lamentable y profunda. No podemos explicar ni siquiera por qué el producto de «dos veces dos» ha sido denominado «cuatro», en vez de «seis», por ejemplo; aunque podamos entender -por tratarse de un asunto de historia más reciente- a qué se debe que estemos dispuestos a comer lo que denominamos sandwiches, pero que en cambio rehusemos resueltamente comernos un cardigan o unos wellingtons. [1]

Es probable que las primeras palabras que realmente pueden ser consideradas como tales estuvieran de algún modo relacionadas con sonidos y actitudes de animales; así por lo menos nos lo sugiere el hecho de que seguramente el lenguaje humano no se desarrolló hasta que los hombres empezaron a vivir en comunidad y experimentaron la necesidad de realizar un intercambio de ideas.

Ahora bien, ¿este desarrollo fue monogenético o poligenético? -es decir, el lenguaje, ¿tuvo un origen singular o múltiple?- Si nos adherimos a la teoría del finado lingüista Alfredo Trombetti acerca del origen único, ¿cómo explicaremos satisfactoriamente la enorme diversidad que existe hoy día entre las lenguas del mundo?

A principios del siglo XIX, tales cuestiones habían sido sometidas a seria consideración, ya que por aquel entonces las culturas mesopotámicas todavía no eran reconocidas como las reales autoras de la leyenda de la torre de Babel y aún estaba ampliamente difundida la teoría de que todas las lenguas procedían del hebreo. Las teorías contrarias a tal creencia, que pretendían que quizá se hubiese hablado otra lengua con anterioridad al hebreo en el Jardín del Edén, eran rechazadas simplemente como inconcebibles.

Sin embargo, en la actualidad esa vieja convicción ha sido reemplazada por la admisión de una falta de certidumbre y se reconoce que no se pueden esperar respuestas definitivas respecto de hechos que tal vez ocurrieron hace más de un millón años. En resumen, se acepta que padecemos una completa carencia de datos acerca de los orígenes del lenguaje y que cualquier estudio de la subsiguiente evolución debe reducirse al estudio del proceso evolutivo que tuvo lugar durante el período histórico y que, cuando este limitado aspecto de la investigación fue iniciado, los investigadores se encontraron enfrentados con cientos de lenguas nativas totalmente distintas entre sí, cuyo número exacto no pudo ser precisado (los cálculos oscilan todavía entre 2.500 y 7.000) a causa de un conflicto de opiniones que surgió acerca de lo que constituía exactamente un idioma y sobre la inclusión o no de tal o cual dialecto en dicha categoría.

No obstante, y a pesar de las diversas complejidades de la situación, han sido trazados varios esquemas clasificadores, entre ellos los morfológicos. Bajo este punto de vista se admiten tres clases principales de lenguas (en algunos sistemas se aceptan cuatro o más): lenguas denominadas de flexión, lenguas aglutinantes y lenguas llamadas aislantes. Este último tipo se caracteriza por tener las raíces de las palabras monosilábicas, de modo que una misma palabra puede desempeñar el papel de verbo, adjetivo, adverbio y sustantivo. Así, por ejemplo, el chino no tiene gramática, aparte la sintaxis, ya que el significado exacto de una palabra está determinado por su situación en la frase y, cuando es pronunciada en alta voz, por sutiles variaciones en el tono y en la elevación de la misma.

En las lenguas aglutinantes, como el turco y el japonés, el significado de las raíces es modificado por prefijos (abstracto, bizcocho), por sufijos (panadería, sultanato) y por infijos (vaivén, metomentodo). También en las lenguas europeas hay muchas palabras formadas por aglutinación (paraguas, entreacto). En casos extremos del fenómeno, el verbo puede absorber todas las partes de la oración, de modo que una sola palabra comprende una frase entera; un buen ejemplo de ello es el nombre del emperador azteca Montecuzomai-thuica-mina (Moctezuma), que significa «cuando el emperador está disgustado, arroja dardos a los cielos».

El latín y el griego ofrecen ejemplos típicos de lenguas de flexión. En estas lenguas, las palabras son modificadas por alternancias en las formas del sustantivo (declinación) y de las formas del verbo (conjugación) mediante la adición de una o más letras (ratón, ratones; niño, niños; temo, temí, temeré). Los cambios pueden producirse incluso dentro de las palabras (lápiz, lápices; ando, anduve). Tales variaciones internas constituyen un importante carácter distintivo de las lenguas semíticas, las cuales muestran una marcada preferencia por las raíces verbales formadas por tres sonidos consonantes. Así, en el hebreo, la raíz k-t-b es la base de palabras asociadas con la escritura, las cuales se forman mediante la adición de vocales (s-n, sentir, siento; m-r, morir, muero).

Las lenguas de flexión contienen no sólo palabras monosilábicas, sino también aglutinantes, y durante largo tiempo se consideró que en el transcurso de su desarrollo las lenguas atravesaron fases aislantes y aglutinantes antes de llegar al período de flexión. Esta idea evolucionista continuó siendo sostenida hasta que se realizó el desconcertante descubrimiento de que la lengua monosilábica china -por lo tanto bajo el supuesto de primitivismo-, aunque actualmente es esencialmente monosilábica, fue en algún tiempo una lengua de flexión.

El hecho de que todas las lenguas se hallen en continuo cambio y evolución -compárese el inglés del tiempo de Chaucer, e incluso el de Shakespeare, con el actual [2] - es la base del sistema genético de clasificación, sistema que aspira a descubrir, mediante un proceso de reconstrucción, los posibles lazos de parentesco entre las lenguas. Técnicamente, se dice que existe parentesco entre dos lenguas cuando, y sólo cuando, pueda ser demostrado que ambas tienen un antepasado común. Así, el español y el portugués, junto con el francés y el italiano, son lenguas derivadas directamente del latín, la lengua de la antigua Roma, hoy lengua muerta; mientras que el hebreo y otras lenguas emparentadas han sido identificadas como descendientes de una lengua madre desconocida, denominada provisionalmente lengua protosemita.

Es evidente que, si esta investigación genealógica pudiese ser retrotraída hasta lo que los monogeneticistas consideran como su conclusión lógica, este procedimiento nos conduciría hasta el descubrimiento de la lengua madre de todas las lenguas. Trombetti anunció en 1929 que había logrado reducir a nueve el total de los grupos lingüísticos -caucásico, amerindio, australodravídico, mundapolinésico, indochino, hamitosemítico, bantú-sudanés, uraloaltaico e indoeuropeo-. A pesar de todo, autoridades más conservadoras se inclinan a calcular el número de familias lingüísticas aparentemente distintas en 200 o más; aunque partidarios de la división entre nueve familias, no hay duda acerca de los méritos e importancia de la teoría mencionada en último lugar.

En un comunicado dirigido a la «Asiatic Society» de Bengala por Sir William Jones en 1786, dicho investigador hizo la sorprendente predicción de que futuras investigaciones proporcionarían pruebas acerca del origen común del sánscrito y las principales lenguas de Europa, incluido el inglés. Posteriores estudios no sólo confirmaron esta profecía, sino que pusieron de manifiesto la existencia, en tiempos remotos, de una tribu relativamente pequeña que hablaba en una lengua que ha sido denominada indoeuropeo primitivo. Unos 2.000 años antes de Cristo, esta comunidad comenzó a resquebrajarse y una serie de emigraciones diseminaron a muchos de sus miembros a través de Europa, llevando a otros, a través de Asia Menor, a diversas regiones de Asia.

Como resultado de esta dispersión, en los siglos siguientes se desarrollaron varios centenares de lenguas distintas. El término colectivo que Thomas Young aplicó a estas lenguas es un tanto equívoco, ya que lo mismo entre las lenguas europeas (por ejemplo: estonio, finés y húngaro) como entre las de la India (por ejemplo: lenguas drávidas del sur de la península indostánica), existen idiomas que indiscutiblemente pertenecen a otros grupos lingüísticos. En cambio hay lenguas del mismo grupo de lenguas indoeuropeas (por ejemplo: el persa) cuyo ámbito geográfico nada tiene que ver con la localización que sugiere el nombre de la familia lingüística a la que pertenecen. Sin embargo, y a pesar de todos sus inconvenientes, la denominación de lenguas indoeuropeas está, en la actualidad, firmemente establecida a causa de su uso y difusión.

No existe en nuestros días, aparte de su idioma, rastro alguno del pueblo que originariamente hablaba el indoeuropeo; sin embargo, los filólogos han logrado reconstruir lo que se supone pueda ser una imagen razonable de dónde y cómo vivió este pueblo. Muchos de los indicios verbales parecen converger sobre las llanuras del centro de Europa; este hecho sugiere que la lengua madre indoeuropea comenzó su dispersión a partir de algún sitio cercano a este punto. Además nos encontramos con que muchas de las lenguas derivadas tienen nombres prácticamente iguales para designar diversas plantas y animales, por lo que se puede suponer, razonablemente, que el pueblo que utilizó originariamente tales palabras debía de estar familiarizado con las cosas descritas, lo cual a su vez sugiere que su país natal era el hábitat de determinadas formas de vida, circunstancia que sirve de apoyo para determinar las posibilidades de esta o aquella propuesta localización.

Resumiendo, estas y otras consideraciones subrayan el hecho de que el hogar ancestral del pueblo que hablaba el indoeuropeo estaba situado a cierta distancia del mar, que gozaba de un clima templado y que, con toda probabilidad, se extendía desde el territorio de la actual Lituania hasta las vastas llanuras incultas del sur de Rusia.

II

El amanecer de la Historia como tal es un acontecimiento comparativamente tan reciente, que tal vez transcurriera más de un millón de años antes de que el Homo sapiens aprendiese a representar gráficamente el lenguaje. Como ya se ha dicho, la escritura debe ser considerada como un medio secundario de comunicación, pero su importancia no por ello debe ser desestimada.

Antes de que se produjese este acontecimiento, hace muchos milenios, los conocimientos y recuerdos de la humanidad tenían que ser transmitidos verbalmente, y por lo tanto estaban sujetos a todas las vaguedades y extravagancias de la memoria humana. Como resultado de tales defectos, y a pesar de la ayuda que pudiesen haber facilitado ciertos recursos mnemotécnicos -tales como bastoncillos dentados y cuerdecillas anudadas-, y por muy interesados que estemos en conocer las actividades de nuestros antepasados, debemos resignarnos a considerar que la posibilidad de tal conocimiento en su mayor parte está irreparablemente perdida y que acerca de acontecimientos tan formidables como el descubrimiento del fuego, la invención de la rueda y la introducción de la agricultura, sólo podemos arriesgar especulaciones más o menos vagas e improbables.

Por lo demás, el arte de la escritura presupone el conocimiento de los materiales para escribir, y en este terreno estamos razonablemente bien informados, por cuanto los ejemplos de lo uno necesariamente nos proporcionan evidencia de los otros. Así, uno de los predecesores del papel fue el papiro, planta acuática que crece abundantemente a lo largo de las riberas bajas del río Nilo, y que todavía puede hallarse en la actualidad en el Sudán. El anticuario Varrón, contemporáneo de Cicerón, decía que el papiro no se usó para escribir hasta la época de Alejandro Magno, pero se han encontrado manuscritos del antiguo Egipto que prueban que ya se utilizaba hace 4.000 ó 5.000 años.

El descubrimiento egipcio de que una fina membrana vegetal constituía una superficie especialmente idónea para la escritura condujo a un amplio uso del papiro para este fin. En la preparación del material se disponía una capa de papiro, con las fibras previamente empapadas en agua y colocadas verticalmente. Encima de esta capa se colocaba otra con las fibras en posición horizontal; ambas capas eran pegadas la una a la otra por medio de una sustancia adherente, luego se prensaba el conjunto; esta operación era seguida por un proceso desecante; más tarde, la parte del pliego así formado, en el que las fibras estaban colocadas horizontalmente, era pulimentada cuidadosamente, quedando así dispuesta para ser utilizada por los escribas. Una vez preparado el papiro, se hacían largas tiras, mediante la unión de varios pliegos; algunas de estas tiras de papiro forman rollos de más de seis metros de longitud. Escribían sobre el papiro con un cálamo de caña y una tinta hecha con una mixtura acuosa de goma y negro de humo.

La arcilla húmeda, empleada principalmente por los babilonios y sus predecesores, es otro de los materiales utilizado primitivamente para la escritura; generalmente le daban la forma de tablillas rectangulares, en las que hacían las correspondientes incisiones con un cuneus, cociéndolas después. Como medida de precaución, se hacía un duplicado -el equivalente de nuestra copia con papel carbón-, que se colocaba junto con el original en un envoltorio protector.

Probablemente, el primer material para escribir utilizado por el hombre fue la pizarra o la piedra, y su uso debió de estar inspirado por las pinturas que el hombre paleolítico garabateaba sobre las paredes de sus cavernas. Desde luego, sigue siendo un punto dudoso si estas pinturas fueron ejecutadas puramente por placer o si eran realizadas con la intención de registrar acontecimientos, en cuyo caso resultarían ser un intento de escritura.

Sea como fuere, la primera escritura verdadera adoptó la forma de pictogramas, los cuales representaban tan sólo los objetos dibujados -es decir, un ojo era un ojo, un perro, un perro y un círculo representaba el sol-. Aunque por este procedimiento es posible dar una vivida reproducción de escenas y acontecimientos, son evidentes sus limitaciones para fines narrativos. La situación mejoró cuando los dibujos evolucionaron gradualmente y se convirtieron en ideógrafos o ideogramas (símbolos de palabras) y llegaron a representar no precisamente los objetos en sí mismos, sino las ideas asociadas con tales objetos (un ojo simboliza la vista, un perro la caza, un círculo el calor, o el día). Para la correcta interpretación de tales símbolos era preciso hacer uso de considerables dotes de imaginación, con los consiguientes peligros y posibilidades de error, para los que debieran descubrir el significado de algunas de estas imágenes convencionales. Así por ejemplo, durante un estudio de los ideogramas de los indios de América del Norte, resultó que mientras un águila representaba la bravura, cosa bastante comprensible, la vida era simbolizada por una serpiente, debido a la creencia popular de que este reptil puede vivir eternamente.

En la pictografía no hay conexión alguna entre el objeto pintado y el nombre hablado; precisamente el establecimiento de tal nexo fue lo que condujo finalmente al desarrollo de la escritura fonética.

Los jeroglíficos nos facilitan en cierto modo la comprensión de cómo pudo realizarse esta importante innovación, ya que los objetos pintados representan no los objetos en sí, sino los sonidos con ellos asociados. Por este procedimiento es posible comunicar nombres propios y representar ideas abstractas; por ejemplo: un sol y un dado para expresar «soldado»; un sol, unas hojas de y una rosa, para expresar «soltero».

Una interesante característica de la escritura jeroglífica egipcia fue el uso combinado de ideogramas (símbolos de sentido) y fonogramas (símbolos de sonido); la representación pictórica era realizada en dos tamaños: uno grande, destinado a la interpretación visual únicamente, y otro pequeño, apto para exponer los términos del lenguaje. Algunos fonogramas eran además polifónicos, es decir, representaban más de un sonido, mientras que otros signos, conocidos como homófonos, tenían el mismo valor fonético pero designaban objetos distintos; gracias a estos artificios, los medios de expresión eran muy amplios. Pero los egipcios no alcanzaron el escalón superior que permite el reemplazo de símbolos de sentido por elementos de sonido; y a través de los siglos de su dilatada historia su escritura siguió siendo esencialmente una escritura pictográfica reforzada con símbolos de sonidos.

En Mesopotamia hizo su aparición una escritura en la que hay símbolos de sílabas, tales como za, me, pag, mar, y finalmente, a partir de esta escritura silábica, se desarrolló un sistema alfabético compuesto por un número de signos relativamente pequeño, cada uno de los cuales representaba uno o más sonidos (como sucede, por ejemplo, en castellano, con la letra c, que es utilizada para los sonidos k y z, casa, cebolla).

Esta revolucionaria síntesis ha sido atribuida usualmente a los semitas. Unos mil años antes de Cristo se utilizaban cuatro principales divisiones del llamado alfabeto semita: el etíope (descendiente de la rama sur-semita), el arameo, el cananeo y el palestiniano (vástago de la rama nor-semita); cada uno de ellos poseía de 22 a 30 signos, que representaban solamente consonantes. Pero esta práctica semita de omitir las vocales de la escritura (abandonada más tarde) fue copiada seguramente de los antiguos egipcios, quienes habían distinguido 24 símbolos consonantes, los cuales fueron considerados asimismo alfabéticos en el momento de su descubrimiento hace más de un siglo. Pero, como sostiene I. J. Gelb en su penetrante análisis A Study of Writing (Una historia de la escritura) (Londres, 1952), en apoyo de cuya tesis proporciona convincentes argumentos y amplia evidencia, era difícil llegar a la conclusión de que las escrituras egipcia y semítica fueran en realidad silábicas y que sus signos fonéticos no representaban meramente consonantes, sino consonantes más una vocal -como sucede indiscutiblemente con la escritura cuneiforme de Mesopotamia, en la cual el signo para wa, por ejemplo, también puede ser trascrito por we, wi, wo, wu, según requiera el contexto-. Así, pues, resultaría que los primeros que desarrollaron un verdadero alfabeto fueron los griegos. Su alfabeto en realidad es de origen semítico, como nos lo demuestran los nombres dados a sus signos alfa, beta, gamma, delta... (griego), alef, bez, gimel, dalez (semítico). Este préstamo fue abiertamente reconocido por los mismos griegos, los cuales describen su escritura como fenicia.

Aparte de la introducción de la representación de las vocales, los griegos realizaron otras importantes alteraciones en la escritura semítica, las cuales incluían el cambio de dirección en la escritura y en la lectura. Los caracteres semíticos eran leídos de derecha a izquierda -se supone que esta convención indica que la escritura que fue su predecesora era una escritura grabada, dibujada, siguiendo la conveniencia del grabador-. Al principio, las inscripciones griegas seguían el mismo sentido, pero luego siguió un período de experimentación, durante el cual se adoptó un procedimiento mixto o bustrófedon, similar al movimiento del arado, en el cual las líneas de la escritura corrían alternativamente de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. El estilo de escribir solamente de izquierda a derecha -que era obviamente el que mejor se acomodaba a los escribas dextrómanos de una era de tinta y pluma- no apareció hasta los comienzos del siglo VII antes de Cristo, cuando signos tales como  quedaron establecidos como B. Entre tanto, y muy probablemente gracias a los etruscos, el arte de la escritura alfabética llegó a Roma, desde donde el conocimiento de esta invención se expandió a través de Europa y del resto del Imperio.

El alfabeto etrusco original comprendía 26 letras, de las cuales los romanos tomaron en préstamo 21 - A B C D E F Z H I K L M N O P Q R S T V X-. Más tarde, el séptimo signo (Z con el sonido de G o K) fue reemplazado por G, y todavía más tarde, y para poder efectuar la transliteración de ciertas vocalizaciones helénicas, se adoptaron las letras griegas Y y Z, siendo colocadas al final del alfabeto latino, cuya versión clásica contuvo de tal modo 23 letras. El desarrollo de la V en U y W y la diferenciación de I y J fueron evoluciones tardías que tuvieron lugar en los siglos X y XIV, respectivamente.

En escritura pictográfica, el número de signos necesarios puede alcanzar varios millares, y la abrumadora superioridad del sistema alfabético se basa en la representación de un número de sonidos del lenguaje relativamente pequeño, por medio de letras que pueden ser combinadas hasta formar un vocabulario tan extenso como se desee. Las indiscutibles ventajas de este procedimiento han sido reconocidas desde hace muchísimos años por la mayoría de los países, siendo China la única excepción importante a esta regla, pero incluso en este país los miembros del Consejo de Estado han aprobado recientemente un programa de reforma del lenguaje, el cual incluye la adopción del alfabeto occidental para ser usado como escritura fonética auxiliar. Un estudiante chino necesita conocer cerca de 3.000 signos para poder leer un libro corriente, pero, si desea poseer conocimientos más profundos, necesita aprender de memoria unos 40.000 signos.

La introducción de la escritura fonética sirvió para dirigir la atención sobre el hecho de que todos los sonidos que se producen al hablar pueden ser divididos en dos categorías: vocales y consonantes. De estos dos componentes básicos, las vocales son producidas por la simple emisión de la voz, es decir, por la vibración de las cuerdas vocales, mientras que las consonantes son meros sonidos que acompañan a las vocales o sonantes (de aquí consonantes).

Los lingüistas denominan fonemas a los sonidos que constituyen un lenguaje, y se ha demostrado que su número puede variar entre 2 y 12 fonemas vocálicos, que están en asociación con un número de fonemas de la variedad consonante que oscilan entre 12 y 50. Teóricamente, un alfabeto debería tener un signo propio para cada sonido distinto que se utiliza en el lenguaje y que puede ser analizado. Pero no existe tal alfabeto, aparte de una compilación alfabética internacional, demasiado incómoda para su uso cotidiano. La conocida versión romana es esencialmente una especie de comodín adaptado a las variadas exigencias de muchas lenguas distintas, lo cual determina que en ocasiones cubra estas exigencias de modo harto precario. Así en inglés, por ejemplo, 26 letras han de representar unos 47 fonemas (12 sonidos vocálicos, 26 sonidos consonánticos y 9 diptongos); tal situación ha sido solventada mediante subterfugios tales como el de combinaciones de letras (ch, sh, th) o la asignación de más de un sonido a una misma letra.

En vista de que las letras se originaron para ser utilizadas como símbolos fonéticos, se puede suponer que hubo un tiempo en que el lector podía pronunciar al verla ante sus ojos, y aunque no la conociese previamente, cualquier palabra, e incluso deletrearla correctamente al oírla pronunciar por vez primera. [3] Pero este feliz estado de cosas está muy lejos de ser real en la mayor parte de las lenguas actuales, siendo particularmente notorias las excentricidades que presenta el deletreo de las palabras inglesas, ya que en este idioma no sólo idénticos símbolos expresan sonidos distintos -at (pronunciación ät), ate (pr. eit), cough (pr. cof); enough (pr. inö'f); new (pr. níu); sew (pr. sóu)-, sino que un mismo sonido es expresado por medio de símbolos distintos -blue, blew (blu); tome y ptomaine (pr. tóum); night y knight (nait)- y para aumentar la confusión existen palabras que con significado y sonido distintos se escriben exactamente igual -refuse (denegar); refuse (refundir); refuse (residuo, escoria).

No es difícil comprender la razón de tales confusiones; una lengua es algo dotado de vitalidad propia, y en el normal transcurrir de su desarrollo y crecimiento las palabras van alterando su significado, o bien caen en desuso, para ser reemplazadas por expresiones que unas veces son totalmente nuevas y otras se toman prestadas de una lengua extranjera. Y no sólo la lengua está sujeta a cambios y alteraciones; los usuarios de dicha lengua cambian a su vez el lenguaje; se suceden las generaciones en una interminable procesión y con cada transmisión de lenguaje de una a otra se producen inevitablemente sutiles modificaciones en la pronunciación y en el significado de las palabras. A pesar de ello, sólo muy raramente se realizan modificaciones compensatorias en el deletreo de las mismas, con el resultado de que la escritura tiende a hacerse cada vez más confusa, conservando falsedades terminológicas tales como las ya mencionadas en inglés de caugh por cof, naugh por naut, knock por nok y bough por bow. En efecto, falta de un reajuste periódico, la escritura alfabética revierte gradualmente en una escritura ideográfica, en la que las palabras finalmente dejan de ser elementos fonéticos, y requieren ser aprendidas una a una.

III

Anteriormente se ha dicho que un lenguaje crece y se desarrolla; se debe añadir que, como les sucede a otras cosas dotadas de vida, también puede debilitarse y morir; después de lo cual, y según dicten las circunstancias, puede conservarse el recuerdo de dicha lengua -como ha sucedido con el griego y con el latín-, o puede ser completamente olvidada. Pero incluso en tal caso, una lengua desaparecida no está necesariamente perdida y puede ser susceptible de ser de nuevo rememorada, si durante la época en que estuvo viva, además de ser hablada, fue también escrita, puesto que existe la posibilidad de que por lo menos alguna de aquellas inscripciones haya sobrevivido y que, si bien de momento no son conocidas ni utilizables para su estudio, pueden, más pronto o más tarde, ser descubiertas y reclamar así la atención de sabios y eruditos.

Del mismo modo que lenguas distintas comparten una misma escritura -por ejemplo, inglés, francés, alemán, italiano y español, entre otros-, la misma lengua puede ser expresada en más de una escritura; así el turco, que ahora utiliza el alfabeto latino, de acuerdo con el decreto promulgado por Mustafá Kemal en 1928, anteriormente se escribía en caracteres árabes.

En vista de lo expuesto, al tratar de descifrar un texto antiguo, pueden presentarse cuatro alternativas, según sea la lengua o la escritura lo que se conozca o desconozca, y la posibilidad de éxito, en cada caso, es como sigue:

Lenguaje

Escritura

Desciframiento

conocido                

conocida               

no hay problema

conocido                           

desconocida

relativamente fácil

desconocido           

conocida               

difícil

desconocido           

desconocida          

imposible

Si el examen de dicha escritura revela que la escritura y la lengua son familiares, no hay, naturalmente, dificultad alguna. En los casos en que se conoce la lengua, pero no la escritura, el que ha de descifrar dicha escritura puede hacer uso de la técnica criptográfica de la simple sustitución, pero debe determinar en primer lugar la identidad de la lengua conocida de que se trate y averiguar la naturaleza y dirección de la escritura desconocida. Suponiendo que el material de que se dispone sea lo suficientemente representativo como para poder hacer una apreciación fidedigna, el número de caracteres diferentes que utiliza la escritura dará una indicación de su naturaleza; por ejemplo, si es alfabética, el número de caracteres será pequeño; éstos pueden escribirse horizontalmente en ambas direcciones, o bien una línea de derecha a izquierda y otra de izquierda a derecha (bustrófedon), o bien de arriba a abajo en columnas verticales que progresan de izquierda a derecha; pueden también seguir una línea curva (como sucede en el disco de Festo), o cualquier otro diseño, e incluso sin orden alguno.

Realmente, nada debe ser descuidado; los primeros investigadores que estudiaron la escritura cuneiforme quedaron perplejos al principio ante series de inscripciones situadas alrededor de huecos de puertas o ventanas, en forma de marco, las cuales se observó que primero corrían de abajo a arriba de uno de los lados del espacio vital central, luego los caracteres discurrían de un lado a otro de la parte superior y descendían por el otro lado. Al no comprender que la inscripción estaba proyectada para ser leída como la leyenda de una moneda (y que, en consecuencia, los dos tercios de los caracteres aparecían colocados en los lados) se consideró, erróneamente, que los signos podían disponerse en cualquier dirección. De este error fundamental surgió gran confusión, la cual motivó entre otras cosas la adición de un gran número de supuestos signos.

En cambio puede suceder que la investigación se vea ampliamente facilitada mediante un previo conocimiento de lo que la escritura desconocida debería decir. Por ejemplo, en el caso de que en alguna guerra de conquista se necesitase publicar una proclama oficial en varios idiomas, como sucedió con la piedra Rosetta, una de cuyas varias versiones pudo ser leída y comprendida sin dificultad alguna.

Para determinar si una lengua conocida aparece en un texto cuya escritura es desconocida, será preciso tomar en consideración el lugar de origen de dicha escritura, que puede ser o no el mismo en que la encontraron. El siguiente paso será asignarle una fecha haciendo uso de cualquier evidencia arqueológica digna de crédito, en conexión con indicios tales como los que puede proporcionar la misma escritura -su forma, su estilo y la clase de material sobre el que ésta fue realizada-. Después de esto, y a la luz de la historia de la región de que se trate, será posible especificar sus probables autores y lograr así la identificación del lenguaje utilizado.

El método de ataque a partir de este momento es doble: el llamado analítico y el de la palabra probable. El primero requiere un análisis exhaustivo de la escritura desconocida (signos, palabras, contexto) y la sustitución experimental de valores fonéticos, seguida, si es posible, de una verificación con nuevo material. En este proceso es posible que se revelen ciertos rasgos de la lengua conocida. Así, si por ejemplo sucediera que la lengua fuese el inglés y la escritura alfabética, observaríamos que la letra que aparecía más frecuentemente sería muy probablemente la e, siguiéndola en frecuencia la t, a, o, n, i, r, s, y que las únicas letras que aparecían solas serían o bien a, i, o bien o. Hallaríamos luego algunas palabras de dos letras, reducidas a una pequeña lista que incluiría as, at, be, by, he, if e in. Prosiguiendo el estudio se observaría que aparecían algunas letras dobles que probablemente serían ee, ff, ll, oo, o ss; surgiría también alguna construcción de tres letras del tipo xyx, siendo x una vocal, si y era una consonante, y viceversa, como es el caso en palabras tales como aga y gag.

En todas las lenguas, las palabras tipo tienden a formar grupos estables y periódicos. Así ant (hormiga) en asociación con hill (colina) y bear (oso) se encuentran en inglés bajo las formas anthill (hormiguero) y antbear (oso hormiguero), pero nunca en las formas hillant y bearant. La construcción de frases está regida asimismo por procedimientos determinados, y aunque, por ejemplo, las tres palabras de la frase «rest in peace» (descanse en paz) pueden también asumir la forma «in peace rest» (en paz descanse), normalmente nunca aparecerá en las formas «rest peace in» (descanse paz en) o «in rest peace» (en descanse paz). Las facilidades que prestan tales características en el descifrado de una escritura son evidentes, como lo es asimismo la aparición de nombres propios (véase más adelante).

Ahora bien, si tan sólo una pequeña parte del material epigráfico es apto para su estudio, seguramente la técnica de la «palabra probable» será la más eficaz. Como su nombre indica, este procedimiento exige para alcanzar el éxito una hábil anticipación de las posibles frases y palabras, teniendo siempre en cuenta el autor o autores de la escritura y los motivos que puedan haberla inspirado. Además, frecuentemente, las circunstancias se presentan de tal modo que no hay necesidad de especulaciones demasiado atrevidas. Así, cuando se trate de una gran tumba, puede fácilmente admitirse que alguna de las inscripciones contendrá el nombre de algún personaje real, proclamando sus virtudes y enumerando sus numerosos triunfos, y la investigación versará sobre títulos honoríficos tales como «padre de su pueblo», «amado de los dioses», «defensor de la fe», «rey de reyes», etc.

Desde luego es preciso admitir que este método es en esencia netamente experimental y por lo tanto expuesto a error, y que el éxito de su aplicación requiere una cierta dosis de suerte. Pero, siendo lo que es la vanidad humana, la dosis no necesita ser excesiva. Sería realmente un triste epitafio el que, al nombrar algún monarca poderoso, le negase la mención de grandes títulos o descuidase añadir una relación de sus muchos éxitos y realizaciones, reales o supuestas, y sería un filólogo singularmente incompetente quien no supiese obtener alguna ventaja de tal situación.

El problema del descifrado, cuando la escritura es conocida, pero la lengua no, es desde luego formidable, como demuestran los muchos fracasos experimentados al intentar lograr una satisfactoria comprensión de la lengua etrusca. En tal caso, y a falta del deseado texto bilingüe, el único medio directo de aproximación es el análisis interno, como demuestra el llamado «método combinatorio» de G. Passeri, el cual se basa en indicios tales como la naturaleza de los términos (ejemplo: votivo, sepulcral, numeral), asegurando de tal manera la formación de una tabla de inscripciones de carácter semejante, que puede facilitar la formación de los nombres propios. Una vez obtenidos éstos se hace un intento por alcanzar el significado de las palabras que quedan, mediante un cuidadoso estudio de su disposición (aparición frecuente o escasa, al final o al principio, tendencia a encontrar la palabra por parejas); se toma buena nota de la aparición frecuente de sufijos indicadores de flexión de casos en los sustantivos, o bien formas de conjugación en los verbos. A continuación puede intentarse asignar significado a las palabras seleccionadas en todos aquellos pasajes en los que aparezcan, con la esperanza de que las asociaciones de las interpretaciones supuestas puedan tener sentido. Es evidente la naturaleza puramente casual de tal procedimiento. La posibilidad de éxito suele ser muy escasa, a menos que exista un lenguaje conocido, y en cierto modo semejante, con el que pueda ser comparado el lenguaje desconocido de que se trate.

Para alcanzar este fin etimológico, el descifrador debe procurar identificar la lengua desconocida con las habladas por un particular grupo racial, sobre la base de la consonancia verbal; o bien se comienza por suponer la existencia de la consonancia y se buscan posibles significados entre las lenguas que contienen palabras que incluyen sonidos similares a los de la forma de lenguaje desconocida.

En cuanto al problema que se presenta cuando no se conocen ni la lengua ni la escritura, puede decirse que, mientras la situación perdure, las dificultades pueden ser consideradas insuperables. Nada puede hacerse. Pero, como han demostrado los recientes progresos de dos ejemplos considerados de la categoría insoluble, el Lineal B cretense y el hitita jeroglífico, incluso en tales casos, una vez se consigue establecer siquiera sea un ligero punto de contacto, puede llegar a ser factible su descifrado.

Independientemente del hecho de que sea la lengua o la escritura la que resulte poco familiar, no sólo es importante la cantidad de material aprovechable para la investigación, sino también la época del mismo y su autenticidad. Aparte de la importancia que pueda tener el estado de conservación para la legibilidad del texto, también es interesante la edad de dichos ejemplares, porque, cuando una literatura ha estado en curso de desarrollo durante varios siglos, los ejemplares más antiguos de esa escritura pueden presentar muy poca semejanza con las versiones subsiguientes, y el que debe descifrarlas puede encontrarse enfrentado no con un problema, sino con varios. En cuanto a la cuestión de la exactitud, es preciso tener siempre en cuenta la posibilidad de la existencia de errores en el material original o bien que los errores se hayan introducido en las copias posteriores.

Recientemente se ha comprobado que la larga inscripción persa esculpida sobre la famosa «Roca de Behistun», en Irán, contiene no pocos errores, y, como no es posible estudiarla fácilmente in situ, debido a su casi inaccesible situación, siempre existe la posibilidad de que a los errores del grabador tengan que ser añadidos los del copista.

Este problema también afecta a las escrituras sobre tablillas de arcilla y rollos de papiro, que han sido hallados a millares en muchos lugares de Babilonia, Egipto y otros lugares. Pero, incluso cuando los documentos son aptos para su estudio, no siempre existe certeza de que la versión que posee el investigador sea un texto original; puede ser tan sólo una copia de copias hasta un grado imposible de determinar. Si el copista de un texto original hace una falta cada cien copias, y un segundo copista hace dos faltas cada cien copias, la relativa corrección de las tres series será de 100, 99 y 98, suponiendo que ninguno de los errores haya sido eliminado. Pero si el segundo copista ha utilizado una copia equivocada del primer copista, el porcentaje será del 97,02.

Finalmente, hay que hacer referencia a las dificultades que encierra la trascripción de estas lenguas. Incluso en aquellos casos en que los estudiosos pueden comprender una lengua largo tiempo olvidada y escribirla con fluidez, ello no quiere decir, necesariamente, que puedan hablarla. La dificultad no radica meramente en el hecho de que cada lengua posee sonidos para los que son inadecuados los elementos fonéticos de cualquier otra, sino más bien en que, simplemente, se desconoce cómo pronunciaban los antiguos la mayor parte de sus palabras. Tal sucede con la lengua egipcia, ya que, como hemos señalado anteriormente, los escribas egipcios anticiparon el antiguo hábito semita de omitir las vocales. Así, una palabra como sol aparece en la forma sl, y el lector debía suplir la vocalización, pero a menudo el contrariado investigador moderno se encuentra ante el dilema de que sl puede igualmente pronunciarse sal, sil, sol, o cualquier otra permisible combinación con las consonantes s y l

Dentro de varios milenios, cuando los lingüistas del futuro se hallen afanosamente enfrascados en la tarea de estudiar los sonidos de las lenguas del siglo XX, se librarán de tales dificultades gracias a la ayuda de la cinta magnetofónica; ahora bien, ya es otro asunto saber si lograrán, a pesar de ello, comprender algunas de las expresiones disparatadas tan en boga hoy.


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[1] El autor ironiza acerca del hecho de que esas tres palabras -sandwich, cardigan y wellington- designan tres objetos que recibieron ese nombre a causa de aquellos personajes que los pusieron en boga; así la denominación de sandwich, que reciben los emparedados, proviene del nombre del explorador inglés conde de Sandwich, quien solía comer carne entre dos rebanadas de pan; el cardigan es una prenda de lana puesta de moda por el conde Cardigan (1855) wellington es el nombre de unas botas que llegan hasta las rodillas, que puso de moda el duque de Wellington. (N. del T.)

[2] Entre nosotros compárese el castellano de Alfonso X el Sabio, e incluso el de Cervantes, con el actual.

[3] Tal sucede todavía en el castellano, a pesar de ciertas excepciones de tipo ortográfico.