CAPITULO IV
El Imperio romano en la primera mitad del siglo V (410-455)1
Mientras los pueblos bárbaros se instalan en vastas regiones de la pars occidentalis, los estamentos políticos y sociales del Imperio romano -administración, ejército, aristocracia latifundista- se disocian y enfrentan. El resultado de esas discordias es la desintegración del Imperio de Occidente.
La administración es un organismo entumecido por el trauma de las invasiones, por las rebeliones populares, por la autarquía de los grandes dominios. Muchos altos funcionarios se trasforman en propietarios de inmensos fundos.
La agrarización de la sociedad romana, la declinación de la industria y del comercio y la desobediencia fiscal de los terratenientes dejan al Estado sin recursos para mantener a sus ejércitos.2 La brutalidad del sistema tributario ha dejado de ser eficaz. Es preciso entonces contratar a les jefes bárbaros y a sus huestes como soldados y pagarles con tierras.
Los grandes señores, verdaderos “monarcas del campo”, alistan sus propias tropas y negocian con los pueblos ocupantes.
En cambio la pars orientalis, después de esquivar el peligro godo, ha conservado su economía monetaria, la firmeza de su moneda, la eficacia de su administración. Reorganiza un ejército nacional. Pero este esfuerzo, que le basta para evitar su ruina, es insuficiente para salvar a Occidente.
1. Las invasiones y la vida económica de Occidente
La evolución económica y social, iniciada en el siglo III, estaba cumplida a la llegada de los bárbaros: declive de la vida urbana, plenitud del ruralismo, marasmo de la industria y del comercio, aniquilación de la clase media. Una economía agrícola organizada en grandes dominios, en régimen de colonato. Una estructuración social en castas hereditarias.3
Las invasiones no aportaron ninguna transformación económica ni social. Por el contrario, favorecieron la disposición de los tiempos, propicia a los señoríos al desmantelar la máquina burocrática del Estado. La estructura económica y social del Bajo Imperio sobrevivió en los primeros siglos medievales.
La transitoria paralización de la vida urbana en Occidente había desplazado casi toda la actividad económica a los grandes dominios rurales. Se generalizó la concesión a los esclavos de la condición de colonos, sobre todo en las regiones donde los señores germánicos predominaban. Los siervos estaban obligados a mayores y más frecuentes servicios personales que los colonos, que seguían siendo libres ante la ley, y que dejaron de ser llamados al servicio militar a cambio de un impuesto tributado en especie, el hostilitium.
Los alojamientos bárbaros: la "hospitalitas"
¿En qué medida alternaron las invasiones la situación del agro romano? El proceso no es el mismo en todas las comarcas. Federados o enemigos de Roma, los bárbaros saquean las tierras invadidas hasta agotarlas, y sólo entonces las hacen cultivar a sus siervos.
Por el foedus o tratado federal, un jefe germánico se convertía en magíster militum romano, y sus guerreros e soldados al servicio de Roma. A cambio él y su pueblo recibían viviendas y una parte de las tierras de uno o varios latifundios, con sus colonos y esclavos.
Este sistema de alojamiento, llamado hospitalitas, tiene su origen en los acantonamientos militares del siglo III, en los que cada propietario debía ceder a un soldado hospedado la tercera parte de la casa en que se alojaba; el avituallamiento de los soldados acantonados correspondía a los almacenes del Estado encargados de la annona militar. En la época de las invasiones la annona fue sustituida por la cesión de tierras cultivables, Los propietarios quedaron obligados a entregar a sus huéspedes bárbaros, además del tercio de su villa, una parte (sors) de sus campos y de sus siervos.
Cada federado se alojó, pues, con su familia en la finca: de un propietario romano. El reparto se ajustaba a una reglamentación que, en los casos menos favorables para el ocupante le otorgaban el tercio de la propiedad. El sistema romano de acantonamiento tenía en cuenta la jerarquía militar de cada federado, y a los guerreros de mayor graduación correspondieron lotes de tierra más extensos.
Muy pronto algunos federados como los visigodos, los más necesarios al gobierno de Rávena, obtuvieron, por el foedus concertado por su rey Valía con el Imperio, una ocupación permanente de tierras en Aquitania y partes o sortes mayores, los dos tercios de la propiedad. Las condiciones de alojamiento de los burgundios en la región de Maguncia fueron similares: los dos tercios de la tierra cultivable, la mitad de las granjas, bosques y pastos y la tercera parte de los colonos y esclavos.
Los asentamientos de las tribus germánicas se hicieron en grupos compactos y en terrenos reducidos. Las áreas repartidas serían pocas, dada la escasa población bárbara hospedada,4 y la agrupación de los ocupantes. Muchas regiones padecieron la invasión, pero no la ocupación.
El régimen agrario romano del colonato gobernó la división de tierras, y los bosques y terrenos de pastos (compascua) quedaron indivisos para el aprovechamiento común de bárbaros y provinciales.
La mayor parte de las fincas del patrimonio imperial pasaron a ser propiedad de los reyes bárbaros, que pudieron repartir entre sus fieles o leudes extensos dominios. Genserico confiscó en Africa los grandes latifundios, entregó una finca a cada uno de sus leudes y se resevó las restantes. No hubo alojamientos en el reino vádalo, sino despojo de la nobleza afrorromana, que fue expatriada. Los nuevos propietarios conservaron en los fundos la organización agraria romana, los cultivos, los colonos y siervos, y hasta los mismos hábitos corruptores de los juegos públicos.
Con la excepción del reino vándalo de Afrecha, estos cambios se realizaron según el derecho romano, y como resultado de un convenio. Iniciados a fines del siglo IV, los alojamientos bárbaros se desarrollaron progresivamente y no alteraron la estructura socioeconómica de las provincias occidentales. Muchos de los hospedados llegaban ya tocados de civilización romana.
Los cultivos agrícolas en los grandes dominios y en las aldeas de campesinos libres
En la Galia meridional, en Hispania, en Afrecha y en Italia, los bárbaros adoptaron los cultivos y las técnicas agrícolas romanas, que ellos no sabían mejorar. Sólo el molino hidráulico -conocido en Roma desde el siglo I a. de C., pero apenas utilizado- era en el siglo V de uso corriente en los fundos y en las aldeas libres.
En el noroeste de la Galia los francos emplearon la rotación trienal de cultivos (cereales de invierno sembrados en otoño, cereales de primavera y barbechos) que ya conocieron los romanos.5 En las regiones forestales, francos y alamanes roturaron y labraron pequeños calveros para el cultivo de cereales. Los viñedos que los romanos habían plantado en las riberas del Rin y del Mosela se extendieron ahora a tierras que no podían dar más que un vino de mala calidad. El sacrificio de la misa y la comunión bajo las dos especies exigía en todas las iglesias una provisión diaria de vino que las malas comunicaciones dificultaban, y se plantaron cepas en comarcas inadecuadas para las vides.
La explotación agrícola más modesta necesitaba varias yuntas de bueyes para arrastrar el pesado arado germánico de ruedas, que abría profundamente la tierra. Los sajones y frisones que habitaban las húmedas llanuras de la costa del mar del Norte criaban ganado vacuno; los germanos de las praderas, caballos. La vida de una aldea visigótica o franca no diferiría mucho de la de algunos villorrios de nuestros días. “En primer lugar estaba la casa del labriego, complementada con un local en donde se guardaba el grano, con un establo, una corraliza y un hortal (en el que se cultivaban legumbres: nabos, habas, guisantes, lentejas), todo ello casi siempre cercado; después estaban las tierras de labor repartidas por zonas, y este conjunto aumentaba a medida que avanzaba la roturación y la puesta en cultivo. Finalmente, para completar el grupo aldeano germánico y conferirle su originalidad propia, había una zona forestal y de pastos que se sustraía a la apropiación individual y familiar. Esta era la marca communis; los habitantes de la población disfrutaban allí derechos usuarios, derechos de sacar leña del bosque para sus hogares y madera de roble para sus construcciones, y derecho para que pasturasen sus ganados y particularmente sus piaras de cerdos.6” Completan este cuadro los campos de lino y de otras plantas textiles, que se hilaban en los talleres de la aldea.
El "mansus" o masía
Todos estos pueblos germanos practicaron la propiedad familiar de la tierra. Los guerreros alojados se establecieron con sus familias en aldeas similares a los vici romanos. Así vinieron a contribuir los asentamientos germánicos a un breve renacimiento de la pequeña propiedad rural en Occidente. Breve, porque la fuerza de gravedad de los grandes dominios atrajo a estos mílites bárbaros convertidos en campesinos. También ellos, como los labriegos romanos de la centuria anterior, acabaron por integrarse como colonos en las propiedades señoriales.
La unidad económica de una familia campesina es el mansus.7 En él hallamos los tres elementos tradicionales de toda pequeña propiedad rural, que permanecen inalterados secularmente: la casa con sus dependencias, la diminuta huerta próxima a la casa y las tierras de labor, a veces esparcidas en pequeños pegujales, dentro del territorio de la aldea, La extensión del mansus varía según la fertilidad de los campos. Es la cantidad de tierra que necesita una familia para vivir, la antigua unidad fiscal, jugum, de Diocleciano. Muchos campesinos libres poseían dos o más mansus.
Cuando los mansus quedaron incorporados a una gran propiedad, subsistieron como unidades de cultivo: la parcela que podía labrar un arado, la tierra que se entregaba a un nuevo colono. El propietario remuneraba algunos servicios permanentes con un mansus. Así, el caballero contratado para el ejército privado del señor, o el sacerdote encargado de los servicios religiosos de la iglesia del dominio, recibían un mansus en vez de un salario.
La supervivencia de la vida urbana
Las ciudades dejaron de ser organismos primordiales en la vida del Imperio. Desde el siglo III se amurallaron, se encogieron, se despoblaron.8 La mayor parte del patriciado urbano se trasladó a sus residencias campestres; muchos curiales se refugiaron en el campo para rehuir sus responsabilidades fiscales; algunos artesanos se instalaron en los talleres rurales. Las populosas urbes del Alto Imperio se transformaron en poblaciones pequeñas. Lot supone que las mayores tenían de tres a seis mil habitantes.9 Las más próximas a la frontera del Rin y del Danubio padecieron los más repetidos ataques germánicos. Tréveris, la antigua capital de la prefectura de la Galia, fue saqueada cinco veces en el siglo V; sus murallas magníficas protegían ahora un recinto con grandes espacios deshabitados; la sede prefectorial fue trasladada a Arles; la nobleza senatorial, más numerosa que en otras ciudades, abandonó la decrépita urbe. Colonia no se recobró de la desaparición de muchos de sus talleres de vidriería hasta el siglo IX. Estrasburgo fue reconstruida, en un área más reducida, con los materiales salvados del incendio de la ciudad.
Sin embargo, a pesar del desplazamiento de la actividad económica de la sociedad romana a los dominios señoriales, la vida urbana subsistió, al abrigo de las fortificaciones, en superficies más pequeñas después de cada reconstrucción, sin cabida ni para el teatro ni para el circo. Los dos edificios representativos de las ciudades romanas del siglo V son el pretorio, o palacio del gobernador romano, ocupado en muchas ciudades por el conde bárbaro que gobierna la ciudad, y la iglesia catedral, con la residencia del obispo.
La decadencia de la vida urbana fue anterior a las invasiones del siglo V, que devastaron pero no destruyeron las ciudades. En ellas siguió viviendo una población libre, propietaria de bienes inmuebles: comerciantes, artesanos, siervos, esclavos, mendigos; en barrios separados habitaban comerciantes sirios, griegos y judíos. Hasta el siglo VIII las ciudades romanas no dejaron de ser centro de negocios, lugares de concentración de los mercaderes.
La Iglesia cristiana contribuyó a la continuidad de la vida urbana. En todas las sedes episcopales se conservaron las formas de vida romanas. La organización eclesiástica llenó el vacío que abría el declive de la administración civil. En muchas ciudades los obispos fueron los magistrados únicos, obedecidos tanto por la población pagana como por la cristiana, los defensores de las ciudades10 y mantuvieron el hilo administrativo que unía las ciudades con el gobierno de Rávena. Cuando la vida municipal se extinguió en el siglo IX, las ciudades quedaron reducidas a centros de la administración eclesiástica.
La autónoma organización municipal del Alto Imperio se convirtió, pues, en el dominio urbano de un obispo romano o de un monarca bárbaro. Pero los cargos municipales romanos se conservaron : curiales, senatores, defensor civitatis. En las ciudades hispánicas el conde visigodo que regía la ciudad tenía a sus órdenes funcionarios fiscales (executores) y judiciales (judex civitatis).
Fuera de las murallas vivía una parte de la población que, cuando la guerra se aproximaba, se refugiaba en el recinto fortificado; es la plebs extra muros posita, la población situada extramuros, que en las ciudades romanas del Alto Imperio tuvo sus propios dioses locales. En el siglo V esta población fue el núcleo del futuro crecimiento de las ciudades. El suburbium llegaría a ser el centro urbano cuando la ciudad amurallada o burgo estaba situada en un lugar elevado, apto para la defensa militar pero no para las actividades mercantiles.
Los monasterios suburbanos
Los cementerios cristianos se establecieron extramuros, por 1a prohibición de inhumar cadáveres en el recinto urbano. La mayoría de las iglesias primitivas fueron erigidas cerca de los cementerios, y en la proximidad de estas iglesias se construyeron más tarde los monasterios. El servicio de los monjes atrajo a numerosos traba jadores manuales, que formaron agrupaciones suburbanas, foco originario de los barrios de las ciudades medievales.11
El régimen agrario que domina la vida económica del Bajo Imperio concordaba con las concepciones económicas de la Iglesia: Dios dio la tierra a los hombres no para que se enriqueciesen, sino para que se mantuvieran en la condición social de su nacimiento; para que pudiesen vivir en este mundo de paso para la verdadera vida. La renuncia del monje es un ejemplo para la sociedad cristiana. La pobreza es de origen divino y de orden providencial. Corresponde a los ricos aliviarla por medio de la caridad. Los monasterios señalan la norma, almacenando en sus granjas los excedentes de las cosechas para distribuirlos gratuitamente a los necesitados.12
En un mundo de violencias, sólo los monasterios realizaban en el mundo el ideal de la ciudad de Dios. Los reyes bárbaros convertidos al cristianismo, sus esposas, los nobles, hasta los obispos, creyeron asegurar la salvación de su alma fundando un monasterio o enriqueciendo los existentes con donaciones de tierras. La Iglesia fue muy pronto la primera fuerza económica de la sociedad occidental.
La industria en los dominios señoriales y en las ciudades
Las grandes propiedades rústicas disponían de sus propios operarios para los trabajos mecánicos cotidianos y para las reparaciones imprescindibles. Los siervos rurales no eran artesanos especializados. Realizaban obras rudimentarias de carpintería y de ebanistería, de cordelería y de cestería. En los dominios se fabricaba el pan, se elaboraba el vino y el aceite; existían talleres para los carreteros, carpinteros, talabarderos, herreros, y obradores o «gineceos» donde mujeres siervas tejían el lino y la lana. Los grandes dominios dieron violentos tirones independientes, pero no aspiraron a bastarse a sí mismos. A los grandes propietarios no convenía la paralización de la vida económica de las ciudades, a las que vendían los excedentes agrícolas .13 Necesitaban también los servicios de artesanos calificados que las ciudades les facilitaban y a los que contrataban temporalmente: constructores de edificios, iglesias y monasterios, magistri commacini, que acudían con un equipo de obreros especializados para la edificación y para la decoración interior de palacios y templos con objetos de metal y de marfil, con vidrierías y pinturas; para la fundición de campanas, cuyos artífices fueron muy solicitados.
Se ignora la suerte que corrieron las fábricas del Estado en la pars occidentalis durante la larga agonía del gobierno imperial de Rávena. Pero mientras existió el Imperio de Occidente se tomaron medidas para asegurar el abastecimiento de las grandes ciudades italianas, y sobre todo, de Roma. Los panaderos de las 274 panaderías de la ciudad siguieron exentos de prestaciones personales y del servicio militar.
Los collegia subsistieron en Italia, en la España visigoda, en la Galia meridional, es decir, en las regiones donde la vida urbana, aunque disminuida, no desapareció. Había artesanos libres que recibían en sus talleres las primeras materias que les entregaban los dominios señoriales, y las manufacturaban a cambio de un canon por pieza. Otros compraban la materia prima y vendían por su cuenta los obrajes. Algunos se trasladaban temporalmente a. las haciendas rústicas a cambio de manutención y salario.
La incorporación al mundo occidental de las poblaciones germánicas debió de enriquecer al artesanado romano. Los germanos eran excelentes orfebres y fabricaban para sus espadas aceros superiores a los que producían en serie las fábricas imperiales.
El comercio
El papiro egipcio, el marfil, la seda, las especias, los esclavos, los vinos de Siria, el incienso que las iglesias necesitaban para los oficios, continuaron llegando de los puertos de Antioquía y de Alejandría a través del Mediterráneo. Era un comercio de mercancías de lujo, que producía grandes utilidades y exigía instalaciones poco costosas, dominado por comerciantes griegos, judíos y sirios que establecieron depósitos en muchas ciudades de la Galia, como Marsella, Narbona, Arles, Burdeos, Poitiers, Orleans, París, y llegaron a Maguncia y Worms, en Germania. Los negotiatores occidentales, anonadados por el impuesto del crisárgiro, no pudieron competir con los sirios. Comerciantes más modestos, los mercatores, mantuvieron un activo tráfico de artículos necesarios.
Según Sidonio Apolinar la corte de Rávena atrajo a numerosos comerciantes, entre los que había monjes y soldados. La dedicación de los clérigos a negocios mercantiles, que sería más tarde condenada por el concilio de Orleans, prueba el desarrollo del comercio profesional.
Italia siguió recibiendo trigo y aceite de Africa, a pesar de la ocupación de esta provincia por los vándalos. Los barcos trigueros llegaban al puerto romano de Ostia, donde eran recibidos por el «conde del puerto de la ciudad de Roma». Los comerciantes trasladaban la mercancía en carretas tiradas por bueyes a través de una carretera perfectamente conservada por la Administración.
Los comerciantes de Cartago visitaban los puertos hispánicos, y los mercaderes hispano-romanos acudían a las ferias de la Galia. Una navegación de cabotaje unía los puertos de Marsella y Narbona con Niza y los puertos italianos de Civitavecchia y Ostia. El comercio con los países del Vístula no fue interrumpido. Los pasos de los Alpes fueron atravesados por los comerciantes, incluso en la época de las grandes invasiones.
La moneda
Los germanos estaban de antiguo familiarizados conel sistema monetario romano. Los emperadores compraron con oro muchas veces la paz, y en los siglos III y IV las cantidades de oro romano atesoradas por los bárbaros indujeron a Graciano, Valentiniano II y Teodosio a prohibir bajo pena de muerte, que se efectuaran en oro los pagos en el comercio con los germanos. Los hallazgos de monedas en pequeñas cantidades testimonian que los germanos no atesoraban solamente, sino que empleaban las monedas en transacciones comerciales. Siguieron haciéndolo después de su asentamiento en tierras del Imperio. Como federados, prefirieron usar las monedas romanas, que circulaban por todo el mundo, y que ellos poseían en abundancia, a acuñar sus propias monedas. Cuando lo hicieron, imitaron la moneda bizantina tan diestramente que los sólidos constantinianos salidos de las cecas visigodas, borgoñonas o francas son difíciles de distinguir de los batidos en las cecas del Imperio de Oriente.
El carácter mediterráneo de la civilización antigua no fue destruido por los reinos bárbaros fundados en territorio romano en el siglo V. Los germanos establecidos en Italia, en África, en España y en la Galia siguieron comunicándose con el Imperio de Oriente a través del mar romano. Los comerciantes sirios relacionaron Antioquía y Alejandría con Niza y Marsella. El sueldo de oro constantiniano mantuvo la unidad económica de la cuenca mediterránea. Sólo en el siglo VIII la conquista musulmana de las costas sirias, africanas e hispánicas bloqueó los puertos del Mediterráneo occidental, y los pueblos latinos quedaron aislados del Imperio de Oriente.14
El régimen económico del Bajo Imperio en la primera mitad del siglo V no brinda otros cambios que los ocasionados por los alojamientos de las poblaciones bárbaras. El panorama es heterogéneo y confuso. Predomina la vida rural, el régimen agrario, el dominio señorial. Mas la vida urbana, aunque desarticulada, no ha desaparecido.
2. El aspecto social de las invasiones
¿Cómo fueron recibidos los pueblos bárbaros por los habitantes del Imperio de Occidente, como enemigos o como libertadores? Los acontecimientos que han sido relatados en los capítulos anteriores dan a esta pregunta justificada congruencia. El agobio irresistible de los impuestos, su injusta repartición, la desesperada decisión adoptada por tantos hombres libres de acogerse al patronazgo de un terrateniente o de un jefe militar, la ineficacia de las órdenes de algunos emperadores, como Valentiniano 1, interesados en la protección de las clases humildes, explican, no sólo la inhibición de la población romana en la defensa militar del Imperio, sino las frecuentes confraternizaciones con el invasor de que tenemos testimonio: los mineros de Tracia que se unieron a los visigodos sublevados, en los días de la batalla de Andrinópolis;15 los esclavos romanos que se incorporaron al ejército visigodo, cuando Alarico abandonó Roma. Los bagaudas de la Galia y de Hispania y los circuncelianos africanos mantuvieron desde el siglo III al V una rebelión social que el Estado romano no pudo reducir, y que se extinguió precisamente a la llegada de los bárbaros.
El testimonio del historiador hispano-romano Paulo Orosio es de singular interés. En su Historia contra paganos hay dos frases reveladoras de un nuevo estado de conciencia. «A nuestros abuelos no fueron más tolerables los enemigos romanos que a nosotros los godos», dice. El clérigo lusitano ante la Roma declinante y amenazada recuerda que la grandeza del Imperio fue el resultado de la violencia de la conquista y del infortunio de las provincias sometidas, Y comenta la situación que vive entonces su país: «los bárbaros dejan las espadas para tomar los arados y se hacen amigos de los hispanos; éstos preferían una pobre libertad entre bárbaros a soportar el apremio tributario de Roma». Estas palabras de un sacerdote cristiano discípulo de san Agustín16 nos delatan los sentimientos de los hombres de la generación de Honorio. Como cristiano, Orosio no deja de admitir el imperio cristianizado por Constantino, pero su esperanza en un Estado universal que concilie la unidad de leyes y la unidad de la religión ya no es inseparable de Roma, Los godos pueden vigorizar el Imperio declinante, conservando el estado terreno para servicio de la unidad cristiana, Al fin y al cabo, Roma era algo que no merecía la pena defender.
Lo mismo Orosio que su contemporáneo el obispo gallego Hidacio condenan al Imperio, que se lleva de Hispania gravosos tributos, dejándola indefensa. Más vale entenderse con los bárbaros que ocupan las tierras hispanas, que pagar a los federados asentados en las otras provincias del Imperio.
La insuficiencia de las fuentes de la época no nos aportan pruebas bastantes para afirmar que en todas las regiones del Imperio fraguaba la misma tendencia provincialista. Este estado de conciencia nacional, que germinaba en la península hispánica, extendido al Africa romana y a la Galia, pudo ser una de las causas primordiales de la ruina del Imperio.
Es una situación histórica similar a la del Imperio bizantino, invadido por los árabes en el siglo VII: la población campesina de Siria y de Egipto se entregó a los musulmanes para librarse de la presión fiscal del Imperio de Oriente.
La primera apología del mundo bárbaro
Veinte años después de Orosio, Salviano de Marsella17 juzga con severidad la sociedad que le rodea, y por primera vez enuncia la concepción histórica de la savia germana como fuerza que viene a regenerar la corrupción de Roma. A la depravación de las costumbres romanas opone la pureza moral de los germanos. Aunque .arrianos, conservan virtudes antiguas. Renovando las ideas providencialistas de san Agustín y de Paulo Orosio, el sacerdote de Marsella escribió De gubernatione Dei. Las derrotas de Roma son un merecido correctivo de Dios. No fue el cristianismo la causa de la decadencia de Roma; fue la vida anticristiana de los romanos la que acarreó el castigo divino.
La idealización de los bárbaros, que los escritores cínicos y estoicos habían ya contrapuesto a las perversiones de la nobleza grecorromana, adquieren en Salviano la precisión de lo conocido. Entre los germanos, escribe el clérigo galo, los pobres viven mejor que entre los romanos, y por eso muchos humiliores se marchan con los bárbaros. Los germanos son herejes, pero su moral es más pura que la de los católicos romanos. "El modo con que Dios juzga sobre nosotros y sobre los godos y bárbaros, se ve por los hechos: ‑éstos crecen cada día, nosotros disminuimos; éstos prosperan, nosotros decaemos; éstos florecen, nosotros nos marchitamos. "18
La perversidad y la avidez de los funcionarios es causa de la rebelión de los bagaudas. El escritor formado en los modelos clásicos, el predicador elocuente es en estas páginas el portavoz de la clase oprimida:
«Hablo ahora de los bagaudas, que, despojados, oprimidos, asesinados por jueces inicuos y sanguinarios, con el derecho de las inmunidades romanas han perdido también el fulgor del nombre romano. ¡Se les reprocha como un crimen sus desgracias, les reprocharnos un nombre que recuerda su infortunio, un nombre que les hemos dado nosotros mismos! ¡Llamamos rebeldes, llamamos malvados a hombres que hemos obligado a la necesidad del crimen ! En efecto, ¿cómo se han convertido en bagaudas, si no es por nuestras injusticias, si no es por la tiranía de los jueces, si no es por las prescripciones y las rapiñas de esos hombres que han malversado en su propio provecho y en el de sus estipendios las concusiones públicas, y que han hecho presa en las tasas tributarias; los hombres que, como los animales feroces, no han protegido a aquellos cuya ,custodia les estaba confiada, sino que les han devorado; que, no contentos con despojar a sus semejantes, como la mayoría de los ladrones, se alimentan de crueldades y de sangre? Y así los desgraciados, oprimidos, abrumados por el latrocinio de los jueces, se han convertido en seres parecidos a los bárbaros, porque no se les permitía ser romanos [...] Son como cautivos bajo el yugo opresor de los enemigos [ ... ]
»Lo que quieren es una desgracia: porque ellos serían felices si no se vieran forzados a semejantes deseos. Pero, ¿qué otra cosa pueden querer, los desgraciados, víctimas siempre de las concusiones, amenazados siempre por una triste e infatigable proscripción, ellos que abandonan sus casas para no ser atormentados, que se condenan al exilio para escapar a los suplicios? Para ellos los enemigos son menos temibles que los recaudadores de tributos. Su actitud lo demuestra Huyen hacia nuestros enemigos para librarse de la violencia de las exacciones. Y lo que éstas tienen de cruel y de inhumano sería menos grave y menos amargo si todos lo soportaran equitativamente. Lo más indigno y lo más criminal es que la carga común no es soportada por todos, más aún, que los tributos de los ricos pesan sobre los pobres, que los débiles sufren la carga de los fuertes. El peso que esos miserables sostienen es superior a sus fuerzas. Esta es la única causa que les impide sostenerlo.»19
En las retóricas imprecaciones de Salviano, en su evangélica defensa de los oprimidos, late probablemente el ideario de una minoría, acaso el fruto de la obra monástica de los ascetas de Lérins. Salviano piensa que los cristianos, como discípulos de Dios, deben librarse de los bienes materiales, porque la riqueza privada es la fuente del mal. Estamos lejos de las inquietudes religiosas y políticas de Paulo Orosio y de Hidacio. Pero una convergencia existe: la indiferencia de estos escritores cristianos por el destino de un Estado cristiano que abandona los ideales morales del cristianismo.
Bagaudas y circuncelianos
La invasión de 406, que derramó por toda la Galia tribus de suevos, de vándalos asdingos y silingos, y de alanos, ocasionó en aquella provincia una ruina económica que los potentiores quisieron esquivar oprimiendo más a los humiliores. Estos no pudieron soportar las cargas tributarias, y los bagaudas del siglo III20 renacieron con la desesperada violencia de las insurrecciones campesinas. Siervos de la gleba y corporales, colonos, esclavos y hasta jornaleros y arrendatarios libres abandonaron sus cabañas, formaron bandas (bagaudas) que crecieron hasta convertirse en verdaderos ejércitos.
El movimiento alcanzó su más alto vuelo entre los años 435 y 448. Alcanzó a toda la Galia. Los bagaudas encontraron en sus asaltos a las ciudades romanas el apoyo de la plebe hambrienta de las ciudad Uno de sus jefes, Tibatto, dio a la rebelión de la Galia un carácter separatista. Cuando Tibatto fue aniquilado por un ejército romano, los bagaudas aparecieron en la España septentrional. Hacia el año 440 puede afirmarse que la península hispánica estaba en poder de los suevos y de los bagaudas. El gobierno de Rávena envió tropas romanas a la provincia tarraconense. En 449 algunos bagaudas se refugiaron en la iglesia de Tarazona. El general romano Basilio los exterminó dentro de la iglesia, y sus soldados mataron allí mismo al obispo León.21 Hasta cinco años más tarde las huestes visigodas no dominaron la sublevación hispánica.
Los bagaudas se rehicieron entonces en la Galia acaudillados por un médico, Eudoxio. El generalísimo romano Aecio recurrió contra ellos a tropas alanas, y Eudoxio se refugió en la corte de Atila, y acaso intentó persuadir al rey de los hunos para que realizase su campaña de conquista de la Galia.
La defensa de los bagaudas por Salviano no deja ninguna duda sobre el carácter social de estos levantamientos. Los bagaudas se rebelan contra los impuestos, contra la rapacidad de los ricos, contra la venalidad de jueces y de funcionarios. Al mismo tiempo es un movimiento separatista, un intento de fundar, al menos en la Galia,22 un Estado independiente.
La rebelión de los circuncelianos («los que merodean alrededor de las cillas o graneros») es religiosa y social a la vez. En el Africa romana había surgido una fuerte corriente provincialista, que en el siglo IV tomó forma en el cisma donatista. Los cristianos de Africa, guiados por el obispo de Cartago Donato,23 mantuvieron una actitud rigorista frente a los cristianos que, en las persecuciones, habían renunciado a su fe y rehuido el martirio. Su protesta contra la intervención de Constantino en los asuntos eclesiásticos fue tajante. Cuando el emperador Constante quiso forzar a los donatistas a la obediencia, éstos pidieron ayuda a los circuncelianos.
Existían en Numidia equipos de jornaleros que se contrataban en las fincas rústicas para los trabajos estacionales de recolección. El paro agrícola y la miseria transformaron a los circuncelianos en rebeldes agrupados en partidas armadas. El cristianismo donatista dio a estas gentes hambrientas un programa religioso. Sus caudillos Axido y Fasir fueron llamados «jefes de los santos». Muchos esclavos se les unieron. Algunos obispos donatistas, aterrados por el radicalismo social de la insurrección, pidieron ayuda al conde romano de Africa. La represión rebasó en violencia al levantamiento, y los donatistas pudieron alabarse de ser la Iglesia de los mártires. Los circuncelianos no fueron dominados hasta mediados del siglo V.
Bagaudas y circuncelianos son campesinos acorralados que se rebelan contra los grandes propietarios y contra el Estado, el «exactor tiránico» de la plebe. Estas insurrecciones son anteriores a las grandes invasiones del siglo V, y se valen del desfallecimiento del Gobierno de Rávena ante los bárbaros para resurgir poderosamente. Salvo las incitaciones de Eudoxio a Atila, ningún indicio nos descubre relaciones o alianzas entre los campesinos insurrectos y los bárbaros. El Imperio se sirvió de mercenarios alanos, los guerreros del fiero rey Goar, para reducir a los bagaudas galos. El reino vándalo africano de Genserico persiguió con la misma crueldad a los católicos que a los donatistas circuncelianos. Los godos aprovecharon la rebelión de los bagaudas hispánicos para ofrecer al Imperio, a un elevado precio, soldados para la represión.
El fin de los bagaudas se produce cuando disminuye la presión tributario, al desarticularse la administración fiscal del Imperio.
Por otra parte, el asentamiento de los federados bárbaros y de sus ejércitos en la Galia, Hispania y Africa desacopla el desarrollo militar del levantamiento.
La nobleza romana y la germana
Ni las invasiones ni los asentamientos germánicos aportan un cambio sustancial en los grupos sociales del Imperio de Occidente o de los recién fundados reinos germánicos. Los factores sociales determinantes no son ni la raza ni el linaje, sino la posesión de la tierra y los cargos públicos, otorgados por el gobierno de Rávena o por los monarcas germánicos.
La nobleza romana fue respetada por los bárbaros, y si bien tuvo que compartirla con éstos, conservó una privilegiada posición. Poseedora de grandes propiedades rurales, incesantemente dilatadas por las apropiaciones de las tierras de los acogidos a su patronato, o de fincas rústicas o urbanas anexionadas durante el desempeño de una elevada función pública, disfrutaba de prerrogativas fiscales, jurídicas y militares tanto más acrecentadas cuanto más se relajaba el Estado. El triunfo de los bárbaros favoreció esta tendencia autártica, y la colaboración de la nobleza en el gobierno de los Estados germánicos resultó beneficiosa para ambas partes. Los reyes bárbaros se sirvieron de la experiencia administrativa de la antigua nobleza romana, y ésta conservó y aun enriqueció su patrimonio, resarciéndose con creces de pérdidas financieras derivadas de los alojamientos. Así pudo conservar esta aristocracia en las monarquías germánicas muchos elementos del derecho y de la administración romanos. Algunos de estos nobles romanos fueron consejeros de los reyes germánicos que realizaron una obra política de gran vuelo: León de Narbona, del visigodo Eurico; Casiodoro, del ostrogodo Teodorico; Partenio, del franco Teodoberto.24
La nobleza germana de nacimiento se transformó, como la romana, en aristocracia latifundista y burocrática. Y como las donaciones territoriales y los cargos públicos sólo podía obtenerlos por decisión real, fue una nobleza más palatina que la romana. El latifundio no era desconocido por los invasores, y la gran propiedad o «villa» gala, anterior a la conquista romana, había perdurado durante la época imperial.25 Asimismo, los sistemas romanos del patronato y del colonato fueron adoptados por la aristocracia germana.26
La aristocracia latifundista romana, 1ª nobleza germana y los jefes militares, bárbaros o romanos, superaron sus diferencias en el interés común de debilitar la autoridad del Estado.
La Iglesia y la beneficencia pública
El grupo social más influyente en la sociedad romana del siglo V es la Iglesia. Sus inmensos dominios territoriales le proporcionan una fuerza económica que aventaja, por su cohesión y eficacia administrativa, a la de los señoríos laicos. Cuando el núcleo intelectual pagano de la época teodosiana se extinguió,27 la Iglesia se convirtió en la única depositaria de la cultura antigua. Si los obispos fueron, como se ha dicho, defensores de las ciudades, los papas desarrollaron una acción diplomática descollante en la defensa de Roma. Inocencio I fue intermediario entre Alarico y la corte de Rávena. León I se entrevistó con Atila, y negoció con éxito la retirada del ejército de los hunos. San Germán de Auxerre intentó el apaciguamiento de los bagaudas de la Galia noroccidental y de los bretones secesionistas; en las negociaciones entre la corte de Rávena y el reino visigodo de Tolosa intervinieron clérigos.28
La Iglesia fue heredera de la romanidad. El clero era romano. En el siglo V sólo hubo dos obispos germanos. Hasta tiempos carolingios, en el siglo VIII, no se completó la fusión de romanos y germanos en el episcopado cristiano.29
El Estado cedió a la Iglesia la beneficencia pública. En una sociedad primordialmente agrícola como la romana, en la que el pueblo había sido desposeído de sus tierras, y la propiedad agraria repartida entre los grandes dominios señoriales, los poderes públicos habían establecido desde hacia siglos la distribución gratuita de víveres entre el proletariado hambriento de las ciudades. La Iglesia constantiniana destinó una parte de las donaciones que recibía de los emperadores y de los devotos acaudalados al alivio de la miseria de los pobres; el Estado fue gradualmente transfiriendo a la Iglesia el ejercicio de la beneficencia, proporcionándole los medios económicos necesarios. El traspaso a la jerarquía eclesiástica de los socorros destinados a los necesitados, iniciado ya por Constantino, dio a la Iglesia un gran ascendiente sobre la plebe romana.30
La estructura social de los pueblos germánicos
Entre los germanos el grupo social más numeroso lo constituían los hombres libres (ingenui), los guerreros. Los pueblos bárbaros que se establecieron en las tierras habitadas por una sociedad declinante, pero más civilizada, tuvieron que estructurarse militarmente para vencerla; por eso el guerrero, de condición libre, fue entre los germanos un importante factor social. En la paz, las aseambleas locales de hombres libres (mallus), reunidas periódicamente a cielo descubierto, tomaban las decisiones que interesaban a la comunidad. En tiempo de guerra, la autoridad absoluta correspondía al rey o jefe militar, el dux, por derecho hereditario o por la elección de la asamblea de guerreros. Y como el estado de guerra se hizo costumbre durante varías generaciones para estos pueblos, y los reinos germánicos surgieron de la conquista militar, las jóvenes monarquías bárbaras se configuraron autoritariamente, y la asamblea de hombres libres sólo perduró en el reino de los francos.
Había hombres libres en las aldeas, en las ciudades, en los dominios rurales. Con ellos fueron mezclándose los supervivientes de la clase de ciudadanos romanos libres, en su mayoría artesanos (collegiati) y comerciantes (mercatores), habitantes de las ciudades, en un ininterrumpido proceso de fusión étnica.
Los ingenui bárbaros que recibieron tierras en los alojamientos, o despojaron de ellas a los vencidos, convirtiéndose en pequeños propietarios rurales, se vieron aprisionados en la misma malla que arrastró a los campesinos libres romanos al colonato y al patronato. Sin embargo, en el siglo V los colonos germanos no quedaron hereditariamente adscritos a la gleba; conservaron la libertad de romper el pacto convenido con el señor. Otros no recibieron tierras, sino que se vincularon por lazos de fidelidad o de dependencia personal o militar, bien a su rey, formando parte de su comitiva (comitatus), bien a los seniores bárbaros (como los saiones de la España visigoda). En la clientela de los reyes germánicos había nobles y hombres libres, pero la aptitud personal y la capacidad militar compensaban las diferencias de linaje.
La situación de los colonos sólo aventajaba a la de los siervos en la posesión de una personalidad jurídica que fue negada a los hombres de condición servil. Para su provisión de esclavos los bárbaros siguieron modelos romanos: prisioneros de guerra, deudores insolventes, hijos de padres esclavos o de uniones mixtas; se impuso la esclavitud a los culpables de determinados delitos. Los siervos del rey (servi regis) y de las iglesias (servi ecclesiarum), entre los que había médicos, artífices especializados y comerciantes, disfrutaron de compensaciones materiales que envidiaban muchos hombres libres.
La sociedad germánica del siglo V vino a restaurar en territorios del Imperio formas de vida arcaizantes, que Roma había superado hacía varios siglos. En este sentido, la instalación de los bárbaros en la pars occidentalis fue un retorno al pasado.
3. La corte de Rávena y los primeros Estados federados germánicos
El panorama político del siglo siglo siglo V en el Imperio de Occidente es complejo y confuso. Hasta Teodosio los emperadores ejercen realmente el poder, visitan las provincias, mandan los ejércitos. Pero la dinastía teodosiana se encierra en Rávena o en Constantinopla y abandona los asuntos públicos a las rivalidades de la camarilla cortesana y a las ambiciones de los jefes del ejército. Con mucha frecuencia surgen usurpadores del trono (Constantino III, Geroncio Máximo, Jovino Sebastián, Juan) que toman bárbaros a su servicio, como los emperadores romanos, Estos tres factores, camarilla imperial, jefes militares, antiemperadores, tejen una red inenarrable de intrigas. Los jefes bárbaros entran en el juego político como profesionales de la guerra que contratan sus ejércitos al mejor ofertante, como los condotieros italianos de los siglos XV y XVI, y prestan sus servicios hoy al enemigo de ayer. Ni los más grandes personajes de la época, un Constancio, un Aecio, que sirven al Imperio desinteresadamente, dejan de recurrir a la intriga y a la traición, usados como ingredientes necesarios de la política.
Los vándalos, alanos y suevos en la Galia
Mientras Alarico vivía su aventura italiana, la Galia era saqueada por los vándalos, alanos y suevos. Los hunos, después de haber aniquilado a los alanos y a los godos en las estepas del sur de Rusia,31 habían disfrutado durante veinticinco años pacíficamente de su victoria. Al empezar el siglo V emprendieron la conquista de Panonia, la Hungría actual. Los vándalos asdingos, que ocupaban la llanura panónica desde mediados del siglo III, no intentaron resistir. Embarulladamente abandonaron el campo a los temidos jinetes asiáticos. Pero el camino de Italia estaba interceptado por los visigodos de Alarico, acantonados en aquel momento entre Panonia y Dalmacia. Sólo quedaba a los asdingos una abertura, la del oeste, por la calzada romana que, uniendo la Nórica con Maguncia, lleva a la Galia a través del valle del Danubio superior.
Se incorporaron a los fugitivos en su éxodo, aunque sin fusionarse con ellos, los suevos del alto valle del Danubio, unos grupos de alanos escapados de las comarcas señoreadas por los hunos y los vándalos silingos del valle del Main. Los cuatro pueblos alcanzaron la Orilla derecha del Rin en diciembre de 406.
Ya se dijo en el capítulo anterior32 cómo atravesaron el Rin y la trascendencia de este suceso. La Galia se entregó inerme a los asaltantes. Ninguna ciudad, excepto Tolosa, opuso resistencia: Trévexis, la antigua capital de la Galia, Estrasburgo, Worms, Amlens, Reims, toda la Galia septentrional y central, así como la Aquitania, fueron saqueadas hasta el agotamiento de sus recursos.
Los conquistadores no se propusieron destruir el Imperio ni someter a su obediencia a los habitantes de las regiones que devastaban. Buscaban, sin un plan fijo, tierras donde vivir.
El único ejército romano que se enfrentó con esta irrupción victoriosa de tribus bárbaras fue el de Bretaña. Dejando desguarnecida la isla, el pequeño ejército desembarcó en la Galia. Su general Constantino se proclamó emperador, y recibió de sus soldados la púrpura imperial. Pero sus tropas no eran bastantes para impedir las correrías de los bárbaros, ni pudieron evitar la invasión de la península ibérica.
Los protagonistas de la invasión de 406 no fundaron más que efímeros reinos: el de los suevos en Galicia, absorbido por el Estado visigodo en 585; el de los vándalos silingios y alanos, desaparecido mucho antes, en 418; el africano de los vándalos asdingos, destruido por Justiniano en 533. Pero infligieron al Imperio una herida que, sin ser mortal, nunca se curaría, precipitando su fin.
Antiemperadores y bárbaros en la Galia y en España
El anticésar Claudio Constantino ocupó Arles, capital de la prefectura de la Galia, y mandó a su hijo Constante a someter Hispania. Constante venció la débil resistencia de los parientes del emperador Honorio, que habían reunido algunas tropas auxiliares (ningún ejército romano estaba acantonado en la península), y se adueñó nominalmente del país. Encargó la defensa de Hispania al general Geroncio y volvió al lado de su padre en Arles. Pero Geroncio aspiraba también al trono, y nada hizo por impedir la irrupción en la península de los vándalos, alanos y suevos el año 409. Proclamó emperador a su hijo Máximo, persiguió a Constante por la Galia hasta eliminarlo, y sitió a Claudio Constantino en Arles. Constantino acababa de conseguir de Honorio el reconocimiento de sus pretensiones sobre la Galia. Pero Honorio cambió de parecer, y envió contra ambos usurpadores un ejército mandado por el general romano Constancio. Geroncio fue derrotado, y se suicidó cuando sus tropas se pasaron al campo enemigo, Constancio sitió a Claudio Constantino en Arles. Surgió entonces otro antiemperador, el galo Jovino, proclamado por la aristocracia gala en Maguncia, dominada por los burgundios, y apoyado por éstos y por los guerreros alanos del tornadizo rey Goar. Constancio concedió a Claudio Constantino y a sus soldados una capitulación generosa, para disponer contra el nuevo enemigo de todos sus recursos militares. Pero Honorio quiso vengar en Claudio Constantino la muerte de sus parientes hispanorromanos, y ordenó que le fuera presentada en su palacio de Rávena la cabeza de su enemigo.
Los visigodos en la Galia
Al año siguiente, el 412, llegaban a la Galia los visigodos. El sucesor de Alarico, Ataúlfo, siguió la política nacionalista del fundador del reino godo en los primeros años de su breve reinado. Como Alarico, Ataúlfo hubiera querido establecer en la fértil Africa romana a su pueblo, pero desistió, porque no disponía de naves de guerra para forzar un desembarco. Y como Italia, arruinada y hambrienta, no brindaba incentivos para el asentamiento de los visigodos, Ataúlfo resolvió que los sucesos de la Galia y de España eran favorables para una gran aventura militar.
Los visigodos atravesaron Italia de sur a norte y, a través de los Alpes, alcanzaron el valle del Ródano. En el primer momento Ataúlfo parece inclinarse por el partido del anticésar Jovino. Pero las rivalidades entre los bárbaros encienden odios inagotables que destruyen su solidaridad étnica frente a Roma, y en el campo romano ni los emperadores ni sus adversarios pueden prescindir de los soldados bárbaros. El visigodo disidente Saro, rival de Alarico desde que ambos servían a Teodosio I, abandona el servicio de Honorio para unirse a Jovino, y esto basta para que Ataúlfo rompa con el antiemperador. Actúa entonces la diplomacia imperial para atraerse a los visigodos: el prefecto de la Galia Dardano negocia una alianza entre el Imperio y Ataúlfo. Los visigodos recibirán una annona y una provincia gala para su alojamiento en calidad de federados. A cambio, Ataúlfo vencerá y entregará los usurpadores (Jovino y su hermano el corregente Sebastián) a Honorio, y dejará en libertad a Gala Placidia, la hermana del emperador, rehén de los visigodos desde el saqueo de Roma de 410.
Ataúlfo cumplió la mitad del convenio, la desaparición del anticésar y de su hermano, pero no entregó a Gala Placidia. Honorio reclamó a su hermana y suspendió el abastecimiento de los visigodos, instigado por el general Constancio, que ambicionaba el matrimonio con Gala Placidia, como un pedestal para el trono. Falto de víveres para abastecer a su pueblo, Ataúlfo quiso apoderarse de los almacenes de trigo de Marsella, pero el general romano Bonifacio lo impidió. Ataúlfo no permaneció inactivo. En el otoño de 413 Narbona, Tolosa, Burdeos, la comarca más rica, más romanizada y menos dañada por las invasiones, fue ocupada por los visigodos.
Ataúlfo obraba contra Honorio obligado por las circunstancias, forzado por la o necesidad de víveres. Pero sus miras eran más altas, y no carecían de grandeza, si es cierto el relato de un caballero de Narbona, que había servido en el ejército de Teodosio, recogido por el historiador Paulo Orosio:
“Este caballero nos dijo que en Narbona había llegado a intimar grandemente con Ataúlfo, y que le había relatado con frecuencia ‑y esto con toda la seriedad de un testigo que presta declaración‑ la historia de su propia vida, que estaba a menudo en labios de este bárbaro de rico espíritu, vitalidad y genio. Según la propia historia de Ataúlfo, éste había empezado su vida con un vivo deseo de borrar todo recuerdo del nombre de Roma, con la idea de convertir todo el dominio romano en un imperio que sería el imperio de los godos... La experiencia le había convencido, con el tiempo, de que, por una parte, los godos estaban sumamente descalificados por su barbarie indomable para una vida gobernada por la ley, mientras que por otra parte sería un crimen suprimir el gobierno de la ley de la vida del Estado, pues el Estado deja de ser él mismo cuando la ley deja de gobernar en él. Cuando Ataúlfo hubo adivinado esta verdad, resolvió alcanzar la gloria que estaba a su alcance, de usar la vitalidad de los godos para la restauración del nombre romano en toda ‑y quizá más que en toda‑ su antigua grandeza.”33
Lo evidente es que el matrimonio de Ataúlfo con Gala Placidia servía estos fines políticos. El ceremonial de la boda, hasta los vestidos de los contrayentes fue rigurosamente romano. El hijo de esta unión fue llamado Teodosio, como el padre de Gala Placidia, el gran emperador, y era el hilo maestro de la trama política urdida por Ataúlfo; aquel niño sería el legítimo heredero de dos grandes pueblos, que aportarían la fuerza goda y la ley romana a una fusión llamada a grandes destinos.
Estos grandiosos proyectos se frustraron en poco tiempo. Las relaciones con la corte de Rávena empeoraron desde el matrimonio del monarca visigodo con Placidia. Ignoramos qué es lo que Ataúlfo se proponía al proclamar emperador al mismo Atalo que ya habla coronado y destronado Alarico,34 montando en Burdeos una corte rival de la de Rávena, con un gobierno sin autoridad formado por nobles aquitanos. La campaña militar de Constancio aventó este decorado teatral. Desde la capital prefectorial de Arles, el rival de Ataúlfo bloqueó por hambre al pueblo visigodo, al disponer la ocupación por tropas romanas de todos los puertos mediterráneos de la Galia. Ataúlfo, buscando comarcas fértiles y no devastadas para abastecer al pueblo godo, pasó con su ejército a la provincia Tarraconense, y Atalo fue capturado por los romanos. En Barcelona nació y murió a poco de nacer el pequeño Teodosio, y allí mismo fue herido de muerte Ataúlfo por un cliente de Saro, a fines del verano de 415, año y medio después de las esperanzadoras nupcias del rey visigodo con la hija de Teodosio el Grande.
Ataúlfo recomendó antes de morir que Placidia fuese devuelta a la corte de Rávena, para facilitar un nuevo pacto de su pueblo con el Imperio y el asentamiento definitivo de los visigodos. Pero el partido antirromano eligió rey a Sigerico, asesinado a los siete días, y luego a Valia. El nuevo monarca intentó, como sus antecesores, trasladarse al Africa, pero su flota naufragó. Acosados por el hambre, los visigodos volvieron al servicio de Roma. Por el tratado de 416, Valía se comprometía a devolver a Placidia y a expulsar de la península ibérica a suevos, vándalos y alanos. Los visigodos recibieron del Imperio una annona de 600.000 medidas de trigo.
Vándalos, alanos y suevos en la península Ibérica 35
La epidemia política de las usurpaciones fue causa directa de que el año 409 irrumpieran en España los cuatro pueblos bárbaros que habían roto tres años antes la frontera del Rin. Vándalos asdingos y silingos, suevos y alanos prolongaron en España durante un bienio la aventura que vivieron en la Galia. Desmontaron el frá. gil caparazón defensivo de las ciudades y vagaron por la inerme península, aterrorizando con sus harapientas pellejas a los civilizados hispanorromanos.
Orosio, Hidacio, y san Isidoro36 acentúan con tonos sombríos las depredaciones de los invasores. Los relatos de estos historiadores han acuñado una imagen escalofriante de este período: guerra, hambre, peste, bestias feroces que buscan la carroña en los lugares habitados, perceptores de impuestos que se llevan los últimos recursos. Verdad es que toda expedición bélica acarrea crueldad y miseria, y que los recursos del país estaban ya muy disminuidos por las seculares exacciones fiscales. Pero, como escribía Orosio,37 la conquista de Roma no había sido menos cruenta; y los bárbaros no pretendían sojuzgar a los habitantes de la península: querían alimentos para remediar su hambre y tierras que habitar y cultivar. Por eso ningún abismo irreparable se abrió entre bárbaros e hispanorromanos, y fue posible y aun preferible para los nativos una convivencia pacífica, romo sabemos por el mismo Paulo Orosio.
La segunda fase de la invasión se inicia en 411. Los cuatro pueblos reciben o toman tierras y se las reparten. Se desconoce si por un acto de fuerza o por un acuerdo con los hispanorromanos. El gobierno de Rávena tuvo que aceptar el hecho consumado, pero como un arreglo provisional. Hidacio38 refiere que los suevos y los vándalos asdingos ocuparon Galicia; los alanos, Lusitania y Cartaginense, y los silingos, la Bética. Es decir, la totalidad de la península menos la tarraconense, la provincia más próxima a Roma, la primera romanizada, acaso la más remisa en aceptar la negociación directa con los bárbaros.
El reparto evidencia que después de cinco años de marchar juntos estos pueblos seguían diferenciados en cuatro unidades políticas independientes, cuatro civitates, como las llamaron los romanos. Lo que no sabemos es si aceptaron la autoridad militar de un dux único, o cada civitas era gobernada por un rey. Las crónicas han conservado varios nombres de estos caudillos: el asdingo Gunderico, el silingo Fredebaldo, el suevo Hermerico, el alano Adax.
Cuando el año 416 el monarca visigodo Valía emprendió, como federado de Roma, la tarea de arrojar de la península a estos cuatro pueblos, la victoria visigoda sobre los alanos y los vándalos silingos fue rápida y completa. En menos de dos años estas dos civitates quedaron aniquiladas, y sus escasos supervivientes se incorporaron a la comunidad de los vándalos asdingos. El rey silingo Fredebaldo fue llevado a Roma prisionero.
Quedaban en la lejana Galicia los asdingos y suevos, enzarzados en guerras intestinas. Pero Valia fue llamado por el generalísimo Constancio (fines del año 418), quien ofreció a los visigodos un nuevo foedus, contratando sus servicios militares a cambio de su alojamiento en la vasta región situada entre el Loira y los Pirineos y entre el Atlántico y Tolosa, cediéndoles siete ciudades: Burdeos, Agen, Angulema, Saintes, Poitiers, Périgueux y Tolosa. Esta comarca comprendía territorios de varias provincias (las dos Aquitanias, Novempopulania y Narboriense primera) y carecía de un nombre que expresara su unidad. Sidonio Apolinar la llama Septimania en una carta a Avito.
Los motivos de esta nueva mudanza en la política imperial pueden explicarse por el temor de la corte de Rávena a que los éxitos visigodos se repitieran a costa de los vándalos asdingos y suevos. En este caso la mayor parte de la península ibérica hubiese quedado en poder de Valía, y los visigodos hubieran sido más poderosos de lo que al Imperio convenía. Roma conseguía también por la alianza entre Constancio y Valia alejar a los visigodos del pulmón del Estado romano, del litoral mediterráneo. En cuanto a la Galicia, que hospedaba a asdingos y suevos, era una región atlántica, y su ocupación no implicaba un peligro ni inmediato ni vital.
En cambio, el pacto de 418 significaba para el pueblo visigodo un asentamiento estable después de cuarenta años de peregrinación por las provincias romanas, desde los Balcanes a Hispania, en una de las regiones más prósperas de la Galia, tan feraz como el Africa que habían anhelado desde los tiempos de Alarico.
El Imperio de Occidente después del “foedus”, de 418
Entre los años 418 y 423 pudo creerse que la crisis abierta por las invasiones estaba vencida. Si expulsar a los bárbaros no fue posible, se había logrado incorporarlos al servicio militar del Imperio. Era, al fin y al cabo, la misma solución dada por Teodosio I al problema planteado en los Balcanes por los visigodos treinta y seis años antes, sólo que aplicada a mayor número de pueblos y en diversas regiones de la pars occidentalis. La administración romana, con sus jueces y sus agentes fiscales, no desapareció totalmente de las provincias en las que había hospedados bárbaros. Estos eran soldados contratados por Roma, que recibían como paga tierras, esclavos y annonas. El imperio esperaba reducir gastos con este procedimiento, procurando al mismo tiempo mantener su administración y su sistema tributario en todas las provincias.
Italia estaba libre de bárbaros. Después del saqueo de Alarico, Roma había recuperado su vida ociosa y despreocupada; el trigo africano seguía abasteciéndola. El cuadro que presentan en estos años las otras provincias tampoco es desalentador. El ejército romano había abandonado la isla de Bretaña para cubrir la frontera del Rin, pero una situación análoga producida en el siglo III no tuvo resultados irreparables. Los visigodos estaban alojados en Aquitania, y los suevos y los vándalos asdingos en Galicia. Las rivalidades entre estos federados eran explotadas hábilmente por la diplomacia romana. Los suevos y los asdingos solicitaban una renovación de la alianza con Roma. Muerto Alarico, los visigodos acabaron siendo colaboradores útiles: sofocaron la guerra civil promovida por el antiemperador Jovino y aniquilaron a los alanos y a los silingos. Instalados por último entre el litoral atlántico y el valle del Loira, se esperaba de ellos que rechazaran a los piratas sajones y que sometiesen a los revueltos armoricanos de la Galia noroccidental. Se había logrado además instalar a estos federados godos en la fachada atlántica del Imperio, y a los suevos y asdingos en la región ‑hispánica menos romanizada, más apartada y difícil de defender. Se alejó a los visigodos de la costa mediterránea, salvaguardando las comunicaciones marítimas y terrestres de Roma con la Galia y España. Se logró formar un pequeño ejército destinado a la desguarnecida Hispania, con la misión de mantener a los vándalos asdingos y a los suevos distanciados del Mediterráneo, acantonados en la franja atlántica de la península.
Se creía en la corte imperial que una restauración de la normalidad era todavía posible. Un decreto de 418 reorganizaba las asambleas provinciales, que habían sido instituidas en el siglo I para la celebración del culto de “Roma y de Augusto”. Aunque en el Bajo Imperio adquirieron el derecho de dirigirse en petición o reclamación al emperador, estas asambleas nunca llegaron a ser ni representativas ni deliberativas. La restauración de estos concilios religiosos del paganismo en un Imperio cristiano resultaba incongruente. Era, sin duda, una demanda de ayuda que el gobierno de Rávena hacía a los potentiores de las provincias. Fríamente acogida por éstos, fueron sin embargo convocadas anualmente (al menos la de la Galia, que se reunía en Arles) hasta la desaparición del Imperio de Occidente.
Constancio, coemperador de Occidente
La reacción antigermana que había derribado a Estilicón39 consiguió que durante medio siglo ningún oficial bárbaro fuese jefe supremo del ejército. Les sucesores de Estilicónfueron romanos, pero también ellos se vieron obligados a reclutar sus tropas entre las tribus germánicas (y aun entre los hunos), y a servirse cada vez más de ejércitos bárbaros federados. Desde la muerte de Teodosio el Grande ningún emperador toma el mando de sus ejércitos, y estos generales romanos, nombrados patricios y magister utriusque militiae, corno Estilicón, son poderosos en una época de guerra permanente. Su política es tan personal como la de los jefes bárbaros, e igualmente funesta para el Imperio.
El primero de estos generalísimos romanos fue Constancio, antiguo oficial de Teodosio el Grande y de Estilicón. Nacido en Naiso, en la Iliria, como Aureliano y Diocleciano, fue el último de los grandes generales de aquella provincia apuntaladores del Imperio. Enérgico, incansable y ambicioso, impuso su voluntad al débil Honorio después de su victoria sobre los usurpadores Flavio Constantino y Geroncio. Elevado a la dignidad de patricio y generalísimo, fue durante diez años (411‑421) el árbitro del Imperio. Constancio deseaba desposarse con Gala Placidia para coronar su carrera política emparentando con el emperador. El matrimonio de Ataulfo, con la hija de Teodosio I enfureció a Constancio; el patricio romano impidió el entendimiento con Roma que el monarca visigodo pretendía.40 Cuando Ataúlfo y el pequeño Teodosio murieron, y Gala Placidia fue devuelta por Valia, Constancio pudo contraer las anheladas nupcias con la hermana del emperador. Tres años después Honorio le otorgaba el título de augusto, asociándole al gobierno imperial.41
Pero Constancio murió aquel mismo año 421. El Imperio de Occidente perdía su político más hábil y su mejor general. El prestigio de Constancio había sofocado en la corte de Rávena el hervidero de las intrigas, que ahora, muerto el cuñado de Honorio, rebrotaron con renovada energía. Placidia, enemistada con Honorio, abandonó la corte de Rávena, llevándose al hijo que había tenido de Constancio, el futuro emperador Valentiniano III. La hija y el nieto del gran Teodosio fueron acogidos en Constantinopla por el emperador de Oriente Teodosio II.
Honorio murió dos años después de Constancio sin dejar sucesión.
4. La defensa de la Galia y el abandono del Africa romana
En los treinta años del reinado de Valentiniano 111 (425-455) se decide el destino del Imperio de Occidente.
El joven emperador heredaba un Estado exangüe, pero que estaba aún a tiempo de salvarse. Los usurpadores habían sido vencidos; los bárbaros, hospedados por el sistema romano de acantonamiento militar las ruinas de Roma y de Italia, restauradas. Más que las nuevas mareas invasoras, fueron los enemigos interiores; los que aceleraron el desmoronamiento: la nobleza latifundista, aliada con los reyes bárbaros y con los jefes del ejército contra la autoridad del Estado; la corruptela de la Administración, acaparada por la aristocracia.
En vano dispuso el gobierno de Valentiniano III la promoción a los altos cargos de los funcionarios subalternos y de los abogados,
y el restablecimiento de los defensores de las ciudades, y la protección de los curiales contra las arbitrariedades de la nobleza.
El Estado se desintegraba porque la sociedad romana se estaba destruyendo a sí misma, transformándose en un informe apiñamiento de pequeños grupos sociales, disociados radicalmente unos de otros, y todos del cada vez más fantasmagórico Imperio, con un ciego y suicida egoísmo.
El reinado de Valentiniano III
Por un momento pareció que las dos partes del Imperio iban a reunirse al morir Honorio, y que Teodosio II recogería la herencia íntegra de Teodosio el Grande. Pero surgió en Rávena otro antiemperador, el notario de Palacio Juan, apoyado por algunos altos funcionarios y reconocido por el Senado de Roma, y la corte de Constantinopla decidió coronar emperador de Occidente a Valentiniano III. Un ejército imperial dirigido por el general alano Aspar, atravesó en el verano de 425 los pantanos de Rávena, y el anodino usurpador sucumbió desamparado por sus partidarios.
Teodosio II había escogido la solución más prudente: rehuir la responsabilidad directa del gobierno de Rávena, reservándose una influencia en él a través de Valentiniano III y de una camarilla de cortesanos adictos. La intervención militar bizantina estableció un precedente: en lo sucesivo, ningún emperador de la pars occidentalis fue tenido como legítimo sin el consentimiento del emperador de Oriente.
La ayuda militar tuvo su precio: la Iliria oriental, con las ricas minas de plata de Macedonia (que Estilicón había querido conservar para Occidente), quedó incorporada a la pars orientalis. Se concertó también el matrimonio de Valentiniano III con una hija de Teodosio II, la princesa Licinia Eudoxia.
Valentiniano III tenía siete años cuando recibió solemnemente en Roma la púrpura imperial. Reinó tutelado por su madre Gala Placidia, proclamada augusta por Teodosio II.
Durante los primeros años del reinado la defensa del Imperio quedó paralizada por las intrigas de la corte. Cuatro camarillas competían por el poder: la de Placidia, a quien era fiel el general romano Bonifacio; la de la corte de Constantinopla; la del magister militum Félix, y la de Aecio, temible por su amistad con los hunos. La alevosa intriga de Félix para arrebatar a Bonifacio el favor de Gala Placidia debilitó la defensa de Africa, en el momento en que los vándalos iniciaban su conquista.42
Aecio
Mientras Genserico precipitaba la ruina de Africa romana, una dramática lucha por el poder paralizaba la política imperial. La desaparición sangrienta del patricio Félix en 430 y de Bonifacio, nombrado generalísimo por la versátil Placidia dos años después, permitió a Aecio, el tercer protagonista de la tragedia, regir durante veinte años el Imperio, con los poderes ilimitados de un Estilicón.
Como Constancio y como Bonifacio, Flavio Aecio era romano. Había nacido en 390, en la pars Orientalis del Imperio, en Silistria, una ciudad de la baja Mesia. Su padre Gaudencio fue general de caballería y alcanzó la dignidad de comes (compañero) del emperador Honorio. Su madre pertenecía a una familia de la aristocracia italiana. Entró adolescente en la guardia imperial, y fue entregado como rehén, primero a Alarico, quien perfeccionó su formación militar, y luego al khan de los hunos Rugila, en cuya corte intimó con el joven príncipe Atila. Esta amistad, y la larga convivencia con los bárbaros fueron muy útiles más tarde a Aecio. Ningún romano conocía como él la fuerza real de los hunos, ni sabía servirse con la misma astucia de las discordias entre los bárbaros, ni hablar a los soldados germánicos en su propia lengua.
Cuando Honorio murió, el usurpador Juan había nombrado a Accio jefe de la guardia, encargándole que reclutara un ejército de mercenarios bárbaros. Aecio fue al país de sus amigos hunos para reunirlo. Cuando llegó a Italia con los temibles guerreros asiáticos era demasiado tarde: Juan había sido ejecutado en Aquilea y Valentiniano III y Gala Placidia reinaban en Rávena. La regente prefirió un pacto con un adversario enojoso a los riesgos de una guerra civil. Nombró a Aecio magister militum y le entregó oro para que pagara y licenciara a una parte de los auxiliares hunos. Aecuio recibió órdenes de acudir, con la pequeña hueste que conservaba, en defensa de Arles, amenazada por los inquietos visigodos. Esta misión fue realizada brillantemente.
La victoria avivó su ambición. Los años siguientes fueron sombríos. La calma que alivió al Imperio de Occidente durante los últimos tiempos del emperador Honorio fue sacudida por el hervor vital de los pueblos bárbaros. Aecio luchaba sin descanso y con fortuna contra los francos y los visigodos en la Galia, sin dejar de intrigar en la corte contra sus rivales Félix y Bonifacio. La amistad con el khan de los hunos le facilitó tropas para desembarazarse de sus adversarios. En 434 Gala Placidia se resignó a nombrarlo patricio y generalísimo de los ejércitos romanos. Desde ese momento hasta su muerte, Aecio se consagró a la defensa del Imperio, y gracias a sus esfuerzos Valentiniano III mantuvo durante esos años la sombra de su autoridad.
Los vándalos ocupan el África romana
Los suevos y los vándalos asdingos, que estaban alojados en Galicia, se sentían atraídos por la España del sur.43 Venciendo a los suevos, fueron los asdingos quienes ocuparon Andalucía.44 Cuando Constancio retiró de la península al ejército visigodo de Valía, contaba con reducir a suevos y vándalos con tropas romanas. Pero las huestes imperiales fueron derrotadas por los vándalos, que en428 ocuparon Cartagena y Sevilla. La posesión de estos puertos dio a los vándalos la flota romana de España. En Cartagena, marinos romanos debieron instruir a los asdingos en la técnica de la navegación. En los puertos mediterráneos españoles fue organizada la primera escuadra que tuvo un pueblo germánico. Una incursión a las Baleares y otra a Mauritania Tingintana, de las que Hidacio nos informa, proporcionaría a los vándalos la experiencia marinera necesaria para realizar la expedición naval al Africa, que los visigodos habían intentado infructuosamente. La aventura de Mauritania descubriría a los vándalos las debilidades militares de las provincias africanas.
El año 428 murió el rey Gunderico, sucediéndole su hermano bastardo Genserico.45 En él tuvo el pueblo vándalo un jefe excepcional. Era cojo, de pequeña estatura, astuto y cruel. Despreciaba el lujo, pero atesoraba con avidez el botín arrebatado a sus enemigos. Taciturno de ordinario, encontraba siempre el gesto oportuno o las palabras precisas para arrebatar de entusiasmo a su pueblo. Capaz de planear las más ambiciosas empresas políticas, intuía siempre el momento idóneo para ejecutarlas. Hábil diplomático, poseía, como los romanos, el arte de dividir a sus adversarios. Fue el primer político germánico de su siglo. En los cuarenta y nueve años de su reinado fundó en Africa el primero de los Estados bárbaros independientes incrustados en territorio romano, y supo modelarlo con una coherencia política asombrosa, para el informe material de que disponía. Más que Alarico o Atila, fue Genserico quien asestó a Roma daños irremediables.
Mientras Genserico preparaba cuidadosamente el embarco de sus gentes, los suevos creyeron que la ocasión era favorable para vengar anteriores humillaciones militares. En Mérida atacaron a los vándalos, mas fueron vencidos nuevamente, y su rey Hermigario murió ahogado en el río Guadiana.
80.000 vándalos hicieron en la primavera de 429 la travesía de las costas de Tarifa a las de Tánger. A los vándalos asdingos se habían unido los escasos silingos y alanos supervivientes de la campaña de exterminio de Valla, y algunos hispanorromanos. Era todo lo que quedaba de los temidos pueblos que habían atravesado el Rin el último día del año 406, con excepción de los suevos, que permanecían en la península hispánica. Genserico no debía contar con más de 15.000 soldados.
Avanzaron con lentitud, a través de la Mauritania, siguiendo una ruta terrestre que atraviesa el desfiladero de Taza, sin encontrar resistencia. Emplearon un año en recorrer 2.000 km. Caminaban, pues, unos ocho km diarios, destruyendo todo lo que no podían llevarse.
Genserico había emprendido la conquista del Africa romana en el momento más propicio. A las viejas discordias entre católicos y donatistas, a la anarquía ocasionada por la rebelión de los circumcelianos, se sumaba ahora, para empeorar la situación de aquellas provincias, la ruptura de su conde Bonifacio con la corte de Rávena.46 Aunque a la llegada de los vándalos Bonifacio había recuperado el favor de Gala Placidia, se malogró, para la organización de la defensa militar, el año que los vándalos habían invertido en llegar de Tánger a Numidia.
En campo abierto los vándalos no pudieron ser contenidos, pero la ciudad de Cartago rechazó el ataque de Genserico. El rey vándalo sitió entonces Hipona, bien fortificada, defendida por tropas romanas. Allí quedó cercado el obispo de la ciudad, san Agustín (que había alentado a muchos obispos y sacerdotes africanos a permanecer en sus ciudades, compartiendo los sufrimientos de la población católica), muriendo durante el largo asedio de catorce meses.
La corte de Rávena no disponía de recursos para socorrer la plaza. Teodosio II envió a su general Aspar, que fue derrotado por Genserico. Bonifacio regresó a Italia, las ruinas de Hipona fueron abandonadas a los vándalos y el ejército romano se replegó sobre Cartago.
El Gobierno imperial propuso a Genserico en 435 un foedus de acantonamiento. Se ofrecía a los vándalos la parte occidental de la provincia Proconsular, con la ciudad de Hipona, Numidia septentrional y la Mauritania oriental o sitifiana 47 a cambio de ayuda militar y de un tributo en trigo para el abastecimiento de Italia, Genserico aceptó. Quería dar descanso a sus soldados y afianzar la instalación de su pueblo en las feraces tierras alcanzadas.
El rey vándalo no se satisfacía con un pacto como el que admitieron otros pueblos germánicos. Las discordias entre los propietarios romanos y la plebe púnica, entre católicos y donatistas, los rescoldos de la rebelión de los circumcelianos, desgarraban el Africa romana. Para constituir un Estado germánico independiente, Genserico socavó el poder de los terrateniente romanos y del clero católico. El arrianismo de los vándalos fue manejado como un arma política contra la Iglesia africana y contra los disidentes donatistas. La nobleza romana no tuvo ocasión, como en otros países, de pactar con el invasor a costa del Imperio. Desposeída de sus dominios, los potentiores que no pudieron huir, quedaron sometidos a servidumbre. Los humiliores aceptaron con momentáneo júbilo el cambio de señor, y los esclavos que colaboraron con los vándalos fueron manumitidos.
Cuatro años después del tratado con Roma, en 439, Genserico atacó a Cartago por sorpresa. La ciudad había recobrado en ese tiempo su vivir ocioso, su parasitaria indolencia, su pasión por los juegos. El ejército vándalo la ocupó casi sin lucha, saqueándola metódica, implacablemente. Sin dar tregua a las escasas y desmoralizadas tropas imperiales, los bárbaros se expandieron por la Tripolitania, y al año siguiente invadieron Sicilia. Valentiniano, III propuso a Genserico un nuevo foedus en 442. El Imperio reconocía la ocupación efectuada por los vándalos de toda la provincia Proconsular (el granero de Roma), con Cartago, la segunda ciudad del Imperio de Occidente; de la Bizacena; de una parte de Tripolitania y de Numidia. Roma conservaba el resto de estas dos últimas provincias y la Mauritania, mas sin flota para defenderlas, dejándolas abandonadas a su suerte.
Pero Genserico, que había obtenido las comarcas más feraces del Africa romana y concentrado en ellas a su pueblo, ya no ambicionaba más tierras. Su política se orientaría desde ese momento al dominio del mar. En expediciones reiteradas a Sicilia, a Córcega, a Cerdeña, a Baleares, iría estrechando el cerco de Roma. Los esfuerzos de Aecio por conservar la Galia y por contener a Atila iban a ser vanos. Era Africa lo que hubiera sido necesario salvar, para salvar a Roma.
La defensa de la Galia contra francos, visigodos y burgundios
Aecio carecía de recursos para afrontar tantas acometidas simultáneas, y escogió la defensa de la Galia. Los visigodos intentaron, desde Aquitania, alcanzar el Mediterráneo. Su rey Teodorico I, elegido a la muerte de Valia, renovó las frustradas ambiciones de Ataúlfo sobre la Narbonense. En Arles fue derrotado por Aecio (año 425). Es lo más probable que en la tregua que siguió a esta parca victoria romana, la corte imperial reconociera a los visigodos la soberanía de Aquitania.48 Pero en 430 Teodorico I quebrantó de nuevo la paz, asediando Arles, y Aecio volvió a derrotarlo, Seis años más tarde el rey visigodo quiso apoderarse de Narbona, fracasando en el asedio. El contraataque romano llevó hasta Tolosa a las tropas imperiales, El pacto de 418 fue renovado, pero la política antirromana de Teodorico I no cesó hasta que la amenaza de Atila unió a romanos, visigodos y francos.
Los francos, tardíamente aparecidos en las fronteras del Rin, de incierto origen, de vida oscura antes del siglo V, estaban destinados a fundar el más duradero de todos los Estados germánicos. Su largo habitamiento junto al territorio romano, en la vecindad de sus ciudades comerciales como Colonia, los convirtió en uno de los pueblos bárbaros más romanizados. Los francos del noroeste, llamados literariamente salios,49 se establecieron en la Toxandria, según Amiano Marcelino, nombre de difícil interpretación, que acaso corresponda a la orilla derecha del Rin holandés, comarca desde la que los francos se desplazaron hacia el Escalda.
El otro grupo tradicionalmente mencionado, el de los ripuarios, no existió nunca como rama del pueblo franco.50 Geográficamente puede definirse una Francia rinensis, como la llama el Cosmógrafo de Rávena (obra redactada en los días de la caída del Imperio de Occidente), región poblada por los francos del este, y que abarcaba el valle inferior del Mosa, el del Rin desde Maguncia hasta Nimega, y el del Mosela desde Toul hasta Coblenza.
En el siglo IV los francos colonizaron las tierras de la frontera renana, casi abandonadas por Roma. Juliano había establecido a los salios en el Brabante septentrional como, súbditos del Imperio. Algunos de los jefes francos, profundamente romanizados, como Bauto, Merobaldo y Arbogasto ocuparon altos cargos en el Imperio.
Las tribus francas no participaron en la invasión de 406. Las unidas a Roma por un estatuto jurídico ofrecieron resistencia, aunque endeble, a los asaltantes. Cuando la oleada alano-germánica se trasladó a España, después que hubo asolado la Galia, los francos entraron en acción. Los de la Francia rinensis (es decir, los llamados ripuarios por los historiadores hasta no hace mucho) saquearon Tréveris y ocuparon Colonia. Los salios, acaudillados por el rey Clodión, alcanzaron Cambrai y Tournai. Aecio los derrotó cerca de Cambrai, pero para atraérselos cambié su estatuto de dediticii51 por el de federados. El mismo año 428 rechazó a los «ripuarios» a la otra orilla del Rin.
Los burgundios o burgundiones, originarios de Escandinavia y afines a los godos52 fueron desplazados desde Suabia al sur de Coblenza, por los movimientos de pueblos que produjo la invasión de 406.53 Apoyaron militarmente al usurpador Jovino, y después de esta aventura el gobierno de Rávena se los atrajo por un foedus. Cuando los burgundios quisieron extenderse desde el Palatinado hasta Bélgica, Aecio lanzó contra ellos a sus aliados hunos.54 Los burgundios fueron aniquilados, y su rey Gondicario muerto con todos sus fieles. Era el año 436. Los supervivientes fueron establecidos por Aecio (que quería conservarlos como reserva militar del Imperio) en Sapaudia, la Saboya actual, al sur del lago de Ginebra.
La epopeya de los Nibelungos, que en su redacción definitiva es un poema de principios del siglo XIII, refleja la resonancia épica del cataclismo burgundio, aunque en el cantar alemán se hayan confundido los sucesos de 436 con los de 451. No fueron los hunos de Atila los que exterminaron a rey Gondicario (el Gunther del poema) y a sus guerreros, sino los mercenarios hunos del ejército romano de Aecio. Pero es admirable que la catástrofe que casi extinguió al pueblo de los burgundios despertara en sus juglares el sentimiento, revestido de una forma poética, del heroísmo y de la trágica grandeza de su derrota.
La pérdida de Britania y el establecimiento de los bretones en la península armoricana
La lejana Britania, desasistida militarmente por el gobierno imperial, fue atacada simultáneamente desde el siglo IV por los pictos, que desde Escocia desmantelaron el muro de Adriano, limes septentrional de la provincia romana, y por los escotos irlandeses, que saquearon primero y ocuparon después la costa occidental de la isla, desde Caledonia hasta Cornualles.55 El último general romano que defendió enérgicamente Britania fue el conde Teodosio, padre del emperador.
En 401, Estilicón retiró una parte del ejército romano, y en 407 el general Flavio Constantino se llevó del país el resto de las tropas imperiales. La provincia ya no recibió ningún socorro militar de Roma Los bretones se defendieron con sus solas fuerzas, llegando a derrotar a una coalición de pictos y sajones. Pidieron ayuda a Aecio, pero el gobierno imperial no podía distraer ni un soldado de la defensa de la Galia. Por otra parte, los bretones fueron incapaces de ofrecer un frente unido a los invasores.
A mediados del siglo V58 los piratas anglos y sajones ocuparon la región oriental de la isla y se aplicaron a exterminar a los bretones, y a destruir todo rastro de romanidad.
Muchos bretones, probablemente los más humildes, emigraron a la Galia, huyendo más de los pictos que de los anglosajones, y se establecieron en la península armoricana, cuyo paisaje les recordaría el que acababan de abandonar. Apenas romanizados, habían conservado su lengua céltica, su vestimenta y sus costumbres, y su llegada a la romanizada Galia, que había olvidado el celta por el latín, debe interpretarse como otra invasión bárbara. Los bretones dieron a la Armórica el nombre que esta región ha conservado, y su lengua bretona desplazó a la latina.
La situación de esta comarca norooccidental de la Galia era muy confusa a la llegada de los bretones, entre el 441 y el 442. Los bagaudas habían sublevado el país, con la ayuda de la población campesina.57 Vencidos por Roma con mercenarios hunos cinco años antes, el levantamiento de la «liga armoricana» y de los bagaudas en 448 fue sofocado por mercenarios alanos. La pacificación del país, tan anhelada por Aecio, llevaba implícita la aceptación del asentamiento de los bretones.
Roma había identificado la defensa del Imperio con la de la Galia. El balance de veinte años de esfuerzos extenuadores parecía positivo. Si Bretaña estaba definitivamente perdida, el Imperio de Occidente conservaba aún la soberanía nominal de la Galia.
La pérdida de España: el reino suevo, y la penetración visigoda en la península ibérica
Idos los vándalos al Africa, los suevos derrotados en Mérida por Genserico58 quedaban en la península como únicos ocupantes germánicos. No existen testimonios de ningún tratado de alianza entre los suevos y el Gobierno imperial, pero las visitas de embajadores romanos a los reyes Rékhila y Rekhiario, y la cooperación sueva en la campaña contra los bagaudas del valle del Ebro59 son datos suficientes para considerar de hecho como federados a los suevos. Fueron huéspedes bulliciosos y molestos. Su caudillo Hermerico dirigió incursiones de rapiña contra las poblaciones galaico romanas, que pudieron defenderse porque habían conservado las mejores fortalezas del país. El obispo Hidacio viajó hasta Arles para solicitar ayuda contra los suevos. Aecio, dux entonces de la Galia, necesitaba sus escasas huestes para empresas consideradas más urgentes. Hidacio y otros obispos tuvieron que negociar con Hermerico una paz que fue rota por los suevos en numerosas ocasiones.
El sucesor de Hermerico, su hijo Rékhila, conquistó Mérida y Sevilla, sometiendo entro los años 439 y 446 las provincias Bética y Cartaginense, después de vencer a todos los generales romanos ‑Avito entre ellos‑ que intentaron oponérsele.
Rekhiario, hijo y sucesor de Rékhila, se aventuró en más audaces empresas. Sin abandonar el saqueo de ciudades hispanorromanas, su expedición contra la comarca de Zaragoza parece haber apoyado la campaña militar contra los bagaudas del general romano Basilio.60 Mas cuando Avito fue proclamado emperador, Rekhiario se negó a reconocerlo, y creyó propicia la ocasión para apoderarse de la provincia tarraconense. El rey visigodo Teodorico II no desperdició esta oportunidad. Como aliado de Roma, atacó a los suevos, y Rekhiario fue vencido y ejecutado en Braga. Desde este momento los visigodos, so pretexto de someter a los suevos, fueron afianzando su poder en la península.
La situación del Imperio de Occidente a mediados del siglo V
¿Es posible relatar con claridad lo que es caótica confusión? En víspera de la ruptura de Aecio con Atila, cuando el Imperio que, como se ha visto, se defiende militarmente con mercenarios hunos, va a tenerlos como adversarios, la situación de la pars occidentalis es, a grandes rasgos, ésta:
El reino vándalo ocupa las provincias más ricas del Africa romana, y sus naves dominan el Mediterráneo occidental. El abastecimiento de Italia está a merced de Genserico.
El Imperio ha perdido definitivamente Panonia y Bretaña. Todas las provincicas hispánicas, a excepción de la Tarraconense, están. en manos de los suevos.
El gobierno de Rávena conserva un poder nominal en Mauritania, en la Tarraconense y en la Galia. Pero carece de barcos para asegurar una comunicación regular con el Africa occidental. Ninguna ciudad hispánica está protegida contra los ataques de los suevos. En la Galia prosiguen infiltrándose francos y alamanes. Los federados burgundios y visigodos no son aliados seguros. La tenacidad visigoda ha logrado alcanzar la Narbonense y la costa mediterránea.
Sólo Italia permanece libre de bárbaros. Pero sus habitantes no son ya aquellos campesinos soldados que conquistaron el mundo mediterráneo. La aristocracia senatorial les arrebató en otro tiempo sus tierras. Soldados profesionales los apartaron del ejército romano. Deliberadamente se fomentó entre ellos el envilecimiento de los juegos públicos, del ocio, de los repartos gratuitos de víveres. Han perdido el hábito del trabajo, la voluntad de defenderse, porque no tienen nada suyo que salvar. Desaparecida la ayuda financiera de las provincias, sin recursos para pagar tropas mercenarias, el Gobierno imperial se quedará sin soldados.
5. El Imperio amenazado por los hunos 61
Al destruir el reino godo de Ucrania, los hunos provocaron, como se dijo, las migraciones de pueblos que irrumpieran violentamente en la península balcánica en 378.62 Los temidos nómadas asiáticos habitaron las estepas ucraniana y rumana durante treinta años, explotando su victoria. En un nuevo desplazamiento hacia el ,oeste ocuparon la llanura húngara del Tisza, el fértil y llano país que atrajo siempre a los pueblos de las estepas. Este avance originó la fuga atropellada de los ostrogodos que Radagaiso dirigió contra Italia,63 y la de los suevos, vándalos y alanos que invadieron la Galia en 407.
Las relaciones de los latinos, con el Imperio fueron, sin embargo, amistosas en estos años, Muchos guerreros hunos se alistaron en el ejército romano. El khan huno Uldín apresó al godo Gainas, sublevado contra el Imperio de Oriente, y envió a Constantinopla el macabro obsequio de la cabeza del rebelde.64 El Imperio se sirvió, durante mucho tiempo, de mercenarios hunos. Con ellos derrotó Teodosio I al antiemperador Máximo. Tanto Estilicón como su rival Rufino, prefecto del pretorio de Oriente, se rodearon de una guardia personal de soldados hunos. Con guerreros cedidos por Uldín derrotó Estilicón a Radagaiso en Fiésole. Aecio fue más lejos: cimentó la defensa del Imperio en la alianza con los hunos.
El apoyo prestado por los sucesores do Uldín, los khanes Mundziuch y Rúa, al Imperio de Occidente no fue desinteresado. La Panonia fue el precio. Con estos aliados poderosos pudo Aecio mantener la soberanía romana al oeste del Rin, y los grandes dominios señoriales galorromanos fueron protegidos de las invasiones exteriores y de las rebeliones de los bagaudas.
El Estado huno de Panonia
Fue probablemente Rúa, khan único a la muerte de Mundziuch, quien estructuró las dispersas tribus en un Estado en el que quedaron aglutinados los pueblos vasallos: ostrogodos, gépidos, hérulos, rugios, turingios, alanos, sármatas, romanos de Panonia. Los hunos eran, en este conglomerado, una minoría.
El modelo de este Estado debió de ser el Imperio sasánida. Los hunos, que durante siglos no conocieron otra civilización sedentaria que la china, habían entrado en contacto, en su emigración hacia el oeste, con la cultura persa, y tomaron de ella elementos de su arte, de su escritura, del ceremonial cortesano.65 Lo mismo que en la corte sasánida, hubo en la de Atila secretarios encargados de la correspondencia diplomática en lenguas extranjeras66 indicio de que un cuerpo de funcionarios se estaba articulando en el nuevo Estado. El jefe de las oficinas de Atila era Orestes, un romano de Panonia. Rustikio, originario de Mesia, hábil orador y escritor, redactaba los documentos dirigidos a la corte de Constantinopla. Para las relaciones con Rávena, Aecio proporcionó a Atila un retórico italiano. Los personajes de la corte eran, con Orestes, Onegesio, probablemente griego, que desempeñaba funciones de un primer ministro; Ardarico, rey de los gépidos; Valamer, jefe de los ostrogodos, y Edica, padre de Odoacro, el que pondría fin al Imperio de Occidente.
Con la burocracia palatina, y como factor antagónico, surgió en el Estado huno el régimen feudal. Los antiguos jefes de tribu, de dudosa fidelidad, perdieron su importancia social, transformándose en altos oficiales del ejército o en miembros de la corte, encargados por el soberano de misiones especiales., embajadas diplomáticas, percepción de tributos. Así dispuso el khan de una nobleza personalmente vinculada a la corona, generosamente retribuida con el abundante botín acumulado.67 Esta aristocracia guerrera, unida al soberano por lazos de fidelidad personal, recibió vastos señoríos rústicos, con siervos y esclavos. Así nació un feudalismo primitivo que no pudo consolidarse política y económicamente por la breve duración del reino huno. Este feudalismo es otra consecuencia de la influencia sasánida.68
Los príncipes de los pueblos sometidos (ostrogodos, rugios, gépidos, etc.) fueron incorporados a esta nobleza feudal, siguiendo la costumbre de las estepas eurasiáticas, en las que se acepta como aliado al enemigo vencido.
¿Cuál era la extensión del Imperio de Atila a mediados del siglo V? Los límites de un Estado surgido del nomadismo son inciertos siempre. Desde la ocupación de Panonia la masa más densa de la población huna se asentó en la puszta húngara, pero la presencia de sus jinetes fue constante en las llanuras próximas, desde Ucrania hasta Panonia, y desde Silesia hasta Valaquia.
Atila. sus relaciones con el Imperio de Oriente
Rúa recibía anualmente 350 libras de oro de Teodosio II. Para el emperador de Oriente esta cantidad equivalía a un regalo o a una soldada. Para Rúa era un tributo. Esta relación equívoca pero pacífica concluyó cuando algunas tribus turcas, para escapar a la despótica autoridad del monarca huno, entraron al servicio del Imperio bizantino. Rúa exigió que le fueran devueltos los fugitivos. Constantinopla envío dos diplomáticos para negociar, pero Rúa murió súbitamente y fueron proclamados khanes Bleda y Atila, hijos de Mundziuch.
Los nuevos soberanos aumentaron sus exigencias: se duplicaría el «tributo» anual, los desertores serían entregados, los prisioneros
de guerra romanos rescatados al precio de ocho piezas de oro por cada cautivo. Constantinopla aceptó.
Durante quince años las amenazas de Atila van a concentrarse contra la corte de Teodosio II. La astucia de Atila especulará con las dificultades militares del Imperio de Oriente ‑la amenaza de los vándalos a sus comunicaciones marítimas, el peligro constante en la frontera persa‑ para imponer a la corte bizantina más pesados gravámenes. Y cuando la hacienda imperial, exhausta, no pueda satisfacer las exigencias de Atila, será la guerra.
Para iniciarla, el rey de los hunos escogerá el momento más favorable: cuando los ejércitos imperiales combaten lejos del territorio balcánico, en el frente del Eufrates, o en el mar pirateado por los vándalos. Es entonces cuando los jinetes hunos saquean las ciudades balcánicas: Naiso (Nich), Singiduno (Belgrado), Sirmio, la llave del frente danubiano. En 443 el Imperio de Oriente ha de aceptar una paz humillante: el tributo anual, triplicado, asciende ya a 2.000 libras de oro; es necesario, además, entregar a los hunos otras 4.000 libras de oro por indemnización de guerra y devolverles todos sus vasallos tránsfugas.
En 445 fue asesinado el insignificante Bleda, y Atila tuvo desde entonces un ilimitado poder sobre todas las tribus hunas y los vasallos germánicos de su Imperio. Prisco, bien informado siempre, asegura que Atila se proponía, como Alejandro y César, conquistar el Imperio sasánida, avasallar al emperador de Constantinopla y extender en Occidente su poder hasta las islas oceánicas.
En 447 Atila emprende una nueva ofensiva contra Constantinopla. Las huestes hunas atraviesan el Danubio, saquean la provinccia de Mesia, alcanzan las Termópilas. Teodosio II pide la paz, y Atila hace una propuesta sorprendente: el establecimiento de una frontera deshabitada, desde Nich a Belgrado, en una profundidad de cinco jornadas de camino. ¿Renuncia sincera a los territorios situados al sur del Danubio? ¿Deseo del nómada de evitar ,a su pueblo el contacto con una civilización despreciada?
La corte de Atila
En 449 Teodosio II envía al rey de los hunos una nueva embajada. En la comitiva figura uno de esos griegos de mirada penetrante, grandes conocedores de hombres, que han enriquecido la historiografía helénica con retratos de una precisión y claridad perfectas. Prisco nos ha legado unas páginas de valor inestimable sobre la corte de Atila. Este pueblo nómada que está transformándose en Estado sedentario tiene un esbozo de residencia fija en la llanura húngara. La mansión real es todavía de madera, construida con piezas admirablemente labradas y adornadas con bajorrelieves. El edificio se levanta sobre un altozano que domina las restantes construcciones, y lo rodea una empalizada reforzada por torres. En derredor se erigen las otras viviendas, también de madera. En el interior del recinto real está situada la de una de las mujeres de Atila,. a la que Prisco nos describe, extendida sobre un mullido tapiz, en una habitación alfombrada de lana, recibiendo los regalos de la corte de Constantinopla. Rodean a la esposa real sus sirvientas, sentadas en círculo, trabajando en esos bordados de colores vivos. que adornan profusamente los vestidos orientales.
El alojamiento de Onegesio, el súbdito más distinguido por el emperador huno, es casi tan lujoso como el de Atila, y está rodeado también por un recinto estacado, pero sin torres.
Los baños son la única construcción de piedra, trabajosamente acarreada desde Panonia, obra de un arquitecto romano prisionero. El pueblo vivía en chozas y tiendas.
El ceremonial de esta corte es tosco, pero de una severa grandeza. Cuando Atila llega a la residencia real es recibido por un coro de muchachas que cantan himnos «escitas».69 Avanzan en filas de siete, bajo cintas de finísima tela blanca sostenida por otras jóvenes. A la puerta de la residencia de Onegesio la esposa del favorito ofrece a Atila manjares y vino, que el rey acepta sin desmontar.
La etiqueta del banquete ofrecido por Atila a los embajadores bizantinos está rigurosamente dispuesta. Cada invitado ocupa el lugar que corresponde a su rango. Onegesio se sienta a la derecha del khan, y el hijo mayor de Atila, Elac, en el lecho real, al lado del soberano, aunque en toda la comida no levanta la mirada por respeto a su padre. Cuando la comida termina, dos poetas cantan las victorias de Atila. Los versos encienden el entusiasmo de los jóvenes y hacen llorar de nostalgia a los viejos que ya no participan en las batallas. Después unos bufones restablecen con sus zafias agudezas‑ el regocijo tumultuoso de la concurrencia. Entre las risas y los gritos Atila permanece impasible. Sus invitados han sido servidos en vajillas de oro y de plata; él, en una de madera. Viste con una orgullosa sencillez. Ni su espada, ni su calzado, ni los arneses de sus caballos llevan, corno los de sus nobles, adornos de oro y de piedras preciosas.
Prisco nos ha dejado de él un retrato inolvidable. Corta estatura, ancho de espaldas, cabeza grande, ojos pequeños y hundidos, nariz achatada, cabello canoso, barba rala, tez aceitunada. Estos rasgos, más mongólicos que hunos, los ha heredado de las alianza de sus antepasados con princesas chinas.
La rigidez de su pequeño cuerpo es un reflejo del sentimiento de su poder, de la conciencia de su superioridad. Uno de los miembros de la expedición, el intérprete Vigilio, llevaba la misión de conseguir por medio del soborno el asesinato de Atila. La conspiración fue descubierta por el propio sobornado. El khan no tomó ninguna represalia; despidió a los embajadores, y al mismo Vigilio, con abundantes regalos, y a continuación envió un representante suyo a Constantinopla con este altivo mensaje: «Teodosio es hijo de ilustre y respetable linaje; igualmente Atila desciende de noble estirpe y ha mantenido con sus actos la dignidad heredada de su padre Mundziuch. Pero Teodosio ha faltado al honor de sus ascendientes y, al consentir en el pago de un tributo, se ha degradado hasta la condición de esclavo. justo es, pues, que rinda acatamiento al hombre a quien mérito y fortuna han puesto por encima de él, y se guarde de atentar en secreto, como vil esclavo, contra su señor.» Teodosio II se humilló y pagó mayores tributos.
F. Lot sostiene que si Atila hubiese sido un auténtico conquistador, en la década de 440 a 450 se hubiera apoderado de Constantinopla.70 Amaba la guerra, pero sabía renunciar a ella cuando creía que la paz podía favorecerle. Era imperioso, violento, colérico, pero nunca sordo a las súplicas. Astuto, audaz, brutal, pero desarmado fácilmente por la adulación. Intratable si la corte de Constantinopla le enviaba como embajadores a funcionarios subalternos, aceptaba proposiciones ventajosas para Teodosio II cuando los representantes del emperador eran personalidades del rango más elevado. El "azote de Dios", como le llamaron sus atemorizados enemigos, no era más pérfido que un Valentiniano III ni más cruel que un Genserico. Conductor de una fuerza destructora que le arrastraba a la guerra por la guerra misma, tal vez no hubiese podido detener esta corriente gigantesca en el caso de habérselo propuesto.
Cambio de política de Atila: ruptura con Occidente
La actitud de Atila en las negociaciones mantenidas con los embajadores bizantinos durante la primavera de 451 fue inesperadamente conciliadora. Se comprometió, bajo juramento, a respetar el tratado de 448. Renunció a su proyecto de una vasta frontera desértica al sur del Danubio. Si el Gobierno imperial no acogía más desertores hunos, Atila se olvidaría de los que permanecían en territorio bizantino. Y llevaba su generosidad al extremo de devolver sin rescate a la mayoría de los prisioneros romanos.
Este cambio sorprendente tenía su motivación. Atila quería asegurar la paz en la frontera del Danubio inferior porque preparaba una campaña contra el Imperio de Occidente. Esta decisión no era caprichosa, sino la consecuencia de una complicada mudanza diplomática.
Hacía tiempo que el monarca vándalo Genserico incitaba a Atila contra los visigodos,71 la única fuerza militar importante en Occidente. El rey huno, que se había hecho nombrar, como tantos jefes bárbaros, magister militum del Imperio, pudo planear el aniquilamiento de los visigodos sin que esta campafia pareciese una amenaza para el gobierno de Rávena. Para los hunos, los visigodos que habían rehuido su soberanía en 376 atravesando el Danubio, eran súbditos fugitivos que merecían un castigo.
Una querella de familia entre Valentiniano III y su hermana Honoria, casada contra su voluntad por el emperador, movió a la nieta de Teodosio el Grande a pedir ayuda al khan de los hunos al parecer ofreciéndosele como esposa.72 Atila no desperdició esta inesperada ocasión para exigir, en nombre de Honoria, una participación de la princesa en el gobierno imperial.73 La corte de Rávena rechazó esta demanda. Honoria no podía casarse con Atila porque era esposa de un senador romano, y como mujer, no le correspondía la dignidad imperial.
La ruptura de Atila con la corte romana no implicaba necesariamente la enemistad con Aecio, unido a los hunos por treinta años de alianzas. Pero la cautela diplomática de Atila aparecía cegada por una desmedida confianza en sus fuerzas. Al apoyar las pretensiones a la corona de los francos «ripuarios» de un rival del príncipe franco protegido por Aecio, se granjeó la malquerencia del generalísimo romano. Cuando una nueva embajada huna insistió en los derechos de Honoria a la mitad del Imperio de Occidente, la respuesta del emperador y de su patricio Aecio fue rotundamente negativa.
Atila se enemistó a un tiempo con los visigodos, con los francos, con Valentiniano M y con Aecio. Muerto Teodosio II, el nuevo emperador de Oriente le negó el tributo anual. Era una situación nueva que hubiera requerido prudencia, negociaciones, tiempo. Pero el khan de los hunos se obstinaba en un proyecto arriesgado con una obcecada tenacidad. Los informes del jefe de los bagaudas Eudoxio no mentían al aseverar la debilidad militar del Imperio de Occidente. Pero era demasiado aventurado desafiar a la vez a romanos, visigodos y francos, induciéndoles a una alianza contra el señor de las estepas.
Invasión de la Galia, sitio de Orleáns y batalla de los Campos Mauriacos
A comienzos de 451 Atila emprendió la ofensiva, encaminándose a la Galia, En su ejército, exageradamente cifrado en medio millón de combatientes, había ostrogodos, gépidos, esciros, rugios. Antes de partir intentó evitar la coalición de romanos y visigodos. Dirigió una carta a Valentiniano III asegurándole que sólo se proponía someter a los visigodos, y envió una embajada a Teodorico I para garantizarle que sólo pelearía contra los romanos.
Teodorico I y Aecio estaban enemistados. Pero la corte imperial consiguió en el último momento la alianza, que sería fatal a Atila, con el rey visigodo.
Mientras los hunos pasaban el Rin, incendiaban Metz y, siguiendo la calzada romana por Reims y Troyes, llegaban a Orleáns, puerta de la Aquitania visigoda, Aecio reunía tropas en la Galia:74 francos «ripuarios», sajones, alanos, burgundios, hasta bagaudas. Burgundios y bagaudas habían sido adversarios encarnizados de Aecio, pero odiaban más a los hunos.75 A estos heterogéneos contingentes se unió el fuerte ejército visigodo, que dirigía su rey Teodorico I.
Esperando la ayuda de Aecio, Orleáns resistió. Las murallas, parcialmente destruidas por los asaltantes, fueron reparadas por los habitantes de la ciudad, alentados por su obispo san Aniano.76
Los ejércitos de Aecio y Teodorico I llegaron en el último momento, cuando los hunos tenían ocupada parcialmente la plaza. Atila ordenó la retirada, recorriendo la calzada romana en sentido inverso al que habían seguido sus tropas el mes anterior: Orleáns, Sens, Troyes. Cerca de esta última ciudad, en una llanura apropiada para las maniobras de la caballería, se libró la batalla de los Campos Mauriacos.77
Los adivinos consultados por Atila auguraron una derrota, pero también la muerte del jefe enemigo. El khan huno creyó que el vaticinio se refería a Aecio, y decidió que la eliminación del generalísimo romano bien merecía un revés militar, cuya importancia podía reducirse iniciando la contienda en las primeras horas de la larga tarde del solsticio de verano, para que la oscuridad de la noche permitiera salvar a la mayor parte de su ejército.78
El campo de batalla estaba dominado por una pequeña colina, que ninguno de los dos adversarios pudo ocupar en los primeros momentos. Los visigodos, en un ala de la formación, se enfrentaban a los ostrogodos. En el ala opuesta Aecio combatía contra los gépidos. El generalísimo había colocado en el centro al rey alano Singibano, de quien desconfiaba, a los borgoñones federados y a los francos. En el campo enemigo Atila ocupaba el centro con sus mejores tropas, y pudo romper con facilidad el frente adversario. Pero el visigodo Turismundo, hijo de Teodorico I, y Aecio se apoderaron de la colina, rechazando a los hunos que intentaban alcanzarla. La caballería visigoda deshizo la formación de los ostrogodos, y los jinetes de Aecio desbarataron la de los gépidos. Amenazados por un movimiento envolvente, los hunos se retiraron en la confusión de la noche, buscando refugio detrás de sus carros. Sólo a la mañana siguiente apareció entre los innumerables muertos el cadáver del rey Teodorico I. Los visigodos querían vengarlo. Sin fuerzas para reanudar la batalla, los hunos podían ser bloqueados por hambre y exterminados. Pero Aecio temía que una gran victoria visigoda diera a estos federados poco seguros un ascendiente peligroso en el declinante Imperio. Persuadió a Turismundo a que regresara rápidamente a Tolosa, para asegurar su coronación. Atila encontró, gracias a Aecio, el camino libre para retornar a Panonia.
El combate fue librado por germanos contra germanos, por visigodos y francos contra ostrogodos y hunos. Esta batalla, que se ha considerado decisiva para el destino de Occidente, fue sostenida por dos ejércitos cuyos efectivos eran intercambiables. Los supervivientes de las huestes de Atila serían veinte años después soldados al servicio de Roma.79 Pero la victoria romanogermánica destruía la mítica invencibilidad de Atila y salvaba a Occidente de la dominación de los nómadas asiáticos. Los historiadores que minimizan la importancia de este triunfo80 cometen probablemente un error. Sería exagerado afirmar que Europa nació en los Campos Mauriacos; pero allí, por primera vez, los pueblos occidentales defendieron su civilización del aniquilamiento.
Atila en Italia
El rey de los hunos rehizo sus huestes durante el otoño y el invierno de 451. El ataque a la Galia había sido un error. Al amenazar a los visigodos, Atila los había impulsado a la alianza con Roma. Pero aquéllos no defenderían Italia, que quedaba lejos de su campo de acción; por el contrario, celebrarían la caída del odiado Aecio. Italia era a la vez el corazón del Imperio y su miembro más débil. Ni siquiera disponía de un ejército de mercenarios para presentar batalla en campo abierto.
En la primavera de 452 Atila y sus jinetes atravesaron los desguarnecidos Alpes orientales, recorrieron la llanura veneciana y sitiaron Aquilea. Durante varios meses las reforzadas murallas de la ciudad inmovilizaron a los hunos. Pero al fin Aquilea fue tomada y arrasada.81
El valle del Po no ofreció resistencia. Milán, Pavía, Mantua, Verona se rindieron sin combatir.82 Aecio aconsejaba al emperador que huyera a la Galia, mientras llegaban los socorros que se esperaban de Constantinopla. Pero Valentiniano III prefirió refugiarse en Roma, y allí se dirigía Atila con el grueso de su ejército.
Según Prisco, los consejeros del huno quisieron disuadirle de este designio. La conquista de Roma acarreaba la desgracia. Alarico, jefe de los visigodos, había muerto después del saqueo de la urbe. Atila vacila. Ese elemento irracional, que en su compleja mentalidad convive con el valor, la inteligencia y la astucia, le paraliza. o acaso observa que su ejército está agotado por la fatiga y las enfermedades.
Estas dudas son resueltas por la llegada de una embajada de Roma. La preside el papa san León, y la completan el cónsul Avieno y el prefecto Trigetio. Cerca de Mantua, a orillas del Mincio, se entrevistan el guerrero que representa la fuerza del paganismo curoasiático y el obispo que gobierna la cristiandad occidental.
Se ignoran los detalles de la negociación. Pero todo inclinaba a Atila a mostrarse conciliador. Evacuaría Italia, pero amenazaba con una nueva campaña devastadora si no recibía un tributo anual y si Honoria no le era enviada, con su dote. Y el huno regresó a Panonia sin haber logrado tampoco esta vez una victoria brillante. Un ejército del Imperio de Oriente amenazaba sus posesiones danubianas.
Muerte de Atila y desaparición de su Imperio
Esta vida circuida por el halo de la gloria que empezaba a declinar por haber ambicionado demasiado, terminó bruscamente, oscurecida por la intemperancia. Atila murió en una de sus innumerables noches de bodas, ahogado por una hemorragia.83
La desintegración del Estado huno empezó al día siguiente. Los numerosos hijos de Atila se disputaron la sucesión. Pero la causa decisiva de la disolución de este Imperio fue la sublevación de los pueblos germánicos avasallados. El rey de los gépidos Ardarico, uno de los más estimados consejeros de Atila, fue el primero en emanciparse. Le siguieron los ostrogodos. Elac, el mayor de los hijos de Atila, que quiso contener el desmoronamiento del Estado, murió en una batalla, junto al río Nedao, en Panonia. Sus hermanos combatieron sin éxito unos contra otros, reducidos a pesar suyo a jefes de tribus indisciplinadas, llevadas por su instintivo nomadismo a la dispersión.
Algunos de estos grupos se instalaron en los Balcanes, acatando la soberanía del Imperio de Oriente. Otras hordas se establecieron en la estepa ucraniana. Allí se mezclaron con nuevos pueblos nómadas euroasiáticos que seguían afluyendo desde las estepas del Asia Central.
De los germanos «súbditos» de Atila, los gépidos permanecieron en la llanura del Tisza hasta la llegada de los ávaros. Los ostrogodos se asentaron en la orilla izquierda del Danubio como federador del Imperio, Los otros pueblos, restos de federaciones dispersas (hérulos, esciros, rugios) se refugiaron en los valles de los Alpes Julianos.
Así se disolvió la amenaza de una irreparable barbarización del Occidente. Sin una clara conciencia de lo que sucedía, romanos, visigodos y francos hablan defendido contra los hunos la cultura de la Antigüedad tardía. Se configuraba una comunidad germanorromana que iba a imprimir su carácter a mil años de la vida de Occidente.
6. La pervivencia de la romanidad en el Occidente germanizado
Se trata ahora de analizar la interpretación que los romanos de la primera mitad del siglo V dieron a los dramáticos acontecimientos que se han relatado en las páginas anteriores. A través de toda la literatura del siglo v, quizás con la sola excepción ya mencionada de Salviano de Marsella," tanto los escritores paganos corno los cristianos coinciden en un entusiasta elogio de la obra civilizadora de Roma, y nadie parece poner en duda la continuidad de la ordenación romana del mundo. El galo Rutilio Namaciano, testigo del saqueo de Roma por Alarico, escribe seis años después una descripción poética del retorno a su país, Itinerario de Burdeos a Roma, en la que alienta una conmovedora convicción de que Roma, "la madre de los dioses y de los hombres", saldrá fortalecida de los males que padece, porque "es ley del progreso avanzar entre desgracias" (ordo renascendi est crescere posse malis). La propagación de las normas jurídicas romanas a todos los pueblos conquistados hizo «del mundo entero una ciudad», convirtió en «urbe a todo el orbe» (urbem fecisti quod prius orbis erat).
Como Horacio y Estilicón, también Valentiniano III y Aecio tuvieron su Claudiano: Flavio Merobaudo, hispano como Prudencio, fue el poeta oficial de la corte de Rávena, y mereció la gloria de una estatua en el foro de Trajano en Roma. Los signos externos parecían indicar que los fundamentos de la Roma imperial permanecían intactos.
Más que la creencia en los dioses antiguos, es este culto a Roma el que anima ese contemplativo y paralítico patriotismo que nos sorprende en los escritos del siglo V. Esta constante valoración de la misión histórica de Roma aparece asimismo en los escritores cristianos: San Ambrosio, Prudencio, Orosio, Sidonio Apolinar. De todos ellos es Prudencio quien dio un sentido más universal a la obra civilizadora de Roma, al trabarla con el cristianismo. La unidad romana había preparado a los hombres para recibir la revelación del verdadero Dios.
Pero el virtuosismo retórico de los panegeristas del Imperio es, si bien se mira, un testimonio más del envejecimiento de la civilización romana. Esa fe grandilocuentemente expresada en los destinos de Roma es pasiva e inoperante. El pasado se describe con los colores más vivos, pero los panegíricos de los personajes del momento trasvierten insinceridad. La grandeza de los grandes emperadores del pasado resalta más la pequeñez de los contemporáneos.
La Iglesia, depositaria de la romanidad
Cuando la administración imperial se desintegraba en las provincias ocupadas por los bárbaros, sólo la Iglesia estaba organizada para conservar en Occidente la cultura romana. Y así vino a ser la Iglesia, que tanto debía al Imperio romano, depositaria del espíritu de la romanidad.
A partir del siglo V el nombre de romanus toma un significado nuevo. Todavía en Paulo Orosio Romania se opone a Gotia, en el sentido de Imperio romano entendido como organismo político. Pero el concepto de Romania va precisándose, hasta designar a los romani, los romanos que hablan latín y actúan en el ámbito de las formas de vida romanas. Posteriormente la identificación de Iglesia y romanidad da al vocablo romanus una significación más concreta: son romani los habitantes del Imperio que profesan la fe católica, en oposición a los bárbaros, arrianos o paganos.85
Esta primera mitad del siglo V, en la que (como ha podido observarse) el Imperio mantiene apenas una apariencia de autoridad, es un período de expansión y afianzamiento de la organización eclesiástica en los islotes de romanidad que sobreviven en el Imperio, incluso en los territorios dominados por los federados germánicos. Se fundan nuevos obispados, se levantan numerosos monasterios. Los obispos dirigen la defensa de las ciudades amenazadas o negocian la retirada de las huestes asaltantes. En páginas anteriores se ha citado la decisiva intervención del obispo Germán de Auxerre, que consigue en 445 un armisticio entre los armoricanos subleva‑dos y el rey de los alanos Goar, mercenario de Aecio; la energía desplegada por el obispo de Orleáns san Aniano en la defensa de la ciudad sitiada por Atila. San Severino mantuvo en la Nórica la resistencia de la población romana atacada por los rugios, y cuando Odoacro invitó a los romani de la región a establecerse en Italia, sólo los terratenientes se dirigieron a la comarca napolitana (llevando consigo, por cierto, los restos mortales de Severino), pero los campesinos permanecieron en el país para no seguir siendo explotados por los señores romanos. Tres siglos más tarde había todavía romanos católicos en algunos valles de los Alpes bávaros y de la Alta Austria.
Si estos obispos, y muchos otros, pudieron intervenir tan destacadamente en la vida política de las provincias, la mediación de los papas en los grandes acontecimientos padecidos por la ciudad de Roma fue relevante, hasta anular la gestión de las magistraturas civiles. Si Inocencio I fue intermediario entre la corte de Rávena y Alarico, san León I (440‑461) se apuntó una trascendental victoria diplomática a los ojos de sus contemporáneos con la retirada de Atila (aunque los motivos del khan de los hunos pudieron ser ajenos a la habilidad negociadora del papa). Cuando Genserico tomó Roma, el papa León salvó del saqueo las iglesias de San Juan de Letrán, San Pedro y San Pablo.
La primacía del obispo de Roma triunfó definitivamente durante el pontificado de León 1, sustentada teológicamente en la doctrina de la sucesión apostólica. Todo lo que Cristo dio a los apóstoles lo dio tan sólo a través de Pedro. Pedro había otorgado una participación de su poder a los demás apóstoles. El obispo romano, como sucesor de Pedro, participaba su poder a los demás obispos, quedando así éstos sometidos a la autoridad del papa. Cuando Hilario, obispo de Arles, intentó crear un patriarcado galo independiente de Roma, san León obtuvo el apoyo imperial para desbaratar la secesión. Un decreto de Valentiniano III del año 445 reconoció a la sede romana el poder supremo, tanto judicial como legislativo, sobre la Iglesia. La supremacía ecuménica del obispo de Roma quedó reconocida en el concilio de Calcedonia de 451.86
La salvación parcial de la cultura clásica
El empobrecimiento espiritual de la época se revela en la esterilidad de creaciones literarias. Las aspiraciones intelectuales se reducían a la posesión de una elocución elegante y al conocimiento de las nociones indispensables para la interpretación de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. En las escuelas occidentales se abandonó definitivamente el estudio de la lengua griega, desdeñando el de la filosofía y el de la ciencia. Los primeros siglos de la Edad Media sólo conocerán la filosofía por los resúmenes de Boecio. La ciencia renunció a la observación y a la experimentación, sustituidas por la interpretación moral y mística de los textos.87 El latín permaneció como lengua de la legislación y de toda documentación escrita, y desde luego, de la literatura eclesiástica, pero empobrecido como lengua de cultura.
En el siglo V subsistían aún escuelas de retórica subvencionadas por el gobierno imperial, pero desaparecieron en los nuevos reinos germánicos. Durante algún tiempo la aristocracia romana intentó salvar, mediante la enseñanza privada, el legado de la cultura grecorromana. Sólo la Iglesia creó, en un período posterior al que nos ocupa, escuelas para la formación de clérigos.
La decadencia o desaparición de las escuelas elementales paganas y los cambios experimentados por las lenguas vernáculas ensancharon el muro intelectual que distanciaba a las masas de las clases elevadas. Pero el saber acabó por ser un usufructo de la clase sacerdotal, porque se conservaba en un latín que el pueblo no entendía. La cultura cristiana fue menos accesible a las masas cristianas que la cultura pagana al pueblo pagano. Los cristianos que no pertenecían al clero llegaron a ser privados de los Evangelios, sustituidos por una exposición elemental y rutinaria de la doctrina cristiana.
Las artes plásticas
Los contemporáneos elogian la magnificencia de las iglesias, catedralicias o monásticas, construidas en los siglos V y VI. Pero los estudios arqueológicos atestiguan que eran edificios pequeños, modestas imitaciones de la basílica de Santa María la Mayor de Roma.
Es en la nave mayor de esta iglesia, construida entre los años 432 y 440, donde la decoración helenística del mosaico obtiene resultados valiosos. Es un arte narrativo, como el de los manuscritos. Los temas son relatos bíblicos en imágenes, episodios guerreros, escenas campestres, milagros. Las figuras tienen dignidad y nobleza, están dibujadas con acusados contornos, y se hallan en un mismo plano, formando composiciones simétricas, de dramática animación. La técnica es todavía la de la Antigüedad clásica.
Los sarcófagos continúan ofreciendo bellos bajorrelieves, pero la técnica de la escultura de bulto va desapareciendo en el siglo v. La renuncia a la profundidad espacial y a la perspectiva, tan características del arte de los primeros siglos de la Edad Media, es, conviene repetirlo, no una ruptura entre el arte pagano y el cristiano, sino entre el arte clásico y el posclásico, cambio que se inicia en el siglo III.88
La orfebrería es el arte más representativo de la época, por la habilidad. de los orfebres godos para engastar en las placas horadadas piedras preciosas. A esta artesanía se limitó de momento la participación germánica en el campo de la creación artística, hasta que la amalgama de formas peculiares del llamado "arte de las estepas" con influencias del arte mediterráneo fue elaborando, con lentitud, un arte genuinamente germano.
La conversión de los bárbaros al cristianismo y el problema del arrianismo germánico
Si la generación de san Agustín y de san jerónimo pudo vivir las catástrofes de la época con el alma angustiada, creyendo que el hundimiento del Imperio (para ellos complemento preciso del cristianismo) era el anuncio de la llegada del Anticristo, la generación siguiente, la de Paulo Orosio e Hidacio, más habituada a la presencia de los bárbaros, interpreta los acontecimientos que se siguen produciendo con una visión diferente. Orosio admite que existen romanos que prefieren convivir con los germanos a sufrir las cargas fiscales del Imperio.89 Y cree que la expansión del cristianismo ha de favorecerse de las invasiones: "Si los bárbaros fueran enviados al territorio del Imperio romano sólo para que las iglesias de los cristianos, en Occidente como en Oriente, se llenaran de hunos, suevos, vándalos y burgundios y otros numerosos pueblos de creyentes, debíamos alabar y agradecer la bondad divina, porque tantos pueblos ‑y aunque esto vaya unido a la amenaza de nuestro Imperio‑ reciban el conocimiento de la verdad, que ciertamente no podrían encontrar sino por esta ocasión.90
La misma idea de que las invasiones son un designio de Dios para atraer a los hombres a la salvación inspira un escrito anónimo de la primera mitad del siglo V, De vocatione omnium gentium, dirigido contra la herejía pelagiana. Las armas que destruyen el mundo sirven para la propagación del cristianismo. La oposición entre romanos y bárbaros puede superarse en la unidad del cristianismo.
La Iglesia, sólidamente constituida, abandonará el Imperio de Constantino y de Teodosio, como un barco irremediablemente destinado al hundimiento, y se salvará acomodando su organización a la de los nuevos reinos germánicos. Esta adaptación se ve facilitada por la anarquía de la época, en la que los obispos encuentran numerosas oportunidades, como representantes de la población romana, para negociar con los reyes bárbaros, Estos contactos proporcionan a la Iglesia un vastísimo campo de acción,
Antes de las invasiones del siglo V las misiones cristianas en las regiones fronterizas habían obtenido algunas conversiones entre los germanos, sobre todo en los acantonamientos de tropas. En las comunidades cristianas de Colonia, Tréveris, Maguncia, Worms y Estrasburgo había germanos. Los obispos de las regiones próximas al limes evangelizaron, con resultados variables, las tribus germánicas que recibían tierras romanas. Pero ninguna de las confederaciones germánicas asentadas fuera del Imperio fue objeto de ninguna misión planificada por la Iglesia. Más existió una propagación de la fe realizada por comerciantes, desterrados, prisioneros de guerra romanos o por soldados germanos licenciados que regresaban a su país. Los continuos tratos entre los dos mundos, el romano y el germano, facilitaron desde fines del siglo a la penetración del cristianismo en la sociedad germánica. Fue un proceso muy lento, pero constante y eficaz. En él hubo progresos espectaculares, como el ya mencionado del godo Ulfilas.91
Los visigodos aceptaron el arrianismo moderado de Ulfilas antes de establecerse en tierras romanas. La fe arriana de los vándalos y de los ostrogodos parece indicar también que su conversión fue anterior a la penetración en el Imperio de Occidente, donde la fe nicena era unánime desde tiempos de Teodosio el Grande. El caso de los suevos y burgundios es distinto. Se sabe que fueron arrianizados por misioneros godos en la primera mitad del siglo V.
El arrianismo de estos pueblos era un resultado del azar, pero su fidelidad a la doctrina de Atrio perseveró por causas más políticas que religiosas. Era una afirmación nacionalista de la Germania frente a la Romania; la confirmación de la personalidad del pueblo vencedor. El arrianismo era esgrimido por los reyes germánicas como un signo de independencia. Se podía ser cristiano sin ser ciudadano romano y sin obedecer a la jerarquía eclesiástica católica. La iglesia arriana se adaptó a las costumbres germánicas; la lengua de la liturgia fue en cada pueblo el habla vernácula, y es indudable que las diferencias religiosas retrasaron la fusión de las poblaciones germanas y romanas (como acaeció en la España visigoda), contribuyendo al fracaso de la obra unificadora del ostrogodo Teodorico en Italia.
La organización de la Iglesia católica se fundamentaba en las ciudades. Pero los bárbaros preferían la vida rural, a la que apenas alcanzaba la actividad de los obispos. En el agro la evangelización fue más obra de los monjes que del clero regular, si bien es de advertir que la fuerza expansiva de las misiones monásticas se desarrolló en una época posterior a la que ahora nos ocupa.
Las luchas religiosas entre germanos arrianos y romanos católicos fueron para la Iglesia romana un percance llevadero. Es verdad que los católicos africanos fueron perseguidos por los vándalos, y que algunos reyes visigodos (los de Tolosa como los de Toledo) tuvieron discordias, más políticas que religiosas, con los obispos católicos. Pero la iglesia arriana no pudo competir con la católica en las controversias teológicas. Sus obispos, latinistas mediocres, eran superados por los teólogos católicos en elocuencia y en dominio de la doctrina, y fue cuestión de tiempo para los obispos ortodoxos conseguir la conversión de los reyes visigodos y burgundios, que arrastró la de sus pueblos. El arrianismo había desaparecido en Occidente a fines del siglo VI.
Supervivencias paganas en el cristianismo germánico
Ni el cristianismo arriano ni el católico modificaron sustancialmente la mentalidad y las costumbres de los germanos. En la época inmediatamente anterior a las emigraciones del siglo V, la ideología de los bárbaros evolucionó hacia un sincretismo de sus dioses tradicionales con las divinidades grecorromanas. Así se produjo una humanización del culto, la aparición de una relación personal del hombre con su dios. Las deidades deben corresponder con su protección a las ofrendas de los creyentes, y si el favor divino falta, la relación personal hombre‑dios se rompe. Si el misionero cristiano derriba el roble sagrado o la imagen de la divinidad sin quedar aniquilado por ésta, es prueba de que el dios de los cristianos el más poderoso.
La sustitución del culto de Wodan o de Thor por el cristiano no implica la cristianización profunda de los germanos, la cual fue un largo proceso en el que el cristianismo no pudo rehuir su propia germanización.
El entierro del rey Alarico en el cauce del río Busento93 tiene la belleza pagana de un episodio de la Ilíada pero sería incomprensible si el cristianismo de Alarico y de sus guerreros hubiera sido algo más que una aceptación nominal de la nueva religión. Los antiguos cultos se disfrazaron con la liturgia cristiana. Se bebía y brindaba por Cristo con el mismo entusiasmo que antes por Wodan o por Donar, Cristo era para los germanos el Señor del destino, el juez que abre a sus fieles el cielo y que arroja en el infierno a los pecadores; era, sobre todo, el dominador de demonios. El temor a las divinidades infernales no había desaparecido, y el sacerdote cristiano tenía que bendecir los ganados, los frutos de los campos, el lecho conyugal.
El desarrollo natural de la cultura germánica quedó interrumpido por el contacto con una religión que había madurado, influida por la filosofía griega. El arrianismo fue (como la Reforma más tarde) la expresión del drama interno que oponía el cristianismo germánico al catolicismo romano.
La idealización del mundo germánico
La fidelidad germana a las formas primitivas de vida fue preferida por muchos romanos a la corrupción de costumbres en las ciudades del Imperio, a la venalidad de funcionarios y jueces, a la injusticia social que estaba destruyendo las estructuras del Estado. El testimonio de Salviano de Marsella94 aparece confirmado por el diálogo que Prisco sostuvo con un griego que vivía en el reino de los hunos. En sus Historias bizantinas Prisco cuenta que durante su estancia en la corte de Atila, en una ocasión, paseando, solo a lo largo de la empalizada que protegía la mansión real, se le acercó un hombre que tenía la apariencia de un huno acomodado y que le saludó en lengua griega. Prisco quiso saber cómo había llegado allí. Era un rico comericante heleno de una ciudad de Mesia conquistada por los hunos. En el reparto del botín era costumbre que los prisioneros más acaudalados fuesen atribuidos, con todos sus bienes, al mismo khan o a sus allegados. Y él y todas sus riquezas habían correspondido a Onegesio. Después se distinguió luchando contra los romanos, y según las costumbres de los hunos, entregaba su propio botín de guerra a su señor. Onegesio le devolvió la libertad. El griego había casado con una mujer bárbara y gozaba del favor de Onegesio. Prefería su nuevo estado al antiguo, porque entre los hunos ‑dijo a Prisco‑, cuando la guerra termina, cada uno disfruta de lo que posee en libertad; en cambio, entre los romanos la paz es menos soportable todavía que la guerra por las cargas tributarias y porque la ley no es la misma para todos. ]ni ricos la incumplen, los pobres sufren todo ,el rigor de la Administración.
El comerciante griego del relato de Prisco expresaba la opinión de numerosos ciudadanos romanos. Muchos provinciales buscaron un acomodo pacífico con sus huéspedes germánicos, y se consideraron dichosos librándose de la administración romana.95 La convivencia de germanos y romanos progresó rápidamente.
Las fundaciones de los primeros reinos bárbaros están urdidas con hechos violentos, protagonizados por guerreros de una innegable fuerza humana. Esta fue la edad heroica de los germanos, que el inglés Chadwick comparó con la época homérica de la antigua Grecia.96 En ambos casos el contacto de una vieja civilización con un pueblo primitivo y de agresiva belicosidad da el precipitado de una nueva situación en la que las dos sociedades, la vencida y la vencedora, quedan a merced de los grandes jefes militares y de sus guerreros. Las hazañas de Teodorico de Verona, de Beowulf, de Gunter, del huno Etzel, estimularon la fantasía de los germanos durante siglos, despertaron en las tribus germánicas una fuerte conciencia de sí mismos y fueron su patrimonio común. El deseo de perpetuar la memoria de sus héroes se expresó en cantos transmitidos oralmente. La falta de un texto escrito favoreció el vuelo de la fantasía de los poetas populares, que transforman a los caudillos germánicos en figuras míticas, llevadas a un destino trágico por una fuerza irracional.
Los héroes de estas proezas no son inferiores a los de la epopeya griega, pero no tuvieron su Homero. Y pasaron siglos antes de que sus gestas se recogieran en poemas escritos. El Beowulf anglosajón parece haber sido redactado en el siglo VIII. De la misma época o algo posterior es la Canción de Hildebrando, del cielo ostrogodo de las leyendas en torno a Teodorico de Verona. El poema de Los Nibelungos, esa espléndida expresión de fuerza sólo obediente al sentimiento de lealtad, es del siglo XIII. Al lado de estos poemas rudos, pero henchidos de fresca energía, resalta más la mediocridad de las obras literarias romanas del siglo V.
7. El Imperio de Oriente en la primera mitad del siglo V 97
En páginas anteriores98 se ha expuesto la historia del Imperio de Oriente hasta el advenimiento al trono de Teodosio II. Si se quiere entender lo que sucedió en aquellos años es necesario tener presente que la unidad teórica del Imperio subsistía. En Constantinopla y en Rávena reinaban asociados dos emperadores de la dinastía teodosiana. La debilidad de los augustos (que utilizaron rara su política personal tanto Estilicón como Rufino y Eutropio) comprometió constantemente la coordinación gubernamental de las dos cortes, pero las relaciones entre ambas mejoraron después de la muerte de Estilicón. Sólo cuando Honorio nombró augusto a su cuñado Constancio el gobierno de Constantinopla rechazó esta designación, porque era inconciliable con el sistema colegial establecido por Teodosio I: un solo Imperio con dos gobiernos, regidos por herederos directos del gran emperador.
Cuando Honorio muere en 423, Teodosio II piensa por un momento unificar el Estado. Pero surge entonces el antiemperador Juan, y Gala Placidia, que reside aquellos años en Constantinopla, pide a su sobrino Teodosio II ayuda para que Valentiniano III sea emperador de Occidente. Esta demanda no se opone, sino que favorece la continuidad del gobierno colegial: a Arcadio y Honorio, la primera generación teodosiana, sucederían los varones de la segunda generación, Teodosio y Valentiniano III. Por eso el ejército de Oriente impone en Rávena a Gala Placidia y a Valentiniano III. Desde ese momento la pars orientalis tiene una preeminencia sobre la pars occidentalis que pronto los jefes bárbaros perciben y aceptan.
La amistad entre las dos cortes se manifiesta en los años siguientes: Valentiniano III casa con Eudoxia, hija de Teodosio II; la Iliria orienta] (por cuya posesión habían disputado los dos gobiernos desde tiempos de Estilicón) es cedida al Imperio de Oriente; el año 438 se publica el Código Teodosiano, destinado a conseguir la unificación jurídica de todo el Imperio, uno de los últimos esfuerzos realizados para mantener su unidad.99
Si los ataques de Alarico y de Atila a Occidente salvaron a los emperadores de Constantinopla de graves amenazas militares, en cambio Teodosio II y sus sucesores ayudaron a Roma en la medida de sus debilitadas fuerzas, contra Alarico en 410, contra los vándalos en 431 y 441. El sucesor de Teodosio II, Marciano, ordenó una expedición militar para socorrer Italia, invadida por Atila en 452. Los resultados de esta colaboración bélica fueron prácticamente nulos, pero prueban que el gobierno de Constantinopla no se desentendió de la defensa de Occidente.
Teodosio II (408-450) y su corte
Cuando Arcadio murió, su sucesor tenía siete años. El prefecto del pretorio Antemio asumió la regencia con atinadas medidas. Había cedido el peligro exterior. Alarico se dirigía a Italia y los hunos no amenazaban todavía. Antemio aprovechó esta tregua con eficacia: reorganizó e' ejército, reforzó las fortificaciones de la frontera danubiana, hizo construir la gran muralla de Constantinopla, rehizo la flota y pactó una paz con los persas.
Desde 414 la hermana mayor de Teodosio II, Pulqueria, dirigió prácticamente la política imperial. Era inteligente, devota, enérgica. Tenía la vocación política y las dotes de mando de que su hermano carecía. El emperador no se interesó nunca por los asuntos de Estado. El «calígrafo», como fue llamado, era aficionado a copiar manuscritos antiguos, y dedicaba su tiempo a esta tarea, en una soledad que amaba tanto como a sus códices. Pulqueria gobernó por él. Mantuvo con implacable celo la rígida centralización administrativa, la complicada organización burocrática que Diocleciano y Constantino habían planificado, el carácter sagrado de la monarquía absoluta, en la que el emperador es el vicario de Dios: los rasgos orientalizantes que caracterizarán el Imperio bizantino durante su vida milenaria.
Después de Pulqueria, y en un segundo plano, la emperatriz Atenaida, hija de un filósofo pagano de Atenas, bautizada con el nombre de Eudokia, influyó por su belleza y por su cultura en el débil Teodosio II. Eudokia y su consejero Ciro, un griego de Egipto que llegó a prefecto de la ciudad, favorecieron el desarrollo del helenismo, en una corte agitada por la rivalidad entre Pulqueria y Eudokia, por las intrigas de los eunucos y de los altos funcionarios palatinos y por ‑as querellas teológicas.
La gran muralla de Constantinopla
Constantinopla era a un tiempo centro político, administrativo, económico, religioso, literario y artístico del Imperio de Oriente. La ciudad se desarrollaba, rebasando el muro que Constantino el Grande ordenó levantar para su defensa. Para dar a la nueva Roma más vastos espacios y para protegerla militarmente, el prefecto del pretorio y regente Antemio hizo construir en 413 la gran muralla, flanqueada de 96 torres de veinte metros de altura, que se extendía en una longitud de más de seis kilómetros desde el mar de Mármara al Cuerno de Oro. El muro de Antemio salvó a Constantinopla del asalto de Atila. En 447 un terremoto destruyó la muralla, mas el prefecto del pretorio Constantino la reconstruyó, levantando otro muro exterior, rodeado por un profundo foso de 15 a 20 metros de anchura. Esta triple línea de fortificaciones escalonadas es uno de los más soberbios monumentos de la arquitectura militar del mundo. Contra esta corona de baluartes fracasaron los ataques de hunos, persas, árabes y búlgaros. Constantinopla fue una ciudad inexpugnable hasta 1453.
El prefecto de la ciudad Ciro construyó nuevos muros a orillas del mar, y dio a la ciudad alumbrado nocturno. Protegida por sus murallas, Constantinopla vio ensancharse sus barrios populosos, en los que se aglomeraba una multitud de necesitados; sus zonas residenciales, con hermosos palacios y conventos rodeados de jardines. Y vio embellecerse sus plazas porticadas, como la del Augusteon, enmarcada por la iglesia de Santa Solía, el palacio del Senado, el Palacio Sagrado y el Hipódromo; el foro de Constantino, bajo cuyos pórticos se alineaban las obras maestras de la escultura griega, rodeado de suntuosos palacios de cúpulas resplandecientes, decorados de mosaicos; sus magníficas plazas, con altísimas columnas en su centro, como las de Teodosio el Grande y de Arcadio. La «tercera ciudad», como la llamó el retórico Themistio (la primera habría sido la primitiva Bizancio, y la segunda la construida por Constantino), crecía en tiempo de Teodosio II "como un animal vigoroso", al impulso de una fiebre constructora que había contagiado a todos sus habitantes acomodados.
La Universidad de Constantinopla y el Código Teodoslano
El marco de esta corte culta y refinada, presidida por un emperador erudito y una emperatriz que cultivaba la poesía, era propicio para la realización de dos empresas culturales de tan alto vuelo como la fundación de la Universidad de Constantinopla y la promulgación del Código Teodosiano.
El cristianismo y la invasión goda habían arruinado la Escuela de Atenas. Constantinopla atraía ahora a filósofos y retóricos, tanto paganos como cristianos, y allí acudían estudiantes de todas las provincias, y hasta de Armenia y del lejano Occidente. En 425 un edicto de Teodosio II creaba la Escuela Superior cristiana de Constantinopla.100 La Universidad fue instalada en el Capitolio. Los profesores recibían un sueldo del Estado, pero les estaba prohibido, ejercer la enseñanza privada. La Escuela de Constantinopla superó en poco tiempo a las de Atenas y Alejandría. La creación de quince cátedras de griego (dos más que las de lengua latina) era una decisión realista. Aunque el latín fuese todavía el idioma oficial del Imperio, el griego era la lengua más difundida en las provincias orientales, el habla de la filosofía y de la ciencia.
En 429 el emperador Teodosio II dispuso que se recopilaran y clasificaran todas las leyes promulgadas desde el reinado de Constantino el Grande. Una comisión de jurisconsultos elaboró en ocho años el Código Teodosiano. Promulgado conjuntamente por los dos emperadores, en 438, fue solemnemente acogido por el Senado de Roma.
Este Código y las recopilaciones anteriores de los juristas Gregorio (Codex Gregorianus, de la época de Diocleciano) y Hermógenes (Codex Hermogenianus, de la segunda mitad del siglo IV), que se han perdido casi enteramente, sirvieron de base al Código de Justiniano y ejercieron una influencia directa en la legislación germánica. La «ley romana de los visigodos» (Lex Romana Visigothorum), llamada también «Breviario de Alarico» (Breviarium Ahuicianum), es un resumen del Código Teodosiano, publicado a comienzos del siglo VI por el monarca visigodo de Tolosa Alarico II y destinado a los súbditos romanos del Estado visigodo. Hasta que el Código de Justiniano empezó a ser conocido en la Europa occidental, no antes del siglo xii, toda la legislación de los Estados germánicos fue influida directamente por el Breviario de Alarico, e indirectamente por el Código Teodosiano, que además es la mejor fuente para el conocimiento de la vida interior del Imperio romano durante el siglo IV y la primera mitad del siglo V.
Los debates teológicos: nestorianisino y monifisismo
La fundación de la Universidad de Constantinopla y el Código Teodosiano son dos tareas que ellas solas justifican un reinado. Mas lo admirable es que fueron acometidas y realizadas en tiempos difíciles, en los que si la amenaza en las fronteras se había amortiguado, el Estado estaba sacudido por agitaciones nacionalistas en Siria y en Egipto, que tomaron la forma de herejías religiosas.
El helenismo no logró nunca unificar realidades culturales tan antiguas y originales como Siria y Egipto. Desde la época de Alejandro la civilización helenística se había difundido desde Armenia hasta el mar Rojo, desde Persia hasta Cirenaica. Alejandría era el centro de este cuadrante. Pero la helenización de Siria y de Egipto, si influyó sobre la clase dirigente, no penetró en la masa del país. La legislación imperial era traducida en Siria al arameo, porque el griego sólo era hablado por una minoría ilustrada. Hasta en una población tan cosmopolita como Antioquía la gente del pueblo hablaba la lengua popular siria. Asimismo en Egipto, si se exceptúa la ciudad helenística de Alejandría, sólo la clase dominante laica o eclesiástica, entendía el griego. La mayoría de la población se expresaba únicamente en lengua copta.
El arrianismo, tan profundamente arraigado en Siria, Egipto y Asia Menor oriental,101 había expresado la antigua hostilidad de estos países contra el mundo griego y contra su capital Constantinopla. En el siglo V la herejía adoptó formas nuevas, precisamente en las provincias mencionadas. «El mapa de las herejías tiende a coincidir con el de las nacionalidades »102
Los dos primeros concilios ecuménicos habían proclamado que Cristo era a la vez Dios y hombre. Pero ¿cómo si era Dios, era también “el hijo del hombre1”? ¿Cómo se realizaba en El la unión de sus dos naturalezas, la divina y la humana? Estas preguntas constituyen la base del debate cristológico del siglo V.
A fines del siglo IV había surgido en Antioquía una interpretación de este problema teológico que negaba la unión completa de la divinidad y de la humanidad en Cristo. La naturaleza humana de Cristo era independiente, antes y después de su unión con la naturaleza divina. Influidos por el racionalismo arriano, los teólogos de Antioquía afirmaban que Dios había venido a habitar en el hombre Jesucristo. Era Cristo en su humana naturaleza y no Dios quien había sufrido en la cruz. En consecuencia, la Virgen María no era Teotokos, Madre de Dios, sino Madre del Cristo, es decir del hombre Cristo.
Esta teoría creó un problema político‑religioso cuando uno de sus adeptos, Nestorio, fue designado patriarca de Constantinopla. Nestorio quiso imponer su doctrina cristológica a toda la Iglesia. El papa Celestino y el patriarca de Alejandría Cirilo anaternatizaron el nestorianismo. Teodosio II convocó en 431 el tercer concilio ecuménico, reunido en Efeso, que condenó la nueva doctrina.
Pero los nestorianos eran numerosos en Siria y Mesopotamia, y en Edesa tenían una célebre escuela. Perseguidos en la segunda mitad del siglo V por las autoridades imperiales, se refugiaron en Persia y reorganizaron en Nisibis la escuela de Edesa. El rey sasánida protegió a los nestorianos, de los que podía servirse, llegada la ocasión, contra Bizancio. Desde Persia el nestorianismo se propagó por Asia Central hasta China y la India.
En oposición al nestorianismo nació en Alejandría una nueva doctrina que disolvía la naturaleza humana de Cristo en su naturaleza divina. Para los teólogos de Alejandría, después de la encarnación la naturaleza humana de Cristo desapareció en la esencia del Verbo divino. No quedó más que la naturaleza divina sirviéndose de las facultades humanas y gobernándolas. Era pues Dios mismo quien había padecido el calvario.
El monofisismo, expresión del nacionalismo religioso egipcio
La crisis religiosa provocada por el arrianismo en el siglo IV había sido vencida por el alejandrino Atanasio. Sus sucesores en el patriarcado de Alejandría aspiraban a dirigir la Iglesia orienta] en los mismos años en que los papas conseguían establecer su autoridad sobre la iglesia de Occidente. El poder del obispo de Alejandría era inmenso. El clero le obedecía. Los monjes de todo Egipto ‑numerosísimos, indisciplinados, pero fieles‑ le apoyaban. Los intimidados funcionarios imperiales le servían. Para la población egipcia cristiana (ese pueblo que odiaba a los judíos y paganos con una fanática violencia, que había lapidado en 415 a la filósofa pagana Hipatia, y descuartizado su cadáver) el patriarca de Alejandría era el sucesor de los faraones. Estaba naciendo una Iglesia nacional al calor del nacionalismo egipcio.
Las ambiciones de los obispos de Alejandría fueron estimuladas por los papas, deseosos de humillar a los patriarcas de Constantinopla. El patriarca de Alejandría Cirilo fue llamado por su energía un "segundo Anastasio" Después de la condenación del nestorianismo en el concilio de Efeso, Cirilo era el gran vencedor, el campeón de la ortodoxia, el papa de Oriente.
Su sucesor Dióscoro era más ambicioso y menos escrupuloso todavía. Tomó partido por el monofisita Eutiques en la polémica cristológica que éste sostuvo con el patriarca de Constantinopla Flaviano. En el concilio que, por sus irregularidades, ha sido llamado «latrocinio de Efeso», atemorizó con las brutalidades de sus monjes egipcios a los obispos griegos participantes; hizo deponer al patriarca de Constantinopla y a todos sus adversarios, acusándoles de nestonanos.
El papa León I comprendió que Alejandría era más peligrosa que Constantinopla para la unidad de la Iglesia y para el mantenimiento lo de la ortodoxia. Cuando León I resolvió romper con Dióscoro, moría Teodosio II, y el favorito Crisafio, protector de los monofisitas, fue destituido. Así se hizo posible el entendimiento del papa y del Imperio de Oriente contra el poderoso patriarca de Alejandría. El emperador Marciano reunió en Calcedonia el cuarto concilio ecuménico (año 451).
El concilio de Calcedonia condenó el monofisismo y aprobó la fórmula ortodoxa propuesta por el papa León, que reconocía en Cristo una sola persona en dos naturalezas. Se restableció la unidad de la fe, pero no la unidad de la Iglesia. Porque si el concilio reconocía al papa la primacía espiritual, en cambio le negaba prácticamente la posibilidad de intervenir en los asuntos eclesiásticos orientales. Se concedían al patriarca de Constantinopla los mismos privilegios que al papa, con la facultad de dar la investidura a los obispos de las diócesis políticas de Tracia, Asia y Ponto, medida que ponía en manos de la iglesia de Constantinopla la dirección de las misiones cristianas en Europa Central, Rusia y Oriente.
El monofisismo condenado en Calcedonia arraigó profundamente en el nacionalismo egipcio, y las querellas cristológicas se reavivaron treinta años más tarde.
Las relaciones entre la Iglesia y el Imperio durante la primera mitad del siglo V presentan las mismas tendencias en la pars orientalis y en la pars occidentalis: la Iglesia, hasta entonces protegida por el Estado, intenta desprenderse de la tutela imperial. Roma en Occidente y Alejandría en Oriente acometen enérgicamente esta emancipación. Pero mientras los papas, en un Imperio moribundo, afianzan su poder y ejercen su autoridad sobre una Iglesia unificada, en Oriente, fracasada la tentativa alejandrina, la Iglesia se deja gobernar por el emperador.
NOTAS
1 Además de los libros reseñados en notas anteriores (especialmente el t. 1, 1.4 parte, de la Historie du Moyen Age de G. GLOTZ, y las obras de LoT Y LATOUCHE citadas), F. LOT, Les invasions germaniques, Payot, París, 1945; Pierre Riché, Los invasions barbares, col. Que‑sais‑je?, Presses Universitaires, París, 1968; LUCIEN MUSSET, Las invasiones. Las oleadas germánicas, Ed. Labor, Barcelona, 1967; 1. M. LACARRA, Historia de la Edad Media, Ed. Montaner y Simón, Barcelona, 1960; CH. DAWSON, Los orígenes de Europa, Ed. Pegaso, Madrid, 1945; R. LATOUCHE, Les grandes invasions et la crise de l´Occident au V siécle, Ed. Aubier, París, 1946; L. HALPHEN, Les Barbares, des grandes invasions aux conquêtes turques du XI‑ siècle, vol. V de «Peuples et Civilisations‑, Presses Universitaires, París, 1950.
2 Valentiniano III sólo pudo disponer para la defensa de Italia de un ejército de unos 30.000 hombres. El sostenimiento de estas tropas absorbía un millón de solidus oro, la mitad de los ingresos del Imperio de Occidente en aquellos años. En los últimos días los sucesores de Valentiniano al no tenían más de 12.000 soldados.
3 Supra, I, 1 y 2, y II, 1 y 2. Para la vida económica y social de este período puede consultarse: A. DopscH, Fundamentos económicos y sociales de la cultura europea, Fondo de Cultura Económica, México, 1951. Un libro útil par su bibliografía: L. SuÁREz FERNANDEz, Historia social y económica de la Edad Media, Espasa‑Calpe, Madrid, 1969
4 Los invasores eran numéricamente pocos (supra, III, 3). No existen datos para determinar la población del Imperio ni la de los germanos emigrantes. Pero si la población romana era en el siglo V la misma que se ha calculado para la época de Augusto (50 o 60 millones) los invasores no eran probablemente más de un cinco por ciento de esa cifra.
5 Sobre la inseguridad de los conocimientos acerca del régimen agrario del Bajo Imperio y de los bárbaros asentados, es interesante consultar Dopsch, op.cit., p. 194, y LMUSSET, op. Cit., pp.122 y 184.
6 R. LATOUCHE, Les origines de l´économie occidentale, op. cit., p. 68.
7 La palabra no aparece en los documentos hasta el siglo VII, pero la unidad rural que señala es muy anterior. El mansus es la casa de labranza, y por extensión, sus tierras de labor. De mansus (del verbo maneo, permanecer) derivan la palabra provenzal meix, la catalana mas y la castellana masía.
8 Supra, 11, 1.
9 F. LoT, El fin del mundo antiguo..., op. cit., 324,
10 Sobre el defensor civitatis,LATOUCHE, Les origines de l'economie eccidentale, op, cit.,p.91,nota 20.
11 La abadía de San Vicente, fundada por un hijo de Clodoveo, es el origen de Saint‑Germain‑des‑Prés, en París, en la orilla izquierda del Sena.
12 Sobre la cesión a la Iglesia de la beneficencia pública, infra, IV, 2.
13 Cuando en una época posterior, en el siglo VIII, los dominios se autarquizan, lo hacen por necesidad, por decadencia del intercambio comercial y de los transportes.
14 Es la tesis de Henri Pirenne, Historia económica y social de la Edad Media, Fondo de Cultura, México, 1963, p. 9 y nota 1, desarrollada ampliamente en su estudio Mahomet et Charlemagne, París‑Bruselas, 1937.
15 Supra, II S.
16 Fue san Agustín quien pidió a Paulo Orosio el desarrollo de un nuevo tratado de historia, de los principios históricos de La Ciudad de Dios.
17 Salviano vivía en Tréveris, y abandonó la ciudad, como muchos de sus conciudadanos, huyendo de los repetidos saqueos germánicos. En Tréveris había estudiado retórica y jurisprudencia. Vivió algún tiempo en la comunidad de ascetas de Lérins, y se instaló en Marsella después de recibir las órdenes sacerdotales.
18 SALVIANO, De Gubernatione Dei, VII, 11, 49,
19 Id., íd., V, 5, 22.
20 Supra, I, 2. La insurrección de los bagaudas recuerda, por su amplitud y por su violencia, la jacquerie francesa del siglo XIV. En la guerra de los cien años los ingleses hicieron prisionero en la batalla de Poitiers (1356) al rey Juan el Bueno y a la más alta nobleza francesa, y exigieron, según los usos feudales, elevadísimos rescates. Para reunir el oro exigido, la corte y la aristocracia estrujaron tan despiadadamente a los campesinos, que éstos se sublevaron. Fue una insurrección contra las insufribles cargas feudales, que llevaron a los campesinos a la desesperación.
21 MENÉNDEZ PIDAL, Historia de España, III, pp. 31 y 64.
22 ¿Fue la bagauda de Zaragoza el primer movimiento nacionalista vasco? Desde estos sucesos los vascos iniciaron una resistencia contra la monarquía visigoda, que se prolongó durante toda la existencia del Estado visigodo hispánico, y que fue continuado contra la España musulmana (Véase M. VIGIL y A. BARBERO, Cántabros y vascones).
23 Supra, U, nota 51,
24 L. Musset, op. cit., p. 168.
25 H. Pirenne, op. cit., p. 13.
26 Latouche, Les origines de l'economie occidentale, op. cit. pp. 25‑26.
27 Supra, II, 6.
28 RAMóN DE ABADAL, «Del reino de Tolosa al reino de Toledo,, en Dels Visigots als Catalans, Edicions 62, Barcelona, 1969, pp. 33‑34.
29 L. MussET, op. cit., p. 127.
30 J. Burckhardt, op. cit., pp. 364‑ 365.
54¿O fue un arreglo de mentas entre hunos y burgundios sin intervención romana? Estos dos pueblos habían vivido en los años anteriores en continuos combates. Véase P. ALTHEIM: Attita et les Huns, Edit. Payor, París 1952, p. 119.
55 Los escotos irlandeses se fueron retirando ante el avance sajón, conservando Caledonia. Después de la destrucción de los pictos, hacia el siglo XI Caledonia empezó a llamarse Escocia, por sus habitantes, los escotos.
56 Una crónica del siglo V refiere que "los bretones, afligidos por toda clase de infortunios y desastres, caen en poder de los sajones". La noticia se sitúa en los afios 441‑442.
57 Supra, IV,2. El espesor de la emigración, que fue muy lenta, se produjo en la segunda mitad del siglo VI.
31 Supra, II, 8
32 Supra, III, 5.
33 Orosio, Adversus paganos, VII, 43.
34 Supra, III, 6.
35 MENÉNDEZ PIDAL, Op. Cit., t. III, PP. VII Y SS., 19 Y SS.; Luis G. Da VALDEAVELLANO, OP. Cit, pp. 242 y ss.; P. AGUADO BLEYE, Historia de Es. paña, Espasa‑Calpe, Madrid, 1947, t. I pp. 333 y ss.
36 PAULO Orosio Historiae adversus paganos. Libri septem, edición Corpus Scriptorum Ecelesiasticorum Latinorum, Viena, 1882; SAN ISIDORO, Historia Gothorum, Wandalorum el Sueborum, traducción castellana de la parte correspondiente a los suevos: Marcelo Macías: «Historia de los suevos», Bol. de la Com. de Mon. de Orense, 1906‑1909.
37 Sup‑ra, IV, 2.
38 Chronicon, cap. 49, Edición de Th. Mommsen en Monuenta Germa Historica, Auctores Antiquissimi, XI (Chronica minora, Ir).
39 Supra, III, 5.
40 Supra, IV, 3.
41 El emperador de Oriente Teodosio II no reconoció a Constancio. El problema se resolvió con la muerte del nuevo augusto.
42 El magister militum Félix, tal vez confabulado con Aecio, hizo creer a Bonifacio que Placidia había decidido eliminarlo, y a Placidia, que Bonifacio iba a traicionarla. La madre de Valentiniano III ordenó a Bonifacio que se presentara en Rávena, y el conde de Africa desobedeció, temiendo por su vida. Placidia, persuadida de la traición de Bonifacio por esta negativa, dispuso instruir contra él un proceso de alta traición. Bonifacio se sublevó, y el gobierno imperial envió contra él un ejército godo, que se apoderó de Cartago y de Hipona. Bonifacio no pidió a los vándalos que se trasladaran al Africa, pero las discordias romanas facilitaron los proyectos de Genserico.
43 Supra, IV, 3.
44 A la que probablemente dieron su nombre.
45 Geiserico fue llamado Genserico por los romanos.
46 Supra, IV, nota 42.
47 Es probable que la Mauritania Caesariensis (la Argelia actual) y la Mauritania Tingintana, atravesadas y asoladas por los vándalos en su marcha, quedaran fuera del foedus. Hipona era una pequeña ciudad situada al sur del puerto de Bona.
48 MENÉNDEZ PIDAL, Op. Cit., III; P. 60. Sobre el nombre de Teodorico I, llamado Teodoredo por muchos historiadores españoles véase en el mismo volumen nota 9, p. 84, Lvis G. DE VALDEAVELLANO, op. cit., lo llama Teodorico I, como la mayoría de los historiadores catalanes y desde luego, casi todos los extranjeros.
49 L. MUSSET, op. cit., p. 216.
50 L. MUSSET, Op. cit., pp. 68, 216.
51 Supra, cap. I, nota 28.
52 Supra, cap. 1, nota 63.
53 Y no en Worms, la capital del rey Gunther en el poema de los Nibelungos.
58 Supra, IV, 4.
59 Sup,a, IV, 2.
60 Supra, TV, 2.
61 F, ALTHEIM, OP. Cit., PP. 161 55,
62 Supra II, 8.
63 Supra, III, 5.
64 Supra, 111, 5.
65 La escritura rúnica de los pueblos turcos, que es diferente a las runas germánicas, evoluciona hacia una variedad del alfabeto arameo, que había sido el lenguaje oficial de los persas aqueménidas (F. ALTHEIM, op. cit., 55 y ss.). El palacio de Atila descrito por Prisco recuerda los palacios partos y sasánidas (ALTHEIM, op. cit., 64). El ceremonial de la corte es parecido al persa (L. MUSSET, Op. cit., 30‑31).
66 Los romanos no los tuvieron nunca. La conciencia de su superioridad sobre los bárbaros era incompatible con el reconocimiento de otros idiomas en un plano de igualdad con el griego y el latín.
67 Los hallazgos arqueológicos prueban que los nobles hunos poseían grandes cantidades de oro.
68 F. ALTHEIM, op. cit., v. 140.
69 Prisco habla indistintamente de "hunos" y "escitas". El relato de Prisco ha sido traducido por J.‑B. BuRy en su History of the later roman Empire, I, pp. 279‑288.
70 F. LoT, Les destinées de l´Empire en Occident, op. cit, p. 71.
71 Genserico había mutilado, sólo por sospechas de traición, a la hija del rey visigodo Teodorico 1, esposa de su hijo Hunerico, y temía que los visigodos se unieran a los romanos contra él.
72 Esta u la versión aceptada generalmente. Según ALTHEIM (P. cit. p, 171), Honoria fue obligada por Valentiniano, III a casarse con el senador Herculano, para poner término a unas relaciones amorosas de la princesa con su intendente. Honoria, furiosa contra su hermano, envió un emisario a Atila para que, a cualquier precio, la libran de este matrimonio. El enviado llevaba para acreditar su misión (verdaderamente inesperada para el khan) el anillo de Honoria, que quedó en poder de Atila, y que éste presentó siempre como prueba de su compromiso matrimonial con la hermana de Valentiniano III. Teodosio II recomendó a su primo que pusiera término al enojoso asunto, entregando Honoria a Atila. Pero Valentiniano M encargó a su madre Gala Placidia la custodia de Honoria, y ya no se vuelve a saber nada de ellas.
73 En las monedas Honoria lleva el título de Augusta (ALTHEM, op. cit., P. 171, nota l).
74 Apenas pude reclutar algunos soldados en Italia.
75 Si Atila contaba con la ayuda de los bagaudas que habían obedecido Eudoxio, estos cálculos fallaron.
76 Las fuentes son contradictorias al referir el sitio de Orleáns. Según el dramático relato de Gregorio de Tours, los sitiados pidieron por tres veces con todo fervor la ayuda divina. A la tercera, vieron desde las murallas levantarse a la lejos una nube de polvo: era el ejército de Aecio y de Teodorico I. En la Vida de Aniano se dice que el obispo se trasladó a Arles para informar a Aecio de que la ciudad no podía seguir resistiendo. Aecio no tenía fuerzas para oponerse a Atila. Nada podía hacerse sin la ayuda visigoda. Pero la animosidad de Teodorico I contra Aecio era más fuerte que su temor a los hunos. El senador Avito, amigo de Teodorico I, consiguió al fin que la huestes visigodas se unieran a las de Aecio. Cuando el ejército de socorro llegó a la altura de Orleáns, los hunos ya habían empeñado a entrar en la ciudad, pero sorprendidos por la inesperada llegada de Aecio y Teodorico I, la abandonaron.
77 En la Champaña, entre Sens y Troyes, pero muy al sur de los Campos Cataláunicos de Chalons.
78 Sobre esta muela de superstición y de astucia en Atila, véase F. AL. THEIM, op. cit., especialmente pp, 176 y 177.
79 R. LATOUCHE, Les grandes invasions, op. cit., p. 112.
80 Bury, op. cit., y últimamente L. MussET, op. cit., F, LOT, que había restado importancia al acontecimiento en su obra El fin del mundo antiguo.... rectifica en su trabajo posterior Les invasions gemaniques.
81 No fue éste todavía el final de Aquilea, que había sido durante varios siglos el puerto más importante del mar Adriático. Reconstruida por algunos fugitivos del ataque de Atila, fue definitivamente destruida por los lombardos en el siglo VI. Muchos de los habitantes de la llanura veneciana escaparon a los hunos refugiándose en las islas del delta del Po y del Piave. Una de estas islas, Rivum altum (Rialto) tomaría después el nombre de la provincia, Venecia.
82 Cuando Atila penetró en el palacio imperial de Milán se interesó por una pintura que representaba a los emperadores de Oriente y Occidente sentados en sus tronos, con los escitas a sus pies. Se dice que el khan hizo retocar este cuadro de forma que fuera él el ocupante del trono, y los dos emperadores apareciesen vaciando ante Atila el oro contenido en un saco. Esta anécdota parece confirmar las pretensiones de Atila a la soberanía universal.
83 Prisco es quien relata el suceso con detalles precisos. Después de innumerables uniones poligámicas, Atila tomó una nueva esposa, gemana bellísima. Durante la noche de bodas Atila sufrió, como en otras ocasiones, una hemorragia. Pero esta vez la sangre, acumulada en la garganta, lo ahogó. A la mañana siguiente fue necesario violentar la puerta del dormitorio real. Hildico, aterrorizada, había sido incapaz de pedir socorro, ni siquiera de abrir la cámara.
84 Supra, IV, 2.
85 En el siglo V era necesario profesar el cristianismo para ocupar cargos públicos en el Estado romano,
86 Aunque el concilio reconoció al patriarca de Constantinopla la misma autoridad que al papa, este problema afecta a las relaciones de Roma con la Iglesia de Oriente, pero no influyó en el desarrollo de la Iglesia occidental.
87 En esta visión de conjunto, sin duda justa, debe hacerse una excepción con un excelente tratado de veterinaria, el Digestorum artis mulomedicinae Libri IV, de Flavio Vegecio, escritor de la primera mitad del siglo Y, tratado de valor científico, que rechaza los conjuros y prácticas supersticiosas, y que mereció la atención de Petrarca.
88 Supra, 1, 7.
89 Supra, IV, 2.
90 OROSIO, Historia adversus paganos, VII, 41, 8.
91 Supra, 11, 4.
92 Supra, II, nota 75. Ulfias predicó la profesión de fe homoística entre los visigodos, y ella fue aceptada por todos los germanos arrianos, excepto por los vándalos, que profesaron la doctrina de Atrio en su expresión más radical.
93 Supra, III, 6.
94 Supra, IV, 2.
95 Testimonio de Orosio, citado en IV, 2, supra. Según Salviano, muchos romanos se unían a los godos o a los bagaudas porque preferían "vivir libres bajo la apariencia de esclavitud a ser esclavos bajo la apariencia de libertad ".
96 H. M. CHADWICK, The origin of the English nation, Cambidge, 1907.
97 Obras de consulta fundamentales: las citadas de Vasiliev y Rémondon, y el tomo III de la Histoire du Moyen Age de G. GLOTZ; Ch. DiEL y G. Marçais, Le monde oriental de 395 a 1081; Ch. Diehl, Gandeza y servidumbre de Bizancio, Espasa‑Calpe, Madrid, 1943.
98 Supra, III, 5.
99 El Código Teodosiano inició en realidad la separación jurídica de Oriente y Occidente, porque las nuevas leyes debían ser comunicadas a la otra parte del Imperio para su validez, y los emperadores de Occidente no cumplieron este trámite.
100 Supra, I, 6. Es posible que fuera una reorganización de una escuela ya existente, y no una fundación. Se conservan noticias de nombramientos de profesores de fecha muy anterior a 425.
101 El Asia Menor Occidental, la ribereña del mar Egeo, estaba helenizada desde los tiempos de las colonizaciones jónicas, en el primer milenio a. de C.
102 R. RÉMONDON, Op. Cit., p. 143.