CAPITULO VI
Romania y Germania después de 476
Como concesión deliberada a la historiografía tradicional, hemos acumulado en el capítulo anterior una enmarañada retahíla de rebeliones, destronamientos, homicidios, intrigas, batallas, invasiones, incendios y saqueos. Es hora de inquirir el significado que esos sucesos ‑marcados por la violencia, la ambición o la astucia- tuvieron en el destino de Occidente.
Los invasores bárbaros del siglo V no eran más numerosos ni estaban militarmente mejor organizados que los cimbrios y teutones que irrumpieron en el Imperio en el siglo I a. de C.; o los godos, francos y alamanes que devastaron Grecia, Asia Menor, Galia y España en el siglo in. Si consiguieron ocupar territorios romanos, fundando en ellos reinos federados, convertidos después en Estados independientes, debemos atribuirlo a la debilidad extrema del Imperio. Como afirma Chapot, "el Imperio se suicidó lentamente; su debilitamiento interno precedió al de las fronteras".1 Ferdinand Lot ha diagnosticado la «esclerosis» del Imperio,2 un edificio arruinado, sostenido con clavos de hierro.3 No hubo, pues, nada parecido a una grave derrota militar, ni a una guerra formal entre la Germania y la Romania, con un vencedor y un vencido, sino una larga agonía de tres siglos, un pausado proceso de disolución que las irrupciones germánicas aceleraron, pero que aun sin ellas hubiera seguido su curso inevitable.
Habiendo llegado a este altozano, contemplemos desde él el panorama borroso ‑que las dificultades de interpretación hacen más atractivo‑ de la vida de Occidente después del destronamiento ,de su último emperador.
Nos será difícil advertir en ese panorama ningún cambio profundo de la primera a la segunda mitad del siglo V.4 Los alojamientos germánicos no modificaron la estructura latifundista de la economía del Bajo Imperio. Sólo que ahora aparecen junto a los terratenientes romanos los señores germánicos y los fundos eclesiásticos, más numerosos y extensos cada vez, favorecidos por donaciones reales.
Los bárbaros ni destruyen si no es en las primeras incursiones de rapiña, ni restauran ni innovan. La tierra se sigue cultivando, por romanos y bárbaros, con métodos anticuados, con el escaso rendimiento de siempre, pero no deja de cultivarse. Sólo los dominios imperiales, que han pasado a ser patrimonio de los reyes germánicos, son trasformados en cotos de caza, o abandonados a la negligencia de los mayordomos de palacio, o cedidos a la nobleza bárbara, y en los alrededores de las residencias reales surgen grandes bosques donde existieron feraces labrantíos.
U región renana fue una de las más devastadas del Imperio. Sus destruidas ciudades, abandonadas por los galorromanos,5 fueron ocupadas por germanos que implantaron en su territorio formas de vida campesina. Pero la organización eclesiástica subsistió, y la romanidad conservó su arraigo en el país, actuando con sus construcciones de piedra, sus empobrecidas industrias y sus hábitos ciudadanos sobre los nuevos habitantes. Hasta en Renania la vida recobró, paso a paso, su curso.
Los vici o aldeas de campesinos libres no habían desaparecido. En la época merovingia subsistían en la Galia más de mil, junto a unos cincuenta mil dominios señoriales.6 En el vicus vivían, con los campesinos libres, algunos artesanos y pequeños comerciantes. En el reino visigodo de Toledo existían consejos agropecuarios, formados por pequeños propietarios que administraban la distribución de montes, pastos y tierras baldías entre los vecinos. Esta institución, el conventum vicinorum, puede haber dado origen al municipio medieval.7
Los vici se desintegraron en la época merovingia. La pobreza de sus explotaciones, la inseguridad de los tiempos y la codicia de los señores incitaba a estos propietarios humildes a acogerse a la protección de un terrateniente poderoso, sacrificando su libertad a una seguridad precaria. Así se completó el avasallamiento de la clase campesina, que el patronato había iniciado en el siglo IV.
Las ciudades destruidas por las invasiones, como Boulogne, Maguncia y Colonia, entre otras, no se reconstruyeron hasta el siglo VI. Las otras se achicaron en la menguada superficie acotada por sus murallas, y el paisaje urbano se ruralizó. Aun en su exigüidad, en estas ciudades casi despobladas había espacios libres. Pequeñas huertas aparecían detrás de los tapiales, y los animales domésticos pululaban por las callejas. Ni siquiera las cortes bárbaras contribuyeron a animar nuevos núcleos de vida urbana ‑con la efímera excepción de Burdeos en tiempo de Eurico‑, porque los reyes germánicos prefirieron siempre sus residencias campestres a sus minúsculas capitales, austeras y tristes. Hasta los puertos de mayor tráfico, como Marsella, ofrecían un aspecto desolado. En las épocas críticas las gentes se refugian en el campo, donde al menos es más asequible el alimento necesario para vivir.
Era ésta una economía de subsistencia, no una economía de beneficio, similar a la que los invasores venían practicando de generación en generación, y que facilitó por esto la convivencia de romanos y germanos.
Aunque la unidad económica del mundo romano, sostenida por el tráfico mediterráneo, conservaba todavía un declinante comercio de cereales y de objetos de lujo, la regresión económica del Bajo Imperio se acentuó, pues, en la época de formación de los Estados germánicos, que son el humilde epílogo del mundo antiguo.8
La fusión de las dos aristocracias
Las invasiones no modificaron ni las estructuras sociales de los romanos ni las de los ocupantes. Desde la primera generación la solidaridad étnica fue suplantada por una solidaridad de clase, que urdió vínculos más sólidos que los raciales y lingüísticos. Como ha sucedido siempre en todos los países y en todos los tiempos, un propietario romano se sentía más afín a los nobles germanos que a sus propios colonos. La comunidad de intereses fraguó más pronto entre las clases dominantes que entre las humildes. La fusión fue facilitada por la transformación de la aristocracia militar bárbara en cortesana y terrateniente.
A las residencias reales de los monarcas bárbaros acudían nobles germanos, atraídos por la ambición de un alto cargo o por la donación de un fundo, y miembros de la nobleza senatorial, para ofrecer a los reyes su experiencia en la administración pública, y para hacer admitir a sus hijos en la clientela del soberano, el convivía regia, siguiendo una tradición germánica.9 Unos y otros, romanos y germanos, codician el cursus honorurn, es decir los obispados, condados y funciones palatinas. Cuya designación depende del capricho regio. Los soberanos estimaban en los miembros del orden senatorial la cultura, el hábito de gobernar, la capacidad de organización, y escogían entre ellos a sus ministros.
De la antigua administración provincial sólo subsistía un funcionario laico, el conde, cuyas atribuciones financieras, judiciales y militares en el gobierno de las ciudades apenas conocemos. Muchos condes de los nuevos reinos bárbaros pertenecían a la nobleza senatorial. Sin embargo, donde se afianzó el poder y el prestigio de la aristocracia romana fue en el desempeño de los altos cargos eclesiásticos. Durante los siglos V y VI la mayoría de los obispos procedían del clarisimado. Era tan primordial la posición política de los obispos en la vida urbana de la época,10 que el pueblo prefería la elección per saltum ‑como la de san Ambrosio‑ de un noble laico con práctica de los asuntos públicos, a la de un clérigo sin esa experiencia y sin relaciones políticas. Así vinieron a coincidir en la designación de los obispos los intereses de los súbditos con los del monarca bárbaro, y los de la aristocracia romana con los de la Iglesia.
Aunque la ley de Valentiniano I y Valente que prohibía los matrimonios mixtos entre las dos razas no había sido derogada, y a pesar de la reciprocidad de los edictos de los reyes godos y vándalos, las uniones entre la alta nobleza de los dos pueblos fueron frecuentes. Motivaron estos matrimonios el interés de las grandes familias por asegurarse una posición social sólida, y el afán de acumular el mayor número de propiedades rústicas.
La participación de bárbaros y romanos en una comunidad territorial
En cambio la fusión entre los ingenui y la población romana libre fue floja y mucho más lenta que la de las clases dominantes. Con excepción del reino de los francos, la prohibición de los matrimonios mixtos fue mantenida (en el reino visigodo de Toledo, hasta mediados del siglo VI). La diferencia de vestidura no pudo ser motivo de segregación, si no se incurre en el error de interpretar literalmente a los escritores del Bajo Imperio. Los bárbaros vestían túnicas y pantalones ajustados, sobre todo de pieles toscamente curtidas, se calzaban con botas altas e iban siempre armados. Pero los romanos habían abandonado sus vestidos ligeros y flotantes por la indumentaria gala: casaca con mangas, calzones y zapatos. Sólo la cabellera seguía discriminando a los dos pueblos. El pelo corto de los romanos contrastaba con los largos cabellos grasientos de los bárbaros, cuyo olor nauseabundo tanto molestaba al refinado Sidonio Apolinar.11
La unión de indígenas y germanos ofrece problemas de interpretación que es necesario examinar dejando de lado la imagen tradicional de las invasiones. Piénsese, por ejemplo, que muchas comarcas no fueron ocupadas nunca por los bárbaros, y algunas ni siquiera saqueadas. Muchos ciudadanos romanos oirían hablar de los invasores, pero no llegarían a verlos nunca. Y no se olvide que la presión fiscal había hecho intolerable la vida a la mayoría de los habitantes del Imperio. En la segunda mitad del siglo V el mecanismo administrativo romano siguió funcionando y las deserciones de curiales, artesanos y colonos, que huían de sus obligaciones tributarias irresistibles, continuaron. Uno de los últimos emperadores de Occidente, Mayoriano, se lamenta de «las astucias empleadas por los que no quieren permanecer en el estado en que han nacido». Y retiérdense las palabras de Orosio:12 “para muchos indígenas las invasiones fueron un mal menor”. Lot afirma que el régimen de la hospitalitas, tan minuciosamente reglamentado, evitó a la población romana los estragos de una conquista brutal.13
El ejército fue un excelente instrumento de contacto entre bárbaros y romanos. Los francos admitieron en él a los galorromanos de condición libre.14 En el reino visigodo de Toledo, los godos que carecían de fortuna y los hispanorromanos desposeídos de sus tierras, mas no de su libertad, se encomendaban al servicio de un magnate, formaban su séquito o eran alistados en el ejército por su señor. Esta clientela de la nobleza visigoda fue tan numerosa, que llegó a constituir una clase social, la de los bucelarios.15
Los germanos constituían una sociedad jerarquizada, que al instalarse en territorio romano convivió con otra sociedad que tenía también sus castas, más cerradas y exclusivas que las germanas. El paralelo sociológico alcanza a los esclavos. La esclavitud declinaba entre los bárbaros, al tiempo que en Roma se transformaba, sin desaparecer totalmente, en servidumbre de la gleba.
Se puede afirmar que hubo una evolución doble y convergente la de la decadencia romana y la del progreso germánico16 que suavizó los contrastes socioeconómicos entre la Romania y la Germania.
Función social de la Iglesia
En oposición al mensaje del cristianismo primitivo, cuyo «reino no era de este mundo»; en contraste con la creencia en el cercano fin de ese mundo, la Iglesia se apropiaba los privilegios sociales y los derechos políticos del orden civil romano, a medida que las magistraturas provinciales y municipales desaparecían, en el hundimiento de la administración imperial.
Los obispos fueron los defensores de las ciudades contra los invasores,17 y en los Estados bárbaros, magistrados con jurisdicción civil y criminal sobre los clérigos -incluso sobre los laicos en pleitos menores-. La inmunidad fiscal fue otra de sus prerrogativas. Absorbieron las funciones de las moribundas curias. Recibieron la propiedad del territorio urbano por donaciones de reyes y de devotos. Artesanos y comerciantes quedaron incorporados a la clientela episcopal.18
El núcleo del Estado romano había sido la civitas, la ciudad, y la Iglesia estructuró su ordenación sobre la del Imperio. Fue una Iglesia de ciudades. La decadencia de la vida urbana y la época de las invasiones coincidieron con una fase de expansión y consolidación de la Iglesia en Occidente. Su vitalidad la capacitó para transformarse en una vasta organización rural, por medio de las fundaciones monásticas y los latifundios eclesiásticos.19
La iglesia urbana se fue incrustando en el campo, que había permanecido pagano,20 lentamente, en un sordo y perseverante esfuerzo de evangelización. Algunos obispos, como san Cesáreo de Arles, visitaron con incansable celo el territorio de su diócesis. Los oratorios y las capillas de los latifundios fueron provistos de pilas bautismales y de sacerdotes permanentes, y así surgieron las parroquias rurales, células orgánicas de la iglesia territorial. Colonos y siervos recibieron el bautismo y aceptaron la nueva religión, sin abandonar sus ancestrales supersticiones, de las que participaban muchos párrocos rurales escogidos por los terratenientes. A menudo el espíritu de los que eran llamados cristianos seguía siendo pagano de un modo peculiar: ya no creían en los viejos dioses, pero tampoco habían entendido el mensaje de Cristo. Mas la influencia de la Iglesia continuaba extendiéndose, penetraba en los más apartados lugares, arraigaba profundamente en la sociedad.
La sustitución de la universalidad de Roma por el cantonalismo político de los reinos bárbaros obligó a los obispos a incorporarse a la angosta vida política de estos pequeños Estados, a sus consejos regios, a sus asambleas nacionales, y la Iglesia universal se fue transformando en territorial. El cristianismo se hubiera ahogado en la estructura ideológica de los reinos germánicos sin el aliento universalista que recibió de los papas y de los monasterios.
Que la Iglesia era una fuerza espiritual complementada por un inmenso poder socioeconómico y político es una realidad que recibe decisiva confirmación en el hecho de que todos los reinos germánicos arrianos fueron desapareciendo, uno tras otro; el arrianismo fue una traba en el destino de los Estados bárbaros. Por el contrario, la conversión de Clodoveo al catolicismo proporcionó al reino de los francos, con el apoyo de la Iglesia, una ascensión brillante. Para el clero católico, los bárbaros merovingios encarnaban mejor, por su ortodoxia, el espíritu de la Romania, que un Eurico o un Teodorico, y fue la Iglesia la que preparó para los francos la sucesión del Imperio de Occidente.
La separación de los poderes espiritual y temporal en los reinos bárbaros fue sólo teórica. De hecho la Iglesia, de sociedad subyugada en el Estado romano, pasó a ser en la Edad Media la institución social predominante. El Estado ‑los Estados germánicos‑ fueron organismos subordinados, con misiones temporales, ancíliarias de las espirituales. La Iglesia ya no estaba en el Estado. Eran los Estados los que estaban en la Iglesia.21
3. Los problemas políticos: el reino de Teodorico
El sistema de la hospitalitas vino a ser, como ha observado Lot, una transición entre la estructura política del Imperio y la de los reinos bárbaros.22 En la primera mitad del siglo V los reyes germánicos eran soberanos únicamente de su pueblo; ante la población romana no tenían otra autoridad que el mando militar de la región en la que habían sido hospedadas sus huestes; al lado de los jefes bárbaros, la administración imperial continuaba desempeñando las funciones judiciales y fiscales. Pero a causa del descaecimiento del Imperio, los monarcas germánicos avasallaron a los funcionarios romanos del territorio que ocupaban, Esta usurpación de poderes se aceleró a partir de la caída de Aecio y de la muerte de Valentiniano III. En la segunda mitad del siglo V la máquina administrativa romana, aunque desajustada, siguió funcionando pero al servicio de los reinos bárbaros.
Cuando en 476 desaparece el emperador de Occidente, hacía años que el Imperio había cesado de tener existencia jurídica para sus súbditos. La legislación imperial había enmudecido. La última ley romana promulgada en la Galia ocupada por los visigodos es del año 463, y de 465 el postrero de los edictos imperiales recibido en el país dominado por los reyes burgundios. La ascensión de Odoacro y el fin del Imperio de Occidente no cambió nada fuera de Italia. Los Estados vándalo, suevo, visigodo, burgundio, franco, y los pequeños reinos anglosajones existían con plena soberanía al desvanecerse el Imperio romano occidental. Y su vida fue breve o longeva, anémica o poderosa, en el despliegue de sus propias rivalidades y ambiciones, que se habían desligado para siempre del destino del Imperio.23
El único de los reinos bárbaros que intentó mantener las concepciones políticas de Roma fue el ostrogodo de Teodorico.
Los ostrogodos en la península balcánica
El eclipse ostrogodo duró lo que la vida del Imperio de Atila. ,Cuando éste se disgregó, los ostrogodos recuperaron su independencia, y su rey Valamiro obtuvo, por un tratado federal con el Imperio de Oriente, el alojamiento de su pueblo en la Panonia superior. Esta provincia estaba devastada, y en los años siguientes los ostrogodos vivieron allí precariamente. Cuando el tributo imperial se retrasaba, hacían incursiones de pillaje en la Iliria, hasta que el foedus era restablecido.
Teodorico había nacido en Panonia, al año siguiente de la muerte de Atila. Era hijo de Teodomiro, uno de los tres reyes de la estirpe de los Amalos que regía entonces a la nación ostrogoda. El año 461, en una de las renovaciones del pacto federal, Teodorico fue enviado como rehén a la corte de Constantinopla. Tenía entonces 8 años, y permaneció diez, los decisivos en la educación de un joven, en la capital del Imperio de Oriente. Aprendió el griego y el latín y adquirió un conocimiento de la política imperial que le sería útil cuando llegara a ser soberano único de su pueblo. Siempre admiró la civilización romana, pero conocía su debilidad, y pensaba que sólo podía ser salvada por la fuerza goda. Este había sido el sueño de Ataúlto, y la política de Teodorico en Italia iba a intentar la realización de aquel inédito proyecto, con una variante: la separación de los dos pueblos, que convivirían sin mezclarse.
Cuando se reintegró a los suyos, su padre era rey único de los ostrogodos. Teodomiro murió durante la instalación de su pueblo en la baja Mesia, donde Alarico había alojado a los visigodos tres cuartos de siglo antes. Las relaciones entre el joven rey Teodorico y el emperador Zenón recuerdan las de Alarico con Arcadio. Temido y adulado, enemigo unas veces y aliado otras, Teodorico fue acumulando honores: patricio, hijo de armas del emperador, magister militum, cónsul. Pero Teodorico no aspiraba a una carrera política como la de Estilicón o la de Ricimerio. Era el rey de un pueblo que esperaba de él un acantonamiento favorable y definitivo. Y este pueblo, antaño regido por tres reyes, ahora bajo el mando de Teodorico, era un adversario temible para Constantinopla. El joven monarca conocía el juego político bizantino, y no cayó en sus trampas. El emperador tomó la decisión de alejar a los ostrogodos de los Balcanes, invistiendo a Teodorico del gobierno de Italia. Hacía 88 años que Alarico y su pueblo habían sido desviados de Constantinopla ofreciéndoles la misma aventura italiana.
Teodorico, rey de Italia
La investidura de Teodorico fue una ceremonia solemne, celebrada en el palacio imperial de Constantinopla, en presencia del Senado, de la corte y del ejército. El emperador colocó sobre la cabeza del rey ostrogodo el velo sagrado y le recomendó, al despedirle, la protección del Senado y del pueblo romano. Zenón se reservaba los derechos imperiales sobre Italia.
Odoacro no había conseguido la benevolencia de Zenón, a pesar de sus aciertos como gobernante. Había asegurado el avituallamiento de Roma con la reconquista de Sicilia, seguida de un tratado de paz con Genserico.24 Había recobrado Dalmacia a la muerte de Julio Nepote. En la Nórica derrotó a los rugios, si bien abandonó la frontera del Danubio, falto de tropas que la guarneciesen. La administración judicial y financiera de Italia no fue modificada. El Senado fue respetado. Hubo, como antes, un prefecto de Roma, y desde el año 482 Odoacro designaba el cónsul de Occidente que figuraba en los fastos consulares al lado del nombrado por el emperador de Oriente. Roma, recobrada de los saqueos de visigodos y vándalos y del ejército de Ricimerio, seguía siendo la bella ciudad admirada por los extranjeros y por los bárbaros. El pueblo romano, abastecido ahora con regularidad, satisfacía en los espectáculos del anfiteatro y del circo sus abominables aficiones.
Cuando surgió la amenaza ostrogoda, Odoacro eligió el camino menos razonable: resucitar el pasado. Nombró César a su hijo, magister militum a un oficial bárbaro, Tufa, y acuñó moneda con su nombre. Mas Odoacro no tenía raíces en Italia. El Senado, el episcopado y el pueblo lo habían aceptado sin aversión, pero sin entusiasmo. Ahora iban a contemplar con indiferencia la lucha sin cuartel entre dos jefes bárbaros. Odoacro ni siquiera contaba con un pequeño pueblo, como Teodorico: sólo unos soldados de heterogéneo origen, que iban a abandonarlo a la primera dificultad.
Esta nueva y penosa emigración de los ostrogodos, realizada en el invierno de 488, con las mujeres y los niños, llevó a Italia en la primavera del año siguiente a un pueblo agotado por la fatiga. Teodorico desplegó una energía asombrosa, que le dio la victoria sobre Odoacro a orillas del Isonzo, y luego en Verona. Odoacro se refugió en Rávena, hasta que reemprendió la contraofensiva con tanto ardimiento, que Teodorico le propuso un gobierno común. Odoacro, que resistía en Rávena dos años, aceptó. La guerra tuvo un desenlace brutal: el asesinato de Odoacro, el exterminio de su familia y de sus fieles (año 493),
La política de Teodorico
El Senado de Roma había reconocido a Teodorico, pero el nuevo emperador de Oriente, Anastasio, tardó seis años en ratificar al monarca ostrogodo la investidura de Zenón. Teodorico sólo podía titularse rey de sus godos. El Imperio le nombraba magister utriusque militiae y patricio,25 confiándole el gobierno de Italia. El cónsul de Occidente seguiría siendo designado por Teodorico, escogiéndolo entre ciudadanos romanos. Todas estas prerrogativas no eran mayores que las de Ricimerio u Orestes. Pero al ostrogodo le bastaba la realidad del poder, y nadie se lo disputó durante los 33 años de su reinado (493‑526).
La separación de godos y romanos fue el fundamento de la política de Teodorico. Sin ella, los ostrogodos, que eran muy pocos,26 hubieran sido absorbidos muy pronto por los italianos. Por el mismo motivo, todo el pueblo godo fue hospedado en una misma comarca, al norte del Po.
Los ostrogodos estaban excluidos de las funciones civiles, y los romanos, del ejército. Se prohibió a los romanos el uso de armas, y a los godos, el proselitismo religioso.
El monarca godo, muy vinculado a su pueblo, tuvo el tacto de aparecer siempre como árbitro entre los dos pueblos. El reparto de tierras a la población ostrogoda fue confiado a una comisión de romanos, presidida por el prefecto del pretorio Liberio, y los ostrogodos fueron el único de los pueblos germánicos que pagó el mismo impuesto fiscal que la población romana.
El arrianismo de los ostrogodos favorecía el interés de Teodorico por mantener la segregación de bárbaros y romanos, y la tolerancia religiosa fue la consecuencia lógica de esta política. En una época en la que las concesiones del emperador Anastasio a los monofisitas habían ocasionado un cisma entre Roma y Constantinopla,27 el clero romano transigió con Teodorico, colaboró en su política, y el monarca godo pudo intervenir, sin oposición eclesiástica, en la elección de tres papas: Símaco, Hormisdas y Juan I.
Teodorico halagó a la nobleza romana, permitió a los terratenientes tomar siervos de la gleba para servicios domésticos en las ciudades. Respetó al Senado, que abandonó la indiferente y despectiva neutralidad de la época de Odoacro para cooperar con el monarca bárbaro. Teodorico alimentó y divirtió a la plebe de Roma, organizando constantes juegos de circo, combates de gladiadores y fieras, mimos y pantomimas, y carreras de caballos. En su única visita a Roma fue recibido por el papa y el clero de la ciudad, así como por el Senado, como un emperador; acudió a la iglesia de San Pedro para orar, y habló al pueblo, reunido en el foro, prometiendo respetar las leyes imperiales.
Teodorico cuidó de que sus decisiones pareciesen inspiradas en la tradición romana. La prohibición de los matrimonios entre godos y romanos se fundamentaba en una ley de Valentiniano I no derogada. La separación entre las funciones civiles de los romanos y las militares de los godos pedía explicarse por las reformas del siglo III, que establecían una rígida discriminación entre el ejército y la administración civil. El ejército de Teodorico no era menos romano que los ejércitos "romanos" de Valentiniano I, de Teodosio I o de los emperadores del siglo V. La nobleza senatorial, el orden ecuestre y hasta el populus romano, llevaban muchas generaciones separados de la vida militar.
La «paz goda»
Teodorico fue el primer monarca bárbaro que supo elevarse de los intereses personales, dinásticos y tribales a una concepción política ‑que bien puede ser llamada europea‑ basada en la solidaridad de los pueblos germánicos y en el mantenimiento consciente de la administración romana, como fundamentos necesarios de la paz, la "paz goda,. Su sistema de alianzas matrimoniales entre las estirpes regias germánicas no tenía precedentes en el Imperio romano. Inspirado en la fuerza que los lazos familiares tenían entre los germanos, fue utilizado para fines políticos. El mismo Teodorico casó con una hermana de Clodoveo; una de sus hijas contrajo matrimonio con el visigodo Alarico II, y otra con el rey burgundio Segismundo; una hermana de Teodorico lo hizo con el vándalo Trasamundo, y una sobrina, con el rey de los turingios. Sin las ambiciones de Clodoveo, acaso la «paz goda» hubiese dado alivio a los males de Occidente. Teodorico sólo pudo disminuir el alcance de las victorias de los francos: evitó el aniquilamiento de los visigodos; protegió contra Clodoveo a los alamanes, a los turingios, a los hérulos; restableció la frontera italiana del Danubio, reconquistando las provincias de Nórica, Retia y Panonia. Al hacerse ceder por los visigodos la Provenza, la libró de los francos, y aseguró a esta provincia un siglo de bienestar.
Si para la mayoría de los pueblos germánicos adoptó la actitud de un protector, a los romanos de Occidente pudo parecer, en los primeros años del siglo VI, el sucesor de los desaparecidos emperadores, y la pax gothica un remedio válido para sustituir la imposible pax romana. Y si se recuerda que en los tiempos medievales, él, Dietrich ven Bern, Teodorico de Verona, fue el héroe legendario de los cantos germánicos, y Carlomagno el de la épica románica, es preciso reconocer en esta interpretación del pasado otro error histórico. Teodorico fue un germano más romanizado que el emperador de los francos, y su obra política, más útil para la salvación de la cultura antigua.
Escogió siempre sus colaboradores entre los romanos más ilustres: Liberio, que había servido a Odoacro; Enodio, obispo luego de Pavía; Casiodoro, que redactaba las cartas y edictos reales; Boecio, el último pensador de la Antigüedad clásica. En ellos alentaba aún una fuerza espiritual viva. Con ellos gobernó Teodorico desde Rávena, utilizando los servicios administrativos y el cuerpo de funcionarios que Honorio y Valentiniano III habían reunido en la «tercera Roma», El príncipe bárbaro nacido en una rústica casa de madera de Parionia se identificó, como ningún otro monarca bárbaro, con el concepto romano de la civitas, de la ciudad. Y tuvo el afán constructivo, si no los medios, de un Augusto o de un Adriano. Prosiguió la tarea del embellecimiento de Rávena que ‑había iniciado Gala Placidia, haciendo construir San Apolinar el Nuevo entre otras muchas edificaciones de Rávena, Verona y Pavía. La grandiosa entrada del desaparecido palacio imperial de Rávena, reproducida en el mosaico de San Apolinar el Nuevo, es un indicio del nuevo estilo romanogótico que estaba naciendo.
La obra restauradora de Teodorico fue inmensa: las murallas de Roma y Pavía; los acueductos de Roma, Rávena y Verona; las termas de Pavía y Verona; el anfiteatro de Pavía; el teatro de Pompeyo, el Coliseo y las alcantarillas de Roma. Tarea paciente de un reinado largo, levantada con la misma perseverancia que el edificio político del que era necesario complemento.
Ruina de la obra de Teodorico
El rey ostrogodo se esforzó por mantener a Italia desligada de la autoridad imperial, sin comprometer las amistosas relaciones entre su gobierno y el de Constantinopla. El cisma religioso entre las iglesias de Oriente y de Roma le favorecía. Pero en 518 Justino sucedió a Anastasio, y el nuevo emperador, aconsejado por su sobrino Justiniano, restableció la unión de las Iglesias. Cuando poco después Justino dictó medidas persecutorias contra los arrianos, se reveló la fragilidad de la colaboración entre el rey ostrogodo y la nobleza senatorial romana, descontenta quizás porque Teodorico prefería la aristocracia provincial para los altos cargos. Es posible que en los mejores, como Boecio, el descontento tuviera más nobles motivos: la convicción de que los godos que rodeaban a Teodorico nunca serían sinceros defensores de la civilización romana. En todo caso, estos miembros del orden senatorial mantenían relaciones con el Imperio de Oriente, hogar verdadero según ellos de la cultura antigua. Y estos contactos políticos resultaban sospechosos al sentirse los arrianos amenazados por la política imperial.
En los tres últimos años de su reinado Teodorico parece arrastrado por una fuerza ciega y terrible a la destrucción de su propia obra. Los agentes del rey descubrieron una correspondencia intercambiada entre el emperador y el senador romano Albino, que fue calificada como delito de traición al Estado. El magister officiorum Boecio, que defendió a Albino, fue degradado, preso y ejecutado, .así romo su suegro Símaco, el más influyente de los senadores, que se negó a reconocer la culpabilidad de Boecio. Estos acontecimientos revelaban la incompatibilidad entre la nobleza romana y la goda.. Con esta crisis se trabó otra más grave, entre el rey ostrogodo y el papa Juan I. Teodorico envió al papa a la corte de Constantinopla, con la extraña misión para un obispo de Roma de conseguir del emperador la revocación de las disposiciones contra los arrianos. Ningún papa fue recibido nunca en Constantinopla tan solemnemente,28 pero la embajada de Juan I fracasó, y Teodorico, enfurecido, encarceló en Rávena al papa, que murió en la prisión. Así se quebró la difícil tolerancia entre arrianos y católicos, y toda la obra política de Teodorico se estaba derrumbando cuando el rey murió a los pocos meses (agosto de 526).
La «guerra gótica»
La política de Teodorico estaba condenada aun sin estos tres. años sombríos, porque en las sociedades donde todo depende del poder personal, todo se hunde cuando el déspota desaparece. La «reconquista» del emperador Justiniano se inició en Italia, como en el reino vándalo de Africa al socaire de una crisis interior.,
Teodorico había nombrado sucesor a su nieto Atalarico, niño de diez años, y regente a su hija Amalasunta, recomendándoles según el historiador Jordanes, “amar al Senado y al pueblo romano y ganarse siempre la buena voluntad del emperador de Oriente”. Pero Atalarico murió en 534, y los ostrogodos intransigentes obligaron a la romanizada Amalasunta a casarse con su primo Teodato. El asesinato de Amalasunta dio a Justiniano el motivo que deseaba. Un ejército bizantino mandado por Belisario desembarcó en Nápoles, iniciándose una guerra de veinte años, tan nefasta para Italia como lo fue para Francia la guerra de los Cien Años, y para Alemania la de los Treinta años.29 Una guerra de una crueldad inenarrable que en vez de liberar a Italia la destruyó.
El Estado ostrogodo se desmoronó, pero su ejército se defendió hasta su exterminio con una energía desesperada. Cuando parecía aniquilado, resurgía tenaz, heroico, feroz. Los burgundios ante los francos, los vándalos frente a los bizantinos, habían caído casi sin combatir. Los ostrogodos no eran más numerosos, pero demostraron una firmeza inesperada ante un ejército "romano" de mercenarios lombardos, hérulos, hunos y persas que operaban con grupos reducidos y con una insensibilidad total para los sufrimientos de la población romana que venían a defender.
Los italianos adoptaron una resignada neutralidad. Y Roma, que durante la «paz goda» se había recobrado de los saqueos sufridos, y que al comenzar esta guerra en 536, sesenta años después del destronamiento de Rómulo Augústulo, era aún, restaurada por los cuidados de Teodorico, la más poblada y hermosa ciudad de Occidente, sufrió en trece años seis de bloqueo, en tres implacables asedios. Catorce de sus acueductos, cortados por el godo Vitiges, ya no, fueron reparados; las «bocas inútiles» expulsadas de la ciudad por Belisario en el primer bloqueo, ya no regresaron. Después de la guerra gótica, la Ciudad Eterna era un cementerio de hermosas ruinas, por el que se movían unos pocos miles de romanos alimentados por el emperador o por el papa. Sin industrias ni comercio, rodeada de tierras de labor yermas desde siglos, la ciudad vegetaba sobreviviéndose a sí misma. Sin la presencia en ella del papa y de la organización eclesiástica, el destino de Roma después de la guerra gótica hubiera sido el de Nínive o Babilonia. La « reconquista » bizantina significó el fin del Senado romano. La aristocracia senatorial, que había mantenido, aunque débilmente la continuidad romana, no se recobró nunca de las matanzas de esta guerra. Al hundir el Estado ostrogodo, Justiniano había sepultado los restos de la Antigüedad clásica.
¿Qué pensaban de estos acontecimientos sus protagonistas? Las fuentes históricas del siglo V son tardías y escasas,30 y patentizan que sus autores no comprendieron lo que les estaba pasando. Los desórdenes y las violencias que contemplaban eran un motivo para ejercicios retóricos: la Divina Providencia había permitido las invasiones para castigar los vicios de los cristianos y la tenaz idolatría pagana; Rema sólo se salvaría si retornaba a una estricta vida evangélica. El historiador Hidacio traza un cuadro sombrío de la época. Un siglo después, Gregorio de Tours concibe su Historia de los Francos como una hagiografía: Clodoveo era portador de una misión divina.
Las obras literarias de los herederos de la cultura antigua no son más perspicaces, pero nos enfrentan con el problema fascinante de la crisis del pensamiento grecorromano.
La conservación de la cultura romana
A mediados del siglo V la Romania ya no se entendía como una ordenación política, sino como una forma de vida, como una comunidad de cultura opuesta a la barbarie. Los discursos, los panegíricos, los poemas y el rico epistolario de Sidonio Apolinar, venturosamente conservados, permiten reconstruir el marco espiritual en el que se desarrollaba la vida de la clase dominante. Si Sidonio puede ser escogido como portavoz de su generación -elección instigada por la abundante información que sus escritos proporcionan‑ no es arriesgado afirmar que las invasiones no perturbaron el declinante proceso de la ilustración romana. Únicamente incidieron en él en el plano religioso. El arrianismo de los bárbaros contribuyó al nacimiento de una modalidad nueva de patriotismo, en el que se identificaban catolicismo y romanidad, y al que se adhirieron los sobrevivientes de la nobleza senatorial pagana. Este connubio de cristianismo y civiliza. cíón antigua, de tradición bíblica y mitología grecorromana, resplandece en la obra literaria de Sidonio, este obispo católico cuyo mundo poético está habitado por los dioses de Grecia.
Sidonio Apolinar pertenecía a una familia cristiana de la nobleza de Lyon. Contrajo matrimonio con una hija del poderoso terrateniente Avito, la cual le aportó en dote una hermosa finca de Auvernia, y le ayudó a consolidar la posición social que le proporcionaba su nacimiento. Había seguido los estudios de gramática y retórica que completaban entre las gentes de su rango los atributos de la sangre y de la riqueza. Inspirándose en Lucano, Claudiano, Simmaco y Plinio el joven, desplegó su talento de observador en descripciones penetrantes de la aristocracia galorromana, no más corrompida que la de otras épocas, pero desorientada, paralizada por los recuerdos de tiempos más brillantes y calmos. Los caracteres y los espíritus de esta nobleza carecen de energía para afrontar la crisis del Estado, de la sociedad, de las creencias heredadas, y se agarran con ahínco a unas ideas caducadas, de las que sólo se conservan las formas, pero privadas de su contenido, deshuesadas, reducidas a mediocres artificios.
Es posible que esta falta de sustancia haya prolongado la tranquila agonía de la cultura antigua. Su misma superficialidad la hacía inofensiva para los cristianos. Convertidos al cristianismo sus cultivadores, iniciaron ese catolicismo mundano y elegante, que ha sobrevivido a través de lo s siglos, y al que aportaron la indiferencia que habían sentido por la religión romana.
Un ejemplo mostrará cómo podían los ejercicios retóricos llegar a la puerilidad. Sidonio se ha propuesto cantar la belleza de la villa de Leoncio, situada a orillas del río Dordoña. Y para hacerlo, recurre a los dioses griegos, y nos cuenta que Baco, habiendo sometido la India, en su viaje de retorno a Grecia encuentra a Apolo, que le invita a que le acompañe a un país del lejano Occidente, y para persuadirle le describe los hermosos parajes del Dordoña y la espléndida mansión de Leoncio. A estas ficciones literarias, escritas en un latín accesible únicamente a unos pocos ilustrados, había quedado reducida la cultura romana. La nobleza, que tan beneficiada había resultado de las crisis de los siglos II y IV, conservó, si no aumentó sus latifundios ‑origen del régimen feudal‑ y mantuvo su anquilosado cultivo de la literatura romana en la época de las invasiones.
Sidonio Apolinar puede servir también de paradigma orientador de la actuación política de esta aristocracia y de sus relaciones con el mundo bárbaro. Este hombre que gusta de la vida lujosa y sosegada de su finca, y de la compañía de sus amigos, y de los coloquios eruditos sobre textos de Terencio o de Virgilio, y que se lamenta, como Ovidio en sus Tristes de la proximidad de los bárbaros malolientes, se siente también atraído por los honores de los altos cargos públicos. En la turbulenta vida política de los últimos años del Imperio de Occidente, dirige tres panegíricos ‑que se contradicen unos a otros‑ a tres emperadores que representan intereses tan divergentes como su suegro Avito, Mayoriano y Antemio, y recibe de éste la prefectura de Roma. Cuando a los cuarenta años fue designado obispo de Clermont, Sidonio se elevó a la altura de su destino. El aristócrata refinado y orgulloso, el político cortesano, se transformó en defensor enérgico de la ciudad de Clermont, y dirigió con su cuñado Ecdicio, el hijo del emperador Avito, la defensa de Auvernia, invadida por los visigodos. Cuando la política imperial exigió la rendición del país auvernés, Sidonio aun pudo cumplir su misión episcopal en la línea de un entendimiento con el reino visigodo de Eurico. El gran sefior que había vivido' como sus antepasados, ignorando a los hombres que no pertenecían a su clase, consagró los últimos años de su vida al gobierno de Clermont y a la protección de los necesitados. La miseria social del pueblo penetró en el hasta entonces restringido mundo de este noble galorromano.31
El círculo intelectual de Rávena
En contraste con esta vida intelectual galorromana, dispersa por las aristocráticas villas de los dominios señoriales, la corte ostrogoda de Rávena concentró en torno a Teodorico una intensa actividad literaria, cuyo rasgo más notable fue la colaboración de romanos y godos en las mismas tareas culturales. El rey subvencionó las escuelas superiores de Rávena, Roma. y Milán, y los profesores recibieron sus sueldos del presupuesto estatal. El círculo ostrogodo que rodeaba a Teodorico no fue totalmente hostil a los estudios clásicos. Amalasunta fue ilustrada en el saber antiguo, y Teodato se decía discípulo de Platón. La decidida protección de Teodorico abrió el camino de los honores a los representantes más ilustres de la Romania, como Casiodoro, calabrés de Bruttium, que hizo en el Estado ostrogodo una brillante carrera política: gobernador de Lucania, cónsul, magister officiorum, prefecto del pretorio, siendo al mismo tiempo cuestor de palacio y secretario del rey. En los doce libros de Variae, Casiodoro reunió más de 500 escritos de correspondencia administrativa y diplomática, que son un testimonio valiosísimo de la política hábil y tolerante de Teodorico,32 y de los esfuerzos del rey y de su secretario por salvar de la destrucción la cultura antigua.
Casiodoro nunca llamó bárbaros a los ostrogodos, y llegó en su historia Del origen y hechos de los godos -obra perdida, pero que se conserva parcialmente en el resumen que de ella hizo Jordanes- igualar el linaje godo con el romano, incluyendo la historia de los godos en la romana. Vogt ha observado el paralelo de Casiodoro con Polibio, el primer griego que escribió la historia de sus adversarios, los romanos que acababan de conquistar Grecia.33
El paviano Ennodio, profesor en Milán, que, como Sidonio Apolinar, mezclaba en su poesía temas paganos y cristianos, compuso un panegírico del monarca ostrogodo, proclamándolo salvador de Italia. Nombrado obispo de su ciudad natal, Pavía, Ennodio continuó cooperando en la política cultural de Teodorico, defendiendo siempre a los ostrogodos de la barbarie que se les atribuía.
El grupo nacionalista de Roma
En cambio la «paz goda» favoreció en Roma la formación de un grupo de escritores antiguos, en torno a Símaco el joven, descendiente del adversario de Teodosio el Grande. Este círculo significó un rebrote del nacionalismo del siglo anterior, orientado hacia Constantinopla. Su figura más notable fue Boecio, yerno de Símaco el Joven, El cursos honorum de Boecio fue casi tan sobresaliente como el de Casiodoro: cónsul él y sus dos hijos, fue luego designado para el cargo más importante del gobierno, el de magister officiorum. En Boecio las ideas cristianas se impregnaron de neoplatonismo; tradujo la introducción a la dialéctica de Porfirio, y se propuso la gigantesca empresa de traducir toda la obra de Platón y Aristóteles. Sólo la inició, pero sus versiones de la lógica aristotélica fueron los únicos textos de Aristóteles que conoció el Occidente durante la Alta Edad Media. Boecio, lo mismo que Casiodoro, tuvo conciencia de que era necesario salvar la herencia cultural del pasado, compendiándola. Aunque la omisión en su Geometría de las demostraciones de los teoremas prueba sus limitaciones intelectuales, que eran las de su época, sus tratados de Aritmética y de Música, compilaciones de la Aritmética de Nicomaco y de los estudios sobre música de Nicomaco, Euclides y Tolomeo, someras y elementales, fueron los textos que manejaron las escuelas medievales.34
Estos estudios de filosofía griega fueron alentados por Teodorico como un complemento de su política de aproximación al Imperio bizantino. Cuando las relaciones literarias del círculo literario romano con los eruditos de Constantinopla se transformaron en contactos políticos con la corte imperial -al menos en el ánimo receloso del viejo rey-, Boecio fue encarcelado en Pavía, y en la prisión redactó apresuradamente, antes de ser ejecutado, el último tratado de filosofía antigua, la Consolación de la Filosofía. En forma alegórica ‑una mujer majestuosa, la Filosofía, guía al autor al conocimiento de Dios- Boecio escribió una obra maestra, en la que la tradición clásica y el espíritu cristiano adquirían su perfecta acopladura.
Casiodoro se mantuvo al margen del conflicto entre el rey ostrogodo y el grupo de senadores romanos ilustrados. Permaneció fiel a la obra de Teodorico, incluso en los años terribles de la guerra gótica. Cuando la colaboración de ostrogodos y romanos en una empresa de cultura se reveló imposible, Casiodoro buscó la protección de la Iglesia. En sus propiedades familiares de Calabria fundó el monasterio de Vivarium, reunió una biblioteca y redactó sus Instituciones y sus Cartas seculares, dos programas de estudios monásticos que subordinaban a la teología el estudio de las artes liberales, si bien Casiodoro recomendaba el conocimiento de la literatura pagana para profundizar en las siete artes, advirtiendo que el abandono de la gramática, de la retórica y de la dialéctica acarrearía el empobrecimiento del saber teológico.
La simiente de Vivarium fructificó en una intensa actividad monástica, la copia de las obras que Casiodoro buscaba afanosamente en Constantinopla y en Italia. El ejemplo de Vivarium y de los monasterios irlandeses fue fecundo. Gracias al esfuerzo paciente de los monjes que durante siglos transcribieron incansablemente los textos científicos y literarios de la Antigüedad que llegaban a sus manos, y cuyo significado se les escapaba muchas veces, cuando la crisis intelectual llegó al colapso, en las últimas décadas del siglo VI, se salvaron en las bibliotecas conventuales los restos de la cultura grecorromana.
La cultura eclesiástica
El cristianismo fue una religión de origen oriental; se expresó en lengua griega; su teología había sido elaborada en los apasionados debates de los concilios orientales por obispos griegos, capadocios, egipcios y sirios; los grandes debates teológicos fueron exclusivos de Oriente. La iglesia latina, desembarazada del frágil pelagianismo y del arrianismo (que en Occidente únicamente tuvo el peso político que le dieron los pueblos bárbaros, pero nunca la carga teológica que acompañó a la herejía arriana en las provincias orientales) siguió fiel a un dogma aceptado sin una meditada reflexión de sus asertos, y concentró sus afanes en la elaboración de una doctrina moral.
La época de las grandes invasiones había sido la más fecunda del pensamiento cristiano de Occidente. San Ambrosio, san Jerónimo, san Agustín son nombres preclaros que empalidecen otros que contribuyeron también a ganar para el cristianismo latino un prestigio intelectual que derrumbó los últimos baluartes del paganismo culto, y fue el soporte firme de la autoridad de la Iglesia en la vida declinante de Roma. Los problemas que atrajeron a los Padres de la Iglesia latina fueron el de la libertad y el de la predestinación, el del pecado original y el de la gracia. El agustinismo tuvo sus contradictores, heréticos como Pelagio, ortodoxos como Casiano; pero san Agustín había escogido un campo de meditación que ya no abandonarla la tradición eclesiástica occidental.
En el transcurso del siglo V la literatura latinocristiana fue incapaz de mantener esta altura. Sólo en los círculos católicos de Roma y de Rávena ‑que no eran eclesiásticos‑ continuó el estudio de las letras griegas. Desaparecido Sidonio Apolinar, san Avito de Vienne, muerto en 525, fue el último humanista de la Antigüedad latina. Su contemporáneo san Cesáreo de Arles consiguió que los concilios proscribieran el estudio de las letras paganas. Los esfuerzos de Casiodoro por vivificar el pensamiento cristiano en el manantial clásico hubiesen sido vanos sin el papel desempeñado por los monasterios en la conservación del saber antiguo.
La independencia monástica ante la autoridad de la Iglesia territorial fue decisiva para esta empresa. El monaquismo latino creció espléndidamente en el siglo V. En 410 san Honorato fundó el monasterio de Lérins, que durante más de un siglo formó para la Iglesia alguno de sus mejores servidores. Por él pasó san Patricio antes de iniciar su evangelización de Irlanda. Desde Lérins y las fundaciones marsellesas de Juan Casiano, el monaquismo se propagó a la Galia. Era un campo que san Martín de Tours había abonado en el siglo IV. Obispos y magnates, reyes y reinas, se aplicaron a la erección de conventos. Mas fue en Irlanda donde los monasterios, siguiendo el modelo de Lérins, alcanzaron desde el siglo y una espléndida energía cultural y misionera. Los monjes irlandeses cultivaron los estudios retóricos, y la literatura clásica se salvé parcialmente del olvido en las bibliotecas de los monasterios.
La cultura grecorromana, fundamentada en el idealismo filosófico, y desde el siglo III, en el irracionalismo, había sido un privilegio de la clase senatorial, que en su declinación transmitía ese saber, como un depósito embalsamado, a la clase sacerdotal cristiana.
Desde el siglo III se había abierto un abismo entre la lengua hablada y la escrita, que hizo la literatura inaccesible para‑el pueblo. La prosa literaria de los teólogos cristianos era tan ininteligible para la masa de los fieles como los versos de Prudencio, o los himnos de san Hilario y san Ambrosio.35 Ulfilas, al traducir la Biblia al dialecto godo, había abierto un camino que no fue seguido por el clero católico. Arrianos y donatistas componían canciones en la lengua del pueblo, y san Agustín los imitó, escribiendo un salmo en idioma vulgar. Pero este contacto literario con el pueblo fue abandonado pronto. Las gentes sencillas debieron de tener su propia poesía, sus cantos de amor y de duelo, de baile y de siega, sus leyendas y sus canciones de cuna. Ningún clérigo tuvo la curiosidad de copiarlas, y desconocemos esta literatura popular, como ignoramos los primitivos cantos épicos de los germanos.
Los últimos recopiladores de la ciencia antigua
Las causas de la decadencia de la ciencia grecorromana han sido examinadas en páginas anteriores.36 El irracionalismo, que a partir del siglo III se apoderó del pensamiento antiguo, extirpó los hábitos de investigación metódica que son consustanciales con la actividad científica.37 El espíritu crítico, las dotes de observación y de objetividad, dejaron de ser las cualidades requeridas por los hombres de ciencia. Bastaban ahora un corazón puro, fe, imaginación. Las ciencias ocultas, la magia y los misterios orientales reemplazaron a la ciencia.
El cristianismo no inició la inclinación de las mentes a lo irracional, pero completó gustoso este proceso. Los Padres de la Iglesia, al tomar, corrigiéndola, la herencia de la cultura pagana, aceptaron los conocimientos de la ciencia de la naturaleza que no contradecían a la Biblia. Pero la necesidad de conciliar la biología y la geografía con la interpretación del Génesis, llevó a san Agustín a la negación de la existencia de los antípodas. A mediados del siglo VI el monje bizantino Cosmas Indicopleustes escribió una Topografía cristiana, en la que describía la Tierra como una gran llanura rectangular, limitada por cuatro elevadas paredes que se unían para formar la bóveda celeste. Ahora bien, la admisión de la Escritura como fuente de la verdad no era la causa de la decadencia de la ciencia, sino una de sus consecuencias.38
Las invasiones no influyeron en el acabamiento de la ciencia de la Antigüedad. Para los bárbaros, como para los romanos, sólo era pensable una civilización, la grecorromana. Si nada aportaron los germanos a los saberes adquiridos, tampoco les movía la voluntad de negarlos. Pero las invasiones ayudaron al hundimiento de la enseñanza. Los bárbaros dejaron extinguirse el sistema escolar romano. Las ciudades suprimieron las subvenciones de las cátedras urbanas de gramática y retórica. Únicamente subsistían algunos maestros particulares, al servicio de una aristocracia que se desinteresaba cada vez más de la cultura. La Iglesia creó escuelas catedralicias para formar clérigos, y así consiguió el monopolio de la enseñanza, y con él completó su posición privilegiada en la sociedad medieval.
En este yermo ideológico unos pocos hombres se consagraron a la tarea de salvar para la posteridad la herencia espiritual de Grecia y Roma. Ya se mencionaron los dos más ilustres, Boecio y Casiodoro. Unos años antes, el africano Marciano Capella había reunido una enciclopedia de conocimientos elementales, agrupados en la ordenación escolar del trivium y del cuadriviun con el amanerado título, muy de la época, de Sobre las nupcias de la filología y Mercurio. Las compilaciones de Marciano Capella, de Boecio y de Casiodoro serían ampliadas hacia el año 600, en las Etimologías de san Isidoro de Sevilla, el más tardío y pobre fruto de la cultura grecorromana.
La expresión del mando trascendente en las artes plásticas
El arte imperial se extinguió a comienzos del siglo V. La construcción de arcos de triunfo, foros y termas había cesado antes de que el Imperio de Occidente desapareciera. La ruralizada nobleza tampoco encargaba obras de arte. Las ciudades se limitaban a levantar murallas con las ruinas de sus monumentos. Los artistas se hubiesen quedado sin clientes, a no ser por la energía constructora de la Iglesia, y aun esta actividad quedó circunscrita a Italia. Roma y Rávena fueron los dos núcleos casi únicos del arte cristiano occidental en el siglo V,
Hacía mucho tiempo que la Ciudad Eterna no era capital del Imperio. Desasistida de los emperadores, se recobró de los daños de las invasiones bajo la firme tutela de los papas, que asumieron el gobierno efectivo de la ciudad, y se aplicaron con tesón a la construcción de nuevas iglesias: San Pablo extramuros, Santa Sabina y Santa María la Mayor son edificaciones de la primera mitad de la centuria.
Rávena, capital del gobierno de Occidente desde tiempos de Honorio, fue después de la caída del Imperio residencia de Teodorico, y en esta época sobrepasó a Roma como lar del arte cristiano. Sus iglesias son el último brote del arte antiguo: el Baptisterio de los Ortodoxos, con su majestuosa cúpula; el oratorio de San Lorenzo, llamado Mausoleo de Gala Placidia; San Apolinar el Nuevo, que Teodorico mandó edificar, y el Baptisterio de los Arrianos,39 son construcciones que permanecen fieles al arte imperial romano en la estructura arquitectónica. El exterior es sobrio; utiliza el ladrillo como material constructivo y arquerías ciegas como único recurso ornamental. En el interior, arquitectura y decoración se combinan en un despliegue de suntuosidad desconocido en el arte clásico. Paneles de mármoles, mosaicos, vidrios policromos y bajorrelieves cubren las paredes y las bóvedas. La voluntaria oposición entre la parquedad decorativa externa y la concentración de elementos artísticos en las naves de las iglesias, culmina en el mausoleo de Gala Placidia, en la belleza del mosaico de la bóveda del crucero, con su cruz de oro, como un símbolo de Cristo, que resplandece entre 99 estrellas doradas sobre un cielo brillante, intensamente azul.
El mosaico es la más acabada expresión de este arte monumental. En la capilla de San Juan de la Fuente, el Baptisterio de los Ortodoxos, los Apóstoles rodean la escena bautismal representada en el centro de la cúpula. Las figuras, de gran tamaño, vigorosamente dibujadas, están dotadas de una grandeza solemne, muy distante de la idílica sencillez de las pinturas de las catacumbas. En la nave central de San Apolinar el Nuevo, sobre las arcadas, una impresionante procesión de mártires avanza hacia el altar para adorar a Cristo.
La plástica del siglo V ha transformado la tosca informalidad de la pintura paleocristiana en expresión de lo trascendente. Una deliberada delimitación entre lo sagrado y lo profano ha desprendido al arte de la realidad. En los mosaicos de Rávena el hombre ya no es un cuerpo. Las figuras se adelgazan en una simplificación del dibujo plenamente consciente, del más refinado virtuosismo técnico. Su ordenación ornamental expresa simbólicamente la armonía del universo.
El funcionalismo didáctico del arte cristiano
La función social del arte cristiano no era estética, sino didáctica. Las escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento, la figura del Buen Pastor entre sus ovejas, las representaciones de María, se proponen comunicar a todos los hombres el contenido de la fe. Este ftincionalismo religioso se complementa en la ilustración de códices. El más antiguo de los conservados, el llamado Génesis de Viena (,hacia el año 500), revela un absoluto dominio de las formas clásicas, de la narración en imágenes, del sentido de la composición. En el Evangeliario de Rossano, códice del siglo VI, se manifiesta una renuncia voluntaria a la belleza, sacrificada a la expresión de los gestos, y la misma intención simplificadora y trascendente de los mosaicos de Rávena y de Santa María la Mayor de Roma.
La tradición de las formas clásicas perduró mejor en las artes menores: camafeos, vajillas de oro, placas y dípticos de marfil, vidrios dorados con incrustaciones de gemas. También fueron los obispos los mejores clientes de las artes de lujo. Hasta el siglo Vi subsistieron talleres que trabajaban el marfil, produciendo relicarios, cruces de ceremonia y otros utensilios litúrgicos. En estos objetos de precio se puede situar la única conexión entre el arte antiguo y el de los invasores: la bellísima orfebrería de los germanos. El arte que es sólo ostentación y adorno aproxima a las sociedades primitivas y a las decadentes, que sienten ‑en forma más refinada que los bárbaros‑ la misma inclinación a las alhajas.
NOTAS
1 V. CHAPOT, El mundo romano, p. 507. Tomo XXII de «La evolución de la Humanidad», dirigida por Henri Berr. Ed. Cervantes, Barcelona, 1928.
2 F. LOT, El fin del mundo antiguo, op. cit., pp. 88 y 109. Para Piganiol, en cambio, «el Imperio ha muerto asesinado, Véase, infra, conclusión.
3 L. M. Hartman. La decadencia del mundo antiguo, op. cit,, p. 39.
4 Supra, IV, 1. Con la reserva a que obliga la escasez de documentación de carácter socioeconómico sobre este período.
5 Supra, IV, 1.
6 F. LOT, Les destinées de I`Empire en Occident, op. cit., p. 351.
7. VICENS VivEs, Historia económica de España, op. cit., p. 85.
8 ¿Cuándo termina la Antigüedad y comienza la Edad Media, concepto acuñado no hace aún doscientos años? Para el historiador inglés Bury, en 395, fecha de la muerte de Teodosio y de la instauración del sistema colegial de los dos gobiernos de Oriente y Occidente; para los historiadores de la Cambridge Medieval History, en 330, fecha de la fundación de Constantinopla; para V. Duruy, en 378, desastre de Andrirópolis (con la variante de A. Cartellieri del año 382, en que Teodosio firmó el foedus con los visigodos); para Otto Seek, en 476, fin del Imperio de Occidente; otros historiadores ‑Goldschmidt, Neumann, Strhel, Peisker, etc., prefieren prolongar la Antigüedad hasta la muerte de Justiniano en 565, o hasta la fundación del reino lombardo de Italia en 572, o hasta el comienzo del reinado del emperador bizantino Tiberio, con quien desaparece de Bizancio hasta la sombra de la romanidad, en 578. Véase F. LOT, Les destinées dé l´Empire en Occident, op. cit., pp. 1 y 2.
9 Esta interpretación es válida para Italia, Galia e Hispania. No para Inglaterra anglosajona ni para Germania, países donde no existe una fusión de culturas, sino aniquilamiento de la romana por la de los ocupantes. Tampoco pa el reino vándalo, que destruyó la civilización romana en Africa, dejando al país inmerso en la vida pastoril.
Las scholae o escuelas que mencionan algunos documentos del siglo Vi no son propiamente centros de enseñaza. La schola es el conjunto de jóvenes nobles que se educan en el servicio del rey, del que recibirán, llegado el momento, cargos eclesiásticos y civiles.
10 Supra, IV, 1.
11 Los historiadores han venido repitiendo que la larga cabellera de los reyes germánicos era un símbolo de poder, y por eso, cuando se quería inutilizar a un príncipe para ocupar el trono sin matarlo, se le cortaban los cabellos y se le tonsuraba, enviándole a un monasterio. Pero todos los bárbaros llevaban largas cabelleras, que no eran por tanto atributo del poder, sino de fuerza viril, idea compartida por otros pueblos no germánicos (recuérdese la historia bíblica de Sansón). Hoyoux ha sostenido en una interesante monografía ("Reges criniti: chevelures, tonsures et scalps chez les Mérovigiens", Revue belge de philologie et h´historie, 1948, pp. 479‑508 que se ha traducido mal la palabra latina tondere de los textos de Gregorio de Tours, confundiendo dos verbos homónimos: tondere, supino tonsum, por tondere, supino tusum, contusión. La víctima no era tonsurada, sino que se le arrancaba el cuero cabelludo, Si no moría, quedaba desfigurada para siempre.
12 Supra, IV, 2.
13 F. LoT, Les invasions gem"iques, op. cit., p. 323.
14 Supra, V, 3.
15 Historia de España y América, dirigida por 1. VICENS VIVES, t. L p. 137, Editorial Vicens Vives, Barcelona, 1961.
16 Nuestros magros conocimientos sobre la civilizaci6n germánica anterior al siglo V no justifican que se le sigan atribuyendo los caracteres observados por Tácito. Es innegable la evoluci6n de los pueblos germánicos entre los 300 años transcurridos desde Tácito a las invasiones del siglo V, así como las influencias romanas que recibieron, los cambios de residencia, las confederaciones anudadas o disueltas,
17 Supra, IV, I.
18 F. Loir, Les destinées de I'Empire en Occident, op. cit, pp. 329 y ss.
19A fines del siglo VI la Iglesia poseía en la Galia la tercera parte del territorio.
20 Pagano, de paganus, significa campesino, aldeano, de pagus, aldea.
21 Cm. DAWSON, Ensayos acerca de la Edad Media, Ed. Aguilar, Madrid, 1961, P. 96.
22. F. Lot, Les invasions germaniques, op, cit., p. 323
23 Sólo el reino vándalo pereció en la «reconquista» de Justiniano.
24 Supra, IV.
25 El gentilicio Flavio, que Teodorico unió a su nombre godo, significaba su adopción por la familia imperial.
26 En uno de los episodios de la guerra contra Odoacro, Tedorico pudo refugiarse con todo su pueblo en Pavía, ciudad muy pequeña, según el testimonio del obispo Epifanio. (Supra, III, 3.)
27 Supra, V, 6.
28 El emperador, el Senado y el clero salieron a recibirle. Justino, arrodillado, pidió al papa su bendición. En la fiesta de Navidad, Juan I celebró la misa en latín, y exigió en Santa Sofía un puesto de honor sobre el patriarca de Constantinopla.
29 F. LOT, Les destinées de l´Empire en Occident, op. cit., p. 161.
30 Pueden leerse amplios extractos en P. COURCELLE, Histoire littéraire des grandes invasionsgemaniques, París, 1946.
31 SIDONIO Apolinar, «Opera» en Monumenta Gemaniae Historica, Auctores Antiquissimi, VIII, 1887; A. LOYEN, Sidoine Apollinaire e.? l´ésprit préciux en Gaule aux derniers jours de l´empire, París, 1943.
32 Casiodoro atribuye a Teodorico esta frase: «No podemos mandar en la religión, a nadie se obliga a creer contra su voluntad.»
33 J. VOGT, op. cit, p. 315.
34 Resumió también los Elementos de Euclides y la astronomía de Tolomeo, con lo que completó su exposición del Quadrivium.
35 Sólo los escritores africanos usaron el latín vulgar. (Supra, II, 6.)
36 Supra, I, S.
37 Pero el irracionalismo halló preparado el camino por la actitud ante ciencia de las clases gobernantes de Grecia y de Roma "Sobre todo en Roma, cualquiera que se atreviera a explicar científicamente un fenómeno natural, parecía usurpar el poder limitado de los dioses., para dedicarse a la ciencia un hombre debía tener la valentía de manifestar su propia impiedad. Y ésta es la razón por la que los romanos permanecieron tan largo tiempo en la ignorancia (CONSTANT Martha,, Le poème de Lucrèce, 1873, pp. 1.12; citado por B. FARRINGTON, Op. Cit., P. 193).
38 B. FARRiNGTON, op. cit., p. 201.
39 San Vital, el logro más hermoso del arte bizantino, pertenece a la época del exarcado de Rávena, mediados del siglo VI.