La vida interior del Imperio. Las cuestiones religiosas.

La vida religiosa de Bizancio bajo los Comnenos y los Ángeles es particularmente importante: desde el punto de vista propiamente interior, por el esfuerzo para resolver ciertos problemas religiosos que preocupaban a la sociedad bizantina de entonces y presentaban un interés absolutamente vital para la época; y 2° desde el punto de vista exterior por el problema esencial de las relaciones de la Iglesia oriental con Roma, del patriarcado de Constantinopla con el Papa.

En sus relaciones con la Iglesia, los emperadores de las dinastías de Comnenos y Ángeles se atuvieron al Césaropapismo, tan grato a los emperadores bizantinos. En una de las redacciones de la historia de Nicetas Coniates leemos las siguientes palabras de Isaac Ángel: “No hay en la tierra diferencia alguna entre el poder de Dios y el del emperador. Todo está permitido a los emperadores, que pueden usar los bienes del Señor como los suyos propios, porque han recibido de Dios su poder y entre Dios y ellos no hay nada”. El mismo escritor, hablando de la actividad religiosa de Manuel Comneno, pinta el sentimiento general de “los emperadores bizantinos, que se creían Jueces infalibles de los asuntos divinos y humanos”. Este criterio de los emperadores fue sostenido por el clero en la segunda mitad del siglo XII. El célebre canonista griego (y comentador del Nomocanon del Seudo—Focio, colección canónica de XIV títulos), Teodoro Balsamón, patriarca de Antíoquía, que vivió bajo los últimos Comnenos y el primer Ángel, escribía: “Los emperadores y los patriarcas deben ser venerados como Padres (de la Iglesia) en virtud de su santa unción. De ésta proviene el poder de los muy cristianos emperadores para enseñar a los pueblos cristianos y para, como los sacerdotes, agitar el incensario en honor de Dios”. “Su gloria consiste en que, semejantes al Sol, alumbran con la luz de su ortodoxia el Universo entero”. “El poder y actividad de los emperadores conciernen al cuerpo y alma (del hombre), mientras el poder de los patriarcas sólo concierne al alma”. El mismo autor afirma: “El emperador no está sometido a las leyes ni a los cánones”.

La vida de la Iglesia bajo los Comnenos y Angeles permitía a los emperadores aplicar extensamente sus opiniones césaropapístas. Por una parte, numerosas “doctrinas falsas” y “herejías” agitaban en máximo grado los ánimos en el Imperio, y por otra la amenaza de turcos y pechenegos y la aproximación de Bizancio a Occidente como resultado de las Cruzadas empezaban a poner en peligro la existencia de Bizancio como Estado independiente, obligando a los emperadores a estudiar con seriedad el problema de la unión con la Iglesia católica, la cual, por intermedio del Papa, podía desviar el grave peligro que Occidente hacía correr a Bizancio.

Los dos primeros Comnenos fueron, en conjunto, defensores de la fe y de la Iglesia ortodoxas orientales, mas, impelidos por móviles políticos, hicieron concesiones en favor de la Iglesia católica.

Entusiasmada por la obra de su padre Alejo, Ana Comnena, en su Alexiada, le llama, con exageración evidente, el “treceno apóstol”, añadiendo que si ese honor ha de corresponder a Constantino el Grande, Alejo Comneno debe ser puesto a la misma altura que aquél o, si se alega contra esto alguna objeción, ocupar el lugar inmediatamente posterior. Pero el tercer Comneno, Manuel, sacrificó los intereses de la Iglesia de Oriente a su irrealizable política occidental.

En el interior, los emperadores se ocuparon en especial de los errores dogmáticos y herejías de su época. También les inquietó mucho el crecimiento desmedido de los bienes eclesiásticos y conventuales, contra el cual el gobierno, varias veces, había adoptado ya disposiciones severas.

Alejo Comneno, en su empeño de hallar fondos para la defensa nacional y para recompensar a sus partidarios, confiscó parte de los bienes monásticos e hizo fundir, a fin de convertirlos en moneda, cierto número de vasos sagrados.

No obstante, y para apaciguar el descontento provocado por tal medida, el emperador indemnizó a las iglesias abonándoles el valor de los vasos fundidos, y rectificó su actitud mediante una Novela especial “prohibiendo emplear los vasos sagrados para las necesidades públicas”. Manuel volvió a poner en vigor la Novela promulgada en 964 por Nicéforo Focas y abrogada después, creando así un freno al enriquecimiento de iglesias y monasterios. Empero, más tarde suavizó aquella ordenanza, tan severa para el clero, con otra serie de Novelas.

Los desórdenes y la relajación del nivel moral de los clérigos orientales inquietaron no poco a Alejo Comneno, quien en una de sus Novelas declara que la fe cristiana corre gran peligro, porque el clero (bizantino) se hace peor de día en día”. Trazó, pues, un plan de reformas encaminadas a elevar el nivel moral de los eclesiásticos, regulando su vida según los principios canónigos, aumentando su cultura, incrementando su actividad pastoral, etc. El emperador no siempre logró realizar en la práctica sus hermosos proyectos a causa de las condiciones generales de la vida del Imperio en aquella época.

Los Comnenos, aunque a veces se declararan hostiles al aumento desmesurado de las propiedades eclesiásticas, no por ello dejaron de ser con frecuencia protectores y fundadores de conventos.

Alejo declaró el Monte Athos exento a perpetuidad de impuestos y otras “vejaciones”. “Los funcionarios civiles” no debían “tener relación alguna con el monte sagrado”. El Athos seguía sin depender de ningún obispo y el “protos” o presidente del consejo de hígúmenos (abades o priores) de los conventos del Athos era investido por el mismo emperador, bajo cuya dependencia directa quedaba así la montaña sacra. Reinando Manuel, los rusos, entonces instalados ya en el Athos, donde tenían un convento pequeño, recibieron en virtud de un acuerdo del “prolaton” o consejo de higúmenos, el convento de San Pantalemón, que aun hoy goza de gran renombre.

Alejo ayudó también a San Crístódulo a fundar en la isla de Patmos un convento en honor de San Juan Evangelista, quien, según la tradición, había escrito allí el Apocalipsis. Ese convento existe todavía. En la “crisobula” promulgada con aquél motivo, el emperador donaba la isla a Cristódulo de manera eterna e inalienable, eximiéndola de toda carga y prohibiendo el acceso a ella de todos los funcionarios del Estado. Unas reglas muy estrictas gobernaban el nuevo monasterio. “La isla de Patmos —escribe Chalandon— se convirtió en una pequeña república religiosa casi independiente: sólo los monjes podían habitar allí”. [174]

Las invasiones de los selyúcidas en el Archipiélago forzaron a Cristódulo y sus monjes a abandonar Patmos, refugiándose en Eugea, donde murió Cristódulo a fines del siglo XI. Las reformas de Cristódulo no le sobrevivieron y su tentativa de Patmos fracasó en absoluto. [175]

Juan Comneno erigió en Constantínopla un convento consagrado a Dios Todopoderoso (Pantokrator), fundando allí un hospital de cincuenta camas para los enfermos pobres. Tal hospital estaba admirablemente organizado. Su reglamento interno, descrito con detalle en el estatuto (Tipicón) promulgado al efecto por el emperador [176] es el ejemplo “quizá más conmovedor que la historia nos ha conservado de los conceptos humanitarios de la sociedad bizantina”. [177]

La vida intelectual en la época de los Comnenos fue muy activa. Hay sabios que llaman a ese período la época del Renacimiento helénico, preparado por hombres tan eminentes como Miguel Psellos. Semejante renovación intelectual se expresó bajo los Comnenos de diversos modos, y en especial con la aparición de nuevas doctrinas heréticas y errores dogmáticos, contra los que los emperadores, paladines de la verdadera fe, tenían neCésariamente que entrar en lucha.

Ese rasgo de la época de los Comnenos se refleja bien en el “Sinodicón” o enumeración de nombres y doctrinas anatematizados que todavía se lee todos los años en la Iglesia oriental durante 3a semana de la ortodoxia, en cuyo curso se pronuncia anatema contra los herejes y en general contra las doctrinas antíeclesiásticas. Muchos de los nombres y doctrinas condenados en el Sinodicón se remontan precisamente a la época de Alejo y Manuel Comneno. [178] Alejo Comneno luchó especialmente contra los paulianos y bogomilas establecidos desde hacía tiempo, según vimos antes, en la Península balcánica y sobre todo en la región de Filipópolis. Pero ni las persecuciones de herejes ni el suplicio del monje bogomilista Basilio en la hoguera produjeron la desaparición de las herejías, las cuales, aunque sin tener en verdad gran difusión en el Imperio, continuaban subsistiendo. El emperador se dirigió al monje Eutimio Zigabeno, hombre instruido en gramática y retórica, exégeta de los libros del Nuevo Testamento y de las Epístolas de San Pablo, y le rogó que expusiera y refutara todas las doctrinas heréticas existentes, apoyándose en los Padres de la Iglesia. Zigabeno, accediendo al deseo del emperador, compuso su “Panoplia dogmática de la fe ortodoxa”, que contenía todas las pruebas científicas aptas para rechazar los argumentos heréticos mostrando su falta de fundamento dogmático. Aquella obra debía servir de manual para la lucha contra los errores de los herejes. Todo lo cual no impidió al monje Nifón predicar, en tiempos de Manuel, la doctrina bogomílica.

Hubo gran agitación en torno al proceso —instruido bajo Alejo Comneno— de Juan ítalos, sabio filósofo, oriundo de Italia y discípulo de Psellos, y a quien se acusaba de haber sugerido “a sus oyentes falsas doctrinas y opiniones heréticas condenadas por la Iglesia y contrarias a la Santa Escritura y a la tradición, y de no venerar los santos iconos”, etc…

Las actas de la acusación de herejía contra Juan Italos, editadas y estudiadas por F. I. Uspenski, abren una interesante página de la vida espiritual de la época del primer Comneno. En el concilio que examinó el caso de Italos no se juzgaba sólo a un hereje que predicaba una doctrina peligrosa para la Iglesia, sino también a un profesor de universidad que enseñaba ciencias a hombres ya formados y que se encontraba en parte bajo la influencia de las ideas de Aristóteles, así como de Platón y de otros filósofos. Se citó a varios de sus alumnos. El concilio, después de estudiar las doctrinas de Italos, las calificó de corruptoras y heréticas. Pero el patriarca, a quien fue entregado Italos para que aquél pusiera a éste en el camino de la verdad, convirtióse en adepto de la doctrina del acusado, no sin gran escándalo de la Iglesia. Por orden del emperador se compuso entonces una lista de los errores de Italos. Al fin se pronunció anatema contra los once puntos doctrinales de ítalos reconocidos como heréticos, anatema que se extendió al propio Juan..

Los escritos de Italos no se han editado aún íntegramente, lo que impide dictar juicio definitivo sobre ellos. “Cuando —con frase de un historiador— la libertad de pensamiento religioso estaba limitada por la superior autoridad de la Santa Escritura y las obras de los Padres, Italos creyó factible dar en ciertos puntos preferencia a la filosofía pagana sobre la teología, creyendo posible tener opiniones diferentes en un campo y en otro”. [179] Finalmente, a propósito del caso de Italos, N. Marr plantea “una cuestión muy importante, que interesa a la vez a la civilización y a la historia, a saber: si los instigadores del proceso de Italos estaban al mismo nivel de cultura que aquél hombre que reclamaba la separación de los campos de la filosofía y la teología; y si, después de acusar al filósofo por su intrusión en el dominio de la teología, le otorgaban libertad de pensamiento en el dominio puramente filosófico”.

Desde luego, la respuesta ha de ser negativa. Tal libertad era entonces imposible. Pero Italos no debe ser considerado sólo como teólogo. “Fue sobre todo un filósofo, condenado porque su sistema filosófico no se conformaba a la doctrina de la Iglesia (oriental)”. El especialista más reciente de la vida religiosa de la época de los Comnenos declara que cuanto sabemos de Italos demuestra con claridad que pertenecía a la escuela neoplatónica. [180]

Las dudas y diferencias de opinión de los sabios que acabamos de citar bastan para mostrar el interés del asunto de Juan Italos desde el punto de vista de la historia de la civilización bizantina a fines del siglo XI y principios del XII.

Pero esto no es lodo. La ciencia ha reparado en ciertas doctrinas aparecidas en la filosofía de la Europa occidental en la época de Juan Italos y que tuvieron puntos de semejanza con las ideas de dicho Juan. Tal semejanza puede advertirse en la doctrina de un célebre sabio y profesor de la Europa de la primera mitad del siglo XII. Hablamos de Abelardo, cuya autobiografía, o Historia calamitatum, se lee aún con vivo interés.

La influencia de la civilización oriental sobre la occidental en aquella época es cosa complejísima y poco estudiada. Sería, pues, temerario afirmar que la escolástica de la Europa occidental estaba bajo la dependencia de Bizancio. Pero sí cabe decir que “el pensamiento europeo gira en igual círculo de ideas, durante el período comprendido entre los siglos XI y XII, que el pensamiento bizantino”. [181]

En lo referente a las relaciones de Bizancio con los Papas y la Iglesia occidental, la época de los primeros Comnenos caracterizóse por una actividad muy grande. La causa principal de ello fue, como lo vimos por la apelación de Miguel VII Parapináceo a Gregorio VII, el peligro turco y pechenego que amenazaba las fronteras de Bizancio, peligro que forzó a los emperadores a pedir ayuda a Occidente, incluso a costa de una posible unión de las dos Iglesias. De modo que la tendencia de los Comnenos a ultimar la unión con la Iglesia de Roma se explica únicamente por motivos de política exterior.

En la época más difícil para Bizancio —finales de la novena década y principios de la décima del siglo XI— Alejo Comneno ofreció al Papa una reconciliación y un acuerdo, proponiéndole convocar un Concilio en Constantinopla para discutir la cuestión del pan ázimo y otros asuntos que dividían a las dos Iglesias. En 1089 se reunió en Constantinopla, bajo la presidencia de Alejo I, un sínodo de obispos griegos. Allí se discutió la moción de Urbano II, tendiente a volver a poner su nombre en los dípticos y a nombrarle en los Oficios. A instancias del emperador, un punto tan delicado fue resuelto en sentido afirmativo. [182] De esta época data probablemente la obra de Teofilacto de Bulgaria, Sobre los errores de los latinos, obra en que V. C. Vasilievski ve un signo de los tiempos que corrían.

La idea esencial de la obra de Teofilacto es muy notable. El autor no comparte la opinión general sobre la separación de las Iglesias y no cree que los latinos padezcan muchos errores ni que esos errores hagan inevitable el cisma. Además protesta contra el espíritu de intolerancia y orgullo teológico reinante entre sus contemporáneos instruidos. En una palabra, Teofilacto se muestra dispuesto a hacer concesiones razonables sobre muchos puntos. Pero respecto al Credo de Nicea no admite obscuridad ni adición alguna, o sea que se niega a admitir la añadidura del Filioque al “Credo” de la Iglesia oriental.

La crítica situación del Imperio y las dificultades que encontró en Roma Urbano II, a quien fue opuesto un antipapa, impidieron la reunión del proyectado concilio. La Cruzada promovida algunos años más tarde y las querellas y mutuas desconfianzas que surgieron como consecuencia no podían contribuir a la aproximación de las dos Iglesias. Bajo Juan Comneno hubo entre el emperador y los Papas Calixto II y Honorio II negociaciones con miras a la unión. Poseemos cartas de Juan, a esos pontífices. El Papa envió plenipotenciarios a Constantinopla, [183] pero no obtuvieron ningún resultado efectivo. Aparte esto, varios doctores latinos de Occidente intervinieron en las controversias teológicas de Constantinopla. El alemán Anselmo de Havelberg, que escribió hacia 1150, nos ha dejado un interesante relato de una controversia sostenida ante Juan Comneno en 1136: “Asistieron no pocos latinos, y entre ellos tres hombres sabios, versados en las dos lenguas y muy doctos en las letras: el veneciano Jacobo, el pisano Burgundio, y el tercero, el más famoso entre los griegos y entre los latinos por su conocimiento de las dos literaturas, era un italiano de la ciudad de Bergamo llamado Moisés, a quien todos eligieron para ser intérprete fiel de los dos partidos”.

Las relaciones se reanudaron con más actividad bajo Manuel I, el tan latinófilo sucesor de Alejo, muy esperanzado en la resurrección del Imperio romano único y convencido de que sólo podría recibir la corona de ese Imperio de manos del Papa, ofreció a éste la unión. Así, vemos que las negociaciones con miras a la unificación tuvieron causas puramente políticas. El historiador alemán Norden observa con razón que “dos Comnenos creían poder elevarse con ayuda del Papado a la dominación de Occidente y a la vez los Papas estuvieron a veces dispuestos a tender una mano amistosa al emperador, sobre todo Adriano IV, entonces en lucha con el rey de Sicilia y muy irritado contra Federico Barbarroja, que se había coronado poco antes. En carta al arzobispo Basilio de Tesalónica, el Papa Adriano IV expresaba el deseo de “contribuir a devolver a todos sus hermanos al seno de la Iglesia”, y compara la Iglesia oriental a una dracma perdida, a una oveja extraviada, a Lázaro muerto.

Al poco tiempo, Manuel propuso formalmente al Papa Alejandro III, por medio de un embajador, la unión de ambas Iglesias, a condición de que el Papa le entregase la corona del Imperio romano que sin derecho alguno detentaba Federico de Alemania. Si para alcanzar ese fin el Papa necesitaba dinero o fuerzas militares, Manuel le ofrecía proporcionarle en abundancia ambas cosas. Pero Alejandro III, cuya situación en Italia había mejorado algo, respondió con una negativa.

Entonces el emperador congregó un concilio en la capital, con miras a eliminar todos los puntos de discordia existentes entre griegos y latinos y hallar medios que favorezcan la unión de las dos Iglesias. Manuel hizo cuanto pudo para que el patriarca compartiese su deseo de concesiones. Poseemos el texto de una “conversación” que en el concilio mantuvieron Manuel y el patriarca, conversación del mayor interés para caracterizar las opiniones de los miembros más eminentes del concilio. El patriarca dio al Papa el nombre de “ser hediondo de impiedad” y dijo preferir el yugo de los sarracenos al de los latinos.

Esta última frase del patriarca, que refleja probablemente un cierto estado de ánimo social y religioso propio de la época, debía repetirse más veces en el futuro. Así sucedió en el siglo XV, en el momento de la caída de Bizancio. Manuel hubo de ceder y declaró que se alejaría de los latinos “como del veneno de la serpiente”. Las discusiones del concilio no trajeron, pues, un acuerdo. Incluso se decidió romper en absoluto con el Papa y con sus partidarios.

De manera que Manuel fracasó en su política seglar exterior y en su política religiosa, fracaso que se explica si pensamos que el emperador, en ambos campos, sólo siguió una política personal, carente de base real sólida y profunda en la opinión pública. La restauración del Imperio único era imposible desde hacía mucho tiempo y las tendencias unionistas de Manuel no encontraban ninguna clase de eco ni simpatía en las masas populares del Imperio.

En los cinco y turbulentos últimos años de la dinastía de los Comnenos (1180—1185), y en especial bajo Andrónico I, los intereses de la Iglesia pasaron a segundo plano, dejando el primero a los muy complejos de la vida interior y exterior, los cuales ya conocemos. Andrónico, adversario de la política latinófila de sus predecesores, no podía al principio de su reinado mostrarse partidario de una unión con la Iglesia occidental. En el interior del Imperio trató con severidad al patriarca de Constantinopla y no admitió discusión sobre las cuestiones atañentes a la fe. [184] Un “Diálogo contra los judíos”, que se atribuye a menudo a Andrónico, es de época posterior.

En la época de los Angeles, tan turbulenta desde el punto de vista político, la vida de la Iglesia ofreció los mismos caracteres, ya que los emperadores de aquella dinastía se consideraban señores absolutos. Isaac Ángel destituyó arbitraria y sucesivamente a varios patriarcas de Constantinopla.

Bajo los Angeles hubo en Bizancio una violentísima controversia respecto a la Eucaristía. El mismo emperador participó en las discusiones. Según el contemporáneo Nicetas Coniates, se trataba de saber si “el cuerpo de Cristo que se recibe en la comunión es tan imperecedero, como lo fue después de sus sufrimientos y su resurrección, o tan perecedero como lo fue antes de sus sufrimientos. Queríase, pues, concretar “si la Eucaristía que recibimos sigue el proceso fisiológico ordinario, como todo otro alimento absorbido por el hombre, o bien si la Eucaristía no está sometida a ese proceso”. Alejo Ángel sostuvo la doctrina de la incorruptibilidad de la Eucaristía, considerando “ultrajantemente ofensivo” lo contrario.

La aparición de tal controversia en Bizancio a finales del siglo XII puede explicarse por las influencias occidentales, muy fuertes en el Oriente cristiano en la época de las Cruzadas. Sabido es que tales discusiones habían comenzado hacía tiempo en Occidente. Ya en el siglo XI se hallaban quienes sostenían que la Eucaristía estaba sometida al mismo proceso que un alimento ordinario.

En cuanto a las relaciones de los Angeles con los Papas, ya nos consta que los Papas sirvieron sus intereses políticos proponiéndose unir las dos Iglesias, plan que no se realizó.

La complejísima situación internacional que precedió inmediatamente a la cuarta Cruzada puso en primer plano al emperador de Alemania, quien parecía llamado a desempeñar un importante papel en la resolución de la cuestión bizantina. Pero el emperador alemán era a la vez el más peligroso enemigo del Papado. En consecuencia, el Papa se esforzó todo lo posible en hacer fracasar al emperador de Occidente, impidiéndole tomar posesión del Imperio oriental y sosteniendo al emperador bizantino, aunque fuese un usurpador como Alejo III, que había destronado a su hermano Isaac. Ya examinarnos la difícil situación del Papado durante la cuarta Cruzada y sabemos que el pontífice, primero enérgicamente opuesto a la desviación de la Cruzada, se vio gradualmente obligado a cambiar de criterio, desaprobando el saqueo de Constantinopla, insólito por su cruel barbarie, dio la sanción pontifical.

Estableciendo un balance de la vida religiosa bajo los Comnenos y los. Angeles, se advierte que ese período de 123 años (1081—1204) señalóse por una, actividad intensa en el campo de las relaciones exteriores y en el interior por una gran efervescencia. Tal época ofrece, sin la menor duda, considerable importancia e interés profundo en el aspecto de los problemas religiosos.

Gobierno del Imperio. Ejército y marina. Las provincias.

La historia interior de Bizancio está en lo general insuficientemente estudiada, hecho que se comprueba sobre todo a contar desde la época de los Comnenos. En los libros de hoy sólo se hallan, respecto a los asuntos de historia interna de ese período, capítulos muy breves, reducidos a veces a simples glosas de principios generales, a observaciones o digresiones accidentales, y, en los casos más favorables, a artículos sucintos sobre aisladas cuestiones. Por tanto hemos de renunciar, al menos provisionalmente, a formarnos un concepto integral de la historia interna de ese período. El especialista más reciente de la época de los Comnenos, Chalandon, ha muerto antes de haber podido dar a su libro la continuación que se proponía en el sentido de una discusión profunda del problema de la vida interior de Bizancio en el siglo XII. De manera que debemos limitarnos a observaciones fragmentarias e incompletas.

No obstante, puede establecerse como principio general que la situación interior del Imperio bizantino y su sistema de gobierno cambiaron poco en el curso del siglo XII.

Cuando subió al trono Alejo Comneno, hasta entonces representante de la alta aristocracia terrateniente del Asia Menor, hallóse emperador de un Estado cuya situación financiera estaba completamente desorganizada, tanto por las numerosas empresas militares como por los desórdenes internos del período precedente. A pesar de tan desastroso estado de cosas, Alejo vióse obligado, sobre todo en los comienzos de su gobierno, a recompensar a quienes le habían ayudado a subir al trono, haciendo además ricos donativos a sus parientes. Para colmo, las duras guerras contra turcos, pechenegos y normandos, así como los sucesos enlazados con la primera Cruzada, exigían gastos considerables. Para llenar las cajas del Tesoro, Alejo hubo de recurrir a los bienes de la alta aristocracia territorial y a los de los monasterios. A cuanto cabe juzgar por los datos fragmentarios de las fuentes, Alejo no anduvo en muchas contemplaciones cuando se trató de confiscar los bienes de los grandes propietarios. En el castigo de las conjuras políticas, la confiscación de tierras substituyó a menudo a la pena de muerte. El mismo sino sufrieron los bienes conventuales, siendo a menudo entregados, por vía de gratificaciones perpetuas (en griego Charistikia), a ciertas personas que recibían como consecuencia el nombre de caristicarios (charistikarioi).

El sistema (carístico) mediante la donación y/o administración de los bienes monásticos a seglares, se hacía por motivos de desequilibrio de las cuentas públicas por parte del Estado (como consecuencia de su participación en conflictos bélicos). Dicho sistema carístico, se implementaba en casos de extrema urgencia pública ante una gravedad institucional manifiesta, a los fines de asegurar la subsistencia, continuidad y expansión de la misión sacra y fines del Imperio. Este sistema, no fue inventado por los Comnenos, que se limitaron a recurrir a él más frecuentemente que otros emperadores y esto a causa de sus graves desequilibrios patrimoniales, financieros y económicos de la hacienda pública. Cabe comparar aquél procedimiento a la secularización de los bienes monásticos bajo los emperadores iconoclastas y, según toda probabilidad, a ciertos fenómenos sociales de una época más antigua aún. En los siglos X y XI se aplicaba ya con frecuencia el método carístico. Se dieron conventos a personas eclesiásticas y seglares, incluso mujeres. A veces se donaron a mujeres conventos de hombres, y viceversa. Los caristicarios debían defender los intereses de los conventos que se les otorgaban, protegiéndolos contra las arbitrariedades de gobernadores y recaudadores de impuestos y contra toda carga ilegal, administrando además lo mejor posible los intereses de los monasterios (que se les conferían y guardando para sí las rentas restantes después de cumplidas todas sus obligaciones. Desde luego en la práctica no sucedía así y la donación de conventos significaba para los caristicarios una fuente de ingresos y beneficios, en perjuicio de los monasterios, que se empobrecían con tal sistema. En todo caso, las carísticas, muy ventajosas para quienes las recibían, eran muy buscadas por los altos dignatarios bizantinos. Ya indicamos antes que Alejo hizo convertir en moneda algunos vasos sagrados, medida que derogó después.

Con todo, las confiscaciones de tierras resultaban insuficientes para sanear las finanzas públicas. Entonces Alejo Comneno recurrió al peor de su decisión de política monetaria: la alteración del valor de la moneda, emitiendo una nueva, sin el debido respaldo en metálico (oro puro) en la base monetaria. Los historiadores censuran severamente esta medida de Alejo, en virtud de la cual se creaban, junto a las antiguas monedas de oro (el “nomisma”, “hiperpiro” o “sólido”), otras con una aleación de cobre y oro o plata y oro. La nueva moneda llamábase “nomisma” también y tenía el mismo curso que las monedas precedentes, pero de hecho no valía más que la tercera parte de la antigua, cuyo valor igualaba al de doce piezas o miliarisia. De modo que la moneda nueva no valía realmente más que cuatro miliarisia.

A la par Alejo quería recibir los impuestos en moneda de buena ley. Tales medidas introdujeron todavía más confusión en la hacienda imperial e irritaron a los subditos. La crítica situación de los asuntos exteriores y la ruina económica del país, ya casi completa a pesar de las medidas del emperador, obligaron al gobierno a recaudar los impuestos con rigurosa severidad. Como muchas propiedades territoriales, tanto seglares como eclesiásticas, estaban exentas de contribuciones, toda la carga fiscal se fundaba sobre las clases inferiores, que se sentían agotadas bajo el peso abrumador del Fisco. Los recaudadores de impuestos, que, con frase del arzobispo Teofilacto de Bulgaria, eran “bandidos más que perceptores de contribuciones y despreciaban tanto las leyes divinas como los decretos imperiales”, arruinaban a la población.

La sabia administración de Juan Comneno (Kaloyan) mejoró algo la hacienda a despecho de las guerras continuas. Pero su sucesor, Manuel, volvió a poner al país en crítica situación económica. No ha de olvidarse que por entonces la población del país, y por tanto su capacidad de pago, sufrieron una disminución notable. Ciertas regiones del Asia Menor quedaron abandonadas como consecuencia de la invasión islámica, y parte de los habitantes fueron llevados cautivos, mientras otros huían a las ciudades de la costa. Los territorios abandonados no podían pagar contribución. Análogo fenómeno se observó en la Península balcánica como resultado de las invasiones de los húngaros, servios y pueblos transdanubianos en general.

Entre tanto los gastos aumentaban. Fuera de los desembolsos exigidos por las necesidades militares, Manuel obtuvo grandes sumas a los numerosos extranjeros que acudían a Bizancio atraídos por la política latinófila del emperador. Éste, además, necesitaba dinero para sus construcciones, para mantener el lujo desmedido de la corte y para atender a sus favoritos y favoritas.

Nicetas Coniates nos pinta con muy vivos colores el general descontento suscitado por la política financiera de Manuel. Los griegos de las islas Jónicas, sintiéndose incapaces de soportar el peso de los impuestos, se entregaron a los normandos.

Como Alejo Comneno, Manuel se preocupó de restablecer sus finanzas mediante la confiscación de propiedades laicas y eclesiásticas, y volvió a poner, en vigor, según sabemos, la famosa Novela que Nicéforo Focas emitiera en 964 sobre las propiedades territoriales de la Iglesia y los monasterios.

Andrónico I, cuyo corto reinado fue una reacción contra el gobierno de Manuel, se declaró defensor de los intereses nacionales y de la gente modesta, en perjuicio de la latinofilia de Manuel y de los grandes propietarios. Entonces la situación de los contribuyentes mejoró. Los terratenientes poderosos y los colectores de impuestos fueron sofrenados, los gobernadores de provincias obtuvieron sueldos más altos y cesó la venta de cargos públicos. Nicetas Coniates, contemporáneo de Andrónico, pinta, citando al profeta, el siguiente idílico cuadro: “Cada hombre estaba tranquilamente tendido a la sombra de su huerto y, después de juntar las uvas y frutos de la tierra, los comía con placer y dormía gratamente, sin miedo al recaudador de contribuciones, sin temer que sus uvas fuesen hurtadas y sin imaginar que su casa sería robada. Por lo contrario, al que había dado a César lo que era de César, ya nada más se le exigía; no se le quitaba, como antes, su última camisa y no se le acosaba, como antes, hasta la muerte”.

Las fuentes bizantinas dan un cuadro desolador de la vida interna del país bajo Manuel, cuadro que de cierto no pudo mejorar bajo el corto y borrascoso gobierno de Andrónico. Empero, el judío español Benjamín de Tudela, que visitó Bizancio en la octava década del siglo XII o sea bajo Manuel, ha dejado, en la descripción de su viaje, algunas interesantes líneas sobre Constantinopla. La descripción que da al lector es el resultado de sus observaciones personales y de los testimonios orales recogidos. De Constantinopla escribe: “Desde todas las partes del Imperio llega aquí cada año un tributo; los sitios fortificados están tan llenos de oro, de purpura y de seda, que no se puede ver parte alguna de las construcciones que contienen tales riquezas. Se afirma que los impuestos de la capital sola rinden anualmente veinte mil piezas de oro, suma donde entra el impuesto sobre las casas mercantiles, impuestos aduaneros, etc. Los griegos son muy ricos en oro y piedras preciosas; llevan ropas de seda adornadas de oro, montan a caballo y parecen hijos de príncipes. El país es muy extenso, rico en frutos, y el pan, la carne y el vino se encuentran en una abundancia tan grande que ningún otro país puede jactarse de semejante riqueza. Los habitantes están versados en la literatura griega. En una palabra, viven felices y cada uno come y bebe bajo su parra y su higuera”. [185]

El mismo viajero escribe en otro lugar: “Toda clase de mercaderes llegan aquí de la tierra de Babilonia, de la tierra de Shinar (Mesopotamia), de Persia, de Media, de toda, la soberanía de Egipto, de la tierra de Canaán y del imperio de Rusia, de Hungría, de pecheneguia, de Kazaria y de la tierra de Lombardía y de Sefarad (España). Es una ciudad con una actividad a pleno y los mercaderes llegan a ella de todos los países por tierra y por mar. No hay nada parejo en el mundo sino Bagdad, la gran ciudad del Islam”. También en tiempos de Manuel, un viajero árabe, Al—Harawi o El—Herewi, visitó Constantinopla, donde obtuvo del emperador una acogida excelente. En su libro, este viajero da una descripción de los monumentos más importantes de la capital y observa: “Constantinopla es una ciudad más grande que lo que su reputación anuncia. Así Dios, en su gracia y generosidad, se digne hacer de ella la capital del Islam”. [186] Es interesante cotejar con la descripción de Benjamín de Tudela algunos versos de Juan Tzetzés, poeta de la época de los Comnenos, igualmente relativos a Constantinopla. Parodiando dos versos de Homero (Iliada, IV, 437—438), Tzetzés escribe, con amargura no exenta de indignación: “Los hombres que viven en la capital de Constantinopla son una raza de ladrones; no pertenecen ni a un solo pueblo ni a una sola lengua; hay una mezcla de lenguas extrañas y hay hombres muy malos, cretenses, turcos, alanos, rodiotas y quíenses... Todos, muy ladrones y corrompidos, son considerados como santos en Constantinopla”.

La vida brillante y bulliciosa de Constantinopla bajo Manuel recuerda al historiador Andreades la de ciertas capitales, como París, en tiempos del Segundo Imperio y vísperas de la catástrofe.

Es difícil fijar con precisión la cifra de los habitantes de la capital en aquella época. Cabe suponer —pero es sólo una pura hipótesis— que la población de Constantinopla hacia el fin del siglo XII comprendía de ochocientos mil a un millón de almas. [187]

Bajo los Comnenos y los Angeles, a la vez que se acrecían las grandes propiedades, vióse a la aristocracia terrateniente ganar fuerza y poder y hacerse cada vez más independiente del gobierno central. El feudalismo progresaba en el Imperio. El italiano Cognasso escribe al propósito: “Desde entonces el feudalismo recubre todo el Imperio y el emperador debe luchar con los grandes señores provincianos, que no siempre consienten en proporcionarle soldados con la misma generosidad que lo hicieron, por ejemplo, para la guerra contra los normandos... Al romperse el equilibrio de los elementos que constituían la base social y política del Imperio, la aristocracia quedó encima y al fin el Imperio cayó en sus manos. La monarquía se encontró privada de su poder y de su riqueza, que pasaron a la aristocracia”. El Imperio se precipitaba hacia la ruina.

Bajo Manuel se promulgó una interesantísima “crisobula” prohibiendo transferir toda propiedad inmueble concedida por el emperador a cualquier persona que no fuese un funcionario de rango senatorial o militar. Si se hacían transmisiones en desacuerdo con aquella regla, el bien transferido revertía al Tesoro. [188] Este edicto de Manuel, al prohibir a las clases pobres pensar en, adquirir donaciones imperiales de tierras, dio a la aristocracia inmensos territorios. [189] La crisobula fue abrogada en diciembre de 1182 por Alejo II Comneno, quien, aunque firmó el edicto, lo hizo así, sin duda, a instigación del todopoderoso regente Andrónico. Desde 1182 las donaciones imperiales pudieron transmitirse a cualquiera, fuera el que fuese su rango social. [190]

Juzgamos que dicha crisobula de 1182 debe ser puesta en el número de las medidas correspondientes a la nueva política de Andrónico, quien abrió un frente agresivo y peligroso de batalla contra la clase privilegiada de la aristocracia bizantina y los grandes propietarios. Al firmar el edicto, Alejo II no fue sino instrumento de Andrónico. Nos cuesta trabajo admitir el criterio de ciertos sabios relativo a que la prohibición de Manuel, dirigida contra los francos, tendía a entorpecer a los comerciantes extranjeros las compras de tierras, y dudamos que la derogación del edicto fuese un acto francófilo fruto de la política latínofílica de Alejo Comneno. [191]

Es verdad que el gobierno de Alejo II, niño aún, y de su madre, se inclinaba a apoyarse en el odiado elemento latino; pero tan pronto como Andrónico entró en Constantinopla y fue proclamado regente, las circunstancias cambiaron, el poder pasó a sus manos y hacia fines de 1182 su política era ya abiertamente hostil a los latinos.

Las guerras, casi continuas, hacían que el ejército costase al Estado mucho dinero. Ha de tributarse a los Comnenos la justicia de que velaron por el crecimiento y restauración de sus tropas. Nos consta que éstas comprendían, aparte el elemento indígena suministrado por los temas, numerosos destacamentos mercenarios de diversas nacionalidades. En la época de los Comnenos se advierte un nuevo factor en el ejército: el elemento anglosajón.

El motivo de que apareciesen anglosajones en Bizancio debióse a la ocupación de Inglaterra por los normandos mandados por Guillermo el Conquistador. La catástrofe que cayó sobre Inglaterra a raíz de la batalla de Hastings o Senlac (1066), hizo pasar el país a manos de un conquistador severo y creó nuevas condiciones de vida. Las tentativas insurreccionales de los anglosajones contra el nuevo monarca fueron ahogadas en ríos de sangre. Así, muchos anglosajones abandonaron, desesperados, el país. En la octava década del siglo XII” es decir, a principios del reinado de Alejo Comneno, se hallan —como lo prueba el historiador inglés Ereeman, autor de una célebre obra sobre la conquista de Inglaterra por los normandos— cierto número de hechos que acreditan claramente la existencia de una emigración anglosajona al Imperio griego.

Un cronista occidental de la primera cincuentena del siglo XII escribe: Después de haber perdido su libertad, los anglos fueron profundamente afligidos... Algunos de ellos, brillantes con la flor de una hermosa juventud, se fueron a países lejanos y se ofrecieron valerosamente para el servicio militar del emperador de Constantinopla, Alejo”. [192]

Aquel fue el principio de la compañía varengo—inglesa (druina) que desempeñó en la historia de Bizancio en el siglo XII un importante papel, análogo al que desempeñara la compañía varengo—rusa en los siglos X y XI. Parece que no hubo nunca tantos mercenarios extranjeros en Bizancio como durante el reinado latinófilo de Manuel.

A lo que sabemos, la flota, muy bien organizada por Alejo, fue perdiendo paulatínamente su valor militar y en la época de Manuel estaba en completa decadencia. Nicetas Coniates, en su historia, censura severamente a Manuel por haber dejado arruinarse la pujanza marítima del Imperio. Bajo los Comnenos, las naves venecianas, como resultado del acuerdo de alianza veneciano—bizantina, ayudaron eficazmente al Imperio, pero en perjuicio de la independencia económica de Bizancio. Manuel restauró y fortificó algunas ciudades del Imperio, como hizo con la importantísima posición estratégica de Attalia Satalia), en el litoral sur del Asia Menor. [193] Asimismo dispuso que se ejecutasen trabajos de fortificación y se construyera un puente en Abydos, a la entrada del Helesponto, [194] donde radicaba una de las importantes aduanas bizantinas y donde, a partir de los Comnenos, poseyeron zonas los venecianos sus rivales, los pisanos y los genoveses.

La administración provincial, o de los themas, bajo los Comnenos, no se ha estudiado bien todavía. Se sabe que en el siglo XI el número de temas llegaba a 38. [195] A raíz de la disminución de los territorios del Imperio en los siglos XI — XII, las fronteras de las provincias y el número de éstas se modificaron. Sobre tal cuestión se hallan indicaciones en una Novela de Alejo III Ángel, fechada en 1198. [196]

En ella se habla de los privilegios mercantiles otorgados por el emperador a Venecia y se enumeran “por sus nombres todas las provincias que se encuentran bajo la dominación del Imperio romano y donde (los venecianos) pueden comerciar”. Esa lista de la Novela no se ha examinado aún lo suficiente, pero en ella se da una idea aproximada de los cambios sobrevenidos en la división del Imperio durante el siglo XII.

La mayoría de los antiguos temas habían sido gobernados, como sabemos, por estrategas o jefes militares. Cuando el territorio imperial, a causa de las continuas derrotas, se halló muy reducido, el importante título antiguo de estratega cayó en desuso, pues que no convenía a la pequeña extensión de las provincias, y fue reemplazado por el de dux, ya llevado en el siglo IX —e incluso antes— por los gobernadores de algunas provincias pequeñas. [197]

En la situación mercantil del Imperio bajo los Comnenos y los Angeles, debemos notar, en primer término, un cambio muy trascendental producido por las Cruzadas. Oriente y Occidente entablaron tratos mercantiles directos y Bizancio perdió su papel de corredor o intermediario, [198] lo que asestó rudo golpe al poderío económico internacional del Imperio. Además, en la capital y en otras ciudades, Venecia se había asegurado, reinando Alejo Comneno, una situación de primera línea. Bajo el mismo emperador los písanos obtuvieron importantes ventajas mercantiles en Constantinopla, recibiendo un muelle (scala) y un barrio especial con almacenes y un barrio para sus coterráneos. Se reservaron a los písanos lugares especiales para los oficios divinos en Santa Sofía y· los espectáculos públicos en el Hipódromo. [199] Hacia fines del reinado de Juan Comneno, los genoveses abrieron negociaciones con Bizancio por primera vez. Es seguro que tales negociaciones fueron de orden mercantil. La política de Manuel tuvo igualmente estrechos vínculos con los intereses comerciales de Venecia, Génova y Pisa, las cuales, aparte arruinar bajo mano la potencia económica del Imperio, vivían en perpetua rivalidad mutua. En 1169 Génova obtuvo privilegios mercantiles excepcionalmente ventajosos, que comprendían todo el Imperio, salvo dos puntos en las orillas septentrionales de los mares Negro y de Azov. [200]

Algunos años después de la terrible matanza de latinos en 1182, en tiempos de los Ángeles, la situación de los latinos hízose muy ventajosa. En 1198, Alejo Ángel, a regañadientes, publicó una crisobula confirmando la precedente bula expedida por Alejo Comneno al firmar una alianza defensiva con la República de San Marcos. La crisobula de 1198 renovaba los privilegios mercantiles de Venecia y añadía cláusulas nuevas sobre el estatuto de los venecianos en el Imperio. Los límites del barrio veneciano siguieron siendo los mismos. [201]

No sólo las ciudades italianas gozaban de grandes privilegios comerciales en la capital, sino que venecianos, pisanos y genoveses sacaron máximo provecho de sus concesiones especiales y barrios mercantiles en muchas otras ciudades e islas del Imperio. Tesalónica, el centro más importante del Imperio después de Constantinopla, celebraba anualmente, a fines de octubre, con motivo de las fiestas de su patrón San Demetrio, una famosa feria a la que concurrían en multitud, para comprar o vender, griegos, eslavos, italianos, españoles (iberos), portugueses (lusitanos), “celtas de allende los Alpes” (franceses) y gentes llegadas de las remotas orillas del Atlántico. [202]

Después de la capital de Tesalónica, los principales centros económicos del Imperio eran Tebas, Corinto y Patrás, famosas por sus sedas, y Adrianópolis y Filipópolis, en la Península balcánica. Las islas del Egeo participaban también en la actividad industrial y comercial de la época.

A medida que se acercaba el año fatal de 1204, decaía la importancia mercantil de Bizancio, minada poco a poco por la iniciativa y la actividad de Génova, Pisa y, sobre todo, Venecia. La monarquía iba perdiendo “su potencia y su riqueza en provecho de la aristocracia, lo mismo que perdía sus muchos otros derechos en provecho de la clase mercantil cosmopolita de las grandes ciudades del Imperio). [203]

Instrucción, ciencias, y artes en la época de los Comnenos y los Ángeles.

La época de la dinastía macedónica se había señalado, como sabemos, por una intensa actividad en el campo de las ciencias, las letras, la cultura y el arte. La labor de personalidades como Constantino Porfirogénito en el siglo X y Miguel Psellos en el XI, el esplendor intelectual bizantino, la renovación de la escuela superior de la capital en el siglo XI, crearon condiciones favorables al renacimiento espiritual de la época de los Comnenos y los Ángeles.

Un rasgo característico de ese período es el entusiasmo por la literatura antigua. Hesiodo, Hornero, Platón, los historiadores Tucídides y Polibio, los oradores Isócrates y Demóstenes, Aristófanes y los trágicos griegos, así como otros eminentes representantes de los diversos aspectos de la literatura antigua, fueron estudiados e imitados por los escritores del siglo XI y más aún por los del XII.

Tal imitación repercutió sobre todo el idioma, el cual, con su busca excesiva de la antigua pureza, se volvió artificial, pomposo, difícil a veces de leer y comprender y completamente distinto de la lengua hablada corrientemente. Resultó así una literatura de hombres que, según frase de Bury, “eran esclavos de la tradición; cierto que sus señores eran magníficos, pero no por ello dejaba el hecho de significar una esclavitud”. [204] No obstante, algunos escritores muy ilustrados en las bellezas de la lengua clásica no dudaron a veces emplear la lengua popular de su época, habiéndonos dejado interesantes ejemplos del idioma “vivo” del siglo XII. Los autores de la época de los Comnenos y Angeles proclamaban la superioridad de la civilización de Bizancio sobre la de Occidente, donde, según una fuente, habitaban “tribus obscuras bárbaras que en su mayoría han sido, sí no engendradas, al menos nutridas y educadas por Constantinopla”, en ninguna de las cuales “hallan asilo las Gracias o Musas”, y en las ciue un canto agradable tenía tanto valor “como el grito del buitre o el graznido del cuerzo”. [205]

Aquella época tuvo, en el dominio de la literatura, muchos representantes interesantes y eminentes, tanto en los medios seglares como en los eclesiásticos. Semejante tendencia intelectual penetró incluso en la familia de los Comnenos, muchos miembros de la cual, influidos por el ambiente que les rodeaba, consagraron gran parte de su tiempo a ocupaciones literarias o científicas.

Ana Dalasena, madre de Alejo I y mujer muy instruida e inteligente —su ilustrada nieta Ana Comnena la llama “no sólo honor de su sexo, sino también gloria de la naturaleza humana”—, llegaba a menudo a la mesa con un libro en las manos y en el curso de la comida comentaba las cuestiones dogmáticas propuestas por los Padres. Le gustaba sobre todo hablar de filosofía y del mártir Máximo.

El propio Alejo Comneno escribió disertaciones teológicas contra los herejes. En 1913 se han publicado las Musas de Alejo Comneno, dedicadas a su; hijo y heredero Juan y escritas en yambos. Fueron redactadas, en forma de “exhortación”, poco antes de la muerte de Alejo. Este trabajo de Alejo es. una especie se testamento político y no sólo trata de abstractas cuestiones de moral, sino incluso de cierto número de sucesos históricos contemporáneos, tales como la primera Cruzada.

La hija de Alejo, Ana, y el marido de ésta. Nicéforo Brieno, ocupan puesto de honor en la historiografía bizantina. Nicéforo, que sobrevivió a Alejo y tuvo un papel importante en los asuntos públicos bajo Alejo y su hijo Juan, acometió la tarea de escribir la historia de Alejo Comneno. La muerte le impidió realizar su proyecto, y así no pudo componer más que una especie de crónica familiar o memorias que tendían a demostrar los motivos de la exaltación de la Casa de los Comnenos al trono, hasta la coronación de Alejo. El muy detallado relato de Nicéforo abarca los sucesos del período 1070—1079, o sea hasta comienzos del reinado de Nicéforo III Botaniates. Siendo así que la obra versa en especial sobre los Comnenos, no carece de cierta parcialidad. La dicción de Brieno es muy sencilla y carece de la artificiosidad característica, por ejemplo, de su culta esposa. En los escritos de Brieno se nota mucho la influencia de Jenofonte. Esa obra es de gran importancia, tanto para la historia de la corte como para la historia exterior, proyectando luz especialmente sobre el progreso del peligro turco.

La esposa de Nicéforo, es decir, la talentosa y muy ilustrada Ana, hija mayor de Alejo, escribió la Alexiada, poema épico en prosa, según expresión de algunos eruditos, y primer monumento importante del renacer literario de la época de los Comnenos. La escritora se propone en su obra describir el excelente reinado de su padre, “el gran Alejo, la antorcha del universo, el sol de Ana”. [206]

En los quince libros de su gran obra, Ana describe la época de 1069 a 1118, traza el cuadro de la progresiva elevación de la familia de los Comnenos desde antes de la coronación de Alejo, y lleva su exposición hasta la muerte de éste. El libro de Ana completa y continúa el de su marido. En todo el libro de Ana se nota la tendencia panegirista de la autora, que exalta a su padre, llamándole “treceno apóstol” y procura mostrar al lector la superioridad de Alejo sobre todos los demás miembros de su familia. Ana había recibido una instrucción excelente y leído muchos escritores de los más eminentes de la antigüedad, tales como Hornero, los líricos, los trágicos y Aristófanes; Tucídides y Polibio entre los historiadores; Isócrates y Demóstenes entre los oradores, y Aristóteles y Platón entre los filósofos. Estas lecturas influyeron en el lenguaje de la Alexíada, donde Ana adopta las formas externas de la antigua lengua helénica, “lengua escolástica, casi completamente momificada y opuesta del todo la lengua hablada en la época”.

Ana llega a excusarse ante los lectores cuando ha de citar los nombres bárbaros de los jefes occidentales o rusos (escitas), que “afean y rebajan la sublimidad de la historia”. A pesar de su parcialidad, Ana nos. ha legado una obra histórica muy importante, que no sólo se funda en sus propias observaciones y en los testimonios orales, sino también en los documentos de los Archivos de Estado, la correspondencia diplomática y los decretos imperiales. Respecto a la primera Cruzada, la Alexíada es una de las fuentes más principales. Gíbbon juzga así la obra de Ana: “En vez de tener la sencillez de estilo y de exposición que se ganan nuestra credulidad, una elaborada afectación de retórica y ciencia delata a cada página la vanidad femenina de la autora”. Los historiadores modernos miran a Ana Comnena, y con razón, de modo diferente, reconociendo que, “a pesar de todos sus defectos, esas memorias de la hija sobre su padre persisten siendo una de las obras más eminentes de la historiografía medieval griega”, [207] y serán siempre uno de los testimonios más altos del reinado de Alejo Comneno, restaurador del Imperio griego. [208] La más reciente bíógrafa de Ana, escribe: “Ana Comnena tuvo en verdad excelentes disposiciones científicas; poseyó ciertamente talento literario... A buen seguro no se requiere más para que reciba en el Parnaso el lugar que su época le concedió: el de décima Musa”. [209]

Ignoramos si Juan, hijo y sucesor de Alejo y hombre que pasó toda su vida en expediciones militares, compartió las inclinaciones literarias de quienes le rodeaban. Pero sí sabemos perfectamente que su hermano menor, el sebastocrátor Isaac, a más de ser hombre instruido y promotor por las actividades culturas y en especial por las letras, escribió dos ensayos sobre la historia de la transformación de la epopeya homérica, y la introducción al Código llamado de lo Ocho Libros (Octateuco). Los más recientes estudios nos permiten suponer que la actividad literaria de Isaac fue mucho más diversa de lo que nos cabe juzgar dado el estado actual de nuestros conocimientos, reducidos a los dos o tres pequeños textos editados. Probablemente tenemos en él un escritor bizantino nuevo, interesante desde diversos puntos de vista. [210]

El emperador Manuel, muy amante de la astrología, escribió una apología de la Ciencia astronómica., esto es, de la astrología, defendiéndola contra los ataques del clero. Fue, además, autor de varias obras teológicas y discursos públicos imperiales. [211] Considerando los estudios teológicos de Manuel, el panegirista de éste, Eustacio de Tesalónica, designa al gobierno de entonces como un “sacerdocio imperial” o un “reino de sacerdotes” (Éxodo 19:6). [212] Manuel no se interesó sólo por la literatura, sino también por la teología. Envió al rey de Sicilia a título de regalo, el famoso Almagesto de Ptolomeo. Otros manuscritos de la biblioteca de Manuel pasaron también a Sicilia. La primera redacción latina del Almagesto se escribió hacia 1160. [213] Irene, cuñada de Manuel, se distinguió por su amor a las ciencias y su talento literario. Teodoro Pródromo, que fue su poeta oficial y probablemente su maestro, consagró a Irene varias trabajos poéticos y Constantino Manases compuso en honor a Irene su crónica versificada. En “el prólogo de la crónica Irene aparece calificada de “una verdadera amiga de la literatura”. [214] Cierto Diálogo contra los judíos atribuido a veces a Andrónico I, pertenece, según ya dijimos, a una época más reciente.

Este breve resumen indica lo mucho que las inclinaciones literarias penetraron en los Comnenos. Pero de seguro esta familia no hacía sino reflejar el impulso intelectual general que halló su principal expresión en el desarrollo literario característico de la época de los Comnenos.

Los historiadores, poetas, escritores religiosos y literatos diversos, así como los áridos cronistas contemporáneos, nos han dejado obras que nos permiten profundizar en la vida literaria de la época de los Comnenos y los Ángeles.

El historiador Juan Cinnamo o Cinnamus, contemporáneo de los Comnenos, siguió las huellas de Herodoto y Jenofonte y sufrió además la influencia de Procopio. Nos ha legado una historia de los reinos de Juan y Manuel (1118—1176), que continúa la historia de Ana Comnena. En el centro de esta exposición, notoriamente inacabada, Cinnamus sitúa la personalidad de Manuel, con lo que su obra tiene en algún modo tendencia panegírica. Defensor acérrimo de los derechos del emperador romano de Oriente y adversario declarado de las pretensiones pontificias y del poder imperial de los soberanos germánicos, Cinnamus, aparte de hacer héroe de su libro a Manuel —pagando así la benevolencia que el emperador le demostró—, nos da un relato histórico concienzudo, fundado en el estudio de fuentes excelentes y escrito en muy buen griego, empleando “el tono franco de un soldado lleno de un natural y no disimulado entusiasmo por el emperador”.

Los dos hermanos Acominatos —Miguel y Nicetas—, oriundos de la ciudad frigia de Konia o Chonia (por lo que a menudo se les apellida Coniatess o Choniatas) fueron figuras eminentes en las letras del siglo XI y de comienzos del XII”. Miguel, el hermano mayor, había recibido una excelente instrucción en Constantinopla junto a Eustacio, obispo de Tesalónica, de quien hablaremos luego. Miguel escogió la carrera eclesiástica y fue arzobispo de Atenas durante cerca de treinta años. Era ardiente admirador de la antigüedad helénica.

Vivió en su residencia arzobispal de la Acrópolis. (Ya sabemos que en la Edad Media había en el antiguo Partenón un templo consagrado a la Virgen.) Parecíale al principio muy seductor tener su sede en la Acrópolis. Miguel miraba a la ciudad y sus habitantes con los ojos de un contemporáneo de Platón, y por tanto le espantada el tremendo abismo que separaba a los atenienses contemporáneos de los helenos de la antigüedad. El idealista Miguel no reparaba en el fenómeno general que se había producido en toda Grecia, transformando la nacionalidad griega. Su concepción ideal chocó en seguida con la dura realidad.

El discurso de presentación de Miguel ante los atenienses reunidos en el Partenón, fue, según el autor, un modelo de estilo sencillo. Recordó a sus oyentes la antigua grandeza de la ciudad, madre de la elocuencia y la sabiduría; expresó la firme certidumbre que albergaba de la continuidad genealógica del pueblo ateniense desde la antigüedad hasta entonces; sugirió a los atenienses que siguieran los nobles ejemplos de sus antepasados y citó como ejemplos los nombres de Arístides, Diógenes, Pericles y Temístocles. Aquél discurso, compuesto en realidad con un estilo enfático, plagado de citas antiguas y bíblicas, lleno de y metáforas, resultó obscuro e incomprensible para los auditores del nuevo metropolitano, porque tales expresiones estaban por encima de la comprensión de los atenienses del siglo XII Miguel lo notó. En uno de sus siguientes sermones dijo con profunda amargura:

“¡Oh, ciudad de Atenas, madre de la Sabiduría, y en qué grado de ignorancia has recaído! Cuando me dirigí a vosotros en mi discurso de presentación, que era tan sencillo, tan desprovisto de artificio, pareció que hablaba una lengua incomprensible, obscura y extranjera, persa o escita”.

El sabio Miguel Acominatos dejó pronto de ver en sus contemporáneos atenienses a los descendientes directos de los antiguos helenos. “Quedan —escribía— el encanto del país; el Himeto, rico en miel; el tranquilo Pirco; Eleusis, antes misteriosa; la llanura de Maratón; la Acrópolis; pero aquella culta generación amante de las ciencias ha desaparecido y su lugar tomado por una generación inculta, pobre de cuerpo y de espíritu. Rodeado de bárbaros, Miguel temía convenirse él mismo en grosero y bárbaro. Se quejaba de la alteración de la lengua griega, evolucionada ahora en una especie de dialecto bárbaro, el cual no llegó a comprender hasta después de pasar tres años en Atenas. Miguel habitó en la Acrópolis hasta principios del siglo XIII. A raíz de la conquista de Atenas por los francos, hubo de ceder su sede a un obispo latino y pasó la última parte de su vida en la pequeña isla de Ceos, junto al litoral del Ática, y allí murió y fue enterrado en 1220.

Miguel Acominatos dejó una rica herencia literaria que incluye sermones y discursos sobre temas diversos, muchas epístolas y algunos poemas. El conjunto nos da indicaciones preciosas sobre las condiciones políticas, morales y literarias de la vida de su tiempo. Entre sus poemas ha de colocarse, en primer término, una elegía yámbica en honor de Atenas, “primera y única lamentación llegada a nosotros sobre la ruina de la antigua y gloriosa ciudad”. Gregorovius califica a Miguel Acominatos de rayo de sol en las tinieblas de la Atenas medieval, y de “último gran ciudadano y última gloria de aquella ciudad de la sabiduría”.

En la tosquedad que rodeaba a Atenas y de que habla Miguel, así como en la alteración del idioma, han de verse, ante todo, ciertas huellas de la influencia eslava. Algunos sabios, como E. I. Uspenski, creen posible, fundándose en los escritos de Miguel, afirmar la existencia en el siglo XII, cerca de Atenas, de una comunidad eslava y de una propiedad campesina libre, cosas muy importantes en la historia interior de Bizancio. [215]

Nicetas Acominatos o Coniates, hermano menor de Miguel, ocupó el primer puesto entre los historiadores del siglo XII y comienzos del XIII. Nicetas nació, promediado el siglo XII, en la ciudad frigia de Konia, como su hermano, y siendo niño aun fue enviado a Constantinopla, donde estudió bajo la dirección de Miguel. Mientras éste se consagraba al sacerdocio, Nicetas eligió la carrera laica de funcionario. Probablemente a raíz de los últimos años del reinado de Manuel, y en especial bajo los Ángeles, fue agregado a la corte y alcanzó los grados superiores de la jerarquía administrativa. Forzado a huir de la capital durante el saco que de esta practicaron los cruzados en 1204, Nicetas huyó a Nicea, buscando refugio junto al emperador de este último país, Teodoro Láscaris: Teodoro le acogió con mucha benevolencia, le otorgó todos los honores y distinciones perdidos y le dio la posibilidad de consagrar los últimos años de su vida a sus trabajos literarios favoritos, así como de terminar su gran obra histórica. Nicetas murió en Nicea poco — después de 1210. Su hermano Miguel, que le sobrevivió, dedicóle una emocionante oración fúnebre, muy importante para la biografía de Nicetas.

La obra principal de Nicetas Coniates es su gran obra histórica en veinte libros, que abarcan los sucesos comprendidos entre la exaltación de Juan Comneno y los primeros años del Imperio latino (1118—1206). Esa obra es fuente inestimable para la época de Manuel, el interesante reinado de Andrónico, la época de los Ángeles y la cuarta Cruzada y toma de Constantinopla por los cruzados en 1204. El principio de la historia —el período de Juan Comneno— está expuesto con brevedad. La obra de Nicetas suele pararse en, seco sobre accidentes fortuitos y no presenta una unidad acabada. F. I. Uspenski supone que no se ha publicado aun en su forma íntegra. Nicetas sólo se servía de dos fuentes en su trabajo: los relatos de testigos oculares y sus observaciones propias. Los sabios están divididos sobre la cuestión de si se sirvió de Juan Cinnamus como una fuente. [216] La historia de Nicetas Acominatos está escrita en estilo ampuloso, elocuente y pintoresco y su exposición revela extensos conocimientos en literatura antigua y en teología. El autor forma sobre su lenguaje un juicio muy diferente del nuestro. En la introducción de su trabajo, dice, entre otras cosas: “No me he curado de hacer un relato pomposo, salpicado de palabras obscuras y de expresiones hinchadas, aunque otros aprecien esto mucho...

Lo que más detesta la historia, como yo digo, es un lenguaje obscuro e incomprensible, pues ama, al contrario, un estilo sencillo, natural y fácil de entender”.

A pesar de cierta tendenciosidad en su exposición de los sucesos de ciertos reinados, Nicetas, persuadido de la superioridad de la civilización romana sobre la del “bárbaro Occidente”, merece como historiador gran confianza y atención profunda. Uspenski escribe: “Nicetas merece ser estudiado aunque sólo fuera por el hecho de que en su historia se ocupa en una época muy importante de la Edad Media, en la cual las relaciones hostiles de Oriente y Occidente alcanzaron su mayor grado de intensidad y dieron nacimiento a las Cruzadas y a la fundación de un Imperio latino en Constantinopla. La opinión de Nicetas sobre los Cruzados occidentales y sobre las relaciones recíprocas de Oriente y Occidente se señala por su justeza profunda y por un afinado sentido histórico que no hallamos en los mejores escritos de la literatura occidental de la Edad Media”.

Aparte su Historia, acaso se deba a Nicetas Acominatos un corto tratado sobre las Estatuas destruidas por los latinos en Constantinopla en 1204, y varias obras retóricas, como cierto número de panegíricos de los diversos emperadores y un tratado teológico no dado a luz íntegramente: el Tesoro de la Ortodoxia, continuación de la Panoplia de Eutimio de que hablamos antes. El Tesoro, resultado de un estudio hondo de numerosos escritores, se propone refutar los errores heréticos.

Entre las figuras eminentes del siglo XII cabe contar igualmente al maestro y amigo de Miguel Acominatos, a “la más brillante luminaria del mundo sabio bizantino después de Miguel Psellos”, [217] es decir, el arzobispo Eustacio de Tesalónica. Eustacio educóse en Constantinopla y allí, en su calidad de diácono de Santa Sofía, fue profesor de oratoria y escribió la mayoría de sus brillantes trabajos. Pero su obra histórica, y otras ocasionales se redactaron en Tesalónica. La morada de Eustacio en Constantinopla era una especie de academia para los estudiantes jóvenes y se convirtió en un centro en torno al que se reunían los mejores intelectos de la capital y la juventud deseosa de instruirse. [218] Eustacio, pastor supremo de la segunda ciudad del Imperio, desplegó gran celo por elevar el nivel moral e intelectual de los monjes, lo que a veces le generó la hostilidad de algunos miembros del clero regular. [219] Son muy interesantes, desde el punto de vista de la historia de la civilización, las incesantes exhortaciones de Eustacio a los monjes para que no echasen a perder los tesoros de las bibliotecas. Al respecto, escribió en su obra sobre el monaquismo palabras siguientes: “¡Guay de ti! ¿Por qué quieres, ignorante, identificar una biblioteca monacal con tu alma? Tú, que no posees conocimiento alguno, ¿quieres también quitar a la biblioteca sus recursos científicos? Déjala que conserve esos tesoros. Tras de ti vendrá algún conocedor o amante de esas ciencias y el primero se volverá más instruido después de pasar algún tiempo en la biblioteca; el segundo, avergonzado de su completa ignorancia, encontrará en el estudio de los libros lo que buscaba”. Eustacio murió a fines del siglo XII. Su discípulo y amigo Miguel Acominatos, metropolitano de Atenas, honró la memoria del difunto con una conmovedora oración fúnebre.

Eustacio, sin duda, fue una de las personalidades más importantes de fa vida intelectual de Bizancio en el siglo XII. Señálase como atento observador de la vida política de su tiempo, como teólogo despierto y experimentado que era criticó valerosamente la corrupción monacal, y como un sabio notable fijó su posición al respecto. Su conocimiento de la literatura antigua, y sobre todo de los Comentarios de Homero, le han valido un lugar de honor, no sólo en la historia de la civilización bizantina, sino también en el de la filología clásica. Su legado literario abarca dos partes: en la primera han de situarse los vastos y profundos comentarios sobre la Iliada y la Odisea que compuso en Constantinopla, un valioso comentario de Píndaro y algunas otras cosas; en la segunda, las obras escritas en Tesalónica, es decir, su historia de la toma de Tesalónica por los normandos en 1185, obra de que ya hemos hablado antes; una correspondencia muy importante para su época; una célebre disertación sobre la necesidad de reformar la vida monástica, un discurso sobre la muerte del emperador Manuel, etc. Los escritos de Eustacio no se han utilizado aun con la debida amplitud en relación al estudio de la vida política e intelectual de Bizancio. [220]

A fines del siglo XI y principios del XII vivió el eminentísimo teólogo Teofilacto, arzobispo de Achrida (Ochrida), en Bulgaria. Nació en la isla de Eubea y fue durante algún tiempo diácono en Santa Sofía. Recibió una excelente instrucción y tuvo por maestro al célebre Miguel Psellos. Fue nombrado arzobispo de Achrida probablemente bajo Alejo I. Bulgaria estaba entonces sometida al dominio de Bizancio. La vida ruda y bárbara de aquél país no pudo hacer a, Teofilacto olvidar a Constantinopla, ciudad a la que deseaba, con todo su corazón, regresar. Pero no lo logró y terminó su vida en Bulgaria. Si bien se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento, se estima que murió hacía el 1108. Escribió algunas obras teológicas. Se conocen en especial sus Comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Pero desde nuestro punto de vista sus obras capitales son su correspondencia y su libro Sobre los errores de los latinos. Casi todas sus cartas, escritas entre 1091 y 1108, [221] nos dan un cuadro muy interesante de la vida provinciana en el Imperio. Las cartas de Teofilacto, no estudiadas con profundidad en lo que se refieren a la historia interna de Bizancio, merecen particular atención. Ya hablamos antes de su libro Sobre los errores de los latinos, que se señala por sus tendencias conciliadoras al respecto de la Iglesia romana. [222]

Reinando Manuel, vivió y escribió como Miguel de Tesalónica, quien comenzó su carrera como diácono y profesor de exégesis de los evangelios en Santa Sofía de Constantinopla, recibiendo después el título de “Maestro de los retóricos” y siendo, al fin, condenado como sectario de la herejía de Sotérico Panteugeno y privado de sus títulos. [223] Compuso varios discursos en honor de Manuel: cinco de ellos han sido publicados. El último fue pronunciado, como una oración fúnebre, pocos días después de la muerte del emperador. [224] Los discursos de Miguel dan algunos detalles interesantes sobre los sucesos históricos de la época. Los dos últimos no han sido utilizados todavía por ningún historiador.

A mediados del siglo XII se escribió una de las numerosas imitaciones bizantinas de los diálogos de Luciano: el Timarión. Esa obra suele ser considerada anónima, pero acaso el autor se llamase Timarión realmente. [225] Timarión relata el supuesto viaje que hizo a los infiernos y reproduce las conversaciones que tuvo con los muertos en los Campos Elíseos. Dice haber visto al emperador Romano Diógenes, a Juan Italos, a Miguel Psellos, al emperador iconoclasta Teófilo, etc. Literariamente, el Timarión, obra llena de humorismo y talento, es la mejor imitación bizantina de Luciano. Fuera de sus cualidades de estilo, el libro tiene para nosotros el interés de que nos da algunas descripciones de la vida real, como la de la feria de Tesalónica. Es una fuente histórica de primer orden para la historia interior de Bizancio. [226]

Otro contemporáneo de los Comnenos, Juan Tzetzés, muerto probablemente hacia 1180, tiene una considerable importancia en el sentido de la literatura, de la historia de la civilización y de la antigüedad clásica. Este autor, tras haber recibido una buena instrucción filológica, fue durante cierto tiempo profesor de gramática y después se entregó a la literatura, ocupación que aseguró su pan de cada día. En sus escritos Juan Tzetzés no desperdicia ocasión alguna de hablar de las diferentes circunstancias de su existencia, las cuales nos muestran un hombre del siglo XII que vive de su actividad literaria y se queja sin César de su pobreza y miserias, busca las buenas gracias de los ricos y nobles, les dedica sus escritos, se indigna ante la idea de que no sean debidamente reconocidos sus méritos y cae un día en tal miseria que de todos sus libros sólo le resta un ejemplar de Plutarco. Como, por falta de dinero, no podía procurarse las obras neCésarias y debía confiar principalmente en su memoria, cometió en sus escritos muchos errores históricos elementales. En una de sus obras escribe: “Para mí, mi biblioteca es mi cabeza. Dada la gran penuria en que estamos, no tenemos libros en casa. Así, no puedo nombrar exactamente al autor”. En otra obra escribe respecto a su memoria; “Dios no ha creado nunca y nunca creará un hombre que tenga una memoria semejante a la de Tzetzés”. La erudición de Tzetzés en materia de literatura clásica antigua y bizantina era muy notable. Había leído innumerable cantidad de poetas, escritores dramáticos, historiadores, oradores, filósofos, geógrafos y novelistas, sobre todo a Luciano. Las obras de Tzetzés están escritas en un estilo retórico, cargadas de citas mitológicas, literarias e históricas y llenas de autoelogios. Son, pues, difíciles de leer y poco interesantes. Citaremos sólo unos cuantos de sus numerosos escritos. La colección de sus cartas, ciento siete en total, aparte los defectos que hemos señalado, tiene cierta importancia, tanto para la biografía del autor como para las de sus corresponsales. El Libro de las historias, escrito en versos llamados “políticos” (esto es, populares) [227] es una obra poética de carácter históricofilológico, que abarca más de doce mil versos. A partir de la primera edición, donde, para comodidad, la obra se dividió en doce partes de a mil versos, se llama ordinariamente a este libro las Quiliadas (es decir, los Miles). Las Misionas o Quilíadas de Juan Tzetzés, no son, según Krumbacher, más que “un enorme comentario versificado de sus propias cartas, que allí se explican la una tras la otra. Las relaciones de las cartas y las Quiliadas son tan íntimas, que las primeras pueden considerarse como un resumen detallado de las segundas”. Este solo hecho quita a las Quilíadas todo valor literario. Otro sabio (V. G. Vasilievski), nota con severidad que las Quilíadas “representan desde el punto de vista literario un absurdo completo; pero a veces explican lo que queda obscuro en la prosa”, o sea en las cartas.

Otra gran obra de Juan Tzetzés, también escrita en versos políticos —las Alegorías sobre la Iliada y la Odisea— está dedicada a la esposa del emperador Manuel, Berta—Irene, llamada por el autor la reina “más homérica”; [228] es decir, la mayor admiradora del “muy sabio Homero, ese lago de palabras”, la “luna clara, no bañada por las olas del Océano, sino que sale del lecho de púrpura de su sol”. El fin de Tzetzés era exponer el contenido de los cantos de Hornero, explicándolos, en especial, desde el punto de vista de la exégesis alegórica del mundo de los dioses descrito por Hornero. Al principio de sus Alegorías, Tzetzés dice, con no poca presunción: “Póngome a la tarea y, tras tocar a Hornero con la varilla mágica de mí palabra, lo haré más accesible a todos y sus profundidades invisibles aparecerán a plena luz ante nosotros”. Según Vasilievski, esa obra de Tzetzés está desprovista “no sólo de gusto, sino también de sentido común”. Además de las obras citadas, Juan Tzetzés nos ha dejado otras sobre Homero y Hesíodo, escolios (notas críticas o explicativas al margen de los manuscritos) sobre Hesíodo y Aristófanes, algunos poemas, etc. Las obras de Juan Tzetzés no han sido editadas aun en nuestros días y algunas probablemente se han perdido.

Después de todo lo dicho, el lector dudará probablemente de la valía intelectual de Juan Tzetzés. Pero el extraordinario celo del autor y su interés por compilar documentos hacen que sus escritos sean una fuente de valiosos informes sobre la antigüedad, teniendo extrema importancia para el conocimiento de la literatura clásica. Además, la labor de este autor y sus vastos conocimientos nos permiten extraer algunas conclusiones sobre el carácter del “renacimiento” literario de la época de los Comnenos.

Podríamos prescindir de hablar de Isaac Tzetzés, hermano del anterior y que se ocupó en filología y métrica, si no fuera porque la filología menciona frecuentemente a los hermanos Tzetzés”, como si confiriera a entrambos un valor casi igual. En realidad Isaac no se distinguió por nada y seria lógico abandonar la expresión “hermanos Tzetzés”.

Un interesante y típico personaje de la época de los tres primeros Comnenos —y sobre todo de Juan y Manuel— es el muy sabio poeta Teodoro Pródromo, o Ptochoprodromo, es decir, el Pobre Pródromo, como se llamaba a veces, ya para excitar compasión o por falsa humildad. Sus diversas obras procuran una rica documentación tanto al filólogo como al filósofo, al historiador como al teólogo. Aunque sean numerosas las obras publicadas que se atribuyen a este autor con más o menos fundamento, hay inéditas todavía muchas entre los manuscritos de las bibliotecas de Oriente y Occidente. Hoy la personalidad de Pródromo suscita graves discusiones entre los críticos, que se preguntan a quién pertenecen en realidad las muchas obras atribuidas a este autor. Hay quien cree en dos personajes con el nombre de Pródromo; otros creen en tres; varios en uno. [229] La cuestión no está resuelta ni se podrá resolver mientras no se edite toda la herencia literaria vinculada al nombre de Pródromo.

El período principal de la actividad de Pródromo coincide con la primera mitad del siglo XII. Su tío, conocido por el nombre monástico de Juan, fue metropolitano de Kiev, y de él dice la crónica rusa de 1080 que era un “hombre instruido en los libros y en las ciencias, generoso con los pobres y las viudas”, [230] etc, Según toda probabilidad, Pródromo murió hacia 1150.

Diehl opina que Pródromo fue uno de los representantes “del proletariado de las letras, que vegetaba en Constantinopla y se componía de hombres inteligentes, instruidos, incluso distinguidos, pero a los que los rigores de la vida habían humillado singularmente, sin contar el vicio, que, uniéndose a la miseria, los había a veces desviado y rebajado singularmente” [231]

No obstante, los míseros escritores que frecuentaban la corte y se relacionaban con la familia imperial y los grandes, hallaban a veces, si bien a menudo con trabajo, un protector que proveía generosamente a sus necesidades. Toda la vida de Pródromo transcurrió en busca de un protector y en lamentaciones de su miseria, de su estado enfermizo, de su vejez... En su petición de socorros ninguna adulación, exageración ni bajeza le atajaba, y no elegía las personas a quienes dedicaba sus encomios. Pero en honor de Pródromo ha de decirse que siempre permaneció fiel a una persona: Irene, la nuera de Manuel, incluso en los momentos de desgracia de ésta. La situación de los escritores como Pródromo era muy difícil a veces. Así, en una de las obras antes atribuidas a Pródromo, el autor lamenta no ser remendón, panadero, picapedrero o pintor de brocha gorda, ya que éstos al menos tienen qué comer, y hace a un tercero decir, irónico: “Cómete tus escritos y aliméntate con ellos, amigo mío. Aliméntate de literatura, pobre hombre”.

Ya dijimos que nos han llegado muchas y diversas obras atribuidas a Pródromo. Hallamos a este novelista, hagiógrafo, epistolista, orador, autor de un poema astrológico, de otros religiosos, de escritos filosóficos, de sátiras y de obras humorísticas. Varios de esos escritos son trabajos circunstanciales, escritos con motivo de una victoria, un nacimiento, un óbito o un matrimonio, y tienen mucho valor por las alusiones dispersas que contienen sobre personas y sucesos. También son interesantes por las noticias que nos dan sobre la vida general del pueblo bajo. Pródromo ha sido a menudo severamente censurado por los eruditos. Se ha mencionado la “Mísera pobreza de contenido de sus poemas, la forma ruda de sus realizaciones poéticas” [232] y se ha dicho que “de tales autores, que sólo escriben para ganarse el pan, no cabe esperar verdadera poesía”. [233] Esto se explica porque durante mucho tiempo Pródromo ha sido juzgado por sus trabajos más ínfimos, y por desgracia más difundidos, como, verbigracia, su novela versificada Rodanfé y Dosicles, obra larga y pomposa, cuya lectura, según ciertos historiadores, es penosa y produce un tedio mortal. Pero tan desfavorable opinión sobre Pródromo no está justificada. Si se consideran sus ensayos en prosa, sus diálogos satíricos, sus panfletos, sus epigramas, donde imita las mejores modelos de la antigüedad, y sobre todo a Luciano, nos vemos obligados a emitir un juicio más favorable sobre la obra literaria de este autor.

En sus escritos hallamos observaciones agudas y divertidas sobre la vida contemporánea, y esas observaciones prestan a su obra indiscutible interés para el estudio de la historia de la sociedad y, sobre todo, de los círculos literarios de la época de los Comnenos. Además, Pródromo abandona en algunos de sus trabajos la artificial lengua clásica y recurre al griego hablado corrientemente, sobre todo en sus obras humorísticas, habiéndonos así dejado curiosos ejemplos del lenguaje popular del siglo XII. El gran mérito de Pródromo consiste, precisamente, en haberse decidido a introducir en la literatura el lenguaje común. Sin duda alguna, Pródromo es, con todos sus defectos, uno de los más notables representantes de la literatura bizantina, según opinión de los mejores bizantinistas contemporáneos, “una personalidad literaria e histórica tal como pocas en Bizancio”. [234]

Bajo los Comnenos y los Ángeles vivió también el humanista Constantino Stilbes, del cual sabemos muy poco. Recibió una buena instrucción, fue profesor en Constantinopla y más tarde obtuvo el título de maestro en literatura. Nos han llegado treinta y cinco obras de Stilbes, casi todas en verso y ninguna publicada aún. El más conocido de sus poemas es el que describe el gran incendio que se produjo en Constantinopla el 25 de julio de 1197. Trátase del primer documento que menciona semejante suceso.

Ese poema comprende 938 versos y da documentación abundante sobre la topografía, el aspecto exterior y las costumbres de la capital del Imperio de Oriente. En otro poema, Stilbes describe un nuevo incendio sobrevenido en la ciudad en 1198.

La obra literaria de Stilbes, dispersa en las bibliotecas europeas, merece, así como su personalidad, un estudio detenido. [235]

La árida crónica bizantina tuvo también en la época de los Comnenos varios representantes que comenzaron sus relatos desde el principio del mundo. Jorge Cedreno, contemporáneo de Alejo Comneno, extiende su historia hasta la iniciación del reinado de Isaac Comneno (1057). Lo que dice del período que comienza el 811 es casi literalmente idéntico al texto del cronista Juan Scilitas (segunda mitad del siglo XI). El original griego de las crónicas de este último no ha sido editado aun. Juan Zonaras (siglo XII) escribió, no una crónica árida, sino “un manual de historia universal que tendía manifiestamente a fines más elevados”, y que se apoya en muy buena documentación. Zonaras lleva su relato hasta la exaltación de Juan Comneno (1118).

La crónica de Constantino Manases, escrita en versos políticos (primera mitad del siglo XII) está dedicada a la nuera de Manuel, la erudita Irene, y alcanza hasta la coronación de Alejo Comneno (1081). Hace algunos años se ha publicado una breve continuación de la obra de Manases, también en verso (setenta y nueve versos en total), abarcando la época comprendida entre Juan Comneno y Balduino, primer emperador latino de Constantinopla. Cerca de la mitad de este trabajo está consagrada a Andrónico I. [236] Manases escribió asimismo un poema yámbico, probablemente titulado Itinerarium que se ha publicado en 1904 y trata de algunos hechos de la época [237] . Finalmente Miguel Glica (siglo XII) escribió una crónica universal que concluye con la muerte de Alejo Comneno (1118).

Ya hablamos antes del movimiento religioso y filosófico producido bajo los Comnenos y al que está vinculado el nombre de Juan Italos.

En el aspecto artístico, la época de los Comnenos y los Ángeles fue la continuación de la Segunda Edad de Oro, cuyo principio fijan la mayoría de los historiadores a mediados del siglo IX, es decir, cuando el advenimiento de la dinastía macedónica. Desde luego, el período de perturbaciones del siglo XI, período que precedió a la llegada de la dinastía de los Comnenos al trono, interrumpió por algún tiempo el surgimiento de las espléndidas obras de arte de esa Segunda Edad de Oro. Con la dinastía de los Comnenos, el Imperio conoció una renovación de gloria y prosperidad y pareció que el arte bizantino iba a continuar la brillante tradición de la época macedónica. Pero aquél arte quedó señalado por cierta inmovilidad y formalismo. “En el siglo XI vemos ya declinar el sentimiento de la antigüedad: la libertad y la naturaleza ceden el lugar al formalismo; el fin teológico se convierte claramente en el fin del artista. Una trabajada iconografía caracteriza ese período”. En otra de sus obras Dalton escribe: “Las fuentes de progreso se han agotado; la potencia creadora orgánica no existe ya...

A medida que avanza el período de los Comnenos, el arte sacro se convierte en una especie de ritual... cumplido, por decirlo así, sin que la conciencia creadora del artista guíe sus facultades. Ya no hay fuego ni fervor: se resbala insensiblemente hacia el fomalismo”. [238]

Sin embargo, el arte bizantino no conoció bajo los Comnenos un estado de decadencia. La arquitectura, en particular, se distinguió por muchos monumentos notables.

En Constantinopla se erigió el magnífico palacio de las Blajernas [239] y los Comnenos abandonaron la antigua residencia imperial, el “Gran Palacio” y se establecieron en otro nuevo situado sobre el Cuerno de Oro. De la nueva residencia imperial, nada inferior en esplendidez a la antigua, nos han dejado entusiastas descripciones los contemporáneos. [240] El Gran Palacio, abandonado, cayó pronto en decrepitud y en el siglo XV era sólo un montón de ruinas, que los turcos acabaron de destruir.

El nombre de los Comnenos está asociado igualmente a la edificación o reconstrucción de varias iglesias: así la del Pantocrátor, en Constantinopla, donde fueron enterrados Juan II y Manuel I Comneno y después, en el siglo XV, los emperadores Manuel II y Juan VIII Paleólogo. La famosa iglesia de Hora (“del campo”, por hallarse fuera del recinto teodosiano) fue reconstruida a principios del siglo XII. Se elevaron iglesias, además de en la capital, en las provincias. [241] La catedral de San Marcos, en Venecia, reproducía, por su planta, la iglesia de los Santos Apóstoles, y en sus mosaicos reflejaba la influencia bizantina. Se inauguró solemnemente en 1095. Muchos edificios de Cefalonia, Palermo y Monreale (Sicilia) copian las mejores obras del arte bizantino y datan del siglo XII. En Oriente, los mosaicos de la iglesia de la Natividad de Belén son importantes vestigios de una cuidada decoración ejecutada por los mosaístas bizantinos para el emperador Manuel

Comneno en 1169. [242]

Así, en Oriente como en Occidente, “la influencia del arte griego seguía siendo en el siglo XII importante, e incluso allí donde parecía que ello debiera esperarse menos, entre los normandos de Sicilia y los latinos de Siria. Bizancio seguía siendo la gran iniciadora, la maestra de todas las elegancias”. [243]

Se han descubierto frescos muy importantes, de los siglos XI y XII, en Capadocia y en Italia del sur. Hacia la misma época, artistas bizantinos crearon frescos muy bellos en Rusia, especialmente en Kiev, Chernigov, Novgorod, etc.

También se han conservado marfiles esculpidos, alfarería, cristales, sellos, metales, joyas grabadas, etc., cuya labor se debe a artistas bizantinos de la época. [244]

Empero, a pesar de toda la obra artística de la época de los Comnenos y los Angeles, debemos considerar la primera parte de la segunda Edad de Oro, es decir, el período macedonio, como la más brillante y de mayor potencia creadora. No podemos compartir la opinión de G. Duthuit cuando escribe: “En el siglo XII el poderío político y militar de Bizancio se había hundido para no levantarse más. Sin embargo, la fuerza creadora del Imperio y del Oriente cristiano alcanza su apogeo en esta época”. [245]

El renacimiento bizantino del siglo XII no sólo es interesante e importante en sí mismo y por sí mismo, sino que aquél fue un momento esencial del renacimiento general de Europa en el mismo siglo, renacimiento tan notablemente descrito y expuesto hace poco por el profesor C. H. Haskins, en su libro The Renaissance of the IIth. Century (Cambridge, 1927). En las primeras líneas de su prefacio, Haskins escribe: “El título de este libro parecerá a muchos lectores una evidente contradicción interna. Un renacimiento en el siglo XII” Pero no hay la menor contradicción. En el siglo XII se produce en la Europa occidental una renovación en el conocimiento de los clásicos latinos, de la lengua latina, de la prosa y versos latinos, de la jurisprudencia, de la filosofía, de los escritos históricos. En esa época se traduce a los árabes y los griegos y nacen las Universidades. Haskins tiene perfecta razón cuando dice: “No siempre se ha visto lo bastante que hubo un contacto directo muy notable con las fuentes griegas, tanto en Italia como en Oriente, y que esas traducciones, hechas directamente con arreglo a los originales griegos, fueron un vehículo inmediato y un intermediario fiel de la transmisión del saber antiguo”. [246] En el siglo XII hubo entre Bizancio e Italia relaciones directas más frecuentes e importantes de lo que puede parecer a primera vista. La política religiosa de los Comnenos, deseosa de reaproximarse a Roma, produjo como consecuencia la celebración en Constantinopla, muy a menudo ante los emperadores, de numerosas “reuniones contradictorias”, donde participaron eminentes representantes del catolicismo, que acudían a la capital bizantina con el propósito de contribuir a la reconciliación de las dos Iglesias. Estas reuniones contribuyeron mucho a la transmisión del pensamiento griego a Occidente. Además, las relaciones de las Repúblicas mercantiles italianas con Bizancio y la existencia en Constantinopla de los barrios veneciano y pisano, permitieron la presencia de algunos sabios italianos en la capital, y esos sabios aprendieron el griego y transmitieron a Occidente parte de los conocimientos griegos. Bajo Manuel Comneno, sobre todo, vemos “un imponente desfile de misiones enviadas a Constantinopla por los Papas, emperadores, franceses, písanos y otros, y una sucesión muy poco menos constante de embajadas griegas en Occidente que hacen pensar en la inmigración griega a Italia de principios del siglo XV”. [247]

Tomando en cuenta todos los elementos que acabamos de examinar, hemos de concluir que el movimiento ideológico bajo los Comnenos y los Ángeles constituye una de las páginas más brillantes de la historia de Bizancio. En épocas precedentes Bizancio no había conocido renovación tal, la cual adquiere importancia mucho mayor si se coteja con el renacimiento contemporáneo de Occidente. El siglo XII puede, con buen derecho, ser considerado como la época del primer renacimiento helénico de la historia de Bizancio.

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[174] Chalandon, Essai sur le régne d'Alexis Ier Comnéne, p. 289. Ver también P. Lakovenko, Sobre la historia de la inmunidad en Bizancio (Yuriev, 1908), p. 10—11 (en ruso).

[175] Véase E. Le Barbier, Saint Christodule et la reforme des couvents grecs au XIe siecle (París, 1863), s.a ed., p. 51—56. Esta antigua biografía contiene numerosos errores. L. Oeconomos, La vie religieuse dans l'Empire byzantin au temps des Comnénes et des Anges (París, 1918), p. 142—152

[176] El texto griego de ese estatuto (Tipicón) está publicado por A. Dimitrievski en su Descripción de los manuscritos litúrgicos conservados en las bibliotecas del Oriente ortodoxo (Kiev, 1895), t. I, p. 682—687 (en ruso y en griego).

[177] F. I. Uspenski, La corriente occidental en la Bizancio conservadora (Byz. Vremennik, tomo XXII, 1916, p. 26; en ruso). Véase también Oeconomos, ob. cit., p. 193—210. E. Jean—selme y L. Oeconomos, Les Oeuvres d'assistance et les hópitaux byzantines au siécle des Comnénes (Amberes, 1921), p. 11—18. C. Díehl, La Sociétc byzantine a l'époque des Comnénes (Revue historique du Sud—Est européen, t. VI (1929).

[178] Sobre el Sinodicon ver F. I. Uspenski, Ensayos sobre la historia de la civilización bizantina (San Petersburgo, 1892), p. 89—145 (en ruso)

[179] D. Briantsev, Juan Italos: la fe y la razón, t. II (1904.), I parte, p. 328 (en ruso).

[180] L. Oeconomos, ob. cit., p. 29. El autor francés sigue en su obra las líneas del libro de Uspenski.

[181] F. I. Uspenski, Ensayos sobre la historia de la civilización bizantina, p. 178, ttfi, 183 (en ruso).

[182] Ver el interesante artículo de W. Holtzmann, Die Unionsverhandlungen zwíschen Alextos I. und Papst Urban II. im jahre 1089 (Byz. Zeitschrift, t. XXVIII (1928), p. 40. El autor da tres textos griegos inéditos. El texto relativo al sínodo de 1089 se halla en p. 60—62.

[183] H. Kap—Herr, Die abendlandische Politik Kaiser Manuels (Estrasburgo, 1881), p. 9. Norden, Das Papsttum und Byzanz, p. 91. Chalandon, t. II, p. 162—163. Id., p. X—XI. Dólger, Regesten, t. II, núms. 1302 y 1303 (p. 59). El estudio, en griego, de H. Siderides, sobre las cartas de Juan Comneno sobre la unión de las dos Iglesias (Constantinopla, 1927), no lo conozco sino por la crítica de F. Dólger en la Byz. Zeits., t. XXVIII (1928), p. 202—204.

[184] Sobre las relaciones de Andrónico con el patriarca y la Iglesia ver Oeconomos, ob. cit.,. páginas 113118.

[185] Die Reisebeschreibungen de Benjamín de Tudela, ed. y trad. por L. Grünhut y IV. Adler, t. II (Jerusalén, 1903), p. 17—18. The Itinerary of Benjamín of Tudela, trad. por Adler (Londres, 1907), p. 13. The oriental travels of Rabbi Benjamín de Tudela, en The Contemperaries of Marco Polo, ed. por M. Komroff (Nueva York, 1928) p. 265—266. El texto hebreo se publicó en Constantinopla, año de 1547. La primera traducción latina fue la de Arias Montano (Amberes, 1575). — (N. del R.)

[186] Abul Hassan Alí el Herewi, Indications sur les lieux de pélerinage, trad. de C Schefer. Archives de l'Orient latín (París, 1881), t. I, p. 589.

[187] A. Andreades, De la población de Constantinopla bajo los emperadores bizantinos, (en francés) en el periódico italiano Metron (Rovigo, 1920), vol. I, n.° 2, p. 101.

[188] Zac. von Lingenthal, Jus graeco—romanum, III, 457. Algunos años después se publicó de nuevo la misma crisobula (Ibid., p. 498). La fecha es discutible. Ibid., p. 457 y 498. F. Dólger, Corpus der griechischen Urhunder des Mittelalters una der neueren Zeit, Regesten, Sec. I: Regesten der Kaiserurkunden des ostromischen Reiches (Munic—Berlín, 1925), tomo II, p. 62—63 (n.° 1333) y 70 (n.°1398).

[189] V. Cognasso, Parti politici e lotte dinastiche in Bizancio alla morte di Manuele Comneno (Turín, 1912), p.284(7).

[190] Von Lingenhtal, ob. cit., III, 507.

[191] V. Dólger, ob. cit., p. 89 (n.° 1553). Comp. c. Brébier, Andronic Comnéne, col. 1780

[192] Orderici Vitalis, Historia Ecclesiastica, Migne, Patr. lat., vol. 188, col. 309.

[193] Gesta Regís Henrici Secundi, Benedicti Abbatis, ed. W Stubbs (Londres, 1867), I, 195. (Rerum brit. meddi aevi ser., vol. 49.) Se hallan iguales informes en la Crónica del Magistri Rogeri de Houedene, ed. W. Stubbs (Londres, 1870), II, 157 (Rer. br. medii aevi ser., volumen 51).

[194] Ver dos cortos poemas de Teodoro Prodomo en el Recueíl des historiens des Croíades. Historiadores griegos, t. II, p. 541—542

[195] Ver Skabalanovitch, El Estado bizantino y la Iglesia en el siglo XI (San Petersburgo, 1884), p. 186, 193—230 (en ruso)

[196] Zacarías von Lingenthal, III, 560—561 (respecto al año 1199)

[197] Ver E. Stein, Untersuchungen zur spatbyzantinischen Verfassungs und Wirtschafts—géschichte (Mitteilungen zur Osmanischen Geschichte, t. II, 1924, p. 21; ed. por separado). Ver también nota de Stein sobre la "crisobula” de noviembre de 1198 (20, n. i).

[198] La obra mejor documentada sobre las relaciones comerciales de Bizancio con las repúblicas italianas bajo los Comnenos y Angeles, es la de W. Heyd, Histoire du commerce du Levant au mayen age (Leipzig, 1885), t. I, p. 190—264. Ver también Chalandon, ob. cit., tomo II, p. 625—627. J. W. Thompson, An economíc and social history of the Míddle Ages (Nueva York—Londres, 1928), p. 380—439.

[199] Texto en Miklosich y Müller, Acta et diplomata graeca, III, 9—13. También en J. Müller, Documenti sulle relaztone della citta Tascane coll'Oriente cristiano (Florencia, 1879), p. 43—45, 52—54. Ver Heyd, ob. cit., t. I, p. 193—194. Dólger, ob. cit., t. II, p. 53—54 (n.° 1255). Buena bibliografía. Ver también A. Schube, Handelsgeschichte der Romanischen Volker des Mittelmeergebiets bis zum Ende der Kreuzzüge (Munich Berlín, 1906), p. 247—274.

[200] Nuova serie di documenti sulle relaztone di Genova coll'Impero Bizantino, ed. Sanguinetti y Bertolotto (Atti della Societu di storia patria, t. XXVIII, 1896—1898). Miklosich y Müller, t. III, p. 35. Ver Dólger, t. II, p. 82 (n.° 1488). G. Bratianu, Recherches sur le commerce genois dans la mer Noire au XIIIe siécle (París, 1929), p. 65—66.

[201] Véase lo indicado antes sobre esta crisobula. También H. Brown, The Venetians andt the venetian quarter in Constantinople to the clóse of the twelfth century (The Journal of Hellenic Studies, t. XL (1920), p.88.

[202] Timario, De passionibus ejus, Diálogos satíricos. Notices et extraits des manuscrits, tomo IX (1813), 2.a parte, 171—174 (cap. V—VI), ed. Ellissen, Analecten der mittel—und neugriechischen Litteratur (Leipzig, 1860), t. IV, primera sección, p. 46—53 y 98 y sigs.

[203] F. Cognasso, Un imperatore bizantino della decadenza: Jsacco II Angelo (Besarione,, tomo XXXI, 1915)

[204] J. B. Bury, Romances of Chivalry on Greek soil (Oxford, 1911), p. 3.

[205] Ver al respecto el muy sugestivo ensayo de vulgarización de C. Diehl, La Sociéte byzantine a l'époque des Comnénes (Rev. hist. du sudest européen, t. VI (1929), p. 198—280)

[206] Ana Comnena, XI, 11 (II, 315—316). En los últimos años han aparecido en Inglaterra tres obras sobre Ana Comnena, las tres escritas por mujeres y las tres dignas de mención:

1a, la trad. ingl. de la Alexiada, por E. A. S. Dawes, con el título de The Alexiad of the Princess Anna Comnena (Londres, 1928), 439 p.; 2a, una monografía excelente y muy detallada sobre Ana Comnena, de Georgina Buckler: Anna Comnena. A study (Oxford—Londres, 1929). Una breve biografía, muy bellamente escrita, de Ana Comnena en sus relaciones con ciertos hombres eminentes de su época, por Naomi Mitchison: Anna Comnena, (Londres, 1928, 96 p.). Este trabajo comprende seis capítulos titulados, por su orden: “Back—ground, Alexius, Constantine, Bryennius, Bohemond y Juan”.

[207] Krumbacher, Gesch. der byz. Lit.., p.276

[208] C. Neumann, Griechische Geschichtschreiber una Geschichtsquellen im zwolften Jafirhundert (Leipzig, 1888), p. 28.

[209] G. Buckler, ob cit., p. 522.

[210] F. I. Uspenski, El código constantinopolitano llamado de Seraglio (Memoria del Instituto arqueológico ruso en Constanlinopla, t. XII, 1907, p. 30—31. En ruso). Ed. Kurtz, Ein Gedicht des Sebastokrator Isaakios Komnenos (Byz. Neugr. Jahrbucher, t. V.

[211] Cinnamus, VI, 13 (p. 290). Nic. Chon., De Manuele, VIII, 5 (p. 274—275).

[212] Fontes rerum byzantinarum, ed. W. Regel (San Petersburgo, 1892), I (1) p 6; ver también p. VII.

[213] Ver C. H. Haskins, The spread of ideas in the Middle Ages (Speculum, I (1926), 24). Id., Studies in the history of the medioeval science (Cambridge, 1924), p. 143, 161. Id., The renaissance of the twelfth century (Cambridge, 1927), p. 292.

[214] Constantino Manases, Compendium Chronicum, p. 3, verso 3 (ed. Bonn). 216 C. Neumann, Griech. Gesch., p. 99. Krumbacher, p. 280.

[215] F. I. Uspenski, En torno a la historia del régimen territorial labriego en Bizancio (Gaceta del Ministerio de Instrucción Publica, vol. 225 (1883), p. 85—86. En ruso

[216] Véase Uspenski, ob. cit., p. 153—160, y Krumbacher, p. 283

[217] Gregorovius, ob. cit., t. I, p. 205, 207

[218] Ver el excelente artículo de Cohn sobre Eustacio en Pauly—Wissowa, Real Encyclopadie, VI (1909), col. 1454. El artículo comprende las páginas 1452—1489

[219] Ver L. Oeconomos, La vie religieuse dans l'Empire byzantin au temps des Comnénes et des Anges (París, 1918), p. 153—165. Los datos están tomados de la obra de Eustacio, De emendanda vita monachica (Migne, Patr. Gr., vol. 135, col. 729—910).

[220] Veáse Krumbacher, ob.cit. p.536—541.

[221] V. Vasilievski, Teofilacto de Bulgaria en su ensayo Bizancio y los pechenegos (Obras, t. I, p. 138. En ruso). Chalandon, t. I, p. XXVII (Chalandon sigue Vasilievski). Ver también B. Leib, Roma, Kiev y Bizancio, p.42

[222] El mejor estudio sobre Teofilacto de Bulgaria se debe a Vasilievski (Obras, t. I, páginas 134—149. En ruso). Chalandon, t. I, p. XXIII—XXVIII, sigue a Vasilievski. Ver Leib, obra cit., p. 41—50. Krumbacher, ob. cit., p. 133—135 y 463—465 (la cronología es incorrecta).

[223] Ver Krumbacher, p. 473. Regel, Font. rer. byz., t. I, (1) p. XVII. Chalandon, t. II, página XLVIII

[224] Regel, ob. cit., t. I, (1) p. 131—182 (Los tres primeros discursos); t. I (2}. p. 183—338 (discursos cuarto y quinto, publicados en 1917).

[225] Véase J. Dráseke, Byzantinischen Hadesfahrten (Neue Jahr. für das Klasische Altertum, t. XXIX (1912), p. 353).

[226] Véase Krumbacher, p. 467—468. Montelalici, ob. cit., p. 258—259. H. Torez, Byzantine satire (The Journal of Hellenic Studies, t. II (1881). p. 241—257). Dráseke, ob. cit., páginas 343—366. Hase da una excelente introducción al estudio de esta obra y una no menos buena explicación del Timarion en las Notices et extraits des manuscrits (1813), 2.a parte, páginas 125—268

[227] El rasgo distintivo de los versos “políticos” consiste en la desaparición completa de versos largos y breves, repitiéndose incesantemente versos del mismo número de sílabas

[228] Longino, neoplatónico, filólogo y retórico del siglo III de J. C., llama a Heredóto. Ver J. B. Bury, The Ancient Greek Historians (Nueva York, 1909), p. 42, n. i.

[229] Véase S. Papadimitriu, Teodoro Pródromo (Odessa, 1905), p. XIX—XXI y I y sigs. (en ruso). Krumbacher, p. 760. Montelatíci, ob. cit., p. 197.

[230] Crónicas Lavrentievskaia e Ipatievskaia (en ruso antiguo).

[231] Diehl, Figures byzantines, t., p. 140.

[232] Vasilievski, Las vidas de Melecio el Joven, por Nicolás, obispo de Meton, y Teodoro Pródromo (Colección Ortodoxa Palestina, fasc. 17, 1896), p. V. En ruso

[233] Hesseling, Byzantium (Harlem, 1902), p. 344 (en holandés). Essai (París, 1907), p. 328.

[234] Krumbacher, p. 750—751. Véase también Montelatici, ob. cit., p. 199—200. Muchas de las obras consideradas de Pródromo no son suyas, aunque sí surgidas en su ambiente literario.

[235] El mejor estudio sobre Stilbes es el de Loparev Sobre el humanista bizantino Constantino Stilbes (siglo XII) y su obra (Vizantiiskoie Obozrenie, t. III (1917).

[236] H. Grégoíre, Un continuateur de Constantin Manassés et sa source, en Mélanges offerts a Gustave Schtumberger (París, 1924). t. I, p. 272—281. La fuente del continuador de Manases es Nicetas Coniaia (Ibid., p. 280)

[237] K. Horna, Das Hodoiporikon des Konstantin Manassés (Byz. Zeits., t. XIII, 1904, páginas 313—355). Ver la lista de ed. de Manases —que no pudo ser insertada en la Historia de Krumbacher— en P. Maas, Rhytmisches zu der Kunstprosa des Kunstantinos Manassés (Ibid., t. XI, 1902, p. 505, n. 2).

[238] East Christian Art (Oxford, 1925), p. 18—19

[239] El Blaquerna de nuestros antiguos escritores. (N. del R.)

[240] Véase Diehl, Manuel, t. I, p. 416—418. J. Ebersoit, Les Arts somptuaires de Byzance (París, 1923), p. 16. Hay una monografía consagrada a! palacio de las Blachernas y escrita cu griego moderno por J. Papadopulos (Constantinopla, 1920). La edición francesa, aumentada, se titula Les Palais et les églises des Blachernes (Atenas, 1928).

[241] Véase Diehl, Manuel, t. I, p. 463 y sigs

[242] Dalton, East Christian Art, p. 292—293. Diehl, ob. cit., t. II, p. 561—563. H. Vincent v F. M. Abel, Bethléem. Le sanctuaire de la Nativite (Pars, 1914), p. 167.

[243] Diehl. Manual, t. II, p. 563

[244] Se hallarán informes detallados en las dos obras de O. M. Dalton y en el Manual de C. Diehl

[245] G. Duthuit, Byzance et l'art du XII siécle (París, 1926), p. 96. A pesar de su título, esta obra da pocos informes sobre el arte del siglo XII

[246] C. H. Haskins, Studies in the History of Medioeval Science (Cambridge, 1924), página 141. idem, The greek element in the renaissance of the twelfth century (The American Historical Review, t. XXV, 1920), p. 603—605). Id., The renaissance of the twelfth century (Cambridge, 1927), p. 278. Id., Studies in Medieval Culture (Oxford, 1929), p. 160—169 (c. VIII: Contacts with Byzantium).

[247] Haskins, Studies in the History of the Medieeval Science, p. 194—193.