Capítulo VII
BIZANCIO Y LOS CRUZADOS.
LOS COMNENOS Y LOS ANGELES

Los emperadores de la casa Comnena.
Historia exterior de la época de los Comnenos.

La revolución de 1081 elevó al trono a Alejo Comneno, cuyo tío, Isaac, había sido emperador durante algún tiempo (1057—1059), en el período precedente.

La familia griega de los Comnenos, de la cual se comienza a hablar en las fuentes desde el reinado de Basilio II, era oriunda de una aldea no lejana de Adrianópolis, y sus miembros llegaron a figurar como grandes terratenientes en el Asia Menor. [1] Alejo, a ejemplo de su tío Isaac, se elevó por sus talentos militares. Con Alejo, el partido militar y la aristocracia territorial de provincias triunfaron sobre el partido burocrático de la capital. A la vez concluyó la época de turbulencias.

Los tres primeros Comnenos consiguieron mantenerse de modo duradero (un siglo) en el trono bizantino, que se transmitieron en paz de padres a hijos.

El gobierno enérgico e inteligente de Alejo I (1081—1118) supo proteger honrosamente al Imperio de muchos y muy graves peligros exteriores que, a veces, amenazaron su existencia misma. Pero la cuestión sucesoria produjo algunas dificultades. Mucho antes de su muerte, Alejo había designado sucesor a su hijo Juan, provocando con esto el descontento de su hija Ana, la célebre autora de la Alexiada y esposa del César Nicéforo Brieno, historiador también. Ana combinó un plan complicado para obtener del emperador el alejamiento de Juan y la designación de Nicéforo para el título imperial. Pero el anciano Alejo se mantuvo firme en su propósito y, a su muerte, su hijo Juan fue proclamado emperador. Apenas llegado al trono, Juan II (1118—1143) tuvo que afrontar una situación penosa al descubrirse una conjura en que participaban su hermana y su madre. La conjura fracasó. Juan trató a los culpables con indulgencia: la mayoría sólo perdieron sus bienes. Por su elevada personalidad moral, Juan mereció general estima, recibiendo el sobrenombre de Kalojean (Juan el Excelente, o el Bueno).

Los historiadores griegos y latinos están acordes en apreciar mucho su personalidad. “Fue —escribe Nicetas Coniates— el modelo más perfecto de todos los reyes de la casa de los Comnenos que apareciera en el trono romano”. Gibbon, tan severo en su apreciación de los estadistas bizantinos, escribe de aquél “Comneno, el mejor y más grande” que “el mismo filósofo Marco Aurelio no habrían menospreciado sus virtudes naturales, que nacían del corazón y no estaban aprendidas en la escuela”.

Enemigo del lujo superfluo y los gastos excesivos, Juan modeló la vida de la corte según la suya propia. En su reinado, la corte tuvo una existencia severa y económica, sin diversiones, locas alegrías y gastos enormes. “Su reinado fue en cierto modo el reinado de la virtud” [2] aquél soberano indulgente, tranquilo y moral en grado sumo, estuvo, sin embargo, como veremos después, casi siempre al frente de sus ejércitos.

Manuel I (1143—1180), hijo y sucesor de Juan, señaló con éste un contraste absoluto. Admirador convencido del Occidente, latinófilo, tuvo por ideal el tipo del caballero occidental, deseó penetrar los secretos de la astrología y cambió por completo la vida severa establecida en la corte por su padre. La alegría, el amor, la caza, las recepciones y fiestas espléndidas, los torneos organizados según el modelo occidental, se sucedían sin César en Constantinopla. Las visitas que hicieron a Bizancio soberanos extranjeros como Conrado III de Alemania, Luis VII de Francia, el sultán de Iconion, Kilidy—Arslan, y varios príncipes latinos de Oriente, produjeron gastos enormes.

Muchos extranjeros llegados del Occidente de Europa se instalaron en la corte bizantina, obteniendo los más altos y mejores cargos del Imperio. Por dos veces casó Manuel con princesas occidentales. Su primera mujer, Berta de Sulzbach, llamada en Bizancio Irene, era cuñada del emperador germano Conrado III; la segunda, una francesa de peregrina hermosura, fue María, hija del príncipe de Antioquía. Luego veremos que a Manuel, durante todo su reinado, domináronle la pasión por el ideal occidental y su sueño, irrealizable, de restaurar el Imperio romano único. Se proponía, con ayuda del Papa, arrebatar la corona imperial al soberano germánico y estaba dispuesto a restablecer la unión con la Iglesia occidental. La opresión latina y el desprecio de los intereses nacionales provocaron en la población general descontento. Se advertía intensamente la necesidad de modificar aquél sistema. Pero Manuel murió antes de que se desplomase su política.

Alejo II (1180—1183), hijo Y sucesor de Manuel, apenas tenía doce años cuando su padre murió. Su madre, María de Antioquía, fue nombrada regente. De hecho todo el poder pasó a manos del sobrino de Manuel, el protosebasto Alejo Comneno, favorito de la regente. El nuevo gobierno quiso apoyarse en el odiado elemento latino. Con esto creció la exasperación nacional. La emperatriz María, antes tan popular, empezó a ser considerada como una extranjera. El historiador francés Diehl compara la situación de María a la de María Antonieta, quien, bajo la revolución francesa, fue llamada por el pueblo “la Austriaca”.

El descontento general hizo nacer un partido imponente contra el todo poderoso Alejo. Al frente de aquél partido se puso Andrónico Comneno, una de las más curiosas personalidades de la historia de Bizancio, y cuya figura ofrece igual interés al historiador y al novelista.

Andrónico, sobrino de Juan II y primo de Manuel I, pertenecía a la rama segundona de los Comnenos, rama apartada del trono y que se caracterizaba por una energía extraordinaria, aunque a menudo mal dirigida. Esa línea de Comnenos, en su tercera generación, dio al Imperio de Trebisonda soberanos conocidos por el nombre de “Los Grandes Comnenos”. Andrónico, aquél “futuro Ricardo III de la historia de Bizancio”, que tenía en él “algo del alma de un César Borgia”, aquél “Alcibíades del Imperio Medio bizantino”, fue “el tipo acabado del bizantino del siglo XII, con todas sus cualidades y sus vicios”. [3] “Era lo que Nietzsche llamaba un superhombre, un hombre sin duda extraordinario en quien aparecía un continuo contraste entre una inteligencia de primer orden y un carácter a menudo discutible”.

Hermoso y arrogante; atleta y soldado; instruido y seductor en sus maneras, sobre todo con las mujeres, que le adoraban; frívolo y apasionado; escéptico, embustero y perjuro si era neCésario de acuerdo a las circunstancias; conspirador, ambicioso e intrigante, terrible en su vejez por su crueldad, Andrónico con expresión de Diehl, fue una naturaleza genial. Hubiera podido ser el salvador y regenerador del agotado Imperio bizantino: para ello faltóle sólo “acaso un poco de sentido moral”.

Su contemporáneo Niceto Coniates, escribe sobre él: “¿Quién está hecho de tan dura piedra que no ceda a las lágrimas de Andrónico y no se deje encantar por sus palabras insinuantes, que él derrama como una fuente turbia?” El mismo historiador compara a Andrónico con “Proteo multiforme”, el profético viejo, célebre por sus metamorfosis, de la mitología antigua.

A pesar de su aparente amistad hacia Manuel, Andrónico siempre fue objeto de las sospechas del emperador. No hallando dónde ejercer su actividad en Bizancio, pasó la mayor parte del reinado de su primo viajando por diversos países de Europa y de Asía. Enviado por el emperador primero a Cilicia y luego a las fronteras húngaras, Andrónico fué acusado de traición y de conjura contra la vida de Manuel, siendo encerrado en una prisión de Constantinopla, donde pasó varios años. Tras una serie de extraordinarias aventuras, pudo evadirse por una antigua cloaca abandonada; apresado de nuevo, se le encerró en un calabozo varios años más. Habiendo vuelto a fugarse, Andrónico huyó hacía el norte y halló refugio en Rusia, junto a Laroslav, príncipe de Galitz. La crónica rusa Ipatievskaia Lietopis (“Crónica de Ipatiev”, año 1673) mencionaba en el año 1165: “El hermano del emperador, el señor (Kyr) Andrónico, acudió desde Zarigrad a Iaroslav, príncipe de Galitz habiéndole recibido con gran amor y le dio varias ciudades para que se consolase”.

Según el testimonio de las fuentes, bizantinas, Andrónico encontró en Iaroslav un excelente recibimiento, vivió en su casa, comió y cazó con él y participó en consejo con sus boyardos. Pero la estancia de Andrónico en Rusia pareció peligrosa a Manuel, porque su pariente había entrado ya en relaciones con Hungría, contra la que Bizancio había abierto las hostilidades. Manuel decidió entonces perdonar a Andrónico, el cual recibió de Iaroslav, al partir, las mayores “muestras de honor”.

Andrónico, nombrado duque de Cilicia, no pasó en esta región mucho tiempo. Fue por Antioquía, a Palestina, región que constituyó el escenario de su amor hacia Teodora, pariente de Manuel y viuda del rey de Jerusalén. El emperador, irritado, mandó sacar los ojos a Andrónico, pero éste, advertido a tiempo del peligro que le amenazaba, huyó al extranjero con Teodora. Durante varios años estuvo recorriendo Siria, Mesopotamia y Armenia, e incluso pasó algunos meses en la lejana Iberia (Georgia o Rusia, en el Cáucaso).

Al fin los enviados de Manuel lograron apoderarse de Teodora, a la que Andrónico seguía amando con pasión, y de los hijos que ambos habían tenido. Andrónico, no pudiendo soportar esta pérdida, solicitó el perdón del emperador. Al obtenerlo declaró a Manuel que se arrepentía de su borrascosa vida pasada. Fué nombrado gobernador del Ponto, en el Asia Menor, lo que venía ser una especie de destierro honorífico para tan peligroso pariente. En 1180, al morir Manuel y subir al trono el joven emperador Alejo II, Andrónico contaba sesenta años.

Tal es, a pinceladas generales, la biografía del personaje en quien la población de la capital, irritada por la política latinófila de la emperatriz María de Antioquía y de su favorito Alejo Comneno, puso todas sus esperanzas. Andrónico, haciéndose pasar hábilmente por defensor de los derechos del joven Alejo II, caído en manos de malos ayos, y presentándose como amigo de los romanos”, supo obtener la simpatía y hasta la adoración de los bizantinos, hartos de la Regente. Según expresión de un contemporáneo de Andrónico, Eustacio de Tesalónica, Andrónico “era para la mayoría más querido que Dios mismo”, o al menos se le situaba “inmediatamente después de Dios”. [4] Ya preparados los ánimos en la capital, Andrónico marchó hacia ella.

Al conocerse la aproximación de Andrónico, la masa popular enardecida de la capital dió rienda suelta a su odio contra los latinos, sobre cuyas casas se lanzó la gente con furia, asesinándolos sin distinción de edad ni sexo. El populacho, desenfrenado, no sólo asaltó las casas particulares, sino también las iglesias e instituciones latinas de caridad. En un hospital fueron muertos todos los enfermos que se encontraban en cama. El nuncio del Papa acabó decapitado después de sufrir las mayores humillaciones, y muchos latinos fueron vendidos como esclavos en los mercados turcos. De aquella matanza de latinos en 1182, dice F. I. Uspenski, que, “si no sembró el germen del odio fanático que dividió a Occidente y Oriente, contribuyó a hacerlo crecer”. El todopoderoso favorito fue aprisionado y se le sacaron los ojos. Tras esto, Andrónico entró triunfalmente en la capital. Para consolidar su situación hizo desaparecer sucesivamente a los parientes de Manuel y estrangular a la propia emperatriz María. Después proclamóse coemperador y, tras haber prometido solemnemente al jubiloso pueblo proteger la vida del emperador Alejo, dió, días más tarde, órdenes secretas de hacer estrangular al muchacho. Y en 1183, Andrónico, a los 63 años, se convirtió en emperador absoluto.

Andrónico, llegado al trono con miras de que habremos de ocuparnos más adelante, sólo pudo mantenerse en el poder por un sistema de inaudito terror y crueldad. En los asuntos externos no mostró iniciativa ni energía. La población, se volvió contra él. En 1185 estalló una revolución que elevó al trono a Isaac Ángel. Andrónico no pudo huir y preso y depuesto, hubo de soportar suplicios y humillaciones terribles, que resistió con notable estoicismo. En el curso de los tremendos sufrimientos que le infligieron, sólo repitió varias veces: “¡Señor, ten piedad de mí! ¿Por qué te encarnizas con una caña quebrada?” [5] El nuevo emperador no permitió que se sepultase el cadáver mutilado de Andrónico.

Tal fue el trágico fin de la dinastía de los Comnenos, la última realmente gloriosa que ocupó el trono de Bizancio.

Alejo I Comneno. Relaciones con Occidente.

Según expresión de Ana Comnena, hija del nuevo emperador Alejo I y mujer culta y de buen talento literario, Alejo, al empezar su reinado, “veía su reino en la agonía y a punto de morir”. La situación exterior del Imperio era, en efecto, muy difícil y con el tiempo se volvió cada vez más angustiosa y compleja.

El duque de Apulia, Roberto Guiscardo, después de conquistar las posesiones bizantinas de la Italia meridional, concibió planes de mayor extensión. Deseoso de alcanzar el mismo corazón de Bizancio, llevó la guerra a la orilla balcánica del Adriático y, dejando el gobierno de Apulia a su hijo Roger, partió con Boemundo, su hijo menor, que más tarde debía distinguirse en la primera Cruzada. Los normandos, empleando una flota numerosa, abrieron las hostilidades contra Alejo, con el fin primordial de apoderarse de Dyrrachium, en Iliria [6] . Dyrrachium, ciudad principal del tema de su nombre, creado por Basilio II Bulgaróctonos, estaba sólidamente fortificada y podía con razón estimarse como la llave del Imperio en Occidente. En Dyrrachium comenzaba la célebre vía Egnatia, construida en la época romana y que conducía a Tesalónica, continuando hacia el este en dirección de Constantinopla. Era, pues, perfectamente natural que Roberto hubiese vuelto sus miradas hacia ese punto. Con expresión de Hopf, aquella expedición “fue el preludio de las Cruzadas y la preparación (Vorbereitung) de la dominación franca en Grecia”.

Alejo, comprendiendo que no podía resistir con sus fuerzas al peligro normando, pidió socorro a Occidente, dirigiéndose a Enrique IV, emperador germánico, y a varios personajes y Estados más. Pero Enrique, que luchaba con dificultades en su propio Imperio y proseguía su lucha con el Papa Gregorio VII, no pudo apoyar al emperador bizantino. En cambio, Venecia, examinando sus propios intereses, resolvió favorecer a Bizancio. Alejo, que tenía una flota insuficiente, ofreció a Venecia, a cambio de sus naves, privilegios mercantiles de que hablaremos más extensamente después. Venecia temía que los normandos se adueñasen de los caminos comerciales que conducían, por Constantinopla, al Oriente, caminos que los venecianos esperaban obtener con el tiempo para sí mismos. Otro peligra inmediato amenazaba a Venecia. Los normandos habíanse apoderado de las islas Jónicas, entre ellas Cefalonia y Corfú, y podían cerrar la entrada del Adriático a la flota veneciana.

Después de someter Corfú, los normandos sitiaron Dyrrachium por tierra y mar. Las naves venecianas levantaron el asedio marítimo, más el ejército de tierra, mandado por Alejo y compuesto de eslavos, turcos, varegos y elementos de otras nacionalidades sufrió un grave revés. A primeros de 1082, Dyrrachium abrió sus puertas a Roberto. Pero la insurrección sobrevenida en Italia del sur forzó a Guiscardo a dejar la Península balcánica, donde Boemundo, tras algunos éxitos parciales, fue vencido en definitiva. Otra campaña de Roberto contra Bizancio desembocó en un nuevo fracaso. Su ejército fue azotado por una epidemia que costó la vida al propio Roberto en 1085, en la isla de Cefalonia. El nombre de Guiscardo, que llevan una cala y una aldea en el extremo norte de la isla, recuerdan aun aquél suceso (el Portus Wiscardi de la Edad Media debió su calificativo al nombre de Roberto Guiscardo). Con la muerte de Roberto concluyó el ataque normando a los bizantinos y Dyrrachium pudo volver a manos griegas. [7]

La política ofensiva de Guiscardo en la Península balcánica había fracasado. En cambio la cuestión de las posesiones bizantinas en la Italia meridional quedó definitivamente resuelta en su tiempo. En primer lugar, Roberto consiguió reunir los diferentes condados que fundaran sus compatriotas, integrandolos en el ducado de Apulia, que en vida de su creador conoció un período brillante. La decadencia de aquél ducado, iniciada a la muerte de Roberto, persistió durante medio siglo, hasta que la fundación del reino de Sicilia inauguró una nueva era en la historia de los normandos en Italia. En todo caso, Roberto Guiscardo, según el historiador Chalandon, “abrió a la ambición de sus descendientes una nueva vía. Desde entonces los normandos miraron a Oriente, y en Oriente, y a expensas del Imperio griego, pensó Boemundo crearse un principado para sí, doce años después”.

Venecia, a cambio de la ayuda de su flota, recibió de Alejo extensos privilegios mercantiles, que aseguraron a la República de San Marcos una situación excepcional en Oriente. Además de ricos regalos ofrecidos a las iglesias venecianas, y de los títulos honoríficos y remunerativos concedidos al patriarca y dux de Venecia y a sus sucesores, un decreto imperial de Alejo, o “crisóbula” (llamábanse así los decretos garantizados por el sello de oro del emperador), concedía (1082) derecho a los mercaderes venecianos para comprar y vender en todo el territorio del Imperio, eximiéndolos de toda tarifa aduanera, marítima o relativa al comercio. Los aduaneros bizantinos no podían intervenir en el tráfico veneciano. En la propia capital, los venecianos obtuvieron una zona con numerosos almacenes y tiendas, y tres puntos de escala en el puerto (maritima tres scalas), donde las naves venecianas podían cargar y descargar libremente sus mercancías [8] .

La crisóbula de Alejo contiene una curiosa lista de los lugares de más importancia comercial tanto en el interior como en el litoral del Imperio, que se abrieron a Venecia en el Asia Menor, en la Península balcánica, en Grecia, en el Archipiélago y hasta en Constantinopla, que en ese documento se denomina Megalopolis (“la Ciudad Grande”). Los privilegios obtenidos daban a los mercaderes venecianos una situación más ventajosa que a los propios bizantinos.

Así quedaba, con la crisóbula de Alejo, sólidamente fundada la potencia colonial de Venecia en Oriente, creando condiciones tan favorables para la preponderancia económica de Venecia en Bizancio, que parecía imposible que surgiesen competidores en mucho tiempo. Pero la misma excepcionalidad de semejantes privilegios debía, en el transcurso de los años, ser causa de conflictos políticos entre la República de San Marcos y el Imperio.

La lucha del Imperio contra los turcos y los pechenegos hasta la Primera Cruzada.

El peligro turco en Oriente y al norte —peligro debido, respectivamente, a selyúcidas y pechenegos— era muy amenazador ya bajo los predecesores de Alejo Comneno, pero tórnose aun más agudo bajo el reinado de este monarca. Si bien la victoria sobre los normandos y la muerte de Roberto permitieron a Alejo ocupar de nuevo los territorios bizantinos del oeste de los Balcanes, hasta el Adriático, en cambio, en otras fronteras el Imperio disminuyó considerablemente a consecuencia de los ataques de turcos y pechenegos. Ana Comnena escribe, no sin alguna exageración, que “en aquella frontera el Imperio romano tuvo por fronteras, al este el cercano Bósforo y al oeste Adrianópolis”.

No obstante, parecía que en el Asia Menor, casi enteramente conquistada por los selyúcidas, las circunstancias estaban en vías de volverse favorables al Imperio, ya que los emires o gobernadores turcos del Asia Menor se disputaban el poder, lo que motivó un debilitamiento del potencial turco y la creación de un estado de anarquía en el país. Pero las invasiones de los pechenegos por el norte impidieron al emperador aprovechar las discordias internas de los turcos.

Éstos hallaron aliados contra Bizancio en el Imperio mismo, entre los paulicianos que moraban en la Península balcánica. Tratábase de una secta religiosa oriental “dualista”, que formaba una de las principales ramas maniqueas. Creada en el siglo III por Paulo de Samosata, había sido reorganizada en el siglo VII.

Al principio los paulicianos habitaban la frontera oriental, es decir, el Asia Menor, y como eran también excelentes soldados, crearon muchas dificultades al gobierno bizantino. Sabido es que uno de los métodos predilectos de éste consistía en el traslado de poblaciones de una región a otra. Tal se hizo con los eslavos, llevados al Asia Menor, y con los armenios, conducidos a los Balcanes. Igual suerte sufrieron los paulicianos, quienes en el siglo VIII, reinando Constantino V Coprónimo, fueron trasladados en gran número desde la frontera oriental a Tracia. Lo mismo sucedió en el siglo X bajo Juan Tzimíscés. La ciudad de Filipópolis (Piovdiv, Bulgaria), se convirtió en centro de los paulicianos. Tzimiscés, al instalarlos allí, había alejado a aquellos obstinados sectarios de sus ciudades de origen y de las fortalezas de la frontera oriental, donde era difícil combatirlos, y, además, contaba que los paulicianos opusieran un serio baluarte a las invasiones de los bárbaros nórdicos, o “escitas”. En el siglo X el paulicianismo se extendió por Bulgaria merced a la actividad del regenerador de la doctrina, el pope Bogomil (los escritores bizantinos llamaron bogomilas a los secuaces de Bogomil). Más tarde el bogomilismo se extendió a Servia y Bosnia y posteriormente a la Europa occidental, donde los adeptos de la doctrina dualista llevaron nombres diferentes: patarinos en Italia, cátaros en Alemania y en Italia, pablicanos (o paulinianos) y albigoneses en Francia, etc.

Las esperanzas del gobierno bizantino respecto a la secta quedaron chasqueadas. No se había esperado una difusión tan extensa y rápida de aquella herejía. Además, el bogomilismo se convirtió en expresión de la oposición nacional de los eslavos a la política despótica de Bizancio, sobre todo en las regiones búlgaras conquistadas por Basilio II. Así, los paulicianos, en vez de defender las fronteras, llamaron a los pechenegos para pelear juntos contra Bizancio. A los pechenegos se unieron los kumanos (polovtses).

La lucha contra los pechenegos fue dificilísima para Bizancio, a pesar de algunos momentáneos triunfos. A fines de la novena década, Alejo Comnineno sufrió en Dristra (Durostolus, Silistria, Danubio inferior) una derrota terrible, y sólo a duras penas logró evitar ser hecho prisionero. Las disputas surgidas entre pechenegos y kumanos sobre el reparto del botín impidieron a los primeros aprovecharse por completo de su victoria.

Tras una corta tregua con los pechenegos, Bizancio atravesó una crisis tremenda (1090—1091). Los pechenegos, invadiendo el Imperio otra vez, llegaron, entre encarnizados combates, a las puertas de Constantinopla. Ana Comnena relata que el día del aniversario del mártir Teodoro Tirón, los constantinopolítanos, que solían visitar en gran número la iglesia del mártir, en las afueras de la ciudad, no pudieron cumplir aquella ceremonia en 1091, ya que era imposible abrir las puertas de la ciudad cuando los pechenegos acampaban al pie de los muros.

La situación del Imperio se agravó más aun cuando la capital fue amenazada al sur por el pirata turco Tzachas. Éste había pasado su juventud en Constantinopla, en la corte de Nicéforo Botaniates, obteniendo un elevado título bizantino. Al llegar al trono Alejo Comneno, Tzachas huyó al Asia Menor. Tras adueñarse de Esmirna y otras ciudades del litoral Egeo y del Archipiélago, mediante la flota que había creado, Tzachas concibió un vasto plan: alcanzar Constantinopla por el mar, aislándola de los países que la aprovisionaban. Para dar más eficacia a su propósito estratégico, pactó con los pechenegos y con los selyúcidas del Asia Menor. Seguro del éxito de su empresa, Tzachas asumió de antemano el título de basileo, se revistió los distintivos de su dignidad y soñó con hacer de Constantinopla el centro de su Imperio. Los pechenegos eran turcos, como los selyúcidas, habiendo llegado a reparar en su parentesco racial merced, a las relaciones que tuvieron en las guerras anteriores. Bizancio halló en Tzachas un enemigo que, según V. G. Vasilievski, “juntaba al valor audaz del bárbaro la firmeza de la cultura bizantina y el conocimiento perfecto de todas las relaciones políticas de la Europa oriental contemporánea. Quería generar en vida un movimiento turco general capaz de dar un fin preciso e inteligente y un plan armónico de acción a los movimientos y pillajes no coordinados de los pechenegos”.

La situación de la capital se hizo crítica. Al parecer iba a fundarse un Estado turco selyúcida—pechenego sobre las ruinas del Imperio bizantino. “El Imperio bizantino —dice el autor citado—, estaba sumergido por la invasión turca”. Otro bizantinólogo ruso, F. I. Uspenski, escribe: “La situación de Alejo Comneno, en el invierno de 1090—91 no puede compararse sino a la de los últimos años del Imperio, en el momento en que los turcos osmanlíes cercaron por todas partes Constantinopla, aislándola de todas sus relaciones exteriores”.

Alejo comprendió la gravedad de la situación y, ateniéndose a las reglas ordinarias de la diplomacia bizantina, que consistía en enemistar a los bárbaros entre sí, se dirigió a los kanes polovtzianos, aquellos “aliados de la desesperación”, rogándoles que lo ayudasen contra los pechenegos. Los salvajes y terribles kanes polovtzianos Tugor—Kan y Boniak fueron invitados a ir a Constantinopla, donde recibieron una cálida bienvenida y fueron magníficamente tratados. El emperador solicitó humildemente al apoyo de los bárbaros, que se mostraron harto familiares con él. Pero de todos modos, los polovtzianos cumplieron las promesas hechas. El 29 de abril de 1091 se libró una sangrienta batalla, en la que probablemente intervinieron rusos también. Los pechenegos fueron deshechos e irremisiblemente aniquilados. Ana Comnena escribe al respecto: “Púdose ver un espectáculo extraordinario: un pueblo que no se contaba por decenas de millares, sino que rebasaba todo cálculo, pereció enteramente, con sus mujeres e hijos, en un solo día”. La batalla dejó huellas en una canción bizantina de entonces: “Los escitas (así llamaba Ana Comnena a los pechenegos) han dejado de ver mayo por un día”. [9]

Con su intervención en favor de Bizancio, los polovtzíanos prestaron un notable servicio a la Cristiandad. Vasilievski dice: “Boniak y Tugor—Kan deben justamente ser considerados como salvadores del Imperio bizantino”. Alejo volvió en triunfo a la capital. Sólo una minúscula parte de los prisioneros pechenegos escapó a la matanza. Aquellos vestigios de tan terrible horda fueron trasladados a la región del Vardar y más tarde ingresaron, formando una especie de cuerpo especial, en el ejército bizantino. Los pechenegos que pudieron salvarse merced a la fuga estaban tan debilitados que en treinta años no emprendieron contra Bizancio cosa alguna.

Tzachas, después de causar indecible pavor en Bizancio, no pudo acudir con su flota en socorro de los pechenegos y perdió parte de sus conquistas en las batallas que entabló contra las fuerzas marítimas griegas. Más adelante el emperador supo ganar a su causa al sultán de Nicea, quien, invitando a Tzachas a un festín, le asesinó con sus propias manos. Después concluyó un tratado con Alejo. Así se desenlazó, en ventaja de Bizancio, la crisis de 1091, y el año siguiente transcurrió en condiciones muy diversas para el Imperio.

En los terribles días de 1091, Alejo, además de a los bárbaros, había apelado a los latinos de Occidente. El emperador “envió a Occidente mensajes pidiendo mercenarios por doquier”.

Los historiadores citan al propósito la célebre carta dirigida por Alejo a su viejo amigo el conde Roberto de Flandes, que algunos años atrás, volviendo de Tierra Santa, había pasado por Constantinopla. En su carta el emperador pinta la desesperada situación del “muy sacro Imperio de los cristianos griegos, oprimido muy de cerca por pechenegos y turcos”; habla de las muertes y humillaciones sufridas por los cristianos, niños, adolescentes, mujeres y vírgenes, y cuenta que casi todo el territorio imperial está ocupado por el enemigo. “No nos queda casi más que Constantinopla, y los enemigos amenazan tomarla muy pronto, si no nos acude un pronto socorro de Dios y de los fieles cristianos latinos”. El emperador “corre ante turcos y pechenegos” de una ciudad a otra y prefiere poner Constantinopla en manos de los latinos antes que en las de los paganos. Para acrecer el celo de los latinos, la misiva enumera muchas santas reliquias existentes en la ciudad y recuerda las innumerables riquezas y joyas existentes allí. “Así, obrad con todo vuestro pueblo; trabajad con todas vuestras fuerzas para que tales tesoros no caigan en manos de turcos y pechenegos... Obrad mientras sea tiempo aun, para que el Imperio cristiano y, lo que es más importante, la tumba de Cristo, no se pierdan para vos, y a fin de que podáis incurrir, no en el reproche, sino en la recompensa celeste. Amén”. [10]

Vasilievski, que data esa carta en 1091, escribe: “En 1091 llegaba desde las orillas del Bosforo a la Europa occidental un verdadero grito de desesperación, la llamada de un hombre que se ahoga y no distingue ya si es una mano amistosa u hostil la que se le tiende. El emperador bizantino no titubeó, en aquellas circunstancias, en descubrir a los ojos del extranjero todo el abismo de vergüenza, deshonor y humillación en que se había sumido el Imperio de los griegos cristianos”.

Ese documento, que pintaba en colores tan vivos la situación crítica de Bizancio en 1091, ha motivado una serie de obras. La causa es que no ha llegado a nosotros sino en su traducción latina. Las opiniones de los sabios se dividen: mientras unos, y entre ellos los eruditos rusos (V. G. Vasilievski y F. I. Uspenski), la consideran auténtica, otros, como el francés Riant, la juzgan apócrifa. Los historiadores contemporáneos se inclinan, con algunas reservas, a juzgar auténtico el documento, y creen en la existencia de un original no llegado a nosotros y dirigido por Alejo a Roberto de Flandes. El historiador francés Chalandon opina que parte de la carta fue compuesta con ayuda del original, pero que el mensaje latino que conocemos fue redactado por algún occidental para estimular el celo de los cruzados poco antes de la primera Cruzada, para estimular el instigamiento (excitatorum). [11] El alemán Hagenmeyer, que ha estudiado especialmente y publicado ese mensaje, se inclina, en lo esencial, a la opinión de Vasilievski.

Por su parte, B. Leib asegura (en 1924), que esta carta no es sino “una amplificación hecha poco después del concilio de Clermont e inspirada sin duda en el mensaje auténtico que el emperador enviara a Roberto para recordarle los refuerzos prometidos”. [12] En 1928, Bréhier escribe: “Es posible, según la hipótesis de Chalandon, que, una vez de vuelta en Flandes, Roberto olvidara su promesa. Entonces Alejo debió de enviarle una embajada y una carta, pero de cierto muy distinta al texto que nos ha llegado. En cuanto a ese documento apócrifo, debió de ser compuesto, quizá con ayuda de la carta auténtica, en el momento del sitio de Antioquía, en 1098, para pedir refuerzos a Occidente. La carta de Alejo no tiene, pues, nada que ver con los orígenes de la Cruzada”. [13]

Recordemos, finalmente, que, en su historia de la primera Cruzada, Sybel consideraba la carta de Alejo a Roberto de Flandes como un documento oficial relativo a dicha Cruzada.

Nos hemos extendido tanto sobre la cuestión de esa carta porque a ella se vincula en parte un grave problema: si el emperador llamó o no a Occidente en su socorro. [14] En todo caso, fundándonos en la indicación de la contemporánea Ana Comnena, que afirma que Alejo envió cartas a Occidente, podemos admitir que, quizá, remitió una al conde de Flandes y considerar probable que ese mensaje sirviera de fundamento al más recargado texto latino que conocemos. Según toda probabilidad, esa misiva fue enviada por Alejo en 1091, año tan crítico para Bizancio. [15] También es muy probable que en 1088—1089 se enviara un mensaje a Zvonímiro, rey croata, pidiéndole que se pusiera al lado de Alejo en la lucha “contra los paganos e infieles”.

Los éxitos obtenidos sobre los enemigos exteriores aumentaron con otros sobre los internos. Los conspiradores y pretendientes que querían aprovechar la difícil situación del Imperio fueron descubiertos y castigados.

Además de los pueblos ya mencionados, otros dos comenzaban, antes incluso de la primera Cruzada, a desempeñar cierto papel en tiempos de Alejo Comneno: los servios y los magiares o húngaros. En la segunda mitad del siglo XI, Servia se convirtió en independiente, lo que de hecho se expresó al asumir el príncipe servio el título regio (Kral). El primer reino servio tuvo por capital a Scodra (Skadar o Escutari). Los servios lucharon al lado de Alejo en la guerra contra los normandos y le abandonaron en el momento crítico. Al volver Dyrrachium a la corona imperial se abrieron las hostilidades entre Servia y Bizancio. Pero la lucha no podía ser muy feliz para el Imperio, por las circunstancias difíciles que éste atravesaba. Poco antes de la Cruzada se ultimó la paz entre el emperador y los servios.

Las relaciones del Imperio con Hungría (Ugria), la cual había participado en las guerras búlgaro—bizantinas del siglo X, bajo el reinado de Simeón, se hicieron muy tirantes en la época de Alejo Comneno. A fines del siglo XI, la Hungría continental, bajo los soberanos de la dinastía de Arpad, empezó a extenderse hacia el sur y el mar, acercándose a las costas de Dalmacia, lo que descontentó a Venecia y a Bizancio.

De modo que la política extranjera del Imperio poco ants de la primera Cruzada tendió a ensancharse, se complicó y hallóse ante nuevos problemas.

No obstante, hacía 1095, Alejo, libre de los numerosos peligros que amenazaran a Bizancio, parecía haber preparado una etapa de tranquilidad para el Imperio, y pudo consagrarse, poco a poco, a preparar la lucha contra los selyúcidas orientales. Con esa intención, el emperador emprendió una serie de estrategias defensivas.

En ese momento supo Alejo Comneno que algunos destacamentos de cruzados se acercaban a las fronteras del Imperio bizantino. Empezaba la Primera Cruzada, que modificó los proyectos de Alejo, orientándole, así como a su Imperio, por nuevos caminos que al final debían manifestarse desastrosos para Bizancio.

Bizancio y la Primera Cruzada.

La época de las Cruzadas es una de las más importantes de la historia universal, sobre todo desde el punto de vista de la historia económica y de la civilización en general. Durante mucho tiempo, el problema religioso ha relegado a segundo plano los otros aspectos de ese diverso y complejo movimiento. El primer país que se dio plena cuenta de la importancia de las Cruzadas fue Francia. En 1806 la Academia Francesa creó un premio destinado a la mejor obra sobre el siguiente tema: “Influencia de las Cruzadas sobre la libertad civil de las naciones europeas, su civilización y los progresos de la ciencia, el comercio y la industria”. Desde luego a primeros del siglo XIX era prematuro querer tratar a fondo un problema tan incierto aun. Pero sólo desde entonces dejó de hablarse de la época de las Cruzadas desde un punto de vista exclusivamente religioso. La Academia Francesa galardonó dos obras en 1808. Una era de un alemán, Heeren, y se publicó simultáneamente en francés y alemán, bajo el título de Ensayo sobre la influencia de las Cruzadas en Europa. La otra se debía a un francés, Choiseul—Daillecourt. Esta última se denominaba Influencia de las Cruzadas sobre el estado de las naciones europeas. Juzgando con nuestro criterio moderno, ambos libros están anticuados, pero no les falta interés, sobre todo al primero.

En verdad, las Cruzadas son el episodio capital de la lucha de dos religiones universales, cristianismo e islamismo, lucha iniciada el siglo VII Pero las causas religiosas del movimiento no fueron las únicas que lo motivaron. Ya en la primera Cruzada, la que refleja más por entero los “ideales” del movimiento —la liberación de Tierra Santa de manos de los infieles— advertimos intereses terrenos y profanos. Kugler dice: “Había en la Cruzada dos partidos: el de las personas piadosas y el de los políticos”. Chalandon, citando esa frase de Kugler, la califica de perfectamente exacta. Cuanto más nos adentramos en el conocimiento de las condiciones interiores de la vida de la Europa occidental en el siglo XI, cuanto más estudiamos, sobre todo, el desarrollo de las ciudades italianas de aquella época, más llegamos a la convicción de que los motivos económicos influyeron radicalmente en la preparación y ejecución de la primera Cruzada. A cada nueva Cruzada, la corriente profana se hacía más clara y fuerte, terminando por lograr una victoria completa sobre los ideales primitivos en 1204, cuando los Cruzados tomaron Constantinopla y fundaron el Imperio latino.

Bizancio cumplió papel tan importante en aquél período, que es absolutamente indispensable estudiar el Imperio de Oriente si se quiere comprender de manera plena y entera el origen y desarrollo de las Cruzadas. Además, conviene observar que la mayoría de los que han estudiado las Cruzadas lo han hecho tratando el problema desde un punto de examen puramente “occidental”, tendiendo a convertir el Imperio griego en “cabeza de turco a quien cargar todas las faltas de los Cruzados”. [16]

Los árabes, desde su primera aparición en el escenario de la historia universal, hacia 630, habían conquistado con fulminante rapidez Siria, Palestina, Mesopotamia, las regiones orientales del Asia Menor, los países vecinos del Cáucaso, Egipto, el litoral de África del Norte y muy gran parte de España. En la segunda mitad del siglo VII y a comienzos del VIII asediaron dos veces Constantinopla, de donde fueron rechazados, no sin dificultad, merced a la energía y talento de Constantino II y de León III el Isáurico. En el 732, los árabes, que habían invadido la Galia por los Pirineos, fueron detenidos en Poitiers por Carlos Martel. En el siglo IX conquistaron Creta y a principios del X ocuparon Sicilia y la mayor parte de las posesiones bizantinas del sur de Italia. Estas conquistas árabes ejercieron una acción importantísima sobre la situación política y económica de Europa. La centelleante ofensiva de los árabes “cambió la faz del mundo”, con frase de H. Pirenne. “Su repentina invasión trastornó la antigua Europa. Puso fin a la unión mediterránea que le daba su fuerza... El Mediterráneo había sido un lago romano. En su mayor parte se convirtió en un lago musulmán”. [17]

Pero no debe aceptarse esta afirmación sin algunas reservas. Las relaciones mercantiles no Césaron del todo entre la Europa occidental y los países orientales conquistados por los musulmanes. Mercaderes y peregrinos continuaron recorriendo el mundo y los productos exóticos de Oriente siguieron llegando a Europa, como, por ejemplo, llegaban a Galia. [18]

El islamismo primitivo se distinguía por su notable tolerancia. En las regiones conquistadas a los cristianos, los árabes dejaban subsistir !a mayoría de las iglesias y oficios religiosos y nunca pusieron obstáculos a la beneficencia cristiana. En la época de Carlomagno, a principios del siglo IX, había en Palestina hospicios y hospitales para los peregrinos, se construían conventos y templos y se restauraban otros. El mismo Carlomagno envió a ese efecto a Palestina abundantes limosnas. Se organizaban bibliotecas en las iglesias y los peregrinos visitaban los Santos Lugares sin ser molestados en nada.

Ciertos historiadores, considerando las relaciones existentes entre Palestina y el Imperio franco de Carlomagno, y también cierto intercambio de embajadas que hubo entre el emperador de Occidente y Harun—Al—Raschid, han llegado a la conclusión de que debía de haber, bajo Carlomagno, una especie de protectorado franco en Palestina, protectorado no ejercido, desde luego, sino en lo que afectaba a lo religioso, dejando intacta la autoridad política del califa. [19] En cambio, un grupo de historiadores afirma que ese protectorado no existió y constituye “un mito análogo a la leyenda de la Cruzada de Carlomagno a Tierra Santa”. El título de uno de los trabajos más recientes sobre esa cuestión, es precisamente: La leyenda del protectorado de Carlomagno sobre Tierra Santa.

No nos pararemos a discutir el sentido de la palabra “protectorado franco” que, como otros términos, es harto convencional y vago. A nuestro juicio lo importante es que desde comienzos del siglo IX el Imperio franco tuvo muy importantes intereses en Palestina, hecho de extrema trascendencia en el desarrollo ulterior de las relaciones internacionales que precedieron a las Cruzadas. En el siglo X se produjeron casos aislados de ataques a cristianos y peregrinos, ataques casi siempre sin causa religiosa. Pero semejantes hechos eran accidentales y momentáneos.

En la segunda mitad del siglo X, las brillantes victorias obtenidas por los bizantinos, bajo Nicéforo Focas y Juan Tzimiecés, sobre los árabes de Oriente, hicieron de Alepo y Antioquía Estados vasallos del Imperio. A continuación es probable que el ejército de Bizancio entrara en Palestina. Tales victorias repercutieron en Jerusalén y el historiador francés Bréhier cree posible hablar de un protectorado bizantino sobre Tierra Santa, protectorado que habría substituido al franco.

La ocupación de Palestina por la dinastía egipcia de los fatimítas, en la segunda mitad del siglo X (969), no parece que introdujera modificaciones desfavorables para los cristianos de Oriente ni para los peregrinos. Pero en el siglo XI cambiaron las circunstancias. El califa fatimíta Alhakem, aquél loco “Nerón egipcio”, abrió crueles persecuciones contra los cristianos y judíos en toda la extensión del Imperio que regía. En 1009 hizo destruir la iglesia de la Resurrección y el Gólgota, en Jerusalén. Sólo frenó su rabia destructora por temor a represalias sobre las mezquitas construidas en tierra cristiana.

Bréhier, en su tesis de un protectorado bizantino sobre Tierra Santa, se apoya en un historiador árabe del siglo XI Yahía, de Antioquía. Éste relata que en 1012 un jefe beduino se levantó contra el califa Alhakem, se apoderó de Siria, obligó a los cristianos a restablecer la iglesia de la Resurrección, nombró patriarca de Jerusalén a un obispo elegido por él, “le ayudó a reconstruir la iglesia de la Resurrección y restauró muchos lugares en la medida de lo posible”. Rosen, interpretando ese texto, observa que el beduino obró así “probablemente para ganarse las buenas gracias del emperador griego”. Bréhier se funda en Rosen al aplicar su hipótesis al texto de Yahía. En tales condiciones, encontramos imposible afirmar el buen fundamento de la teoría de Bréhier con tanta certeza como su autor.

De todos modos aquél no era sino el principio de la restauración de los Santos Lugares. A la muerte de Alhakem (1021) se inauguró una era de tolerancia con los cristianos. Se convino un acuerdo entre Bizancio y los fatimitas, y los emperadores pudieron reconstruir la iglesia de la Resurrección. Los trabajos concluyeron a mediados del siglo XI, reinando Constantino Monómaco. El barrio cristiano quedó rodeado de una recia muralla. Los peregrinos obtuvieron de nuevo libre acceso a Tierra Santa. Las fuentes indican, entre otros personajes célebres, a Roberto el Diablo, duque de Normandía, que murió en Nicea, de regreso de Palestina, en 1035. Acaso hacia la misma época, sobre 1030, llegase a Jerusalén el célebre Haraldo Hardrada.

Pero pronto se reanudaron las vejaciones contra los cristianos. En 1056 fue cerrado el Santo Sepulcro y se expulsó de Jerusalén a más de 300 cristianos.

A lo que parece, la iglesia de la Resurrección fue restaurada con toda la oportuna magnificencia, como se desprende, por ejemplo, del testimonio de un peregrino ruso, el higúmeno Daniel, que visitó Palestina a comienzos del siglo XII, es decir, al principio de la fundación del reino de Jerusalén, establecido en 1099, después de la primera Cruzada. Daniel enumera las columnas de la iglesia, habla de un pavimento ornado de mármoles, nos informa de la existencia de diez puertas y da interesantes detalles sobre los mosaicos. Hallamos en él noticias sobre varias iglesias y objetos sacros, así como sobre lugares santos de Palestina mencionados en el Nuevo Testamento.

Según palabras de Daniel y también de su contemporáneo el peregrino anglosajón Saewulf, los “sarracenos eran belicosos, porque se ocultaban en montes y cavernas y a veces atacaban de improviso, para robarles, a los peregrinos que pasaban por los caminos”.

La tolerancia musulmana con los cristianos se manifestaba de igual modo en Occidente. Cuando, a fines del siglo XI, los españoles reconquistaron Toledo, hallaron, con gran extrañeza, iglesias cristianas en la ciudad. Aquellas iglesias habían subsistido intactas y los Oficios se celebraban en ellas regularmente. Hacia la expiración del mismo siglo, al conquistar Sicilia los normandos, encontraron allí muchos cristianos que practicaban con libertad su religión, aunque la dominación árabe se remontaba a doscientos años ya. Por eso impresionó dolorosamente al Occidente cristiano la destrucción de la iglesia de la Resurrección y del Gólgota en 1009. Otro acontecimiento grave en semejante sentido se produjo en la segunda mitad del siglo XI. Ya sabemos que los turcos selyúcidas, al adquirir poder en el siglo X, fundaron, algunos años después de la derrota causada a los bizantinos en Mantzikicrt (1071), el sultanado de Rum o Iconio, en Asia Menor, extendiéndose en todas direcciones. El general turco Atzig marchó sobre Palestina y se adueñó de Jerusalén. A poco la ciudad se sublevó y Atzig hubo de cercarla de nuevo. Al recuperar los turcos Jerusalén, causaron en ella terribles depredaciones. A continuación tomaron Antioquía. en Siria, se establecieron en Nicea, en Cízico y en Esmirna (Asia Menor), mientras en el Egeo ocupaban las islas de Quío, Lesbos, Samos y Rodas. La situación de los peregrinos europeos que iban a Jerusalén y a otros lugares, empeoró. Aun admitiendo que las vejaciones y persecuciones infligidas por los turcos a los cristianos hayan sido exageradas por muchos historiadores, parece difícil adherirse a la opinión de W. Ramsay, quien habla de la blandura de los turcos con los cristianos y escribe: “Los sultanes selyúcidas gobernaron con dulzura y tolerancia. Los mismos historiadores bizantinos, tan parciales, hacen algunas alusiones a la predilección varias veces manifestada hacia los turcos por los cristianos, quienes a menudo preferían el gobierno de los sultanes al yugo de los emperadores. Los cristianos sometidos al yugo selyúcida fueron más felices que los de Bizancio, y los más miserables de todos fueron los bizantinos de las fronteras, expuestos a continuas invasiones. En cuanto a persecución religiosa, no hay traza de ella en el período selyúcida”. [20]

De manera que la destrucción del templo de la Resurrección en 1009 y la toma de Jerusalén por los turcos en la octava década del siglo XI fueron los dos hechos esenciales que obraron profundamente sobre los sentimientos religiosos de las masas en la Europa occidental, suscitando en ellas un potente impulso de entusiasmo religioso. Muchos europeos comprendieron que si Bizancio caía bajo el ataque turco, todo el Occidente cristiano corría grandísimo peligro. Un historiador francés dice al propósito: “Después de tantos siglos de terror y devastación, ¿iba el mundo mediterráneo a sucumbir de nuevo al asalto de los bárbaros? Tal era la angustiosa pregunta que se planteó hacia 1075. La Europa occidental, lentamente reconstituida en el curso del siglo XI, se encargó de responder. Al ataque en masa de los turcos contestó con la primera Cruzada”. Pero los emperadores bizantinos comprendieron mejor que nadie la inminencia del peligro dimanado del creciente poderío del poder de los turcos. A partir de la derrota de Mantzikiert reconocieron que no podían defenderse solos contra el ímpetu arrollador de los selyúcidas. Volvieron, pues, las miradas a Occidente, y sobre todo al Papa, quien, como jefe espiritual de la Europa de Occidente, podía, con su influjo, obligar a los pueblos occidentales a socorrer a Bizancio según sus fuerzas. A veces, como ya vimos en el caso de la carta de Alejo Comneno a Roberto de Flandes, los emperadores también se dirigían individualmente a los príncipes seglares de Occidente. Pero Alejo pensaba sólo en tropas auxiliares y no en ejércitos poderosos y bien organizados.

Los papas acogieron muy favorablemente las demandas de los basileos orientales. Aparte el aspecto puramente ideal —la ayuda a Bizancio y a la vez al mundo cristiano, y la liberación de los Santos Lugares—, los papas, como era natural, miraban también los intereses de la Iglesia católica, ya que, en caso de triunfar la empresa, los pontífices debían esperar ver acrecida su influencia en Oriente y acaso lograr volver la Iglesia oriental al seno de la católica. Los papas no podían olvidar el cisma religioso del 1084. La idea que los emperadores bizantinos albergaron al principio —no recibir de Occidente sino destacamentos auxiliares de mercenarios—, se modificó fuera de Bizancio progresivamente, en gran parte merced a la predicación pontifical, y así se llegó a la idea de una Cruzada de la Europa occidental en Oriente, es decir, de un movimiento de masas de los pueblos occidentales dirigidos por sus soberanos y al mando de jefes militares distinguidos.

En la segunda mitad del siglo XIX los eruditos creían aún que la primera idea de Cruzada había sido emitida y la primera exhortación lanzada a fines del siglo X por el célebre Gerberto, más tarde Papa con el nombre de Silvestre II. Pero hoy los mejores especialistas de la cuestión —el francés Havet y el ruso N. Bubnov—, ven en la epístola de “la iglesia de Jerusalén, arruinada, a la Iglesia universal” —escrito que se halla en la colección de cartas de Gerberto y donde la iglesia de Jerusalén se dirige a la universal pidiendo ayuda a su munificencia—, por una parte un documento auténtico de Gerberto, escrito por éste antes de ser Papa (en lo que contradicen a los sabios que juzgan ese mensaje una falsificación posterior), y por otra, no un proyecto de Cruzada, sino una simple carta circular dirigida a los fieles estimulándoles a enviar limosnas para lo conservación de los establecimientos cristianos de Jerusalén. [21] A fines del siglo X., además, la situación de los cristianos en Palestina no era tan grave que pudiese motivar una Cruzada.

Ya antes de la época de los Comnenos, el emperador Miguel VIII Ducas, ante la inminencia del peligro selyúcida y pechenega, había dirigido una carta al Papa Gregorio VII pidiéndole socorro y prometiéndole a cambio la unión de las Iglesias. El Papa envió muchos mensajes sugiriendo a las potencias que enviasen ayuda al amenazado Imperio. En la carta pontificia al duque de Borgoña se lee: “Esperamos que... después de la sumisión de los normandos pasemos a Constantinopla para prestar ayuda a los cristianos que, sufriendo frecuentes “mordeduras” de los sarracenos, nos piden vivamente que les tendamos una mano socorredora”. En otra misiva, Gregorio VII menciona “la suerte miserable de tan gran Imperio”. En su carta a Enrique IV, emperador de Alemania, el Papa escribe: “Gran parte de los cristianos de ultramar está en camino de ser aniquilada por los paganos en una serie de inauditas derrotas. Diariamente son muertos como reses, y la raza cristiana está en vías de ser exterminada!) Pide luego socorro “para que la fe cristiana no perezca definitivamente en nuestra época”. Obedeciendo a la sugestión del Papa, los italianos y otros europeos (ultramontani) preparaban un ejército de más de cincuenta mil hombres que se proponían marchar, dirigidos por el Papa, contra los enemigos de Dios, llegando hasta la tumba de Cristo. “Lo que más me decide todavía a esta resolución, es que la Iglesia de Constantinopla, que está en desacuerdo con nosotros sobre la cuestión del Espíritu Santo, desea un entendimiento con la Iglesia apostólica”. En estos mensajes se advierte que no se trata sólo de una Cruzada para liberar Tierra Santa. Gregorio VII diseña el plan de una expedición a Constantinopla a fin de salvar a Bizancio, piedra fundamental del cristianismo en Oriente. El socorro procurado por el Papa tendría como recompensa la unión de las dos Iglesias, es decir, el retorno de la Iglesia cismática de Oriente al seno de la católica, conduciendo espiritualmente como consecuencia, ambas iglesias. Leyendo esos escritos se recibe la impresión de que se trata más de defender Constantinopla que de reconquistar Tierra Santa, tanto más cuanto que dichos documentos fueron redactados antes de 1078, fecha en que Jerusalén pasó a manos turcas y la situación de los cristianos de Palestina empeoró. Así, cabe suponer que en los proyectos de Gregorio VII la guerra santa contra el islamismo pasaba a segundo plano y que el Papa, al armar al cristianismo occidental para la lucha contra el Oriente musulmán, pensaba, sobre todo, en el Oriente cismático. Esta cismaticidad era para Gregorio VII más terrible que el islamismo. En una carta en que habla de los territorios ocupados por los moros de España, el Papa dice francamente que preferiría dejar esos lugares en manos de los infieles antes que verlos caer en manos de los “hijos insumisos de la Iglesia”. [22] Si han de considerarse las cartas de Gregorio VII como el primer proyecto de Cruzada, debe a la vez notarse el vínculo que hay entre tal proyecto y el cisma de 1054.

Como Miguel VII, Alejo Comneno, bajo el influjo de los terribles sucesos 1091, se dirigió al Occidente pidiendo la ayuda de destacamentos de mercenarios. Pero ya vimos antes que la intervención de los paulianos y la muerte violenta del turco Tzachas apartaron de la capital el inminente peligro que la amenazaba. Por tanto, en 1093 aquellos elementos occidentales de ayuda eran, a juicio de Alejo, inútiles para Bizancio.

Pero el movimiento provocado en Occidente por Gregorio VII había adquirido grandes proporciones, merced sobre todo al activo Urbano II, hombre lleno de fe. Ya no se trataba de los modestos auxiliares pedidos por Alejo Comneno, sino de un movimiento de masas, conducidos por militares organizados y profesionales.

A partir de H. Sybel (1841), la ciencia histórica asigna a las Cruzadas, como causas principales desde el punto de vista occidental los fenómenos siguientes:

1). Es estado de ánimo religioso característico de la Edad Media y fortalecido en el siglo XI merced al movimiento de Cluny. Se notaba, en efecto, en la sociedad, abrumada por la consciencia del pecado, una tendencia clara al ascetismo, a la vida eremítica, a las gestas morales, a las peregrinaciones. La teología y la filosofía se hallaban bajo aquellos influjos. Este estado de ánimo fue el que levantó a las gentes, incitándolas a la reconquista del Santo Sepulcro.

2). El crecimiento del poderío pontifical en el siglo XI, bajo Gregorio VII, cuyas ideas sobre la Cruzada conocemos ya. El Papado veía en las Cruzadas un modo de ensanchar sus horizontes. De triunfar la empresa de que los Papas serían instigadores y jefes espirituales, la influencia papal se extendería sobre nuevos países, y hasta se podría hacer volver a los cismáticos al seno del catolicismo. Las aspiraciones ideales de los Papas, sus esfuerzos para socorrer a los cristianos de Oriente y liberar Tierra Santa, se combinaban así con su deseo de aumentar el poder y la influencia pontificios.

3). Los intereses profanos y laicos desempeñaron también un importante papel en las diferentes clases sociales. La nobleza feudal, los barones y caballeros que participaban en el impulso religioso general, veían a la vez en él una excelente ocasión de satisfacer su ambición y su amor de los combates, así como un medio de aumentar sus recursos. Los campesinos, oprimidos por el peso de las cargas feudales y arrastrados por el sentimiento religioso, veían en la Cruzada una liberación momentánea que les eximía de las abrumadoras obligaciones de feudo, les dispensaba del pago de sus deudas, les garantizaba la seguridad de sus familias y de sus pecados, que serían perdonados por su actuación en la empresa de la liberalización de los Santos Lugares.

No obstante, con posterioridad a Sybel los historiadores han hecho resaltar otros hechos concatenados con el origen de la primera Cruzada.

En el siglo XI eran muy numerosos los peregrinos occidentales a Tierra Santa. A veces los peregrinos hacían el viaje en grupos considerables. Junto a las peregrinaciones individuales existían verdaderas expediciones a Tierra Santa. En 1026—27, setecientos peregrinos encabezados por un abad francés y llevando en sus filas numerosos caballeros normandos, visitaron Palestina. En el mismo año, Guillermo, conde de Angulema, hizo un viaje a Jerusalén en compañía de varios abades del oeste francés y muchos señores. En 1033 hubo en el Santo Sepulcro tanta abundancia de visitantes como no se viera jamás. Pero la peregrinación más famosa fue la de 1064—1065, en que participaron más de siete mil personas (ordinariamente suele decirse más de doce mil). Aquellas multitudes, conducidas por Gunther, obispo de Bamberg, partieron de Alemania, pasaron a Constantinopla, atravesaron el Asia Menor y llegaron a Jerusalén tras numerosas aventuras. Según las fuentes, “de los siete mil partidos volvieron menos de dos mil”, y éstos “muy empobrecidos”. El propio Gunther murió prematuramente y fue “una de las numerosas vidas perdidas en la aventura” [23]

A propósito de esas peregrinaciones pacíficas anteriores a las Cruzadas, se ha formulado la pregunta de si no podría considerarse el siglo XI como un período de transición entre dichas peregrinaciones pacíficas y las expediciones militares de la época de las Cruzadas. Muchos eruditos se han esforzado en probar que, al ocupar Palestina los turcos, los grupos de peregrinos comenzaron a viajar armados para defenderse de posibles agresiones. Pero hoy ha quedado admitido que las más de las peregrinaciones del siglo XI fueron hechas por hombres no armados y por tanto la opinión arriba expresaba es muy discutida. Desde luego, algunos de los caballeros que emprendían la peregrinación iban con armas, pero “aunque algunos de ellos llevasen cota de mallas, no por eso dejaban de ser peregrinos pacíficos” y no cruzados. No obstante, desempeñaron considerable papel en la historia del origen de las Cruzadas, porque informaron al Occidente de Europa de la situación de Tierra Santa, suscitando primero y manteniendo después el interés por ella. Todas las expediciones peregrinativas de que hemos hablado fueron anteriores a la conquista de Palestina por los turcos. Pero estudiando aquellas expediciones en detalle, hallamos que los peregrinos resultaron a veces maltratados por los árabes mucho antes de la ocupación selyúcida, de modo que la teoría según la cual “mientras los árabes ocuparon Jerusalén los peregrinos cristianos de Europa no fueron inquietados”, debe considerarse afirmativa en exceso.

No poseemos informe alguno sobre las peregrinaciones bizantinas a Tierra Santa en el siglo XI. El monje bizantino Epifanio, autor del primer itinerario griego de Tierra Santa, describió Palestina en la época precedente a las Cruzadas, pero no se sabe con exactitud en qué época vivió. Los historiadores difieren en sus apreciaciones, dando fechas del siglo VIII al XI. [24]

Si de Oriente pasamos a Occidente, vemos que el siglo XI había asistido ya, con anterioridad a la primera Cruzada, a otras Cruzadas auténticas: las guerras de España contra los moros, la conquista de Sicilia y Apulia por los normandos y la conquista de Inglaterra por otros normandos (1066).

Además, en el mismo siglo XI nótase en toda Italia un movimiento político y económico digno de mención y que tuvo su centro en Venecia. La pacificación del litoral del Adriático había consolidado el poder marítimo de la república veneciana. La famosa carta de 1085, concedida por Alejo Comneno, abrió a los mercaderes venecianos los mercados bizantinos. “Desde ese día comenzó el comercio universal de Venecia”, [25] ciudad que, como otras italianas, no vaciló en traficar con puertos musulmanes. Genova y Pisa, que en el siglo X y principios del siglo XI habían sufrido frecuentes ataques de los piratas musulmanes, emprendieron (1015—1016) una expedición contra los musulmanes de Cerdeña, apoderándose de esta isla y de Córcega. Las naves de aquellas dos ciudades actuaron en las costas del litoral africano y en 1087, a exhortaciones del Papa, tentaron un golpe de mano contra Mehdia, ciudad de la costa septentrional de África. Esas expediciones contra los infieles no sólo se debían a entusiasmo religioso y ánimo aventurero, sino también a motivos económicos. En todo caso, parece poco probable que los genoveses hicieran un comercio importante con Levante antes de la primera Cruzada. [26]

Debe notarse también como uno de los hechos que afectan a la historia del origen de las Cruzadas el aumento de población que comenzó a señalarse en ciertos países hacia el siglo XI. Nos consta que la población de Flandes y Francia creció bastante por entonces. De manera que el movimiento de masas de fines del siglo XI puede considerarse en cierto sentido como una especie de expansión colonial medieval para algunos países del occidente de Europa, sobre todo Francia.

Además, el siglo XI fue para Francia una época de hambres frecuentes, sequías, epidemias desastrosas y rigurosos inviernos. Estas difíciles condiciones de vida hicieron pensar a los franceses en tierras prósperas y lejanas.

Considerando todos estos factores, llegamos a la conclusión de que a fines del siglo XI Europa estaba moral y económicamente dispuesta a una empresa de Cruzada en gran escala.

La situación general de que motivó la primera Cruzada era distinta en absoluto a la que precedió a la segunda. Los cincuenta y un años transcurridos entre 1086 y 1147 constituyeron una de las épocas más importantes de la historia general. En esos años, el aspecto económico y religioso, y en general la civilización de Europa, cambiaron radicalmente. Para la Europa occidental se abrió un mundo nuevo. Las Cruzadas siguientes no añadieron nada a lo conseguido en aquél período, limitándose a desarrollar los procesos creados en los cincuenta y un años transcurridos. Es verdaderamente extraño que un historiador italiano haya podido calificar a las primeras Cruzadas de “locuras estériles” (sterili insanie). [27]

La primera Cruzada es la primera ofensiva organizada del mundo occidental contra los infieles. Esa ofensiva no se limitó a la Europa central, a Italia y Bizancio, sino que empezó en el extremo suroeste de Europa, en España, prolongándose hasta las infinitas estepas de Rusia.

Respecto a España, los condes, obispos, “vice comités” y otros nobles y poderosos personajes recibieron en 1088 una carta del Papa Urbano II autorizándoles a no marchar a Jerusalén, y a permanecer en su país para restaurar las iglesias cristianas destruidas por los moros. [28] España, pues, fue el ala derecha de la Cruzada.

Al nordeste, Rusia se defendía desesperadamente contra las hordas bárbaras de los polianos o kumanes, que aparecieron en las estepas meridionales del siglo XI, devastaron el país y aniquilaron el comercio al ocupar todas las vías que llevaban desde Rusia al sur y al este. El historiador ruso Kluchevski escribe al respecto: “Esta lucha ruso—polaina”, lucha que duró casi dos siglos—, pertenece a la historia europea. Mientras Occidente empeñaba las Cruzadas contra las fuerzas asiático—orientales y en la Península Ibérica se sostenía un movimiento análogo contra los moros, los rusos cubrían el flanco izquierdo de Europa. Tal servicio les costó caro, ya que hubieron de abandonar los lugares que ocupaban hacía mucho en la cuenca del Dniéper. Pero toda la vida de Rusia cambió". [29] Rusia, en efecto, participó a su manera en el movimiento general cruzado de la Europa occidental, puesto que al defenderse defendía a Europa contra los bárbaros infieles. “Si los rusos hubiesen pensado en cruzarse —dice B. Leib—, habría sido cosa de recordarles que su primer deber era defender la Cristiandad defendiendo su propio país, como los Papas escribían a los españoles”.

Los reinos escandinavos participaron igualmente en la primera Cruzada, si bien aportaron al ejército principal bandas poco numerosas. En 1097, Svein, noble danés, llevó un destacamento cruzado a Palestina. No parece que hubiera gran entusiasmo religioso en aquellos países del Norte, y cabe suponer que la mayoría de los cruzados escandinavos obraron menos por celo cristiano que por amor de la guerra, la aventura, la ganancia y la gloria. [30]

En el Cáucaso había dos países cristianos: Armenia y Georgia. Pero, tras la derrota de Mantzikiert, en 1071, Armenia había caído en poder de los turcos, de modo que no cabía que los armenios del Cáucaso participasen en la primera Cruzada. Y los selyúcidas se habían apoderado de Georgia en el siglo XI. Sólo después de la toma de Jerusalén por los cruzados, en 1099, el rey de Georgia, David el Restaurador, expulsó a los turcos (hacia el 1100). Con frase de una crónica georgiana, luego de “que un ejército franco se hubo puesto en marcha y, con la asistencia de Dios, tomó Jerusalén y Antioquía, Georgia fue libre otra vez y David volvióse poderoso”. [31]

En 1095, el Papa convocó en Píacenza un concilio a fin de resolver ciertas dificultades y discutir determinadas reformas. Dirigióse a la ciudad una embajada de Alejo Comneno en demanda de ayuda. Este hecho ha sido negado por otros historiadores, pero recientemente los que han estudiado el problema han llegado a la conclusión de que realmente Alejo envío aquella embajada. [32]

Pero ése no fue el “factor decisivo” que motivó la Cruzada, según creía Sybel. Alejo seguía pidiendo los mismos socorros que antes. No pensaba en ejércitos cruzados ni deseaba Cruzada. Sólo quería mercenarios para combatir a los turcos que avanzaban peligrosamente por Asia Menor. Hacia 1095, Kilidy—Arslan había sido elegido sultán en Nicea. “Hizo acudir a las mujeres e hijos de los hombres que estaban entonces en Nicea, ordenóles vivir allí e hizo de aquella ciudad la residencia de los sultanes”. O sea, que convirtió a Nicea en su capital.

Ante esos éxitos turcos, Alejo hubo de pedir ayuda en Piacenza, pero una Cruzada a Tierra Santa no entraba en su intención. Sólo quería socorros contra los turcos. Su solicitud fue favorablemente acogida. Por desgracia, poseemos muy pocos informes sobre ese episodio. “Las relaciones de Oriente y Occidente, desde el concilio de Piacenza hasta la llegada de los Cruzados al Imperio bizantino están veladas por tinieblas”. [33]

En noviembre de 1095 se reunió en Clermont (Auvernia) el famoso concilio de ese nombre. Tanta gente acudió, que no se hallaba lugar para toda. La multitud se instaló al aire libre. Al finalizar el concilio —que se había ocupado de las más graves cuestiones de la época—, Urbano II dirigió al gentío una ardorosa arenga, cuyos términos originales no nos han llegado. Algunos miembros del concilio que transcribieron de memoria ese discurso, dan de él versiones muy diferentes. [34] Después de pintar con calor las persecuciones de los cristianos en Tierra Santa, el Papa invitó a la multitud a tomar las armas para liberar el Santo Sepulcro y a los cristianos de Oriente. Entre gritos de “¡Dios lo quiere!” (Deus lo volt), la entusiasmada muchedumbre aclamó al Papa. A propuesta de este último, los futuros cruzados adoptaron por emblema una cruz roja que debía llevarse en el lado derecho. De esto provino el nombre de cruzados. Se prometió a los que participaran en la Cruzada la remisión de sus culpas. Les fueron anuladas sus deudas. Sus bienes quedaban bajo la protección de la Iglesia. No se forzaba a nadie, pero el voto de los cruzados considerábase irrevocable; el violarlo hacía incurrir en excomunión. Desde Francia el entusiasmo se propagó a Italia, Alemania e Inglaterra. Nació un vasto movimiento encaminado a Oriente. En el concilio de Clermont no hubieran podido preverse las proporciones y verdadera importancia de aquél impulso.

El movimiento que, un año después, tomó la forma de Cruzada, nació, pues, en el concilio de Clermont y fue obra personal de Urbano II. Pero para conseguir la ejecución de esta empresa el Papa halló condiciones favorables en la vida de la segunda mitad del siglo XI y no sólo en la situación religiosa, sino también en el estado de las cosas en lo político y lo económico.

La primera Cruzada, de hecho, se decidió en Clermont. La noticia de lo acordado representó para Alejo una desconcertante sorpresa, porque no esperaba ni quería tal género de socorros. Al llamar mercenarios occidentales, lo hacía para defender su Estado. La liberación de los Santos Lugares, no pertenecientes a su Imperio hacía cuatro siglos, parecíale secundaria.

Para Bizancio, el problema de la Cruzada no existía en el siglo XI. Ni las masas ni el emperador sentían un profundo entusiasmo religioso, y no había en el Imperio quien predicase Cruzada. La cuestión, a juicio de Bizancio, era política, y consistía en salvar las fronteras orientales y septentrionales. Tal problema no tenía relación alguna con la remota Cruzada a Tierra Santa. El Imperio oriental había realizado sus “cruzadas” propias, tales como las brillantes expediciones de Heraclio contra Persia en el siglo VII, ocasión en que los Santos Lugares y la Santa Cruz habían sido recuperados por el Imperio. Luego habían existido las victoriosas expediciones de Nicéforo Focas, Juan Tzimiscés y Basilio II contra los árabes de Siria, ocasión en que los emperadores formaron el definido plan de recuperar Jerusalén. El plan no se realizó y Bizancio, bajó la presión de los éxitos obtenidos por los turcos en el Asia Menor durante el siglo XI, había abandonado la esperanza de reconquistar los Santos Lugares. Para Bizancio el problema palestino en aquella época era abstracto y no ligado a los intereses vitales del Imperio. En 1090—91, hallándose Bizancio a un paso de la ruina, Alejo había pedido refuerzos de auxiliares a Occidente, Y se le contestaba con el envío de los cruzados. En las Musas de Alejo, escritas en versos yámbicos y que se suponen ser una especie de testamento político dedicado a su hijo y sucesor Juan, se leen estas interesantes observaciones a propósito de la primera Cruzada: “¿No recuerdas lo que me ocurrió? Del movimiento del Occidente hacía este país había de resultar un rebajamiento de la alta sublimidad de la Nueva Roma y de la dignidad del trono. Así, hijo mío, es menester pensar en acumularlo bastante para llenar las abiertas bocas de los bárbaros, que respiran odio contra nosotros, para el caso de que se levantase en contra nuestra un ejército numeroso que, en su irritación, lanzaría centellas contra nosotros, a la vez que una gran cantidad de enemigos cercaría nuestra ciudad”. [35]

Podemos cotejar con ese fragmento de Alejo el siguiente pasaje, igualmente relativo a la primera Cruzada, de la Alexíada de Ana Comnena: “Hubo un levantamiento de hombres y mujeres como no lo había habido jamás en memoria de hombre. Los sencillos de espíritu estaban impulsados por el deseo sincero de adorar el sepulcro de Nuestro Señor y visitar los Santos Lugares, pero los más astutos, sobre todo los hombres como Boemundo y otros de ánimo semejante, tenían otras secretas razones, tales como la esperanza de apoderarse, en el curso de su viaje, de la misma capital, después de encontrar un pretexto para ello”. [36]

Estos pasajes nos muestran claramente la actitud de Bizancio ante los cruzados y la misma Cruzada. Para Alejo, los cruzados eran tan bárbaros como los turcos y pechenegos que amenazaban el Imperio. Ana Comnena indicaba de pasada las personas “sencillas” que deseaban visitar la Tierra Santa y se unían a los cruzados. La idea de una Cruzada era absolutamente extraña a la mentalidad bizantina del siglo XI. En los espíritus de los dirigentes sólo dominaba un propósito: alejar el inminente peligro turco que amenazaba por el este y el norte. De modo que la primera Cruzada fue una empresa exclusivamente occidental, que tuvo ciertas relaciones con Bizancio en el aspecto político. Cierto que el Imperio proporcionó a los cruzados algunas tropas, pero éstas no rebasaron el Asia Menor. Bizancio no participó en la conquista de Siria y Palestina.

En la primavera del año 1096, después de la predicación de Pedro el Ermitaño —al que una leyenda histórica, rechazada hoy, atribuía la iniciativa del movimiento cruzado—, se reunió en Francia una multitud inmensa, compuesta en su mayoría de hidalgos, gente común y desamparados vagabundos, acompañados de sus hijos y mujeres y casi sin armas. aquél grupo entusiasta atravesó Alemania, Hungría y Bulgaria, camino de Constantinopla. Tan burdo ejército, conducido por Pedro de Amiens y otro predicador, Gualterio el Pobre, desconocía qué países atravesaba y, no hallándose habituado a la obediencia ni al orden, saqueaba y arruinaba los lugares, sin ningún tipo de escrúpulos por donde pasaban. Alejo Comneno conoció con disgusto la llegada de los cruzados, disgusto que se le convirtió en viva inquietud al saber las ruinas y depredaciones ejecutadas por aquella hueste a su paso. Al aparecer ante Constantinopla e instalarse en los límites de la ciudad, los cruzados, según su costumbre, se entregaron al pillaje, provocando estupor y desaliento de los vasallos del Imperio, que los habían recibido esperanzados como hermanos en la fe, que acudían a socorrerlos en los momentos de incertidumbre social que se vivían. El emperador, alarmadísimo, se apresuró a hacerles pasar al Asia Menor, donde, en las cercanías de Nícea, fueron exterminados casi todos por los turcos con la mayor facilidad. Pedro el Ermitaño había vuelto a Constantinopla antes de la catástrofe definitiva.

El episodio de Pedro y sus deplorables bandas sirvió de introducción a la primera Cruzada. La desfavorable impresión causada en Bizancio por aquellos mercenarios, persistió en las escaladas bélicas que sucedieron. A su vez, los turcos, tan fácilmente victoriosos de las inexpertas masas de Pedro el Ermitaño, se persuadieron de que conseguirían análogos triunfos sobre los demás cruzados.

En el verano de 1096 comenzó en Occidente la Cruzada de los condes, duques y príncipes, es decir, la reunión de un verdadero ejército.

Ningún soberano occidental participó en la expedición. El emperador de Alemania, Enrique IV, estaba absorbido en la cuestión de las investiduras. Felipe I, rey de Francia, hallábase excomulgado por haberse divorciado de su mujer legítima para casarse con otra. Guillermo el Rojo de Inglaterra, se encontraba empeñado, a causa de su tiránico gobierno, en luchas con sus vasallos, con la Iglesia y con el pueblo y retenía con dificultad el poder en sus manos.

Entre los jefes del ejército de los cruzados figuraba Godofredo de Bouillon, duque de la Lorena Baja, a quien una leyenda posterior ha revestido de características tan religiosas, que resulta arduo discernir sus rasgos verdaderos. [37] De hecho era soldado valiente y capaz y hombre de espíritu religioso, aparte lo cual contaba indemnizarse en la Cruzada de las pérdidas padecidas en sus posesiones europeas. Le acompañaban sus dos hermanos, uno de los cuales, Balduino, había de ser más tarde rey de Jerusalen. Godofredo mandaba el ejército lorenés. Roberto, duque de Normandía, hijo de Guillermo el Conquistador y hermano del rey de Inglaterra, participó en la expedición, pero no por ideales religiosos o móviles caballerescos, sino por hallarse descontento del secundario papel que desempeñaba en su ducado, el cual, antes de partir, empeñó al rey de Inglaterra. Hugo de Vermandoís, hermano del rey de Francia, hombre ambicioso y que buscaba gloria y nuevos bienes, gozaba de mucha consideración entre los Cruzados. También iba con estos el rudo e irascible Roberto el Frisón, conde de Flandes e hijo del Roberto de Flandes que ya conocemos. El Frisón recibió en la cruzada, por sus hazañas, el sobrenombre de “Hierosilimitano”. [38] Estos tres personajes mandaban tres ejércitos: Hugo de Vermandoís las tropas francesas del centro; Roberto de Normandía y Roberto el Frisón dos ejércitos franceses del norte. Las tropas francesas del Mediodía, o provenzales, iban a las órdenes de Raimundo, conde de Tolosa, célebre por sus proezas contra los moros de España y que, sobre ser un jefe militar talentoso, tenía mucho celo por la religión. Boemundo de Tárenlo, hijo de Roberto Guiscardo, y su sobrino Tancredo, mandaban el ejército normando de la Italia del sur y acudían movidos, no por ideales religiosos, sino por la esperanza de arreglar, si se presentaba ocasión, antiguas cuentas con Bizancio, de cuyo Imperio eran encarnizados enemigos. Sin duda Boemundo había fijado ya su elección en la región de Antioquía. [39] Los normandos llevaron a la Cruzada un elemento puramente político y profano en oposición a la idea inicial del movimiento. Las fuerzas de Boemundo eran las mejor preparadas para la expedición, “porque comprendían muchos hombres que habían estado ya en contacto con los sarracenos en Sicilia y con los griegos en la Italia meridional). [40] Cada ejército de cruzados perseguía fines propios y no había plan general ni mando central supremo. En esta primera Cruzada el principal papel copapel principal correspondió a los franceses.

Parte del ejército cruzado se dirigió a Constantinopla por tierra, mientras otra parte lo hacía por mar. En el camino, los cruzados, como antes las turbas de Pedro el Ermitaño, cometieron toda suerte de violencias en las regiones que atravesaban. Teofilacto, arzobispo de Bulgaria, contemporáneo y testigo del paso de los cruzados, explicando en una carta las causas de su silencio, lo imputa a los cruzados y dice: “Mis labios están sellados. Primero, el paso de los francos o su invasión, pues no sé cómo calificarlo, nos ha sorprendido y afectado de tal modo que hemos perdido la consciencia de nosotros mismos. Hemos bebido hasta las heces la copa amarga de la invasión... Hechos a los ultrajes de los francos, soportamos más fácilmente a los malhechores, porque el tiempo es el mejor de los maestros”.

Alejo Comneno debió experimentar una natural desconfianza ante tales defensores de la causa divina. No teniendo necesidad de socorro en aquél instante, el emperador veía con irritación e inquietud cómo los ejércitos cruzados se acercaban por todas partes a su capital. El número de los expedicionarios no guardaba proporción alguna con los modestos destacamentos pedidos por el emperador a Occidente. Las acusaciones de perfidia y deslealtad dirigida por los antiguos historiadores contra Alejo y los griegos suelen rechazarse ahora, en especial cuando se estudian los pillajes, depredaciones e incendios cometidos por los cruzados en su expedición. También debe prescindirse del retrato antihistórico dado por Gibbon al pintar a Alejo como duro e implacable; “En estilo menos grave que el de la historia, yo quizá hubiese comparado a Alejo con el chacal, del que se dice que sigue las huellas del león y devora las restos de su comida”.

De cierto no era Alejo hombre para recoger humildemente lo que los cruzados le dejasen. Alejo Comneno mostróse buen estadista y comprendió el peligro que los cruzados hacían correr a su Imperio. Por lo tanto quiso, ante todo, hacer pasar en seguida al Asia Menor a tan peligrosos intrusos. En Asia podrían desarrollar la obra que les llevaba a Oriente: la lucha contra el infiel. Así se creó entre latinos y griegos una desconfianza y animosidad recíprocas. No sólo se miraban mutuamente como cismáticos, sino que eran también adversarios políticos, que más adelante debían resolver sus diferencias a mano armada. Un culto patriota griego del siglo XIX, Bikelas, escribe: “Las Cruzadas presentan un aspecto muy diferente según se las mire desde el punto de vista occidental u oriental. Para Occidente fueron noble efecto de un sentimiento religioso y el comienzo de la regeneración y la civilización, y con justeza puede la nobleza europea de hoy alabarse de ser nieta de los cruzados. Pero cuando los cristianos de Oriente vieron aquellas hordas bárbaras que devastaban y saqueaban las provincias bizantinas; cuando vieron a los que se llamaban paladines de la fe degollar a los sacerdotes de Cristo, so pretexto de que eran cismáticos, olvidaron que esas expediciones tenían primitivamente un fin religioso y un carácter cristiano”.

Según el mismo autor, la aparición de los cruzados “señala verdaderamente el comienzo de la decadencia del Imperio y presagia su fin”.

Según Chalandon,, que ha estudiado especialmente el reinado de Alejo Comneno, “se podría extender en parte a todas las otras bandas (de cruzados) el severo juicio” aplicado por Gibbon a los compañeros de Pedro el Ermitaño: “Los bandidos que seguían a Pedro el Ermitaño eran bestias salvajes, sin razón y sin humanidad”.

Así empezó en 1096 la época de las Cruzadas, tan fecunda en múltiples y graves consecuencias tanto para Bizancio y Oriente en general como para el occidente de Europa.

Cuando todos los cruzados estuvieron en Constantinopla, Alejo Comneno, considerando a tales tropas como mercenarios auxiliares, expresó el deseo de ser reconocido como jefe de la expedición y quiso recibir juramento de vasallaje por parte de los cruzados, así como la promesa de que éstos entregarían a su soberano las regiones que conquistasen en Oriente. Los cruzados se plegaron a tal compromiso, prestando juramento y dando promesa. Por desgracia no nos ha llegado en su forma primitiva el texto del juramento de vasallaje rendido por los cruzados al emperador. Según toda probabilidad, las exigencias de Alejo no eran iguales para todas las regiones. Deseaba adquisiciones directas en las comarcas del Asia Menor perdidas por el Imperio poco antes de la derrota de Mantzikiert y que eran indispensables a la seguridad y poderío de Bizancio y de la nacionalidad griega. Respecto a Siria y Palestina, perdidas mucho antes por el Imperio, el emperador no las reivindicaba de igual modo, limitándose a exponer pretensiones de teórica soberanía.

Pasando al Asia Menor, los cruzados abrieron las hostilidades. En junio de 1097, Nicea se les rindió tras un largo sitio. Según el acuerdo ultimado con el emperador, debían entregarle la ciudad. La subsiguiente victoria de los cruzados en Dorilea (hoy Eskishehir) forzó a los turcos a retirarse al interior del país, abandonando la zona occidental del Asia Menor, lo que dio a Bizancio posibilidad de restaurar su poder en el litoral asiático. Venciendo los obstáculos naturales, lo desfavorable del clima y la resistencia musulmana, los cruzados avanzaron mucho hacia el este y sudeste. Balduino de Flandes tomó la ciudad de Edessa, en la Alta Mesopotamia, fundando allí un principado que fue el primer Estado latino de Oriente y constituyó un baluarte contra las invasiones turcas partidas de Asia. Pero el ejemplo de Balduino era malo en algunos aspectos, ya que, a su imitación, podían otros barones fundar principados, lo que perjudicaría mucho al fin concreto de la expedición. Tales temores se realizaron después.

Tras un asedio largo y agotador, la plaza fuerte de Antioquía, ciudad principal de Siria, se rindió a los cruzados, dejando expedito el camino de Jerusalen. Entonces se entabló entre los jefes cristianos una enconada lucha por la posesión de Antioquía. Al fin, Boemundo de Tárenlo tomó, a ejemplo de Balduino, el título de príncipe reinante de Antioquía. [41] Ni en Edessa ni en Antioquía prestaron los cruzados juramento de vasallaje al emperador.

Con los jefes fundadores de principados quedaba el grueso de sus tropas. De: modo que sólo llegaron a Jerusalén restos ínfimos del ejército cruzado, en número de veinte a veinticinco mil hombres. Iban, al alcanzar la ciudad, en estado de agotamiento y debilidad extremos.

Por entonces, Jerusalén había pasado de las manos de los selyúcidas a las de la poderosa dinastía de los fatimitas de Egipto. Tras un sitio encarnizado, los cruzados tomaron al asalto la Ciudad Santa el 15 de julio de 1099. Tal era el final decisivo de su expedición. Los vencedores saquearon la ciudad e hicieron correr la sangre a torrentes. Los jefes se adueñaron de muchos tesoros. La mezquita de Ornar fue incorporada al patrimonio de los cruzados.

El país conquistado, que comprendía una angosta faja de terreno a lo largo del litoral, recibió el título de Reino de Jerusalén. Eligióse rey a Godofredo de Bouillon, quien accedió a usar el título de “Defensor del Sacro Sepulcro”. El nuevo Estado se organizó según el sistema feudal de Occidente.

La primera Cruzada, concluida con la fundación del reino de Jerusalén y de varios principados latinos en Oriente, produjo una compleja situación política. El Estado de Bizancio, aunque satisfecho del debilitamiento turco en Asia Menor y del retorno de la mayor parte de ésta al Imperio, se inquietó al ver aparecer en Antioquía, Edessa y Trípoli principados latinos que se convertían en nuevos enemigos políticos del propio Imperio. De tal modo creció progresivamente la desconfianza bizantina a aquél respecto, que en el siglo XII Bizancio atacó a sus antiguos aliados, los cruzados, no vacilando en unirse a los turcos, sus antiguos enemigos. Por su parte, los cruzados, al instalarse en sus nuevas posesiones, temían un crecimiento del Imperio en el Asia Menor —crecimiento peligroso para ellos— y llegaron también a establecer alianzas con los turcos contra los bizantinos. Este hecho muestra cómo había degenerado, ya en el siglo XI, el ideal primitivo de las Cruzadas.

No puede hablarse de ruptura abierta entre Alejo Comneno y los cruzados. El emperador, si bien, manifestando su descontento por la fundación de principados latinos donde no se le prestaba juramento de vasallaje, no se negó a ayudar a los cruzados en lo posible, como lo hizo al darles medio de volver a sus hogares los que quisieran. Pero sí surgió una ruptura entre el emperador y Boemundo de Tarento, quien había acrecido desmesuradamente su territorio, a expensas de los débiles emires turcos cercanos y del Imperio bizantino. Alejo deseaba recuperar Antioquía, y Raimundo de Tolosa, descontento de su situación en Oriente y viendo también en Boemundo un rival peligroso, se unió al emperador. La suerte de Jerusalén tenía entonces para Alejo un interés secundario.

La lucha entre el emperador y Boemundo era inevitable. Bizancio creyó llegado el momento propicio cuando Boemundo, inopinadamente, fue apresado por el emir turco Malek Gahzi, de la dinastía de los danischmenditas, que habían conquistado a fines del siglo XI la Capadocia y fundado un Estado independiente al que aniquilaron, en la segunda mitad del siglo XII, los selyúcidas. Alejo entabló tratos con el emir para que éste le entregase a Boemundo a cambio de dinero, más no lo consiguió. Boemundo, rescatado por otros, volvió a Antioquía. Alegando el pacto hecho con los cruzados, Alejo exigió la entrega de Antioquía, pero Boemundo se negó a ello categóricamente.

En aquél momento (1104), los musulmanes obtuvieron una gran victoria sobre Boemundo y otros príncipes latinos en Harrar, al sur de Edessa— Aun cuando esta derrota de los cruzados hacía temer la pérdida de todas las posesiones latinas, no por ello dejó de producir a Alejo tanto contento como a los musulmanes. Uno y otros preveían con placer el inevitable debilitamiento de Boemundo. En efecto, la derrota de Harrar arruinó los planes de este jefe y le impidió crear en Oriente un Estado normando poderoso. Reconociéndose falto de fuerzas para luchar contra los musulmanes y su enemigo el emperador, parecióle inútil continuar en Oriente. Procedía juntar en Europa nuevas huestes para preparar un golpe a Constantinopla, Embarcó, pues, Boemundo para Apulia dejando en Antioquía a su sobrino Tancredo. Ana Comnena da un curioso relato, no exento de humorismo, del viaje de Boemundo, quien —según ella— para precaverse de posibles ataques de los griegos, se fingió muerto e hizo toda la travesía metido en un ataúd. La narración de Ana Comnena suena, desde luego, a pura fantasía. [42]

El regreso de Boemundo a Italia fue acogido con gran entusiasmo. Las gentes, según un autor medieval, se agolpaban para contemplar a Boemundo “como si fuesen a ver al mismo Cristo”. [43]

Tras reunir un ejército, Boemundo emprendió las hostilidades contra Bizancio. El Papa alentaba sus planes. La expedición de Boemundo contra Alejo, en frase de un historiador americano, “dejaba de ser un movimiento puramente político. Había recibido la aprobación de la Iglesia y se revestía de la dignidad de una cruzada”. [44]

Las tropas de Boemundo habían sido reclutadas, en su mayor parte, en Francia e Italia, pero, según toda verosimilitud, habla también en ellas españoles, ingleses y alemanes. El plan consistía en repetir la campaña de 1081, tomar Dyrrachium y marchar sobre Constantinopla por Tesalóníca. Pero la expedición fue desafortunada para Boemundo. Derrotado en Dyrrachium (Durazzo), hubo de concluir una paz humillante con Alejo. Las cláusulas principales del tratado eran estas: Boemundo se declaraba vasallo de Alejo y de su hijo Juan; se comprometía, además, a tomar las armas contra todos los enemigos del emperador; ofrecía restituir a Alejo todos los territorios conquistados que hubiesen pertenecido a Bizancio anteriormente; los territorios no pertenecientes a Bizancio y que Boemundo pudiera conquistar en lo sucesivo a turcos o armenios, debía considerarlos concedidos por el emperador; debía mirar a su sobrino como enemigo si se negaba a obedecer al emperador; y, en fin, el patriarca de Antioquía sería nombrado por el emperador escogiéndolo entre personas pertenecientes a la Iglesia oriental. Así, dejaba de existir en Antioquía patriarca latino. Finalmente, Boemundo juraba por la cruz, la corona de espinas y los clavos de Cristo a cumplir el pacto. [45] Este fracaso dio fin a la borrascosa carrera de Boemundo, tan fatal en ciertos aspectos al movimiento cruzado. En los tres últimos años de su vida, Boemundo vivió obscuramente, muriendo en Apulia en 1111.

La muerte de Boemundo dificultó la situación de Alejo. Tancredo se negó a reconocer el tratado firmado por su tío y no aceptó la soberanía imperial sobre Antioquía. Alejo estudió un plan para ocupar la ciudad, pero resultó patente que el Imperio no podía emprender en aquél momento una expedición tan ardua. La muerte de Tancredo, a poco de la de Boemundo, no facilitó tampoco la expedición contra Antioquía.

Los últimos años del reinado de Alejo se señalaron por guerras sostenidas casi cada año contra los turcos del Asia Menor. Tales guerras fueron a menudo venturosas para el Imperio.

En su política exterior puede decirse que Alejo cumplió una tarea muy dificultosa. Con harta frecuencia se le ha juzgado sólo desde el punto de vista de sus relaciones con los cruzados, olvidando el conjunto de su actividad exterior. Semejante criterio es indudablemente erróneo. En una de sus cartas, el arzobispo búlgaro Teofilacto, contemporáneo de Alejo, reproduciendo la expresión de un salmo (79, 13), compara la provincia búlgara a un viñedo despojado por todos los que pasaban de camino. Como justamente nota Chalandon, la analogía puede aplicarse al Imperio en la época de Alejo. Todos sus vecinos procuraban aprovechar la debilidad del Imperio para arrebatarle algún territorio. Normandos, pechenegos, selyúcídas y cruzados amenazaron Bizancio. Alejo, que había recibido un Estado flaco y turbulento, supo oponer a los enemigos la resistencia oportuna y detuvo por largo tiempo la desmembración y decadencia de Bizancio. Bajo él, las fronteras imperiales se adelantaron en Asía y en Europa. Los enemigos del Imperio hubieron de retroceder en todas partes y por tanto el gobierno alejiano señaló un progreso incontestable. Las acusaciones dirigidas tan a menudo a Alejo por su actitud ante los cruzados deben rechazarse sí se le considera como un emperador deseoso de defender los intereses de su imperio, para el cual los intrusos occidentales, sedientos de sangre y lucro, ofrecían un grave peligro. En el dominio de la política exterior, Alejo, superando todas las dificultades, mejoró la situación internacional del Imperio, ensanchó sus fronteras y detuvo de momento los avances de los enemigos que amenazaban por doquier sus fronteras.

La Política de Juan II Comneno. Juan II y el Occidente.

El hijo y sucesor de Alejo, Juan II, fue el prototipo del emperador soldado. Pasó la mayor parte de su reinado en el ejército y en los combates. No aportó nada nuevo a la política exterior, continuando la obra empezada por su padre, quien había sentado ya la solución de todas las cuestiones que en Europa o Asia afectaban más al Imperio. Juan se propuso seguir las vías políticas señaladas por su antecesor. Puesto que éste había contenido a los enemigos que atacaban Bizancio, su hijo se proponía “quitar a sus vecinos las provincias que habían arrancado a los griegos, y había de soñar en devolver al Imperio bizantino su esplendor antiguo”. [46]

Juan II, que tenía una visión clara de la situación, se interesó poco por los asuntos europeos. Cierto que hubo de guerrear a veces en Europa, pero en luchas de tipo defensivo. Sólo al fin de su reinado los sucesos europeos —progresos alarmantes de los normandos, unión de Sicilia e Italia del sur y fundación del reino de Sicilia— adquirieron gran importancia para Bizancio. Pero el interés esencial de la política de Juan se concentró en Oriente, y sobre todo en Asia Menor.

Respecto a las relaciones de Juan con Occidente, no es superfluo notar el aumento del número de Estados occidentales con los que Bizancio debía mantener relaciones.

Ya vimos que el peligro normando había obligado a Alejo a reaproximarse a Venecia, la cual, a cambio del apoyo de su flota, obtuvo excepcionales privilegios mercantiles. Los venecianos acudían en tropel al Imperio, y especialmente a Constantinopla. Sus asuntos, prosperando por grados, hiciéronles formar en la capital una colonia numerosa y rica que pronto se caracterizó por su excepcional influencia. Poco a poco, los venecianos, olvidando que no estaban en su patria ni en país conquistado, empezaron a comportarse con arrogancia e impertinencia que provocaron hondo descontento en todos, tanto pueblo bajo como altos funcionarios y nobles. Los restringidos privilegios comerciales que Alejo concedió a Pisa no eran bastante para inquietar a los venecianos.

Mientras Alejo vivió, las relaciones entre bizantinos y venecianos no fueron tensas en exceso. Pero al morir Alejo, cambiaron las circunstancias. Sabedor que la Apulia normanda era presa de duras luchas internas, Juan, juzgando conjurado el peligro normando, decidió romper el tratado mercantil concluido con Venecia en vida de su padre. Los venecianos, irritados, enviaron su flota al ataque de las islas bizantinas del Adriático y el Egeo. Juan, considerando imposible oponer adecuada resistencia a las naves venecianas, entabló nuevas negociaciones con la República, y al cabo el tratado de 1082 fue mantenido íntegramente. Todo ello transcurría en los primeros años del reinado de Juan II.

Pisa y Génova gozaron también bajo Juan de privilegios mercantiles, si bien no cabría compararlos con los de Venecia.

En los primeros años del reinado de Juan se resolvió en definitiva la cuestión pechenega. Hacía treinta años que los pechenegos, aplastados por los kumanos, no inquietaban las fronteras bizantinas. Al iniciarse el reinado de Juan, los pechenegos, repuestos de su fracaso hasta cierto punto, cruzaron el Danubio e invadieron las tierras del Imperio. Pero las tropas imperiales les infligieron una derrota aniquiladora. Para conmemorar la victoria, Juan creó una “fiesta pecheneque” que, al decir de Nicetas Coniates, historiador bizantino, se “celebraba aún a fines del siglo XII”. Desde la derrota causada por Juan a los pechenegos, éstos no reaparecen más en la historia exterior de Bizancio. En el interior formaban un cuerpo especial de las tropas bizantinas, a cuyo lado combatían.

Ya vimos que las aspiraciones húngaras de extenderse hacia el Adriático habían descontentado al emperador Alejo Comneno, tornando muy tirantes sus relaciones con los magiares. Parecía que el casamiento de Juan debía mejorar aquellas relaciones. Pero, como dice el historiador ruso K. Grote, “esa unión no podía destruir la desconfianza recíproca y la rivalidad desarrolladas en el curso de los tiempos entre los dos Estados vecinos”. Además de mediar la instalación de los húngaros o magiares en el litoral de Dalmacia, cosa peligrosa para Bizancio, el Imperio veía con prevención el acercamiento entre húngaros y servios. Éstos, obligados a someterse a Bizancio, a la vez que los búlgaros, a comienzos del siglo XI, bajo Basilio II Bulgaróctonos, habían comenzado a sublevarse desde mediados del mismo siglo.

Los finales del siglo XI y comienzos del XII fueron para Servia la época de su primera liberación. En el reinado de Juan hubo una aproximación más estrecha entre Hungría y Servia. La primera tendía la mano a la segunda, con miras a facilitarle la independencia. Una princesa servia casó con un príncipe magiar. De este modo se formaba, al finalizar el reinado de Juan, un nuevo bloque que amenazaba a Bizancio por el noroeste. Las operaciones militares emprendidas por Juan contra búlgaros y servios, aunque fueron muy afortunadas, no tuvieron resultados decisivos. Un panegirista anónimo de Juan loa la actividad militar de éste en la Península balcánica, en los siguientes pomposos términos: “¡Cuán felices son nuestras campañas contra los pueblos europeos! Juan ha vencido a los dálmatas, llenado de espanto a escitas y nómadas, masa inorganizada de gente moradora de carros; ha teñido las aguas del Danubio de sangre abundante y múltiples ríos han sido ensangrentados por él”. [47]

En los díez últimos años del reinado de Juan hubo un cambio completo de la situación en Italia del sur, la cual, tras un período de enfrentamientos, conoció otro de poder y gloría. Roger II reunió en sus manos el sur de Italia y la isla de Sicilia y el día de Navidad del año 1130 fue solemnemente coronado rey en Palermo. Aquella reunión de territorios convertía a Roger en uno de los más poderosos soberanos de Europa. Era un golpe terrible para Bizancio. El emperador reivindicaba aún teóricamente la propiedad de Italia del sur, considerando la ocupación normanda como provisional. El restaurar la dominación bizantina en Italia había sido el sueño favorito de los emperadores del siglo XII. Que Roger asumiera el título regio se tuvo por una ofensa a la dignidad imperial. Reconocer aquél título era abandonar todo derecho sobre las provincias italianas. La súbita elevación de Roger pareció inconveniente también al emperador alemán, quien, como jefe del Imperio romano, tenía importantes intereses en Italia. Ante el peligro común, Juan II y el emperador germánico Lotarío, y tras éste Conrado III de Suabia (Hohenstaufen), llegaron a un acuerdo que, más adelante, se convirtió en verdadera alianza entre ambos imperios. El fin principal de aquél pacto era destruir la potencia normanda en Italia. La alianza rindió sus principales frutos bajo Manuel I, sucesor de Juan. En cuanto a éste, aunque no pudo abatir el poderío de Roger, sí consiguió impedirle que atacase a Bizancio. Las guerras posteriores de Roger contra Manuel prueban que tales proyectos de invasión no eran ajenos al rey normando. En resumen, los aspectos más importantes de la política occidental de Juan son, de una parte, su actitud ante la fundación del reino de Sicilia, y de otra, su alianza con el imperio de Occidente.

Juan II y el Oriente.

En Asia Menor practicó Juan casi todos los años expediciones generalmente felices y así, en la cuarta década del siglo XII, logró devolver al Imperio territorios perdidos hacía mucho. Notando después la debilidad de las fuerzas turcas, juzgó hacedero, sin dañar los intereses del Imperio, emprender una nueva campaña en las regiones más alejadas del sudeste, para operar contra la Cilicia armenia y el principado de Antioquía.

La Armenia Menor o Pequeña Armenia había sido fundada a fines del siglo XI por refugiados procedentes de la Armenia propiamente dicha. También recibía, por el emplazamiento que ocupaba, el nombre de Cilicía armenia. Distinguíanse allí, entre otras familias principales, la de los Rubénidas, que empezaba a desempeñar un papel sobresaliente en el gobierno del país. La Armenia Menor, tras crecer a expensas de Bizancio, entró en tratos de amistad con los principados latinos, situándose así en una posición hostil al Imperio. Juan Comneno se puso entonces en campaña, resuelto a castigar a la rebelde Armenia Menor, y de paso a ocupar el principado de Antioquía, que, como vimos, no había prestado juramento de vasallaje al Imperio, negándose después a cumplir la misión acordada entre Alejo y Boemundo.

La campaña de Juan tuvo completo éxito. Cilicia fue conquistada y el príncipe armenio y sus hijos enviados a Constantinopla. El territorio bizantino, acrecentado con la Armenia Menor, rozaba las fronteras del principado de Antioquía. También en su lucha contra éste obtuvo Juan un triunfo absoluto. Antioquía, cercada, hubo de implorar la paz, en la que Juan consintió a condición de que el príncipe antioquense reconociera la soberanía del Imperio. El príncipe recibió de manos del emperador la investidura de las tierras que el último le otorgaba y, como prueba de la sumisión de Antioquía, se desplegó el estandarte imperial en lo alto de la ciudadela. Al año siguiente el emperador volvió a Antioquía y, en su calidad de soberano, efectuó una entrada triunfal en la población, rodeado de sus hijos, cortesanos, dignatarios y numerosos soldados. Un séquito espléndido desfiló por las calles, debidamente engalanadas para el caso. Al lado del emperador cabalgaba, como escudero, el príncipe de Antioquía. Juan fue acogido a las puertas de la población por el patriarca, con todo el clero, y, acompañado por una enorme multitud, entre cantos, salmos e himnos, se dirigió primero a la iglesia y después a palacio. [48]

El panegirista de Juan escribe: “(Antioquía) te recibe como al hombre que ama al Cristo, como al paladín del Señor, como al combatiente celoso que lucha contra los bárbaros, como a aquél que empuña la espada de Elías. Ella enjuga tu sudor y te abraza dulcemente. Toda la numerosa población de la ciudad desborda; todas las edades y ambos sexos están representados en esa brillante procesión. Se te otorga un gran clamor de triunfo... Los gritos son mezclados y plurilingües; aquí italianos; allá asirios... Aquí jefes; allí funcionarios, y en medio de todos tú brillas como la más brillante estrella”. [49]

El emperador concibió proyectos más grandiosos todavía. A juzgar por las indicaciones que nos dan los historiadores, soñaba con restaurar la dominación bizantina en el valle del Eufrates y parece que quiso intervenir en los asuntos del reino de Jerusalén. [50] Acaso en el ánimo de Juan ello naciese de la idea de la posibilidad de ser reconocido como soberano por el rey de Jerusalén, según ya lo había sido por el príncipe de Antioquía. Aludiendo a esos proyectos, el panegirista escribe: “¡Valor! Vosotros, los que amáis al Cristo y que sois peregrinos y extranjeros (en la tierra) a causa del Cristo (comp. c. Hebreos, XI, 13) no temáis nada de manos homicidas, porque el emperador que ama al Cristo las ha encadenado y ha reducido a partículas su espada injusta. Tú les has mostrado el camino de la Jerusalén terrestre y visible y te has abierto a ti mismo otro camino más divino y ancho: el de la santa y celeste Jerusalén”. [51]

Pero estos planes no debían realizarse. Durante una expedición contra los turcos, en 1143, Juan, cazando en los montes de Cilicia, se hirió la mano con una flecha emponzoñada y murió de aquella herida, lejos de su capital. En su lecho de muerte designó para sucederle a Manuel, su hijo menor.

Juan había consagrado toda su vida a guerrear contra los enemigos de Bizancio y legaba a su hijo un Imperio más fuerte y mayor que el que él mismo heredara de su valeroso padre.

Su panegirista le considera superior a Aníbal y Alejandro, y escribe: “La encina céltica era poderosa y tú la has arrancado con sus raíces; el cedro ciliciano era elevado y tú, ante nosotros, lo levantaste y redujiste a briznas”. [52]

La Política de Manuel I Comneno. Relaciones del Imperio
Antes de la Segunda Cruzada. La Alianza de los dos Imperios.

Mientras Juan, en su política exterior, había atendido al Oriente sobre todo, Manuel, su hijo y sucesor, impelido por sus relaciones con los normandos y por sus simpatías personales, se inclinó hacia Occidente de un modo que debía surtir efectos desastrosos para el Imperio. El peligro selyúcida, no hallando en Manuel un adversario de peso, resurgió, potente, en la frontera oriental.

La frontera bizantina del Asia Menor estuvo, pues, casi continuamente expuesta a los ataques de los musulmanes, los cuales arruinaron, asesinaron y expulsaron a la población cristiana. Para restablecer la tranquilidad en las regiones fronterizas, Manuel I construyó o restauró numerosos puntos fortificados, en especial en les lugares por donde los turcos atacaban más frecuentemente.

No puede decirse que las campañas de Manuel contra los turcos fueran felices. En los primeros años de su reinado se alió a los danischmenditas, emires musulmanes de Capadocia, y abrió la ofensiva contra el sultán de Rum o Iconion. Los ejércitos imperiales llegaron hasta la ciudad principal, Iconíon (Konia), pero, probablemente informadas de que el sultán recibía refuerzos, se batieron en retirada, contentándose con depredar los arrabales. De regreso, los selyúcidas les infligieron una grave derrota, que hubiera podido tener muchas consecuencias de no ser porque el anuncio de nueva Cruzada, tan amenazadora para Bizancio como para los turcos, llevó a unos y otros a firmar la paz.

La política occidental de Manuel, en los primeros años de su reinado, estuvo informada, como la de su predecesor, por la idea de una alianza con Alemania contra el peligro común de los normandos de Italia. Las negociaciones con Conrado III, interrumpidas a la muerte de Juan, se reanudaron bajo Manuel. Tratóse del casamiento de éste con Berta de Sulzbach, cuñada del emperador de Alemania. En carta a Manuel, Conrado escribía que aquél matrimonio sería prenda “de una alianza eterna, de una amistad constante”; que el emperador de Alemania prometía ser “amigo de los amigos del emperador y enemigo de sus enemigos” [53] y que en caso de que el Imperio peligrara, él acudiría en su ayuda, no sólo enviando destacamentos de socorro, sino, en caso preciso, acudiendo en persona con todas las fuerzas del Imperio germánico. El casamiento de Manuel con dicha cuñada de Conrado, Berta de Sulzbach, que en Bizancio tomó el nombre de Irene, confirmó la alianza de los dos Imperios. Esto daba a Manuel la esperanza de desembarazarse del peligro que le amenazaba en la persona de Roger II, quien, al hallarse ante adversarios tales como los dos emperadores, no podía abrir hostilidades contra Bizancio con las posibilidades de éxito que en otro caso hubiera tenido. [54]

Pero un hecho imprevisto desbarató las esperanzas de Manuel. La segunda Cruzada cambió por completo, al menos durante algún tiempo, la marcha de los asuntos bizantinos, hizo perder a Bizancio la alianza germánica y le puso en un doble peligro: el de los cruzados y el de los normandos.

Bizancio y la segunda cruzada

Tras la primera Cruzada, los soberanos cristianos de Oriente —el emperador de Bizancio, el rey de Jerusalén y los príncipes latinos de Antioquía, Edessa y Trípoli—, en vez de unirse para abatir la potencia de los musulmanes, empezaron a disputar entre sí y a mirar con desconfianza los progresos políticos de sus vecinos. La enemistad de Bizancio con Antioquía y Edessa fue particularmente desastrosa para la obra general. aquél estado de cosas permitió a los musulmanes, debilitados por el empuje de los primeros cruzados, ocupar otra vez Mesopotamia y amenazar de nuevo las posesiones cristianas.

En 1144, Zengui, atabeg de Mossul (llamábase “atabeg” al gobernador selyúcida que se proclamaba independiente) se apoderó de improviso de Edessa.

Una crónica siria anónima, ha poco traducida al francés, relata con detalle el sitio y toma de Edessa por Zengui, Éste, según el cronista, “abandonó Edessa a los cuatro días de tomada... Los habitantes de Edessa acudieron a rescatar a mis prisioneros y la ciudad se repobló. El gobernador, Zain—ed—Din, que no era mal hombre, les trató bien”. [55] Después de la muerte de Zengui (1146), Joscelin, antiguo conde de Edessa, reconquistó la ciudad. Pero Nur—ed—Din, hijo de Zengui, volvió a tomar Edessa sin gran esfuerzo, y esta vez los cristianos fueron acuchillados, los hombres y niños vendidos como esclavos y la ciudad despoblada casi del todo. Grave golpe fue aquél para los cristianos de Oriente, porque el principado de Edessa, merced a su situación geográfica, era el bastión avanzado de los cruzados y correspondíale rechazar el primer impulso del ataque musulmán. Ni Jerusalén, ni Antioquía, ni Trípoli pudieron ayudar al príncipe de Edessa. Pero, caída esta ciudad, todos aquellos Estados latinos, y en particular el de Antioquía, se hallaron muy amenazados por los musulmanes.

La toma de Edessa produjo viva impresión en Occidente y reanimó el interés por Tierra Santa. Eugenio III, Papa entonces, no pudo ser promotor de una nueva Cruzada porque el movimiento democrático que agitaba a Roma y en el que participó activamente el célebre Arnaldo de lirescia, creaba para el Pontífice una situación inestable. Incluso hubo de abandonar por algún tiempo la Ciudad Eterna. Parece que el verdadero instigador de la Cruzada fue Luís VII de Francia, y el predicador que puso en práctica la idea del rey fue Bernardo de Clairvaux, cuya inflamada palabra levantó toda Francia. Bernardo, pasando a Alemania después, persuadió a Conrado III de que tomase la Cruz e impelió a los alemanes a unirse a la expedición.

Pero los pueblos occidentales, decepcionados por las consecuencias de la primera Cruzada, no manifestaron el mismo entusiasmo de antes. En la asamblea de Vézelay, en Borgoña, los feudales franceses incluso se mostraran hostiles a la Cruzada y no sin trabajo pudo san Bernardo persuadirlos con su elocuencia apasionada y convincente. Merced al espíritu de Bernardo se ampliaron los proyectos iniciales de Luis, organizándose dos expediciones simultáneas a la Cruzada oriental: una contra los musulmanes que ocupaban entonces Lisboa y otra contra los eslavos paganos del norte, que dominaban los países de allende el Elba (Laba). Los historiadores juzgan severamente el hecho de que Bernardo arrastrase a los alemanes a la Cruzada. El sabio alemán Kugler, que ha estudiado especialmente la segunda Cruzada, estima que fue “una idea infortunada en máximo grado”. F. I. Uspenski la califica de “paso fatal” y “gran error de san Bernardo”, y atribuye a la participación de los alemanes el fracaso de la empresa. En efecto, un rasgo característico de esa nueva expedición fue la hostilidad entre franceses y alemanes, cosa que no podía contribuir al éxito.

Las noticias de la Cruzada inquietaron a Manuel, quien vio en ella un peligro para su Imperio y para su influencia sobre los príncipes latinos de Oriente, los cuales —y sobre todo el de Antioquía— al recibir refuerzos occidentales, podían desligarse de las pretensiones del emperador de Bizancio. Además, la participación de Alemania en la empresa privaba a Bizancio de las garantías subsiguientes a la alianza entre los dos Imperios. El emperador de Alemania, al abandonar por largo tiempo su país, camino de Oriente, no podía ya defender los intereses occidentales del Imperio bizantino, el cual, así, quedaba expuesto a los ambiciosos proyectos de Roger. Manuel, conocedor del peligro que habían hecho correr a Constantinopla los primeros cruzados, mandó restaurar torres y murallas. Parece que no tenía gran confianza en los lazos de parentesco y amistad que le unían a Conrado.

Según V. G. Vasilievski, “Manuel nutría, sin duda alguna, la esperanza de ponerse a la cabeza de todo el ejército cristiano contra los enemigos del cristianismo”. Ello entra en lo posible, no sólo porque Bizancio era el más interesado en la suerte de los musulmanes orientales, sino porque Manuel podía incluso alegar otros títulos. Teóricamente no había en el mundo cristiano más que un emperador, porque Conrado de Hohenstaufen no había sido coronado en Roma por el Papa y no llevaba el título imperial.

En 1147, los jefes de la Cruzada, tras entablar diversas negociaciones, resolvieron dirigirse por tierra a Constantinopla, según hicieran ya los primeros cruzados. Conrado fue el primero en marchar hacia Hungría y Luis VII le siguió por el mismo camino. La marcha de los cruzados hacia Constantinopla se señaló por iguales violencias y devastaciones que la primera Cruzada.

Cuando los ejércitos alemanes se detuvieron ante los muros de la ciudad, Manuel esforzóse en hacerlos pasar al Asia Menor antes de la llegada de los franceses, cosa que logró no sin previas y vivas controversias con su aliado y pariente Conrado. En Asía Menor los alemanes empezaron por padecer falta de víveres y, al fin, atacados por los turcos, fueron acuchillados en masa. Sólo muy pocos lograron volver a Nicea. Ciertos historiadores atribuyen el fracaso de la expedición alemana a Manuel, e incluso le achacan intrigas con los musulmanes a fin de que éstos acometiesen a las tropas de Conrado. Algunos sabios, entre ellos Sybel, y después F. I. Uspenski, llegan a mencionar una alianza de Manuel con los selyúcidas. Pero los eruditos contemporáneos (Chalandon) se inclinan a pensar que tales acusaciones contra Manuel no descansan en base sólida y no consideran al emperador responsable del fracaso de los alemanes.

Los franceses, llegados a los alrededores de la capital a poco de partir los alemanes, inquietaron al emperador más todavía. Luis VII, poco antes de partir, había entrado en tratos con Roger y pasado por las posesiones italianas de éste.

El emperador sospechó, y no sin fundamento, que Luis debía ser aliado secreto de Roger o bien “aliado de Sicilia” [56] Roger, sabiendo a Manuel preocupado en aquél momento por la Cruzada y por sus relaciones con los cruzados, olvidó los intereses generales del cristianismo para pensar sólo en sus fines políticos. Apoderóse por sorpresa de la isla de Corfú y devastó otras islas bizantinas. Luego los normandos pasaron a Grecia, adueñándose de Tebas y Corinto, célebres entonces por sus riquezas y sus industrias sederas. No contentos con apropiarse gran cantidad de tejidos valiosos, “los normandos lleváronse a Sicilia muchos prisioneros y, entre otros, los más hábiles obreros sederos e hilanderos”. Este hecho no basta para afirmar, como algunos historiadores, que los obreros sederos e hilanderos enviados a Palermo crearan allí una industria de sedería. La sericicultura y la industria sedera se conocían ya en Sicilia anteriormente. Pero la llegada de los cautivos griegos dio nuevo impulso a aquella rama industrial. [57] Los normandos no se detuvieron tampoco ante Atenas. [58]

Al llegar la noticia de la victoriosa invasión normanda a oídos de los franceses, éstos, ya excitados por los rumores que corrían sobre un acuerdo entre Manuel y los turcos, se agitaron aun más. Algunos de los que rodeaban al rey Luis le aconsejaron que ocupara Constantinopla. Ante tan peligrosa situación, el emperador multiplicó sus esfuerzos para que los franceses pasaran al Asia Menor, Se esparció entonces la voz de que los alemanes habían obtenido una victoria en Asia Menor, y Luis VII consintió en atravesar el Bosforo e incluso prestó a Manuel juramento de vasallaje. Mas al llegar al Asia Menor, Luis supo la dolorosa realidad: la destrucción del ejército alemán. Los soberanos germano y francés mantuvieron una entrevista y acordaron avanzar juntos. El ejército francoalemán, tras una serie de reveses y malaventuras, sufrió una derrota aplastante junto a Damasco. Conrado, abatido, en un navio griego desembarcó en Tesalónica, donde Manuel efectuaba preparativos contra los normandos. Manuel y Conrado se entrevistaron en Tesalónica y convinieron una acción conjunta contra los normandos, tras lo cual Conrado regresó a Alemania.

La Cruzada no condujo a cosa alguna. Luis VII, viendo la imposibilidad de hacer nada con las fuerzas de que disponía, pasó algunos meses en Oriente y al cabo volvió a Francia por la Italia del sur, donde tuvo una conversación con Roger.

De tan miserable manera concluyó la segunda Cruzada, que se iniciara bajo muy brillantes auspicios. Los musulmanes de Oriente, lejos de quedar debilitados, sintieron afirmarse su valor y se prepararon a la destrucción de los Estados cristianos de Asia. Por ende, las disputas surgidas entre franceses y alemanes y entre los cristianos de Palestina y de Europa no habían redundado en crédito de los cruzados. Manuel celebró ver la Cruzada terminada, lo que le dejaba las manos libres contra Roger, ahora que se hallaba fortalecido por el pacto formal convenido con Alemania. Pero sería injusto culpar al emperador de todo el fracaso de los expedicionarios, que debe más bien atribuirse a deficiencias de organización y a la general indisciplina de los cruzados. También Roger, con su incursión en las islas bizantinas y en Grecia, había introducido muchos elementos perturbadores en aquella expedición. En conjunto los móviles religiosos de las Cruzadas habían pasado a segundo plano y las razones de orden laico y político se manifestaban cada vez más claramente.

Política de Manuel después de la Cruzada.

Desde la época de la Cruzada, Manuel adoptó medidas serias para luchar contra Roger, de quien quería vengarse por su traidora incursión en las islas y en Grecia y que continuaba ocupando Corfú. Como antes, Venecia miraba con alguna inquietud los éxitos de los normandos. Consintió, pues, en apoyar con su flota al Imperio y obtuvo a cambio nuevos privilegios mercantiles. En Constantinopla los venecianos recibieron, además del barrio y los muelles (scalas) que poseían por antiguos tratados, nuevas instalaciones y un nuevo muelle. [59] Mientras duraban las negociaciones, el emperador se preparaba con actividad a la guerra contra el “dragón de Occidente”, “el nuevo Amalee, [60] el dragón insular (siciliano) que quería alzar la llama de su odio más alta que el cráter del Etna”. De tales términos se sirven las fuentes para denominar a Roger. [61]

Los proyectos de Manuel no se limitaban a expulsar al enemigo del territorio bizantino, sino que quería llevar la guerra a Italia y tratar de restaurar el antiguo dominio de Bizancio.

Durante algún tiempo Manuel fue estorbado en sus planes por los polianos, que invadieron el Imperio cruzando el Danubio. Pero eliminó pronto esa amenaza y entonces se apoderó de Corfú con ayuda de la flota de Venecia. Roger, advirtiendo el peligro que podía hacerle correr la alianza de Bizancio con Alemania, que había prometido a Manuel un ejército de tierra, y con Venecia, que había enviado una flota, desplegó gran habilidad diplomática para crear dificultades a Bizancio. Apoyado por la flota siciliana y por las intrigas de Roger, el duque Welf, antiguo enemigo de los Hohenstaufen, se sublevó en Alemania, impidiendo así al emperador germánico marchar sobre Italia de concierto con Bizancio. Después los servios, favorecidos por los húngaros, atacaron a Manuel, quien hubo de dirigir su atención al norte. Para colmo, Luís VII, quien, irritado contra los griegos y afligido por el fracaso de la segunda Cruzada, había llegado a un tratado de amistad con Roger, preparaba otra Cruzada, la cual ponía a Bizancio en peligro inminente. El abad Suger, gobernante de Francia en ausencia de Luis VII, había oído hablar de los tesoros de Constantinopla y de la magnificencia de Santa Sofía [62] y era el instigador de la nueva empresa. El célebre Bernardo de Clairvaux estaba dispuesto a ponerse en persona al frente de las fuerzas. Un abad francés escribía por aquél entonces al rey de Sicilia: “Nuestros corazones, los corazones de casi todos los franceses, sienten hacia vosotros violento deseo y amor; nos ha impulsado a ello la traición vil, inaudita, innoble de los griegos y de su indigno rey (regís) con nuestros peregrinos... Levántate en socorro del pueblo de Dios... ¡Venga esas terribles ofensas!” [63] Roger se aproximó también al Papa. En general, Occidente veía con desagrado la alianza del monarca alemán, ortodoxo, con el griego, cismático. En Italia se opinaba que Conrado se había contaminado por el contacto de los disidentes griegos y la Curia pontifical le presionaba para que entrase en las vías de la verdad y sirviera con celo a la Iglesia católica. El Papa Eugenio III, el abad Suger y Bernardo de Clairvaux trabajaban para destruir la alianza de los dos Imperios. Así que a mediados del siglo XII estaba en vías de formarse, con palabras de Vasilievski, “una potente coalición contra Manuel y Bizancio. A su cabeza se hallaba el rey Roger; Hungría y Servia pertenecían a ella ya; Francia se preparaba a entrar en la Liga, así como el Papa, y se trataba de atraer a Alemania y a su rey. Si este último proyecto hubiese resultado, el suceso de 1204 habría amenazado antes Constantinopla”.

Pero el peligro no llegó a ser tan grande para Bizancio. La proyectada expedición francesa no se realizó a causa de la actitud poco animada de los caballeros franceses y de la muerte de Suger, ocurrida a poco. Y Conrado permaneció fiel a su alianza con el Imperio de Oriente.

Pero cuando Manuel podía esperar más frutos de su amistad con Alemania, murió Conrado III (1152). Esta muerte en el instante en que se decidía la expedición a Italia, no se juzgó natural en Alemania, donde círculo el rumor de que el monarca había sido envenenado por los médicos de la corte, procedentes de la famosa escuela de Salerno, en Italia, entonces en manos de Roger. Federico I Barbarroja, sucesor de Conrado y hombre de tendencias absolutistas, convencido de que su poder era de procedencia divina, no se mostró dispuesto a compartirlo en Italia con el emperador de Oriente. En el tratado que Federico ultimó con el Papa a poco de su exaltación al trono —convenio en que llamaba a Manuel “rex” y no “imperator”, como hiciera Conrado—, el emperador de Alemania se comprometía a expulsar de Italia al de Oriente. Pero, no mucho después, Federico, por causas desconocidas, modificó sus planes y quiso volver a la alianza con Bizancio.

En 1154 murió Roger II, el tan sañudo enemigo del Imperio. Guillermo I, nuevo rey de Sicilia, se propuso romper la alianza de Bizancio con Alemania y Venecia. La república de San Marcos no podía aprobar los proyectos de Manuel, tendentes a instalarse en Italia. Este hecho hubiera sido para Venecia igual que si los normandos se establecieran en las dos orillas del Adriático. En ambos casos las dos riberas adriáticas quedaban en unas mismas manos, que podían cerrar la ruta a las naves venecianas. Así pues, Venecia se decidió a romper del todo sus relaciones de amistad con Bizancio, logró obtener a poco grandes privilegios comerciales en Sicilia y pactó con Guillermo I.

Tras algunos éxitos bizantinos en Italia del sur —como la toma de Bari y de otras plazas— Guillermo infligió a los ejércitos de Manuel una grave derrota en Brindisi, derrota que destruyó de un solo golpe todos los resultados de la expedición. Bari, capital de Apulia, que se había rendido a los griegos, fue completamente arrasada por orden de Guillermo. Un contemporáneo escribe: “La poderosa capital de la Apulia, célebre por su gloria, fuerte por sus riquezas, orgullosa por el origen noble e ilustre de sus habitantes, objeto de admiración general a causa de la belleza de sus edificios, yace ahora transformada en un montón de piedras”. [64]

La desgraciada campaña de Manuel en Italia indicó claramente a Barbarroja que el emperador bizantino proyectaba la conquista de la Península itálica, y por tanto, rompió definitivamente la alianza bizantina. Otón de Freisingen, historiador de Barbarroja, escribe respecto a éste: “Aunque aborrecía a Guillermo, no quería, empero, que los extraños pudiesen arrancarle territorios de su Imperio injustamente arrebatados por la furiosa tiranía de Roger”. Manuel perdió toda esperanza de reconciliación con Barbarroja y a la vez toda esperanza de reconquista de Italia. Por consecuencia, en 1150 se concluyó una paz entre Manuel y Guillermo de Sicilia. No conocemos exactamente las estipulaciones, pero sí que significaban la renuncia de Bizancio a todos los brillantes proyectos que acariciara, a la par que “la ruptura de la amistad y la alianza que entre los dos Imperios se habían convenido baja Lotario de Sajonia y Juan Comneno, y estrechádose más tarde merced a las reacciones personales de Conrado y Manuel”. Desde entonces las tropas bizantinas no volvieron más a Italia. [65]

En estas nuevas condiciones, los fines de la política bizantina se modificaron. A la sazón había que oponerse al designio de los Hohenstaufen de conquistar Italia. La diplomacia bizantina tendía a fines nuevos. Manuel, mirando a romper la amistad de Federico con el Papa, buscó en Roma un apoyo para la lucha ulterior contra el emperador alemán, y al efecto procuró deslumbrar al pontífice con el espejuelo de la unión de las dos Iglesias. Al provocar una lucha entre el Papa y el emperador germánico, Manuel esperaba "restablecer el Imperio de Oriente en la plenitud de sus derechos y hacer desaparecer la anomalía que a sus ojos era el Imperio de Occidente” [66] . Pero aquellas negociaciones no resultaron, porque el Papa no tenía intención alguna de dejar de depender de un emperador para pasar a la dependencia de otro. Muy al contrario, los Papas del siglo XII, inspirados por ideales teocráticos, deseaban dominar a los emperadores bizantinos.

Al estallar la lucha entre Barbarroja y las ciudades del norte de Italia, Manuel ayudó activamente a éstas, proporcionándoles recursos. Las murallas de Milán, arruinadas por Federico, se restauraron con ayuda del emperador de Bizancio. Las relaciones del Imperio fueron particularmente activas con Génova,. Pisa y Venecia. La última, ante el inminente peligro alemán, volvía otra vez los ojos a Bizancio. En la batalla de Legnano (29 mayo 1176) quedó completamente derrotado Federico Barbarroja en Italia del norte y triunfaron las ciudades italianas septentrionales y su aliado el Papa, a la vez que parecía mejorar la posición de Manuel en Italia. Pero Manuel, sin duda por falta de recursos, quiso utilizar las riquezas de los mercaderes venecianos que se hallaban en territorio bizantino, y al efecto, mandó súbitamente prender a todos los venecianos que había en Bizancio y confiscarles los bienes. Venecia, indignada, envió una flota contra Bizancio, si bien las naves, a causa de una epidemia, volvieron sin haber logrado éxitos de monta. Según parece, mientras vivió Manuel no se restablecieron las relaciones en Bizancio y Venecia.

Para prevenir los efectos de la política bizantina en Italia, Federico Barbarroja entró en negociaciones con el más peligroso enemigo de Bizancio en Oriente: Kilidy—Arslan, sultán de Iconio, tratando de persuadirle de que atacase al Imperio, en la esperanza de que las dificultades del Asia Menor apartarían a Manuel de los asuntos europeos. En Oriente la situación se tornaba cada vez más amenazadora. En Cilicia —conquistada por Juan Comneno— estalló una revuelta dirigida por Thoros. Manuel envió contra éste dos ejércitos, que fracasaron. La situación se hizo todavía más alarmante cuando Thoros pactó con Reinaldo de Chátillon, príncipe de Antioquía y antiguo enemigo suyo, y los dos marcharon juntos contra los griegos. En tanto que Thoros atacaba en Cilicia, Reinaldo de Chátillon asaltaba Chipre por mar y veía sus esfuerzos coronados por el éxito. Entonces Manuel acudió a Cilicia en persona. Ante su repentina presencia, Thoros escapó a duras penas a la cautividad y emprendió la fuga. En 1158, Manuel había vuelto a ser dueño de Cilicia. Thoros se sometió al emperador y fue perdonado. Iba a llegarle la vez a Antioquía.

Reinaldo de Chátillon, comprendiendo que no podría resistir solo a los bizantinos, decidió acogerse también al perdón del emperador. Hallándose el emperador en Mopsuesta (la Mamístra de los cruzados), en Cilicia, Reinaldo “apareció suplicante ante el Gran Comneno”. [67] Entonces sucedió una escena de profunda humillación. Reinaldo, descalzo, se prosternó ante el emperador, que presentó el puño de su espada y se entregó a su merced”. A la vez —dice Guillermo de Tiro— Reinaldo pedía gracia, y clamó tanto tiempo, que todos tuvieron náuseas y muchos franceses le menospreciaron y censuraron”. [68] Estaban presentes enviados de la mayoría de las naciones orientales, incluso de los leíanos abasaos (Abkhaz) y de los iberos, y aquella escena les causó impresión profunda, [69] “tornando a los latinos despreciables en toda Asía”. [70] Reinaldo se reconoció vasallo del Imperio, y así, más tarde (676—701 un embajador, Roberto, enviado al rey de Inglaterra, representaba a la vez a Bizancio y Antioquía. [71] Balduíno III, rey de Jerusalén, acudió en persona a Mopsuesta, donde fue cortésmente acogido por el emperador. Pero Balduíno fue forzado a convenir un tratado con Manuel, comprometiéndose a suministrarle tropas. Eustacío de Tesalónica habla del rey que “acudió a nosotros desde Jerusalén, pasmado por la reputación y altos hechos del emperador y reconociendo a distancia su grandeza”. [72]

En abril de 1159, Manuel entró solemnemente en Antioquía. Escoltado por Reinaldo de Chátillon y otros príncipes latinos, todos a pie y sin armas, y seguido del rey de Jerusalén, a caballo, pero igualmente sin armas, el emperador avanzó por las calles “ornadas de tapices, de colgaduras, de follaje y de flores”, “al son de las trompetas y los tambores, al canto de los himnos”, hacia la catedral, guiado por el patriarca de Antioquía vestido de pontifical. “Durante ocho días, las banderas imperiales flotaron sobre la cindadela de Antioquía”.

La sumisión de Reinaldo de Cháünon y la entrada de Manuel en Antioquía en 1159, señalaron “el triunfo de la política seguida por Bizancio respecto a los latinos. Era el resultado de más de sesenta años de esfuerzos y luchas. En medio de las dificultades que debieron superar y de las numerosas guerras que hubieron de pelear, los basileos no perdieron nunca de vista la cuestión del principado de Antioquía, asunto planteado durante la primera Cruzada y no resuelto jamás”. [73]

Una inscripción de la iglesia de la Natividad, en Belén, dice, con fecha de 1169: La presente obra ha sido acabada por el pintor y mosaísta Efraím, bajo el reinado del emperador Manuel Porfirogénito Comneno y bajo el gran rey de Jerusalén, Amalrico y el muy santo obispo de la santa Belén, Raúl, en el año 677” (1169). [74] La asociación de los nombres de Manuel y Amalrico (Amaury de Anjou), parece indicar que, tras los acontecimientos reseñados, se había establecido una cierta soberanía del emperador griego sobre el reino de Jerusalén. [75]

Por otra parte, Manuel llevaba algunos años en buenas relaciones con Kilidy—Arslán, quien incluso había estado en Constantinopla en 1161—62, recibiendo una solemne acogida, de la que se hallan detalladas descripciones en las fuentes griegas y orientales. El sultán pasó ocho días en Constantinopla. Todas las riquezas y tesoros de la capital fueron mostrados a tan distinguido huésped. Hubo en su honor torneos, carreras y una fiesta naval con una exhibición del célebre “fuego griego”. Dos veces diarias se llevaban al visitante provisiones en vajillas de oro y plata que se dejaban luego a su disposición. Un día que el emperador y el sultán comieron juntos, toda la vajilla y ornamentos de la mesa fueron ofrecidos como regalo a Kilidy—Arslan. [76]

En 1171, Amalrico I, rey de Jerusalén, estuvo en Constantinopla, siendo magníficamente recibido por Manuel. Guillermo de Tiro da una descripción detallada de la visita. [77] La gloria y poder de Manuel en Oriente estaban entonces en su apogeo.

Sin embargo, los resultados de la visita de Kilidy—Arslan no fueron trascendentales en exceso. Hubo una especie de tratado de amistad, pero de corta duración. “Algunos años más tarde vemos al sultán declarar a los suyos que cuantos más males había causado al Imperio griego, más importantes regalos le había hecho éste”. [78]

En tales circunstancias, la paz en la frontera oriental no podía prolongarse mucho. A causa de diferentes motivos locales, y quizá por instigación de Barbarroja, estallaron las hostilidades. Manuel se puso al frente de sus tropas. Su objetivo era tomar Iconion (Konia), capital del sultanato. En 1176 los ejércitos bizantinos penetraron en las montañas de Frigia, donde, cerca de la frontera, se alzaba la fortaleza de Miriocefalón. Los turcos les atacaron repentinamente por todas partes y allí, el 17 de septiembre de 1176, [79] sufrieron los imperiales un fracaso completo. Un historiador bizantino escribe: “El espectáculo era en verdad lacrimoso, o, mejor dicho, tan grande era el mal que no cabía llorarlo: los fosos estaban llenos de cadáveres, en las barrancas se veían colinas de muertos, en las espesuras montañas de víctimas...

Nadie podía pasar por allí sin verter lágrimas y lanzar suspiros. Todos sollozaban y llamaban por sus nombres a los amigos y parientes que habían perdido”. [80]

El historiador contemporáneo Guillermo de Tiro, que pasó una temporada en Constantinopla en 1179, nos pinta así la actitud de Manuel después de la derrota de Miriocefalón: “A partir de ese día, el desastre quedó tan profundamente grabado en su memoria que, aun cuando su humor ordinario fuese alegre, no volvió a mostrar, a pesar de los esfuerzos de sus cortesanos, la menor alegría y en todos los días de su vida no recobró su fuerza corporal, antes tan grande. A tal punto estaba quebrantado por el tormento (refricatione) continuo que le causaba la idea de aquél desastre, que no conseguía regocijarse ni calmar su ánimo ni encontrar su ordinario humor tranquilo”.

En una larga carta dirigida a su amigo el rey de Inglaterra Enrique II Plantagenet, Manuel le anuncia su reciente desastre, esforzándose en atenuarlo un tanto. Allí se lee un detallado relato del combate y, entre otras cosas, se hallan interesantes indicaciones sobre la participación que tuvieron en la batalla los ingleses que desde 1066 estaban al servicio de las tropas de Bizancio, sobre todo en la guardia imperial. [81]

A pesar del funesto desenlace de Miriocefalón, un panegirista anónimo de Manuel coloca la huida de éste ante los turcos en el número de sus acciones brillantes: “Después de haber chocado con la masa de los invasores ismaelitas, él (Manuel) se precipitó solo en la huida, sin temor de tantas espadas, dardos y lanzas”. [82] Un sobrino de Manuel decoró su casa con un cuadro representando “los altos hechos del sultán de Iconio, ilustrando así los muros de su residencia con un tema que, sin duda, hubiese sido mejor dejar en tinieblas”. [83] Según toda probabilidad, aquél poco corriente cuadro representaba la batalla de Miriocefalón.

Por razones que desconocemos, Kilidy—Arslan sólo usó moderadamente de su victoria, abriendo negociaciones con el emperador y llegando a una paz razonable. Fueron destruidas algunas fortificaciones bizantinas del Asia Menor.

La batalla de Mantzikiert en 1071 había dado ya un golpe mortal a la dominación bizantina en Asia Menor. Pero los contemporáneos, sin advertirlo, esperaban restablecer la situación y desembarazarse del peligro selyúcida. Las dos primeras Cruzadas no lograron conjurar este peligro. La batalla de Miriocefalón arruinó en definitiva las últimas esperanzas de Bizancio. Ya no se creyó posible expulsar del Asia Menor a los turcos. El Imperio no podía pensar en una política ofensiva seria en Oriente. Bastante era que defendiese sus fronteras contra las continuas invasiones selyúcidas. El historiador alemán Kugler dice: “La batalla de Miriocefalón decidió para siempre la suerte de todo el Oriente”).

A poco de aquella derrota, Manuel escribió a Federico Barbarroja una carta en la que hablaba de la humillación del sultán selyúcida. Más Federico conocía ya la aplastante derrota de Manuel cuando recibió el mensaje. [84] En su respuesta decía que los emperadores germánicos, que habían recibido su poder de los gloriosos emperadores romanos, no sólo debían gobernar el Imperio romano, sino también el “reino griego” (ut non solum Romanum imperium nostro disponatur moderamine, verum etiam regnum grecie ad nututn nostrum regí et sub nostro gubernari debeat imperio). Por consecuencia, invitaba a Manuel a reconocer la autoridad del emperador de Occidente y someterse a la del Papa. Terminaba diciendo que en adelante él amoldaría su conducta a la de Manuel, quien había en vano sembrado disidencias entre los vasallos del emperador de Occidente. [85] De modo que, a juicio del autoritario Hohenstaufen, el emperador bizantino debía someterse a él, como emperador de Occidente. Así, la idea de un Imperio único no había dejado de existir en el siglo XII. Primero fue Manuel quien la favoreció y después las circunstancias se volvieron en su desventaja, siendo Barbarroja quien soñaba en el Imperio universal. En 1177 el Congreso de Venecia, en el que participaron Federico, el Papa y los representantes de las victoriosas ciudades italianas, confirmó la independencia de éstas y reconcilió al Papa con el emperador germánico. En otras palabras, el tratado de Venecia concluyó el conflicto existente entre Alemania, las ciudades de Lombardía y la Curia Pontifical, conflicto en que Manuel fundaba sus esperanzas.

Según F. I. Uspenski, del Congreso de Venecia fue para el Imperio bizantino un golpe tan terrible como el desastre que le había infligido el sultán de Iconio en Miriocefalón. Reconcilió en Occidente a los elementos hostiles a Bizancio y anunció así la coalición de que debía resultar, en 1204, la toma de Constantinopla y la fundación de los Estados latinos de Oriente”.

Para Venecia, el Congreso de 1177 tuvo una importancia capital. Allí se reunió una brillante sociedad europea, encabezada por el Papa y el emperador de Occidente. Más de diez mil extranjeros llegaron a Venecia. Todos admiraron la belleza, riquezas y poder de aquella ciudad. Se leen en un escrito contemporáneo estas palabras del autor a los venecianos: “¡Ah, y cuan felices sois de que semejante paz haya sido ultimada en vuestra ciudad! Vuestro nombre tendrá por ello gloria eterna”. [86]

Poco antes de morir, Manuel logró un postrero éxito diplomático al casar a su hijo y sucesor, Alejo, con la hija de Luis VII de Francia, Inés, de ocho años entonces, la cual recibió en Bizancio el nombre de Ana. Las relaciones algo tirantes existentes entre Bizancio y Francia desde la segunda Cruzada debían mejorar con aquél matrimonio. Eustacio de Tesalónica escribió un discurso elogioso al llegar la imperial prometida a Megalópolis (Constantinopla). [87]

Además, a raíz de la famosa carta de Manuel a Enrique II de Inglaterra, hablando del desastre de Miriocefalón, las relaciones de ambos soberanos hiciéronse más cordiales. Poseemos testimonios acreditativos de que en los últimos años del reinado de Manuel hubo en Westminster enviados bizantinos y de que el inglés Geoffrey de Haie (“Galfridus de Haia”) fue encargado por Enrique II de recibir a los embajadores griegos, siendo luego el mismo Geoffrey enviado a Constantinopla. [88] Enrique, bien informado, a lo que parece, de los deportes favoritos de Manuel, le envió una jauría de perros de caza, los cuales embarcaron en una nave que zarpó de Brema. [89]

En resumen, la política de Manuel difirió mucho de la prudente y reflexiva de su padre y su abuelo. El hijo de Juan acarició el sueño irrealizable de restaurar la unidad del Imperio y manifestó una fuerte inclinación hacia Occidente, cuya vida le atraía mucho. Dedicó todos sus esfuerzos a luchar contra Italia y Hungría y a establecer relaciones amistosas con Francia, el Imperio occidental, Venecia y otras ciudades italianas. Por tanto, no prestó suficiente atención a Oriente y 110 supo impedir los progresos del sultanato de Iconio. Finalmente, vio desplomarse todas las esperanzas del Imperio en Asia Menor después del desastre de Miriocefalón.

La preferencia dada por Manuel a Occidente, región totalmente extraña a Bizancio en aquella época y cuya civilización no podía aun rivalizar con la bizantina, tuvo consecuencias nefastas para el Imperio. Al recibir con los brazos abiertos a los extranjeros y otorgarles los cargos más elevados y ventajosos, suscitó entre sus súbditos una indignación de la que cabía esperar, llegada la oportunidad, choques sangrientos. Un historiador contemporáneo, especialista en la época de Manuel, juzga así la política de éste: “Manuel tuvo la suerte de morir antes de poder ver las desastrosas consecuencias de su política, consecuencias ya percibidas por los espíritus, clarividentes de algunos contemporáneos. La herencia de los basileos era pesada de recoger y ninguno de sus sucesores podría restablecer los asuntos del Imperio. En los años siguientes la decadencia había de acentuarse con celeridad, pero es justo decir que había comenzado en el reinado de Manuel”. [90]

Quizá fuere más justo decir que la decadencia de Bizancio había empezado mucho antes, en tiempos de la dinastía macedonia, esto es, desde 1025, fecha de la muerte de Basilio II Bulgaróctonos. Los dos primeros Comnenos, Alejo y Juan, supieron frenar la decadencia, pero no detenerla del todo. La política errónea de Manuel puso de nuevo al Imperio en la ruta de la decadencia, que esta vez ya sería definitiva.

Con Manuel, como dice Herzberg, “el antiguo esplendor y la antigua grandeza de Bizancio descendieron a la tumba para siempre”. A esta opinión del siglo XIX pueden añadirse la de un célebre historiador del XII, Eustacio de Tesalónica, contemporáneo de los Comnenos y los Ángeles y el cual escribió: "Conforme a la voluntad divina, con la muerte del basileo Manuel Comneno pereció todo lo que todavía quedaba intacto entre los romanos, y todos nuestros territorios se llenaron de tinieblas, como en un eclipse”.


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[1] V. F. Chalandon, Essai sur le régne d'Alexis 1er Comnéne (París, 1900), p. 21. Recientemente se ha emitido la hipótesis de que los Comnenos eran oriundos de Valaquia. V. G. Murnu, El origen de los Comnenos, en el Boletín de la Sección Histórica de la Academia Rumana, t. XI (1924).

[2] C. Diehl, La societe byzantine a l'époque des Comnénes (Revue historique du Sud—Est européen, t. VI, 1929.

[3] Vasilievski, La alianza de los dos imperios, en Slavianski Sbornik (San Petersburgo, 1877). Diehl, Figures byzantines. Scala, Das Griechentum seit Alexander dem Grossen, en Helmholt, Weltgeschichte (Leipzig, y Viena, 1904).

[4] Eustacio, De Thessalonica a Latinis capta, ed. Bonn, 388.

[5] Nic. Con., p, 458, cit. en Diehl, Fig. byz., t. II. Las numerosas fuentes relativas a la muerte de Andrónico aparecen criticadas en N. Radojcic, Dva posliednia Komnena (Zagreb, 1907).

[6] Dyrrachium, la Durazzo de hoy, era la antigua Epidamne, en eslavón Drach (Drac).

[7] V. F. Chalandon, Essai sur le régne d'Alexis 1r Comnéne (París. 1900); idem, en la Camh. Med. Hist., t. IV, p. 329—330. No se conoce con exactitud el lugar de la muerte de Guisardo. V. Chaandon, p. 93. n. 9. Yewdale (ob. cit., p. 23) declara que Guiscardo murió en Casiope (Corfú).

[8] Tafel y Thomas, Urkunden zur Alteren Handels und Stadtsgeschichte der Rcpublik Venedig (Viena, 1856), p. 51—54 (Fontes rerum austricarum, Diplomata et acta, XII). Véase F. Dolger, Corpus des griechischen Urkunden des Mittelalters una der neueren Zeit. Reihe A: Regesten, I, 2a parte (Munich y Berlín, 1925

[9] Ana Comnena VII,5 (vol. II,15). La batalla se libró el 29 de abril, y por tanto sólo medió un día hasta el 1 de mayo

[10] Riant, Alexii J Comneni ad Robertum 1 Flandriae comiten epístola spuria (Ginebra, 1879). Hagenmeyer, Die Kreuzzurgsbriefe aus den Jahren 1088—1100 (Insbruck, 1901).

[11] Chalandon, ob. cit., Apéndice: La lettre d'Alexis au comte de Flandre,

[12] B. Leib, Rome, Kiev et Byzance a la fin du XI a siécle (París, 1924).

[13] L. Bréhier, Les Croisades, 5—a ed. (París, 1928). N. Jorga, Essai de synthése de l'histotre de l'humanité. II: Histoire du mayen age (París, 1927), se niega a dar la menor importancia a esa carta. Georgina Buckler, Anna Comnena. A study (Oxford—Londres, 1929), declara que la carta es apócrifa, si no del todo, al menos en gran parte.

[14] Hagenmeyer, Der Brief des Kaisers Alexias I Comnenos an den Grafen Robert I von Flandern (Byz. Zeit., t. VI, 1897). Id., Die Kreuzzugsbrief, p. 38—40. V. también H. Pirenne, A propos de la lettre d'Alexis Comnéne a Robert le Frison, comte de Flandre (Revue de l'lnstruction publique en Belgique, t. L, 1907). G. Caro, Die Berichterstattung auf dem ersten Kreuzzuge (Neue Jahrbücher für das Klassische Altertum, t. XXIX, 1912).

[15] Dólgcr, ob. cit., estima que la carta es de 1088 (t. II, p. 39, n.° 1152).

[16] F. Chalandon, Histoire de la premiére Croísade (París, 1925). La obra de A. Gruhn, Die Byzantinische Politik zur Zeit der Kreuzzuge (Berlín, 1904), carece de importancia, no llevando referencia ni indicación alguna de las fuentes.

[17] H. Pirenne, Mahomet et Charlemagne (Revue belge de Philologie et d'Histoire, Bruselas, 1922). En la p. 86 se lee: “Sin el Islam, el Imperio franco no habría existido probablemente nunca y Carlomagno es inconcebible sin Mahoma”.

[18] V. L. Halphen, La Conquéte de la Méditerranée par les Européens au XIe et au XIIa siécle (Mélanges d'histoire offerts a H. Pirenne (Bruselas—París, 1926). J. Ebersolt, Orient et Occident (Recherches sur les influences byzantines et orientales en France avant les Croisades, París, 1928).

[19] V. A. Vasiliev, Carlomagno y Harun—Al—Raschid (Viz. Vrem., t. XX, 1913, p. 63—116. En ruso), L. Bréhier, Les Croisades (París, 1928), p. 22—34. Id., Charlemagne et la Palestine (Revue historique, t. CLVII, 1928). Ver V. Barthold, quien rechaza incluso la existencia de relaciones políticas entre Harun—Al—Raschid y Carlomagno. Barthold: Carlomagno y Harun—Al—Raschid (Christianki Vostok, San Petersburgo, 1912). La tesis del patronato franco está basada en el testimonio de Eginhardo, contemporáneo de Carlomagno, cuya Vita Karoli y los Annales constituyen preciadísimas fuentes. En la Vita, por ejemplo, se habla de la acogida dispensada por Harun—al—Raschid a los enviados de Carlos, cuyas peticiones acoge y aun mejora, dándoles la propiedad del Santo Sepulcro. En los Annales, relata la entrega que los enviados del califa hicieron al emperador de las llaves del Santo Sepulcro, del estandarte de Jerusalen y de importantes reliquias. (N. del R)

[20] W. M. Ramsay, The cities and bishopries of Phrigia (Oxford, 1895). La opinión de Ramsay aparece compartida por J. W. Thompson, An economic and social history of the Middle Ages (N. York—Londres, 1928),donde se halla una referencia errónea al artículo de W. Ramsay, The war of Moslem and Christian of Asia Minor (Contemporary Review, vol. XC). El señor Thompson ha tenido la gentileza de explicarnos este error. Sobre los turcos en Palestina a fines del siglo XI, v., por ej., el conde Riant, Inventaire critique des lettres historic des Croisades, en los Archives de l'Orient latin (París, 1881).

[21] Havet, Lettres de Gerbert (983—997), (París, 1889). Bubliov, Compendio de las epístolas de Gerberto consideradas como fuentes históricas (San Pctersburgo, 1890) V. tam. H. Sybei, Geschichte des ersten Kreuzzuges, 2.·ed. (Leipzig, 1881).

[22] Migne, Patr. lat., 148, col. 290. Véase Kohler en su crítica de R. Rohricht, Geschichte des ersten Kreuzzuges (Rev. hist., t. 1903).

[23] V. E. Joranson, The Great German Pilgrimage of 1064—1065, en “The Crusades and other historical essays presented to Dana C. Munro by his former students”, ed. por L. J.Paetow (Nueva York, 10,28). E! estudio entero abarca las páginas 3—43, y es excelente, incluyendo una bibliografía completa.

[24] V., por ej., Krumbacher, ob. cit., p. 420. H. Vincent y F. M. Abel, Jérusalem (París, 1924), t. II, p. XXXVII

[25] C. Diehl, Une répnblique patricíenne: Venise (París, 1911).

[26] V. E. H. Byrne, Genoese trade with Syrta in the 12th century (Am. Hist. Rev., 1. XXV (1920). G. Bratianu, Recherches sur le commerce genois dans la mer Notre au XIIIe siécle (París, 1929). Opino que el autor no ha comprendido bien la teoría de Byrne. V. también V. Heyd, Histoire du commerce du Levant, t. I (Leipzig, 1885—1983). A. Schaube, Handehgeschichte der romanischen Volker des Mit—temeergebiets bis zum Ende Kreuzzuge (Munich—Berlín, 1906).

[27] F. Cerone, La política oriéntale di Alfonso d'Aragona (“Archivo storicco per le province Napolitane”, t. XXVII, 1902)

[28] Bula Urbani II, 1 julio 1089, Romae. Mansi, Conciliorum collectio. XX, col, 701. Migne, Patr. lat., vol. 151 col. 302—303. Jaffé, Regesta Pontificum Romanorum (Leipzig, 1885). Véase conde Riant, Inventaire crit. des let. hist. des Crois. (Arch de l'Or. lat”, París, 1881). Riant emite algunas dudas, sin razón plausible, sobre la autenticidad de la bula.

[29] V. O. Kluchevski, Historia de Rusia. Trad. ingl. de C. J. Hogarth (Londres—Nueva York, 1911). V. B. Leib, Rome, Kiev et Byzance a la fin du XI siécle (París, 1924). Aunque los cronistas rusos no hablen de la Cruzada, el movimiento cruzado debió ser conocido en Rusia en el siglo XI. Jorga rechaza todo vínculo entre Rusia y las Cruzadas. V. su obra Choses d'Orient et de Roumanie (París—Bucarest, 1924).

[30] V. K. Gjerset, History of the Norwegian People (Nueva York, 1915) V. también P. Riant, Expéditions et pélerinages des Scandinaves en Terre—Sainte (París, 1865)

[31] Brosset, Historia de Georgia (San Petersburgo, 1849), t. I, p. 352—353. Véase tamb. e] artículo de A. Dirr, Géorgie, en la Enc. de I'Islam, t. II, p. 139—140

[32] V. D. C. Munro, Did ihe Emperor Alexis I ask for aid at the council of Piacenza? (Hist. Rev., t. XXVII, 1922). J. Gay, Les Papes du XI siéde et la chrétienté (París, 1926). B. Leib, Rome, Kiev et Byzance. Chalandon (t. I. p. 156) cree que los embajadores de Alejo comparecieron en Piacenza para discutir la unión de las dos Iglesias. V. id., Histoire de la premiére Croisade (París, 1925).

[33] F; Duncalf, The pope's plan for the First Crusade (The crusades and Other historical essays presented to D. C. Munro).

[34] V. Munro, Speech of pope Urban II at Clermont, 1095 (Atn. Hist. Rev., t. XI 1906).

[35] P. Maas, Die Musen der Kaisers Alecios I (1913). Si no me engaño, ese pasaje no ha sido referido nunca a la historia de la primera Cruzada

[36] Ana Comnena, Alex., 1. X, p. 5 (ed. Reifferscheid, t. II; p. 76). En la trad. inglesa de E. Dawes (Londres, 1928), p. 250, se transcriben así las últimas palabras: “Considerando eso una especie de corolario”. II.—4

[37] La leyenda del caballero del Cisne y del que fue su nieto por línea de hembras, Godofredo de Bobillo, ocupa — como se recordará — ciento cuarenta y tres de los cortos capítulos de nuestra Gran Conquista de Ultramar (ed. P. de Gayangos, Bibl. de Autores Españoles, XLIV); es una tradición de la cual ya hay constancia escrita, en Flandes, a principios del siglo XIV. Siguiendo luego, aunque a través de una traducción francesa, la Belli Sacri Historia de Guillermo, arzobispo de Tiro, nuestro libro trata del paso de Godofredo a la Romanía, de la liberación de Hugo de Vermandoís — aquí llamado Hugo Lomaines, es decir, “el Grande” —, prisionero del basileus, y del encuentro con Boemundo, para dar principio a la Cruzada. Y alcanza hasta 1271, cuando fue asesinado en Viterbo e! emperador Enrique. (N. del R.)

[38] Sobre Roberto de Flandes v. un artículo de M. Knappen, Robert II of Flanders in the first Crusade (The crus. and ot. hist. es. pres. to D. C. Munro)

[39] V. Vewdale, p. 44. Durante su paso por la Península balcánica, Boemundo se esforzó en amoldarse a los deseos de Alejo y los representantes de éste (Ibid.)

[40] Yewdale.

[41] V. para detalles a Yewdale (París, 1925).

[42] V. Chaiandon, i. I, p. 236, n. 6. Ycwdale, ob. cit., p. 102, n, 99. Leyendas semejantes sobre falsos muertos y pseudofunerales se encuentran a menudo en las fuentos de la Edad Media. V. Vasilievski, Obras, t. I, p. 234—235 (en ruso)

[43] Historia belli sacri (Tudebodus imitatus et continuatus), Compendio de historiadores de las Cruzadas (Hist. occ., a. III, p. 228). V. Yewdale.

[44] Yewdale, p. 108, 115. Esta opinión es sostenida por A. C. Krey en su ensayo.

[45] Se encuentra el documento en Ana Comnena, XIII, 12 (t. II, p. 209—211). V. Ytwdale, 127—129. Dolgcr, t. II. p. 51—52 {núm. 1243); buena bibliografía.

[46] Chalandon, Les Comnénes. Etudes sur l'Empire byzantin au X et au XIIe siécle. Jean II Camnéne et Manuel Ier Comnéne (París, 1912), p. 10.

[47] Fontes rerum byzantinorum, ed. W. Regel (Petrogrado, 1917), fasc. 2, 334.

[48] Guillermo de Tiro, Historia rerum in partibus transmarinis gcstarum, XV, 3 (Recueil des historiens des Croísades. Historiens occidcntaux, r. I, p. 658—659).

[49] Regel, Fontes rerum byzantinorum, II, 358—359

[50] Cinnamus, p. 25. Nic. Chon., p. 56. Guillermo de Tiro, Historia rerum ín partibus transmarims gestarum, XV, 21 (Rec. des hist. des Crois. Historiens occid., t. I, p. 691).

[51] Regel, ob. cit., II, 338—339.

[52] Regel, ob. cit., II, 336, 346, 347, 353. Creemos que por “encina céltica”, el panegirista entiende el ducado franco de Antioquía

[53] Ottonis Frisingensis, Gesta Friderici I, imperatoris, I, 24 (25) (Scripiores rerum germanicorum in usum scholarum, p. 33).

[54] V. E. Gaspar, Roger II(1101—1154) und die Gründung der normannisch—sicilischen Monarchie (Insbruck, 1904), p. 365

[55] J. Chabot, Un épisode de l'historie des Croisades (“Mélanges offcrs á M. Gustave Schlumberger” (París, 1924), t. I, p. 179. Texto completo: p. 171—179

[56] E. Curtís, Roger of Sicily and the Normans in Lower Italy, 1016—1154. (N. York—Lon—dres, 1912), p. 227.

[57] Sobre esta cuestión véase Chalandon, Histoire de la domination normande en Italie et en Sicile (París, 1907), t, II, p. 135—137· Ver también E. Gaspar, Roger II, p. 376—384.

[58] Tan sólo las fuentes occidentales mencionan la toma de Atenas. Ver Gaspar, ob. cit., p. 382, n. 5

[59] El texto del tratado se halla en Tafel y Thomas, Urkunden, t. I, p. 109—113. Zacharias von Lingenthal, Jus Graeco—romanum, III, 525—529

[60] Éxodo, 17, 8—14

[61] Von Lingenthal, Jus Graeco—Romanum, III, 443. Eustacio de Tesalónica, Manuelis Comneni Laudatio funebris, par. 17 (Migne, Patr. Gr., vol. 135, col. 984)

[62] J. Ebcrsolt, Orient et Occident. Recherches sur les influences byzantines et orientáls en France pendant les Croisades (París, 1929), p. 10

[63] Petri Venerabilis abbatis Cluniacensis, Epistolae, VI, 16 (Migne, Patr. lat., vol. 189, columna 424).

[64] Hugonis Fakandi, Historia Sicula, en Muratori: Scriptores rerum italicorum, VII, 269

[65] Vasilievski, La expedición de Italia del sur (1156—1157), en Slavianski Sbornik (San Petersburgo, 1876), t. III, p. 400 (en ruso).

[66] Chalandon, Jean Comnéne et Manuel Ier Comnéne, p. 557.

[67] G. Schlumberger, Renaud de Chátillon (París, 1898), p. 107.

[68] Guillermo de Tiro, ob. cit.. XVIII, 23 (I, 860—61). El poeta y escritor de la corte, Teodoro Pródromo, narró igualmente la humillación del príncipe de Antioquía. Recueil des Croisades. Historiens grecs, t. II, p. 305310.

[69] Véase Cinnamus, IV, 18; ed Bonn, p. 183.

[70] Schlumbcrger, ob. cit., p. 111 y no. Guillermo de Tiro, XVIII, 23 (I, 861); Latinitatis gloriam verteret in opprobium.

[71] Publicaciones de la “Pipe Roll Sodeiyu": The Great Roll for the Pipe for thc reign of King Henry the Second, vol. 28 (Londres, 1907), p. 1035.

[72] Regel, Fontes rertim byzantinarum, I, 39. 73 Chalandon, t. II, p. 451—452

[73] Chalandon, t. II, p. 446

[74] V. M. de Vogüe, Les Eglises de la Terre Sainte (París, 1860), p. 99. Corpus inscriptionum graecarum, IV (Berlín, 1877), 339 (N. 8736). H. Vincent y F. M. Abel, Bethléem; le sanctuaire de la Nativité (París, 1914), p. 157—161

[75] V. Chalandon, t. II, p. 449. Bréhier (París, 1928), p. 109, donde da la fecha errónea de 1172. Vincent y Abel rechazan la idea de que Manuel ejerciera soberanía, ob. cit., p. 160.

[76] Cinnamus, V, 3 (p. 206—208, ed. Bonn). Nicetas Choniata, III, 5—6 (p. 154—158). Crónica de Miguel el Sirio ed. por J. B. Chabot (París, 1911), L, III, p. 319; Gregorio Abullaragio, Chronicon Syriacum, ed. Bruns y Kirsch (Leipzig, 1789), p. 358—359 (trad. latina). Véase Chalandon, t. II, p. 463—466. F. I. Uspenski, La política de Manuel Comneno (Boletín de la Sociedad palestiniano—rusa. Leningrado, 1926), p. 115—117. En ruso.

[77] Guillerno de Tiro, ob. Cit. XX, 22—24 (1981—987). Ver G. Schlumberger Campagnes du roi Amaury de Jerusalén en Égipte au XIIe siécle (París, 1906) p.311—331.

[78] Chalandon, t, II, p. 466

[79] Sobre esta fecha, ver A. Vasiliev, Das genaue Datum der Schlacht von Myriokephalon. Byz. Zeit., t. XXVIl (1927).

[80] Níc. Chon.., p.247.

[81] Esta carta se encuentra inserta en la Crónica de Roger van Hoveden (Chronica Rogeri de Houedene), ed. por W. Stubbs (Londres, 1869), t. II, p. 102—104 (Rerum britannicarum medii aevi scriptores, vol. 51).

[82] S. Lambros, O MapKiavos Koóis 524, Neos Ehhr)vopvgpwv, Athens 1911 t. VIII p. 149. Véase también Chcstakov, Notas sobre los poemas del Codex Marcianus gr. 524 (Viz. Vremermik, t. XXIV, 1923—1926).

[83] Cinnamus. Ver Dichl, Manuel, t. I, p. 405

[84] Se conserva un fragmento de esa carta en los Ánnales Stadenses. Pertz, Mon. Germ. Hist. (So—., XVI, 349): la fecha de 1179 es errónea. Véase H. von Kap—Herr, Die abendlandische Politik Kaiser Manuel (Estrasburgo, 1881).

[85] Carta impresa por H. von Kap—Herr, ob. cit., p. 156—157

[86] Historia ducum Veneticorum, 1177. Pertz. Mon. germ., XIV, 83. V. H, Kretschmayer, Geschichte von Venedig (Gotha, 1905), t. I, p. 268. W. C. Hazlitt, The Venetian republic; its rise, its growth, and its fall (Londres, 1915), t. I, p. 231—232. C. Diehl, Une république patricienne: Venise (París, 1915; varias ed.).

[87] Regel, Fontes rerum byzantinorum, I, 80—92. V. también p. XIII—XIV

[88] The Publications of the Pipe Roll Society, vol. XXVI (Londres, 1905), p. 166, 187. 192, 208 (The Great Roll of the Pipe), vol, XXVIII (Londres, 1907), p. 125.

[89] Ibid., vol. XXVII (Londres, 1906), p. 19.

[90] Chalandon. t. II, p. 607—608. Ver también F. Cognasso, Partiti politici e lotte dinastiche in Bizanzio alta morte de Manuele Comneno (Turin, 1912), p. 216. (4)