Capítulo IX
LA CAÍDA DE BIZANCIO

La época de los Paleólogos: la historia exterior. Situación general del Imperio en la época de los Paleólogos. Insuficiencia de los estudios referentes a esa época. Caracteres de los diferentes emperadores.

“Constantinopla, Acrópolis del Universo, capital del Imperio Romano, que había estado, por la voluntad de Dios, bajo el poder de los latinos, se encontró de nuevo bajo el poder de los romanos, y esto les fue concedido por nuestra mediación”. Tales palabras se leen en la autobiografía de Miguel Paleólogo, primer soberano del restaurado Imperio bizantino.

La extensión territorial del Imperio de Miguel era muy inferior a la del Imperio de los Comnenos y Angeles (sobre todo tal como el Imperio fue a partir de la primera Cruzada), sin hablar ya de la época anterior. En 1261 el Imperio comprendía el ángulo noroeste del Asia Menor, buena parte de Tracia y Macedonia, Tesalónica y varias islas del norte del Egeo. El Bósforo y el Helesponto, arterias importantísimas en lo político y lo comercial, se hallaban incluidas en el Imperio restaurado. El despotado del Epiro quedaba bajo la soberanía del Imperio. Al principio de su reinado, Miguel recibió tres fortalezas francas en el Peloponeso, como rescate de Guillermo de Villehardouin, príncipe de Acaya, capturado por los griegos en la batalla de Castoria. Esas fortalezas eran Monemvasia (Malvasía), en el litoral oriental, el castillo de Mistra, y Maina, erigida por los francos en el monte Taigeto para reprimir a las tribus eslavas que moraban en los contornos. Estas fortalezas se convirtieron en bases estratégicas desde las que los emperadores bizantinos lucharon con éxito contra los duques francos.

Pero aquellos restos del antiguo Imperio griego se hallaban amenazados desde todas partes por pueblos poderosos en lo económico o lo político, como eran, al este del Asia Menor, los turcos; los servios y búlgaros al norte, en los Balcanes; los venecianos que ocupaban parte del Archipiélago; los genoveses, dueños de algunos puntos del mar Negro, y los caballeros latinos, señores del Peloponeso y de parte del centro de Grecia. Miguel no logró tampoco reunir todos los centros griegos, ya que Trebisonda seguía llevando una existencia separada y sus emperadores habían logrado dominar las posesiones bizantinas de Crimea, es decir, el tema del Quersoneso o Kerson, con las regiones vecinas, a menudo denominadas “Klimata góticas”. El despotado del Epiro sólo dependía de los emperadores hasta cierto punto. No obstante, bajo Miguel Paleólogo fue cuando alcanzó el Imperio su mayor extensión durante el último período de su existencia. Pero los límites de entonces sólo se conservaron mientras vivió Miguel, por lo que el profesor T. Fiorinski puede decir que dicho emperador fue, a la vez “el primero y el último soberano potente de la Bizancio restaurada”. De todos modos, el Imperio del primer Paleólogo se presenta a un gran bizantinista contemporáneo como “un cuerpo débil, enflaquecido y mísero, con una cabeza enorme: Constantinopla”.

La capital, no repuesta aún del pillaje de 1204, estaba, al pasar a manos de Miguel, en un estado de gran decadencia y ruina. Los más ricos y hermosos edificios habían sido saqueados. El palacio de las Blaquernas, residencia imperial desde tiempos de los Comnenos y cuyas ricas decoraciones y mosaicos pasmaban a los extranjeros, estaba inhabitable y en pleno abandono, hallándose, en el interior, según una fuente griega, “ahumado por el humo y vapor del carbón italiano” [1] empleado por los emperadores latinos en sus fiestas.

Aunque el Imperio de los Paleólogos siguió siendo uno de los centros principales de la civilización del mundo, Constantinopla cesó de ser uno de los centros de la política europea. “Tras la restauración de los Paleólogos, el Imperio tiene casi exclusivamente la importancia de un reino griego medieval, continuación, en el fondo, del de Nicea, aunque otra vez instalado en las Blanquernas y revestido de las formas caducas del antiguo poderío bizantino”. [2] En torno a ese organismo envejecido crecían y se afirmaban pueblos más jóvenes, sobre todo los servios de Esteban Dushan y los turcos osmanlíes. Las repúblicas mercantiles italianas, Génova y Venecia, y en especial la primera, monopolizaban el comercio del Imperio y reducían a éste a una franca dependencia económica y hacendística. Se planteaba, pues, el problema de saber qué pueblo concluiría con el Imperio cristiano de Oriente, apoderándose de Constantinopla y dominando la Península balcánica. La historia del siglo XIV desenlazó este problema en favor de los turcos.

Pero si la vida exterior de la Bizancio de los Paleólogos fue de trascendencia secundaria, su vida interior tuvo importancia grande. En la época de los Paleólogos asistimos al renacimiento del patriotismo entre la población griega, que vuelve sus miradas a la Antigüedad helénica clásica. Oficialmente los emperadores seguían titulándose de ordinario “basileos de los romanos”, hombres eminentes de la época persuadieron al basileo de que asumiese el nuevo título de “emperador de los helenos”. Se comprendía que el antiguo Imperio, vasto y heterogéneo, se convertía en Estado modesto por su extensión territorial y griego por su composición. En esta manifestación de patriotismo helénico e inclinación al pasado glorioso de los helenos puede verse, con algún fundamento, uno de los principios que debían producir, en el siglo XX, el resurgimiento de la Grecia moderna.

La época de los Paleólogos, a causa de la extraordinaria mezcla, en el seno del Imperio, de los elementos occidentales y orientales, se señaló por un gran florecimiento de la vida artística e intelectual, lo que en principio puede parecer insólito, atendidas las casi incesantes turbulencias interiores y la situación exterior, desesperada a veces. Y, sin embargo, Bizancio tuvo en ese período muchos sabios, hombres cultos y escritores de talento, en ocasiones muy originales en los diversos dominios de las Letras. Monumentos artísticos como los mosaicos de la mezquita de Kahrié Dyami (iglesia bizantina de Gora), Mistra, en el Peloponeso, y las iglesias del Athos, permiten apreciar la importancia de la actividad artística bajo los Paleólogos. Se ha comparado con frecuencia el impulso artístico de esta época al pre—Renacimiento artístico de la Europa occidental, es decir, al primer período del Humanismo italiano. Trataremos con más detalles de estos fenómenos relacionados con las esferas de la literatura y el arte, y de las principales cuestiones planteadas al respecto por la ciencia, en el capítulo dedicado a la civilización bizantina de la época de los Paleólogos.

Esta época es una de las menos estudiadas de la historia bizantina. Ello se debe en parte a la extrema complejidad de su historia exterior, y sobre todo interior, y en parte a la abundancia y diversidad de las fuentes, la mayoría de ellas no editadas aún y yacentes entre los tesoros manuscritos de las bibliotecas occidentales y orientales. La ciencia no posee aún ni una sola monografía completa a propósito de cualquiera de los Paleólogos, es decir, un estudio que abarque todos los aspectos del reinado de tal o cual monarca de esa dinastía. Los estudios monográficos aparecidos hasta hoy sobre tal época sólo tienden a esclarecer, de ordinario, algún aspecto de la actividad de determinados emperadores. Sólo hallamos como la excepción la corta, pero completa, monografía dedicada en 1926 por C. Chapman a Miguel Paleólogo.

La dinastía de los Paleólogos descendía de una conocida familia griega que había dado a Bizancio, desde tiempos de los Comnenos, varios hombres enérgicos e inteligentes, sobre todo en el sentido militar. Aquella familia, en el transcurso de los años, había emparentado con las familias imperiales de los Comnenos, los Ducas y los Angeles. Por ello los primeros Paleólogos —Miguel VIII siempre, Andrónico II a veces— firmaban los documentos con sus cuatro nombres de familia: por ejemplo, Miguel Ducas Ángel Comneno Paleólogo. Más adelante los emperadores firmaron “Paleólogo” a secas. [3]

Los Paleólogos ocuparon el trono bizantino durante 192 años (1361—1453), siendo, pues, la dinastía más duradera de toda la historia bizantina. El primer Paleólogo que ascendió al trono de un Imperio quebrantado y disminuido, es decir, el astuto y cruel Miguel VIII (1261—1282), era diplomático hábil y talentoso y acertó a salvar al Imperio del terrible peligro que le amenazaba por Occidente, en forma del reino de las Dos Sicilias. Miguel transmitió el trono a su hijo Andrónico II el Viejo (1282—1328). De este dice el inglés Miller: “La naturaleza le había destinado a ser profesor de teología; el azar le llevó al trono bizantino”. Andrónico II se casó dos veces: primero con Ana, hija del rey húngaro Esteban V, y después con Yolanda (Violante)—Irene, hermana del marqués de Monferrato, a la muerte del cual ella heredó el marquesado.

No pudiendo aceptarlo, como emperatriz bizantina que era, lo legó a uno de sus hijos, quien fundó en los dominios de Monferrato una dinastía de Paleólogos que se extinguió en la primera mitad del siglo XVI.

En 1294, Andrónico asocióse a su hijo Miguel, habido con su primera esposa. Miguel murió en 1320, esto es, antes que su padre, no obstante lo cual los historiadores le dan a menudo el nombre de Miguel IX. Se entablaron negociaciones tendentes al matrimonio de Miguel con Catalina de Courtenay, hija del emperador titular de Romanía, es decir, del antiguo Imperio latino, mas, aunque el Papa siguió con interés este proyecto, Miguel, al cabo, casó con la princesa armenia Xenia—María.

Andrónico, hijo de Miguel y nieto de Andrónico II, fue durante mucho tiempo predilecto de su abuelo. Pero el carácter ligero del joven Andrónico le inclinó en exceso a las aventuras amorosas, una de las cuales concluyó con la muerte de su hermano y llevó a Miguel IX a una muerte prematura. Esto hizo cambiar en absoluto los sentimientos de Andrónico II respecto a su nieto. Siguióse una lucha entre ambos. Se formó contra Andrónico el Viejo un fuerte partido de oposición, donde desempeñó papel primordial Juan Cantacuzeno, tan célebre después. La lucha civil concluyó en ventaja de Andrónico el Joven, quien en 1328 tomó Constantinopla por sorpresa y forzó a su abuelo a abdicar. El emperador depuesto, cuyo largo reinado había constituido una etapa de decadencia para Bizancio, acabó sus días como monje en un convento (1332).

Bajo Andrónico el Joven (1328—1341) los asuntos públicos fueron principalmente dirigidos por Juan Cantacuzeno, antiguo jefe del partido de oposición, y a cuyas manos pasaron el gobierno interior del Estado y los negocios extranjeros. El nuevo emperador seguía entregado al placer, como hasta entonces, y no tenía disposición alguna para las cuestiones de gobierno, a pesar de lo cual participó personalmente en las numerosas guerras sostenidas durante su reinado. De todos modos, Cantacuzeno no se sentía satisfecho con su preponderante situación política y tendía a obtener todo el poder o al menos una regencia que lo equivaliese. Esta idea fija fue el hilo que guió su política durante los 13 años del reinado de Andrónico. La madre de Andrónico y la segunda esposa de éste, Ana de Saboya, [4] se mostraron hostiles a la influencia de Cantacuzeno. Mas Cantacuzeno, merced a sus intrigas, mantuvo su preponderancia hasta la muerte de Andrónico.

Al morir Andrónico III en 1341, su hijo mayor, el emperador Juan V (1341—1391), contaba apenas once años. En torno al emperador entablóse una guerra civil larga y agotadora para el ya decaído Estado. En aquella lucha por el poder, Juan Cantacuzeno desempeñó de nuevo el papel principal. Formóse contra Cantacuzeno un potente partido, que incluía a la viuda del emperador difunto, Ana de Saboya, nombrada regente; a Alejo Apocaucos, hombre ávido y ambicioso, antiguo protegido de Cantacuzeno; al patriarca y a otras personalidades. Esa lucha civil se caracterizó por la parte que en ella desempeñaron, ora en pro de un bando, ora de otro, los pueblos extranjeros, que trataban de alcanzar fines políticos particulares. Esos pueblos fueron los servios, los búlgaros, los turcos selyúcídas y los osmanlíes. A los pocos meses de la muerte de Andrónico III, Cantacuzeno se proclamó emperador en una ciudad de Tracia, con el nombre de Juan VI. Y a corto tiempo se celebraba solemnemente en Constantinopla la coronación de Juan V Paleólogo. Hubo, pues, dos emperadores simultáneos. Cantacuzeno, apoyado por los turcos (incluso llegó a casar su hija con un sultán otomano), logró ventaja. Apocaucos, su rival más temible, fue muerto en Constantinopla. El patriarca de Jerusalén coronó emperador a Cantacuzeno en Adrianópolis, poniéndole en la cabeza una corona de oro. Tras esto, la capital le abrió sus puertas. Ana de Saboya tuvo que ceder, y Juan Cantacuzeno fue reconocido emperador e igual a Juan V Paleólogo. Se celebró una nueva coronación de Cantacuzeno (1347). Su hija Elena casó con el joven Paleólogo. Así se realizaban los ambiciosos proyectos del antiguo ministro.

El mismo año (1347) en que Constantinopla abría sus puertas a Cantacuzeno, llegaba al poder en Roma, si bien por breve espacio, el tribuno Coladi Rienzí, hombre soñador, fascinado por los recuerdos gloriosos de la antigua República romana. Cantacuzeno le envió una embajada con una carta de salutación.

El borrascoso reinado de Cantacuzeno, en cuyo curso Juan Paleólogo fue relegado a segundo plano, resultó importantísimo en el sentido de la política exterior. La política personal de Cantacuzeno se centró en un esfuerzo enérgico y continuo para eliminar a los Paleólogos por completo. Juan VI proclamó emperador asociado a su hijo, le declaró heredero y prohibió que en los templos y ceremonias públicas se nombrara a Juan Paleólogo. Pero la influencia de Cantacuzeno sobre los bizantinos disminuía de vez en vez, y la instalación de los turcos en Europa asestó un golpe mortal a su prestigio. Ayudado por los genoveses, Juan Paleólogo entró en Constantinopla, en 1354. Cantacuzeno, forzado a abdicar, hízose monje con el nombre de Joasaf y pasó la última parte de su vida ocupado en redactar sus interesantes Memorias, de las que hablaremos después. [5] En uno de los manuscritos griegos de la Biblioteca Nacional de París se conservan dos curiosas miniaturas que representan a Cantacuzeno. En la segunda se le ve revestido con el atuendo imperial al lado de su propia imagen con ropas monásticas. Su hijo abdicó a la vez que él.

Juan V Paleólogo, al convertirse en único emperador, halló una herencia miserable. Florinski dice: “Una cuantas islas y una provincia (Tracia) arruinada y despoblada y en un punto de la cual, muy cerca de la capital, había un centro de rapaces genoveses, mientras al otro lado se elevaba el potente coloso turco: tal era el Imperio que Juan debía gobernar”. [6]

Además, las desventuras de Juan V no habían terminado. Querellóse con su hijo mayor Andrónico, y éste en 1376 depuso a su padre, coronándose con el nombre de Andrónico IV (1376—1379) y asociando al poder a su hijo Juan. El anciano emperador Juan V y su hijo Manuel, futuro emperador, fueron encerrados en una prisión. Pero en 1379 Juan V logró fugarse y, ayudado por los turcos, recobró el trono. Andrónico y su padre llegaron a un pacto que duró hasta la muerte del primero (1385), tras lo cual Juan V, prescindiendo de los derechos de su nieto Juan, asoció al trono a su hijo Manuel. Hacia finales del reinado de Juan V, su hijo Juan se levantó contra él, apoderándose de Constantinopla en 1390 y reinando unos pocos meses (Juan VII).

Recientes documentos de los archivos venecianos permiten afirmar casi con certeza que la rebelión de 1390 fue organizada por el sultán Bayaceto (Bayazid). El Senado veneciano, bien informado, como siempre, de la situación de Constantinopla, consideró posible la exaltación de Bayaceto al trono bizantino. En las instrucciones de los embajadores enviados por Venecia a Constantinopla en 1390 leemos: “Si halláis al hijo de Murad (Bayaceto) en Constantinopla, procurad obtener que levante el embargo de los navios venecianos”. Merced a la actividad de Manuel, Juan V fue restablecido en el trono. A principios de 1391, Juan V murió tras un largo y turbulento reinado. Manuel II (13911425) le sucedió.

Poco antes de ascender al trono el nuevo emperador había casado con una eslava hija de Constantino Dragases, un soberano del norte de Macedonia. [7]

Esta mujer dio a Manuel seis hijos, dos de los cuales, Juan VIII y Constantino XI, fueron los últimos emperadores bizantinos. Este último aparece mencionado a menudo con el nombre eslavo de su abuelo materno Dragosh (Draoasés). Los dos últimos Paleólogos fueron, pues, medio eslavos. Nos han llegado dos retratos de Elena, la esposa de Manuel: uno está grabado sobre una miniatura de un valioso manuscrito griego del Museo del Louvre. En esa miniatura se ven a Manuel, a su esposa y a tres de sus hijos coronados por la Virgen María. Dicho manuscrito, una de las joyas del Museo del Louvre, contiene las obras de San Dionisio el Areopagita y fue enviado a París por Manuel, a guisa de regalo. [8] El otro retrato de Elena se ha conservado en un sello de plomo o molibdobullon.

Manuel, hombre noble, culto, de gran talento literario, comprendió desde su juventud la terrible situación del Imperio y las dificultades de la herencia que le había de corresponder. Habiendo recibido de su padre el gobierno de la ciudad de Tesalónica, púsose de acuerdo con los moradores de una ciudad macedonia ocupada por las tropas del sultán Murad, para pasar a cuchillo a la guarnición y librar a la ciudad del yugo turco. El sultán, descubriéndolo, resolvió castigar severamente al gobernador de Tesalónica. Impotente para resistir, Manuel, tras una tentativa infructuosa de hallar asilo junto a su amedrentado padre, se dirigió resueltamente a la residencia de Murad y le manifestó que deploraba lo que había fraguado. “El infiel, pero sabio sultán —dice una fuente— recibió con condescendencia a su visitante, pasó con él algunos días, le dio antes de separarse provisiones para el camino y ricos regalos, y le envió a su padre con una carta en la que pedía que perdonase lo que su hijo había hecho por ignorancia”. Según la misma fuente, Murad, en su discurso de despedida, dijo a Manuel: “Gobierna en paz lo que te pertenece y no busques lo ajeno. Si algún día necesitas dinero u otra ayuda, yo celebraré atender tu demanda”.

Más tarde, Bayaceto, sucesor de Murad, exigió a Juan V que le enviase, a más del tributo convenido, un destacamento de auxiliares griegos y a su hijo Manuel. Manuel hubo de someterse a tales exigencias y cooperar con los turcos en las incursiones de éstos en el Asia Menor. En las cartas de Manuel fechadas en esa época se reflejan la humillación que sufría, su absoluta impotencia para liberarse y las muchas privaciones de la campaña. Tras describir la insuficiencia de aprovisionamiento, el frío, la fatiga, las dificultades padecidas en el cruce de montañas “donde ni las bestias salvajes podrían hallar sustento”, Manuel hace una trágica observación: “Todo eso lo sufrimos en común con el ejército, pero lo insoportable para nosotros es que combatimos con ellos y por ellos, y eso significa un aumento de sus fuerzas y una disminución de las nuestras”.

En otra carta dice, respecto a las ciudades arruinadas que halló en su campaña: “A mis preguntas sobre el nombre de las ciudades, mis interlocutores respondieron: Así como nosotros las hemos destruido, el tiempo ha destruido su nombre”. Y acometióme gran tristeza; pero me entristezco en silencio y tengo aún la fuerza de contener mis sentimientos. En tales condiciones de humillación y servilismo respecto a los turcos vivió Manuel antes de llegar al trono.

La nobleza de su carácter mostróse sobre todo al rescatar a Juan, su padre, del poder de los venecianos. Queriendo el emperador volver de Italia —durante un viaje de que hablaremos después— los gobernantes de Venecia le retuvieron en la ciudad con el pretexto de no haber pagado la deuda contraída con ellos. Mientras Andrónico, hijo mayor de Juan y gobernante del Imperio en su ausencia, mostróse sordo a las súplicas paternas, Manuel, reuniendo a toda prisa la suma requerida, dirigióse a Venecia y rescato a su padre de tan vergonzoso cautiverio.

Después de un reinado largo y difícil, Manuel, en los últimos años de su vida, pasó a su hijo Juan la dirección de los asuntos públicos y consagró todo su tiempo al estudio de la Santa Escritura. A poco sufrió un ataque de apoplejía y dos días antes de su muerte hízose tonsurar y tomó el nombre de Matías o Mateo.

Juan VIII, hijo y sucesor de Manuel, reinó de 1425 a 1448. El nuevo emperador se casó tres veces, cada vez con una mujer de nacionalidad distinta. Su primera esposa fue la joven princesa rusa Ana, hija del gran príncipe de Moscovia, Basilio I. Ana, después de tres años de matrimonio, en cuyo tiempo se granjeó el cariño de los moradores de la capital, murió en una epidemia de peste. La segunda esposa de Juan fue la italiana Sofía de Monferrato, mujer de grandes cualidades morales, pero cuya mucha fealdad inspiraba aversión al marido. El historiador bizantino Ducas, tras describir el aspecto de Sofía, cita un proverbio popular de su época: “Por delante se parece a Cuaresma, y por detrás a Pascuas”. No pudiendo soportar su humillante situación en la corte, Sofía, ayudada por los genoveses de Gálata huyó a Italia, con gran contento de su esposo, y allí concluyó sus días en un convento. María, tercera esposa de Juan, y princesa da la familia de los Comnenos de Trebisonda, fue “tan estimable por su belleza como por sus virtudes”. La gracia de aquella encantadora mujer ha sido descrita por el mismo historiador bizantino y por un peregrino francés de paso en Constantinopla, camino de los Santos Lugares, y a quien transportó de admiración la belleza de la basilisia cuando la vio salir de Santa Sofía. [9] María ejerció hasta su muerte gran influjo sobre el emperador. Murió antes que Juan. Aun hoy se conserva en una isla del archipiélago de los Príncipes, cerca de Constantinopla, una capillita erigida en honor de la Virgen por orden de la bella princesa de Trebisonda. [10]

Juan VIII no tuvo hijos de ninguna de sus tres esposas. Al morir en el otoño de 1448, planteóse la cuestión sucesoria. La emperatriz viuda (esposa de Manuel II, y que vivía aún), los hermanos del emperador difunto y los magistrados superiores de Constantinopla fijaron su elección en Constantino, hermano de Juan VIII y que con posterioridad se transformó en déspota de Morea. Se hizo saber la elección al sultán, quien la aprobó. Entonces envióse a Morea una diputación para informarle de su exaltación al quebrantado trono de un Imperio antaño tan grande. A principios de 1449, en Mistra (la Esparta medieval), fue coronado posteriormente emperador bizantino, quien a poco llegó, en naves catalanas, a Constantinopla, siendo fervorosamente recibido por el pueblo. Las dos esposas de Constantino, descendientes ambas de familias latinas que se habían establecido en el Oriente cristiano —la primera pertenecía a la familia Tocco, la otra a una célebre dinastía genovesa de la isla de Lesbos, los Gattilusio—, murieron antes de la proclamación de Constantino. Se generaron negociaciones en Venecia, Portugal, Trebisonda e Iberia (Georgia) para elegir tercera esposa al nuevo emperador, pero no dieron resultado esperado. La caída de Constantinopla y la muerte de Constantino detuvieron sus proyectos matrimoniales. Su íntimo amigo Jorge Phrantzes, diplomático e historiador de la época de los Paleólogos, nos ha dejado en su historia un curioso relato de la misión llevada a cabo en Trebisonda e Iberia para hallar esposa para el emperador.

Diehl observa que, a pesar de tantos casamientos entre emperadores bizantinos y princesas occidentales, el último emperador, en la hora suprema del Imperio, dirigió sus miradas al Oriente, que comprendía mejor, cuando trató de buscar esposa.

Constantino XI murió en mayo de 1453, al ser tomada Constantinopla por los turcos. Y a la monarquía oriental cristiana substituyó entonces la fuerte potencia militar de los turcos osmanlíes.

De los hermanos sobrevivientes de Constantino, el uno, Demetrio Paleólogo, fue hecho prisionero por Mohamed II, quien casó con su hija. Murió en Adrianópolis, donde se había hecho monje con el nombre de David. Otro, Tomás, murió en Italia, donde soñaba en una Cruzada contra los turcos. El Papa atendió las necesidades materiales de Tomás mientras éste vivió. Su hijo Andrés, convertido al catolicismo, fue entonces el único miembro legítimo de la dinastía de los Paleólogos con derechos al trono bizantino. Según un curioso documento que poseemos, Andrés Paleólogo transmitió sus derechos sobre los Imperios de Bizancio y Trebisonda al rey francés Carlos VIII. Al emprender éste, a fines del siglo XV una expedición contra Nápoles, la consideraba sólo como un preludio de la conquista ulterior de Constantinopla y Jerusalén. De modo que a fines del siglo XV se pensaba todavía en Cruzadas. Pero el acta de transmisión de los derechos de Andrés Paleólogo a Carlos VIII debió de quedar en mero proyecto, puesto que el propio Andrés transmitió más tarde sus derechos sobre el trono bizantino a Fernando e Isabel de España. [11]

Zoé, hija de Tomás Paleólogo y hermana de Andrés, se casó con el gran príncipe de la lejana Moscovia, Iván (Juan) III, siendo conocida en las fuentes rusas con el nombre de Sofía Paleóloga (“Sophia Palaeologina”), “La princesa —dice Klutchevski— transmitió sus derechos de heredera de la proscrita casa de Bizancio a Moscú, como a un nuevo Zargrad, y compartió esos derechos con su esposo”. [12]

Moscú empezó a ser comparada a la “Roma de las siete colinas” y a recibir el calificativo de “Tercera Roma”. El gran príncipe de Moscú convirtióse en “Zar de toda la ortodoxia” y Moscú en “la nueva ciudad de Constantino”. [13] El monje Filoteo, escritor ruso de principios del siglo XVI, dice: “Dos Romas han caído; la tercera está en pie; una cuarta no nacerá”. [14] El Papa invitó al sucesor de Iván III a hacer valer sus derechos sobre su “patrimonio de Constantinopla”. [15]

De este modo, la caída del Imperio bizantino y el enlace de Juan III con Sofía Paleóloga fueron el origen de la cuestión de los derechos de los soberanos de Moscovia, representantes y protectores de la ortodoxia oriental, al trono de los basileos bizantinos, caído en manos de los turcos osmanlíes.

Política occidental de Miguel VIII. El reino de las Dos Sicilias. Relaciones con Génova y Venecia. Las Vísperas Sicilianas y su significación para Bizancio.

La clave de toda la política exterior de Miguel VIII es su actitud ante el reino de las Dos Sicilias. Con arreglo a esta actitud se desarrollaron sus relaciones en Génova, Venecia y la curia pontificia. Su política occidental informó también sus acuerdos con los turcos en Oriente.

Ya vimos que, a fines del siglo XII, Enrique IV de Hohenstaufen, hijo de Federico Barbarroja, había, consecuencia de su matrimonio con la princesa normanda Constancia, heredera del Estado normando de Sicilia e Italia del sur, logrado adquirir el reino de las Dos Sicilias, continuando la política agresiva de sus predecesores respecto a Bizancio. La unión del reino de las Dos Sicilias con Alemania duró hasta 1250, fecha de la muerte de Federico II Hohenstaufen, a raíz de la cual el trono siciliano fue ocupado por Manfredo, hijo natural de Federico, mientras Conrado IV, hijo legítimo del emperador, ascendía al trono imperial por un breve período. Manfredo no sólo se cuidó de los intereses materiales de su reino, sino también de los espirituales, y bajo él Sicilia gozó de paz. Su corte era la más brillante de la época; los soberanos extranjeros mostraban estima a Manfredo y el último emperador latino, Balduino II, le pidió socorro para recobrar Constantinopla. Ante Bizancio, Manfredo siguió la política de sus predecesores, y ello debió lógicamente de inquietar a Miguel VIII, siempre temeroso de una eventual restauración latina en Constantinopla. Además de los pedidos de ayuda que formulaba Balduino, el podestá de los genoveses de Constantinopla (quienes, como sabemos, gozaban entonces en Bizancio de excepcionales privilegios mercantiles) entró en tratos con Manfredo, proponiéndole un plan para ocupar Constantinopla por sorpresa, restaurando el gobierno latino. Al saberlo, Miguel VIII expulsó de la capital a los genoveses y entabló negociaciones con Venecia, la cual recuperó sus antiguos privilegios comerciales en el Imperio, comprometiéndose a pelear al lado de los griegos si éstos eran atacados por Génova.

Pero Manfredo no pudo realizar ninguno de sus proyectos, porque cayó en su lucha con el Papado. El Papa, viendo debilitada a la muerte de Federico II la fuerza de los Hohenstaufen, enemigos irreconciliables de los Pontífices, decidió darles el golpe final. El ejecutor de los propósitos pontificios fue Carlos de Anjou, hermano del rey de Francia, San Luis. Al invitar a Carlos a ocupar Sicilia, el Papa no sólo pensaba en la eliminación de los Hohenstaufen, sino también en la ayuda que Carlos prestaría a la restauración del Imperio latino de Oriente. En 1265, el Papa Clemente IV expresaba la esperanza de que, con el apoyo de Carlos, la situación del Imperio se restablecería. Al aceptar la oferta papal, Carlos de Anjou abrió la era de las “guerras francesas de Italia”, tan nefastas para los intereses vitales de Francia, la cual había, durante varios siglos, de dilapidar en Italia sus recursos y energías en vez de concentrar su atención en las regiones del norte y el este, como los Países Bajos y valle del Rin.

Pocas figuras han sido pintadas por los historiadores con colores tan sombríos como la de Carlos de Anjou, y acaso sin mucho fundamento. Obras recientes han destruido la leyenda que le hace un verdadero tirano, “ávido, astuto y ruin, siempre presto a ahogar en sangre la menor resistencia”. [16] Parece que al dirigirse a Carlos los papas no tuvieron en cuenta su carácter y olvidaron que aquel hombre enérgico, severo a veces hasta la crueldad, no exento de cierta jovialidad de carácter, apasionado de los torneos, amigo de la poesía, el arte y la ciencia, no estaba resuelto a ser un instrumento del Papado, que le había llamado a Italia.

Con las tropas que había llevado a Italia, Carlos aplastó a Manfredo cerca de Benevento (1266). Manfredo cayó. Sicilia y Nápoles pasaron a manos francesas y Carlos de Anjou fue proclamado rey de las Dos Sicilias. Miles de franceses se trasladaron a las nuevas posesiones de Carlos, donde las condiciones de vida eran excelentes. [17]

La política de Carlos respecto a Bizancio no tardó en desvelarse. En presencia y de acuerdo con el Papa, concluyó en Viterbo, no lejos de Roma, un tratado con el emperador latino Balduino II. Por aquel convenio, Balduino cedía a Carlos sus derechos al poder supremo sobre todas las posesiones francas en el antiguo Imperio latino, reservándose tan sólo Constantinopla y algunas islas del Archipiélago. Para ocupar éstas, Carlos prestaría socorro a Balduino. De tal modo renacían íntegramente las pretensiones normandas sobre Bizancio a través de la denominada dinastía francesa del reino de las Dos Sicilias. Miguel, comprendiendo la gravedad e inminencia del peligro, recurrió a una serie de hábiles maniobras diplomáticas. Negociando con el Papa la unión de las Iglesias, Miguel le apartó de Carlos y le inclinó a seguir con Bizancio una política conciliadora. Además Miguel resolvió entenderse de nuevo con los genoveses, a quienes expulsara de la capital cuando supo su propósito de entregarla a los latinos. Los genoveses fueron autorizados a volver a Constantinopla, donde se les reservó un barrio, no en el casco de la ciudad, sino en el arrabal de Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro. Los genoveses recuperaron todos sus antiguos privilegios mercantiles, ensancharon su influjo y relegaron a segundo término a los venecianos, sus rivales. Un genovés de la familia Zacearía, que recibió del emperador el derecho de beneficiar unos yacimientos de alumbre en las montañas de Asia Menor vecinas a Focia (en italiano Fogía o Foglia), a la entrada del golfo de Esmirna, ganó una fortuna colosal. [18] El resultado de todo esto fue que, bajo los Paleólogos, Génova ocupó en todo el Oriente bizantino el lugar de Venecia.

Entre tanto, Carlos de Anjou, apoderándose de Corfú, iniciaba ya su plan de conquista contra Bizancio. Miguel VIII, para obtener más éxito en su política de conciliación con el Papa, y esperando influir, por poco que fuere, en la política ofensiva de Carlos, dirigióse a San Luis, hermano de Carlos, rey de Francia y el monarca más piadoso, justo y estimado de la época. Poco antes de la demanda de Miguel, Inglaterra había solicitado de Luis que sirviese” de arbitro en las diferencias internas británicas. Las circunstancias daban a Luis IX otra vez un papel análogo. Miguel VIII donó a Luis un Nuevo Testamento iluminado. A la par —finales de la séptima década del siglo— llegaban a Francia enviados bizantinos  “con miras a la unión de las Iglesias griega y romana”. Miguel propuso también al rey de Francia “que reglase, como arbitro, las condiciones de la unión de ambas Iglesias, asegurándole de antemano su entera adhesión”. [19]

Al principio San Luis no había aprobado la decisión de su hermano Carlos respecto a conquistar la Italia meridional, pero más tarde aceptó el hecho consumado, probablemente porque se le convenció de la utilidad del Estado franco—siciliano para la futura Cruzada. Igualmente se había mostrado desfavorable a los propósitos agresivos de Carlos contra Bizancio, pensando que, si el grueso de las fuerzas de Carlos se dirigía contra Constantinopla, no podrían participar en la Cruzada que soñaba Luis. La petición de Miguel de que Luis fuese arbitro de la unión de las Iglesias, y la promesa imperial de someterse al juicio del rey francés, hicieron que éste, ferviente católico, se pusiera de parte de Bizancio.

No era fácil que una presión de Luis influyera en el humor belicoso de su hermano Carlos hasta el punto de forzarle a renunciar a sus planes de conquista del Imperio. Pero la segunda Cruzada de Luis a Túnez retardó algún tiempo la ofensiva de Carlos contra Bizancio, ya que aquella Cruzada, afectaba a los intereses de Carlos en Occidente. En esta obra no podemos sino limitarnos a indicar la cuestión de la actitud de Carlos respecto a esta expedición, cuestión sobre la cual han emitido los sabios diversos criterios. [20] Como quiera que fuese, la muerte repentina de Luis IX en Túnez (1270) deshizo las esperanzas que Miguel fundara en su apoyo. Los enviados bizantinos llegados a Túnez poco antes de la muerte de Luis hubieron de regresar "con las manos vacías de promesas”, según una fuente griega. [21] Carlos se fue por mar hacia Túnez y en dos brillantes campañas forzó al emir tunecino a firmar la paz cargando con los gastos de la guerra y comprometiéndose a pagar a Carlos un tributo cada año. Entonces Carlos decidió desarrollar su ofensiva contra Bizancio. Pero, al regresar de Túnez, una terrible tempestad aniquiló gran parte de su escuadra, lo que le privó por algún tiempo de emprender operaciones militares de la envergadura que planeara.

A principios de la octava década, Carlos pudo enviar ya al Peloponeso una hueste considerable de mercenarios, que pelearon con éxito contra las fuerzas imperiales. Carlos ocupó varias plazas fuertes balcánicas, y en especial Dyrrachium, en la orilla oriental del mar Jónico. Las tribus montañesas de Albania se sometieron a Carlos y el déspota del Epiro le juró fidelidad. De este modo empezó el rey de Nápoles a tomar el título de rey de Albania. [22] En un documento oficial titulábase Dei gratia rex Sicilic et Albaniae [23] y en una carta escribía que los albaneses “nos han elegido, a nos y a nuestros herederos, reyes y señores perpetuos de dicho reino”. [24]

Un historiador italiano del siglo XX observa: “Cuando se estudia más y de modo más profundo la obra de Carlos, se ve aparecer bajo su verdadera luz a ese oscuro precursor de la autonomía política y civil del pueblo albanés, cosa que, en los mismos principios del siglo XX, parece un sueño y una aspiración vaga e indeterminada”. [25] Pero Carlos no se detuvo en eso, sino que se dirigió a servios y búlgaros, en quienes halló celosos aliados. En su corte aparecieron enviados de los imperatoris vulgarorum et regis Servie. [26] Muchos eslavos meridionales entraron al servicio de Carlos, estableciéndose en país italiano. Un sabio ruso, especializado en el estudio de los archivos italianos, y que ha sacado de ellos numerosos informes sobre los eslavos (V. Makuchev), declara que, a pesar de lo fragmentario de los datos, “se puede juzgar por ellos del proceso de la fijación de los eslavos en la Italia meridional y del gran número de eslavos que desde todas las partes del mundo eslavo meridional convergieron en el servicio de los Angevinos.

Las colonias eslavas del sur de Italia progresan de manera constante del siglo XIII al XV; se crean otras nuevas y crecen las antiguas. [27] En un documento de 1323 conservado en Nápoles, se menciona el barrio llamado búlgaro (“vicus qui vocatur Bulgarus”). [28] Los embajadores servios y búlgaros llegados a Nápoles se proponían entablar negociaciones con Carlos. Esto demuestra el gran peligro que amenazaba a Bizancio: una alianza francoeslava. Por ende, Venecia, que desempeñaba un importante papel en el reino de Carlos en los sentidos político, económico y comercial, estaba también en relaciones amistosas con él y sostenía de momento su política imperialista en Oriente. [29]

Para colmo de males, el último emperador de Nicea, Juan IV Lascaris, depuesto y cegado por Miguel VIII, huyó de su prisión de Bizancio y se refugió en la corte de Carlos de Anjou.

De este modo se reunían alrededor de Carlos todos los descontentos del emperador bizantino, esto es, los servios, los búlgaros, Juan IV Lascaris y Balduino II, convirtiéndose todos en meros instrumentos de un rey ambicioso y hábil. El matrimonio acordado entre Balduino y la hija de Carlos daba al primero la esperanza de recobrar la corona. Tal era la situación internacional y las relaciones internacionales en Italia y la Península balcánica, cuyo conjunto debía inspirar a Miguel los más serios temores respecto a Constantinopla y su trono. [30]

Pero el hábil Carlos encontró en Miguel un antagonista no menos hábil, que dirigió toda su atención a la curia romana, a la que había prometido la unión de las Iglesias. El Papa Gregorio X acogió con satisfacción las indicaciones del emperador, no sólo porque podía alarmarle el creciente poderío de Carlos, sino también por su deseo sincero de restablecer la paz y la unidad de la Iglesia y su sueño de libertar a Jerusalén. En tal política conciliadora, Gregorio encontró muchos obstáculos en Carlos, siempre partidario de someter al emperador por la fuerza.

No obstante, el Papa logró que Carlos retardase en un año la campaña ya decidida contra Bizancio, a fin de obtener la unión con la Iglesia oriental. Los emisarios que Miguel enviaba al concilio de Lyón atravesaron con toda seguridad los territorios de Carlos, donde se les procuraron provisiones, salvoconductos, etc.

En 1274 concluyóse en Lyón, entre el Papa y la representación de Miguel VIII, la unión de que hablaremos otra vez en el capítulo consagrado a la historia de la Iglesia. El emperador juzgaba que la unión dábale el derecho de obtener la ayuda pontificia en la reconquista de los territorios balcánicos que en otros tiempos pertenecían al Imperio. Y, en efecto, Miguel atacó a las tropas de Carlos y de sus aliados, obteniendo una gran victoria, debida en mucha parte a que Carlos tenía que hacer frente a dificultades surgidas entonces con Génova.

Pero, después de algunos choques con el Papa a propósito de la unión de Lyón, Carlos consiguió situar en el solio pontificio a Martín IV, uno de sus mejores amigos. Martín rompió la unión acordada con Miguel y púsose de parte del rey de Sicilia. En 1281 se concluyó una alianza entre Carlos, emperador latino titular, y Venecia, a fin de obtener la recuperación del Imperio de Romanía. Formóse una potente coalición contra Bizancio, comprendiendo las fuerzas de las posesiones latinas en los antiguos territorios del Imperio, las de Italia, Francia, la flota veneciana, el Papa, los servios y los búlgaros. Dijérase que Bizancio estaba a las puertas de su ruina y que Carlos de Anjou, “precursor de Napoleón en el siglo XIII, se encontraba a punto de conseguir la dominación universal. Gregoras, historiador griego del siglo XIV, escribe que Carlos “soñaba, en caso de apoderarse de Constantinopla, conquistar entera la monarquía de Julio César y de Augusto”. Sañudo, cronista occidental de la misma época, dice que Carlos “aspiraba a la monarquía universal”. Aquel fue el momento más crítico del reinado de Miguel.

Bizancio se salvó de una manera imprevista, y su salvación vino del Occidente. En Palermo, el 31 de marzo de 1282, estalló una revuelta contra la dominación francesa. El alzamiento se propagó velozmente por toda la isla y se ha hecho célebre en la historia con el nombre de Vísperas Sicilianas. [31]

Al decir de los historiadores, Miguel VIII no era ajeno a esta rebelión. Al tratar de las Vísperas Sicilianas, hecho de los más importantes en la historia de los orígenes de la unificación política de Italia, debe tenerse presente la obra del famoso historiador y patriota italiano Michele Amari: La Guerra del Vespro Siciliano. Este libro, escrito hacia 1840, ha tenido sucesivamente muchas ediciones y asentado las bases de un estudio científico de la cuestión. Pero en la época de Amari muchas fuentes eran inaccesibles, y el mismo autor, al ir conociendo posteriormente los descubrimientos hechos en ese sentido, aportó a las más recientes ediciones de su libro algunas adiciones y modificaciones. La celebración del sexto centenario de las Vísperas Sicilianas dio nuevo impulso al tema. Con esa ocasión aparecieron numerosos libros. Los archivos angevinos de Nápoles, los del Vaticano y los catalanes han suministrado y siguen suministrando abundantes e importantes documentos sobre el asunto en cuestión.

Las Vísperas Sicilianas, aunque pareciesen al principio tener un interés restringido al occidente de Europa, influyeron en la historia de Bizancio, y deben por eso ser examinadas aquí.

Antes de publicarse la obra de Amari solía suponerse que el principal instigador y jefe de la revolución siciliana de 1282 había sido el desterrado siciliano Giovanni da Procida, quien, en su deseo de obtener una venganza personal, entró en negociaciones con el rey español Pedro de Aragón, con Miguel VIII, con los representantes de la nobleza siciliana y con otras personas a quienes ganó a su causa, motivando así la revuelta. En el siglo XIV el gran humanista Petrarca consideraba también a Procida como instigador principal de la sublevación. Amari, fundándose en el estudio de las fuentes, ha probado que ese relato es, en conjunto, el desarrollo legendario de un hecho histórico que sólo tuvo una importancia secundaria entre los factores de la revolución siciliana.

La población siciliana estaba exasperada por la opresión francesa. La altanería de los franceses con los isleños y los impuestos ruinosos que imponían, aumentado por la costosa expedición de Carlos contra Bizancio, fueron las causas esenciales del alzamiento. El descontento de los sicilianos fue explotado con habilidad por los dos mejores políticos de la época, aparte de Carlos: Pedro de Aragón y Miguel VIII. El rey aragonés, pariente del antiguo rey de Sicilia, Manfredo, tenía pretensiones sobre Sicilia y no quería tolerar el excesivo poderío de Carlos. Miguel VIII, ayudándose en la ambición de Pedro, prometió subsidios al rey español si éste abría las hostilidades contra Carlos. En Italia, Pedro tuvo por aliados al partido imperial de los Gibelínos y a una parte de la nobleza siciliana. En estas negociaciones el ya referido Giovanni Procida sirvió de intermediario, y a ello se redujo su papel.

La insurrección fue afortunada. A invitación de los sicilianos, Pedro de Aragón desembarcó en la isla en agosto del mismo año y ciñó, en Palermo, la corona de Sicilia. Carlos volvió a toda prisa de Oriente, donde seguía las hostilidades contra Bizancio, pero todos sus esfuerzos para expulsar de Sicilia a Pedro de Aragón resultaron infructuosos. Vióse, pues, obligado a prescindir de sus grandiosos proyectos contra Bizancio. Carlos sólo conservó la corona real de la Italia del sur. Esto muestra de cuánta importancia fueron las Vísperas Sicilianas para el Imperio bizantino, al que, arrebatando Sicilia a Carlos, libraron de un peligro mortal.

A la vez estos sucesos preparaban las bases de una inteligencia amistosa entre los emperadores bizantinos y los reyes de Aragón. Como se dijo antes, Miguel VIII había contribuido con subsidios a la expedición del rey español, ayudándole a resolver la cuestión siciliana. En su autobiografía, Miguel, tras mencionar la expedición militar de Carlos contra su Imperio, observa: “Los sicilianos, desdeñando como ínfimos los restos del ejército de Carlos, osaron alzarse en armas y librarse de la esclavitud, por lo que, si digo que la libertad que les deparó por Dios, se la concedió por nosotros, digo la pura verdad”.

Las Vísperas Sicilianas quebrantaron la posición del Papa Martín IV. Por una parte, lo que era insólito, “el pueblo, contrariando las órdenes de Roma, habíase atrevido a darse un rey”, y por otra, los sucesos de 1282 conmovían hasta sus cimientos la política bizantina de aquel Papa, que, como vimos, había roto la unión de Lyón, aceptando sin reservas los planes de Carlos de Anjou en Oriente y esperando la ocupación de Constantinopla por los latinos. Las Vísperas Sicilianas imposibilitaron esa política y debilitaron el Estado italiano de Carlos, base principal hasta entonces de la política agresiva contra Bizancio.

También los sucesos de 1282 tuvieron graves consecuencias para Venecia, que el año antes se había aliado a Carlos contra Bizancio. Al saber la sublevación de Sicilia, el debilitamiento de Carlos y el fracaso de sus proyectos orientales, la república de San Marcos cambió rápidamente de política. Comprendiendo que Carlos no podía ya serle útil, Venecia rompió sus pactos con él, entabló relaciones con Pedro de Aragón y, tres años más tarde, previas aproximaciones a Bizancio, firmó un tratado de amistad con Andrónico el Viejo, sucesor de Miguel VIII. Así, las relaciones internacionales y el descontento de Sicilia salvaron a Bizancio del tremendo peligro con que la amenazaba Carlos de Anjou.

Política oriental de Miguel VIII.

Miguel, continuador de los emperadores de Nicea, una vez recobrada Constantinopla, dirigió sus fuerzas y su atención hacia Occidente, como sus predecesores, ya que de una parte le preocupaba la reconquista de los territorios balcánicos y de otra necesitaba consagrarse a una lucha agotadora y decisiva con Carlos de Anjou. En consecuencia, la frontera oriental quedó un tanto olvidada. Dijérase que Bizancio descuidaba el grave peligro turco. Jorge Phrantzes, historiador bizantino del siglo XV, escribe: “Bajo Miguel VIII, el Imperio romano, como consecuencia de las guerras sostenidas en Europa contra los italianos, se halló expuesto al peligro turco en Asia”. Cierto que ese peligro había comenzado para Bizancio hacía mucho, pero, aun así, la observación del historiador caracteriza bien el rasgo esencial de la política de Miguel VIII. Felizmente para el Imperio, los turcos en el siglo XII atravesaban una situación peligrosa, debida esencialmente a los éxitos militares de los mongoles.

Ya sabemos que hacia los años 1230—1240 había sobrevenido en Oriente la amenaza mongola, la cual arruinó el sultanato de Iconium, limítrofe de Nicea en el Asia Menor. En la época de Miguel VIII —segunda mitad del siglo XIII— los últimos selyúcidas eran meros representantes de los mongoles persas, cuyos dominios se extendían de la India al Mediterráneo. Era jefe de los mongoles persas el caudillo Hulagú, quien reconocía como soberano al kan de los mongoles de Oriente. En 1258, Hulagú se apoderó de Bagdad, donde murió violentamente el último Abbassida. Luego Hulagú invadió y devastó Siria y Mesopotamia, y proyectó marchar sobre Jerusalén y probablemente sobre Egipto. Pero las noticias de la muerte del Gran Mogol, Mangu, le hicieron desistir de sus planes ofensivos hacia el sur. La dinastía mongola persa, en la última mitad del siglo XIII, era aliada de los cristianos contra los musulmanes. Con frase de un reciente historiador, “Hulagú condujo a los turcos nestorianos (cristianos) del Asia central a una verdadera cruzada amarilla contra el Islam”. Pero en 1260 el ejército mongol fue aplastado por los mamelucos de Egipto en Ain—Jalut.

Hacia esta época se estableció en Rusia un potente estado mongol: la Horda de Oro, u Horda Kipchak, con capital en Sarai (Volga inferior).

Comprendiendo la importancia del factor mongólico en la vida internacional de la época, Miguel Paleólogo trató repetidamente de utilizarlo en pro de su política exterior. [32]

No carece de interés recordar, al respecto, que la dinastía de los mamelucos, establecida en Egipto desde 1250, tenía vínculos etnográficos con la Rusia meridional. La palabra “mameluco” significa “perteneciente a” o “esclavo”, y los mamelucos de Egipto habían sido, originalmente, la guardia personal de esclavos turcos creada por los sucesores de Saladino. En 1260, los “esclavos” se apoderaron del trono, rigiéndole hasta 1517, fecha en que los turcos otomanos conquistaron Egipto. Desde la tercera década del siglo XIII, el principal contingente de la guardia mameluca se componía de miembros de la tribu turca de los kumanes, huidos de Rusia ante la invasión mongola o bien hechos prisioneros y vendidos como esclavos. [33] Un historiador bizantino escribe que los mamelucos eran “escitas europeos llegados de las orillas de la Maeotis (mar de Azov) y del río Tañáis (Don)”. [34]

Así, dado el origen poloviano de muchos mamelucos, éstos se preocuparon de conservar los lazos que les unían a sus compatriotas del sur de Rusia, donde subsistían numerosos cumanos incluso después de la conquista mongola. Además, el kan de la Horda de Oro había abrazado el islamismo y el mameluco Bibars, sultán de Egipto, era musulmán también, mientras Hulagú, como chamanista, [35] era pagano y enemigo del Islam. Existía una implacable rivalidad política y religiosa entre Hulagú y Berke, kan de la Horda de Oro.

Los Estados de Hulagu cerraban el camino terrestre entre los mamelucos y los kiptchaks. Las comunicaciones marítimas sólo eran posibles por el Helesponto, el Bosforo y el mar Negro, pero los estrechos estaban en manos del emperador de Bizancio y los mamelucos, para atravesarlos, necesitaban autorización especial de Miguel. [36] Así, el sultán de Egipto, “deseando —dice un historiador bizantino— ser amigo de los romanos y obtener autorización para que los mercaderes egipcios navegasen a través de nuestros estrechos una vez al año”, envió embajadores a Miguel Paleólogo. [37] Pero Miguel entonces tenía relaciones amistosas con el kan Hulagú, por lo que los embajadores egipcios no recibieron satisfacción inmediata. Miguel aplazaba su respuesta una vez tras otra.

El kan kipchak, entonces, entabló una acción militar contra Miguel, y el zar búlgaro Constantino Tech (Tich) tomó partido por los mongoles, participando en las campañas de éstos a las órdenes de Nogai, general de Berke. Los mongoles o tártaros, unidos a los búlgaros, batieron a los bizantinos. Como consecuencia, Miguel hubo de abandonar la amistad de Hulagú, uniéndose a la coalición egipcio—kipchak. [38] Para congraciarse con el poderoso Nogai, Miguel dióle en matrimonio una hija bastarda suya y en la guerra sucesiva contra el zar búlgaro Miguel fue activamente apoyado por su yerno. El zar de Bulgaria hubo de renunciar a las hostilidades. [39]

Durante todo su reinado Miguel siguió en cordiales relaciones de amistad con Egipto y la Horda de Oro. [40] En Asia Menor, Miguel no se vio muy particularmente amenazado. Aunque hubiese roto con Hulagú, los mongoles persas, enzarzados en discordias interiores, no emprendieron nada contra Bizancio. Y el sultanato de Rum, vimos, había pasado a ser mera dependencia del Imperio mongol. No obstante, bandas aisladas de merodeadores turcos, despreciando los acuerdos establecidos entre los emperadores y los sultanes, hacían continuas incursiones en territorio bizantino, llegando al interior del país, arruinando campos, ciudades y conventos, y acuchillando o cautivando a los habitantes.

En tiempos del poderío árabe, Bizancio había creado en la frontera oriental del Asia Menor una línea de fuertes o puestos fortificados, sobre todo en los desfiladeros (clisurae) y organizado, aparte el ejército regular, los acritas (akritai), cuerpo especial de defensa fronteriza, del cual hemos hablado antes. Según los turcos avanzaban hacia el oeste, la frontera y los acritas retrocedieron en igual dirección. En el siglo XIII, los acritas se concentraban principalmente “en los montes del Olimpo bitinio, hacia el ángulo noroeste del Asia Menor. En la época nicena, los colonos de las fronteras, a cambio de concesiones de tierras, de exención de impuestos y gravámenes y, en suma, de una vida holgada, se encargaban exclusivamente del servicio militar, defendiendo la frontera contra los enemigos, lo que, a juzgar por las fuentes, hicieron con valor y energía. Pero al trasladarse la capital de Nicea a Constantinopla, los acritas dejaron de gozar de los beneficios que les habían concedido el gobierno, el cual se sentía sin duda más seguro y menos dependiente que antes de la solidez de su frontera terrestre en Asia. Miguel Paleólogo, por ende, esforzóse en realizar una reforma financiera, y para ello confiscó en provecho del tesoro gran parte de las tierras de que sacaban sus rentas los acritas. Tal medida arruinó definitivamente la prosperidad económica de los acritas bitinios, prosperidad sobre la cual se fundaba su celo militar y que era, como dice un historiador, “nervio de la guerra”. [41] La frontera oriental del Imperio quedó, pues, casi indefensa. El gobierno reprimió con severidad un alzamiento de los acritas, y si no los destruyó del todo fue por miedo a abrir el camino a los turcos. Influidos por el erudito ruso V. I. Lamanski, algunos historiadores consideran eslavos a los acritas bitinios. [42] Pero más probablemente debían de representar nacionalidades diversas, entre ellas descendientes de los eslavos que desde años atrás se habían asentado en Bitinía. En todo caso, el hecho de que la agresividad de Carlos de Anjou absorbiera la política exterior bizantina, produjo desastrosos efectos en las fronteras orientales.

Los resultados de la política oriental de Miguel rindieron su efecto cuando, tras una época de turbulencias y desintegración, los turcos se unieron de nuevo y fortaleciéronse bajo la guía de los osmanlíes, quienes, al fin, le dieron a Bizancio el golpe definitivo, aniquilando el Imperio cristiano de Oriente.

Política de Bizancio bajo Andrónico II y Andrónico III.
Las Compañías catalanas en Oriente. Éxitos de los turcos en el Asia Menor.

La política exterior del Imperio bajo los dos Andrónicos, el abuelo y el nieto, fue muy diversa a lo que había sido en tiempos de su predecesor Miguel VIII. Éste corrió gran peligro con Carlos de Anjou, mas le alejaron de tal peligro las Vísperas Sicilianas, ocurridas el mismo año de la muerte de Miguel. Los turcos, en virtud de sus discordias, no habían podido sacar pleno partido de su ventajosa situación al este del Imperio. La política exterior de los dos Andrónicos es interesante sobre todo por la actitud de entrambos ante dos nuevos y potentes enemigos: Servia en los Balcanes y los turcos osmanlíes en el Asia Menor. Servios y osmanlíes, al luchar contra Bizancio, se habían señalado el propósito concreto de aniquilar el Imperio griego, substituyéndolo por un Estado grecoeslavo o grecoturco. El proyecto de Carlos de formar un Estado grecolatino fracasó, como vimos. En el siglo XIV, el ilustre soberano servio Esteban Dushan pareció a punto de crear un gran Imperio eslavo. Pero un conjunto de circunstancias históricas motivó que fuesen los turcos osmanlíes los que realizaran plenamente su plan: fundar a mediados del siglo XV y un Estado, no ya grecoturco, sino grecoeslavoturco, incluyendo a búlgaros y servios.

El fenómeno capital sobrevenido en Oriente bajo los dos Andrónicos fue el afirmamiento de los turcos osmanlíes. Los mongoles, al avanzar hacia el Asia Menor, empujaron fuera de la provincia persa de Jorasán, en dirección oeste, una horda turca de la tribu de los Oghuz (Ghuzz), la cual, al llegar al territorio selyúcida, recibió permiso del sultán para permanecer en Asia Menor y hacer pastar allí sus rebaños. Tras el desastre que les infligieron los mongoles, el sultanato selyúcida se dividió en varios Estados independientes, o emiratos, con dinastías particulares, los cuales, empero, molestaron al Imperio bastante. La horda turca de los Oghuz hízose independiente también. A fines del siglo XIII era su jefe Osmán u Otmán, quien fundó la dinastía otomana y dio nombre al pueblo que gobernaba, el cual empezó a llamarse desde entonces otomano u osmanlí. La dinastía fundada por Otmán gobernó Turquía hasta 1923.

A partir del siglo XIV, los osmanlíes principiaron a hostigar las reducidas posesiones que mantenía en Asia Menor el Imperio bizantino. No sin trabajo, las fuerzas imperiales retuvieron los tres puntos más importantes del Asia Menor: Brusa, Nicea y Nicomedia. El coemperador Miguel (Miguel IX) dirigió una batalla contra los turcos y sufrió una derrota. La misma Constantinopla parecía amenazada y el emperador, según una fuente, “estaba como dormido o como si estuviese muerto”.

En tales circunstancias, Andrónico II hubo de recurrir al apoyo extranjero. Presentóse ese socorro en forma de ciertas compañías españolas de mercenarios, a las que se llamaba “compañías catalanas”, o “almogávares”. “Almogávar”, vocablo tomado a los árabes por los catalanes, significa literalmente hombre que hace una expedición armada, y por extensión un soldado con característica de ligereza. Las bandas mercenarias de diferentes nacionalidades, bandas conocidas entonces por “compañías” y que peleaban por una compañía a favor de quien las pagase, estuvieron muy extendidas en la Edad Media. En los mismos siglos XIV y XV las compañías inglesas y francesas participaron activamente en la guerra de Cien Años. Las compañías catalanas, compuestas no sólo de catalanes propiamente dichos, sino también de aragoneses, navarros, mallorquines y hombres de otras regiones de España, habían peleado al lado de Pedro de Aragón durante la guerra subsiguiente a las Vísperas Sicilianas. A principios del siglo XIV, cuando Sicilia hizo la paz con Nápoles, las compañías catalanas quedaron ociosas. Acostumbradas a vivir de la guerra, con sus inherentes violencias y rapiñas, aquellos aliados resultaban en tiempo de paz peligrosos y quienes los habían empleado antes ansiaban desembarazarse de ellos. Además, las compañías, no conformes con una vida pacífica, deseaban ocasiones de ejercer su actividad. Los catalanes eligieron por jefe a Roger de Flor, hombre de ascendencia alemana. Su padre había sido apodado “Elum”, que en español se traduce por “Flor”.

Roger, que hablaba con facilidad el griego, ofreció sus servicios a Andrónico para luchar contra los selyúcidas y osmanlíes, imponiendo condiciones inauditas. Andrónico debía darle en matrimonio a su sobrina, otorgarle el título de gran duque o megaduque (megaduke: general y almirante) y entregar una fuerte suma de dinero para los soldados de las compañías. Andrónico se vio forzado a ceder a estas exigencias y por tanto las compañías españolas embarcaron camino de Constantinopla para salvar al Imperio oriental.

Este curioso episodio, en el cual los catalanes participaron en el cumplimiento de los destinos de Bizancio, se relata con gran lujo de detalles tanto en las crónicas españolas (catalanas) como en las griegas. Pero, mientras el cronista catalán Muntaner, [43] que intervino en la expedición, muestra a Roger y a sus compañeros como valerosos y nobles paladines, que honraron al pueblo español y se batieron por la buena causa, los historiadores griegos ven en ellos opresores arrogantes y expoliadores. Uno de esos historiadores exclama: “¡Oh, si Constantinopla no hubiese visto nunca al latino Roger!” [44] Los historiadores del siglo XIX han prestado mucha atención a la empresa catalana.

Un especialista catalán de esta cuestión compara las hazañas de los expedicionarios catalanes a las de los célebres conquistadores de Méjico y el Perú en el siglo XVI, Cortés y Pizarro, declarando que no hay “otro pueblo que pueda glorificarse de un acontecimiento histórico tan trascendental como nuestra gloriosa expedición a Oriente”, y apreciando ésta como un monumento eterno de la gloria de la raza española. El mismo sabio califica a Roger de Flor de figura épica, de verdadero héroe de romance caballeresco, de alma y nervio de aquella famosa expedición. [45]

El historiador alemán Carlos Hopf estima que la expedición de los catalanes es, en todo caso, el episodio más atrayente de la historia del Imperio bajo los Paleólogos”, en especial a causa de su interés dramático. El inglés Finley escribe que si los catalanes “hubiesen sido conducidos por un emperador como León III o Basilio II” habrían aplastado a los turcos selyúcidas, destruido el poderío otomano en sus principios y llevado el águila bicéfala de Bizancio, de victoria en victoria, hasta el pie del Tauro y las orillas del Danubio. Aparte esto, el mismo historiador observa: “La expedición catalana a Oriente es un admirable ejemplo del éxito que acompaña a veces a una carrera de depredaciones y abusos, contrariamente a todas las reglas del buen sentido humano”. [46] Los archivos catalanes proporcionan sin cesar nuevos documentos sobre esta cuestión.

En los primeros años del siglo XIV, Roger de Flor llego a Constantinopla con sus compañías. Los soldados participantes en la expedición ascendían casi a diez mil, pero además muchos de ellos llevaban consigo a sus mujeres e hijos. El casamiento de Roger con la sobrina del emperador celebróse en Constantinopla con gran pompa. Habiéndose producido algunos choques entre catalanes y genoveses —ya que los últimos adivinaban futuros rivales en los recién llegados—, las compañías fueron transportadas al Asia Menor, donde los turcos asediaban a la sazón la gran ciudad de Filadelfia, al este de Esmirna. A los catalanes se unió un destacamento de fuerzas imperiales, y el ejército catalanobizantino, mandado por Roger de Flor, liberó Filadelfia. La victoria de los catalanes fue acogida con entusiasmo en la capital. Algunos pensaron que el peligro turco había sido eliminado para siempre. A este primer éxito siguieron muchos combates afortunados de Roger contra los turcos.

Pero ciertos atropellos y exacciones atribuidos a los catalanes por los indígenas, y la intención notoria de Roger de crearse en Asia Menor un principado propio, aunque fuese con algún vínculo de vasallaje respecto al emperador, produjeron dificultades entre los mercenarios, los nativos y el gobierno de Constantinopla. El emperador pidió a Roger que acudiese a Europa, y Roger lo hizo, empezando por ocupar una importante fortaleza junto al estrecho de Gallipoli y después toda la península del mismo nombre. Roger y el emperador entablaron negociaciones que dieron por resultado el que Andrónico cediera a Roger el título de César, la dignidad más elevada del Imperio y no obtenida nunca por extranjero alguno. El nuevo César, antes de volver con los catalanes al Asia Menor, se dirigió con una pequeña fuerza a Adrianópolis, donde se hallaba entonces el coemperador Miguel IX, hijo de Andrónico. Allí, por órdenes de Miguel, Roger y sus compañeros fueron alevosamente asesinados en un festín. Al extenderse la noticia por el Imperio, los catalanes que se hallaban aislados en Constantinopla y otros muchos lugares, fueron acuchillados a traición.

Entonces los catalanes concentrados en Gallipoli, enfurecidos y sedientos de venganza, rompieron la alianza con Bizancio y avanzaron hacia el oeste, devastando a sangre y fuego las regiones que atravesaban. Tracia y Macedonia sufrieron tremendos asolamientos. Ni aun los conventos del Athos escaparon a la suerte común. Un testigo ocular de los sucesos, discípulo de Daniel, higúmeno del monasterio servio de Quilandaríon, escribe al propósito de los hechos de los catalanes: “Era terrible ver la desolación llevada al Monte Sagrado por los enemigos”. [47] Los catalanes quemaron también el monasterio ruso de San Pantaleimón, en el mismo Athos. Desencadenaron, asimismo, un golpe directo contra Tesalónica que no tuvo éxito. Por vía de represalias, Andrónico mandó embargar las mercancías de las naves catalanas que hubiese en aguas bizantinas y también hizo poner preso a los mercaderes catalanes. [48]

Tras detenerse algún tiempo en Tesalia, los catalanes se encaminaron al sur, atravesaron el desfiladero de las Termopilas, célebre en la antigüedad, e invadieron la Grecia media, esto es, el ducado tebano—ateniense fundado a raíz de la cuarta Cruzada y que se hallaba bajo el dominio franco. En la primavera de 1311 se peleó, a orillas del Cefiso, en Beocia, la célebre batalla del lago Copáis, lugar que en el siglo XIV se convirtió en pantano y se encuentra no lejos de la Scripú contemporánea. Los catalanes obtuvieron una victoria decisiva sobre los franceses, pusieron fin a la floreciente existencia del ducado ateno—tebano y establecieron sobre él la dominación catalana, que duró ochenta años en Tebas y Atenas. El templo de la Virgen, en el Partenón, pasó a manos de los clérigos catalanes, quienes quedaron asombrados de su magnificencia y riqueza. En la segunda mitad del siglo XIV, el duque catalán de Atenas designaba a la Acrópolis como “el más precioso tesoro que existe en el mundo y que en vano se esforzarían en imitar todos los soberanos cristianos”. [49]

El ducado catalán de Atenas, fundado en el siglo XIV de ese modo casual en el suelo de la antigua Hélade, se organizó sobre el modelo catalán o siciliano. La mayoría de los historiadores lo juzgan una dominación brutal, violenta y destructora. En Atenas y en Grecia, en general, el régimen catalán dejó escasas huellas artísticas. En la Acrópolis, donde los catalanes introdujeron algunos cambios, particularmente en la disposición de las fortificaciones, no se encuentran señales de su paso. En cambio, en la memoria y lengua del pueblo griego ha permanecido vivo hasta hoy el recuerdo de la presunta crueldad e injusticia de los conquistadores catalanes. [50] Hoy todavía, en algunas regiones de Grecia, por ejemplo en la isla de Eubea, cuando se quiere reprochar a alguien por un acto injusto e ilegítimo, se dice: “¡Los mismos catalanes no lo hubiesen hecho!” En Acarnania, la palabra “catalán” es hoy todavía el sinónimo de salvaje, bandido, criminal. En Atenas, la palabra “catalán” está considerada como una injuria. En algunas poblaciones del Peloponeso, cuando quiere significarse que una mujer tiene un mal carácter, se dice: “¡Esa debe ser una catalana!”

Pero hoy una abundante cantidad de nuevos documentos descubiertos recientemente, sobre todo en los Archivos de la Corona de Aragón, en Barcelona, demuestran con claridad el catalana en Grecia carácter erróneo de las opiniones de los historiadores antiguos sobre el tema. Los años de la dominación catalana en la Grecia Media no fueron sólo destructores, sino creadores también. La Acrópolis —en catalán “Castell de Cetines”— fue fortificada, y, por primera vez desde que Justiniano cerrara la escuela de Atenas, se dotó a esta capital con una universidad. [51] Asimismo, los catalanes alzaron fortificaciones en la Grecia central y septentrional. [52] El historiador catalún Rubio y Lluch, el mejor especialista de esta cuestión, escribe: “El descubrimiento de una Grecia catalana es uno de los acontecimientos más inesperados que los investigadores contemporáneos han descubierto en la historia de la Edad Media”. [53]

Ignoramos aun la historia general y completa de la dominación catalana en Grecia, pero conviene señalar que las antiguas obras y las opiniones tradicionales sobre este punto deben ser revisadas y modificadas, y ha de escribirse una nueva historia sobre el gobierno catalán en Grecia fundándose en una documentación nueva. [54]

La invasión de los navarros en 1379 puso fin a la dominación catalana en Grecia. Las compañías catalanas habían luchado, pues, con gran éxito, a principios del siglo XIV, contra los turcos osmanlíes. Pero al surgir la división entre bizantinos y catalanes, la victoria dejó de sonreír a las armas bizantinas. La sangrienta epopeya de la marcha de las compañías catalanas a través de la Península balcánica, a raíz de la muerte de Roger de Flor, y la lucha civil que sobrevino entre los dos Andrónicos, abuelo y nieto, apartaron, la atención y las fuerzas del Imperio de los hechos de su frontera oriental. Los osmanlíes, aprovechándose de ello, obtuvieron algunos éxitos importantes en Asia Menor, durante los últimos años de Andrónico el Viejo y el reinado de Andrónico el Joven. El sultán Osmán u Otmán, y tras él su hijo Orján, se adueñaron de las principales ciudades bizantinas de Asia, como Brusa, que pasó a ser la capital de Estado osmanlí, Nicea y Nicomedia. No tardaron los turcos en alcanzar las riberas del mar de Mármara. Varias poblaciones de la costa occidental de Asia Menor hubieron de pagar tributo a los turcos. En 1341, fecha de la muerte de Andrónico III, los turcos osmanlíes eran los verdaderos dueños de Asia Menor y tenían la firme intención de llevar la guerra a Europa. Ya Tracia era objeto de incesantes incursiones. Los emiratos selyúcidas, viéndose amenazados por los osmanlíes, abrieron tratos con el Imperio para oponerse a osmanlíes y latinos.

Política occidental bizantina bajo Andrónico II y Andrónico III. Situación de Bizancio en la península balcánica a fines del siglo XIII. Crecimiento de Servia y principios del reino de Esteban Dushan. Venecia y Génova.

A fines del siglo XIII, las posesiones de Bizancio en la península balcánica comprendían toda Tracia y la Macedonia meridional con Tesalónica. Los países situados más al oeste y al sur —Tesalia, Albania y Epiro—, no reconocían la autoridad imperial sino parcialmente y en grados distintos. En cambio, bajo Miguel Paleólogo, los bizantinos habían conquistado a los latinos la Laconia, al sudeste del Peloponeso, y luego la provincia central de Arcadia. En el resto del Peloponeso y la Grecia central persistía la dominación latina. En el Archipiélago, Bizancio sólo poseía algunas islas al norte y nordeste del mar Egeo.

Mientras en Oriente crecía el peligro otomano, otro muy grave se perfilaba en Servía, en la primera mitad del siglo XIV. Los servios y croatas —éstos emparentados con los primeros y acaso pertenecientes al mismo pueblo— habían aparecido en los Balcanes en el siglo VII, en tiempos del emperador Heraclio, ocupando el oeste de la Península. Los croatas, moradores de Dalmacia y la región comprendida entre el Drave y el Save, se convirtieron al catolicismo, aproximáronse a Occidente y en el siglo XI se incorporaron al reino magiar, perdiendo así su independencia. En cambio, los servios siguieron fieles a Bizancio y a la Iglesia oriental. Hasta la segunda mitad del siglo XII, los servios, al contrario de los búlgaros, no constituían un bloque unido ni organizado estatalmente. Se agrupaban en regiones distintas (jupa, plural jupi) al mando de “yupanes”. Sólo a principios del siglo XII aparece entre los servios una tendencia unificadora, mientras en Bulgaria se producía el movimiento que condujo a la formación del segundo reino búlgaro. Así como en Bulgaria la familia de los Asen había encabezado el movimiento, en Servia la familia de los Nemanya ejerció un papel semejante.

En la segunda mitad del siglo XII, Esteban Nemanya fundó el Estado servio, siendo así el primer unificador del territorio servio, el “restaurador del patrimonio de los antepasados” Proclamado “Gran Jupán” reunió todos los territorios servios bajo la autoridad de su familia. Después, en guerras felices contra Bizancio y Bulgaria, ensanchó notablemente las regiones servias y, cumplida esta tarea nacional, abdicó, yendo a terminar sus días como monje en un monasterio del Athos. Ya vimos que, durante la tercera Cruzada, Esteban Nemanya había entablado tratos con Barbarroja, a la sazón en viaje por la Península balcánica, ofreciéndole su ayuda contra Bizancio a condición de que Federico Barbarroja le permitiese retener los territorios conquistados y anexionarse Dalmacia. Las negociaciones no rindieron fruto.

Tras un período de guerra civil entre los hijos de Esteban Nemanya, uno de ellos, llamado Esteban también, se puso al frente del Estado y en el primer cuarto del siglo XIII logró que un legado del Papa le coronase rey. Se le conoce en la historia como el “Primer (rey o kral) Coronado de toda Servia”. Bajo su reinado, un representante del Papa nombró un arzobispo de Servia, jefe a la vez de la Iglesia nacional. Pero esta dependencia respecto a Roma terminó pronto y la Iglesia Servia volvió a la doctrina de la Iglesia oriental.

El Imperio latino había encontrado, pues, dos serios rivales en Europa: Servia y Bulgaria. Al caer en 1261 el Imperio latino, las cosas cambiaron. Al Imperio latino sustituía el débil Imperio bizantino recién restaurado, a la vez que Bulgaria, quebrantada por sus luchas internas y disminuida en territorio, perdía su fuerza antigua. A partir de 1261 Servia se convirtió en el Estado más importante de los Balcanes. Pero los monarcas servios cometieron un grave error táctico: en vez de unir a Servia las regiones occidentales de los croatas, completando la unificación del pueblo servio, dirigieron sus miradas a Constantinopla.

En la guerra civil entre los dos Andrónicos, el rey servio sostuvo al abuelo. La victoria servia en 1330 sobre los búlgaros aliados de Andrónico III cerca de Volbushdi (hoy Kiustendil), en la Macedonia superior, tuvo considerable importancia para el porvenir de Servia. En la batalla participó el joven príncipe Esteban Dushan, futuro “gran soberano” de los servios, quien desempeñó aun que hay algunas divergencias entre las fuentes —un papel decisivo en la acción. [55] El rey de los búlgaros cayó del caballo en que huía y fue muerto. Como consecuencia de la batalla se rompió la alianza grecobúlgara y Bulgaria perdió en definitiva la posibilidad de detener los ulteriores progresos de Servia, la cual tuvo a partir de entonces obvia preponderancia en la región balcánica.

Servia alcanzó su apogeo con Esteban Dushan (1331—1355). Diez años antes de su exaltación al poder, Esteban había sido coronado por el arzobispo y asociado a su padre. Por eso las crónicas le llaman rex juvenis, por oposición a su padre, rex veteranus. Con frase de Florinski, “la coronación simultánea de padre e hijo era un fenómeno nuevo y significativo en la historia servia. Se reconoce en ello claramente la influencia de Bizancio, donde hacía mucho que los emperadores tenían por costumbre contar con asociados que llevaban el título imperial”.

En los diez primeros años de su reinado, correspondientes a la época de Andrónico III, Esteban Dushan, aprovechando que Andrónico y Juan Cantacuzeno habían de atender al peligro otomano en Oriente, inició sus conquistas apoderándose del norte de Macedonia y de la mayor parte de Albania, donde poco antes pelearan con éxito las armas bizantinas. Al morir el emperador en 1341, Esteban, aunque no hubiese desarrollado del todo sus planes agresivos contra Bizancio, había probado el peligroso enemigo que Servia era para el Imperio en la Península balcánica.

En la primera mitad del siglo XIV los albaneses comenzaron a desarrollar una intervención considerable en los asuntos balcánicos. Según hemos señalado, tanto Andrónico como Esteban Dushan tuvieron que pelear contra los albaneses.

Albania, desde la antigüedad, no había formado una unidad política concreta, y su historia había sido siempre parte de la historia de un pueblo extranjero. Se dividía en pequeños principados locales y en tribus montañesas autónomas, con intereses exclusivamente locales. “Albania posee muchos monumentos no estudiados todavía. Su historia no puede escribirse en forma íntegra y definitiva, sino fundándose en las valiosas reliquias que el suelo albanés conserva celosamente desde hace siglos. Sólo cuando sus tesoros arqueológicos hayan sido descubiertos y estudiados, podrá escribirse una historia realmente científica de Albania”. [56]

Los ascendientes de los albaneses eran los antiguos ilíricos, que habitaban las costas orientales del Adriático, desde el Epiro, al sur, hasta la Polonia. El geógrafo griego Tolomeo (siglo II de J. C.) menciona una tribu albanesa y la ciudad de Albanópolis. En el siglo XI el nombre de albaneses se extendió a todos los demás descendientes de los ilirios. En griego se designaba a aquel pueblo empleando indistintamente la letra l o r: Albanoi o arbanoi, aíbanitai o arbanitai. En latín decíase albanenses o arbanenses, y de la forma latina deriva el nombre eslavo de arbanasi, de arvanitis en griego moderno y de arnaut en turco. Los albaneses se dan también el nombre de arber o arben. Más tarde apareció el calificativo nuevo de slikipetaros, cuya etimología acaba de ser explicada definitivamente. [57] La lengua albanesa de hoy está preñada de elementos romanos, desde la lengua clásica latina al dialecto véneto, por lo que ciertos especialistas llaman al idioma albanés una lengua mixta, románica en su mitad. [58]

Desde lejanos tiempos los albaneses eran cristianos. En las primeras épocas del Imperio bizantino fue emperador un hombre natural de Dyrrachium (Durazzo) y acaso albanés (Anastasio I). Es también posible que la familia de Justiniano el Grande tuviese un origen albanés.

En la época de las invasiones bárbaras (siglos IV y V) se produjeron importantes modificaciones etnográficas en los territorios ocupados por los albaneses, y esas modificaciones prosiguieron con la gradual ocupación de la península por los eslavos. Después, los albaneses, aun no mencionados en las fuentes por tal nombre, fueron alternativamente súbditos, ora de Bizancio, ora de la Gran Bulgaria de Simeón. El nombre de albaneses aparece por primera vez, según hemos visto, en las fuentes bizantinas, a partir del siglo XI, tras las luchas bizantinonormandas en la Península. [59] Bajo el Imperio latino y los primeros Paleólogos, los albaneses pertenecieron, ya al despotado epirota, ya al Imperio búlgaro de Juan Asen II, ya al Imperio niceo bajo Juan Vatatzés, ya a Carlos de Anjou, que se titulaba “rey, por la gracia de Dios, de Sicilia y de Albania”. Hacia 1330, poco antes de morir Andrónico III, Esteban Dushan conquistó la mayor parte de Albania.

Desde entonces se inicia el empuje albanés hacia el sur, primero camino de Tesalia y luego (segunda mitad del siglo XIV y siglo XV) camino de la Grecia central, el Peloponeso y la mayoría de las islas Egeas. Aun hoy se notan los efectos de esa poderosa corriente de colonización albanesa. Influido por ella, el sabio alemán Fallmerayer emitió en la primera mitad del siglo XIX su famosa teoría de que eslavos y albaneses habían destruido por completo la nacionalidad griega: “Ni una sola gota de verdadera sangre helena corre por las venas de la población cristiana de la Grecia moderna”, declaraba Fallmerayer, añadiendo, en el segundo tomo de su Historia de la Península de Morea en la Edad Media, que, a partir del segundo cuarto del siglo XIV, los grecoeslavos moradores de Grecia fueron empujados y aniquilados por los colonos albaneses. De manera que, según él, la insurrección liberadora de Grecia, en el siglo XIX, fue obra de albaneses. Fallmerayer hizo un viaje a Grecia y halló en Ática, Beocia y en la mayor parte del Peloponeso, muchos colonos albaneses, que en ocasiones no comprendían el griego siquiera. Si alguien —dice Fallmerayer— diese a Grecia el nombre de Nueva Albania, la designaría por su verdadero calificativo. Esas provincias de Grecia, agrega, están tan emparentadas con el helenismo como los montañeses de Escocia con las regiones afganas de Kandahar y Kabul.

Sin admitir en su integridad la teoría de Fallmerayer, ha de asentarse el hecho de que, aun hoy, varias islas del Archipiélago y casi toda el Ática, siguen siendo albanesas. Según las estadísticas aproximativas establecidas por los eruditos, los albaneses representan, en el mismo Peloponeso, más del 13 por 100 de toda la población (92,500 almas). En 1845, J. G. Hahn, autor de Estudios albaneses, estimaba que “de un total de un millón de habitantes, en Grecia, 173.000 son albaneses”. Un historiador contemporáneo nota: “No se ha producido después cambio alguno que modifique esa proporción”. [60]

De manera que la época de Andrónico III se señaló por el comienzo de la colonización albanesa en el sur de Grecia, incluido el Peloponeso, y por una importante modificación etnográfica en la población de la península griega.

Ya mencionamos las relaciones mercantiles de Bizancio con Génova y Venecia. El gobierno de Miguel VIII había dado a Génova supremacía indiscutible y luego, sea renovando, sea rompiendo, de acuerdo con la situación política, sus relaciones con Venecia, había utilizado el antagonismo existente entre las dos repúblicas. Andrónico II siguió la política de su padre y continuó dando privilegios a Génova para estimular la rivalidad de ésta con Venecia.

A fines del siglo XII se perdieron todas las posesiones cristianas en Siria. En 1291 los musulmanes tomaron la última ciudad importante que mantenían los cristianos en la costa: San Juan de Acre, la antigua Tolemaida. Siria y Palestina pasaron enteras a manos de los musulmanes.

Este fue un golpe tremendo para Venecia, que perdía todo el sureste del Mediterráneo, donde su política y comercio habían ejercido por largo tiempo una influencia preponderante. Además, los genoveses, instalados en el Bósforo, comerciaban activamente con el mar Negro, cuyo tráfico aspiraban a monopolizar. En Crimea había colonias genovesas junto a las venecianas. Ante el grave peligro que amenazaba su supremacía mercantil, Venecia declaró la guerra a Génova. En territorio bizantino o aguas bizantinas se libraron muchos encuentros. La flota veneciana, abriéndose camino por el Helesponto y el mar de Mármara, devastó las orillas del Bósforo e incendió el arrabal de Gálata, donde moraban los genoveses. La colonia genovesa se refugió tras los muros de Constantinopla y el emperador apoyó activamente a los refugiados. Los venecianos que habitaban la capital fueron pasados a cuchillo. Los genoveses obtuvieron de Andrónico II permiso para rodear Gálata de un foso y un muro. Pronto aquel barrio se adornó con numerosas construcciones públicas y particulares. Al frente de la colonia se hallaba un podestá nombrado por Génova que gobernaba según ciertas reglas y tenía la misión de defender los intereses de todos los genoveses que habitaban en el Imperio. Así, según Florinski, “nació junto a la Constantinopla ortodoxa un burgo latino, pequeño, pero bien fortificado, con un podestá genovés, con organización republicana, con iglesias y conventos latinos. Desde entonces

Además de aquellas preponderantes repúblicas mercantiles, otras ciudades de Occidente desarrollaron en Constantinopla —a fines del siglo XIII y siglo XIV— una actividad comercial, poseyendo colonias allí. Esas ciudades fueron Pisa, Florencia y Ancona. Cabe añadir la ciudad eslava de Dubrovnik (Ragusa), en el Adriático, así como Marsella y otras ciudades del sur de Francia.

Examinado en conjunto los reinados de los dos Andrónicos se llega a muy tristes conclusiones. En Asia Menor los osmanlíes eran dueños de la situación: en la península balcánica Esteban Dushan obtenía éxitos importantes, preludio de proyectos vastos para el porvenir, y las compañías catalanas habían devastado terriblemente numerosas comarcas del Imperio durante su marcha triunfal hacia el Oeste. Finalmente, junto a Constantinopla se engrandecía la genovesa Gálata, fuerte en lo económico y casi independiente en lo político.

Juan V (1341—1391). Juan VI Cantacuzeno (1341—1354).
Desarrollo de Servia bajo Esteban Dushan.

Ya dijimos que, bajo Andrónico III, Esteban Dushan se había adueñado del norte de Macedonia y lo más de Albania. Al llegar al trono un emperador menor de edad en el momento en que Bizancio aparecía desgarrada por luchas intestinas, los proyectos de Esteban Dushan, ensanchándose, miraban ya a la misma Constantinopla. Nicéforo Gregoras atribuye a Cantacuzeno las siguientes palabras: “El Gran Servio, [61] tal que un río desbordado y ampliamente extendido fuera de su cauce, ha sumergido con numerosas ondas parte del Imperio romano y amenaza inundar la otra”. Esteban, negociando ya con Juan V, ya con Cantacuzeno, según le convenía, y aprovechando la compleja situación del Imperio, cuyas fuerzas estaban paralizadas por las turbulencias interiores, ocupó sin trabajo toda Macedonia, salvo Tesalónica, y puso sitio y rindió a Seres, plaza fuerte de la Macedonia oriental, en el camino de Tesalónica a Constantinopla. La capitulación de Seres ponía en manos de Dushan una ciudad fortificada puramente griega, casi tan importante como Tesalónica y llave de las comunicaciones entre este punto y la capital. Desde entonces se perfila con claridad el propósito del monarca servio: desarrollar contra el Imperio una acción de gran alcance.

Las fuentes bizantinas contemporáneas de Dushan vinculan a la toma de Seres el hecho de haber asumido el monarca servio el título de zar y la afirmación formal de sus pretensiones al trono de Oriente. Juan Cantacuzeno escribe: “El rey acercóse a Seres y la tomó... Después de esto, habiendo concebido una alta opinión de sí mismo, y viéndose en posesión de la mayor parte del Imperio, se proclamó emperador de los romanos y los servios y dio a su hijo el título de kral”. En carta enviada desde la misma Seres al dux veneciano, Esteban, además de sus otros títulos, se da el de “Señor de casi todo el Imperio de Romanía”. En sus edictos griegos firmaba, con tinta roja: “Esteban, fiel kral y autócrata en Jesucristo de Servia y del Imperio romano”, o “emperador y autócrata de los servios y los romanos”.

Las grandiosas miras de Esteban sobre Constantinopla divergen de las que ya conocemos en los reyes búlgaros Simeón y los Asen. Simeón había tendido a liberar de la dominación bizantina a los territorios eslavos, creando un Estado eslavo único. “Su tentativa de adueñarse de Constantinopla dimanaba de la tendencia a aniquilar la dominación griega y substituirla por la eslava”. [62] “Quería poseer Zargrad y ejercer su poder sobre los griegos, no como emperador romano, sino como emperador búlgaro”. Los Asen tendían a fines análogos. Aspiraban a la libertad y plena independencia del pueblo búlgaro y a fundar un Estado búlgaro incluyendo Constantinopla. Pero Esteban Dushan perseguía otros fines al asumir el título de basileo y autócrata. No trataba sólo de liberar a los servios de la influencia del emperador de Oriente. Sin duda se proponía fundar en lugar de Bizancio un nuevo Estado, no servio, sino servo—griego, y quería que “el pueblo servio, el reino servio, todos los territorios eslavos reunidos a aquél, fuesen sólo una parte del Imperio romano cuyo jefe se proclamaba”. Presentándose como heredero del trono de Constantino, Justiniano y otros emperadores bizantinos, Dushan aspiraba a ser emperador de romanos y servios, creando una dinastía servia en el trono de Bizancio. Para ello le importaba la adhesión del clero griego de los países sometidos, comprendiendo que su consagración de emperador no sería legítima ante el pueblo en caso de faltarle la sanción de la Iglesia El arzobispo servio dependiente del patriarca de Constantinopla no bastaba. Incluso de ser independiente la Iglesia servia, ésta no habría podido otorgarle otro título que el de zar de Servia. Para dar un carácter sacrosanto al título de emperador de romanos y servios, se requería una autoridad superior. Dushan, pues, gestionó la consagración de su nuevo título por el alto clero griego y por los monjes del famoso Monte Athos.

Con tal intención, confirmó y extendió los privilegios monásticos y multiplicó las dotaciones de los conventos griegos de la Macedonia ocupada, donde tenía bajo su autoridad muchas propiedades, pertenecientes al Athos. Luego la península calcídica, con los conventos del Athos, pasó también a manos de Dushan y los monjes de los monasterios griegos del Monte Sagrado comprendieron que desde entonces la protección de los conventos y su protección ulterior dependían, no del emperador bizantino, sino de un soberano nuevo.

Las crisobulas griegas de Dushan que nos son conocidas atestiguan no sólo el reconocimiento de los antiguos privilegios y prerrogativas concedidos a favor del Athos, sino favores nuevos. A más de las crisobulas otorgadas a los conventos por separado, se concedió a todos los del Athos una carta general, en la que leemos: “Nuestra Majestad, habiendo recogido todos los monasterios que se hallan en el santo monte Athos y que se han dado de todo corazón y sometido a Nos, les otorgamos y concedemos a todos, por este edicto general, un gran beneficio, a fin de que los monjes que allí viven cumplan en paz y sin ser estorbados sus sagradas ocupaciones”.

El día de Pascua de 1346 fue memorable en la historia servia. En la capital de Dushan, Scopia (hoy Skophie, Üsküb, en la Macedonia septentrional) se reunieron toda la nobleza del reino servio, todo el alto clero, con el arzobispo de Servia a su cabeza, el clero griego y búlgaro de las regiones conquistadas y el protos o jefe del Consejo de los higúmenos que gobernaba el Athos, más los higúmenos y eremitas del monte santo. Aquella solemne y nutrida asamblea tenía por objeto “legitimar y consagrar la revolución política ejecutada por Dushan: la creación de un nuevo Imperio”. [63]

Ante todo, la asamblea nombró un patriarca servio independiente en absoluto del de Constantinopla. Dushan lo necesitaba para ser coronado emperador. Como la elección de patriarca había de hacerse sin el concurso de los patriarcas ecuménicos orientales, los obispos griegos y los religiosos del Athos debían substituir al patriarca de Constantinopla. Elegido que fue el patriarca servio, el de Constantinopla, que se había negado a reconocer la legitimidad de los actos de aquella asamblea, excomulgó a la Iglesia servia.

Después de la elección de patriarca, Dushan ciñó con toda solemnidad la corona imperial, hecho probablemente precedido por su proclamación en Seres, A raíz de estos sucesos, Dushan introdujo en su corte una etiqueta suntuosa, copiando las usanzas bizantinas. El nuevo basileo procuró rodearse de nobles griegos, empleó, a lo que parece, la lengua griega al igual que la servia y redactó en griego algunos de sus decretos. “Las clases privilegiadas de Servia, los señores y el clero, que gozaban en el país de considerable poder e influencia y acostumbraban poner trabas a la libertad de acción de los monarcas, hubieron de reconocer la autoridad superior del zar e inclinarse ante él como soberano absoluto”. [64]

Según el uso bizantino, Dusham hizo coronar a la vez a su mujer y proclamó a su hijo, niño de diez años, “kral de todos los territorios servios”. Después de su coronación Dushan expresó su gratitud a las iglesias y conventos griegos, mediante una serie de cartas patentes y visitó el Athos con su esposa, deteniéndose allí cerca de cuatro meses, orando en todos los conventos, distribuyéndoles larguezas y recibiendo por doquier “la bendición de los santos padres, virtuosos y semejantes a los mismos ángeles por sus costumbres”.

Una vez coronado, Esteban no soñó sino en tomar Constantinopla, juzgando que sus victorias y su coronación habían eliminado todos los obstáculos. Pero en la última parte de su reinado sus campañas contra Bizancio hubieron de ser menos frecuentes que antes y su atención hubo de volverse tanto a las guerras que mantuvo al oeste y al norte como a la organización interna de su monarquía. “Sólo esto distrajo la atención de Dushan, ya que sus miras y pensamientos seguían convergiendo en la atrayente extremidad sudeste de la Península. El deseo de apoderarse de aquel sudeste, o más bien de la ciudad mundial que se encontraba allí, excitó las ideas del monarca, hizose el principio director de toda su actividad, que caracterizó toda la época de su reinado”. [65]

Arrastrado por su creencia en la fácil conquista de Constantinopla, Dushan no advirtió las dificultades que se oponían a su plan. Existía en primer término el poder creciente de los turcos, que también ambicionaban Bizancio y con los que no podía medirse el mal organizado ejército servio. Por ende, la ocupación de Constantinopla exigía una nota que a Esteban le faltaba. Entonces imaginó aliarse con Venecia. Tal proyecto estaba fracasado de antemano, porque Venecia, si bien no aceptaba con gusto la idea de que Constantinopla se hallara en manos de los Paleólogos, no hubiera consentido tampoco verla en poder del Estado de Dushan. De haber Venecia tomado Constantinopla merced a sus naves, la hubiera conservado para sí. Los esfuerzos de Dushan para aliarse a los turcos fracasaron merced a la política de Cantacuzeno. Y además los intereses de Esteban y de los turcos tenían que chocar neCésariamente.

La intervención del zar servio en los asuntos interiores de Bizancio no rindió resultados tangibles. En los últimos años del reinado de Esteban una hueste servia que peleaba al lado de Juan V fue aniquilada por los turcos. Dushan acumulaba decepción tras decepción y veía cerrársele el camino de Constantinopla.

Las crónicas de Dubrovnik (Ragusa) hablan de una última gran expedición preparada por Esteban contra Constantinopla y no consumada por haberle sorprendido antes la muerte. Pero esos informes no aparecen confirmados por ningún testimonio contemporáneo ni son aceptadas como valederas por los especialistas de ese período. [66]

El gran monarca servio murió en 1355. No había podido crear el Imperio grecoservio que debía substituir al bizantino, consiguiendo sólo establecer un Imperio servio que incluía territorios griegos y que a su muerte se disgregó, según frase de Juan Cantacuzeno, “en mil pedazos”.

Tan corta fue la duración de la monarquía de Dushan que no se puede, “hablando con justeza, que solamente se pudo distinguir en ella sino dos momentos: el de su fundación, que duró todo el reinado de Dushan, y el de su disgregación, que empezó a la muerte del fundador”. [67]

“Diez años más tarde —escribe el ruso Pogodin— podía recordarse la grandeza del Estado servio como un remoto pasado”. [68] Así la tercera y mayor tentativa de los eslavos para fundar en los Balcanes un gran Imperio con Constantinopla por capital, terminó en un fracaso. La Península balcánica quedaba abierta, casi sin defensa, a los proyectos de conquista de los turcos osmanlíes.

Bizancio y los turcos en el Siglo XIV. Conquistas turcas en la península balcánica. Caída de Servia y Bulgaria. Situación de Bizancio a fines del siglo XIV.

Al finalizar el reinado de Andrónico el Joven, los turcos se habían adueñado casi en absoluto del Asia Menor. La parte oriental del Mediterráneo, así como el Archipiélago, se hallaban bajo la incesante amenaza de los piratas turcos, ya fuesen selyúcidas u osmanlíes. La situación de los cristianos de la península, de las costas y de las islas era intolerable; el comercio apenas existía. Las invasiones turcas obligaron a Atanasio, monje del Athos, a emigrar a Tesalia, donde fundó los famosos monasterios “colocados en los aires”, “los mágicos y fantásticos conventos de Meteora, que coronan los escarpados picachos del bravío valle de Kalabaka”. [69]

El rey de Chipre y el Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Hospitalarios imploraron al Papa que organizase en Occidente una expedición contra los turcos. Pero las pequeñas fuerzas de socorro que respondieron a la llamada del Papa no pudieron hacer cosa considerable. Los turcos estaban firmemente resueltos a instalarse en tierra europea. Facilitaron este propósito las guerras civiles del Imperio, que, sobre todo en la época de Juan Cantacuzeno, llevaron a los turcos a intervenir muchas veces en las turbulencias interiores de Bizancio.

Es usual asociar la primera instalación de los osmanlíes en Europa al nombre de Juan Cantacuzeno, quien en efecto empleó repetidamente a los turcos para luchar contra los Paleólogos. Sabido es que Cantacuzeno casó su hija con el sultán Orján, Invitados por Cantacuzeno, los turcos, sus aliados, asolaron repetidamente la Tracia. Nicéforo Gregoras observa que Cantacuzeno aborrecía tanto a los romanos como apreciaba a los bárbaros.

Es muy probable que la inicial colonización turca de la península de Gallípoli (Quersoneso trácico) fuese conocida y aprobada por Cantacuzeno. El mismo Gregoras dice que, en ocasión de que en la iglesia de palacio iba a celebrarse un oficio cristiano, los turcos osmanlíes admitidos en la capital danzaban y cantaban ante el palacio mismo, “emitiendo sones ininteligibles y cantando himnos a Mahoma, con lo que obligaban a la multitud a escucharlos antes que a los Santos Evangelios”. Para satisfacer las exigencias monetarias de los turcos, Cantacuzeno les entregó el dinero enviado por el Gran Príncipe de Moscovia, Simeón el Soberbio, a efectos de restaurar la iglesia de Santa Sofía, que estaba en vías de ruina.

Los turcos se habían instalado poco a poco en Europa —en Tracia y en la península de Gallípoli— probablemente desde los primeros años del reinado de Cantacuzeno, pero no se les había considerado muy peligrosos porque vivían sometidos a las autoridades bizantinas. Mas, a mediados del siglo XIV, los turcos se apoderaron del castillo de Zympa, cerca de Gallípoli, en el Quercoseno trácico. Cantacuzeno intento comprar a fuerza de oro la evacuación de Zympa, pero no lo logró.

En 1354, casi todo el litoral de Tracia fue devastado por un terrible cataclismo que destruyó muchas ciudades y fortificaciones. Los turcos instalados en Zympa aprovecharon la ocasión para ocupar varias ciudades del Quersoneso abandonadas por sus moradores, como Gallípoli, lugar que convirtieron en un importantísimo centro estratégico, edificando muros, poderosas fortificaciones y un arsenal y situando allí una guarnición. De este modo se convirtió Gallípoli en base de ulteriores penetraciones en los Balcanes. La noticia de la toma de Gallípoli por los turcos sumió a los bizantinos en desesperación. Según Demetrio Cidonio, eminente representante de la literatura de la época, en toda la ciudad hubo gritos y lloros, y agrega: “¡Qué clase de pláticas predominaban entonces en la ciudad! ¿No estamos perdidos? ¿No estamos entre los muros como en una especie de red tendida por los bárbaros? ¿No es feliz el que ha abandonado la ciudad ante el peligro?” Según el mismo autor, todos se apresuraban “para escapar a la esclavitud”, a marchar a Italia, a España y aun más lejos”, “hacia el mar situado allende las Columnas”, es decir, probablemente a Inglaterra, por el estrecho de Gibraltar. Un cronista ruso nota, respecto a estos sucesos: “En el año 6854 (1346) los ismaelitas (los turcos), llegaron al lado de acá de la tierra griega. En el año 6865 (1357) tomaron a los griegos Gallípoli”. [70]

El representante de Venecia en Constantinopla, comprendiendo la gravedad de la situación, informó a la Señoría del peligro turco, de la posibilidad de que los restos del Imperio pasaran a manos turcas, del descontento existente en Bizancio contra el emperador y sus ministros, y del deseo del pueblo de someterse a los latinos y en particular a Venecia.

En otra nota, el mismo embajador escribía que los griegos de Constantinopla deseaban el dominio de Venecia para defenderse contra los turcos, y, de no ser ese dominio posible, el “del rey de Hungría o de Servia”. Es difícil precisar en qué medida esta última opinión reflejaba el verdadero sentir de Constantinopla.

Los historiadores suelen considerar a Cantacuzeno como único culpable de la instalación de los turcos en la Península balcánica, ya que los llamó en su socorro para luchar contra Paleólogo. Existe la idea general de que la sucesiva dominación de los turcos en una parte de Europa fue debida a Cantacuzeno. Pero la causa de ese hecho fatal para Bizancio y Europa no reside, de cierto, sólo en aquel hombre. La razón principal de los hechos ha de buscarse en la situación general de Bizancio y de la Península balcánica, situación que impedía cerrar el paso al avance turco hacia el oeste. Si Cantacuzeno no los hubiese llamado a Europa, no por ello hubieran dejado los osmanlíes de venir. Florinski, excelente especialista de esta época, escribe: “Los turcos, con sus incesantes incursiones, se habían abierto un camino para la conquista de Tracia. La situación interna del mundo grecoeslavo contribuía al éxito e impunidad de sus invasiones. Y además, ninguno de los estadistas de los diversos pueblos y naciones que ejercían entonces actividad en los límites de dicho mundo, se dio cuenta manifiesta del gran peligro que representaban las fuerzas musulmanas que amenazaban por allí. Por lo contrario, todos trataron de entenderse con ellos, con intenciones estrictamente egoístas. Así, Cantacuzeno no hace excepción”. Como Cantacuzeno, los venecianos y genoveses, “defensores privilegiados del cristianismo contra el islamismo”, buscaron la alianza turca a la vez que Cantacuzeno, Y lo mismo hizo Dushan, “gran zar de los servios y griegos”. “Cierto que no se puede justificar plenamente a Cantacuzeno. No cabe descargarle por completo de la responsabilidad de los tristes sucesos que condujeron a la instalación de los turcos en Europa, pero no ha de olvidarse que no fue responsable único. Esteban Dushan habría probablemente conducido con él a la Península tropas turcas, como Cantacuzeno, de no anticipársele éste aliándose con Orján”.

Aprovechando las turbulencias incesantes de Bizancio, Bulgaria y Servia, los turcos establecidos en Gallípoli continuaron sus avances en los Balcanes.

Murad I, sucesor de Orján, tras ocupar varios puntos fortificados en las cercanías de Constantinopla, se adueñó de puntos tan importantes como Filipópolis y Adrianópolis y, avanzando hacia el oeste, principió a amenazar Tésalonica. La capital turca se instaló en Adrianópolis (Edirne). Constantinopla quedaba gradualmente cercada por los turcos y el emperador seguía pagando tributo al sultán.

Murad, con sus avances, se enfrentaba a Servia y Bulgaria, que en virtud de sus querellas intestinas había perdido su fuerza anterior. Murad atacó a los servios. Lázaro, príncipe servio, le resistió. La batalla decisiva se llevó a cabo en el estío de 1389 en la llanura de Kosovo (Kosovo polié, “Campo de los Mirlos”, en Servia central). La fortuna al principio sonrió a los cristianos. Se cuenta que uno de los máximos héroes servios, Milosh Obilich o Kobilich, fingió pasarse a los turcos y, penetrando en la tienda de Murad, le mató con un puñal envenenado. Pero la confusión surgida entre los turcos fue pronto dominada por el hijo de Murad, Bayaceto, el cual copó a los servios infligiéndoles una derrota aplastante. Lázaro, hecho prisionero, fue ejecutado. El año de Kosovo fue el año de la ruina servia. Los míseros restos del Imperio servio, aunque siguieron subsistiendo durante setenta años, no merecen siquiera el nombre de Estado. En 1389 Servio quedó sometida a Turquía.

En 1393, después de morir Juan V, Tirnovo, capital de los búlgaros, fue tomada por los turcos y al poco tiempo toda Bulgaria se halló conquistada por el Imperio turco.

Poco antes de morir, Juan V, viejo y enfermo, hubo de sufrir una humillación que apresuró su fin. Para proteger la capital contra los turcos, Juan había hecho restaurar las murallas y construir nuevas fortificaciones. El sultán, sabedor de esa medida, ordenó a Juan destruir todo lo ejecutado, amenazándole, si no, con cegar a Manuel, hijo y sucesor del emperador. Manuel estaba entonces en la corte de Bayaceto. Juan se vio forzado a someterse a la orden. Constantinopla entraba en la fase más crítica de su existencia.

Relaciones de Bizancio y Génova en el siglo XIV. La peste de 1348. Papel de Bizancio en la guerra veneciano—genovesa.

Sabemos que a finales del reinado de Andrónico III la colonia genovesa de Gálata gozaba de una situación magnífica en lo político y en lo económico, siendo una especie de Estado dentro del Estado. Valiéndose de la ausencia total de flota bizantina, los genoveses inundaron con sus naves todo el Archipiélago y absorbieron en absoluto el comercio de importación del mar Negro y los estrechos. Según Nicéforo Gregoras, las rentas de las aduanas de Gálata subían anualmente a doscientas mil piezas de oro, mientras Bizancio apenas recibía treinta mil. Comprendiendo el peligro que Gálata hacía correr a Bizancio, Juan Cantacuzeno, aun en medio de las turbulencias interiores del Imperio y de la escasez de numerario, emprendió la construcción de barcos mercantes y de guerra. Los genoveses de Gálata, inquietos, resolvieron oponerse a los proyectos de Cantacuzeno y así ocuparon la colina que dominaba Gálata, erigiendo muros, una torre y pertrechos de tierra. Pero el primer ataque genovés contra la capital misma terminó en un fracaso. Los navios construidos por Cantacuzeno entraron en el Cuerno de Oro, haciendo que los genoveses, viendo la potencia de aquella flota, se sintiesen inclinados a la paz. En esto, la inexperiencia de los capitanes griegos y una tempestad que entonces se desencadenó, hábilmente explotado todo ello por el almirante genovés, produjeron la destrucción de la flota griega y las naves genovesas desfilaron ante el palacio imperial insultando el estandarte del emperador que ondeaba en las naves echadas a pique. Al fin llegóse a un acuerdo, quedando las alturas inmediatas a Gálata en manos de los genoveses, quienes se tornaban así aun más peligrosos para Constantinopla.

Semejante acrecimiento de la considerable influencia genovesa repercutió en Venecia, que miraba a Génova como su más temible rival en Oriente. Los intereses de las dos repúblicas chocaban particularmente en el mar Negro y el Palus Meotis, o mar de Azov, donde los genoveses se habían instalado en Crimea, ocupando Caffa (hoy Teodosia) y Tañáis, en la desembocadura del Don, cerca de la actual ciudad de Azov. El Bósforo, acceso del mar Negro, y Gálata, estaban en manos de los genoveses, quienes habían montado en las orillas del estrecho una especie de aduana que imponía fuertes portazgos a los barcos no genoveses, y sobre todo a los venecianos y bizantinos, que se dirigían al mar Negro. Génova tendía a monopolizar el tráfico en el Bósforo. En las islas y litoral del Egeo los intereses de Venecia y Génova pugnaban también entre sí.

En 1348 estalló la peste, que hizo aplazar la guerra entre las dos repúblicas. Aquel terrible azote, llamado también “muerte negra”, llegó, partiendo de las profundidades de Asia, a Crimea demás costas del mar de Azov, desde donde las galeras apestadas de los genoveses partidos de Tañáis y Caifa transmitieron la epidemia a Constantinopla, ciudad en que, según los testimonios, probablemente algo exagerados, de los cronistas occidentales, la peste causó la muerte a las dos terceras partes, u ocho novenas partes de los moradores. [71] Luego la peste se propagó a las islas del Egeo y litoral del Mediterráneo. Los historiadores bizantinos nos han dejado un minucioso relato de la plaga y de la impotencia de los médicos para combatirla. [72] En su descripción de la epidemia, Juan Cantazuceno imita el célebre cuadro que de la peste en Atenas de Tucídides en su libro segundo. Según los cronistas occidentales, las galeras genovesas llevaron la peste desde Bizancio a las costas de Italia, Francia y España. “Hay algo de inimaginable —nota Kovalevski— en ese ininterrumpido viaje de galeras apestadas de puerto a puerto del Mediterráneo”. Desde dichos puertos la peste se corrió hacia el norte y oeste, extendiéndose por Italia, Francia, España, Inglaterra, Alemania y Noruega. En aquella época escribió Boccaccio en Italia su célebre “Decamerón”, que comienza con “una descripción de la Muerte Negra, descripción clásica por su pintoresquismo y su mesurada solemnidad”.

Boccaccio habla de “tantos hombres valerosos, bellas damas y jóvenes amables... en plena salud, que se desayunaban por la mañana junto a sus padres, compañeros y amigos y por la noche cenaban con sus antepasados en el otro mundo”. Los sabios comparan a menudo la descripción de Boccaccio con la de Tucídides se ponen al humanista por encima del clásico.

Desde Alemania la peste pasó, por el Báltico y Polonia, a Pskov, Novgorod y Moscú, donde contó entre sus víctimas al príncipe Simeón el Soberbio (1353), propagándose después a toda Rusia. En ciertas poblaciones, según una crónica rusa, “no quedó alma viviente”. [73]

Venecia, entre tanto, se preparaba activamente a la guerra. En cuanto comenzó a olvidar los horrores de la peste, la república concluyó una alianza con el rey de Aragón. Éste, descontento de los genoveses, accedió a dirigir sus fuerzas contra la costa e islas italianas, lo que facilitaba la acción de Venecia en Oriente. Después de algunas vacilaciones, Juan Cantacuzeno se unió a la alianza catalano—veneciana, acusando al “ingrato pueblo de los genoveses” de haber olvidado “el temor de Dios”, de asolar los mares “como si los genoveses estuviesen atacados de la manía de la rapiña” y “de procurar turbar incesantemente los mares y a los navegantes con sus ataques piráticos”.

El combate más importante, en el que participaron unas 150 naves griegas, aragonesas, genovesas y venecianas, se libró hacia 1350 en el Bósforo y no tuvo resultado decisivo. Ambas partes pretendieron haber ganado la batalla. La aproximación de los genoveses a los turcos osmanlíes hizo que Cantacuzeno, abandonando la alianza anterior, se reconciliase con los genoveses, prometiéndoles no auxiliar a Venecia y autorizándoles a agrandar su colonia de Gálata, Génova y Venecia, cansadas de la guerra, firmaron la paz después de algunos últimos encuentros. Esta paz, no resolviendo las diferencias esenciales de las dos repúblicas, desembocó en otro conflicto, llamado guerra de Tenedos. Tenedos, una de las pocas islas del Archipiélago que seguían en manos bizantinas, tenía importancia excepcional —por su situación a la entrada de los Dardanelos— para quienes mantuvieran relaciones mercantiles con Constantinopla y el mar Negro. Al pasar ambas márgenes del estrecho a poder de los osmanlíes, Tenedos era, además, magnífico punto de observación de las actividades de los turcos. Venecia deseaba hacía mucho aquella isla y tras largas negociaciones con el emperador obtuvo la cesión de Tenedos. Los genoveses, no queriendo tolerarlo, provocaron en Constantinopla una revolución que destronó a Juan V y puso en el trono, por tres años, a su hijo Andrónico. La guerra que sobrevino entre ambas repúblicas las agotó y arruinó a todos los Estados que tenían intereses comerciales en Oriente. La lucha concluyó con la paz de Turín (1381).

Poseemos un amplio y detallado informe de la Conferencia de Turín [74] la cual, con el concurso personal del duque de Saboya, ocupóse en estudiar y resolver diversos problemas de la vida internacional, ya muy compleja en aquella época, elaborando las condiciones de paz. De estas sólo nos interesan las que zanjaron el conflicto vénetogenovés y tenían alcance para Bizancio. Venecia se obligaba a evacuar Tenedos, cuyas fortificaciones serían arrasadas, y la isla, al cabo de cierto tiempo, pasaría al duque de Saboya, emparentado a los Paleólogos a través de Ana de Saboya, mujer de Andrónico III. Así, pues, ni Genova ni Venecia obtuvieron el punto estratégico cuya posesión tanto codiciaban.

Pero Tafur, viajero español que visitó Constantinopla en 1437 nos da una muy interesante descripción de Tenedos. El texto reza, aproximadamente. “Llegamos a la isla de Tenedos ante la cual echamos el ancla y donde desembarcamos. Mientras se reparaba el barco visitamos la isla. Hay allí muchos conejos y la isla está cubierta de vides, mas todas echadas a perder. El puerto de Tenedos, por lo reciente, parece construido hoy, y por ende con buena mano. El muelle es de grandes piedras y columnas, y las naves tienen allí buen ancladero para afirmar el áncora. Hay otros lugares donde pueden anclar los navios, más ese es el mejor, porque hállase precisamente cara a los estrechos de la Romanía (Dardanelos). Domina el puerto una alta colina, coronada por un castillo bastante recio. Este castillo fue causa de abundosos conflictos entre los genoveses y venecianos hasta que el Papa decidió que fuera desmantelado y no perteneciera a nadie. Empero, ello fue sin duda alguna poco prudente, porque el puerto es uno de los mejores del mundo. Ninguna nave puede entrar en los Dardanelos sin anclar primero aquí, para encontrar el paso, que es muy angosto, y los turcos, sabiendo cuan numerosos son los barcos que tocan la isla, se arman, montan emboscada y matan muchos cristianos”. [75]

La conferencia de Turín debía arreglar la cuestión candente del monopolio mercantil genovés en los mares Negro y de Azov. Según las condiciones de paz, Génova renunciaba a cerrar a los venecianos el mar Negro y el acceso de Tañáis. Las naciones mercantiles reanudaban así sus relaciones con dicha última ciudad, que, por su situación en la boca del Don, era uno de los más importantes centros de comercio con los pueblos orientales. Juan V, respuesto en el trono, tuvo otra vez con Génova tratos pacíficos. Bizancio, empero, seguía fluctuando entre las dos repúblicas, cuyos intereses comerciales en Oriente continuaban en pugna a pesar de la paz. De todos modos la paz de Turín, finalizando la querella venecianogenovesa, tuvo la importancia de permitir a las naciones que se relacionaban con Bizancio la reanudación de un tráfico interrumpido hacía mucho. Mas la suerte ulterior de ese tráfico dependía de los osmanlíes, a quienes, como ya se notaba con claridad en el siglo XIV, pertenecía la suerte del Oriente cristiano.

Manuel II (1391—1425). Constantinopla y los turcos.
Cruzada de Segismundo de Hungría y batalla de Nicópolis.

En uno de sus trabajos, Manuel II escribe: “Apenas salido de la infancia y antes de alcanzar la edad viril, fui arrojado en una vida llena de males y turbulencias, pero que permitía prever que el porvenir nos haría considerar el pasado como una época de serena tranquilidad”, Manuel no fue engañado por sus presentimientos.

Ya vimos en qué humillante estado se hallaba Bizancio, o, mejor dicho, Constantinopla, en los últimos años del reinado de Juan V. Al morir éste, Manuel residía en la corte de Bayaceto. Informado de la muerte de su padre, Manuel consiguió huir de la corte del sultán y llegar a Constantinopla, donde fue coronado emperador. Según una fuente bizantina, Bayaceto, temeroso de la popularidad de Manuel, lamentó no haberle dado muerte mientras le tenía en su corte. Según el mismo historiador (Ducas) un emisario de Bayaceto transmitió a Manuel las siguientes palabras del sultán: “Si quieres ejecutar mis órdenes cierra las puertas de la ciudad y reina en su interior, porque todo lo que hay fuera de la ciudad, me pertenece. Y, en efecto, a partir de aquel instante Constantinopla se halló como en estado de sitio. La única ventaja para la capital consistía en el mal estado de la flota turca. En virtud de esto, los turcos, aunque señores de ambas orillas del estrecho, no podían impedir del todo a Bizancio que comunicase con el mundo exterior. Fue particularmente crítico para el Oriente cristiano el momento en que Bayaceto, merced a un ardid, reunió en cierto lugar a los miembros de la familia de los Paleólogos, con Manuel y los príncipes eslavos a su cabeza. Parece que el osmanlí tuvo entonces la idea de terminar con ellos de un solo golpe, a fin de que —según las propias palabras del sultán, citadas por Manuel—, “después de arrancar las espinas del suelo (esto es, los cristianos), sus hijos pudiesen danzar sobre la tierra de los cristianos sin temor a ensangrentarse los pies”. No obstante, perdonóse la vida de los miembros de las familias reinantes y la ira del sultán sólo se descargó sobre muchos personajes nobles de sus séquitos.

En 1392 Bayaceto organizó una expedición marítima contra Sínope, en el mar Negro. Al frente de la flota turca, Bayaceto colocó a Manuel. Venecia, entonces, pensó que el ataque no iba contra Sinope, sino contra las posesiones venecianas, y que era una maniobra griega disfrazada, con el socorro de tropas turcas. Al propósito, Silberschmidt observa que el problema oriental hubiera podido solucionarse en el siglo XIV mediante la formación de un Imperio greco—turco.

Pero este interesante episodio, que conocemos por los archivos de Venecia, no tuvo consecuencias importantes. A poco Bayaceto y Bizancio se apartaron el uno de la otra, y Manuel volvióse hacia Occidente, momentáneamente dejado en paz por el sultán.

Manuel reanudó las relaciones con Venecia. Entonces Bayaceto trató de aislar a Constantinopla de los países que la avituallaban. Cundió la escasez en Constantinopla. Según un historiador bizantino, la gente demolía sus propias casas para encontrar maderas que permitiesen cocer el pan. [76] A pedido de los embajadores bizantinos, Venecia envió grano a Constantinopla.

Los progresos turcos en los Balcanes indicaban el peligro inminente que amenazaba a Europa. La conquista de Bulgaria y la sumisión casi total de Servia situaban a los turcos en las fronteras magiares. Segismundo de Hungría, comprendiendo la imposibilidad de resistir solo a los turcos, pidió ayuda a los soberanos occidentales. Francia respondió con más entusiasmo que otros países, y el rey francés envió a Segismundo una pequeña hueste, mandada por el duque de Borgoña. Polonia, Inglaterra, Alemania y otros Estados enviaron también tropas en corto número. Venecia se unió a los aliados. Poco antes de partir la cruzada de Segismundo, Manuel formó, a lo que parece, una liga incluyendo a los genoveses del Egeo, esto es, de Lesbos y Quío, y a los caballeros de Rodas, llamados “los puestos de vanguardia del cristianismo en el mar Egeo”. Segismundo había acudido también a Manuel para la Cruzada, pero Manuel no pudo prestar ayuda eficaz, aun cuando acaso se comprometiese a participar en los gastos de la expedición.

La Cruzada sufrió un fracaso completo. En 1396 los cruzados fueron deshechos por los turcos en la batalla de Nicópolis (margen derecha del Danubio inferior) y hubieron de retirarse en desorden. Segismundo salvóse a duras penas, descendiendo en una pequeña embarcación hasta el mar Negro, por el Danubio, y llegando así a Constantinopla, desde donde, merced a una larga vuelta que hizo por el Egeo y el Adriático, pudo regresar a Hungría. El soldado bávaro Schiltberger, hecho prisionero en Nicópolis y que pasó en Gallípoli cierto tiempo, describe como testigo de vista el paso de Segismundo por los Dardanelos, paso que se efectuó sin que los turcos pudieran impedirlo. Según el relato de Schiltberger, los turcos, al saber el viaje del rey, alinearon en las orillas del estrecho a todos los cautivos cristianos y gritaron burlonamente a Segismundo que abandonara la nave y fuese a libertar a los suyos.

Batidos los cruzados, el sultán decidió, para concluir antes con Constantinopla, talar las regiones que aun pertenecían nominalmente al Imperio y de donde podían los bizantinos aguardar recursos. Devastó, pues, la Tesalia, que se sometió, y, según ciertas fuentes turcas, el sultán incluso se apoderó de Atenas por algún tiempo, [77] mientras sus mejores generales sometían a un terrible estrago la Morea o Peloponeso, donde reinaba como déspota el hermano de Manuel.

En la capital crecía el descontento del pueblo, el cual, fatigado y agotado, principiaba a acusar de sus desgracias al emperador, volviendo los ojos a su pariente Juan, quien en 1390, como vimos, había destronado durante algunos meses al padre de Manuel.

Éste, comprendiendo que no podría rechazar a los turcos con sus solas fuerzas, resolvió pedir socorro a los soberanos más influyentes de la Europa occidental y al gran duque ruso Basilio I, El Papa, Venecia, Francia, Inglaterra y acaso Aragón, recibieron favorablemente la demanda de Manuel. La petición que éste dirigió al rey de Francia juzgóse particularmente agresiva, ya que, según un cronista occidental de la época, “por primera vez se dio el hecho de que los antiguos soberanos del mundo entero pidiesen socorro a un país, tan lejano como Francia”. [78] En resumen, las solicitudes de Manuel le procuraron algún dinero, insuficiente desde luego, y la promesa de un socorro en hombres por parte de Francia.

La petición de socorros dirigida por Manuel al gran duque de Moscovia fue apoyada por el patriarca de Constantinopla y acogida favorablemente en Moscovia. Parece que en Moscú no se trató de una petición de tropas, sino sólo, según una crónica rusa, “de una limosna a quienes estaban, en tanta necesidad y miseria, asediados por los turcos” [79] El dinero reunido fue enviado a Constantinopla, que lo recibió con viva gratitud.

Los socorros en dinero no podían, sin embargo, prestar a Manuel una ayuda eficaz. Carlos VI de Francia, cumpliendo su promesa, envió a Constantinopla 1.200 hombres, mandados por el mariscal Boucicaut.

Boucicaut fue una de las figuras más interesantes de la Francia de fines del siglo XIV y principios del XV. Hombre de extraordinarias valentía y decisión, había pasado toda su vida en viajes remotos y aventuras peligrosas. Siendo joven había ido a Constantinopla, atravesado Palestina, alcanzado el Sinaí y permanecido cautivo en Egipto algunos meses. Ya de regreso en Francia, unióse a la Cruzada de Segismundo de Hungría, combatiendo con prodigioso valor en Nicópolis y siendo apresado por Bayaceto. Rescatado tras escapar por milagro a la muerte, Boucicaut volvió a Francia, donde al año siguiente se le dio el mando de la hueste enviada a Oriente por Carlos VI.

En la expedición de Boucicaut participaron representantes de las más eminentes familias de la caballería francesa. Boucicaut empleó la ruta marítima. Sabedor de la llegada del mariscal a las proximidades de los Dardanelos, Bayaceto trató de cortarle el paso, pero las naves de Boucicaut, aunque no sin trabajo, se abrieron camino entre los bajeles turcos, arribando a Constantinopla donde fueron acogidos con el mayor júbilo. Boucicaut y Manuel ejecutaron incursiones asoladoras en el litoral asiático del mar de Mármara y el Bósforo, así como en el mar Negro. Pero estos éxitos no modificaron a fondo la situación ni libraron a Constantinopla de la amenaza turca. Comprendiendo la crítica situación de Manuel y de su capital, Boucicaut persuadió al emperador para que le acompañase a Occidente, a fin de que su presencia causara mayor impresión e inclinase a los soberanos a decisiones más enérgicas. Era evidente que expediciones tan modestas como la de Boucicaut no podía remediar la situación desesperada de Bizancio.

Viaje de Manuel II a Occidente. Batalla de Angora.
Manuel II y Aragón.

Resuelto el viaje de Manuel a Occidente, su pariente Juan convino en hacerse cargo del gobierno en ausencia del emperador. A fines de 1399, Manuel y Boucicaut, acompañados de varías personalidades eclesiásticas y laicas, partieron hacia Venecia. [80] La actitud de esta república respecto a los socorros que pedía Bizancio era muy compleja. Los grandes intereses mercantiles de Venecia en Oriente forzaban a los venecianos a mirar la potencia turca, no sólo como la miraría un Estado cristiano, sino también en el sentido de los intereses comerciales propios. Venecia había incluso firmado algunos acuerdos con Bayaceto, y esto la vedaba el participar abierta y directamente en defensa de Bizancio. La rivalidad mercantil de Venecia con Génova y las relaciones de la primera con otros Estados italianos la impedían también apoyar a Manuel. No obstante, tanto Venecia como otras ciudades italianas visitadas por el emperador recibieron a éste con respeto y viva simpatía. No podemos precisar si Manuel se entrevistó con el Papa. De todos modos, al salir Manuel de Italia, alentado por las promesas de Venecia y del duque de Milán y por las bulas del Papa, creía aún en la eficacia de su viaje.

El emperador llegaba a Francia en un momento difícil. Transcurría entonces la guerra de Cien Años y la tregua existente entre los beligerantes cuando llegó Manuel, podía romperse de un momento a otro. En el interior, una enconada polémica y un violento conflicto dividían al Papa de Aviñón y a la Universidad de París, habiéndose producido, en consecuencia, un debilitamiento de la autoridad pontificia y el reconocimiento de la autoridad preponderante del rey en los asuntos eclesiásticos. Y, en fin, el rey Carlos VI padecía frecuentes ataques de demencia.

En París se habían preparado a Manuel una acogida solemne y habitaciones ricamente ornadas en el Palacio del Louvre. Un francés que asistió a la entrada del emperador en París le describe diciendo que era de estatura mediana, de contextura recia, de larga barba ya canosa. Manuel, en general, inspiraba estima y parecía a los franceses digno de su calidad de emperador. [81]

Manuel pasó en París más de cuatro meses, con resultados harto modestos, ya que el rey y su Consejo decidieron ayudarle con sólo 1.200 hombres, al mando de Boucicaut. Sin embargo, el emperador, contento de esta promesa, se encaminó a Londres por más ayuda, siendo recibido con los máximos honores y recibiendo muchas ofertas que pronto se cambiaron en decepciones. En una de sus cartas desde Londres, Manuel escribe: “El rey nos procura un socorro en soldados, arqueros, dinero y naves que desembarcarán al ejército donde lo pidamos”.

Pero esta promesa no se cumplió. Manuel fue colmado de presentes y recibió muestras múltiples de respeto y honor, mas no obtuvo los socorros militares ofrecidos y volvió a París tras una estancia de dos meses en Londres. Adam Usk, historiador inglés del siglo XV, escribe: “He pensado para mí: ¡cuán infortunado es que este grande y remoto soberano cristiano de Oriente haya sido obligado por la violencia de los infieles, a visitar las lejanas islas occidentales para implorar socorro contra ellos! ¡Dios mío! ¿En qué has parado, antigua gloria romana? Las magníficas obras de tu imperio son ahora aniquiladas y con justeza podría citarse la frase de Jeremías: Princesa entre las provincias, se ha convertido en tributaria [Lamentaciones, I]. ¿Quién habría pensado que tú, que solías sentarte en trono de magnificencia y gobernabas al mundo, pudieses llegar a tal humillación que no tuvieses poder alguno para prestar socorro a la fe cristiana?”

La segunda estancia de Manuel en París duró cerca de dos años. Poseemos pocos informes al propósito. Probablemente los franceses se acostumbraron a Manuel, y, así, los cronistas, que tanto dijeran sobre él en su primera estancia, apenas hablan de la segunda. Lo poco que acerca de ese tiempo sabemos nos lo dicen las propias cartas de Manuel. Las correspondientes al principio de esos dos años están llenas de esperanzas para el porvenir. Pero poco a poco su confianza le abandona. El emperador comprende que no debe esperar ayuda seria ni de Inglaterra ni de Francia. Y respecto al último período de su segunda residencia en París, ni cartas poseemos siquiera.

En cambio conocemos datos curiosos sobre el empleo que daba el emperador a sus ocios parisienses. En el Louvre, lugar de su residencia, la atención del emperador fijóse en una espléndida tapicería, estilo Gobelinos, que representaba la Primavera. El emperador trazó una elegante descripción, en tono algo humorístico, de aquella imagen de la primavera en “una cortina real recamada”.

En el ínterin, no se veía el fin de aquella infructuosa residencia de Manuel en Francia. Pero un suceso que se produjo en Asia Menor hizo al emperador marchar de Francia precipitadamente, camino de Constantinopla. En julio de 1404 se había librado la famosa batalla de Angora, donde Timur (Tamerlán) causó una tremenda derrota a Bayaceto, el sañudo enemigo de Bizancio, librando a Constantinopla, por repercusión., de un peligro inminente. La noticia de este suceso, tan importante para Manuel, no llegó a París sino dos meses y medio después de la batalla. El emperador se puso en camino y, por Génova, Venecia y la costa de Morea, volvió a su capital después de tres años y medio de ausencia.

En recuerdo de su viaje a Francia, Manuel donó al monasterio de Saint—Denís un manuscrito iluminado de Dionisio el Areopagita, entre cuyas miniaturas figuraban, como antes dijimos, una representando al emperador, su esposa y tres de sus hijos. Este manuscrito se conserva hoy en el Louvre. El retrato del emperador tiene mucho interés: los turcos hallaban en Manuel gran parecido con Mahoma, el fundador del Islam, y Bayaceto, según palabras del historiador bizantino Phrantzes, decía a proposito de Manuel: “El que no supiese que es emperador, diría, sólo por su aspecto, “que es emperador”.

El viaje de Manuel a Europa resultó infructuoso respecto a los intereses vitales del Imperio, triste resultado que los historiadores y cronistas de Id época comprendieron y registraron en sus anales.

Pero el viaje implicó gran interés en el sentido del conocimiento que Occidente recibió del Imperio bizantino en la época de su decadencia. El viaje constituyó un episodio de la historia de las relaciones culturales de Oriente y Occidente a fines del siglo XIV y principios del XV esto es, en la época del Renacimiento italiano.

La batalla de Angora tuvo considerable importancia para el último período del Imperio bizantino.

A fines del siglo XIV, el disgregado Imperio mongol unificóse de nuevo bajo Tamerlán (Timur—Lenk, “el rengo duro"). Timur emprendió una serie de lejanas y devastadoras campañas en la Rusia meridional, en el norte de la India y en Mesopotamia, Siria y Persia. Sus ofensivas se señalaron por actos de crueldad atroz: decenas de miles de hombres fueron exterminados, los campos asolados, las ciudades destruidas. El bizantino Ducas escribe: “Cuando los mongoles de Timur salen de una ciudad para ir a otra, la dejan tan desierta y abandonada que no se oye ni el ladrido de los perros, ni el cacareo de las aves de corral, ni los lloros de los niños”.

Tamerlán, pasando de Siria al Asia Menor, chocó allí con los osmanlíes. Bayaceto corrió de Europa al lugar invadido y en 1402 se riñó cerca de Angora la célebre batalla en que Bayaceto fue completamente derrotado y cayó prisionero, pereciendo no mucho después en el cautiverio. Tamerlán, en vez de detenerse en el Asía Menor, comenzó una campaña contra China, y murió en. el camino. Tras su muerte su imperio se disgregó y perdió toda importancia. Pero los turcos quedaron tan quebrantados por el desastre de Angora que no pudieron emprender una acción decisiva contra Constantinopla, y así el agonizante Imperio bizantino tuvo vida durante medio siglo más. [82]

Manuel, al regresar de Occidente, seguía queriendo buscar el apoyo de la Europa latina contra los turcos. Poseemos dos interesantes cartas dirigidas por Manuel a los reyes de Aragón, Martín II (1395—1410) y Fernando I (1412—1416). En la primera carta, transmitida a su destinatario por el famoso humanista bizantino Manuel Crisoloras, entonces en Italia, [83] Manuel II informa a Martín de Aragón de que le envía las preciosas reliquias pedidas por éste y le ruega que haga llegar a Constantinopla el dinero reunido en España para socorrer al Imperio. [84] Crisoloras no obtuvo éxito en su misión. Más tarde, durante un viaje por Morea, Manuel II escribió a Fernando una nueva carta fechada en Tesalónica. Por esa carta sabemos que Fernando había prometido al hijo de Manuel, Teodoro, déspota de Morea, acudir a Grecia con un fuerte ejército para ayudar a los cristianos en general y en particular a Manuel. Éste expresaba la esperanza de ver a Fernando en Morea. [85] Pero Fernando no acudió jamás.

La situación en el Peloponeso.
Sitio de Constantinopla por los turcos en 1422.

En el último medio siglo de existencia de los restos del Imperio bizantino, el Peloponeso atrajo la atención del poder central de manera insólita. Considerando que en aquella época las posesiones imperiales se limitaban a Constantinopla y comarcas tracias adyacentes, a un par de islas en el Archipiélago, a Tesalónica y al Peloponeso, bien se comprenderá que éste se había convertido en parte esencial del Imperio griego. Los hombres del siglo XV descubrieron que dicho Peloponeso era una región antigua y puramente griega, que sus habitantes eran verdaderos helenos y no romanos, y que ningún otro lugar podía servir mejor para crear una base de lucha contra los otomanos. Mientras la Grecia del norte era presa de los turcos y el resto de la vieja Grecia estaba a punto de sucumbir, se creó en el Peloponeso una conciencia nacional y un foco de patriotismo griegos que acariciaban el sueño —irrealizable a causa de las condiciones históricas— de regenerar el Imperio y oponerse a los otomanos.

Tras la cuarta Cruzada, el Peloponeso o Morea había pasado a la dominación latina. A principios del reinado de Miguel VIII, Guillermo de Villehardouin, príncipe de Acaya, pagó su rescate con las tres fortalezas de Monemvasia, Maina y la recién erigida de Mistra. Desde entonces los griegos se afirmaron y extendieron su dominio por el Peloponeso, lenta, pero continuamente, a costa de los latinos. Por tanto la provincia bizantina creada allí a mediados del siglo XIV, adquirió gran importancia, organizándose en un despotado especial de virrey del Peloponeso. Ya sabemos que a fines del siglo XIV el Peloponeso sufrió una terrible devastación causada por los turcos. Considerándose incapaz de defender el país con sus propias fuerzas, el déspota de Morea propuso a la Orden Hospitalaria, asentada entonces en Rodas, cederle sus posesiones. Sólo una insurrección popular surgida en Mistra, capital del despotado, impidió al déspota realizar su proyecto. El quebranto sufrido por los osmanlíes en Angora dio algún respiro al Peloponeso, permitiéndole esperar un porvenir mejor.

Mistra, residencia del déspota y principal ciudad del despotado de Morea (muy cerca de la antigua Lacedemonia—Esparta y de la Esparta de la Edad Media), fue en el siglo XIV e inicios del XV el centro espiritual y político del helenismo renaciente. Allí estaban las tumbas de los déspotas de Morea; allí, después de una dilatada vida, murió y fue sepultado Juan Cantacuzeno. Aunque el nivel de civilización de la gente del país hacía a un contemporáneo, Mazaris, temer volverse bárbaro a su contacto, en la corte del déspota, en Mistra, se creó un foco intelectual al que se incorporaron griegos cultos, sabios, sofistas y cortesanos. Grcgorovius compara con razón la corte de Misira a las de ciertos príncipes italianos del Renacimiento. En aquella corte brilló, en tiempos de Manuel II, el célebre sabio, humanista y filósofo bizantino Gemisto Plethon, de quien hablaremos en breve.

En 1415 el emperador Manuel visitó el Peloponeso, del que era entonces déspota Teodoro, su hijo segundo. La primera medida adoptada por el emperador para defender la Península contra posibles invasiones, fue alzar en el istmo de Corinto una muralla acompañada de numerosas torres. Este muro se levantó sobre el emplazamiento del baluarte construido por los peloponesios en el siglo V a. de J. C., para oponerse al avance de Jerjes. Valeriano, en el siglo VI, al fortificar Grecia contra los godos, había restaurado el baluarte, y Justiniano lo reconstruyó una vez más cuando Grecia fue amenazada por hunos y eslavos.

Previendo el peligro turco, el antecesor del déspota Teodoro había instalado en las regiones desiertas del Peloponeso numerosas colonias albanesas y Manuel II, en su oración fúnebre, alababa esta prudente precaución del difunto déspota.

Poseemos sobre los asuntos del Peloponeso dos fuentes muy interesantes y las dos de carácter muy diferente. La primera se debe al sabio y humanista Gemisto Plethon, quién sostenía la tesis de que los habitantes del Peloponeso presentaban el tipo más puro y antiguo de la raza helénica y de que del Peloponeso procedían las más nobles e ilustres familias helenas, que habían ejecutado “las acciones mayores y más célebres”. La segunda es obra de Mazaris, autor del Viaje de Mazaris al infierno, escrito que constituye la “peor de las imitaciones de Luciano conocida hasta hoy”, como dice, no sin cierta exageración, Krumbacher.

Mazaris, en su trabajo, describe en forma amena las costumbres del Peloponeso o Morea, cuyo nombre reproduce en la forma de “Mora”, dimanado del vocable griego que significa “estupidez, tontería”.

Contrariamente a Plethon, Mazaris distingue entre los pobladores del Peloponeso siete nacionalidades: griegos (para Mazaris, lacedemonios y peloponesios), italianos (esto es, los restos de los conquistadores latinos), eslavos, ilirios (albaneses), egipcios (gitanos) y judíos.

Esta enumeración corresponde a la realidad histórica. Aunque tanto el sabio humanista Plethon como el satírico Mazaris deban ser utilizados con precaución en cuanto fuentes, ambos nos dan una documentación rica e interesante para el estudio de la civilización del Peloponeso en la primera mitad del siglo XV.

A la época de Manuel II se remontan dos curiosas exposiciones de Gemisto Plethon sobre la necesidad de introducir reformas políticas y sociales en el Peloponeso. Uno de los memoriales fue dirigido al emperador y el otro a Teodoro, déspota de Morea. Los irrealizables proyectos del utopista heleno, absolutamente al margen de la realidad, han sido examinados por Fallmerayer en su Historia de la península de Morea.

Plethon se propone regenerar el Peloponeso, darle vida, y para ello sugiere una radical transformación del sistema social y una resolución nueva de la cuestión agraria. Según él, la población debe dividirse en tres clases: 1ª, cultivadores del suelo (labradores, viñadores, pastores); 2.a, los que procuran a la agricultura sus medios de trabajo (quienes cuidan los bueyes, animales domésticos, etcétera); 3a, los que mantienen el orden y la seguridad, es decir, el ejército, las autoridades y los funcionarios, a la cabeza de todos los cuales debe estar el emperador, como resguardo de la ortodoxia y del orden.

Plethon, enemigo del ejército mercenario, aconseja organizar una milicia para que el ejército pueda consagrarse por entero al cumplimiento de sus deberes inmediatos, Plethon divide los habitantes en dos categorías: contribuyentes y obligados al servicio militar. Los soldados no pagan impuestos; los contribuyentes, no sujetos al servicio militar, son llamados por Plethon “ilotas”. Queda abolida la propiedad territorial: “Toda la tierra, como se desprende del estado natural de las cosas, es declarada propiedad común de toda la población; cada uno puede sembrar y construir donde quiera y labrar la cantidad de tierra que quiera y pueda”. Tales son las principales disposiciones del plan de Plethon, el cual lleva las huellas de las ideas de Platón, a quien el humanista bizantino admiraba mucho. Ese escrito siempre quedará como un monumento interesante de la literatura bizantina bajo los Paleólogos. Algunos sabios notan en el proyecto de Plethon tendencias análogas a ciertos puntos del “Contrato social” de Rousseau y a las ideas del sansimonismo.

De este modo, en vísperas de la catástrofe definitiva, Plethon proponía a Manuel II un programa de reformas destinadas a hacer resurgir la Hélade. Diehl escribe: “Mientras Constantinopla decrece y se hunde, un Estado griego trata de nacer en Morea. Y, por vanas que sean sus aspiraciones, por estériles que sus deseos puedan parecer, no por eso deja de ser uno de los fenómenos más curiosos y notables de la historia bizantina esa recuperación de conciencia del helenismo, esa comprensión y preparación obscura de un porvenir mejor”.

Hasta principios de la tercera década del siglo XV, las relaciones de Manuel con el sucesor de Bayaceto, Mahomet I, uno de los más grandes representantes del Imperio osmanlí, se señalaron, a pesar de algunas ligerezas del emperador, por una paz y confianza mutuas. En una ocasión el sultán atravesó las cercanías de Constantinopla, a sabiendas del emperador. Éste acudió al encuentro de Mahomet y, aunque ambos soberanos permanecieron en sus galeras respectivas, mantuvieron, no obstante, una discusión cordial y cruzaron juntos el estrecho hasta la ribera asiática, donde el sultán instaló sus tiendas. El emperador no abandonó su nave, pero, mientras comían, los dos monarcas se enviaron el uno al otro los manjares más delicados de sus respectivas mesas. [86]

Con Murad II, sucesor de Mahomet, las circunstancias cambiaron. En los últimos años de su reinado, Manuel abandonó los asuntos públicos a su hijo Juan, que no tenía la experiencia, la nobleza ni la firmeza de su padre. Juan empeñóse a toda costa en apoyar a uno de los pretendientes al trono sultanicio. La tentativa fracasó y Murad, irritado, resolvió cercar Constantinopla y terminar de un golpe con aquella ciudad codiciada hacía tanto tiempo.

Pero las fuerzas de los otomanos, no repuestas aun del desastre de Angora, no bastaron al propósito. El asedio de Constantinopla se estableció en 1422. Poseemos una descripción de ese asedio en una obra consagrada especialmente a él, escrita por el contemporáneo musulmán, con muchas máquinas de guerra, inició un asalto a la población, pero la heroica defensa de los habitantes rechazó la embestida y después las dificultades interiores del Estado turco obligaron a los sitiadores a levantar el cerco. Como de costumbre, el pueblo atribuyó el éxito a la Virgen, protectora sempiterna de Constantinopla. Mas las tropas turcas, que no operaban sólo ante la capital, intentaron, también sin éxito, tomar Tesalónica y luego se dirigieron al sur de Grecia, donde, destruyendo la muralla alzada por Manuel en el istmo de Corinto, practicaron una devastadora incursión en Morea. El coemperador Juan VIII pasó un año en Venecia, Milán y Hungría, en busca de socorros. Por el tratado que concluyó la guerra, el emperador se comprometía a pagar tributo anual a los turcos y entregarles algunas ciudades de Tracia. Los territorios comarcanos a Constantinopla quedaron, pues, todavía más reducidos.

Después de aquel asedio el Imperio arrastró otros treinta años de existencia mísera, en espera continua de su fin inminente.

En 1425 Manuel murió paralítico. El pueblo, entristecido, acompañó el cadáver del emperador difunto hasta su última morada. Nunca, dice un historiador, [87] se había visto tal afluencia de hombres llorosos en el sepelio de un emperador. Berger de Xivrey, historiador del reinado de Manuel II, comenta: “Ese sentimiento parecerá sincero a quien recuerde todas las tribulaciones que aquel soberano compartió con su pueblo, todos sus esfuerzos para socorrerlo y la simpatía profunda que siempre tuvo en sus sentimientos y pensamientos para su pueblo”.

El suceso capital del reinado de Manuel había sido la batalla de Angora, que, con la derrota turca, retardó en medio siglo la caída de Constantinopla. Esta disminución efímera del poder otomano no se debió a la fuerza de Bizancio, sino al poderío mongol accidentalmente surgido en Oriente. La Cruzada occidental que propugnaba Manuel contra los turcos no rindió el efecto apetecido. El asedio de Constantinopla en 1422 fue sólo el prólogo de la catástrofe de 1453. Más al apreciar las relaciones turco—bizantinas bajo Manuel, no debe olvidarse la influencia que dicho emperador ejerció sobre los sultanes turcos y que más de una vez apartó del agonizante Imperio la tormenta que lo amenazaba.

Juan VIII (1425—1448). Territorio del Imperio.
Toma de Tesalónica por los turcos. Situación crítica de Constantinopla. Derrota de los cristianos en Varna.

Bajo Juan VIII la extensión territorial del Imperio era modestísima. Ya vimos que su padre, poco antes de morir, hubo de ceder a los turcos varias ciudades de Tracia. Cuando Juan, en 1425, quedó como único emperador, su poder sólo se extendía sobre Constantinopla y sus contornos inmediatos. Las demás partes del Imperio —el Peloponeso, Tesalónica y algunas lejanas ciudades de Tracia— estaban bajo la autoridad de sus hermanos, como así también de principados casi independientes.

En 1430 los turcos conquistaron Tesalónica. Un hermano de Juan que gobernaba la ciudad con título de déspota, sintiéndose incapaz de luchar con los turcos, vendió Tesalónica a Venecia, a cambio de una suma de dinero. Los venecianos, al entrar en posesión de tan importante centro comercial, se comprometían, dice Ducas, a “protegerlo, aprovisionarlo, hacerlo más próspero y convertirlo en una segunda Venecia. Pero los turcos, dueños ya de las zonas contiguas, no habían de permitir a Venecia instalarse en Tesalónica. Bajo el mando personal del sultán pusieron cerco a la población. Las operaciones del sitio se hallan descritas en la obra La última expugnación de Constantinopla, debida a Juan Anagnostas (es decir, “el lector”), contemporáneo del drama. La guarnición latina de Tesalónica era escasa y los habitantes miraban a sus nuevos señores venecianos como extranjeros. Tesalónica, pues, no pudo resistir a los turcos y éstos, tras breve asedio, tomaron la ciudad por asalto, entregándola al pillaje y a toda suerte de vejaciones. Las iglesias fueron transformadas en mezquitas. La población fue acuchillada, sin distinción de edad ni sexo. El templo de San Demetrio de Tesalónica, patrón principal de la ciudad, fue dejado momentáneamente para uso de los cristianos, aunque en un estado de plena desolación.

La toma de Tesalónica por los turcos fue también descrita en versos griegos por un miembro del alto clero bizantino en su obra Crónica del Imperio turco. [88] Aquel desastroso suceso dio origen a diversos cantos populares griegos. [89]

La caída de Tesalónica produjo viva impresión en Venecia y en toda la Europa occidental. Se comprendió entonces la inminencia de la hora crítica de Constantinopla. Poco antes de caer Tesalónica, un peregrino que volvía de Jerusalén, el caballero borgoñón Bertrandon de la Broquiére, que nos ha dejado un interesante relato de su Viaje a Ultramar, visitó la capital de los Paleólogos. Betrandon alaba el excelente estado de las murallas, sobre todo de las terrestres, pero nota cierto abandono en la ciudad y habla de las ruinas y restos de dos magníficos palacios destruidos, según tradición, en virtud de órdenes enviadas a un emperador por el sultán turco. El peregrino borgoñón recorrió las iglesias de Constantinopla y otros monumentos, asistió a Oficios solemnes, vio en Santa Sofía la representación del misterio de los tres adolescentes arrojados por Nabucodonosor en un “horno ardiente”, admiró la belleza de la emperatriz de Bizancio, oriunda de Trebisonda, y contó al emperador, interesado por la suerte de Juana de Arco, quemada poco antes en Rúan, “toda la verdad” sobre la famosa heroína francesa. El mismo autor da su opinión, fundada en sus observaciones personales, sobre la posibilidad de rechazar a los turcos e incluso recobrar Jerusalén: “Y para esto, paréceme que gentes notables y de buen gobierno, cual las tres susodichas naciones, es a saber, franceses, ingleses y alemanes, son asaz suficientes, y bien unidas en competente número podrían ir por tierra hasta Jerusalén. Que no es gran hecho emprender la conquista de Grecia; empero es menester mantenerse juntos, sin disputar... en desventaja suya”.

Ante la inminencia del peligro turco, Juan VIII emprendió grandes trabajos de restauración de los muros de Constantinopla. Varias inscripciones conservadas aún hoy, con el nombre de “Juan Paleólogo, autócrata en Cristo”, atestiguan el postrer esfuerzo de Bizancio para restablecer las fortificaciones de Teodosio el Joven, que parecieran antaño inexpugnables.

Más ello no bastaba para luchar contra los muslimes. Como sus predecesores, Juan VIII puso su esperanza en un apoyo eficaz de Occidente, logrado merced al Papa. Con tal propósito, el emperador, con numeroso séquito, pasó a Italia, donde fue firmada la famosa unión de Florencia, de la que hablaremos después. Pero el viaje del emperador no dio ningún resultado apreciable.

El Papa Eugenio IV predicó Cruzada, logrando unir contra los turcos a húngaros, polacos y rumanos. Se formó un ejército cristiano mandado por Ladislao, rey de Polonia y Hungría, con el concurso del famoso héroe húngaro Juan Huniada. En la batalla de Varna (1444) los cruzados sufrieron una derrota completa. Ladislao pereció en la acción y Juan Huniada, con los restos del ejército, se retiró a Hungría. La batalla de Varna fue la última tentativa occidental para ayudar a la agonizante Bizancio. A partir de 1444 Constantinopla se halló abandonada a su triste suerte. [90]

Ciertos documentos de los archivos de Barcelona, publicados recientemente, han revelado los ambiciosos planes del famoso rey de Aragón y Mecenas del Renacimiento, Alfonso V el Magnánimo, que murió en 1458. Después de reunir bajo su cetro a Nápoles y Sicilia, Alfonso proyectó una gran expedición a Oriente, lo que nos recuerda los vastos planes de Carlos de Anjou. Uno de los objetivos del rey aragonés era Constantinopla. La idea de una Cruzada contra los turcos no le abandonó jamás, comprendiendo que si el creciente poderío y la “insolente prosperidad” de los otomanos no eran quebrantados, él mismo no tendría seguridad alguna en los confines marítimos de sus propios reinos. Pero los grandiosos proyectos de Alfonso no se realizaron y los turcos no fueron amenazados nunca por aquel talentoso y brillante humanista y político. [91]

Tras la victoria turca en Varna, Juan VIII, que no había participado en la Cruzada [92] abrió negociaciones con el sultán, procurando amansarle mediante regalos. Así pudo gozar de paz con los turcos hasta el final de su reinado.

Mientras Bizancio, en su pugna con los turcos, sufría bajo Juan VIII constantes y graves fracasos, en el Peloponeso, casi independiente del gobierno central, las armas griegas obtenían una victoria considerable, aunque de resultados poco duraderos. Junto a las posesiones bizantinas existían en Morea restos del principado latino de Acaya y había algunos lugares, en el extremo sur de la península, que pertenecían a Venecia. A principios del siglo XV Venecia se propuso someter a su influjo la parte del Peloponeso que seguía en manos latinas, y al efecto entabló tratos con los diversos gobernadores del país. La república de San Marcos deseaba apoderarse del muro del istmo de Corinto, esperando oponerse así mejor a los ataques turcos, y además se sentía impulsada por sus intereses mercantiles. Según los informes recogidos por el representante de la república, los productos del país —oro, plata, seda, miel, trigo, uvas y otros— prometían beneficios considerables. Entre tanto, bajo Juan VIII, las tropas del déspota de Morea atacaron a los latinos, ocupando las zonas aun dominadas por ellos y terminando así con el gobierno franco en Morea. Desde entonces, y hasta la conquista de la península por los turcos, el Peloponeso perteneció por entero a los Paleólogos. Venecia, empero, conservó los puntos que antes poseía en el sur.

Un déspota de Morea, Constantino, hermano de Juan VIII y llamado a ser el último emperador de Bizancio, aprovechando ciertas dificultades surgidas a los turcos en los Balcanes, cruzó con su ejército el istmo de Corinto, rumbo a la Grecia del centro y del norte, que los osmanlíes se esforzaban en ocupar. El sultán Murad II consideró la invasión de Constantino como una ofensa personal y así, dirigiéndose hacia el sur, atravesó la muralla del istmo, sometió el Peloponeso a una terrible devastación y llevóse muchos griegos cautivos. Constantino, amedrentado, hizo la paz en los términos dictados por el sultán, quedando como déspota de Morea y pagando a los otomanos un tributo fijo.

Bajo Constantino Paleólogo, el famoso viajero, arqueólogo y comerciante llamado Ciríaco de Ancona, visitó por segunda vez Mistra, donde lo recibieron cortésmente el déspota y sus dignatarios. Ciríaco encontró en la corte a Gemiste Plethon, “el hombre más instruido de la época” y a Nicolás Calcondilas, hijo del ateniense Jorge Calcondilas y joven muy versado en latín y griego. [93] Este Nicolás es, sin duda, el mismo que Laonikos Calcondilas, ya que el nombre Laonikos constituye sólo una deformación de Nikolaos (Nicolás). En un primer viaje a Mistra, reinando el déspota Teodoro, en 1437, Ciríaco había visitado los antiguos monumentos de Esparta y copiado inscripciones griegas. [94]

Constantino XI (1449—1453). Toma de Constantinopla por los turcos.

Los territorios que reconocían la autoridad del último emperador bizantino estaban reducidos exclusivamente a Constantinopla, con las comarcas tracias adyacentes, y a la mayor parte de Morea, gobernada por los hermanos del emperador.

Las cualidades señeras de Constantino eran la nobleza de carácter, la energía, el valor y un patriotismo fervoroso, como lo acreditan la unanimidad de las fuentes griegas contemporáneas y el comportamiento del emperador durante el asedio de Constantinopla. El humanista italiano Francesco Fílelfo que conoció en persona al emperador antes de ser éste coronado, durante una estancia en Constantinopla, le califica en una de sus cartas de “pio et excelso animo”.

El terrible y poderoso enemigo de Constantino fue el sultán Mahomet II. Mozo de veintiún años, reunía a sus bárbaros arranques de implacable crueldad y a su sed de sangre y de los vicios más viles, un gusto muy desarrollado por las artes y letras, una gran energía y elevadas cualidades de general, estadista y organizador. Una fuente bizantina dice que Mahomet se ocupaba con pasión en las ciencias, sobre todo en astrología; leía los relatos de las hazañas de Alejandro de Macedonia, de Julio César y de los emperadores de Constantinopla, y hablaba, además del turco, cinco idiomas. Las fuentes orientales alaban su piedad, su justicia, su misericordia y la protección que daba a sabios y poetas.

Los historiadores modernos emiten diversos juicios sobre Mahomet. Unos le niegan toda cualidad, [95] mientras otros ven en él una personalidad extraordinaria, casi genial [96] . El deseo de conquistar Constantinopla preocupaba al joven sultán a tal punto que, “noche y día, al acostarse, al levantarse, en su palacio, fuera, tenía por único cuidado las acciones y medios militares que le permitirían apoderarse de Constantinopla”. En sus noches de insomnio dibujaba el plano de la ciudad y de sus fortificaciones, señalando los lugares por donde sería más fácil atacar. [97]

Han llegado a nosotros los retratos de los tres rivales: el de Constantino en sellos y algunos manuscritos más recientes, el de Mahomet en las medallas fundidas en el siglo XV por artistas italianos en honor del sultán. También existe un cuadro representando a Mahomet, obra del célebre artista veneciano Gentile Bellini (muerto en 1507), quien pasó algún tiempo en Constantinopla a fines del reinado de Mahomet II [98]

Mahomet, resuelto a terminar, preparóse con extrema prudencia. En primer término construyó al norte de la ciudad, en la orilla europea del Bósforo, allí donde éste se estrecha más, una fortificación torreada (Rumeli—Hissar), cuyas majestuosas ruinas existen aún. Los cañones montados en los baluartes lanzaban proyectiles de piedra, enormes para la época.

Al saberse las nuevas de la fortificación del Bósforo, un inmenso clamor de desesperación brotó, según Ducas, de la población cristiana de la capital, de Asia, de Tracia y de las islas: “Ahora la ruina de nuestra ciudad es inminente; he aquí que se manifiestan los signos de la ruina de nuestra raza; he aquí que llegan los días del Anticristo. ¿Que será de nosotros? ¿Qué haremos? ¿Qué es de los santos que protegen la ciudad?” [99]

Otro contemporáneo, testigo ocular de los hechos, el veneciano Nicolo Bárbaro, que asistió a todos los horrores de aquel ataque y escribió un Diario del asedio, escribe: “Esta fortificación es muy poderosa por el lado de la mar. No se puede conquistar por ningún medio, porque en la costa y sobre los muros hay gran copia de bombardas, y del lado de tierra la fortificación es poderosísima, aunque lo sea menos por el lado del mar”.

Aquella fortaleza cortó las comunicaciones de la capital con el norte y con el mar Negro. Todos los bajeles extranjeros que entraban y salían del Bósforo cayeron en manos de los turcos. Así Constantinopla quedaba privada del trigo de los países del mar Negro. Las fortificaciones erigidas por Bayaceto a fines del siglo XIV en la orilla asiática (Anatoli—Hissar) facilitaban la tarea de los turcos. Luego el sultán invadió Morea para que ésta no acudiese en ayuda de Constantinopla en el momento crítico. Y tras estos preliminares, Mahomet, aquel “pagano, enemigo del pueblo cristiano”, según Bárbaro, asedió la gran ciudad.

Constantino hizo cuanto fue posible para sostener la desigual lucha que se preparaba. Mandó concentrar en la capital todas las existencias de grano que cupo encontrar en los contornos y ordenó reparar las murallas. La guarnición griega no pasaba de unos cuantos miles de hombres. Constantino pidió socorro a Occidente. En vez de socorro militar llegó a Constantinopla un cardenal romano de origen griego, Isidoro, antes metropolitano de Moscú y miembro del concilio de Florencia. Para solemnizar el restablecimiento de la paz entre las Iglesias, celebró un oficio pidiendo la unión en Santa Sofía, lo que produjo gran agitación en la capital. Uno de los más altos dignatarios bizantinos, Lucas Notaras, pronunció entonces sus famosas palabras: “Más vale ver reinar en Constantinopla el turbante de los turcos que la mitra de los latinos”.

Venecianos y genoveses participaron en la defensa de la capital. Fundáronse grandes esperanzas en Juan (Giovanni) Giustiniani, jefe de un destacamento genovés, quien ya había probado su valor en muchos combates y que llegó a la sazón con dos naves grandes y 700 hombres. Se cerró el Cuerno de Oro, como otras veces en momentos decisivos, mediante una maciza cadena de hierro cuyos vestigios se han creído ver, hasta nuestros días, en el patio de la iglesia de Santa Irene, donde radica ahora el Museo Histórico y Militar de Turquía. [100] Las fuerzas de Mahomet, además de turcos, englobaban hombres de diversos pueblos sometidos por ellos y superaban en mucho el reducido número de defensores de Constantinopla, que eran griegos y latinos, y los más de éstos italianos.

Se preparaba uno de los mayores acontecimientos de la Historia. La toma de Constantinopla, la “protegida de Dios”, por los turcos, ha dejado en los cronistas una impresión profunda. Las descripciones que dan, en diversas lenguas y desde diferentes puntos de vista, de los últimos momentos del Imperio bizantino, nos permiten asistir, de día en día y de hora en hora, al desarrollo de aquel angustioso drama, del que tenemos relatos en griego, latín, italiano, eslavo y turco.

Las principales fuentes griegas aprecian de distintos modos el suceso. Jorge Phrantzes, el Franza de los italianos, célebre diplomático y alto dignatario bizantino, que asistió al asedio y fue amigo íntimo del postrero emperador, siente un amor sin límites por su heroico soberano y en general por los Paleólogos, se revela adversario de la unión, y nos describe los últimos días de Bizancio con la intención de reparar el honor del Constantino vencido, de su patria humillada y de la ortodoxia griega ofendida. Otro contemporáneo, el griego Critóbulo, que se pasó a los turcos, quiere probar su devoción a Mahomet, y dedica su historia, muy influida por Tucídides, “al más grande de los emperadores, al rey de reyes, Mahomet”, exponiendo la suerte final de Bizancio desde el punto de vista del nuevo Imperio otomano, si bien —dicho sea en su honor— no ataca a sus compatriotas. Ducas, griego del Asia Menor y partidario de la unión, en la cual veía la única salvación, escribe en general con tendencia favorable a Occidente, haciendo resaltar los méritos y valor de Juan Giustiniani y acaso disminuyendo la labor de Constantino. De todos modos testimonia auténtica simpatía a los griegos y deplora su suerte. El cuarto historiador griego del último período de Bizancio, y único ateniense de la literatura bizantina, Laonico Calcocondilos, o Calcondilas, no sitúa en el centro de su narración a Bizancio, sino al Imperio turco, proponiéndose desarrollar un argumento nuevo y vasto: el extraordinario desenvolvimiento del poderío del joven Estado otomano, nacido sobre las ruinas del poderío griego, franco y eslavo”. [101] El libro de Laonico es de orden general y su autor no fue testigo ocular de los últimos días de Constantinopla, por lo que su relato respecto al asedio y toma de Constantinopla tiene sólo una importancia secundaria.

Entre las fuentes más valiosas escritas en latín por autores que se hallaron en Constantinopla durante el asedio, puede mencionarse la exhortación titulada Ad Universos Christi fideles de expugnatione Constantinopolis, del cardenal Isidoro, del que ya hablamos y que escapó, no sin trabajo, del cautiverio. Esta exhortación suplica a todos los cristianos que se alcen para defender la fe en peligro. También poseemos el informe elevado al Papa por el obispo de Quíos, Leonardo, quien eludió igualmente la cautividad y que veía en el desastre de Constantinopla un castigo divino por haberse apartado los griegos del dogma católico. Finalmente, el italiano Pusculus, cautivo de los turcos por algún tiempo, compuso un poema en cuatro cantos con el título Constantinopolis. Trátase de una imitación de Virgilio y en parte de Hornero. Pusculus, católico ferviente, dedicaba su poema al Papa, en la persuasión, como Leonardo, de que Dios había castigado el cisma griego.

Entre las fuentes italianas hallamos un inestimable Diario del asedio de Constantinopla, escrito en antiguo dialecto veneciano, con dicción seca y estilo de hombre de negocios. Su autor es el noble veneciano Nicola Bárbaro, y allí se enumeran, día a día, los encuentros habidos entre griegos y turcos, teniendo, por lo tanto, importancia capital para establecer la cronología del cerco.

Existe un importante relato histórico en ruso antiguo sobre el “grande y terrible acontecimiento” de la toma de Constantinopla (Zargrad), relato debido a la pluma de “Néstor Iskinder (Iskander), pecador y culpable ante el Eterno”. [102]

Iskander, probablemente ruso de origen, combatió en las filas del sultán y describe con imparcialidad y casi día por día la actividad turca fuera de la ciudad y dentro de ella después de ocuparla. Diversas crónicas rusas narran también la caída de Constantinopla.

Hay asimismo fuentes turcas, que miran la toma de la ciudad como una apoteosis del Islam triunfante y victorioso y de su espléndido representante Mahomet II el Conquistador. A veces esas fuentes asumen la forma de colecciones de leyendas populares turcas sobre

 


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[1] Jorge Paquimeres, De Michaele Palaeologo, II, 31 (ed. Bonn, I).

[2] B. A. Pachenko, La Constantinopla Latina y el Papa Inocencio III (Anales de la Sociedad Historicofilológica de la Universidad Novorosya (Odesa, 1914), t. XXI, p. i. Tirada aparte (en ruso).

[3] P. Iakovenko, Estudios sobre las cartas bizantinas. Las cartas del nuevo monasterio de la isla de Quio (Yuriev, 1917), p. 78—80 (en ruso). Véase también Heisenberg, Aus der Geschichte und Literatur der Palaiologenzeit (Munich, 1920), p. 26 (Andrónico II figura con dos nombres de familia) y lamina III (Andrónico II Paleólogo)

[4] El primer matrimonio de Andrónico III con la princesa alemana Irene sido estéril.

[5] Cantacuzeno murió en 1383.

[6] Galata y su arrabal de Pera, al otro lado del Cuerno de Oro, fueron cedidos por Miguel Paleólogo a los genoveses, en recompensa por la ayuda que le prestaran para echar de Bizancio a los latinos. Bajo Andrónico (1303) obtuvieron autorización para circundar la ciudad, que se había extendido mucho en el interior, con un muro que en 1341 —al subir Juan V al trono— era una verdadera fortaleza. Vid. Djelal Essad, Constantinople. De Byzance a Stamboul. (París, 1909), p. 49. (N. del R.)

[7] Véase el cuadro genealógico en C. Jirecek, Die Wittwe und die Sohne des Despoten Esau von Epirus (Byz. Neugr. Jahr., t. I, 1920). Los últimos años de su vida Elena se refugió en un convento, tomando el nombre monástico de Hipomena. Varios historiadores llaman Irene, y no Elena, a la madre de Constantino XI, ultimo emperador bizantino.

[8] Esia miniatura ha sido reproducida muy a menudo. Catálogo ilustrado de la colección de retratos de los emperadores de Bizancio (Atenas, 1911), p. 53. G. Schlumberger, Byzance et les Croisades (París, 1927), páginas 146—147, lámin. IV. En el manuscrito, p. 145

[9] Le voyage d’Oultremer de Bertrandon de la Broquiére, publicado y anotado por C. Scheier (París, 1893), p. 155 (Recueíl de voyages et de documents pour servir a l’histoire de la géographie, t. XII)

[10] En el vasto patio central del monasterio de la Theotokos, en la isla de Halki, famoso en todo el mundo griego. El prestigio de la capillita fue tanto que el monasterio, dedicado originariamente al Bautista, patriarca del emperador, acabó por tomar la advocación de aquélla.

[11] Ver A. A. Vasiliev, La cesión a Carlos VIII de los derechos de Andrés Paleólogo al trono de Bizancio, en las “Memorias presentadas a N. I. Kareiev” (San Petersburgo, 1914), p. 273—274. El texto del documento se halla en Foncemagne, en las Mémoires de l’Academie des Inscriptions et Belles—lettres, t. XVII (París, 1751), p. 772—777 (trad. rusa de A. Vasiliev, ob. cit., p. 275—278).

[12] Kluchevski, Historia de Rusia, I. II, p. 150 (en ruso). Traducción inglesa de C. J. Hogarth (LondresNueva York, 1912), t. II, p. 19.

[13] Ver H. Schaeder, Moskau das Dritte Rom. Studien zur Geschichte der Poliischen Theorien in der slavischen Welt (Hamburgo, 1929), p. 36—37. El autor conoce perfectamente las fuentes rusas.

[14] Ver V. Malinin, El viejo monje del monasterio de Eleazar, Filoteo, y sus cartas (Kiev, 1901). Apéndices, p. 42, 45 (en ruso).

[15] Ver, por ejemplo, P. Pierling, La Russie et le Saint—Siége (París, 1896), t. I, p. 221—539.

[16] Jordán, Origines de la domination angevine en Italie (París, 1909), p. 410, 414—415.

[17] Véase la entusiasta descripción que del reino italiano hace Carlos en F. Carabellese, Carlo d’Angio nei rapporti policiti e commerciali. con Venezia yOriente (Barí, 1911), página XXVIII—XXX (obra póstuma)

[18] S. W. Heyd, Histoire du commerce du Levant, l. I, p. 438. W. Miller, The Zaccaría of Phocaea and Chios (1275—1379), en “Ensayos sobre el Oriente latino” (Cambridge, 1921), páginas 284—285.

[19] J. Ebersolt, Orient et Occident. Recherches sur les influences byzantines et orientales en France pendant les Croisades (París, 1929), p. 34

[20] Ver, por ejemplo, Lavisse, Histoire de France, t. III, (2) p. 101—102. Norden, p. 468 

[21] Paquimeres, De Mich. Paleol., V, 9 (I, 364)

[22] Jirecek, Historia y pasado de la ciudad de Dratch (Memoria de la Sociedad Geográfica Servia), t. I, tase. 2 (Belgrado, 1912), p. 6. Tirada por separado (en servio). V. Yon Thalloczy, Illyrisch—albantsche Forschungen (Munich—Leipzig, 1916), p. 161

[23] P. Durrieu, Les Archives angevines de Naples. Etude sur les registres du roí Charles Ier, t. I (París, 1886), p. 191, n. 5. (Bibl. des Écoles d’Athénes et de Rome, t. 46.) Acta et diplomata res Albaniae mediae aetatis illustrantia, reunidas por L. Thalloczy, C. Jirecek y E. de Suffiay (Viena, 1913), I, 77, n. 270.

[24] Buchón, Nouvelles recherches historiques sur la principante francaise de Moree (París, 1845), t. II. p. 317

[25] Carabellese, ob. cit. Estas líneas datan de 1911.

[26] Jirecek, Geschichte der Serben (Goiha, 1911), t. I, p. 323.

[27] V. Makuchev, Los archivos italianos y los materiales que contienen sobre la historia de los eslavos, t. II (San Petersburgo, 1871), p. 67—68 (adición al tomo XIX de los “Bolet. de la Academia de Ciencias”, n. 3). En ruso.

[28] Makuchev, t. II, p. 69. Jirecek, Hist. de los búlgaros, p. 363 (en ruso).

[29] Sobre Venecia, véase Carabellese, ob. cit., p. XXXTV—XXXVÍII y 106—142.

[30] Es lástima que la obra de Carabellese no trate sistemáticamente de las relaciones de Carlos y Miguel Paleólogo. En la p. XXIX el autor dice: “Respecto a la mayoría de los documentos, publicados o inéditos, concernientes a Paleólogo, hablaremos de ellos en otra ocasión”. Creo que el autor no tuvo tiempo de cumplir su palabra

[31] El nombre de “Vísperas Sicilianas” no nació probablemente antes de fines del siglo xv, época de la primera expedición importante de los franceses a Italia.

[32] Se han publicado recientemente, en ruso, dos interesantes artículos al respecto: F. I. Uspenski, Los historiadores bizantinos, los mongoles y los mamelucos de Egipto (Viz., Vrem., t. XXIV (1923—1926), p. 116), y G. Vernadski, La Horda de Oro, Egipto y Bizancio en sus relaciones recíprocas bajo el reinado de Miguel Paleólogo (Seminarium Kondakovianum (Praga, 1927),I, 73—84).

[33] Vernadksi, ob— cit., p. 76

[34] Nic. Gr., IV, 7, i (I, 102).

[35] El chamanismo es una de las religiones de los pueblos uralo—altaicos.

[36] Paquimeres, De Mich. Pal., III, 3 (I, 176—177)

[37] Nic. Greg., IV, 7, i (I, 101)

[38] Vernadski, ob. cit., p. 79. P. Nikov, Las relaciones tártaro—búlgaras en la Edad Media (Sofía, 1921), p. 6—11 (en búlgaro). V. Ghapman, Mich. Pal., p. 74—75. G. Bratianu, Recherches sur le commerce genois dans la mer Noiré au XIII siecle (París, 1929), p. 207—207

[39] Nikov, ob. cit., p. 11—12

[40] Ver, por ejemplo, St. Lane—Poole, A History of Egypt in the Middle Ages (N. York, p. 266.

[41] Paquira., I, 5 (ed. Bonn, I, 18).

[42] V. Lamanski, Los eslavos en Asia Menor, África y España (San Petersburgo, 1859), páginas 11—14 (en ruso). F. I. Uspenski, Sobre la historia de la propiedad territorial campesina en Bizancio (G. del Min. de Tnst. Püb., vol. 225 (1883), 342—345. En ruso). Mutafciev, Las colonias militares y los soldados en Bizancio en los siglos XIII y XIV (Sofía, 1923), página 62 (en búlgaro).

[43] Muntaner, Chronica o descripcio dels fets e hazanyes del inclyt rey Don Jaume... Buchón, Chroniques étrangéres (París, 1840). K. Lanz (Stuttgart, 1844), y The Chronicle of Muntaner (Londres, 1920—21), en los Works issued by the Hakluyt Society, 2.a serie, números 47 y 50. Sobre Muntaner véase N. Jorga, Ramón Muntaner et l’Empire byzantin (Revue historique du Sud—Est européen, t. IV, 1927,, p. 325—355). — La primera edición del Muntaner es de Valencia, 1558. En ella se basa D. Francisco de Moneada, Expedición de catalanes y aragoneses a Oriente (Barcelona, 1623. Incluido en la Biblioteca de Autores Catalanes, XXI, págs. 1—63). (N. del R.)

[44] Paquim, De Andrónico Pal., V, 12 (II, 393)

[45] Rubio y Lluch, La expedición y dominación de los catalanes en Oriente (Barcelona, 1883), p. 6. 7 y 10 (Memorias de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona.

[46] Finlay, ob. cit., t. IV, p. 447. Se hallará un bosquejo general del estudio de la intervención catalana en Grecia, en Rubio y Lluch, Los catalanes en Grecia, p. 19—50.

[47] Porf. Uspenski, El Oriente cristiano. El Athos (San Petersburgo, 1892), 118 (en ruso).

[48] Véase Acta Aragonensia. En la ed. de H. Finke, Quellen zur deutschen, italientschen, franzosischen, spanischen, zur Kirchen und Kulturgeschichte. aus der dipíomattsctien Korrespondenz Jaymes II, (Berlín y Leipzig, 1908), 741, n.° 458), el texto del decreto lleva fecha 2 de mayo de 1293. Pero en el original del documento el año está borrado. Opino que el decreto debe datar de principios del siglo xrv. porque en 1293 los catalanes no habían intervenido aún en los asuntos de Bizancio.

[49] W. Miller, The Catalans at Athenas (Roma, 1907), p. 14. Id., Essays on the Latín Orient (Cambridge, 1921. Rubio y Lluch, Los catalanes en Grecia, p. 133. — El referido duque de Atenas no era otro que el rey Pedro de Aragón, el Ceremonioso, quien había recibido ese título de su cuñado el rey Fadrique de Sicilia. (N. del R.

[50] Rubio y Lluch, La expedición de los catalanes, p. 14—15. G. Schlumberger, Expédition des "Almugavares” ou routiers catalans en Orient (París, 1902), p. 391—392.

[51] A. Rubio y Lluch, Alenes en temps deis Catalans (Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans, 1907, p, 245246).

[52] A. Rubio y Lluch, Els castells catalans de la Grecia continental (Ibíd, 1908), p. 364—425.

[53] Rubio y Lluch, La Grecia Catalana de de la mort de Roger de Llúria fins a la de Frederic III de Sicilia (1370—1377) (Ibíd., 1913—1914), vol. V, p. 393. ídem, Une figure athenienne de l’époque de la domination catalane. Dimitri Rendí (Byzantion, t. II, 1925, p. 194).

[54] Rubio y Lluch, La Grecia Catalana des de la mort de Frederic III fins a invasió—navarresa (1377—1179) (Ibíd., 1915—1920, vol. VI. p. 199). Se hallará una lista de varias obras publicadas por Rubio y Lluch en la Cambridge Medieval Hislory, t. IV, p. 862. Véase también Los catalanes en Grecia (Madrid, 1927), p. 13.

[55] Florinski, Los eslavos del sur y Bizancio en el segundo cuarto del siglo XIV, t. II (San Petersburgo, 1882), p. 55 (en ruso). Jirecek, Gesch. der Serben, t. 5 (Gotha, 1911), página 362.

[56] C. A. Chekrezi, Albania, past and present (Nueva York, 1919). p. 8

[57] Jirecek, Albanen in der Vergangenheit, en “Osterreichische Monatschrift tur den Orient” (Viena, 1914), núms. 1—2, p. 2 (tiraje aparte). L. von Thalloczy, lllyrisch—albanische Forschungen (Munich Leipzig, 1916), t. I, p. 66. Sobre la palabra Shkipetar ver A. Ch. Chatzis, t. IV (1939), p. 102—104. V. H. Grégoíre, en Byzantion, t. IV (1929), p. 746—748, es igual al italiano schiopetto y francés escopette, en el sentido de pueblo armado.)

[58] Jirecek, Albanen in der Vergangenheit (Viena, 1914. Tirada aparte de Osterreichische Monatschrift für den Orient (Viena, 1914). núms. 1—2, p. 2. Thalloczy, ob. cit., t. I, p. 67. G. Grober, Grundriss der romanischen Philologie (Estrasburgo, 1904—1906), 2 ed., p. 1039.

[59] Miguel Attaliatas, p. 9, 18.

[60] J. Hahn, Albanesische Studien (Jena, 1854), i. I. p. 32. Ver t. II. p. i. Véase también el Prefacio, p, VI. C. Checrezi, ob. cit., p. 25, núm. i. 205. Frislay, History of Grece, t. IV, p.’32), menciona la existencia de unos doscientos mil albaneses en Grecia, Génova adquiere, a más de su papel comercial, una gran importancia política en el Imperio”. Al subir al trono Andrónico III, Gálata venía a ser un Estado dentro del Estado, lo que se notó mucho a fines del reinado de dicho monarca. En tales condiciones no podía existir una paz duradera entre Génova y Venecia.

[61] Nic. Greg. dice el “Gran Triball”, por cuyo nombre —el de una antigua tribu tracia— designa Gregoras a los servios.

[62] Florinski, Los eslavos. del sur y Bizancio, t. II, p. 109 (en ruso).

[63] Florínski, Los eslavos del sur y Biz., t. II, p. 126.

[64] Florinski, Monumentos de la actividad legislativa de Ducan (Kiev, 1888), p. 13. En ruso. 420 Florinski, ob. cit., t. II, p. 134 (en ruso)

[65] Florinski, Los eslavos del sur y Bizancio,. t. II, p. 141 (en ruso).

[66] Florínski, Los esl. del sur y Bizancio, t. II, p. 200—201, 206—207.

[67] Florinski, ob. cit., t. II,.{en ruso).

[68] A. Pogodin, Historia de Servia (San Petersburgo, 1909), p. 79. En ruso.

[69] Ver Nikos A. Bees, Geschichtliche Forschungsresullate und Mvnchs und Volkssagen über die Gründer der Meteorenktoster (Byz. Neugr. Jahrb., t. III (1922), p. 364—369). W. Miller, The Latins in the Levant, p. 294—295

[70] Anales de Voskressensk.Colección cómpleta de anales, tomo VII. página 251 (en ruso).

[71] Chronicon Estense. Muratori, Scriptores rerum italicarum, XV, 448. Bartolomé della Pugliola, Historia miscella Bononensis, Muratori, XVIII, 409.

[72] Nic. Grcg.. XV, I, 5 (II, 797—798). Cantacuzeno, IV, 8 (III, 49—53).

[73] Anales de Nikonav. Colección completa de las crónicas rusas, t. X, p. 224. En ruso antiguo. 197

[74] Liber iurium republicae Genuensis (Augustae Taurinorum, 1857), II, 858—906 (Monumento Historiae Patriae, IX); Monumento spectantia historiam slavarum mcndionalium, IV, 119—163.

[75] Andansas e viajes de Pero Tafur por diversas partes dei mundo avidos (1435—1439) (Madrid, 1874) (Colección de libros catalanes raros o curiosos, vol. VIII). traducción inglesa de Malcolm Letts, Travéls and adventures de Pero Tafur (Nueva York y Londres, 1926), p. 113—114.

[76] Ducas, cap. XII, p. 50

[77] Ver J. H. Mordtmann, Die erste Eroberung von Athen durch die Türken zu Ende des 14. Jahrhundrt (Byz. neugr. Jahrh., t. IV, 1923, p. 346—350).

[78] Chronique du religieux de Saint—Denis, publicada por Bellaguet, t. II (París, 1840),. p. 562.

[79] Crónica de Nikonov (Nibonovskaia Lietopis), Colección completa de Anales rusos, t. XI (1897), p. 168 (en ruso antiguo).

[80] Se hallará el más detallado relato del viaje de Manuel en A. Vasiliev, El viaje del emperador bizantino Manuel II la Europa occidental (1309—1403) (G. del Min. de Inst. Púb., t. XXXIV, 1912, p. 41—78 y 260—304). En ruso. Véase también G. Schlumberger, Un empereur de Byzance a Paris et a Londres (Revue des Deux Mondes, 15 diciembre 1915. Reedicion en Byzance et Croisades. París, 1927. P. 87—147). Jugie, Le voyage de l’ernpereur Manuel Paléologue en Ocident (Échos d’Orient, t. XV, 1812, p. 322—332).

[81] Chronique áu retigieux de Saint Denis, XXI, i (p. 756).

[82] En la batalla de Angora se hallaron Payo de Sotomayor y Hernán Sánchez de Palazuelos, embajadores mandados a Tamerlán por Enrique III de Castilla. Aquél, a decir de Clavijo, “fizóles mucha onra y tomólos consigo, y fizóles grandes conbites, e dióles ciertas dádivas”; entre las cuales, y con destino a nuestro rey, dos hermanas de gran belleza cautivadas en el campamento de Bayaceto, que una vez bautizadas casaron en España. La segunda embajada, la de Clavijo (a quien acompañaban Fray Alfonso Páez de Santa María y Gómez de Salazar), tenia por objeto una alianza con Timur para contrarrestar el predominio de loe musulmanes en las costas del Mediterráneo. La embajada llegó a Samarcanda el 8 de septiembre de 1404 y fue bien recibida por el tártaro, mas no alcanzó resultado alguno, pues ya el emperador, ocupado en la campaña sobre China, iba enfermo de muerte (“tan viejo era dice Clavijo que los palpaos de los ojos tenía todos caídos;...era muy flaco e avia perdido la habla, e estava en punto de muerte”), lo que acaeció de allá a pocos meses. (N. del R.)

[83] Acerca de Crisoloras, véase más adelante

[84] Ver C. Marinesco, Manuel II Paleólogo y los reyes de Aragón, comentario sobre cuatro cartas inéditas en latín, expedidas por la cancillería bizantina (Boletín de la Sociedad Histórica de la Academia Rumana, t. XI (Bucarest, 1924, p. 194—195, 198—199).

[85] Ver Marinesco (Boletín de la Sección Histórica de la Academia Rumana), t. XI, p. 195—196, 200—201: “Vostra Excelentia illustri filio nostro, despoti Moree Porfirogenito, noti—ficaverat qualiter accedere intendebat pro communi utilitate christianorum et specialiter nostra ad dictas partes Moree cum potencia máxima”.

[86] Jorge Phrantzes., I, 37 (p. 111—112). Juan Canano y titulada: Relato de la guerra de Constantinopla en 693 (1422), fecha en la cual Amurat—bey atacó la ciudad con un gran ejército, no logrando apoderarse de ella y fallando sólo merced a la gracia de la Santísima Madre de Dios. Un fuerte ejército

[87] Georgi Phzantzae, I, 40 (p. 121).

[88] Sathas, Bib. gr. mediiaevi, I, 556—257 (versos 360—388).

[89] Ver Florence Macpherson, Historical notes on certain modern Creeck folksongs (Journal of Hetf. Stud., t. X, 1889, p. 86—87).

[90] Casi todos los historiadores de la época, sean musulmanes o cristianos, están de acuerdo en achacar la rota al incumplimiento, por parte cristiana, de la tregua de diez años, concluida días antes de la batalla entre Ladislao y el sultán, perjurio basado en la absurda idea de que no es obligatorio mantener una palabra dada a los infieles, y de que Hungría no estaba capacitada para convenir espacio alguno sin consentimiento de la Santa Sede y de las demás potencias coligadas. Consta, en todo caso, que quienes mayormente decidieron a la jornada fueron el cardenal Césarini, legado poniificio, y Juan Huniada, habiendo inútilmente desaconsejado la batalla el caudillo válaco Vlac Dracul. (Véase Hammer—Purgstall, Geschichte des Osmanischen Reiches. Viena, 1835, XI.) La oración en que Murad pide el castigo de los perjuros se halla en la Tadyut—Tawarij, de Saad—ed—Din, II (Allegarles, récits poétiques et chants populaires, traduits de l’Arabe, du Persan, de l’Hindoustani et du Ture, par M. García de Taxy. París, 1876, pág. 606607). Es curioso que lo que mudó el curso de la batalla, convirtiendo en derrota una victoria, fue la muerte de Ladislao, perpetrada al cortar un jenízaro, de un hachazo, una pata del caballo del rey, según una táctica turca que ya explica Ana Comnena, Atex, XIII, 801, como empleada contra los cruzados. (N. del R.)

[91] Ver F. Cerone, La política oriéntale di Alfonso d’Aragona (Archivo storico per la Provinde Napoletane), t. XXVII (1902), p. 425—456 y 555—634). W. Norden, Das Papsttum uno Bíyzanz, p. 731—733. C. Marinesco prepara, fundándose en los documentos inéditos de los Archivos de la Corona de Aragón, en Barcelona, una obra consagrada especialmente a las relaciones de Alfonso V con Oriente, Manuel II Paleólogo y los reyes de Aragón (Bol. de la Sec. Hist. de la Ac. Rumana, t. XI (Bucarest, 1924), 197). Ver también D. Anastasijevic y P. Granic en sus Notas sobre el II Congreso Int. de Est. Biz. de Belgrado, 1927 (Belgrado, 1939), p. 162. — Como ejemplos de la política oriental del Magnánimo puede citarse” las relaciones que mantenía con los reyes de Egipto y Túnez, de Armenia, Chipre y Etiopía, así como los voivodas válacos y los pequeños príncipes cristianos del Mediterráneo oriental El capitán catalán Ramón de Ortafa era su virrey en Albania; sostuvo por todos los medios la heroica resistencia de Scanderbeg, y tropas suyas contribuyeron a la victoria de Belgrado. Pero el punto álgido de esa política es el convenio que estipuló con Juan de Hunyad, regente de Hungría. A tenor del mismo, Alfonso ceñiría la corona de San Esteban a cambio de levantar y equipar tropas para la Cruzada; para afianzar el pacto, Leonor, hija de Ferrante el bastardo de Alfonso, que había de sucederle en el trono de Napóles, casaría con el primogénito de Juan Huniada. La boda no se llevó a efecto, como tampoco el apoyo del anciano monarca a la Cruzada; pero, muertos Alfonso y el magiar, el hijo de éste, el rey Matías Corvino, casó con Beatriz, hermana de Leonor, y parece heredó los proyectos imperialistas del Magnánimo, cuya corte humanista tanto influyó en la del rey de Hungría. Interesante a este respecto es el estudio de F. Olivier Brachfeld, Alphonse le Magnanime (Nouvelle Revue de Hongrie, XXXVI (1943), págs. 275—279). (N. del R.)

[92] Sin embargo, Hammer—Purgstall cita una carta de Juan VIII, fechada a 30 de julio, en que se insta a los cruzados a proceder mientras el sultán está ocupado en Asia con las sublevaciones de Kararnán, para demostrar que el basileus entraba en la Liga. (N. del R.)

[93] La descripción del Peloponeso por Ciríaco, publicada por primera vez por R. Sabbadini, Ciríaco a’Ancana, e la sua descrizione autógrafa del Peloponneso trasmessa da Leonardo Botta, en Micellanea Cenani (Milán, 1910), p. 203—204. Sobre Ciríaco de Ancona, véase G. Castellani, Un traite inédit en grec de Cyriaque d’Ancóne (Revue des Etudes grecques, t. IX, 1896, p. 225—228). E. Ziebarth, t. II (Janina, 1926), p. 110—119. Hay algunas adiciones y correcciones en (Ibid, t. III, Janina, 1928, p. 223—224). Aquí se da la fecha exacta de la muerte de Ciríaco (1452), p. 224.

[94] Epigrammata reperta per Illyricum a Cyriaco Anconitano apud Liburniam (Roma, 1747), p. XXXVII.

[95] Por ejemplo, Ellissen, Analekten, t. III, p. 87—93. Sobre las inclinaciones científicas, artísticas y poéticas de Mahomet II, ver J. Karabacek, Abendlandische Küstler zu Konfíantinopel im XV. und XVI. Jahrhundert (Viena, 1918), p. 2.

[96] Jorga, Geschichte des Osmanischen Reichs, t. II (Gotha, 1909), p. 33

[97] Ducas, XXXV, 249—250,

[98] Véase L. Thuasne, Gentile Bellini et le sultán Mohammed II. Notes sur le séjour du peintre vénitien a Constantinople (1479—1480) (París, 1888), p. 50—51. Numerosas reproducciones (Denkschriften der philophisch—Historischen Klasse der Ahademie der Wissen—schaften in Wten, vol. 62, art. I). Antes de la guerra de 1914—18, el famoso cuadro de Bellini estaba en la colección privada de lady Enid Layard, en Venecia. Parece que durante la guerra fue transportado a Londres. (Véase Karabacek, p. 44). Actualmente, este cuadro se halla en la Galería Nacional de Londres.

[99] Ducas, XXXIV, 238.

[100] Hoy se cree más bien que esa cadena es un trozo de la que cerraba el puerto de Rodas y fue llevada a Constantinopla por los turcos después de someter la isla.

[101] El relato de Zargrad, por Néstor Iskander, del siglo xv, ed. por el abad Leónidas, Laonikos Chalhokonáyles (J. of el. Stud., t. XLII, 1922, p. 38)

[102] Krumbacher, ob. cit., p. 302. Véase también Miller, The last Athenian historian: Pamiatniki drevnei pismennosti (San Petersburgo, 1886), t. LXII, p. 43 (en ruso antiguo). Respecto a los demás relatos rusos, ver la Camb. Med. Hist., t. IV, 888. El texto ruso del relato, según la cd. de 1853. reeditada por N. lorga, Orígenes y toma de Constantinopla B. de la Sec. Hist. de la Ác. Rumana (Bucarest, 1927), vol. XIÍI, p. 88128. Se ha planteado el problema de si el original sería griego o ruso, y de sí el relato eslavo no sería más bien servio. Ver Jorga, Una fuente descuidada de la toma de Constantinopla (íbid, p. 65).