Hasta una época muy reciente se ha venido atribuyendo al emperador León III (717—741), fundador de la nueva dinastía, la calidad y nombre de Isáurico, y a su descendencia se la ha llamado generalmente dinastía isáurica. Pero a fines del siglo XIX surgió la opinión (Schenk) de que León III, lejos de ser isaurio, era sirio de nacimiento. Hoy siguen esta teoría otros historiadores. La confusión reinante sobre este punto se debe al hecho siguiente: por una parte, el autor de la fuente principal relativa al origen de León, Teófanes, cronista de primeros del siglo IX, escribe: “León el Isáurico era originario de Germanicea [1] y era, en realidad, de Isauria”; y por otra la versión latina de Teófanes, traducida por el bibliotecario pontificio Anastasio en la segunda mitad del siglo IX, no dice nada de Isauria, y declara que León procedía de Germanicea y era sirio de nacimiento. La Vida de Estaban el Joven dice también que León era “sirio de origen” .
Una fuente árabe menciona a León como “un ciudadano cristiano de Malash”, esto es, Germanicea, y hombre que sabía expresarse fácil y correctamente en árabe y en [2] romano.
No creemos necesario presumir que Teófanes confundió la población siria de Germanicea con la de Germanicópolis, sita en la provincia isauria. El origen sirio de León es muy probable; pero hay sabios, Kulakovski por ejemplo, que consideran falsa tal teoría.
El hijo de León III, Constantino V Coprónimo (741—755), casó en primeras nupcias con Irene, hija del kan de los kázaros, y tuvo de ella un hijo, León IV, a quien se llama el kázaro a veces y que reinó de 775 a 780, casando con una joven griega de Atenas, Irene, quien, a la muerte de su esposo, quedó dueña del Imperio, ya que había sido proclamado emperador su hijo Constantino VI (780—797), menor aún. AI llegar el joven a edad competente para reinar solo, estalló un conflicto entre él y su ambiciosa madre. Irene, victoriosa, destronó a su hijo y le hizo sacar los ojos. Tras esto, ella ejerció sola el poder supremo (797—802). El caso de Irene plantea un problema importante: ¿podían las mujeres asumir el poder supremo en el Imperio bizantino, reinando en el sentido más amplio de la palabra? Desde la época de la fundación del Imperio las mujeres de los emperadores llevaban el título de Augusta y durante las minoridades de sus hijos desempeñaban las funciones del poder imperial, pero siempre en nombre de sus hijos. Ya vimos que, en el siglo V, Pulquería, hermana de Teodosio, dirigió la regencia en el curso de la minoría de su hermano. Otra mujer gozó de situación excepcional e influyó mucho los asuntos públicos de Bizancio: Teodora, esposa de Justiniano el Grande. Pero esos fueron ejemplos de gobierno femenino en nombre de un hijo o hermano, y el influjo político de Teodora dependió exclusivamente de la condescendencia de su marido. La primera mujer que reinó en Bizancio con la autoridad absoluta que da el poder supremo fue Irene, la madre del desgraciado Constantino VI. Ella fue un verdadero autócrata. Semejante fenómeno significaba una innovación en la vida bizantina, y una innovación opuesta en absoluto a las tradiciones seculares del Imperio.
Es interesante notar, al respecto, que en los decretos y documentos oficiales, Irene no es calificada de “emperatriz”, sino llamada “Irene, el emperador (basileus) fiel”. Según los conceptos de la época, sólo un emperador, es decir, un hombre, podía legislar oficialmente, y por eso hubo de adoptarse la ficción que hacía un emperador de Irene. La revolución del 802, concebida y manejada por uno de los más altos funcionarios civiles, Nicéforo, concluyó con la deposición de Irene, que murió en el destierro. Nicéforo ascendió al trono y con Irene concluyó la dinastía isauria o siria. Entre 717 y 802 el Imperio fue, pues, gobernado por una dinastía de origen oriental, ya fuese del Asia Menor, o de Siria del Norte, con mezcla de sangre kázara a raíz del matr imonio de Constantino V.
Al ascender León III al trono, el Imperio atravesaba uno de los más críticos períodos de su historia. A la espantosa anarquía interior provocada por la lucha del emperador y los representantes de la aristocracia bizantina, particularmente agresiva desde la época de la primera deposición de Justiniano II. se añadía en Oriente la amenaza árabe, más próxima cada vez a la capital. La situación recordaba la existencia en el siglo VII bajo Constantino IV, y aun parecía más crítica en ciertos aspectos.
Las fuerzas de tierra de los árabes habían atravesado toda el Asia Menor de este a oeste, en los reinados de los dos antecesores de León III, y ocupaban Pérgamo y Sardes, ciudades próximas al litoral del Egeo. Mandaba los ejércitos árabes un general de mérito: Maslamah. A los pocos meses de la entrada de León en Constantinopla (717), los árabes, saliendo de Pérgamo, avanzaron hacia el Norte, alcanzaron Abydos, sobre el Helesponto, pasaron a la costa europea y pronto estuvieron al pie de las murallas de la capital. En el mismo momento una flota árabe fuerte, de 1.800 naves de diversos tipos, según las crónicas bizantinas (Teófanes), navegaba a través del Helesponto y la Propóntide, amenazaba la capital por el mar. Siguióse un verdadero asedio. Pero León probó sus brillantes capacidades militares preparando adecuadamente la defensa de la capital. Una vez más, la diestra utilización del fuego griego causó los mayores estrago; en la flota árabe, mientras el hambre y el rigor extremo del invierno del 717—779 contribuían a la derrota del ejército mahometano. Obligados por un pacto convenido con León III, y a la vez atendiendo a su defensa propia, los búlgaros lucharon también contra los árabes en tierras tracias, causándoles fuertes pérdidas. A poco de un año después de iniciado el sitio los árabes se alejaron de la capital, salvada merced al talento y energía de León III. Notemos de pase que con motivo de este asedio se halla la primera alusión a la cadena que cerraba el paso del Cuerno de Oro a las naves enemigas.
La historia otorga gran importancia a este fracaso de los musulmanes ante Constantinopia. Con su resistencia triunfal, León salvó al Imperio bizantino. Bury dice que Constantinopla fue el gran “baluarte de la Europa cristiana”, y califica al año 718 de “fecha ecuménica”. El historiador griego Lambros compara aquellos hechos a las guerras pérsicas de la Grecia antigua y da a León el nombre de Milcíades del helenismo medieval fi). Si Constantino IV había contenido a los árabes junto a los muros de Constantinopla, León III los rechazó definitivamente, pues aquella fue la última expedición árabe contra la ciudad “protegida de Dios”. En este sentido la victoria de León tiene una importancia extraordinaria.
La expedición de los árabes contra Constantinopla, así como el nombre de Maslamah, han dejado una huella profunda en la posterior tradición legendaria del Islam. El nombre de Maslamah está vinculado a una mezquita que, según esa tradición, él construyó en Constantinopla [3] .
Y, sin embargo, aquella época fue una de las más brillantes del califato primitivo. El poderoso califa Walid I (705—715), contemporáneo del período de anarquía que reinó en el Imperio bizantino, supo rivalizar con los emperadores en actividad construc tiva. En Damasco se construyó una mezquita que, como Santa Sofía en el mundo cristiano, fue por bastante tiempo la construcción más espléndida del mundo musulmán. La tumba de Mahoma en Medina quedó rodeada de la misma magnificencia que el Santo Sepulcro en Jerusalén. Es interesante advertir que entre los musulmanes aquellos edificios no sólo fueron circundados de leyendas relativas a Mahoma, sino también de otras concernientes a Cristo. Según la tradición musulmana, la primera voz de Jesús cuando vuelva a la tierra sonará desde uno de los alminares de la mezquita de Damasco y el espacio libre en torno a la tumba de Mahoma en Medina servirá de tumba a Jesús cuando muera después de su segundo advenimiento.
Poco a poco, la lucha del Imperio y el califato iba adquiriendo los caracteres de una guerra santa. Los resultados de tal lucha, a principios del siglo VIII no satisfacían ni a los griegos ni a los árabes: los griegos no habían recobrado Jerusalén y los árabes no conseguían tomar Constantinopla. V. Barthold escribe al efecto, estas interesantes líneas: “(...) Entre los cristianos, como entre los musulmanes, la idea del triunfo del Estado dejaba lugar a la idea del arrepentimiento y de una y otra parte se esperaba el fin del mundo. Parecía a los dos adversarios que sólo precisamente antes del fin del mundo los objetivos finales de sus Estados se alcanzarían. En el mundo latino, igual que en el mundo griego, se expandió la leyenda de que antes del fin del mundo el soberano cristiano (el rey franco o el emperador bizantino), entraría en Jerusalén y entregaría su corona terrena al Salvador, mientras los musulmanes esperaban que el fin del mundo fuese precedido de la caída de Constantinopla. No es pura casualidad que el reinado del “sólo piadoso” califa omeya, Omar II (717—720), coincidiese con el centenario de la hégira (hacia el 720), en un momento en que se esperaba el fin del Estado musulmán, y al mismo tiempo el fin del mundo, después del desafortunado sitio de Constantinopla bajo el reinado del califa anterior, Suleimán”.
Catorce años después del asedio de Constantinopla, la ofensiva árabe en la Europa Occidental, partiendo de España, era rechazada por Carlos Martel, omnipotente mayordomo palatino de un débil rey franco.
Tras su derrota del 718, los árabes no emprendieron nuevas hostilidades serias en vida de León III, sobre todo desde que se hallaron claramente amenazados al norte por los kázaros. Ya vimos que León III negoció el casamiento de su hijo y sucesor, Constantino, con la hija del kan de los kázaros, aliándose con su nuevo pariente. Así, pues, en su lucha contra los árabes, León tuvo dos aliados: primero los búlgaros y luego los kázaros. De todos modos los árabes no permanecieron sosegados, sino que continuaron invadiendo el Asia Menor, llegando a veces incluso hasta Nicea, cerca de la Propóntide. Hacia el fin de su reinado, León logró derrotar a los árabes en Acroinon (Frigia), hoy Afiun Karahissar, sobre el ferrocarril de Konia. Esta derrota forzó a los árabes a evacuar el occidente del Asia Menor, retrocediendo camino del este.
Los musulmanes asocian la batalla de Acroinon a la leyenda del héroe nacional turco Seid Battal Ghazi, el paladín del Islam, cuya tumba se muestra hoy en una aldea al sur de Eskishehír (en la Edad Media, Dorilea). El hombre que personifica en la historia ese héroe fue el musulmán Abdallah—Al—Battal, caído en la batalla de Acroinon.
A mediados del siglo VIII el califato árabe fue desgarrado por graves desordenes intestinos debidos al cambio de la dinastía omeya por la abásida, que depuso a la anterior. Los abbasidas trasladaron su capital y sede de gobierno a Bagdad, junto al Tigris, muy lejos de la frontera de Bizancio. Así, el sucesor de León III, Constantino V, pudo avanzar las fronteras imperiales hacia el este, llevándolas hasta los límites del Asia Menor, en una serie de expediciones afortunadas.
Pero en la época de Irene, bajo el califa Al—Mahdi, los árabes reanudaron con éxito su ofensiva en Asia Menor, y en 782—83 la emperatriz hubo de pedir la paz. El convenio que la acordaba, por una duración de tres años, era humillante para el Imperio. La emperatriz se comprometía a satisfacer a los árabes un tributo anual de 70 ó 90 millares de denarios, en dos pagos por año. Es muy probable que las tropas enviadas por Irene a Macedonia, Grecia y el Peloponeso el mismo año (783), para reprimir la revuelta eslava, estuviesen ocupadas en ello todavía, lo que debía debilitar la situación de Bizancio en el Asia Menor. El 798, después de los triunfos logrados por los árabes bajo el califa Harun—Al—Raschid, se firmó un nuevo tratado con el Imperio bizantino, subsistiendo la cláusula del tributo.
Los emperadores de la dinastía isáurica mantuvieron con los búlgaros relaciones muy movidas. Los búlgaros, que habían adquirido poco a poco una situación importante en el Danubio inferior, hubieron primero de defender su existencia política contra los intentos de Bizancio de destruir la obra de Isperich. La situación política del reino búlgaro en el siglo VIII era muy compleja. Por una parte las hordas búlgaras y sus jefes se disputaban el título supremo de kan, provocando muchas turbulencias dinásticas: por otra, como conquistadores recientes, tenían que luchar contra los eslavos sometidos de la península. Los kanes búlgaros de fines del siglo VII y principios del VIII atestiguaron mucha habilidad en sus relaciones con Bizancio, su más peligroso enemigo. Ya indicamos que los búlgaros sostuvieron a Justiniano II en sus pretensiones al trono y prestaron una ayuda activa a León III contra los árabes cuando éstos sitiaron Constantinopla. Tras estos sucesos, los escritores bizantinos no hablan de los búlgaros en treinta años. Durante el reinado de León III, los búlgaros consiguieron mantener la paz con el Imperio.
Bajo Constantino V las relaciones búlgarobizantinas fueron más tirantes. Con ayuda de sirios y armenios llevados desde la frontera oriental a Tracia, el emperador construyó una serie de fortificaciones a lo largo de la frontera búlgara. El embajador búlgaro en Constantinopla fue tratado con cierta altanería por Constantino. Como consecuencia de estos hechos, los búlgaros emprendieron las hostilidades. Constantino dirigió contra ellos ocho o nueve campañas por mar y tierra, proponiéndose el aniquilamiento del reino búlgaro. Las expediciones tuvieron resultados diversos, pero Constantino, al cabo, no alcanzó su fin. No obstante, ciertos historiadores llaman a Constantino “el primer matador de búlgaros” (Bulgaroctonos) a causa de su enérgica lucha y de las fortalezas que construyó contra los búlgaros.
Las discordias dinásticas búlgaras concluyeron a finales del siglo VIII la vez que se atenuaba el antagonismo eslavo—búlgaro. Así comenzaba la formación de la Bulgaria del siglo IX, eslavizada y convertida en un Estado pujante y que albergaba muy claros proyectos ofensivos contra Bizancio. Esta política ofensiva de los búlgaros se manifestó muy nítidamente desde fines del siglo VIII, bajo el reinado de Constantino VI y de la madre Irene. Bizancio, entonces, tras amargos reveses militares, hubo de pagar tributo a los búlgaros.
Al hablar de las pugnas entre Bizancio y Bulgaria en el siglo VIII, no debemos olvidar que las fuerzas búlgaras comprendían también a los eslavos incluidos en el reino búlgaro. Por otra parte, la ocupación de la península balcánica por los eslavos continuó en el decurso del siglo VIII. Un peregrino occidental que se dirigía a los Santos Lugares, en tiempos de León III, visitó la ciudad peloponesa de Monembasia (Malvasia) y escribía que estaba situada en tierra eslava. Menciónase la presencia de eslavos en Dyrrachium y en Atenas en el siglo VIII. Las siguientes líneas de Constantino Porfirogénito (De Thematibus), se refieren igualmente a la época de Constantino V: “Todo el Peloponeso —dice— se convirtió en eslavizado y bárbaro después que la peste se hubo extendido por todo el Universo”. El autor alude a la terrible epidemia de 740—747, que, transmitida de Italia, asoló en especial Constantinopla y el sur de Grecia. Para repoblar la capital una vez extinguida aquella plaga, Constantino hizo acudir a Constantinopla hombres de diversas provincias. Según juicio de la misma población, el Peloponeso quedó eslavizado desde mediados del siglo VIII. Al mismo período debe hacerse remontar la creación de nuevas colonias en Grecia, en el lugar de las ciudades o pueblos cuya población había sido diezmada por la peste o llevada a la capital para repoblar ésta. Según Teófanes, a fines del siglo VIII Irene envió una expedición especial “contra las tribus eslavas” a Grecia, Tesalónica y al Peloponeso. Más adelante, aquellos eslavos de Grecia participaron de modo activo en la conjura contra Irene. Estos hechos muestran sin sombra de duda que en el siglo VIII los eslavos no sólo estaban definitiva y sólidamente instalados en la península de los Balcanes, incluso toda Grecia, sino que hasta intervenían en la vida política del Imperio. En el siglo IX eslavos y búlgaros habían de ser los más serios enemigos del Imperio de Bizancio.
León III no fue sólo un jefe de talento y un defensor enérgico del Imperio contra el enemigo exterior, sino también un legislador avisado y prudente. Desde el tiempo de Justiniano el Grande, en el siglo VI, los textos latinos de Código, Digesto e Instituciones, eran poco o mal comprendidos en la mayoría de las provincias. En numerosos distritos, sobre todo en Oriente, se seguían antiguas costumbres locales con preferencia a las disposiciones oficiales, como 1a demuestra claramente la popularidad de la colección legislativa siria del siglo VII. Las Novelas publicadas en griego sólo concernían a la legislación corriente, por así decirlo. Sin embargo, en el siglo VII, elImperio, al haber perdido poco a poco toda Siria, Palestina, Egipto, África del Norte, y, en el septentrión, la parte norteña de la península de los Balcanes, iba volviéndose cada vez más “griego” en idioma. Era, pues, menester publicar, para uso general y ordinario, un Digesto legislativo en griego, y un compendio que reflejase todos los cambios que habían afectado la vida desde la época de Justiniano I.
León III comprendió muy bien la necesidad de tal Código y confió su ejecución a un grupo cuyos miembros fueron escogidos por él. El resultado con los trabajos de semejante comisión fue un Código denominado Écloga y promulgado “en nombre de los sabios y píos emperadores León y Constantino Respecto a la fecha exacta de la publicación de este Código, mientras ciertos eruditos occidentales del siglo XIX la sitúan a fines del reinado de León III (739—74), el bizantinista ruso V. G. Vasilievski tiende a hacerla remontar principios del remado de León (hacia el 726). Hoy, losespecialistas más recientes fijan, con razón, la fecha de publicación de la Écloga en marzo del 726. No obstante, hace poco ha sido puesto en duda que ese Código apareciera de tiempos de León III y Constantino V [4] .
El título mismo de Écloga (que significa “trozos escogidos”, “extractos”), indica sus fuentes. Se definía así: “Selección abreviada de leyes ordenada por León y Constantino, los sabios y píos emperadores, según las Instituciones, el Digesto, el Código, las Novelas del gran Justiniano y corregida con intenciones de más amplia humanidad”, según la traducción adoptada por otros, “con intención de mejora”. En la introducciónde la Écloga se dice claramente que los decretos dados por los emperadores precedentes están dispersos en obras diversas y que su significado, difícilmente comprensible para algunos, es incomprensible del todo para otros, en especial para los que no viven en la ciudad imperial “protegida de Dios”. Por “obras diversas” debemos entender las traducciones griegas y los numerosos comentarios de los compendios legislativos de Justiniano que se empleaban en la práctica y que sustituían con frecuencia a los originales latinos. Sólo muy poca gente podía entender las traducciones y comentarios griegos. La abundancia de obras, las variaciones y consideraciones que se hallaban en ellas ponían la mayor confusión en la legislación civil del Imperio bizantino. León III, dándose clara cuenta de la situación, se aplicó a remediarla. Los principios de la Écloga, proclamados en su introducción, rebosan ideas de justicia y derecho. Proclámase allí que los jueces deben “refrenar en sí todas las pasiones humanas y tomar decisiones de verdadera justicia, resultantes de un razonamiento claro. No deben despreciar al necesitado ni dejar impune al poderoso que incurre en culpa... Deben abstenerse de recibir regalos”. Todos los funcionarios judiciales han de recibir salarios determinados de la “piadosa tesorería” imperial, de suerte que “no perciban nada de nadie que pueda recaer bajo su jurisdicción, a fin de que la predicción del profeta: “Y venden la justicia por dinero” (Salmos, 2, 6) no se cumpla, y no seámos visitados por la cólera de Dios por haber transgredido sus mandamientos”.
La Écloga se subdivide en dieciocho títulos y atiende sobre lodo al derecho civil y, en medida muy restringida, al criminal. Trata, pues, del matrimonio, de los esponsales, de dotes y del estado de viudez, de testamentos, de la tutela, de la administración y mantenimiento de los esclavos, de los testimonios, de las ventas, compras, rentas, etc. Sólo un título contiene elementos de derecho criminal sobre los castigos.
La Écloga difería en muchos aspectos del Código de Justiniano e incluso lo contradecía. Aceptaba, en efecto, las decisiones de la ley consuetudinaria y las prácticas judiciales que existían a la par de la obra legislativa oficial de Justiniano. Comparándola con esta última representa un progreso considerable en ciertos aspectos. En las leyes matrimoniales, por ejemplo, se nota la introducción de conceptos cristianos más elevados. Cierto que el capítulo de castigos abunda en parágrafos que prescriben mutilaciones corporales, como cortes de mano, lengua o nariz, a vaciado de los ojos de los culpables de delitos muy graves. Pero ese hecho no nos autoriza a considerar la Écloga como una ley bárbara, porque en la mayoría de los casos tales castigos están destinados a sustituir la pena de muerte. De aquí que los emperadores isáuricos tuvieran el derecho de proclamar que su obra legislativa era “de más amplia humanidad, que lasde sus predecesores”. No olvidemos que la Écloga prescribía castigo iguales para todos, ya fuesen poderosos o humildes, ricos o pobres, mientras la ley justiniana instituía con frecuencia penas diversas, según la condición de delincuente, no fijando, además,verdaderas bases de discriminación. En su aspecto exterior la Écloga se distingue por la gran frecuencia con que se remite a las Escrituras a efectos de confirmar diversos principios jurídicos. “El espíritu del Derecho romano se transformaba en la atmósfera religiosa del cristianismo”. En el siglo VIII y durante la mayor parte del IX, hasta eladvenimiento de la dinastía macedonia (867), la Écloga sirvió de manual de enseñanza del derecho, sustituyendo así las Instituciones de Justiniano. Conocemos, por ejemplo, una Écloga privada (Ecloga privata) y una Écloga privada aumentada (Ecloga privata aucta) [5] . Al producirse un cambio en favor de la legislación justiniana, tras la exaltación de Basilio el Macedonio al trono, las actas legislativas de los emperadores isáuricos fueron calificadas oficialmente de absurdo (literalmente, de “palabras necias”), en contradicción con el dogma divino ruinosas para las leyes saludables [6] . No obstante, los propios emperadores de la dinastía macedonia tomaron del compendio legislativo condenado numerosos capítulos para su legislación propia e incluso en su época serevisó la Écloga.
Es interesante advertir que la Écloga de León y Constantino formó luego parte de los compendios jurídicos de la Iglesia ortodoxa, sobre todo en Rusia.
Se la encuentra en el escrito ruso Kormtchaia Kniga, es decir, “El Libro de las Reglas o Código Administrativo”, bajo el título Los capítulos del muy sabio zar León y de Constantino, los dos fieles emperadores [7] . Existen otras huellas del influjo de laÉcloga sobre los monumentos de la antigua legislación eslava.
Desde luego, la Écloga no ha de considerarse una “innovación extremamente audaz”, como declara el bizantinista griego Paparrigópulos, admirador entusiasta de los emperadores isaurios. Según él, “hoy, que los principios expresados por los autores dela Écloga son aceptados por la legislación civil de las naciones más evolucionadas, ha llegado al final de la hora de conceder alguna estima al genio de los hombres que, hace mil años, lucharon para aplicar doctrinas que sólo en nuestros días han triunfado”. (2) Sobra decir que no se debe ver en estas declaraciones sino el entusiasmo de un patriota heleno. Pero ha de reconocerse la considerable importancia de aquel Código, que abrió un nuevo período en la historia del derecho grecorromano o bizantino, período que duró hasta la exaltación de la dinastía macedonia al poder, en cuya fecha se restableció la legislación justiniana, más no sin numerosas e importantes modificaciones. La Écloga de León III sirvió para satisfacer las exigencias de la realidad viva de aquel período.
La ciencia atribuye otros tres monumentos legislativos a la obra de la dinastía isáuríca y a veces más especialmente a León III. Son el Código rural, o Derecho del agricultor (Ley agraria, dicen algunos), el Código militar y el Código náutico rodense
Las diversas versiones de estos tres documentos siguen en general la Écloga u otras obras jurídicas en los numerosos manuscritos que de ellas nos han llegado y no nos dan informe alguno sobre los nombres de sus autores ni fecha de su publicación. Así, para fijar fecha a esos documentos, deben examinarse, apreciar su fondo y forma y compararlos con otros análogos.
El Código rural es, entre los tres, el que más ha llamado la atención. El especialista más eminente en Derecho bizantino, el sabio alemán Zacarías von Lingenthal, ha modificado su opinión en esa materia. Al principio juzgaba el Código obra de una persona privada y lo fechaba en el siglo VII o IX. Lo juzgaba hecho, en parte, según la legislación de Justiniano, y, en parte, según los usos locales. Más tarde ha llegado a la conclusión de que el Código rural estaba integrado en la obra legislativa de los emperadores León y Constantino y se publicó a la vez que la Écloga o poco después.
A la vez Zacarías von Lingenthal, como los historiadores rusos V. G. Vasilievski y E. I. Uspenski, señalan el sentido de ese documento que, como reglamento de policía rural, tiene por objeto los delitos cometidos en la agricultura. Trata, en efecto, de los diversos modos de robos en los bosques, campos y huertos, de violaciones de propiedades y negligencias de los pastores, de daños hechos a las bestias y daños causados por el ganado. Según el historiador ruso B. A. Panchenko, que ha estudiado especialmente este documento, el Código rural era un suplemento al derecho consuetudinario practicado entre los campesinos y se consagraba a tal derecho, tan necesario al agro y que no había encontrado aún expresión en otras disposiciones legislativas.
Como indicamos más arriba, esa obra no contiene indicación alguna sobre la fecha en que se compuso. Pero, apoyándose en ciertas deducciones, algunos historiadores la sitúan en la época de León III. Aun así debe reconocerse que el problema está lejos de haber alcanzado una solución definitiva. Como observa Panchenko, aunque la necesidad de tal legislación pudo sentirse en el siglo VIII, el carácter de la compilación, grosero y cándidamente empírico, está más próximo por su espíritu a la época de lamayor decadencia de la civilización bizantina que a la de la elaboración de la Écloga. Claro que tampoco este argumento resuelve el problema. Cuanto se puede decir es que no está demostrado que el Código rural se publicara en el siglo VIII y que el problema de su fecha exacta sigue sin resolver. Por nuestra parte opinamos que es muy posible que se descubra que su publicación se remonta a un período más antiguo. Recientemente, C. Vernadski ha emitido la hipótesis de que el Código rural fue compuesto bajo Justiniano II a fines del siglo VII [8] , pero esta teoría no ha sido aceptada.
El Código rural ha atraído la atención de los sabios por otra razón: la de que no se encuentra en él alusión alguna al colonaje o a la servidumbre que reinaban en el Bajo Imperio romano. Contiene, empero, como han observado los historiadores supradichos, indicaciones nuevas sobre la propiedad rural personal, sobre los terrenos comunales, sobre la abolición de la prestación personal forzada y sobre la introducción de la “libertad de movimientos”. En general, los historiadores enlazan esos fenómenos con la expansión de las colonias eslavas en el Imperio. Probablemente los eslavos importaron a Bizancio sus particulares condiciones de vida, en especial el comunalismo. La tesis de Panchenko, según la cual esa legislación no alude a los terrenos comunales, ha sido, con razón, rechazada por los historiadores contemporáneos.
La teoría de que los eslavos ejercieron excepcional influencia en las costumbres interiores del Imperio bizantino —teoría elevada a la altura de dogma por Zacarías von Lingenthal y sostenida por sabios rusos eminentes en el campo de la historia bizantina— se ha afirmado sólidamente en la literatura histórica. Además de sobre los relatos generales concernientes a las colonias eslavas del Imperio, los sabios que juzgan así han fundado su teoría sobre el concepto de que la pequeña propiedad rural libre y de la “comunidad” campesina era ajena al Derecho romano. Debía, pues, haber sido introducida en la vida bizantina por algún elemento ajeno, concretamente el eslavo.
Ha de mencionarse aquí que, hace poco, V. N. Zlatarski, sosteniendo la teoría de la influencia eslava en el Código rural, y atribuyendo este último a León III, trató de explicar esa influencia por la política del emperador respecto a los búlgaros. Al introducir en su legislación los principios de los usos y costumbres eslavos, contaba León —según el sabio dicho— apartar de la influencia búlgara a los eslavos que estaban bajo su dominio, impidiéndoles concluir con los búlgaros una alianza, muy seductora entonces ante los ojos de los eslavos. Sin embargo, un estudio más profundo de los códigos de Teodosio V y de Justiniano, de las Novelas de este último, y, muy recientemente, de los papiros y de las vidas de santos, ha probado de manera bastante clara que hubo en el Imperio romano aldeas habitadas por campesinos libres, tenedores de tierras, y, en una época muy antigua, bienes rurales comunales. No se puede, pues, obtener de ese Código rural conclusión general alguna, pudiendo sólo servir para testimoniar, con otros elementos, que en el Imperio bizantino existió, al lado de la servidumbre, una pequeña propiedad campesina y comunidades rurales libres.
F. I. Uspenski exagera la importancia del Código rural, al atribuirle un alcance general, diciendo que se extendía a todo el Imperio y que “debe servir de punto de partida a la historia del desarrollo económico de Oriente” en lo concerniente a la clase de aldeanos libres y de pequeños propietarios rurales. Pero este juicio podría llevar al lector a creer que la servidumbre estaba completamente abolida en el siglo VII o el VIII lo que no era así”.
C. Diehl, que en su Historia del Imperio bizantino considera el Código rural como obra de León III y de su hijo, va también algo lejos cuando declara: “El Código rural se esforzaba en restringir el alarmante desarrollo de los grandes dominios, en detener la desaparición de la pequeña propiedad libre, en asegurar a los campesinos una condición mejor”.
El más reciente editor, traductor e investigador del Código rural, es decir, el sabio inglés W. Ashburner, que ignora el ruso y los resultados de los estudios de la ciencia rusa, tiende a admitir la opinión de Zacarías von Lingenthal. Según él, la Ley agraria forma parte de la legislación de los iconoclastas, y parécele igualmente claro que es, en mayor escala, una compilación de las costumbres existentes. Pero, a la vez, Ashburner difiere de Lingenthal en tres puntos importantes:
1) el origen de la ley;
2) la situación legal de la clase agrícola bajo esa ley;
3) el carácter económico de las formas detenencia de tierras de que se trata. El parentesco del Código rural con la Écloga no es tan cercano como Lingenthal quisiera. Ashburner difiere también de aquel sabio en que, según él, en la sociedad descrita por el Código rural, el campesino podía trasladarse libremente de posesión a posesión. Pero reconoce, con Zacarías von Lingenthal, que el “estilo autoritario” de la ley estudiada sugiere que no se debe a la pluma de un particular y es obra de una autoridad legislativa [9] .
Hoy, a nuestro juicio, se debe abandonar por completo la teoría de la influencia eslava sobre la formación de la nueva estructura social del Imperio, y dirigir en especial la atención al estudio del problema de la pequeña propiedad libre y de la comunidad aldeana en el período del Alto y Bajo Imperio romano, utilizando para ello los materiales nuevos y los documentos antiguos insuficientemente analizados desde ese punto de vista. En cuanto a precisar la fecha del Código rural, es cosa que faltaba aún por resolver.
Recientemente se ha tratado de comparar el Código rural con los textos de los papiros bizantinos, pero no pueden sacarse conclusiones de meras semejanzas fraseológicas, a veces sorprendentes, mas que no prueban, con frase de Ashburner, lo que no necesita ser probado: a saber, que los legistas de una misma época se sirven de las mismas frases.
El Código rural tiene mucho interés desde el punto de vista de los estudios eslavos. Una antigua traducción rusa de ese Código es uno de los elementos de la compilación, preciosa por su contenido y valor históricos, que lleva por título Compendio de leyes por las que deben regir todos los asuntos los príncipes ortodoxos. El célebre canonista ruso A. S. Pavlov, ha publicado una edición crítica de esa versión rusa del Código rural. Éste se halla también en las antiguas colecciones jurídicas servias.
En los manuscritos de obras legislativas bizantinas hallamos frecuentemente el Código náutico y el Código militar a continuación de la Écloga u otro documento legislativo. Las dos leyes carecen de fecha, pero en virtud de ciertas deducciones algunos historiadores las atribuyen a la dinastía isáurica.
El Código náutico sobre las leyes navales, o, como lo llaman a veces los manuscritos, el Código marítimo rodense, en un estatuto reglamentaba todo lo relacionado con la navegación mercante. Algunos historiadores suponen que ese Código fue extraído del segundo capítulo del libro decimocuarto del Digesto, que contiene una cláusula, tomada al Derecho griego, sobre “Derecho rodense de lanzamiento de las mercaderías al mar”, que trata de la repartición pérdidas entre el propietario del barco y los propietarios del cargamento cuando ha de arrojarse por la borda parte de las mercaderías para salvar la nave. Hoy la ciencia histórica se niega a admitir la dependencia del Código naútico respecto al Digesto, así como su conexión con la Écloga, aunque ésta haya sido certificada por Zacarías von Lingenthal.
Ese Código, tal como nos ha llegado, es el resultado de una compilación de textos y materiales de la época y de naturaleza muy diferentes, la mayor parte, son derivados de costumbres locales. Según Ashburner, la tercera parte del Código náutico, tal como la poseemos, estaba, con toda evidencia, destinada a incorporarse al texto legal en el libro LIII de las Basílicas [10] . De esto concluye que debió de ejecutarse en segunda edición del Código náutico, a cargo inmediato de los mismos hombres que elaboraron las Basílicas, o al menos bajo su dirección. Los textos, que han llegado constituyen, pues, según Ashburner, la edición segunda.
El estilo del Código marítimo es esencialmente el de un documento oficial pero su fondo difiere mucho del propio del Digesto de Justiniano, llevando clara señal de influencias posteriores. Por ejemplo, el Código fija la parte responsabilidad del propietario del navío, del negociante que lo fleta, y de los pasajeros, tanto en la seguridad como en el cargamento del buque. En lo referente a la previsión de temporales y ataques de piratas, todos debían entregar una suma destina a servir de seguro. Esta obligación, como otros reglamentos particulares, restaban del hecho de que en el siglo VII, época de Heraclio, el comercio y navegación marítimos corrían muy grandes riesgos debido a las incursiones navieras de los piratas árabes y eslavos. La piratería se había convertido en un fenómeno tan ordinario, que armadores y negociantes no podían efectuar sus empresas comerciales sino compartiendo los riesgos inherentes a ellas.
Sólo por aproximación cabe determinar la época en que se compuso el Código náutico. Probablemente lo elaboraron personas particulares entre años 600 y 800 d.C. En todo caso no hay razón alguna para atribuir origen común a los Códigos marítimo, militar y rural.
A pesar que la dinastía macedónica volvió a las reglas del Derecho justiniano, el Código marítimo siguió rigiendo e influyó sobre varios de los iuris bizantinos de los siglos X XI y XIII. Esta supervivencia indica que el comercio naval de Bizancio no se engrandeció después de los siglos VII y VIII. Los italianos—que más adelante monopolizaron el comercio del Mediterráneo— tenían sus estatutos marítimos propios. Al declinar el comercio naval de Bizancio, dejó de estar en vigor el Código marítimo. Los documentos jurídicos de los siglos XIII y XIV no lo mencionan.
El Código militar, o “Derecho del soldado” (leges militares) está formado deextractos de paráfrasis griegas del Digesto y del Código de Justiniano, de la Écloga y de varias otras fuentes posteriores, sobreañadidas éstas al texto primitivo. Contiene una enumeración de los castigos a infligir a los soldados culpables de motín, desobediencia, deserción, adulterio, etc. Los castigos previstos son de un rigor extremo. Si es cierto, como opinan ciertos sabios, que ese Código data de la época de la dinastía isáurica, tendríamos en él una prueba excelente de la rigurosa disciplina introducida en el ejército por León III; pero la insuficiencia de informes que poseemos sobre ese Código militar nos impide atribuirlo a dicho emperador.
Para concluir, diremos que los tres códigos que acabamos de estudiar —el rural, el náutico, el militar—, no pueden ser mirados, con certeza, corno obra de los emperadores isáuricos.
La mayoría de los historiadores, empezando por Finlay, atribuyen la organización de los themas, surgida en realidad en los siglos VII al VIII, y a veces, de manera más particular, al reinado de León III. Finlay escribe: “León estableció una nueva organización geográfica, la de los themas, que duró tanto como el gobierno bizantino”. Gelzer es también muy categórico sobre este punto. Según él, “León eliminó en definitiva los funcionarios civiles, haciendo pasar el poder, en las provincias, a manos de representantes militares”. A juicio de F. I. Uspenski, “sólo en tiempos de León el Isáurico se produjo un cambio radical en el sentido de un refuerzo de los poderes de los estrategas de los themas, a expensas de la administración civil de las provincias”. Pero subsiste el hecho de que no poseemos informe alguno sobre la obra de León en la esfera de la organización provincial.
Tenemos una lista de themas —con algunas indicaciones sobre su organización—, debida a un geógrafo árabe del siglo IX, Ibn Khurdadhbah, a quien ya mencionamos anteriormente. Comparando esas indicaciones con las que poseemos acerca de los themas en el siglo VII, los historiadores han llegado a ciertas conclusiones relativas a las modificaciones aportadas a la organización themística en la época de la dinastía isáurica. Así, vemos que en Asia Menor se añaden a los ya enumerados themas del siglo VII dos themas nuevos, creados en el VIII, probablemente en la época de León III: el tema Trácico, en la parte occidental del Asia Menor, comprendiendo distritos occidentales del vasto tema Anatólico, llamado Trácico por las guarniciones europeas llevadas de Tracia; y el Bucelárico, al este del amplio tema del Opsikion, y llamado Bucelárico por los bucelarios, esto es tropas romanas y extranjeras empleadas por el Imperio o por personas privadas. Constantino Porfirogénito dice que los bucelarios seguían al ejército y “proveían a su abastecimiento (De thematibus). Así, a primeros del siglo IX, Asia Menor tenía cinco themas, que las fuentes de aquel período (Teófanes, en 803) llaman “los cinco themas orientales”. Según toda apariencia, en Europa sólo había cuatro provincias a fines del siglo VIII Tracia, Macedonía, la Hélade y Sicilia. Pero si la cuestión del número de themas en el Asia Menor a principios del siglo IX puede considerarse resuelta, no nos cabría decir si las autoridades civiles habían sido entonces suprimidas del todo y sus funciones, en esa época precisa, transferidas a los gobernadores militares. El papel decisivo de León III en la organización de los themas no puede probarse, y por ahora pasa de ser una pura hipótesis.
La extensión y generalización del régimen de themas bajo la dinastía isaurica estuvieron íntimamente ligadas con los peligros exteriores e interiores que amenazaban el Imperio. La formación de nuevos themas mediante parcelación fragmentación de los inmensos territorios de los themas primitivos se debió a consideraciones políticas. León sabía por experiencia los peligros que entraña dejar un territorio demasiado extenso en manos de un gobernador militar potente, que podía sublevarse y aspirar al trono. Así, el peligro exterior exigía el refuerzo de un poder militar centralizado, sobre todo en las provincias amenazadas por los enemigos del Imperio —árabes, eslavos y búlgaros— y el peligro interior, hijo del exceso de potencia de los gobernadores militares, muy parecidos a vasallos más o menos independientes del poder central, requería la disminución de los territorios sometidos a su mando.
Deseando aumentar y regular los recursos hacendísticos del Imperio, en razón de sus múltiples y dispendiosas empresas, León III elevó la capitación en una tercera parte, y para ejecutar mejor esta medida mandó llevar un registro de todos los nacidos varones. El cronista Teófanes, hostil a los iconoclastas, compara esta medida de León al modo que tuvo el Faraón egipcio de tratar a los israelitas. Hacia el fin de su reinado, León III impuso a todos los súbditos de su Imperio una contribución destinada a reconstruir las murallas de Constantinopla, arruinadas por frecuentes y violentos terremotos. Los trabajos de reconstrucción terminaron durante su reinado, según lo prueban varias inscripciones grabadas en las torres de los muros interiores de la capital, con el nombre de León y el de Constantino, hijo de aquél y su asociado al Imperio.
El estudio del movimiento iconoclasta presenta grandes dificultades a causa del estado actual de las fuentes. Todas las obras de iconoclastas, los decretos imperiales, las actas de los concilios iconoclastas de 753—54 y de 815, los tratados teológicos de los “destructores de imágenes”, fueron despedazadas al triunfar sus enemigos. No conocemos la literatura iconoclasta sino por fragmentos introducidos en las obras de los adoradores de imágenes, a fines de reputación. Así, el decreto del concilio iconoclasta de 753—54 ha sido conservado en las actas del séptimo concilio ecuménico, aunque acaso en forma incompleta. El decreto del concilio de 815 ha sido descubierto en uno de los tratados del patriarca Nicéforo y se hallan numerosos fragmentos de la literatura iconoclasta insertos en los tratados polémicos y teológicos de los adversarios del movimiento. Conviene notar en ese sentido, como particularmente interesantes, los tres famosos Tratados contra los que desprecian las santas imágenes, del célebre teólogo y compositor de himnos Juan Damasceno (o de Damasco), contemporáneo de los dos primeros emperadores iconoclastas. Además, todo lo complica el hecho de que, a fin de propagar sus ideas, los que intervenían en la querella iconoclasta recurrían a veces a elaborar escritos apócrifos.
No ha de olvidarse que las fuentes que nos han llegado sobre la iconoclastia están influidas por la hostilidad existente contra tal movimiento. En parte se ha debido a esa razón el que los sabios hayan emitido juicios tan divergentes sobre el período iconoclasta.
Los historiadores han estudiado en primer término la cuestión de los orígenes del movimiento contra las imágenes —bastante difícil de comprender en los siglos VIII y IX— y que se prolongó, con algunos intervalos, durante más de un siglo, teniendo graves consecuencias para el Imperio. Ciertos especialistas de este período han atribuido causas religiosas a la actitud de los emperadores iconoclastas. Otros estiman que las razones íntimas de su actitud fueron ante todo políticas. Según algunos, León III resolvió proscribir las imágenes esperando eliminar así uno de los principales obstáculos que separaban a los cristianos de los judíos y los musulmanes, los cuales desaprobaban los iconos. El emperador, a juicio de tales autores, habría confiado en que una unión religiosa más íntima con mahometanos y judíos facilitaría la sumisión de unos y otros al Imperio.
El historiador griego Paparrigópulos ha hecho un estudio muy audaz del período iconoclasta. Según él, es impropiedad aplicar el término de iconoclasta a aquella época, puesto que el término no define con plenitud el período. Opina Paparrigópulos que, a la vez que la reforma religiosa que condenó las imágenes, proscribió las reliquias, redujo el número de monasterios, y, sin embargo, dejó intactos los fundamentos dogmáticos de la religión cristiana y se produjo igualmente una reforma política y social. Los emperadores iconoclastas se propusieron arrebatar al clero la instrucción pública. Aquellos soberanos no obraron por motivos personales o dinásticos, sino tras maduras reflexiones y deliberaciones prolijas, y no sin antes examinar claramente las necesidades sociales y las exigencias de la opinión pública. Les sostenían lo mejor de la sociedad, la mayoría del alto clero y el ejército. El fracaso final de las reformas iconoclastas debe atribuirse a que muchas personas seguían devotamente adictas a la fe antigua, y por tanto, eran opuestas de corazón a los cambios operados por los emperadores iconoclastas. Esa parte de la nación se componía sobre todo de gente minúscula, de mujeres y de la multitud de los monjes. León III no pudo cambiar el ánimo del pueblo. Tales son, globalmente, las opiniones de Paparrigópulos sobre esa época.
El historiador griego se engaña, sin duda alguna, al considerar la obra reformadora de los emperadores del siglo VIII como una tentativa de revolución social, política y religiosa. Pero es el primer erudito que ha señalado la complejidad e importancia del período iconoclasta y por eso ha despertado de manera particular la atención de los otros historiadores sobre esa época.
Algunos (como Schwarzlose) estiman que la política iconoclasta de los emperadores del siglo VIII fue motivada por consideraciones a la vez religiosas y políticas, con acusado predominio de las últimas. Según ellos, León III, deseoso de ser único dueño y autócrata en todas las esferas, esperaba, proscribiendo el culto de las imágenes, liberar al pueblo de la fuerte influencia de la Iglesia, que empleaba el culto de las imágenes como poderoso medio de asegurarse la obediencia de los laicos. El ideal de León era reinar como señor absoluto sobre un pueblo unido en lo religioso. La vida religiosa del Imperio quedó, pues, reglamentada por la política de los emperadores iconoclastas: la iconoclastía debía contribuir a la realización de los ideales políticos de los soberanos “rodeados de la aureola de un celo reformador”.
Más recientemente, varios historiadores (por ejemplo el francés A. Lombard) han comenzado u ver en el iconoclasmo una reforma puramente religiosa destinada a contener “los progresos del paganismo renaciente” bajo la forma del culto abusivo de las imágenes, y a “restablecer el cristianismo en su pureza original”. A. Lombard estima que esa reforma religiosa se desarrolló a la vez que se producían ciertos cambios políticos, pero sin dejar de tener su historia propia.
El bizantinista francés L. Bréhier ha hecho notar especialmente que la iconoclastia implica dos cuestiones distintas y diferentes: la cuestión discutida de ordinario, o culto de las imágenes propiamente dicho, y el problema de la legalidad del arte religioso. En otras palabras, ¿estaba permitido o no recurrir al arte para pintar el mundo sobrenatural? ¿Tenía el artista el derecho de representar en sus obras a los santos, a la Virgen y a Jesucristo? De este modo el sabio francés plantea el problema de la influencia de la iconoclastía sobre el arte bizantino [11] .
Más recientemente aun, C. N. Uspenski ha dislocado el centro de gravedad del estudio de este período al poner en primer término la política desarrollada por el gobierno bizantino contra el creciente progreso de la propiedad territorial concentrada en manos de los monasterios. Según él, las medidas administrativas de León fueron dirigidas fundamental y esencialmente, y desde el principio mismo de la lucha, contra los monasterios, que hacia el siglo VIII habían llegado a ocupar una situación anormal en el Imperio. La política de León no se fundó esencialmente en consideraciones religiosas; pero los monjes perseguidos y los defensores de la feudalidad monástica encontraron más ventajoso trasladar la lucha al terreno teológico, para poder proclamar que la obra de los emperadores era atea y herética, desacreditar el movimiento y arruinar la confianza de las masas en su emperador. El verdadero carácter de aquel movimiento quedó así hábilmente enmascarado y sólo a costa de grandes esfuerzos se puede volver a encontrar”.
De cuanto precede resulta que el movimiento iconoclasta fue un fenómeno muy complejo, imposible todavía de esclarecer a causa del estado de las fuentes.
No carece de interés notar que los emperadores iconoclastas eran todos de origen oriental. León III y su dinastía eran isáuricos o acaso sirios; los restauradores de la íconoclastia en el siglo IX fueron el armenio León V y Miguel II que, como su hijo Teófilo, había nacido en la provincia de Frigia (Asia Menor Central). Y si consideramos quiénes fueron los restauradores del culto de las imágenes, observamos que:
1) por dos veces fue restablecido el culto de los iconos por mujeres: Irene y Teodora;
2) Irene era de origen griego y Teodora procedía de Paflagonia, provincia del Asia Menor sita en el litoral del mar Negro, cerca de Bitinia [12] y no lejos de la capital; es decir, que esta última emperatriz no era oriunda del centro de la península. El lugar de origen de los emperadores iconoclastas no puede ser considerado un factor accidental. El origen oriental de esos soberanos es uno de los elementos que permiten comprender mejor el papel que desempeñaron en el movimiento y el sentido de éste.
La oposición al culto de las imágenes en los siglos VIII y IX no era una tendencia nueva ni insólita en absoluto. Había, por lo contrario, sido preparada largamente. El arte cristiano, al representar el cuerpo humano en los mosaicos, frescos, esculturas o grabados había, desde hacía mucho, preocupado a mucha gente profundamente religiosa, a causa de la semejanza que aquello tenía con las prácticas del abandonado paganismo. Ya a principios del siglo IV, el concilio de Elvira (España) había decidido “que no debía haber cuadros (pinturas) en las iglesias, que los muros no debían tener imagen alguna de lo que era reverenciado y adorado” [13] .
En el siglo IV, al recibir el cristianismo un estatuto legal y convertirse después en religión de Estado, las iglesias empezaron a ornamentarse con imágenes. En el siglo IV y durante el V, el culto de las imágenes creció y desarrollóse en la Iglesia cristiana. Tal práctica seguía inquietando a muchos. Eusebio de Cesárea, historiador eclesiástico del siglo IV, declaraba que el culto de las imágenes de Jesucristo y de los apóstoles Pedro y Pablo era “una costumbre de gentiles” [14] . En una de sus epístolas, Epifanio de Chipre relata (siglo IV) que rasgó un velo (velum) eclesiástico adornado con “la imagen de Jesucristo o de uno de sus santos”, porque ello “humillaba a la Iglesia”.
En el siglo V, un obispo sirio pidió, antes de ser nombrado para aquel alto puesto, la supresión de las imágenes. En el siglo VI estalló en Antioquía una grave sublevación contra el culto de los iconos. En Edesa, los soldados, amotinándose, lapidaron una imagen milagrosa de Cristo. Conocemos algunos casos de destrucciones de iconos en el siglo VII. Es interesante, al propósito, citar la carta escrita a fines del siglo VI por el Papa Gregorio I el Grande al obispo de Massilia (Marsella), quien había ordenado quitar y destruir las imágenes de todas las iglesias. El Papa alaba al obispo por su celo al defender la idea de que nada creado por manos humanas debe ser adorado (nequia manufactum adoran posset). Pero le censura haber hecho destruir las imágenes, despojando así al pueblo analfabeto de la ocasión de instruirse históricamente, ya que “al menos habría podido leer, mirando los muros, lo que no sabe leer en los libros” [15] . En otra carta al mismo obispo, el Papa escribía: “Nos te alabamos haber prohibido adorar las imágenes; empero te censuramos haberlas destruido... Adorar un cuadro es una cosa (picturam adorate), aprender lo que se debe adorar por intermedio del cuadro, es otra” [16] . Así que, según la opinión de Gregorio el Grande, compartida por muchas personas, las imágenes servían para instrucción del pueblo.
Las tendencias iconoclastas de las provincias orientales estaban algo influidas por los judíos. La religión de éstos prohibía el culto de las imágenes y, por lo tanto, los secuaces del judaísmo se mostraban violentamente hostiles a toda adoración de tal género. Desde la segunda mitad del siglo VII ejercieron influjo análogo los musulmanes, quienes, siguiendo las palabras del Corán, “Las imágenes son una abominación satánica” (V, 92), consideraban el culto de los santos como una forma de idolatría. Los historiadores citan con frecuencia el relato de que Yezid II, califa árabe, dio en su Estado un decreto, tres años antes al de León, prescribiendo la destrucción de las imágenes en las iglesias de sus súbditos cristianos. La autenticidad de esta narración es puesta hoy en duda por varios historiadores, aunque habrá de reconocerse que son de un gran fundamento o antecedente a las prohibiciones posteriores. En todo caso, la influencia del Islam en las provincias orientales debe ser tomada en cuenta siempre que se estudie el movimiento iconoclasta. Teófanes califica incluso al emperador León de cabeza de sarraceno [17] , pero no poseemos muchas pruebas que nos permitan afirmar que León fuera directamente influido por el Islam. En fin, una de las sectas orientales más difundidas en la Edad Media, los paulicianos, que vivían en la parte oriental del centro de Asia Menor, eran muy opuestos al culto de las imágenes [18] . En resumen, en la época de León III existía un fuerte movimiento iconoclasta en las provincias bizantinas orientales del Asia Menor. El historiador religioso ruso Lebediev escribe al respecto: “Se puede afirmar positivamente que el número de iconoclastas antes del iconoclasmo (siglo VIII) era considerable, así como que constituían una fuerza que la misma Iglesia tenía buenas razones para temer”. Uno de los principales focos de iconoclastia era Frigia, provincia central del Asia Menor.
No obstante, el culto de las imágenes se había extendido mucho y era muy sólido. Imágenes de Jesucristo, de la Santa Virgen y de los diversos santos, cuadros representando escenas del Antiguo y Nuevo Testamento, ornaban en profusión las iglesias cristianas. Las imágenes colocadas en los diversos templos de aquella época eran ya de mosaico, ya pintadas al fresco, ya trabajadas en marfil, madera o bronce. De modo que había imágenes pintadas e imágenes esculpidas, además de lo cual existían muchas pinturas en colores ilustrando los manuscritos (miniaturas). Se veneraban en particular los iconos que no se creían hechos por manos humanas y a los que los fieles atribuían poderes milagrosos. Las imágenes desempeñaban también papel en la vida familiar; a veces se elegían iconos como padrinos o madrinas de los niños. Imágenes bordadas figurando santos adornaban los vestidos de ceremonia de los miembros de la aristocracia bizantina. Nos consta, por ejemplo, que la toga de un senador estaba decorada con imágenes que reproducían toda la vida de Cristo.
Los adoradores de las imágenes concebían a veces su adoración de manera demasiado literal, dejando de adorar la persona o idea simbolizada por la imagen para adorar la imagen en sí o la materia de que se componía. Ésta era fuerte tentación para muchos fieles, la adoración de objetos inanimados ofrecía gran parentesco con las prácticas del paganismo. A la vez se veía “aumentar en la capital la cantidad de monasterios, comunidades monásticas y conventos de toda especie, que se multiplicaban con la mayor rapidez y alcanzaron proporciones inauditas hacia fines del siglo VIII (acaso sería más exacto decir hacia el siglo VIII)”. Según I. D. Andreiev, el número de monjes durante la época iconoclasta puede calcularse en cien mil sin la menor exageración. “Si se considera —dice ese historiador— que la Rusia de hoy (el libro es de 1907), con sus ciento veinte millones de habitantes esparcidos en un vasto territorio, no tiene más que unos cuarenta mil monjes y religiosas, se imaginará fácilmente cuál debía ser la densidad de la red de monasterios que cubría el territorio relativamente poco extenso del Imperio bizantino”.
Así, mientras por una parte el culto de imágenes y reliquias —ordinarias o milagrosas— inquietaba a hombres que se habían desarrollado bajo las influencias dominantes en aquel período, de otra parte el auge excesivo del monaquismo y el rápido crecimiento del número de monasterios chocaban con los intereses seculares del Imperio bizantino. Muchos jóvenes vigorosos abrazaban la vida religiosa y “esa multitud de hombres que ingresaban en el claustro quitaban trabajadores a la agricultura, soldados al ejército, funcionarios a los servicios públicos”. El monaquismo y los monasterios servían a menudo de refugio a los que deseaban escapar a las obligaciones impuestas por el Estado. Muchos monjes no abandonaban la vida secular por proponerse seguir sinceramente ideales más elevados. Procede, pues, distinguir dos aspectos en la vida eclesiástica del siglo VIII: el religioso y el secular.
Los emperadores iconoclastas, oriundos de Oriente, conocían bien los conceptos religiosos reinantes en las provincias orientales. Habían sido educados en tales conceptos y hécholos íntimamente suyos. Al llegar al trono los llevaron a la capital, situándolos en la base de su política religiosa. Aquellos emperadores no eran infieles ni racionalistas, como se pretende comúnmente. Por lo contrario, eran hombres de fe profunda, sinceros y convencidos, que deseaban reformar la religión, purificándola de los errores que, a su juicio, la habían invadido y desviado de su curso original. Según ellos, el culto de las imágenes y la adoración de reliquias eran supervivencias del paganismo y debían abolirse a toda costa para devolver a la fe cristiana su prístina pureza. “Yo soy emperador y sacerdote”, escribía León III al Papa Gregorio II. Partiendo de tal principio, León III consideraba derecho suyo dar fuerza de ley a sus propias concepciones religiosas e imponerlas a todos sus súbditos. Era el mismo cesaropapismo ya manifestado de modo particular bajo Justiniano I. Éste había visto en sí mismo la única fuente de autoridad temporal y espiritual y León fue un representante convencido de esta tendencia política.
Los nueve primeros años del reinado de León se invirtieron en rechazar a los enemigos exteriores y afirmar el trono, no señalándose por medida alguna relativa a las imágenes. La actividad eclesiástica del emperador se limitó a una sola medida: exigir de los judíos y de la secta oriental de los montañistas que se bautizasen.
Sólo el 726, año décimo de su reinado, el emperador, con expresión del cronista Teófanes, “empezó a hablar de la destrucción de los santos iconos, honrados por todos”. La mayoría de los historiadores contemporáneos creen que el primer edicto contra las imágenes se promulgó el 726, o quizá el 725. Por desgracia el texto de ese decreto nos es desconocido. A poco de la publicación del edicto, León ordenó destruir la veneradísima estatua de Cristo situada sobre una de las puertas de la magnífica entrada del palacio imperial. La destrucción de aquella imagen suscitó un motín en el que intervinieron sobre todo mujeres. El funcionario imperial enviado a destrozar la imagen fue muerto, más el emperador le vengó castigando con dureza a cuantos habían defendido la estatua. Esas víctimas fueron los primeros mártires de la disputa iconoclasta.
La hostilidad de León contra el culto de las imágenes aumentó y se hizo vivísima. El Papa Gregorio II y el patriarca de Constantinopla, Germán, se manifestaron absolutamente desfavorables a la política del emperador. En Grecia y en las islas del Egeo estalló una revuelta en pro del culto de las imágenes, siendo reprimida por el ejército de León. De todos modos la población reaccionaba con tal violencia que el emperador no pudo adoptar desde luego medidas decisivas.
En 730 convocó una especie de concilio donde se promulgó un nuevo edicto contra las imágenes sacras. Es muy probable, empero, que ese concilio se limitase a confirmar la vigencia del edicto de 725 ó 726. Germán se negó a firmar el decreto. Fue depuesto y obligado a retirarse a sus tierras, donde pasó en ocupaciones pacíficas sus últimos años.
La sede patriarcal fue concedida a Anastasio, quien accedió a firmar el edicto. De este modo el decreto contra las imágenes no sólo iba promulgado por el emperador, sino refrendado por la Iglesia, ya que llevaba la firma del patriarca, extremo de gran importancia para León [19] .
Acerca del período siguiente a la promulgación de este edicto —los once últimos años del reinado de León— nada dicen las fuentes sobre la persecución iconoclasta. Sin duda no hubo casos de violencia. Sea como fuere, no cabe hablar de persecución sistemática de las imágenes bajo León III. A lo más pueden suponerse casos aislados de destrucciones públicas de imágenes. Según el historiador D. Andreiev, “en la época de León III hubo más bien una preparación a la persecución de las imágenes y de sus adoradores que una persecución real”.
A juicio de algunos, el movimiento iconoclasta del siglo VIII no empezó por la destrucción de las imágenes, sino por la orden de suspenderlas más altas para sustraerlas a la adoración de los fieles, teoría que debe rechazarse, porque la mayoría de las imágenes en las iglesias bizantinas eran frescos o mosaicos y, en consecuencia no podían ser trasladadas o apartadas de los muros de los templos.
Se halla un eco —y un eco hostil— de la política iconoclasta de León en los tres famosos tratados Contra los que desprecian las imágenes, de Juan Damasceno, quien vivió, en tiempos del primer emperador iconoclasta, dentro de las fronteras del califato árabe. Según toda verosimilitud, dos de esos tratados se escribieron en la época de León. La fecha del tercero no cabe determinarla con precisión rigurosa.
Ya mencionamos la oposición del Papa Gregorio II a la política iconoclasta de León
III. El sucesor de aquel Papa, Gregorio III, convocó un concilio en Roma y anatematizó a los enemigos de las imágenes (731). A raíz de estos acontecimientos, la Italia central se desgajó del Imperio bizantino y se volvió por completo al lado del Papa y de Occidente. La Italia meridional siguió bajo la dominación bizantina.
La disputa iconoclasta tuvo un aspecto diverso en absoluto bajo Constantino V Coprónimo (741—775), hijo y sucesor de León III. Educado por su padre en principios muy rigurosos, Constantino emprendió una resuelta política iconoclasta y en los últimos años de su reinado inauguró la persecución contra monasterios y monjes. Ningún soberano iconoclasta ha sido tan difamado en los escritos de los partidarios de las imágenes como aquel “dragón de múltiples cabezas”, aquel “cruel perseguidor de la orden monástica”, aquel “Acab y Herodes”, etc [20] . Así resulta muy difícil formar sobre Constantino V una opinión imparcial. E. Stein le llama, no sin alguna exageración, el más audaz librepensador de toda la historia del Imperio romano de Oriente. Al llegar Constantino al trono, las provincias europeas del Imperio practicaban todavía devotamente el culto de las imágenes, mientras Asia Menor contaba entre sus habitantes muchos iconoclastas. Constantino pasó los dos primeros años de su reinado en lucha sin reposo contra su cuñado Artavasde, que capitaneaba un levantamiento en pro de las imágenes. Artavasde consiguió hacer que Constantino abandonase la capital y el pueblo le proclamó emperador [21] . Durante el año en que Artavasde gobernó el Imperio, el culto de las imágenes fue restablecido. Pero Constantino acabó deponiendo a su cuñado y recobrando el trono. Los rebeldes fueron castigados con dureza. El éxito de la sublevación había, sin embargo, probado a Constantino que era posible, en circunstancias favorables, restablecer sin grandes dificultades el culto de los iconos, y el emperador comprendió entonces la necesidad de llevar a la práctica ciertas medidas decisivas que afirmaran la iconoclastia en las masas populares.
Con esta intención, el emperador decidió reunir un concilio que pusiese los fundamentos de una política iconoclasta, sancionase ésta e hiciere así creer al pueblo que las medidas contra las imágenes eran legítimas. Más de 300 obispos asistieron alconcilio. Éste se congregó en el palacio de Hieria, en el litoral asiático del Bósforo, frente a Constantinopla, el año 754. Entre los asistentes no había patriarca alguno. La sede de Constantinopla estaba vacante; Antioquía, Alejandría y Jerusalén se habían negado a participar, y los legados del Papa se abstuvieron de concurrir a las sesiones. De este modo los adversarios del concilio tuvieron base para su tesis de que las decisiones de aquella reunión eran nulas. Pocos meses después de empezar las sesiones, el concilio se trasladó a Constantinopla, donde entre tanto se había designado nuevo patriarca.
El decreto del concilio de 754, que nos ha llegado a través de las actas del séptimo concilio ecuménico (quizá no íntegramente y tal vez con algunas modificaciones), condenaba en definitiva el culto de las imágenes y proclamaba lo que sigue: “Apoyándonos en las Santas Escrituras y los Padres, declaramos unánimemente en nombre de la Santa Trinidad que será rechazada, apartada y expulsada con imprecisiones de la Santa Iglesia toda imagen de cualquier materia que fuere hecha por el arte maldito de los pintores. Quien en lo futuro ose fabricar tal cosa, o venerarla, o exponerla en una iglesia, o en una casa privada, o poseerla en secreto, será, si es obispo, sacerdote o diácono, depuesto; si es monje o laico, anatematizado; y caerá bajo el golpe de las leyes del siglo como adversario de Dios y enemigo de las doctrinas transmitidas por los Padres”.
Este decreto no es importante sólo en el cuadro general del culto de las imágenes, sino notable también en el sentido de que prescribe la comparecencia de las personas culpables de adoración de imágenes, ante los tribunales imperiales, colocando así a los partidarios de las imágenes bajo la jurisdicción del poder temporal. Los miembros del séptimo concilio ecuménico explicaron más tarde por este hecho el rigor extraordinario que ciertos emperadores atestiguaron respecto a la Iglesia y a los monjes. Fue pronunciado anatema contra todo el que osara representar “la imagen divina del Verbo con colores materiales... y los retratos de los santos con colores materiales que no tienen valor alguno, porque esta noción es falsa y ha sido introducida por el Demonio”. El decreto termina con las palabras siguientes: “Al nuevo Constantino, al más piadoso, muchos años (de vida). A la muy pía y ortodoxa (emperatriz), muchos años (de vida). Habéis asentado sólidamente los dogmas de los seis sagrados concilios ecuménicos. Habéis abolido toda idolatría”. Pronuncióse anatema contra el patriarca Germán, “adorador del leño” y contra Mansur, es decir, Juan Damasceno, “prosélito del mahometismo, enemigo del Imperio, profesor de impiedad, corruptor de las Escrituras”.
El decreto del concilio, emitido por unanimidad, produjo en el pueblo viva impresión. Según el profesor Andreiev, “muchas gentes que estaban aun turbadas y sentían una vaga impresión del error de los iconoclastas, pudieron tranquilizarse; muchos que antes habían vacilado entre los dos movimientos pudieron desde entonces adoptar, sobre la base de la convincente argumentación de las decisiones del concilio, ideas iconoclastas conscientes”. Se pidió a la masa del pueblo que jurase abandonar el culto de las imágenes.
La persecución de las imágenes fue severísima después del concilio. Las imágenes fueron destruidas, quemadas, cubiertas de estuco, sometidas a múltiples ultrajes. Se distinguió por su violencia la persecución del culto de la Santa Virgen. Muchos adoradores de las imágenes se vieron aprisionados, torturados o ajusticiados y sus propiedades confiscadas. Otros fueron desterrados a provincias remotas. Cuadros representando árboles, pájaros, animales, escenas de caza, carreras, sustituyeron en las iglesias a las imágenes sagradas. Según la Vida de Esteban el Joven, una Iglesia dedicada a la Santa Virgen, en Constantinopla, al ser privada de su antiguo esplendor, se convirtió en “un huerto y una pajarera”. Durante esta destrucción de iconos pintados (mosaicos y frescos) o esculpidos, desaparecieron muchos y preciosos monumentos artísticos. Multitud de manuscritos iluminados compartió su suerte.
A la vez que las imágenes, se persiguieron las reliquias. En una sátira del período iconoclasta sobre la adoración exagerada de las reliquias se lee que había diez manos atribuidas al mártir Procopio, quince mandíbulas de Teodoro, cuatro cabezas de Jorge, etc.
Constantino V probó una intolerancia extrema respecto a los monasterios y abrió una verdadera cruzada contra los monjes, aquellos “idólatras y adoradores de tinieblas”. Su acción contra el monaquismo fue tan violenta que ciertos historiadores se preguntan si no sería justo dar otro nombre más exacto a la actividad reformadora del emperador, y declaran que es difícil determinar si lo que hubo fue una lucha contra las imágenes o una guerra contra los monjes. Para C. N. Uspenski, “los historiadores y teólogos han deformado intencionadamente la realidad sosteniendo la iconomaquia más bien que la monacomaquia de aquel período”. La persecución monacal se expresó por medidas muy rigurosas. Los monjes fueron obligados a vestirse de seglares, y algunos, con violencia y amenaza, fueron obligados a casarse. Otros hubieron de desfilar en procesión por el hipódromo, cada uno con una mujer de la mano, entre las burlas e insultos de los espectadores. El cronista Teófanes cuenta que un gobernador del Asia Menor reunió en Efeso a los monjes y religiosas de su provincia y les habló así: “Los que quieran obedecer al emperador y a mí mismo vístanse de blanco y elijan esposa inmediatamente; los que se nieguen serán cegados y desterrados a Chipre”. Y Constantino V, felicitándole, le escribía: “He hallado en vos un hombre a medida de mi corazón y que ejecuta todos mis deseos” (Teófanes). Los monasterios arrebatados a los monjes fueron transformados en cuarteles y arsenales. Se confiscaron los bienes monásticos. Se prohibió a los laicos eludir sus compromisos tomando la cogulla eclesiástica. El resultado de tal conjunto de medidas fue una emigración en masa de monjes hacia los territorios no afectados aún por la política iconoclasta del emperador. Según ciertos historiadores, sólo Italia acogió, en la época de León y de Constantino, alrededor de cincuenta mil de esos monjes. Tal suceso fue de enorme importancia para los destinos de la Italia meridional del Medievo, porque mantuvo así el predominio de la nacionalidad griega y de la Iglesia ortodoxa. Pero, a lo que parece, tampoco la Italia meridional estuvo exenta de discordias iconoclastas. Sabemos que en el siglo IX Gregorio el Decapolita cayó en manos de un obispo iconoclasta de Hydrus (hoy Otranto, en el sur de Italia). Muchos monjes emigraron a las riberas septentrionales del Ponto Euxino (mar Negro), a la isla de Chipre y a las costas de Siria y Palestina. Entre los monjes que sufrieron el martirio bajo Constantino V, uno de los más famosos fue San Esteban el Joven.
Los cinco años del reinado de León IV (775—780) parecen haber sido señalados por una vida interior tranquila en comparación a la del reinado de Constantino V. No obstante, León IV era también partidario de la iconoclastia, pero no sentía hostilidad profunda respecto a los monjes y éstos, bajo su reinado, recobraron otra vez su notable influencia. En el curso de su corto reinado, León IV no se mostró iconoclasta fanático. Es probable que influyera sobre él en cierta medida su joven esposa, Irene, ateniense famosa por su devoción al culto de las imágenes y hacia la que volvían todas sus esperanzas los adoradores de los iconos. “La actitud moderada (del emperador) en la disputa de las imágenes fue la transición necesaria entre las medidas de Constantino V y la restauración de las imágenes bajo Irene”, dice Ostrogorsky en la página 38 de sus Studíen. El 780 murió León IV y concluyó el primer período de la querella de las imágenes.
La minoridad del hijo de León, Constantino VI, hizo que su madre, Irene, asumiese el gobierno del Imperio.
A pesar de sus francas simpatías por el culto de los iconos y su resolución de restaurarlo, Irene no tomó medidas decisivas con miras a un restablecimiento oficial de aquel culto hasta después de sus tres primeros años de gobierno. Semejante aplazamiento tuvo por causa el hecho de que todas las fuerzas del Imperio habían de ser dirigidas a la lucha interna contra el pretendiente al trono y a la externa contra los eslavos de Grecia. Además, convenía preparar con las mayores precauciones la restauración de las imágenes, porque el grueso del ejército era favorable a la iconoclastia y los cánones del concilio iconoclasta del 754, declarados por Constantino leyes imperiales, ejercían gran influencia sobre muchos habitantes del Imperio. Respecto al alto clero, es probable que varios de sus miembros hubiesen aceptado los decretos del concilio de 754, menos por convicción que por obediencia, y así, con frase de Andreiev, formaban “un elemento que se sometía de buen grado a las reformas de los emperadores iconoclastas, pero que no hubiera hecho ninguna oposición real a las medidas del partido contrario”.
En el año cuarto del reinado de Irene se concedió la sede patriarcal de Constantinopla a Tarasio, quien declaró necesario la convocatoria de un concilio ecuménico con miras a la restauración del culto de las imágenes. Se enviaron a Roma embajadores con una invitación para el Papa Adriano I, quien envió legados al concilio de Constantinopla.
Reunióse el concilio (786) en la iglesia de los Santos Apóstoles, pero las tropas de la capital, hostiles al culto de las imágenes, se precipitaron en el santuario a mano armada, obligando a la asamblea a dispersarse. El partido iconoclasta parecía triunfar de nuevo, mas su triunfo fue breve. Irene, hábilmente, sustituyó las tropas reacias por nuevos soldados más leales y más afectos a sus ideas.
Al año siguiente (787) se congregó el concilio en Nicea (Bitinia), lugar del primer concilio ecuménico. El concilio tuvo en Nicea siete reuniones, a las que no asistieron el emperador ni la emperatriz. La octava y última se celebró en el palacio imperial de Constantinopla. El número de obispos que concurrieron a este concilio rebaso los 300. Fue el séptimo y último concilio ecuménico de la historia de la Iglesia de Oriente.
El concilio de Nicea restauró el culto de las imágenes. Los que no aceptaban las decisiones del concilio eran anatematizados. Se excomulgaba a “quienes llamaban ídolos a las santas imágenes y afirmaban que los cristianos habían apelado a los iconos como si éstos fueran dioses, o que la Iglesia católica jamás había aceptado ídolo”. Los obispos del concilio aclamaban al “nuevo Constantino y la nueva Elena”. Se decidía colocar reliquias en todos los templos restaurados donde faltasen aquellos atributos, imprescindibles en una iglesia ortodoxa. Se condenaba severamente la transformación de los monasterios en residencias laicas y se acordaba restablecer todos los monasterios suprimidos y secularizados por los iconoclastas. El concilio se esforzó en elevar la moral del clero prohibiendo el tráfico de cosas santas (simonía). Prohibió también los monasterios mixtos, es decir, comunes a ambos sexos.
La mucha importancia del concilio de Nicea no consistió sólo en la restauración del culto de las imágenes. Lejos de limitarse a esto, creó para los partidarios de las imágenes la organización que les había faltado en la primera parte de la lucha sostenida contra sus enemigos, haciendo una recapitulación de todos los argumentos teológicos favorables a las imágenes y de los cuales debían servirse más tarde los iconódulos contra sus adversarios. En resumen, el concilio proporcionó a los partidarios de las imágenes un arma que facilitó sus luchas futuras en el segundo período del movimiento iconoclasta.
No debemos olvidar que la obra llamada iconoclasta de los emperadores del siglo VIII no fue más que un aspecto —y acaso no el de mayor importancia— de este período. Casi todas nuestras fuentes de esa época pertenecen a la tradición unilateral y posterior del partido de las imágenes —el triunfante—, que destruyó los más de los documentos iconoclastas. Pero ciertas indicaciones dispersas y fortuitas que nos han llegado nos permiten advertir que León III y Constantino V centraron sus esfuerzos hacia dos fines: la secularización de la gran propiedad rural monástica y la reducción del enorme número de monjes. En otros términos, lucharon contra los elementos que, evadiéndose al dominio del Estado y manifestando una independencia casi completa, minaba en cierto modo las fuerzas vivas del Estado mismo y la potencia del Imperio.
Con expresión de James Bryce, en The Holy Roman Empire (Nueva York, 1919), “la coronación de Carlomagno no es sólo el suceso central de la Edad Media, sino también uno de los muy raros acontecimientos de los que, considerados aisladamente, cabe decir que, de no haber ocurrido, la historia del mundo habría cambiado”. Para nosotros, ese suceso es importante también, porque afectó, y no poco, al Imperio bizantino. Sabemos que para los hombres de la Edad Media el Imperio romano era único e indivisible. Cuando tenía dos o más emperadores era como si dos o más señores gobernasen un Estado único. Ya notamos en un capítulo anterior la impropiedad de hablar de la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476. Vuelve a hallarse la idea de un Imperio único bajo la política exterior de Justiniano en el siglo VI, y esa idea vive aun en el año 800, fecha de la famosa coronación imperial de Carlornagno en Roma.
Pero en el mismo momento en que teóricamente el concepto de un Imperio único reinaba en la ideología de la Edad Media, la realidad probaba en la práctica que ese concepto se hallaba anticuado. El mundo oriental, bizantino o grecoeslavo, de fines del siglo VIII, y el mundo occidental romanogermánico del mismo período eran, por su lengua, por su composición etnográfica, por sus intereses espirituales, dos mundos diferentes, distintos y separados. La idea del Imperio único se había convertido en un anacronismo histórico.
El iconoclasmo contribuyó a preparar los acontecimientos del año 800. El Papado protestó vigorosamente contra las medidas de los emperadores bizantinos y excomulgó a los iconoclastas. Luego se volvió a Occidente, esperando encontrar protección y ayuda en el reino franco, primero en los poderosos mayordomos palatinos y luego en los reyes de la dinastía carolingia. A fines del siglo VIII el trono franco hallábase ocupado por el representante más ilustre de esas dinastías: Carlos el Grande o Carlomagno. Aquí dejaremos aparte la compleja cuestión, diversamente tratada por los historiadores, de los respectivos intereses del Papa y del rey de los francos en la coronación de este último.
El hecho en sí es harto conocido. El día de Navidad del año 800, durante un oficio solemne en la iglesia de San Pedro, el Papa León III colocó la corona imperial sobre la cabeza del arrodillado Carlos. El pueblo, agolpado en la iglesia, deseó “a Carlos, al muy piadoso augusto coronado por Dios, al gran ordenador de la paz, muchos años (de vida) y victoria”.
Los historiadores han emitido diversos juicios sobre la importancia del hecho de que Carlos asumiera el título imperial. Algunos creen que el título no le daba derechos nuevos. De hecho seguía siendo, como antes, “rey de los francos y los lombardos y patricios romanos” y así, al recibir la corona imperial, no asumía más que un nuevo título.
Para otros, la coronación de Carlos, el 800, hizo nacer un nuevo Imperio de Occidente, que se halló en completa independencia respecto al de Oriente o bizantino. Pero unos y otros juicios son posteriores y no cabe introducirlos en nuestro análisis del suceso del año 800. A fines del siglo VIII no se trataba ni se podía tratar de Imperio “titular” ni de formación de un Imperio occidental separado. La coronación de Carlos debe ser analizada recordando que reinaba en el año 800, es decir, situándonos en el punto de vista en que se situaban para mirarla los testigos y actores del hecho: Carlornagno y León III.
Ni uno ni otro pensaban en crear un Imperio de Occidente que contrapesase el de Oriente. Carlos estaba indiscutiblemente convencido de que, al tomar el titulo de emperador, se convertía en señor único y continuador de los emperadores del Imperio romano. El acontecimiento significaba sólo que Roma había recobrado de manos de Constantinopla el derecho de elegir emperador. Como hemos observado varias veces, los políticos y la inteligencia de la época no podían concebir la existencia simultánea de dos Imperios. Por su esencia misma, el Imperio era único. “La doctrina imperial de un Imperio único, descansaba en el dogma de un Dios único, puesto que sólo en calidad de delegado temporal de Dios podía el emperador ejercer la autoridad divina sobre la Tierra” (Gasquet).
El estado de cosas que imperaba en aquel período hacía más fácil la aceptación por el pueblo de ese concepto del poder imperial, único posible en aquella época.
Las relaciones de Carlos con el Imperio bizantino habían comenzado mucho antes del 800. En 781 se habían entablado negociaciones para el casamiento de Rotruda, hija de Carlos, a quien los griegos llamaban Eruthro, con Constantino, emperador de Bizancio, de edad de doce años entonces, y cuya madre, Irene, gobernaba de hecho el Imperio. Pero Irene rompió las negociaciones.
En 797 Irene destronó al emperador legítimo, su hijo Constantino, y se convirtió en dueña absoluta del Imperio. Este acto de audacia estaba en oposición abierta con las tradiciones del Imperio romano, donde jamás había reinado mujer alguna con autoridad imperial plena y entera. Desde el punto de vista de Carlos y del Papa León, el trono imperial quedaba vacante, y al asumir la corona imperial Carlos ascendía al trono vacante del Imperio romano uno e indivisible, convirtiéndose en sucesor legítimo, no de Rómulo Augústulo, sino de León IV, Heraclio, Justiniano, Teodosio y Constantino el Grande, los emperadores de la línea oriental. Una interesante confirmación de este concepto se encuentra en el hecho siguiente: en los anales occidentales relativos al 800 y años siguientes, donde se relatan los sucesos por años de reinado de los emperadores bizantinos, el nombre de Carlos sigue inmediatamente al de Constantino VI.
En una famosa carta escrita a Carlomagno en junio del 799, Alcuino observa que de los tres poderes supremos que existen en el mundo, dos, el Papado y el Imperio de Constantinopla, atraviesan una crisis formidable, y dirigiéndose a Carlos, exclama: “A ti sólo incumbe la salvación de las vacilantes Iglesias de Cristo. A ti, que eres el vengador de los crímenes, el guía de los extraviados, el consolador de los afligidos, a ti te incumbe la tarea de exaltar a los buenos”.
Tal era, pues, el modo que debía tener Carlomagno de enjuiciar la cuestión. Fáltanos examinar la actitud de Bizancio ante el coronamiento de Carlos. Tal actitud estuvo igualmente acorde con las concepciones reinantes en la época. El Imperio bizantino sostuvo los derechos de Irene al trono, consideró el suceso del 800 como uno de tantos intentos de rebelión contra la autoridad legítima, a ejemplo de otros ocurridos antes, y temió, no sin razón, que el nuevo emperador, siguiendo el ejemplo de anteriores rebeldes, marchase a Constantinopla para destronar a Irene y ocupar por la fuerza el trono imperial. Ante los ojos del gobierno bizantino, la coronación de Carlos era la insurrección de algunas provincias occidentales contra el soberano legal del Imperio [22] .
Pero Carlos, por supuesto, se daba buena cuenta de lo precario de su situación, ya que su coronación no solventaba la cuestión del dominio de la pars orientalis. Comprendió que. después de Irene, Bizancio elegiría otro emperador cuyos derechos al título imperial serían juzgados en Oriente como indiscutibles. Previendo tales complicaciones, Carlos entabló tratos con Irene y la propuso casarse, esperando “unir así las provincias orientales y occidentales” (Teófanes) [23] . En otras palabras, Carlos comprendía que su título no iba a tener significado alguno si no era reconocido por Bizancio. Irene acogió favorablemente las propuestas matrimoniales de Carlos, pero poco después fue destronada y desterrada (802). El plan de Carlos, pues, no se realizó [24] .
A la caída de Irene el trono fue ocupado por Niceforo. Se entablaron negociaciones entre éste y Carlos, probablemente respecto al reconocimiento por Nicéforo del título imperial del rey franco. Pero sólo el 812 los legados del emperador bizantino Miguel I Rangabé saludaron a Carlos en Aquisgrán con el título de emperador—basileo. Así fue legalizada la elección imperial del 800 [25] . Desde el 812 hubo dos emperadores romanos, aunque en teoría sólo hubiese aun un Imperio romano”. En otras palabras —dice Bury—, el acto del 812 resucitó, en teoría, el estado de cosas del siglo V. Miguel I y Carlos, León V y Ludovico Pío eran uno respecto al otro como Arcadio y Honorio, Valentiniano III y Teodosío II; el Imperium romanun se extendía de las fronteras de Armenia a las orillas del Atlántico”.
Con toda evidencia, semejante unidad del Imperio era puramente nominal y teórica. Los dos Imperios vivieron en verdad dos existencias separadas y distintas. Además, hasta la misma idea de unidad estaba entonces en vías de desaparecer en Occidente.
El título imperial de Carlos no conoció una muy larga carrera. En el decurso de las turbulencias que se siguieron, la monarquía de Carlos se disgregó y el título pasó a manos de detentadores ocasionales. Desapareció por completo en el siglo X y volvió a renacer en la segunda mitad del mismo siglo, pero esta vez bajo su forma antihistórica de Sacro Imperio Romano Germánico.
Sólo a partir del año 800 puede hablarse de un Imperio romano de Oriente. Así lo entiende J. B. Bury cuando da al tercer volumen de su Historia del Imperio bizantino — que comprende los sucesos incluidos entre el 802, fecha de la caída de Irene, y el principio de la dinastía macedónica— el título de Historia del Imperio romano de Oriente, mientras los dos primeros volúmenes llevan el título de Historia del Bajo Imperio Romano.
El juicio de la historia da la mayor importancia a los servicios prestados a Bizancio por los primeros emperadores de la dinastía isáurica, sobre todo por León III. Y es justicia, porque León, llegado al trono tras un período de anarquía y desórdenes graves, se reveló general eminente, administrador de talento y legislador avisado y comprensivo de todos los problemas de su época. La política religiosa iconoclasta suele separarse siempre del resto de su trabajo. En la mayoría de las obras históricas, León III recibe los máximos elogios. Los griegos, por ejemplo, reconocen en él “una de los soberanos más grandes del Imperio oriental y uno de los bienhechores de la Humanidad”, los alemanes (Schenk, Gelzer) le juzgan “uno de los hombres más grandes que ascendieron al trono imperial), un emperador que vio claramente la necesidad de una reforma radical de los derechos del Basileus”, y hace notar que el rey de los francos no tomó el título de emperador de los romanos, sino de "imperium romanum gubernans”, “llevada de cabeza a miembros”. “Un hombre destinado a restaurar el Imperio a sangre y fuego”, “una personalidad de alto valor militar”. El inglés Bury dice de la obra de León que con ella “regeneró el Imperio romano”; el francés Lombard ve en la obra de los emperadores isauricos “uno de los mayores y más admirables esfuerzos que se hayan intentado jamás para elevar el nivel moral, material e intelectual del pueblo”, y compara la importancia de “su inmensa tentativa de organización a las medidas tomadas por Carlomagno”. Hace poco Diehl ha escrito que “del gobierno de los emperadores isáuricos brotó un nuevo principio de vida universal”.
En los juicios, ocasionales por lo general, de los historiadores rusos, quienes, exceptuando los autores religiosos, no han estudiado en detalle la historia de los emperadores isáuricos, no hallamos alabanzas excesivas dedicadas a esos emperadores. Los tres volúmenes de J. A. Kulakovski no tratan sino de sucesos anteriores a los iconoclastas. El primer tomo de Lecciones de historia bizantina, de S. B. Chestakov, que si abarca ese período, no contiene apreciación alguna. C. N. Uspenski, en sus “apuntes”, aprueba de modo muy interesante y nuevo el movimiento antimonástico y antimonacal. Y F. I. Uspenski escribe: “León el Isáurico es responsable de la manera, harto ruda, con que el gobierno abandonó el delicado problema de la fe y la adoración de Dios a las autoridades militares y a las fuerzas policíacas. Él (y sus sucesores) hirieron el sentimiento religioso del pueblo e hicieron de un problema localizado un acontecimiento estatal”.
Aunque reconociendo la extraordinaria energía y el talento administrativo de los dos primeros emperadores iconoclastas, y admitiendo que León III salvó sin duda el Imperio, fundándonos en todos los documentos históricos que poseemos, creemos deber abstenernos de loar en exceso la política isáurica. Porque esa política, aunque indiscutiblemente sincera, produjo graves trastornos interiores que agitaron durante más de un siglo la vida del Imperio. Desde su primer período la iconoclastia apartó a Italia de Bizancio e hizo muy tensas las relaciones del Imperio con el Papa, quien excomulgó a los iconoclastas y se volvió a Occidente en demanda de ayuda y protección. Las relaciones de amistad que, como consecuencia, sobrevinieron entre el Papado y los reyes francos, abrieron un período nuevo, y muy importante, en la historia de la Edad Media. A la vez se asentaban progresivamente los cimientos de la ruptura entre las dos Iglesias, occidental y oriental. Durante la época isáurica Bizancio perdió la Italia central, incluso el exarcado de Ravena, que fue conquistado hacia la mitad del siglo VIII por los lombardos, siendo luego donado al Papa por Pipino el Breve.
Pero no olvidemos que aun no se ha escrito una historia general de la dinastía isáurica, y que muchos problemas importantes de ese período están sin solucionar todavía. La cuestión, por ejemplo, de la reducción del número de monjes y monasterios y la, al parecer, frecuente secularización de las propiedades agrícolas monásticas, merecen ser más estudiadas. Uno de los problemas esenciales de la bizantinología es hoy el relacionado con el aspecto social de la política de los emperadores isáuricos, problema que exige más amplias investigaciones. Si se practican búsquedas nuevas sobre tal extremo, quizá se obtenga nueva luz sobre todo el período llamado iconoclasta y se descubra en él un sentido más profundo y una importancia mayor aun en el cuadro de la historia universal.
Los historiadores consideran generalmente el período comprendido entre principios del siglo IX y la exaltación de la dinastía macedónica al trono, en 867, como un intervalo transitorio entre la renovación del Imperio bajo los monarcas isáuricos y los años brillantes de la dinastía macedónica. Pero los estudios más recientes muestran que ese período, dejando de ser un mero epílogo, pasa a ser mucho más que un prólogo, pues aparece, en efecto, posesor de importancia propia y señala una fase nueva en el evolucionar de la civilización bizantina.
Como sabemos, la revolución del 802 derribó a Irene y elevó al trono bizantino a Nicéforo I (802—811). Según las fuentes orientales, Nicéforo era de origen árabe [26] . Uno de sus antepasados hubo de emigrar a la provincia de Pisidia, en Asia Menor, donde nació Nicéforo. La revolución del 803 fue, por su carácter, un hecho casi único en la historia bizantina. La inmensa mayoría de las sublevaciones políticas surgidas en el Imperio fueron dirigidas por generales y jefes militares. Nicéforo constituye excepción, porque no tenía cargo militar alguno, sino el elevado puesto civil de ministro de Hacienda. Al caer Nicéforo en el campo de batalla, en la guerra búlgara (811), el trono pasó por unos meses a su hijo Staurakios, que también había sido herido de gravedad en la misma campaña. Staurakios murió, como su padre, el 811. Pero ya antes de su muerte había sido depuesto en favor del curopalate Miguel I, miembro de la familia griega de los Rangabé y casado con Procopia, hermana del infortunado Staurakios e hija de Nicéforo. Miguel I reinó poco también (811—813), siendo derribado, en gran parte a causa de su desgraciada campaña contra los búlgaros, por el jefe militar León, armenio de nacimiento y a quien la historia conoce bajo el nombre de León V el Armenio (813820). El 820 León fue asesinado y el trono pasó a un jefe de la guardia imperial, Miguel II (820—829), apodado “El Tartamudo” [27] . Miguel II era oriundo de la plaza fuerte de Amorion en Frigia(Pcia. de Asia Menor).
De aquí que a su dinastía, representada por tres emperadores (820—867), se la llame amoriana o frigia. El nuevo emperador era un provinciano grosero e ignorante, que había pasado su juventud en Frigia, “entre los herejes, los hebreos y los frigios medio helenizados” (Bury). Una fuente siriaca tardía, la Crónica de Miguel el Sirio, incluso atribuye a Miguel origen judío. A su muerte el trono pasó a su hijo Teófilo (829—842), quien casó con la famosa restauradora de la ortodoxia, Teodora, originaria de Paflagonia (Asia Menor). El último miembro de la dinastía fue el incapaz y corrompido Miguel III (842—867), cuyo nombre ha pasado a la historia con el epíteto poco honroso de “El Beodo”.
Durante la minoridad de Miguel III, su madre, Teodora, gobernó oficialmente el Imperio. Reinó catorce años, confiando todos los asuntos del gobierno a su favorito Teoctisto. Cuando Miguel alcanzó la mayoría de edad hizo matar al favorito de su madre, obligó a ésta a entrar en un convento y asumió el gobierno imperial. El instigador y director de la ejecución de aquel golpe de Estado, fue Bardas, tío del emperador y hermano de Teodora. Bardas fue elevado muy pronto a la dignidad de curopalate y de césar y adquirió considerable influencia en el gobierno. Como Miguel no tenía hijos, Bardas esperaba convertirse en emperador a la muerte de su sobrino. Miguel, débil, corrompido e indiferente en absoluto a las cuestiones políticas, dejó a Bardas gobernar el Estado con poderes casi absolutos durante diez años. Bardas, hombre muy capaz y talentoso, luchó con éxito contra los enemigos del Imperio y atestiguó clara comprensión de los intereses de la Iglesia. Se esforzó con sinceridad en difundir la instrucción entre el pueblo. Pero sucumbió a causa de las pérfidas intrigas de un nuevo favorito, Basilio, futuro fundador de la dinastía macedonia, cuyo notable destino veremos después. A la muerte de Bardas, Miguel adoptó a Basilio y le hizo ceñir la corona imperial. Su gobierno en común duró poco más de un año, porque Basilio, sospechando que Miguel conspiraba contra él, persuadió a varios de sus amigos de que asesinasen al emperador al finalizar una fiesta. Así quedó Basilio único señor del Imperio, y así fundó la dinastía más famosa de la historia bizantina.
Resumiendo, vemos que en el espacio comprendido entre 802 y 867, el trono fue ocupado por dos árabes o semitas; por un griego, Miguel I, que había casado con la hija de Nicéforo I, árabe por su padre; por un armenio y al fin por tres frigios, es decir, semigriegos. Por primera vez cayó, pues, el trono bizantino en manos de la raza semítica. Sobra decir que en todo aquel período los elementos orientales desempeñaron un papel de primer orden en el gobierno del Imperio.
En el siglo IX las hostilidades entre Bizancio y los árabes casi no conocieron interrupción. En la frontera oriental asumieron forma de repetidas colisiones que se producían con regularidad casi crónica todos los años, siguiéndolas frecuentes canjes de prisioneros. Por el lado musulmán de la frontera, se elevó desde Siria a los confines de Armenia una línea de fortificaciones destinadas a cubrir los territorios árabes contra los ataques de los ejércitos bizantinos. Por el lado bizantino se fortificaron los puntos fronterizos de manera análoga. El conjunto de fortificaciones formó una especie de limes del Asia Menor. En el siglo IX, los choques de frontera rara vez se convirtieron en expediciones más profundas e importantes. En aquel siglo el califato se debilitaba y perdía gradualmente importancia política como resultado de sus graves desórdenes internos y del predominio de los persas y después de los turcos. De modo que los continuos ataques de los musulmanes césaron de amenazar, como amenazaron en los siglos anteriores, la existencia del Imperio. Sin embargo, aquellas incursiones seguían produciendo gran daño en las provincias fronterizas, perjudicando la prosperidad de la población y reduciendo sus recursos, en hombres y dinero. Los treinta primeros años del siglo IX transcurrieron bajo los reinados de los famosos califas Harun—Al—Raschid (786—809) y Mamun (813—833), con quienes la influencia persa gozó de preponderancia casi exclusiva, relegando a segundo término a los elementos de nacionalidad árabe. En sus ideas políticas, los califas del siglo IX —sobre todo Mamun— se asemejaron a los emperadores bizantinos. Como ellos, creyeron en el carácter ilimitado de su autoridad en todas las manifestaciones de la vida de su Estado.
Si los choques arabo—bizantinos en Oriente tuvieron escasa importancia para ambos adversarios, las operaciones de la flota musulmana en el Mediterráneo fueron de muchísimo alcance, ya que condujeron a la ocupación de Creta, de la mayor parte de Sicilia y de varios puntos valiosos de la Italia meridional.
Uno de los episodios de más interés en la historia de las relaciones arabo—bizantinas en el primer cuarto del siglo IX es la participación de los árabes en la insurrección de Tomás el Eslavo, bajo el reinado de Miguel II.
Organizó esta insurrección en Asia Menor un eslavo de nacimiento, Tomás. La lucha tomó proporciones de grave guerra civil, durando más de dos años. Debe verse en ella el suceso capital del reinado de Miguel II y un hecho de importancia considerable desde el triple punto de vista político, religioso y social.
Desde el político, la insurrección fue importante porque Tomás logró arrastrar a la sublevación toda el Asia Menor, salvo las tropas de dos themas. Según ciertas fuentes, diversas nacionalidades del Asia Menor y de los confines del Cáucaso se unieron a sus filas. El ejército de Tomás no incluía sólo sus compatriotas, los eslavos, que ya vimos que formaban colonias importantes en Asia Menor después de su emigración en masa del continente europeo, sino que abarcaba persas, armenios, iberos y representantes de otras tribus caucásicas [28] . Tomás se halló al frente de fuerzas tan considerables, que al califa Mamun no vaciló en formar estrecha alianza con él. Estipulóse que el califa ayudaría a deponer a Miguel, a cambio de lo cual los árabes recibirían ciertas zonas fronterizas bizantinas. Con el consentimiento, o a instigación, de Mamun, Tomás se hizo proclamar basileo de los romanos en Antioquía, coronándole Job, patriarca de la ciudad. El emperador bizantino se encontró así frente a un rival muy peligroso y ante una insurrección que los árabes tenían el mayor deseo de ver triunfar.
En el sentido religioso, el alzamiento ofrece mucho interés, porque Tomás explotó el descontento de la mayoría de la población, irritada al ver renovarse la política iconoclasta. Tomás se declaró partidario del culto de las imágenes, llegando incluso a pretender ser Constantino, el hijo de Irene, la anterior restauradora de la ortodoxia. Esta política le valió numerosas asistencias.
El movimiento tuvo, sus consecuencias sociales. En el Asia Menor, los recaudadores de impuestos se unieron a Tomás, y, según una fuente, hubo una sublevación de “esclavos contra sus señores” [29] . Las clases bajas se alzaban contra sus opresores, los grandes terratenientes, esperando conseguir un futuro mejor y más brillante. Según la misma fuente, la sucesiva guerra civil “semejante a una catarata del Nilo, inundó la tierra, pero en vez de ser de agua era de sangre”.
Sostenido por la escuadra del mar Egeo, Tomás dirigió sus fuerzas contra Constantinopla. Venciendo fácilmente la resistencia de las tropas de Miguel, sitió la capital por mar y tierra. Al alcanzar las orillas europeas del Bósforo, acudieron a reforzar sus filas muchos esclavos de Tracia y Macedonia. Un año entero duró el sitio de Constantinopla. Miguel conoció horas muy críticas, pero al fin dos hechos le dieron la victoria: por una parte derrotó a la flota de Tomás y por otra los búlgaros, apareciendo de improviso por el norte bajo el mando de su rey Omurtag, batieron a las tropas terrestres de los sublevados. Tras esto Tomás ya no pudo recobrar su antigua pujanza y su levantamiento quedó condenado al fracaso. El rebelde hubo de huir y más tarde fue hecho prisionero y ejecutado. Lo que restaba de sus fuerzas quedó aniquilado sin dificultad. Aquella compleja insurrección fue aplastada del todo en 823, después de cuya fecha Miguel pudo reinar seguro.
El desenlace de la insurrección tuvo extrema importancia para el Imperio bizantino. El fracaso de los sublevados equivalía al fracaso del culto de las imágenes y al de la ofensiva del califa Mamun contra Bizancio. Por otra parte, el levantamiento, según toda probabilidad, motivó muy serios cambios sociales en Asia Menor. Ya vimos que en el siglo VI, bajo Justiniano el Grande, reinaba en la mayor parte del Imperio el sistema de grandes propiedades agrícolas cultivadas por siervos. En las fuentes de los siglos sucesivos hallamos algunas alusiones a pequeñas explotaciones rurales y pequeños propietarios agrícolas. En el siglo X el predominio de la propiedad territorial en grande reaparece de nuevo, sobre todo en Asia Menor. Es posible que quepa atribuir tal resurrección al levantamiento de Tomás, levantamiento que sin duda alguna provocó la ruina de muchos pequeños propietarios rurales, quienes, al no poder pagar los aplastantes impuestos establecidos por el gobierno, debieron verse en la precisión de vender sus bienes a sus vecinos ricos. En todo caso, la propiedad territorial en gran escala reaparece en el siglo X, llegando incluso a amenazar el poder imperial. Como después veremos, ello se noto sobre todo en Asia Menor.
Hasta el 830 aproximadamente los choques de las tropas bizantinas y árabes no tuvieran graves consecuencias. El califato padecía grandes turbulencias interiores, aprovechadas con habilidad por Bizancio. Teófilo, batido en Asia Menor el 830, logró al año siguiente una victoria, en Cilicia, sobre un ejército árabe compuesto de fuerzas fronterizas. El éxito se celebró en Constantinopla con un brillante triunfo otorgado al emperador [30] . Los años siguientes no produjeron nuevos éxitos a Teófilo. Un historiador árabe (Jaquibi) llega a declarar que Mamun preveía el momento en que podría someter a todo el Imperio. Teófilo envió a Mamun proposiciones de paz. Pero el 833 murió Mamun, y su hermano Mutazim le sustituyó en el trono. En los primeros años de su gobierno se suspendieron las hostilidades. Teófilo las reanudó el 837, emprendiendo, con un ejército bastante numeroso, una brillante expedición contra los árabes. Se adueñó de la fortaleza de Zapetra, que quemó, y entró en otras posiciones o plazas. El triunfo que le concedieron entonces vino a ser una reedición de las ceremonias y desfiles que habían festejado su regreso seis años atrás.
Pero el 838 Mutazim, a la cabeza de un ejercito numeroso, se internó profundamente en Asia Menor y, tras largo asedio, ocupó la importante fortaleza de Amorion, en Frigia, lugar de que era oriunda la dinastía reinante, y "y ojo y cimiento de la cristiandad”, según la exagerada opinión del cronista árabe Tabari [31] . Mutazim contaba marchar sobre Constantinopla después de ocupar Amorion, pero la alarmante noticia de una conjura militar en su propio país le forzó a abandonar sus planes y retirarse a Siria.
En los anales de la Iglesia griega se vincula al sitio de Amorion una leyenda milagrosa; la de 42 prisioneros eminentes que se negaron a abrazar la religión islámica y sufrieron el martirio, conduciéndoseles al borde del Tigris, donde fueron decapitados. Sus cuerpos, arrojados al río flotaron milagrosamente en la superficie de las aguas, arrastrados por la corriente y recogidos por los cristianos, que les dedicaron solemnes exequias.
El desastre de Amorion produjo gran efecto en Teófilo, quien abandonó toda esperanza de resistir sólo las invasiones árabes y, temiendo perder la propia capital, se volvió en busca de socorro a los estados occidentales. Sus embajadores aparecieron en Venecia, en Ingelheim, donde entonces estaba la corte del rey franco Ludovico Pío, y en España, en la corte del califa omeya. Los emisarios recibieron inmejorable acogida de todos los soberanos occidentales, pero éstos no enviaron a Teófilo un socorro muy activo.
En el último período de la dinastía amoriana, es decir, en los últimos años del reinado de Teófilo y bajo Miguel III, las luchas intestinas que desgarraban el califato impidieron a los árabes de Oriente reanudar sus invasiones de Bizancio. En cambio, los bizantinos infligieron varías derrotas a los árabes. En 863, el emir de Mitilene, Omar, puso en peligro a la población bizantina de Amisus (Samsinun), en el litoral del mar Negro, e irritado porque el mar se oponía a su avance, dícese que, como Jerjes, fustigó las aguas. Pero en el mismo año, de regreso, los bizantinos, mandados por Petronas, cortaron a Omar la retirada. En la batalla de Posón (el lugar del combate no se ha identificado con certeza todavía) las fuerzas árabes fueron casi aniquiladas y Omar muerto. La brillante victoria bizantina tuvo amplia repercusión en Constantinopla. Para celebrar la muerte del emir en el campo de batalla, se compuso un canto especial que nos han transmitido las fuentes [32] .
En medio de estos conflictos, casi crónicos, con los árabes, las fuentes empiezan de pronto a mencionar el primer intento de los “ros” o rusos contra Constantinopla. Hasta época relativamente reciente, la gran mayoría de los historiadores fechaban ese suceso en los años 865 u 866, asociándolo a menudo a la expedición de los príncipes rusos Ascold y Dir. Pero desde 1894, año en que el sabio belga Franz Cumont descubrió en Bruselas una breve crónica, esa opinión ha quedado reconocida como falsa. Tal crónica, en efecto, da una fecha muy precisa y declara que los rusos se acercaron a Constantinopla, en 200 naves, el 18 de junio del año 860, siendo cruentamente derrotados y perdiendo la mayoría de sus embarcaciones [33] . Además, ciertos sabios ya habían emitido dudas sobre la primera fecha mucho antes de la publicación de la crónica anónima y, fundándose en diversos cálculos cronológicos, se inclinaban a pensar que la fecha exacta era el 860. Así, el famoso sabio italiano del siglo XVIII, Assemani, fijaba el momento de la primera expedición de los rusos en el fin del 859, o el principio del 860, sin embargo de lo cual los sabios sucesivos olvidaron por completo el resultado de las investigaciones de Assemani. No obstante, catorce años después de la publicación de la crónica anónima de Bruselas, y sin conocer los trabajos de Assemani, Golubinski, historiador religioso ruso, había llegado igualmente a la conclusión de que era preciso hacer remontar dicha expedición al año 860 ó a principios del 861.
En uno de sus sermones, el patriarca Focio, contemporáneo del acontecimiento, habla de los rusos como de “un pueblo escita grosero y bárbaro” y de su expedición como de un “océano bárbaro, desencadenado, espantoso”, una “terrible tempestad nórdica”.
A la vez que había de sostener la guerra en Oriente, el Imperio bizantino luchabacontra los árabes de Occidente. El África septentrional, conquistada por los árabes en el siglo VII con tanto trabajo, se había liberado muy pronto de la dominación de los califas orientales. A contar del año 800, los países situados al oeste de Egipto dejaron de obedecer a los califas abasidas, creándose en Túnez una dinastía aglabida independiente, poseedora de una flota pujante, al comienzo mismo del siglo IX (800).
Todas las posesiones bizantinas del Mediterráneo se hallaban amenazadas por losárabes. Ya en la época de Nicéforo I los árabes de África auxiliaron a los eslavos del Peloponeso en su insurrección, asediando, juntos con ellos, Patae (Patrás). En el reinado de Miguel II, Bizancio perdió la isla de Creta, muy importante estratégica y comercialmente. La conquistaron emigrantes árabes de España que, tras querer establecerse en Egipto, pasaron a Creta, El jefe de la expedición fundó una nueva ciudad en la isla, rodeando dicha ciudad de un foso profundo, llamado handak en árabe. De aquí provino el nuevo nombre de la isla: Chandax o Candia [34] Desde entonces Creta se convirtió en un nido de piratas de donde salían bandas devastadoras que caían sobre las islas egeas y los distritos del litoral, causando graves perturbaciones políticas y económicas en el Imperio bizantino.
Más grave fue para Bizancio la pérdida de Sicilia. Desde los siglos VI y VIII aquella isla había estado expuesta a las invasiones árabes, más éstas no habían tenido grandes consecuencias. Bajo la dinastía amoriana, la situación cambió. A fines del reinado de Miguel II un individuo denominado Eufemio organizó una insurrección y fue proclamado soberano del Imperio. Dándose cuenta en breve de que sus tropas seríaninsuficientes para resistir a las imperiales, llamó en su socorro a los árabes de África. Éstos desembarcaron en Sicilia, pero en vez de ayudar a Eufemio comenzaron a conquistar el país. Entre tanto Eufemio moría a manos de los partidarios del emperador [35] .
No parece aceptable la opinión emitida por el italiano Gabotto de que Eufemio fuera un soñador que luchaba por sus ideales, un hombre que combatió valientemente por la independencia de su país y continuó la política tradicional tendente a constituir en Italia un Estado romano independiente, el Impero romano italiano.
Los árabes se establecieron en Panormo (Palermo) y poco a poco ocuparon la mayor parte de la isla, incluso Messina. A fines del reinado de la dinastía amoriana, de todas las grandes ciudades de Sicilia sólo Siracusa seguía en manos cristianas. Un paso más y los árabes penetrarían en los territorios bizantinos de la Italia del sur.
Como sabemos, la península italiana concluye, al mediodía, en dos pequeñas penínsulas: la del sudeste era conocida en la antigüedad por el nombre de Calabria; la del sudoeste por el de Bruttium. En la Edad Media hubo un cambio de terminología. Desde mediados del siglo VII se utilizó menos cada vez el término Bruttium, que se sustituyó por Calabria, expresión que pasó a designar las dos pequeñas penínsulas. Así, fueron llamadas Calabria todas las posesiones bizantinas de la Italia del sur, en torno al golfo de Tarento.
La situación política de Italia en el siglo IX era la que sigue: Bizancio conservaba en Venecia la mayor parte de la Campania, el ducado de Nápoles y otros dos más y las dos peninsulitas del sur. Venecia y Campania no tenían sino flojos lazos de dependencia con el Imperio bizantino, y una y otra poseían un gobierno autónomo local. En cambio el sur de Italia estaba directamente sometido al Imperio. A fines del siglo VII el duque lombardo de Benevento se apoderó de Tarento, que pertenecía a Bizancio, y separó así, al alcanzar el golfo, las dos provincias bizantinas de la costa. Desde entonces las dos pequeñas penínsulas sólo tuvieron relación por mar. Después de las conquistas italianas de Carlomagno y su coronación en Roma, toda Italia se encontró en teoría bajo la autoridad del emperador de Occidente, salvo los territorios bizantinos, pero en la práctica el poder de Carlomagno no rebasó, al sur, las fronteras del Estado pontificio y del ducado de Spoleto. El ducado de Benevento siguió siendo un Estado independiente.
A la par que sometían Sicilia poco a poco, los árabes empezaban a practicar incursiones marítimas en las costas italianas. La ocupación de Tarento, en la época de Teófilo, constituyó una amenaza grave y directa para las provincias bizantinas de la Italia del sur. La flota veneciana que acudió en socorro del emperador al golfo de Tarento, sufrió una completa derrota. Los árabes, que ocupaban ya el importante lugar fortificado de Bari, en el litoral oriental de la península, progresaron desde allí hacia el interior. Ludovico II, emperador de Occidente, acudió con un ejército, pero fue abatido y hubo de retirarse. A mediados del siglo IX, los piratas árabes aparecían en la boca del Tíber y amenazaban Roma, si bien, tras adueñarse de rico botín, se alejaron de la capital. Las basílicas romanas de San Pedro y San Pablo, situadas extramuros de la población, sufrieron graves daños materiales.
Haciendo un somero resumen de las relaciones arabo—bizantinas durante la dinastía amoriana, se advierten, en Occidente, serios fracasos para Bizancio.
Se perdieron Creta y Sicilia: la primera hasta el 961; la segunda para siempre. Varios puntos importantes del sur de Italia pasaron a manos de los ára bes. Pero las posesiones de éstos en el siglo IX no formaban una faja ininterrumpida de territorios. En Oriente los resultados de la lucha fueron muy diferentes. El Imperio allí logró conservar casi íntegras sus posesiones. Los insignificantes cambios que hubo en el trazado general de las fronteras no ejercieron influjo alguno en la marcha general de los sucesos. En este sentido los esfuerzos de la dinastía amoriana tuvieron gran importancia para el Imperio, ya que durante cuarenta y siete años los emperadores de aquella dinastía pudieron resistir la ofensiva de los árabes en Oriente conservando, en conjunto, la totalidad de los territorios bizantinos en Asia Menor.
A principios del siglo IX el trono búlgaro estaba ocupado por Krum, organizador prudente y hábil hombre de guerra, que se reveló muy peligroso para Bizancio. Nicéforo, adivinando en él una personalidad capaz de atraerse para sus miras la población eslava de Tesalia y Macedonia, hizo transportar a ambas provincias muchos colonos llevados de otras comarcas del Imperio. Con esta medida —que, según Teófanes, provocó vivo descontento entre los emigrantes— esperaba el emperador desviar el peligro de una inteligencia eslavobúlgara.
El 811, tras varios choques búlgaro—bizantinos, Nicéforo emprendió una gran expedición contra Krum. En el curso de esta campaña fue atraído con su ejército a una emboscada y sufrió una grave derrota. Nicéforo murió en la batalla; su hijo, Staurakios, fue herido de consideración y el ejército quedó casi aniquilado. Desde la famosa batalla de Adrianópolis (378), en la que Valente murió peleando contra los visigodos, ningún otro emperador había caído en lucha con los bárbaros. Krum mandó construir con el cráneo del emperador muerto una copa donde los “boliardos” (nobles búlgaros) fueron obligados a beber. En 813 Krum infligió una derrota a Miguel I, que avanzaba contra los búlgaros al mando de un poderoso ejército, para congregar el cual había llegado a retirar las fuerzas de la frontera asiática. Pero los bizantinos, a pesar de su superioridad numérica, fueron aplastados y no se detuvieron en su retirada sino al pie de los muros de Constantinopla. El mismo año (813), a poco de la exaltación de León V el Armenio al trono, Krum asedió la capital proponiéndose “clavar su lanza sobre la Puerta de Oro” (Teófanes), en las murallas de Constantinopla. Pero no pudo ocupar la capital y la amenaza búlgara interrumpió momentáneamente al morir Krum.
En vida aún de León, uno de los sucesores inmediatos de Krum, Omurtag, —“una de las figuras más expresivas de la historia de los principios de Bulgaria” (Uspenski)— acordó con Bizancio treinta años de paz. En ésta se fijaba la demarcación fronteriza en Tracia. Aun subsisten hoy restos de fronteras, en forma de muros terreros. Hecha en definitiva la paz búlgaro bizantina, León V mandó reconstruir algunas de las ciudades arruinadas de Tracia y Macedonia. También hizo levantar en torno a la capital murallas más poderosas para defenderla mejor contra eventuales ataques búlgaros.
Las relaciones búlgaro—bizantinas no presentan ningún episodio saliente hasta mediados del siglo IX, época en que el trono búlgaro pasó a Boris (Bogoris), cuyo nombre está estrechamente ligado a la conversión de los búlgaros al cristianismo.
La religión cristiana había penetrado en Bulgaria hacía mucho, siendo introducida primero por los cautivos apresados por los búlgaros en sus batallas con los bizantinos. Los kanes paganos búlgaros persiguieron con dureza a “pervertidos y pervertidores”. F. I. Uspenski declara que “sin duda alguna el cristianismo empezó muy pronto a difundirse... En el siglo VIII había ya cristianos en el palacio de los príncipes. A las luchas de cristianos y paganos han de imputarse muchas de las turbulencias de la historia búlgara, así como los frecuentes cambios, de kanes”.
La conversión de Boris al cristianismo le fue dictada por la situación política de Bulgaria, situación que le indujo a buscar más estrecha ligazón con Bizancio. Acudieron a Bulgaria sacerdotes griegos para propagar el bautismo entre el pueblo. En 864 el rey Boris se bautizó, tomando el nombre de Miguel, A poco, su pueblo en masa adoptó el cristianismo. El relato según el cual Cirilo y Metodio, los dos famosos evangelizadores de los eslavos, participaron directamente en el bautismo de Boris, no está confirmado por testimonios auténticos. El bautismo de los búlgaros por eclesiásticos bizantinos acreció mucha el prestigio y la influencia del Imperio en la península de los Balcanes. Pero Boris advirtió en breve que Bizancio no deseaba conceder a la Iglesia búlgara plena autonomía y así, ansioso de conservar el derecho de dirigir la vida espiritual de Bulgaria y temeroso de que su reino pasase a depender políticamente del Imperio bizantino, Boris decidió llegar a una alianza religiosa con Roma. Envió, pues, una embajada al Papa Nicolás I y le pidió que mandase a Bulgaria sacerdotes latinos. El Papa acogió la petición con alegría. No tardaron en llegar a Bulgaria obispos y sacerdotes latinos y el clero griego fue expulsado. Pero el triunfo del Papa resultó efímero. Bulgaria se volvió en breve a la Iglesia griega, durante la dinastía macedónica, de lo que hablaremos en un posterior capítulo.
No olvidemos que, si bien las relaciones de Roma y Constantinopla eran tirantes en la época de fluctuaciones de Boris, no por ello existía en la Iglesia un cisma declarado. En las gestiones de Boris cerca del clero griego y el latino no ha de verse una opción del kan búlgaro entre el catolicismo o la ortodoxia. Oficialmente la Iglesia seguía siendo entonces una y universal.
Los primeros emperadores del período 802—867 no siguieron una política iconoclasta. Incluso pudo creerse que el culto de las imágenes, restablecido por Irene, iba a afianzarse sin nuevas discordias. Nicéforo siguió una política de tolerancia religiosa combinada con la idea del dominio del poder temporal sobre la Iglesia. Aunque reconoció las decisiones del concilio de Nicea y la victoria de los partidarios de las imágenes, no era un sectario entusiasta del movimiento iconoclasta. En los verdaderos entusiastas de este movimiento, la tolerancia de Nicéforo pareció casi tan nefasta como una herejía. Es probable que los asuntos religiosos interesasen muy poco al emperador, no teniendo importancia para él sino en la medida en que concernían al Estado. Pero el monaquismo atravesó momentos de inquietud, sobre todo cuando el respetado patriarca Tarasio, amado de todo el pueblo, fue sustituido por el patriarca Nicéforo, procedente del mundo seglar y elevado a aquella jerarquía por mero deseo del emperador. A tal elección se opusieron vivamente Teodoro de Studion y sus secuaces, los studitas, que por su actitud fueron desterrados [36] .
Miguel Rangabé, en su breve reinado (811—813), vivio bajo la influencia constante del patriarca y los monjes. Se comportó como un hijo obediente de la Iglesia y defendió los intereses de ésta. Durante su reinado volvieron del destierro Teodoro y sus secuaces.
Había transcurrido un cuarto de siglo desde la restauración de las imágenes, pero el movimiento iconoclasta era recio aun en las provincias orientales y en el ejército. El 813, el jefe militar León, armenio de nacimiento, ocupó el trono. Bajo sus predecesores había tenido reputación de buen general y ocultado cuidadosamente sus ideas iconoclastas, pero después de deponer a Miguel Rangabé y afirmar su poder propio, empezó a seguir una política iconoclasta declarada. Según una fuente, el emperador dirigió estas palabras a sus partidarios: “Ya veis que todos los emperadores que han aceptado y honrado las imágenes han muerto o en el destierro o en el campo de batalla. Sólo los que no adoraron las imágenes han muerto de muerte natural y disfrutando del título de emperador. Esos emperadores han sido todos colocados con los mayores honores en tumbas imperiales y enterradas en la iglesia de los Santos Apóstoles. Yo quiero seguir su ejemplo y destruir las imágenes, y así, tras de mi larga vida y de la larga vida de mi hijo, nuestras leyes continuarán estando en vigor hasta la cuarta y quinta generación”.
El patriarca Nicéforo se alzó violentamente contra las medidas iconoclastas del emperador. Nicéforo fue depuesto y la sede episcopal de Constantinopla fue dada a Teodoto, que aprobaba plenamente la política religiosa de León. El 815 se reunió un segundo concilio iconoclasta en la iglesia de Santa Sofía. Las actas de este concilio debieron ser destruidas a raíz de la restauración del culto de las imágenes, pero su decreto nos ha sido conservado en las obras apologéticas del patriarca Nicéforo, aunque no haya sido publicado sino recientemente (en 1903): “Después de haber restablecido y confirmado la doctrina recibida de Dios por los Santos Padres, de acuerdo con los seis santos concilios ecuménicos”, ese concilio “condena la práctica vana, no autorizada por la tradición, de fabricar y adorar imágenes, prefiriendo la adoración espiritual y verdadera”. El decreto indicaba más adelante que, durante el gobierno de una mujer (Irene), la “ingenuidad femenina” había restaurado la adoración de figuras muertas e iconos sin vida, así como la práctica de encender cirios y quemar incienso. El concilio prohibía la construcción ilegal de seudoiconos de la Iglesia católica”, rechazaba la adoración de las imágenes confirmada por el patriarca Tarasio y no permitía encender cirios o lámparas ni quemar incienso ante las imágenes. El decreto de 815 reproducía las ideas esenciales del concilio iconoclasta de 754, confirmaba sus actas y proclamaba de nuevo la prohibición de adorar imágenes y la inutilidad de exponerlas. El concilio se abstenía de “llamar ídolos a las imágenes, porque hay grados en el mal”, hecho por el que sus miembros han sido a veces considerados más tolerantes que los primeros iconoclastas. Pero recientemente se ha demostrado que el segundo movimiento iconoclasta, sobre todo en tiempos de León V y Teófilo, no fue más moderado ni más tolerante que en los de León III y Constantino V, sino “tan sólo más pobre espiritualmente” (Ostrogorsky). VI, incurriendo en los rigores de éste. Muerto el emperador, San Teodoro volvió del destierro y recibió el encargo de restaurar el famoso monasterio de Studion, en la capital. Las incursiones musulmanas hacían difícil mantenerse en Saccudion.
Los emperadores iconoclastas del segundo período —León V, Miguel el Beodo y Teófilo— encauzaron su política religiosa en condiciones muy diferentes a la del período inicial. En primer término, el segundo período sólo duró treinta años (815—843), es decir, veinte menos que el anterior. Además, los iconoclastas del primer período habían, por así decirlo, tomaron por sorpresa a los partidarios de las imágenes, entonces no bastante organizados ni preparados para la lucha. Las severas medidas adoptadas contra las imágenes les obligaron a estrechar sus filas, a afirmar su fe, a desarrollar sus métodos de combate, a reunir un vasto material dogmático y polémico. Los iconoclastas del segundo período hallaron, pues, una resistencia mucho más viva que sus predecesores y la lucha les resultó mucho más difícil. Fue vigorosa en particular la resistencia opuesta por Teodoro, abad del monasterio de Studion, y sus seguidores, los studitas, defensores convencidos de las imágenes y que ejercían gran influjo sobre la masa popular. Además, Teodoro habló y escribió abiertamente contra la intervención del poder temporal en los asuntos de la Iglesia y defendió la independencia de la Iglesia y la libertad de conciencia. Irritado por la actitud y actividad de Teodoro, el emperador le desterró, así como a muchos de sus seguidores.
A cuanto cabe juzgar por las fuentes que poseemos, casi todas hostiles a los iconoclastas, la persecución de las imágenes y sus adoradores fue muy dura bajo León V. Hallamos en tales fuentes algunos nombres de personas que sufrieron el martirio en esa época. No obstante, hasta los más encarnizados adversarios de León V reconocen que desplegó mucha habilidad en defensa del Imperio y que su administración fue prudente. Según Genesius, “el patriarca Nicéforo (depuesto por León) dijo después de la muerte de León que el estado de los romanos había perdido un emperador muy grande, aunque impío”. Cierto que otros contemporáneos llaman a León “serpiente rastrera” y comparan su reinado al “invierno” y a una “espesa bruma”.
Acerca de las ideas de Miguel II, sucesor de León, difieren las opiniones. Mientras ciertos historiadores ven en él un hombre indiferente, neutral, que “siguió las vías de la tolerancia y proclamó los grandes principios de la libertad de conciencia”, otros le llaman “iconoclasta convencido, aunque no fanático”, “decidido a mantener las reformas iconoclastas de León, porque armonizaban con sus convicciones personales, pero negándose a la vez a continuar la persecución del culto de las imágenes”. Un historiador moderno estima que “el programa político (el del emperador Miguel) fue tratar de restablecer la paz en la religión, aunque esta actitud implicaba un sile ncio forzado sobre las cuestiones en litigio y una cierta tolerancia respecto a cada uno de los elementos discordes”.
En cualquier caso, y a pesar de sus tendencias iconoclastas, Miguel no abrió una nueva era de persecuciones contra los adoradores de las imágenes. Empero, cuando Metodio, más tarde patriarca de Constantinopla, entregó al emperador una misiva del Papa y le pidió que restableciese el culto de los iconos, el emisario sufrió pena de flagelación y fue encerrado en una cueva. Para comparar los reinados de León V y Miguel II, los contemporáneos se sirven de las metáforas siguientes: “Ya no se ve fuego, pero aún hay humo”, “como la de la serpiente reptadora, la cola de la herejía no ha muerto aún y todavía se mueve”; “el invierno ha terminado, pero la verdadera primavera no ha llegado aún”, etc. Bajo el reinado de Miguel II murió Teodoro de Studion, el famoso defensor de las imágenes y de la libertad de la Iglesia.
Teófilo, sucesor de Miguel II, fue el último emperador iconoclasta. Hombre versado en materias teológicas, se distinguía por su ferviente adoración de la Santa Virgen y de los santos y era autor de varios cantos eclesiásticos. Los juicios de los historiadores sobre Teófilo son muy contradictorios, y siguen una gama muy varia, desde la más dura reprobación hasta el elogio magnífico. Respecto al iconoclasmo, el reinado de Teófilo fue el episodio “más áspero” del segundo período de la lucha. El principal consejero religioso del emperador y jefe del movimiento iconoclasta fue Juan el Gramático, que llegó a patriarca de Constantinopla. Hombre el más ilustrado de su época, se le acusó— cosa que sucedía con frecuencia a los sabios en la Edad Media— de practicar la hechicería y la magia. Bajo Teófilo, los monjes, muchos de los cuales solían pintar iconos, fueron sometidos a penas muy rigurosas. Nos consta que las palmas de las dos manos del monje Lázaro, pintor de imágenes, fueron quemadas con un hierro al rojo. Los hermanos Teófanes y Teodoro, que habían defendido las imágenes con fervor, fueron azotados y se les inscribieron en la frente, a fuego, versos griegos ofensivos compuestos especialmente por el propio Teófilo, lo que valió a entrambos hermanos el sobrenombre de “marcados” (graptoi).
Pero un examen más crítico de las fuentes que nos han llegado aconseja abandonar la tesis de que las persecuciones fueron implacables en exceso bajo Teófilo. En ese sentido tenemos muy pocos testimonios. Bury estima que las persecuciones de Teófilo no rebasaron cierto radio geográfico, porque el emperador no exigió la destrucción de imágenes sino en la capital y sus alrededores inmediatos. Bury es también de opinión que en todo el segundo período de iconoclastia prosperó en Grecia el culto de las imágenes, lo que sucedió también en las islas y costas del Asia Menor. Este hecho no ha sido lo bastante apreciado por los historiadores. Bury cree, en fin, que el emperador no recurrió a penas severas sino en un reducido número de casos. Falta mucho todavía para llegar a una apreciación histórica exacta del segundo período del movimiento iconoclasta.
La esposa de Teófilo, Teodora, era, como vimos, ferviente partidaria del culto de las imágenes y su marido no lo ignoraba. Al morir Teófilo el 842, Teodora se halló legalmente a la cabeza del Imperio, ya que su hijo Miguel era menor de edad.
La primera tarea de Teodora fue restaurar el culto de las imágenes. La oposición de los iconoclastas no debía ser tan fuerte en 842 cuando la primera restauración de los iconos bajo Irene. La prueba está en que, pasado un año tan sólo, Teodora pudo ya reunir un concilio para confirmar sus tendencias religiosas en tanto que Irene había tardado siete años en cumplir la misma labor.
Juan el Gramático fue depuesto y la sede patriarcal de Constantinopla se dio a Metodio, quien había sufrido bajo Miguel los males que dijimos. Las actas del concilio convocado por Teodora no nos han llegado, pero otras fuentes nos hacen ver que tales actas confirmaban los cánones del concilio de Nicea del año 787 y restauraban el culto de las imágenes. Terminados los trabajos del concilio se celebró un oficio solemne en Santa Sofía el primer domingo de cuaresma (11 marzo 843). La Iglesia griega ortodoxa celebra todavía el recuerdo de aquella ceremonia en la fiesta anual de la ortodoxia.
Hasta una fecha muy reciente se creía en general que la verdadera fecha de la restauración de las imágenes se remontaba a un año atrás (el 842).
En el Cercano Oriente el segundo periodo de la iconoclastia se señaló por la publicación de una epístola común tendiente a la protección de las imágenes y firmada por los tres patriarcas orientales: Cristóbal de Alejandría, Job de Antioquía y Basilio de Jerusalén.
Estableciendo un balance del período iconoclasta cabe llegar a las conclusiones siguientes: el partido iconoclasta tenía su fuerza sobre todo en la corte y en el ejércit o, incluyendo los generales en jefe, algunos de los cuales alcanzaron la dignidad imperial. Tal fue el caso de León III, León V y Miguel II. Ciertos historiadores explican las tendencias iconoclastas del ejército por el hecho de que la mayoría de los soldados se reclutaban entre las naciones orientales, en especial entre los armenios, que, según vimos, habían sido trasladados en gran número por el gobierno a las provincias occidentales, principalmente Tracia. Así, la mayoría del ejército era iconoclasta por convicción. Según otro historiador “el culto ortodoxo les hacía el efecto [a los soldados orientales] de una religión extranjera” y todas las violencias les parecían lógicas contra los que ellos llamaban “idólatras” [37] . El partido de la corte y el alto clero, es decir, los funcionarios elevados y los obispos, no siguieron en su mayoría lo que les dictaba la conciencia, sino lo que armonizaba mejor con sus temores y ambiciones. La población de Constantinopla y una mayoría inmensa del clero eran partidarios del culto de las imágenes. Los emperadores iconoclastas fueron buenos generales e inteligentes administradores, vencieron a los árabes y a los búlgaros y puede decirse que algunos de ellos salvaron al cristianismo y la naciente civilización occidental. Pero no perseguían las imágenes por ambición ni miras políticas. Sus medidas religiosas eran, más bien, dictadas por la sincera convicción de que trabajaban en pro de la mejora de la Iglesia y la purificación del cristianismo. Aun así, las medidas religiosas de aquellos emperadores causaron a veces mucho daño a la ejecución de su prudente obra política. La lucha contra los partidarios de las imágenes produjo graves desórdenes interiores y debilitó políticamente el Imperio. Tuvo también como consecuencia una ruptura entre la Iglesia occidental y Bizancio, y la pérdida gradual de Italia. La política de los emperadores iconoclastas contra monjes y monasterios debe explicarse por motivos políticos. En cuanto a la doctrina teológica de los iconoclastas, es difícil emitir juicio detallado sobre ella, porque toda la literatura iconoclasta referente al problema fue destruida por los partidarios de las imágenes. Entre los iconoclastas había hombres moderados, así como otros de tendencias extremas. La representación de las imágenes estaba considerada como creadora eventual de dos posibles peligros: la vuelta al paganismo o a una de las herejías condenadas por los concilios ecuménicos.
En el segundo período del movimiento iconoclasta ha de advertirse de nuevo que, mientras en el siglo VIII los isáuricos habían sido sostenidos por las provincias orientales del Asia Menor, estas mismas provincias no prestaron ayuda alguna a la política iconoclasta del siglo IX. En el segundo período, “el entusiasmo en favor de la idea iconoclasta se había debilitado extremadamente”; el movimiento, espiritualmente, estaba agotado ya (Uspenski).
El partido de las imágenes comprendía la población de las provincias occidentales, Italia y Grecia; todos los monjes y la mayoría de los eclesiásticos; los más de los habitantes de Constantinopla —que a veces, obligados por las circunstancias, hubieron de simular celo iconoclasta— y finalmente la población de varias otras porciones del Imperio, como las islas del Egeo y algunas de las provincias del litoral de Asia Menor. La doctrina teológica de los adoradores de las imágenes, tal como fue desarrollada por conductores de hombres al modo de Juan Damasceno y Teodoro de Studion, se fundaba en las Sagradas Escrituras. No sólo ellos veían en las imágenes un modo de ilustrar al pueblo, sino que creían que los iconos conservaban la santidad y pureza de sus prototipos —el Cristo, la Virgen, los santos—, poseyendo por eso un poder sobrenatural y milagroso.
La disputa de las imágenes dejó huella profunda en la vida artística de la época. Numerosos y magníficos monumentos de arte —estatuas, mosaicos, frescos y miniaturas— resultaron totalmente destruidos durante el iconoclasmo. Los muros decorados de las iglesias fueron recubiertos de yeso o adornados de manera nueva. “En resumen —dice Kondakov—, la vida artística de la capital fue sometida a aquella desolación protestante, destinada a turbar, tarde o pronto, toda la vida artística de Bizancio... Muchas personas instruidas y ricas emigraron, con sus familias, a Italia; millares de monjes fundaron multitud de moradas subterráneas y eremitorios en toda la extensión del vasto territorio de la Italia del sur, Asia Menor y Capadocia, y aquellos lugares fueron decorados por artistas griegos. Así, el arte y la iconografía griegos en los siglos VIII y el IX deben buscarse fuera del Imperio bizantino: en Asia Menor y en la Italia meridional y central”. Pero a la vez que destruían los monumentos de arte que figuraran las imágenes de Cristo, la Virgen o los santos, los iconoclastas empezaron a crear nuevos tipos de arte volviéndose hacia themas inéditos. Crearon un arte decorativo y comenzaron a pintar cuadros de caza, el Hipódromo, árboles, pájaros, animales diversos... Nos han llegado notables obras de arte en marfil, esmaltes y una serie de interesantes miniaturas de aquella época. En general, los historiadores de arte ven en los rasgos característicos del nuevo arte iconoclasta “un retorno a las tradiciones antiguas de Alejandría y sobre todo una significativa tendencia a la observación de la naturaleza y al realismo.
Uno de los resultados importantes de la disputa de las imágenes fue la desaparición de las representaciones esculturales de santos o escenas sagradas en la Iglesia oriental. Oficialmente ni la Iglesia ni el Estado griego prohibieron esas imágenes, que sin duda desaparecieron por acuerdo tácito. Algunos historiadores consideran tal hecho como una victoria parcial de los iconoclastas sobre los partidarios extremistas de los iconos.
Las tendencias iconoclastas se reflejan también en los sellos y monedas bizantinos. Bajo el signo de las ideas iconoclastas se desenvuelve en el siglo VIII un tipo nuevo en absoluto de monedas y sellos. Estos no llevan a veces más que leyendas, sin imágenes de Cristo, la Virgen o los santos. En cambio se representa en ocasiones en los sellos una cruz o monograma en forma de cruz. En general, sólo se reproducen en las monedas la cruz y la familia imperial. Las imágenes de hombres apenas superan a las sagradas de épocas precedentes, y son convencionales del todo. Después de la restauración del culto de las imágenes, la de Cristo, la Virgen y los santos reaparecen en monedas y sellos.
Como indicamos, el iconoclasmo desgajó del Imperio a Italia y al Papado y contribuyó en mucho al cisma que había de dividir Roma y Bizancio. La ruptura se produjo en la segunda mitad del siglo IX, reinando Miguel III, durante la famosa querella que puso en pugna a Focio y a Ignacio, en Constantinopla.
Ignacio, que se distinguía por su celo en pro de los iconos, fue depuesto y la sede patriarcal otorgada a Focio, un laico y el hombre más instruido de su época. Se fOmaron dos partidos: uno que sostuvo a Focio y otro a Ignacio, quien se negó a ceder de buen grado su título. Ignacio y Focio se excomulgaron recíprocamente. Tan grave fue el ensañamiento entre ambos, que el emperador se vio obligado a convocar un concilio. El Papa Nicolás I, favorable a Ignacio, fue invitado a asistir, pero sólo envió sus legados. El concilio, influido por obsequios y amenazas, confirmó, con el voto opuesto del Papa, la deposición de Ignacio y la exaltación de Focio al patriarcado de Constantinopla. El Papa se resistió a esta decisión y reunió en Roma un concilio que anatematizó a Focio y repuso a Ignacio. Miguel no dio la menor atención a lo resuelto y envío al Papa una breve nota manifestándole que la Iglesia de Constantinopla rechazaba las pretensiones del pontificado romano a dominar en la Iglesia universal. Sucedió esto en el instante de la conversión al cristianismo del rey búlgaro Boris, punto en que los intereses de Roma y Bizancio chocaban mucho, como ya indicamos antes. El 867 (año de la muerte de Miguel) se reunió en Constantinopla nuevo concilio, el cual anatematizó al Papa por su doctrina herética (la añadidura de filioque al Credo) y por su intervención, que calificaba de ilegal, en los asuntos de la iglesia de Constantinopla. El Papa y el patriarca se anatematizaron recíprocamente y, así, sobrevino la ruptura en la Iglesia. Con la muerte de Miguel III cambió la situación. El nuevo emperador, Basilio I, inauguró su reinado deponiendo a Focio y restableciendo a Ignacio.
Movimiento tan hondo, intenso y complejo como la iconoclastia, debía suscitar una gran actividad en el dominio literario. Por desgracia, casi todos los escritos de los iconoclastas fueron destruidos por los triunfantes partidarios de los iconos, y no los conocemos sino por mediocres fragmentos conservados a los fines refutativos en los escritos de los adversarios de la iconoclastia. En la práctica cabe decir que la literatura que nos ha llegado del período iconoclasta es unilateral.
Como el período precedente (dinastía heracliana), el iconoclasta no tuvo historiadores. Empero, los cronistas de la época han dejado numerosas obras que nos ayudan fOmar una idea justa de la cronografía bizantina y sus fuentes y presenta mucho interés para el estudio del período en sí. Jorge Syncellus (alto título eclesiástico del Imperio bizantino), que murió a comienzos del siglo IX dejó una Cronografía que comprende el período entre la creación del mundo y el reinado de Diocleciano (284 d.C.). Escribió su trabajo durante su estancia en un monasterio. Si bien la obra no arroja luz sobre el período iconoclasta, puesto que el autor no trata de asuntos contemporáneos, es de considerable importancia para la dilucidación de ciertos problemas de la cronografía griega antigua.
A instigación del propio autor, su crónica fue proseguida a principios del mismo siglo IX por su amigo Teófanes el Confesor, quien tuvo gran influencia como cronista sobre los escritos de los períodos subsiguientes. Enemigo encarnizado de los iconoclastas de la segunda época del movimiento, Teófanes fue prendido, apresado por algún tiempo y luego desterrado a una isla del Egeo, donde murió el 817. La crónica de Teófanes abarca los sucesos comprendidos entre el reinado de Diocleciano y la caída de Miguel Rangabé I, en 813. A pesar de su punto de vista, distintamente ortodoxooriental, que se hace muy obvio en su análisis de los sucesos históricos y de los caracteres, a pesar de la parcialidad de su exposición, la obra de Teófanes es importante, no sólo por la abundancia de rico material debido a las antiguas fuentes que utiliza, sino porque, como contemporáneo del período iconoclasta, dedica a éste mucha más extensión que los otros cronistas bizantinos. La obra de Teófanes fue la fuente favorita de los cronistas posteriores. La traducción latina de su crónica, obra del bibliotecario pontificio Anastasio, se escribió en la segunda mitad del siglo IX, y es tan importante para la cronografía medieval de Occidente como el original griego para Oriente.
Otro escritor importante de este período fue el patriarca Nicéforo, que ocupó la sede de Constantinopla entre 806 y 815. Se opuso valerosamente a la iconoclastia en la época de León V el Armenio y fue, por ello, depuesto y exilado. En sus escritos teológicos, algunos inéditos todavía, Nicéforo defiende, con vigor notable y convicción profunda, las opiniones del partido de las imágenes. Rechaza las proposiciones de los iconoclastas, sobre todo en sus tres Refutaciones de los absurdos del impío e ignorante Mammón [es decir, Constantino] contra la saludable encarnación del Verbo de Dios. Su Historia breve, que relata, los sucesos ocurridos a contar del emperador Mauricio (602), hasta el año 769, presenta considerable interés. Al esforzarse en hacer su relato popular y accesible a muchos lectores, Nicéforo le da un carácter poco edificante en cierto modo, pero la obra, pese a todo, es una fuente importante, porque contiene muchos datos de interés sobre la historia política y eclesiástica del período. La impresionante analogía que existe entre esa Historia y la obra de Teófanes puede explicarse por haberse servido ambos de las mismas fuentes, hecho comprobado.
Jorge Hamartolo, el Monje (Monachus) nos ha dejado una crónica universal desde Adán a la muerte del emperador Teófilo en 842 d.C., o sea hasta la fecha del triunfo definitivo de los partidarios de las imágenes. Esa obra es muy importante para la historia de la civilización de la época y contiene muchos informes sobre los problemas que preocupaban a los monjes bizantinos de aquel entonces: la naturaleza del monaquismo, la difusión de la herejía iconoclasta y la de la religión sarracena. También escribe muy vívidamente los gustos y aspiraciones de los monjes bizantinos del siglo IX. La obra de Hamartolo sirvió de base a las posteriores historias universales bizantinas y ejerció enorme influencia sobre los principios de la literatura eslava y, sobre todo, rusa. Baste decir que las primeras crónicas rusas están estrechamente vinculadas a la obra de Hamartolo. Hay un manuscrito de la antigua traducción rusoeslava de Hamartolo donde se contienen 127 miniaturas importantísimas para el estudio de las artes rusa y bizantina en el siglo XIII. Tal manuscrito, no apreciado ni estudiado aun como se merece, es la única copia ilustrada que nos ha llegado de la crónica de Hamartolo. Fuera de un autor anónimo, que escribió bajo León V el Armenio, Hamartolo es el único cronista contemporáneo del período 813—842. Para su exposición —concebida principalmente desde un limitado punto de vista monástico— el autor utilizó testimonios contemporáneos y observaciones personales. El manuscrito de su obra ha sufrido en el curso de los siglos tales edificaciones y transformaciones y llegándonos en forma tan compleja y difícil e desenmarañar, que la cuestión de saber cuál es su texto original que constituye hoy uno de los problemas más embarazosos de la filología bizantina. Sólo a principios del siglo XX se ha publicado una edición crítica del texto griego de Hamartolo. Hace algunos años ha aparecido una edición crítica de la antigua traducción eslavorrusa de la crónica de Hamartolo, acompañada del texto griego que sirvió de base a la traducción eslava.
Sabemos que la literatura iconoclasta fue casi totalmente destruida por el partido de las imágenes al triunfar éste. No obstante, parte de las actas del concilio iconoclasta de 754 nos han llegado en las actas del séptimo concilio ecuménico. En las tres mencionadas Refutaciones del patriarca Nicéforo, se conservan fragmentos de una extensa obra dirigida contra las imágenes y debida a Constantino Coprónimo. Este emperador fue autor de otras obras literarias. León V encargó la ejecución, de un vasto trabajo favorable a la iconoclastia y fundado en la Biblia y los Padres. Un proyecto análogo se había propuesto al concilio del 754; pero ninguna de esas obras nos ha llegado. En las obras de Teodoro de Studion se conservan algunos poemas iconoclastas. El séptimo concilio ecuménico dispuso destruir toda la literatura iconoclasta y en el noveno canon proclamado en ese concilio leemos: “Todos los juegos infantiles, burlas furiosas y falsos escritos dirigidos contra los venerados iconos deben ser presentados al obispo de Constantinopla, y puestos con los otros libros de los heréticos. Todo el que sea reconocido de ocultar esas obras será, si es obispo, sacerdote o diácono, depuesto; si es monje o laico, excomulgado”.
Considerable cantidad de materiales literarios relativos a la prohibición del culto de las imágenes y muy importantes por su influencia sobre los escritos posteriores, nos ha sido legada por un hombre que pasó su vida en una provincia no perteneciente ya al Imperio: Juan Damasceno, que nació en Siria durante la dominación árabe. Fue ministro del califa en Damasco y murió hacia 750 d.C. en la famosa laura palestina de San Sabas.
Juan Damasceno ha dejado muchas obras de dogmática, polémica, historia, filosofía, poesía y retórica. Su obra principal es La fuente del saber cuya tercera parte, titulada Exposición exacta de la fe ortodoxa, es un ensayo de presentación sistemática de los principios esenciales de la fe y los dogmas cristianos. Con esa exposición Juan ponía en manos de los partidarios de las imágenes un arma poderosa, el arma que les había faltado para luchar contra sus adversarios en el primer período de la disputa de los iconos. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino se sirvió de aquella obra como de modelo para su Summa Theologiae. Entre las obras polémicas de Juan Damasceno debemos señalar tres tratados contra Los que desprecian las santas imágenes y donde el autor defiende con firmeza y seguridad el culto de los iconos. En la literatura eclesiástica, Juan es particularmente famoso por sus himnos, cuya forma es algo menos ágil que la de los de Romanos el Meloda, pero que por profundidad poética y por la pujanza de su fe figuran entre los mejores de la Iglesia cristiana. Juan escribió también muchos bellos cánones en honor del Señor, de la Santa Virgen, de los profetas, los apóstoles y los mártires. Es notable en particular su Oficio de Pascuas, cuyos cantos expresan la honda alegría de los creyentes ante el triunfo de Cristo, sobre la muerte y el infierno. Bajo la pluma de Juan los himnos eclesiásticos alcanzan el apogeo de su desarrollo y belleza. Después de él no hubo más escritores notables en el campo de la poesía eclesiástica bizantina.
La obra de Juan Damasceno está también estrechamente vinculada con la novela Barlaam y Josafat, que gozó de máxima difusión en todos los idiomas durante la Edad Media. Es indudable que la trama del relato deriva de la bien conocida leyenda de Buda. Es muy probable que la historia fuera sencillamente una versión de la vida de Buda adaptada por los cristianos de Oriente a su propio uso. El mismo autor nos dice que procede de la India. Durante la Edad Media la novela fue casi universalmente atribuida a Juan Damasceno. Pero en 1886 el orientalista francés H. Zotenberg aportó ciertas pruebas tendentes a demostrar que el autor no podía ser Juan. Muchos historiadores han adoptado esas conclusiones. Hace algún tiempo que se tiene menos certeza sobre ese punto y se tiende a volver a la antigua teoría. Así, mientras el autor de un artículo sobre Juan Damasceno —artículo publicado en 1910 en la Catholic Enciclopedia—, declara ser dudoso que la novela de Barlaam y Josafat pueda atribuirse a Juan, los más recientes traductores y editores de esa obra estiman que el nombre de Juan Damasceno debe aparecer aun en la cubierta del libro.
El segundo período iconoclasta se señaló por la actividad de Teodoro de Studion, famoso defensor de las imágenes y abad del más célebre monasterio de Constantinopla, que había conocido un período de decadencia bajo Constantino V y una renovación bajo la administración de Teodoro. En tiempos de éste se elaboró una nueva regla sobre la base de la vida en común (cenobio). Las necesidades intelectuales de los monjes se satisfacían mediante una escuela instalada en el monasterio. Los monjes habían de ejercitarse en leer, copiar y hacer manuscritos, estudiar las Santas Escrituras y las obras de los Padres de la Iglesia y también aprender el arte de componer los himnos que se cantaban durante los oficios.
Teodoro, que desde el punto de vista social y religioso fue uno de los máximos hombres de acción del borrascoso período iconoclasta, se reveló escritor eminente en varias ramas de la literatura. En sus obras dogmático—polémicas se esfuerza en desarrollar las tesis fundamentales de los partidarios del culto de los iconos. Sus numerosos sermones, que forman lo que se llama Pequeño y Gran Catecismo, fueron sus escritos más populares. Dejó también una serie de epigramas, acrósticos e himnos. Estos últimos no pueden ser analizados ni estudiarse en detalle como convendría, porque parte se hallan inéditos aun y otros han aparecido en ediciones no científicas, como los libros litúrgicos rusos. Las numerosas epístolas de Teodoro, de carácter religioso—canónico y social, tienen gran importancia para la historia de la civilización de su época.
Los dos últimos reinados del período que examinamos se señalan por la fecunda actividad de una mujer muy interesante, Kasia, única poetisa de talento que hallamos en la literatura bizantina. Cuando Teodoro decidió casarse, se organizó en la capital un concurso de novias, con motivo del cual se reunieron en la capital las jóvenes más bellas de todas las provincias. Kasia fue una de ellas. El emperador debía avanzar entre las filas de doncellas, llevando una manzana de oro que tendería a la elegida. Ya iba a ofrecerla a Kasia, que le agradaba más que ninguna, cuando la respuesta, algo atrevida, que la joven hizo a una pregunta del emperador, persuadió a éste a cambiar de criterio, eligiendo entonces a Teodora, la futura restauradora de la ortodoxia. Kasia fundó más tarde un monasterio donde pasó los últimos años de su vida. Los epigramas y poemas eclesiásticos de Kasia que nos han llegado se distinguen por su originalidad y lozanía de estilo. Según Krumbacher, que ha estudiado especialmente los poemas de Kasia, ésta “fue una mujer inteligente y singular, que combinó una sensibilidad delicada y una religiosidad profunda con una franqueza enérgica y una ligera inclinación a la maledicencia”.
La persecución de los adoradores de las imágenes, glorificada al triunfar éstos, proporcionó rico material a la hagiografía. Aquél fue el período brillante de la hagiografía bizantina.
En la época de la dinastía amoriana comprobamos progresos en Bizancio en la esfera de la instrucción superior y en diversas ramas de la ciencia. Bajo Miguel II, el césar Bardas, tío del emperador, organizó una escuela superior en Constantinopla [38] . Tal escuela superior se alojó en el palacio imperial. Allí se enseñaban las siete artes principales según el sistema creado en tiempos del paganismo y adoptado después por las escuelas de Bizancio y la Europa occidental. De ordinario se da a esas artes el nombre de siete artes liberales (“septem artes liberales”), divididas en dos grupos: el trivium, que comprendía gramática, retórica y dialéctica, y el quadrivium, incluyendo aritmética, geometría, astronomía y música. También se estudiaban en la escuela la filosofía y los escritores clásicos antiguos. Para hacer la educación accesible a todos, Bardas dispuso que fuese gratuita. Los profesores estaban remunerados con liberalidad por el gobierno. Focio, el famoso sabio, fue profesor en la Universidad de Bardas.
Aquella escuela se convirtió en el foco en torno al cual se congregaron los mejores intelectos del Imperio durante la época sucesiva de la dinastía macedonia. Focio, cuyo primer patriarcado se sitúa en el reinado de Miguel III, fue en cierto modo el centro del movimiento literario e intelectual de la segunda mitad del siglo IX. Excepcionalmente dotado, apasionado del saber, había recibido una educación excelente y consagró toda su atención y energía a enseñar a los demás. Su educación había sido plurilateral y sus conocimientos eran considerables, no sólo en teología, sino también en gramática, filosofía, ciencias naturales, derecho y medicina. Reunió a su alrededor un grupo de personas ansiosas de enriquecer sus conocimientos. Focio, como la mayoría de los hombres de vasta cultura en la Edad Media, fue acusado de consagrar su tiempo al estudio de las ciencias ocultas, la astrología y la magia. Una tradición legendaria afirma que, en su juventud, vendió su alma a un hechicero judío, con lo que., en frase de Bury, “el Patriarca aparece como uno de los precursores de Fausto”. Aquel hombre, el más sabio de su época, no se limitó a enseñar, sino que consagró mucha parte de su tiempo a escribir, habiendo dejado una labor literaria muy variada y rica.
Entre las obras de Focio presenta particular interés su Biblioteca o, como se la llama frecuentemente, su Myriobiblion (“millares de libros”). Son muy interesantes las circunstancias que presidieron la composición de esa obra. Existía, a lo que parece, una especie de círculo de lectura en casa de Focio. Allí se reunía un grupo selecto de amigos a leer u oír leer diversas obras literarias, profanas y religiosas, paganas y cristianas. La rica biblioteca de Focio estaba a disposición de sus amigos. Cediendo a instancias de ellos, Focio comenzó a escribir relaciones sobre los libros que se habían leído. En la Biblioteca, Focio da extractos de numerosos libros, extractos unas veces muy cortos y otras muy extensos, así como resúmenes y comentarios críticos propios. Hallamos en esa obra numerosos informes relativos a gramáticos, historiadores, oradores, sabios, ciencias naturales, doctores, concilios, vidas de santos, etc. La gran importancia de la obra de Focio consiste en que se encuentran en ella fragmentos de escritos desaparecidos. La Biblioteca sólo se ocupa de los prosistas. Las otras, y numerosas, obras de Focio, pertenecen al campo de la teología y la gramática. También ha dejado muchos sermones y cartas. Ya indicamos que en dos de sus sermones hace alusión al ataque de los rusos a Constantinopla el año 860, asalto del que fue testigo.
Por el carácter de sorprendente universalidad de sus conocimientos y por lo afecto que fue a la antigüedad clásica, Focio es un representante excelente del movimiento ideológico que se produjo en el Imperio bizantino, manifestándose sobre todo en la capital, a partir de mediados del siglo IX. Ese movimiento se expresó por hechos como la apertura de la Universidad de Bardas, donde Focio consagraba gran parte de su tiempo a enseñar.
En vida del mismo Focio, se nota que, merced a su valiosa influencia, existió una tendencia a establecer relaciones más estrechas c íntimas entre la teología y la ciencia profana.
Tal amplitud de miras atestiguó Focio en sus relaciones con los demás, que llegó a tener por amigo un emir mahometano de Creta. Uno de sus discípulos, Nicolás el Místico, patriarca de Constantinopla en el siglo X, escribió, en una carta al hijo y sucesor del emir, que Focio “sabía bien que, aun cuando la diferencia de religión fuese un obstáculo, la prudencia, la bondad y otras cualidades que adornan y dan dignidad a la naturaleza humana atraen el afecto de los que aman las cosas bellas, y por eso, a pesar de la diferencia de creencias, Focio amaba a vuestro padre, que poseía esas cualidades” [39] .
El patriarca Juan el Gramático, iconoclasta al que mencionamos antes, sorprendió a sus contemporáneos con la extensión y variedad de sus conocimientos. Llegó a ser acusado de magia por esa razón. Otro hombre eminente del período fue el notable matemático León, que vivió bajo el reinado de Teófilo. Tan célebre se hizo gracias a la reputación que le dieron sus alumnos, que el califa Mamun, muy interesado por el progreso de la instrucción, le llamó a su corte. Al saber Teófilo tal invitación señaló honorarios a León y le nombró profesor del Estado en una de las iglesias de Constantinopla. Mamun escribió una carta personal a Teófilo, pidiéndole que le enviase a León a Bagdad por algún tiempo, diciéndole que lo consideraría como un testimonio de amistad y prometiendo por el favor, según la tradición, paz eterna y dos mil libras de oro. El emperador se negó. Teófilo procuró en aquel caso usar la ciencia “como un secreto que debía guardarse, lo mismo que el procedimiento de fabricación del fuego griego, juzgando mala política ilustrar a los bárbaros” (Teófanes Continuatus). Más tarde León fue elegido arzobispo de Tesalónica. Depuesto bajo Teodora, por sus ideas iconoclastas, León no dejó de seguir enseñando en Constantinopla, convirtiéndose en jefe de la escuela superior organizada por Bardas. Finalmente, recordemos que el apóstol de los eslavos, Constantino (Cirilo), estudió bajo la dirección de Focio y León y, antes de su misión entre los kázaros, ocupó la cátedra de filosofía en la escuela superior de la capital.
Este breve examen basta para mostrar que la vida literaria e intelectual no se paralizó en la época del movimiento iconoclasta. Y sin duda parecería mucho más intensa de habernos llegado las obras de los iconoclastas.
Respecto a la correspondencia ente Teófilo y Mamun a propósito de León el Matemático, no carece de interés el considerar la cuestión de las relaciones intelectuales entre el califato y el Imperio en la primera mitad del siglo IX. El califato, gobernado por Harum—al—Raschid y luego por Mamun, atravesaba un período brillante señalado por los progresos de la instrucción y las ciencias. En su deseo de rivalizar con Bagdad, Teófilo hizo erigir un palacio a imitación de los modelos árabes. Según ciertos testimonios, nos cabe decir que la influencia de Bagdad sobre Bizancio fue, en cierto modo, análoga a la de un estimulante. Pero este complejo problema rebasa el marco de nuestro estudio.
Se ha sostenido a menudo que en la esfera artística la época iconoclasta no había dado sino resultados negativos. Es exacto que muchos y preciosos monumentos de arte fueron destruidos por los iconoclastas. “Menester es deplorar su violencia. Su vandalismo no sólo empobreció sus propios siglos, sino también aquellos en que vivimos” (Dalton). Pero, por otra parte, la época iconoclasta aportó al arte bizantino una nueva “corriente vital”, resucitando los modelos helenísticos, sobre todo alejandrinos, e introduciendo la decoración oriental tomada a los árabes, quienes a su vez la debían a los persas. Y, si bien los iconoclastas eliminaron radicalmente del arte religioso las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos, se mostraron tolerantes con la representación del hombre en general, la cual en aquel período se tornó más realista bajo la influencia de los modelos helenísticos. Las escenas de la vida cotidiana proporcionaban a los artistas sus themas favoritos. En conjunto, el arte profano prosperó claramente a expensas del religioso. Puede ilustrar esta tendencia el ejemplo de Constantino Coprónimo, que mandó reemplazar un fresco que reproducía el sexto concilio ecuménico por el retrato de su auriga favorito.
Los monumentos de arte de aquella época, tanto religiosos como profanos, han desaparecido casi por completo. Acaso algunos mosaicos de las iglesias de Salónica datan desde entonces. También cabe atribuir al siglo IX una serie de marfiles trabajados, sobre todo cajitas. Los manuscritos iluminados de la época iconoclasta, cuyas ilustraciones son obra de los monjes bizantinos, muestran el espíritu nuevo que había penetrado en el arte. Desde el punto de vista de las ilustraciones marginales, ha de notarse el particular interés del salterio de Chiudov, el más antiguo de los salterios iluminados, que actualmente se conserva en Moscú.
Es lamentable que hoy poseamos tan pocos datos para el estudio del arte en la época iconoclasta. Muchos materiales de que disponemos no son atribuíbles a esa época sino según testimonios probables y no con plena certeza.
Veamos cómo aprecia Diehl la importancia de la época iconoclasta en relación al período siguiente, segunda Edad de Oro del arte bizantino, bajo la dinastía macedonia: “A la época de los iconoclastas debe la segunda Edad de Oro del arte bizantino sus caracteres esenciales. No se trata aquí sólo de la renovación de la grandeza y prosperidad material que los emperadores iconoclastas dieron a la monarquía y que permitió a sus sucesores, continuadores de su obra, asegurar a Bizancio cerca de dos siglos de fuerza y esplendor. También desde el punto de vista del arte proceden de la época iconoclasta las dos tendencias contrarias que caracterizan la época de los macedonios. Si existe entonces un arte imperial, que trabajaba para los soberanos, prendados de la tradición clásica, deseosos del retrato, del modelo vivo, del realismo y haciendo sentir incluso en el arte religioso la influencia de sus ideas dominantes; si frente a este arte oficial y profano existe un arte monástico, más tradicional, más severo, más teológico; si, en fin, nace de la combinación de los dos una serie admirable de obras maestras, en el período iconoclasta han de buscarse los gérmenes fecundos de esa magnífica floración, y de aquí que ese período merezca atención particular en la historia del arte bizantino, tanto por lo que hizo como porque él preparó el porvenir”.
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KRUMBACHER, Kasia. Sitzitngsberichte der Philos. Akademie der Wissenchaften, III. (1897).
La mejor obra sobre el período 802—867 es la de J. B. BURY, A History of the Eastern Roman Empire from the Fall of Irene to the accession of Basil I, A. D. 802—867
(Londres, 1912). LUIS BREHIER, La Querelle des Images, VIII—IX siecles (París, 1904).
N. GROSSU, El Bienaventurado Teodoro de Studion: Su época, su vida, sus obras (Kiev, 1907).
N. JORGA, Los orígenes de la iconoclastia. Boletín de la Sección Histórica de la Academia Rumana, XI (Bucarest, 1924).
PERRIER, Jean Damascéne: Sa Vie Et Ses Écrits (Estrasburgo, 1863).
T. M. ROSSEIKIN, El primer patriarcado de Focio, patriarca de Constantinopla (1915). Obra importante.
V. ERMONI, Saint Jean Damascéne (París, 1904).
V. PREOBRAZHENSKI, El Bienaventurado Teodoro De Studion Y Su Tiempo. 759—826 (Moscú, 1896). Revista Eclesiástica Pastiirski Sobesednik (1893).
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[1] Germanicea estaba en la frontera septentrional de Siria, al este de Cilicia.
[2] Brooks, The campaign of 716—718 from Arabic sources. Jornal of Hellenic Studies, tomo XIX (1899).
[3] Constantino Porfirogénito atribuye también la construcción de una mezquita en Constantinopla a Maslamah. De adm. imperio, c X XI.
[4] C. N. Uspenski, Apuntes de Historia Bizantina (Moscú, 1917).
[5] Epanagogué.
[6] Su fecha es objeto de controversia. Probablemente se publicaron antes de llegar al trono Basilio I (867).
[7] En este libro, conocido en Rusia desde poco después de la adopción del cristianismo en el siglo X, se exponían las reglas de la Iglesia apostólica, las de los concilios ecuménicos y, a la vez, las leyes civiles de los emperadores bizantinos ortodoxos.
[8] G. Vernadski, Sur les origines de a Loi agraire bizantine. Byzantion, 1. II (1926),
[9] W. Ashburner, The Farmer's Law. Journal of Hellenistic Studies, t. XXX (1911).
[10] Hablaremos después de ese Código de la época, de la época macedónica.
[11] L. Bréhier, La Querelle des Images (París, 1904).
[12] La Bitinia, estrecha región asomada al Mármara, era el centro más importante de la vida monacal y por tanto, de la ortodoxia. Además del conjunto monástico del Olimpo y de Atroa, hallábanse en Bitinia: Brusa, Nicomedia, Nicea y Calcedonia.
[13] Mansi, Conc. Coll., t. II, 11 (Concilium Liberitanum, par. XXXVI). Se hallará una interpretación diferente del texto en Leclerq, Dictionnaire d'archeologie chrétienne, t. VII (1), col. 215. Pero el texto es muy claro. Sobre la autenticidad de las actas del concilio de Elvira v., por ej., Harnack, Geschichte der altchristlichcn Litteratur Eusebtus. II, Die chronologie der altchristlichen Litteratur bis Eusebius, t. II (Leipzig, 1904). No debiera, con todo, desdeñarse la interpretación que del canon 36 del concilio de Elvira dan los antiguos comentaristas (el cardenal Aguirre, don Fernando de Mendoza, etc.). Todavía la recoge el abate Berault—Bercastel, en el siglo XVIII:
[14] Eusebio, Historia eclesiástica, VII, 18, 4.
[15] Gregorio el Grande, Epistolae, IX, 105.
[16] S. Gregorio, Epist, XI, 13.
[17] Durante muchos siglos ha sido aceptada la leyenda que ya se halla en Constantino Manases, escritor bizantino de la época de Manuel Comneno (Historia, en verso). A tenor de ella, dos astrólogos judíos, que habían predicho a Yezid un largo reinado si abolía en sus dominios las imágenes veneradas por los cristianos, y que, habiendo muerto el califa a poco de decretar esa abolición, se refugiaran en tierras de Bizancio, toparon en Isauria con un joven mercader, de nombre Conón. Para corresponder a ciertas amabilidades del joven le revelaron que el destino le llamaría al solio imperial, para ser un gran monarca y no le impusieron más condición que el cumplimiento de la gracia que en tal día le pidieran. El joven no era otro que el futuro León el Isáurico; la gracia, la abolición de las imágenes sagradas.
[18] Los paulicianos, que abogaron por el regreso a la sencillez evangélica habían decidido rechazar, con los comentarios de los Padres de la Iglesia, incluso los sacramentos, la veneración de la Cruz y el culto de los santos, se ganaron el respeto de no pocos cristianos orientales que suspiraban por una reforma de la Iglesia. León, que había crecido en aquel ambiente, no ignoraba la importancia que, para consolidarse en el trono, podía tener el ponerse al frente de semejantes ansias depuradoras. Una vez completada su obra de reforma interior (recuérdense sus códigos agrario, militar, etc). emprendería la de orden religioso, hurtando de paso a los paulicianos, dueños del Asia Menor, avanzada y granero del Imperio, uno de sus pretextos para cualquier peligrosa insurrección. La tesis está expuestabrillantemente por L. Halphen, en Les Barbares. Des grandes invasions aux conquétes turques du XI siécle. (París, 1940).
[19] Despreció el papa Gregorio las cartas sinódicas del patriarca Anastasio, encumbrado a la silla de Contanstinopla por la profesión que hizo de la nueva herejía. Animado del vigor conveniente a !a primacía de la Sede Apostólica, le escribió diciendo que, si no tornaba a la fe de la Iglesia, le despojaría del sacerdocio. Mas no pudo ejecutar esta amenaza a causa de haber expirado poco tiempo después, es decir, en el año 731, verosímilmente el día 10 de febrero”. (Berault—Bercasiel, obra citada, traducción española. 1831) t. IX.
[20] El propio apodo de Coprónimo (“nombre de excremento”) con el cual ha pasado a la Historia, denota ese furor de los iconódulos. Se pretendía que en el acto de ser cristiano había ensuciado la pila bautismal.
[21] El patriarca Anastasio, el mismo que había puesto su firma en el decreto inconoclasta de León el Isáurico, asistió a su coronación y fue el primero en abogar por el restablecimiento del culto de las imágenes. Cuando, al año siguiente, Coprónimo recobró el trono le hizo sacar los ojos y lo mandó pasear montado de espaldas en un asno por el Hipódromo.
[22] En 1893, Bury publicó un artículo interesantísimo y muy original sobre Carlomagno e Irene, esforzándose en sugerir que la idea inicial de la coronación del 800 procedía de la misma Irene (J. B. Bury, Charles the Great and Irene. Hermathena, t. VIII (1893). Este artículo es casi desconocido de los historiadores, y Bury mismo, sin repudiar de modo expreso la sugestión emitida allí, no la menciona en su History of the Eastern Román Empire (Londres, 1912) al relatar las negociaciones de Carlos con la corte bizantina. V. N. Baynes, A Bíbliography of the Works of J. B. Bury (Cambridge, 1929). Respecto al silencio de Bury sobre ese artículo, Baynes comenta: “Es muy lamentable, se adivina allí (en dicho trabajo) una teoría que debe ser verdadera”.
[23] Diehl no cree en tales negociaciones. En 800 Irene tenía cincuenta años.
[24] El historiador alemán P. Schramm escribe, en su muy importante obra Kaiser, Rome und Renovatio (Leipzig—Berlín, 1929), que la coronación de Carlos fue un acto de violencia y una infracción
[25] Sin embargo, el tratado no fue ratificado en vida de Carlomagno. Un acto de éste —dice Calmette (L'effondrement d'un Empire et la naissance d'une Europe, París, 1941)— en 813, demuestra “con qué impaciencia había esperado el acuerdo francobizantino. Apenas fue reconocido por el basileo, convocó una Asamblea solemne para asociar al Imperio a Luis, el único hijo que le quedaba”. Por otra parte, la fórmula usada por la Cancillería carolingia a continuación del nombre del soberano (“Serenísimo Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador que gobierna el Imperio romano”), hace pensar que el cambio introducido por la coronación no fue tan radical como parece.
[26] Ver, por ejemplo, Crónica de Miguel el. E. W. Brooks, Byzantines and Arabs in the Time of the Early Abbassids (English Historical Review, octubre, 1900).
[27] Por lo dificultosamente que hablaba el griego, a fuerza de ser provinciano.
[28] Carta del emperador Miguel al emperador de Occidente Ludovico Pío. Baronii. Historia Eclesiastica, t. XIV (1743).
[29] Según el anónimo cronista conocido como Teófanes Continuatus.
[30] Sobre este triunfo, ver la obra de Constantino Porfirogénito De Ceremoniis.
[31] Amorion era un centro comercial. Léón el Isáurico la había rodeado de murallas.
[32] Constantino Porfirogénito De Ceremoniis.
[33] Anecdota Bruxellensia. I: Chroniques byzantines du manuscrit 11376, por Franz Cumont (Gante, 1894).
[34] La fecha de la conquista de Creta por los árabes es objeto de discusión, pero de ordinario se la sitúa entre 823 y 825. En un importante artículo —transcendental sobre todo en el aspecto de crítica de las fuentes—, Brooks coloca la conquista de Creta en 828 (The Arab ocupation of Crete “The English History. Review, t. XXVIII (1013).
[35] Sobre la insurrección de Eufemio, v. F. Gabotto, Eufemio e il movimento separatista nell' Italia bizantina (Turín, 1890).
[36] San Teodoro, de noble familia bizantina, higumeno, es decir, abad del monasterio de Saccudion, en Bitinia, se había opuesto al matrimonio adúltero de una pariente suya —Teódota— con Constantino
[37] L. Bréhier. La Querelle des Images (París, 1904)
[38] F. Fuchs, Die hoherin Schulen von Konstantinopel Mittelalter (Leipzig y Berlín, 1926). Fuchs estima que la universidad de Bardas fue una institución nueva. El relato según el cual León III quemó la universidad de Constantinopla, con su biblioteca y sus profesores, no es sino una leyenda tardía. V. L. Bréhier, Notes sur l'histoire de l'enseignement superieur a Constantinople. Byzantion, t. IV (1929).
[39] Nicolás el Místico. Epístolas, 2.